Dos peleas. Ella había ganado dos peleas de las cinco que tuvo esa noche. No estaba tan mal para haber sido su primera vez compitiendo, ¿Cierto? Lo único que pudo sacar de conclusión de esa primera experiencia fue que ella tenía buenas técnicas de defensa, pero le faltaba aprender a ser más efectiva en sus ataques.

El lunes se dedicó a recuperarse de los golpes que había recibido y recuperar energías. Tenía varios moretones y un par de cortes en su cuerpo, pero por suerte había evitado que le lastimen la cara. Antes de ir a dormir preparó su mochila para el colegio. En esta guardó un cuaderno de hojas rayadas y uno de hojas cuadriculadas, una cartuchera con lápices y lapiceras, una comic y un mp4.

El martes se despertó teniendo la mala sensación de que ese no iba a ser un buen día. Tal vez eran sus nervios por empezar las clases en un colegio nuevo. Pero comprobó que estaba en lo cierto cuando una chica casi la atropelló con su camioneta y rompió su skate. Sara se sintió destruida por eso y se permitió llorar un par de lágrimas, su skate era uno de sus objetos más preciados. ¿Qué iba a hacer ahora? Ella no tenía dinero para comprar una nueva, ni tampoco se animaba a pedirle a Dinah que lo haga. Por ese pequeño accidente llegó tarde a clase y se tuvo que presentar delante de toda la clase. Sara odiaba presentarse, pero le puso humor y fue sincera, aunque notó que probablemente la mayoría no le creyó cuando enumeró la gran cantidad de hobbies que tenía. También notó que la chica que había roto su skate estaba en esa clase. Y aunque ahora que la veía le parecía hermosa, no le dió mucha atención, ya que a ella no le agradaban las personas groseras que ni siquiera eran capaces de disculparse.

En el cambio de hora, yendo al aula de su próxima clase vio como tres chicos molestaban a un chico tirándole los útiles y sus anteojos al piso, empujándolo contra los casilleros y riéndose de él. Eso le hizo sentir mucho enojo, ella detestaba a los bullies. Así que intervino, y antes que puedan pegarle una patada cuando el otro ya estaba en el piso, se puso en el medio para detenerlos.

— ¿Qué te crees que haces? — Preguntó uno de los chicos enojado.

— Detengo esta tontería, váyanse y dejenlo en paz. — Exigió ella.

— Eso es ridículo, eres una chica. — Dijo otro a las risas. — Además ¿Quién te crees que eres para decirnos qué tenemos que hacer? — Pidió saber divertido.

— Soy una mujer que no le gusta que se metan con alguien que no puede defenderse, ¿les parece justo tres contra uno? — Intentó hacerlos razonar.

— Bien, si no te corres entonces estate lista para las consecuencias porque vamos a ser tres contra dos. — Advirtió el más alto de los tres.

El chico dio un paso hacia ella queriendo amenazarla, pero ella lo apartó empujándolo. Y cuando otro quiso pegarle en defensa de su amigo, ella detuvo el puño con sus manos, y a cambio fue ella quien le pegó una piña en la cara haciéndole sangrar la nariz. Los tres chicos la miraron con furia y se fueron. Sara volvió hacia el otro chico que estaba juntando sus útiles, levantó sus anteojos del piso y se los alcanzó.

— Gracias, eso fue increíble. — Agradeció el chico mirándola maravillado.

— No es necesario que me agradezcas, nadie merece que le hagan bullying, ni que lo peleen sin darle oportunidades justas de defenderse. — Dijo ella sintiendo que no era necesario que le agradezca, porque para su cabeza cualquier persona decente debería haberlo defendido.

— Soy Gary. — Se presentó.

— Un gusto. — Apreció la presentación del otro y luego siguió camino a su clase.

A la hora del almuerzo decidió ir al parque. No tenía ganas de intentar unirse a ninguna mesa porque no tenía ganas de hablar con nadie. Se puso los auriculares y leyó su cómic mientras disfrutaba de la comida y del sol.

