La semana siguiente a la fiesta fue tranquila, en un sentido, para Sara. Por suerte John y Guinere eran igual a ella, ninguno había buscado nada serio con los momentos que compartieron. Así que por más que se habían divertido esa noche estando juntos, decidieron que a partir de ese momento la relación iba a continuar solamente como amistad.
En lo que no fue tranquila fue en sus intentos de conseguir un trabajo. Ella se presentó a varias entrevistas, pero en ningún lugar terminaban aceptándola por ser menor de edad.
En otro asunto que tampoco fue tranquila fue en la rutina de su casa. Malcolm empezó a hacerla entrenar. El problema era los momentos que elegía. Lo hacía de noche, haciendo que se acueste tarde; o la despertaba al amanecer. Eso hacía que ella siempre se sienta cansada durante las horas escolares, porque no estaba durmiendo todo lo que su cuerpo necesitaba. Por eso Sara prefería los días que su madre y Malcolm decidían tomar alcohol. Por más que a ella no le gustaba lidiar con gente borracha, por lo menos cuando ellos lo estaban generalmente se olvidaban de ella y de los entrenamientos. Pero, a veces, ni siquiera en esos días descansaba bien porque muchas veces solía tener pesadillas.
— Tenes que despejar tu mente, no tienes que pensar tanto cuando peleas. — Dijo Malcolm cuando dio por terminado el entrenamiento de esa mañana.
— Eso estoy intentando. — Aseguró, él le venía diciendo eso desde el primer día de entrenamiento.
— De todas maneras pensar no te va a servir de nada, porque en la lucha libre no hay reglas. — Le recordó.
Así fue como Sara aprendió que en realidad la lucha libre de Amazo no era en verdad lucha libre. La lucha libre tenía un reglamento, movimientos que estaban aceptados y movimientos que no estaban aceptados. En cambio, en esta lucha libre no había reglas. Esa era la regla, que no había reglas y cada uno podía usar cualquier técnica.
El siguiente fin de semana Sara seguía sin trabajo, por eso aceptó ir a bailar a un pub con las Leyendas. Charlie estaba en una banda de rock-punk, y esa noche tocaban allí. Sara la pasó muy bien. Ella quedó impresionada con como Charlie cantaba, la chica era realmente muy talentosa. Esa noche Sara conoció a Lindsey, con quien compartió varios bailes y varios besos.
Las Leyendas se estaban convirtiendo poco a poco en sus amigos. Sara no sabía si quería eso, no estaba lista para formar nuevos vínculos porque todavía estaba en estado de duelo por todo lo que había perdido. Pero debía admitir que se sentía bien que esas personitas la hicieran sentir bienvenida e incluída, cuando ella la mayor parte del tiempo se mostraba desinteresada. Poco a poco fue aprendiendo cosas sobre ellos.
Amaya era leal y muy familiera. Era responsable y siempre sacaba buenas notas. Era muy positiva, eligiendo siempre ver el lado bueno de las cosas.
Behrad era fanático del hockey sobre hielo, siempre se la pasaba viendo partidos del equipo Estrellas de Starling y más de una vez de la semana vestía la camiseta.
Charlie era graciosa, y siempre se vestía muy onda punk-dark. Le gustaba cantar, incluso se inventaba canciones para aprender los temas que les mandaban a estudiar.
Jax amaba andar en skate y escuchar rap, y vivía cerca de su casa. A veces caminaban juntos a la ida o vuelta del colegio, y pasaban buenos ratos conversando.
John sabía hacer trucos de magia, y creía en las vidas paralelas y pasadas, le gustaba todo lo que tuviera que ver con lo sobrenatural.
Mick tenía una apariencia y un carácter duro, pero escribía hermosos poemas y sus fanfics de super héroes eran famosas en las redes sociales.
Nate era un fanático de la historia y le gustaba ir al gimnasio. Sabía datos raros que a veces compartía con los demás para sorprenderlos.
Ray era la persona más buena y amable de todo el colegio. Le gustaban las ciencias y siempre tenía algún comentario inteligente para decir
Zari tenía un humor muy irónico. A ella le gustaba toda clase de videojuegos. También era muy buena en todo lo referente a programación e informática, por lo que siempre bromeaba que podría ser una hacker.