Después del almuerzo se enteró algo que no esperaba, los martes eran día de educación física. Ella no estaba vestida como para hacer ejercicio, ni deporte; ni tampoco tenía ropa con ella en ese momento como para cambiarse. La mandaron a rectoría a preguntar si tenían ropa en los objetos perdidos, pero no había nada como para ella.

— ¿No tenían ropa? — Preguntó Clark, el profesor, cuando la vio regresar a la cancha de fútbol con sus jeans y ojotas.

— No, nada. — Respondió ella.

— Bueno, por hoy deberás bancarte hacer ejercicio así vestida, y la próxima ya sabes que martes y jueves tienes que venir con ropa deportiva. — Explicó.

Clark los mandó a correr cuatro vueltas a la pista olímpica que había alrededor de la cancha de fútbol. Sara decidió que lo iba a hacer descalza porque las ojotas solamente le iban a hacer caerse, así que se las sacó y empezó a trotar a la par de sus compañeros. Se relajó y corrió sintiendo como la adrenalina invadía su cuerpo. Correr era una de las cosas que le gustaba hacer desde la muerte de su padre y su hermana. Exigirse y correr, sentir la agitación y la aceleración del pulso, correr y escapar, correr y olvidarse de los problemas. Al parecer sus compañeros no estaban en tan buen estado de entrenamiento como ella, porque rápidamente los pasó y quedó al frente. Pero a ella eso no le importaba, porque cuando corría su mente se perdía. Ni siquiera notó los esfuerzos que un chico alto, musculoso y morocho, y la chica que casi la había atropellado; ellos se estaban sobre esforzando para intentar alcanzarla. Sin importar cuanto lo intentaron no lo lograron, Sara fue quien terminó de correr las cuatro vueltas primero. Sara no se dió cuenta de la tensión con la que sus compañeros habían vivido ese momento hasta que todos empezaron a llegar y mirarla con intensidad.

El resto de la clase pasó más tranquila.

— La semana que viene es la prueba para el equipo de atletismo, para correr; deberías intentar presentarte. — Le sugirió su profesor al terminar la clase.

— Gracias, lo tendré en cuenta pero yo no… a mi no me gusta correr de esa manera. — Explicó, sorprendida ante la sugerencia del otro.

Sara nunca había visto la actividad de correr como algo para dedicarse, por eso le sorprendió la sugerencia de su profesor. Apreciaba haberlo impresionado como para que le cuente de las pruebas para entrar al equipo de atletismo, pero no lo veía como algo para ella. Y aún si lo viera, no sabía si era buena idea ser parte de un equipo cuando todavía no sabía bien cómo iba a funcionar el tema de los horarios en su casa y el entrenamiento que seguro iba a tener que hacer para la lucha libre.

— ¿Quién te crees que eres? — Preguntó enojada una chica rubia. Era la chica que había roto su skate.

— ¿Esa es tu manera de pedirme perdón por casi atropellarme y romper mi skate? — Preguntó ella divertida ante el enojo de la otra. Ella debería ser quien estuviera enojada, no la otra.

— No estoy hablando de eso, yo ya te pedí perdón. — Reprochó.

— No sabes pedir perdón entonces, porque en ningún momento me di cuenta que lo habías hecho. — Retrucó cruzándose de brazos.

— ¿Necesitas escucharlo? — Preguntó frustrada. — Perdón por romper tu skate, no fue a propósito. — Dijo defensifavemente.

— Ya, ¿viste que no era tan difícil decirlo? — Dijo sin aceptar del todo las disculpas, porque no las sentía sinceras.

— El punto por el que te estoy hablando no es ese, es porqué, ¿Por qué corriste de esa manera si no te interesa ser parte del equipo de atletismo? — Dejó saber sus motivos para conversar.

— Corrí porque el profesor nos mandó a correr. — Respondió, sin entender qué había de malo en lo que había hecho.

— Konane es nuestro corredor estrella, es quien siempre sale primero cuando corremos, y que hoy vos lo hayas superado cuando lo haz hecho descalza puede generarle inseguridades. Él entrenó y se esforzó mucho como para que le saques el lugar cuando no te interesa. — Expresó su frustración y enojo.

— Entonces lo que te molesta es que yo corro más rápido que ustedes, aún cuando lo hice descalza. — Dijo, luego de entender y sacar sus conclusiones.

— ¡Aahh que irritante y engreída eres! — Exclamó molesta.

— ¡No, vos lo sos! — Reaccionó bruscamente. — Mira, vos no me conoces y yo no tengo que darte explicaciones de lo que hago. Si te molestan mis habilidades, ese es tu problema, no el mío. Y en todo caso, a Konane le va a venir bien un poco de competencia, ¿sino cómo va a hacer cuando tenga que enfrentarse a personas de otros colegios? — Explotó de mala gana.

Sara agradeció que esa era la última materia que tenía en ese día y se fue del colegio. Lo único que le faltaba, que alguien que no la conocía le haga planteos por ser cómo era. Ella no iba a dejar de hacer las cosas cómo las hacía sólo para hacer sentir mejor a otra persona. Ella corrió por correr, y no para competir. Si correr como corría la metía en problemas, a ella no le importaba. Era como que le pidan que deje de andar en skate, o que deje de bailar, o que deje de hacer cualquiera de las cosas que le gustaba hacer. Era imposible.

Al otro día, a la hora del almuerzo, pasó algo sorprendente. Los chicos con los que había andando en skate se unieron a ella en el parque. Se acomodaron a su alrededor con confianza, como si fuera normal que se sentaran con ella, sin siquiera preguntarle si le molestaba o no. Y por más que no sabía si se sentía del todo cómoda con la invasión de su espacio, le pareció adorable que quieran hacerla sentir incluida. Con ellos también vino otra chica, a la que le presentaron como Zari.

— Che, ¿Te gustaría venir a andar en skate con nosotros este fin de semana? — Propuso Behrad.

— Si, nos gustaría que nos enseñes un par de trucos y saltos. — Agregó Jax a modo de pedido.

— Me encantaría, pero la skate que tenía se rompió y no tengo otra, ni sé cuándo voy a poder comprar una nueva. — Dijo ella con sinceridad.

— Eso apesta. — Comentó Mick.

— Si. — Asistió ella.

— ¿Cómo se te rompió? — Quiso saber Zari. Ella ya sabía la historia por Ava, pero quería saber la versión de la otra chica.

— Una camioneta casi me atropella, pero logré esquivarla, aunque mi skate no. La piso y la partió a la mitad. — Explicó ella.

— Uff, dudo que eso tenga arreglo. — Dijo Behrad impresionado.

— Bueno, tal vez no puedas venir a patinar con nosotros, pero el sábado hay una fiesta si te interesa. — Informó Mick.

— Dale, ustedes pasen la información y si yo puedo iré. — Decidió ella, después de pensarlo por unos largos segundos.

— Pasame tu celular así te envío la invitación. — Dijo Behrad.

— Yo no tengo celular. — Admitió ella.

— ¿No tenes celular? — Preguntó Behrad sorprendido y ella negó con la cabeza.

— Bien, supongo que siempre hay una primera vez para todo. — Dijo Zari intentando ponerle un poco de humor, y sacó un papel donde escribió los datos que aparecían en la invitación. — Ten, aquí está la información. — Dijo, entregándole el papel.

— Gracias. — Agradeció ella con una sonrisa.

El resto de la semana transcurrió tranquila. De hecho no vivió ningún otro tipo de accidente en el colegio, por lo cual se podría considerar algo bueno. El viernes decidió que iba a pedirle a Dinah todos los útiles que le pedían en el colegio, para poder comprarlos el fin de semana y no tener que preocuparse por ello en medio de la semana.

— Dinah, necesito pedirte algo. — Dijo, llamando la atención de la otra.

— ¿Qué quieres? — Preguntó.

— Necesito dinero para comprar unos útiles que me piden en el colegio. — Informó.

— ¿Qué tipo de útiles? — Pidió saber.

— Unos mapas, témperas, pinceles, y par de libros. — Respondió con sinceridad.

— No voy a darte dinero para eso. — Dijo.

— Pero, ¿cómo se supone que voy a conseguirlos? — Protestó, sin entender porque la otra se negaba a su pedido.

— Ese no es mi problema. — Gruñó desentendiéndose del asunto.

— ¿Todavía no hay algo del dinero de mis peleas? — Preguntó ella, ocurriéndosele que podía usar eso a su favor.

— Ese dinero es para nosotros, no para vos. Si queres tu dinero haz algo útil para obtenerlo, buscate un trabajo o algo. — Dijo de mala gana.

Sara se encerró en su habitación sintiéndose frustrada y pegó una piña a la puerta. Si la iban a obligar a pelear clandestinamente en competencias de lucha libre, lo mínimo que se merecía era que le den algo de dinero cuando lo necesitaba, ¿o no? Además era dinero que necesitaba para cumplir con sus obligaciones del colegio, no para darse gustos. Se tiró en la cama y maldijo por lo injusta que le parecía la situación. Bien, si ellos no le iban a dar dinero entonces se iba a buscar un trabajo. Pero el dinero lo iba a usar para ahorrar, y una vez que tenga suficiente se iba a comprar un pasaje a Nueva York. Ella no quería continuar viviendo con Dinah y Malcolm. Lo pensó y re-pensó varias veces, hasta que se sintió a gusto con la idea. Ahora solo le quedaba encontrar un trabajo donde acepten menores de edad, y pensar cómo iba a hacer para poder coordinar sus tiempos entre colegio, lucha libre y trabajo.

Es así que el sábado decidió ir a la fiesta. Necesitaba algo para desconectar y relajarse, y esperaba que el alcohol y la música logren ese efecto en ella. Se vistió con un jean negro, una remera roja de led zeppelin y una campera de cuero negra. No le gustaba mucho maquillarse, pero para la ocasión eligió por lo menos delinearse los ojos. Se fue de su casa sin decirle a Dinah y Damien, había decidido que no necesitaba la aprobación de ellos.

En la fiesta se encontró rápidamente con Behrad, Charlie, Jax, Mick, Zari, y el grupo de amigos que ellos tenían. Tomó un par de tragos con ellos, pero no dejó que eso la limite. Bailó con varias personas y jugó al juego de pasarse el hielo de boca en boca. En un momento, una chica llamada Guinevere la invitó a bailar y ella aceptó de inmediato. Bailaron y se divirtieron un largo rato.

— Hola amor, ¿quién es tu amiga? — Pidió saber un chico pálido y con el cabello albino.

— Ella es Sara, Sara él es John. — Los presentó Guinivere.

— ¿Vos sos la que se presentó a la clase como bisexual? — Preguntó y ella asistió con la cabeza. — Entonces, ¿Puedo unirme a ustedes? — Pidió saber.

Las chicas aceptaron y juntos jugaron verdad-consecuencia, bailaron e intercambiaron varios besos entre los tres. Sara realmente se dejó perder en esa sensación. Necesitaba liberarse de las culpas. Las únicas personas con las que había estado íntimamente habían sido Nyssa y Oliver. Si, Oliver. Él se había mudado a Nueva York para comenzar la universidad allí. Los dos al haber estado muy destruidos por la muerte de Laurel, buscaron consuelo en el otro. Pero Sara todavía se sentía culpable por haber dejado que eso pase, porque él había sido novio de Laurel y sentía que de alguna forma había traicionado a su hermana. De todas maneras, ella no estaba lista para volver a tener relaciones con alguien porque se sentía insegura por sus cicatrices. Ya podía imaginarse las preguntas, las miradas, los comentarios incómodos; con Nyssa y Oliver eso había sido diferente, porque ellos ya sabían todo lo que a ella le había pasado sin tener que contarlo. Pero dando besos si sentía cómoda, así que se relajó y dejó que John y Guinevere le hagan pasar una noche divertida.