Todos amaban bailar, eso era lo que los unía. Y se llamaban a sí mismos Leyendas porque el grupo de baile del colegio se llamaba Leyendas de Beebo. A Sara no le molestaba que siempre hablarán sobre bailar, porque a ella no la incluían en eso pero tampoco la hacían sentir que la dejaban fuera. Le gustaba que respetaran sus tiempos, y nadie haya querido indagar sobre los tipos de baile que ella había dicho que le gustaba bailar en su presentación, y que nadie haya sugerido que se una al grupo.
El primer día que llovió en Starling, Sara no supo qué hacer en el horario del almuerzo. Ella no podía salir almorzar al parque, así que aceptó sentarse con las Leyendas cuando Zari gritó su nombre desde el otro extremo del comedor para llamar su atención.
— ¿Estás bien? — Le preguntó Jax, ya que desde que se había unido a la mesa no había hablado.
— Necesito pedirles algo sin que suene tonto. — Respondió ella, con la boca llena. En su casa nunca había demasiada comida porque Dina y Malcolm gastaban el dinero en alcohol.
— No te preocupes porque suene tonto, nosotros somos expertos en las tonterías. — Dijo Mick con seriedad, ganándose la risa de algunos de sus amigos.
— ¿Alguien tiene un mapa para prestarme para el examen? — Pidió ella. Después del almuerzo tenían examen de geografía y ella todavía no lo había comprado.
—¿Todavía no lo compraste? — Preguntó Zari sorprendida y ella negó con la cabeza.
— Y yo que pensaba que era la única colgada. — Comentó Charlie divertida.
— Es que no tengo dinero. — Admitió avergonzada. — Necesito un trabajo. — Dijo y descansó su cabeza contra la mesa de la frustración que sentía.
— ¿Trabajo? — Repitió Amaya, preocupada ante la necesidad de la otra. Se suponía que la responsabilidad de los adolescentes era ir al colegio, no preocuparse por el dinero e ir a trabajar.
— La situación con mi familia es difícil, necesito trabajar. — Intentó explicar, sin dar mucho detalle.
— Tengo una tía que tiene un bar donde trabajan varias jóvenes y adolescentes, sus hijas y un par de amigas de ellas, puedo conseguirte una entrevista. — Informó Ray.
— ¿De verdad? — Preguntó sorprendida.
— Si. — Afirmó él.
— Muchas gracias. — Agradeció con sinceridad.
— Y aquí tienes un mapa, yo siempre tengo extras. — Dijo Nate dándole un mapa.
— Gracias. — Volvió a agradecer, y finalmente se dibujó una sonrisa en su cara.
El bar se llamaba Danver's Dinners y estaba ubicado en el centro de la ciudad, La tía de Ray, Eliza, la recibió allí amablemente para tener una entrevista.
— ¿Qué disponibilidad horaria tienes? — Pidió saber Eliza.
— Los viernes por la tarde y la noche, sábados todo el día, y domingos por la mañana y la tarde. — Enunció pensativamente.
—Bien, esos son los días y horarios donde necesito más gente, te puedo dar un lugar si queres. — Propuso.
— ¿No te molesta que sea menor de edad? — Preguntó, sintiéndose insegura todavía.
— Mis hijas Alex y Kara trabajan aquí, y sus amigas Lena, Maggie, Mercy, Nia, Sam también. Todas han demostrado ser muy responsables para el trabajo. No veo porque vos no podrías demostrarlo también. — Relató con calma. — Sé que no es ideal tener menores de edad trabajando, pero puedo entender que haya menores que necesiten hacerlo. Y este es un negocio chico y familiar, toda ayuda es bienvenida. — Terminó de explicar.
— Bien. — Aceptó, empezando a relajarse.
— Puedo pagarte 10 dólares la hora, más las propinas que hagas. — Informó. — Y antes que me olvidé, a mis hijas se les ocurrió la tonta idea de que las meseras tienen que usar patines, así que deberás a aprender a servir mesas con ellos puestos. — Agregó, queriendo ver si eso era un impedimento para la otra. Después de todo gran cantidad de meseras no bien podían dejaban el trabajo porque no es gustaba andar en patines.
— No habrá problema, me encanta patinar. — Dijo con una sonrisa.
Y así lo demostró en su primer fin de semana de trabajo. Sara se manejó con naturalidad atendiendo las mesas, y pudo mostrar todo el talento y equilibro que tenía patinando. Ella también conoció a todas las chicas que Eliza le había mencionado, y por suerte todas resultaron ser agradables, haciendo que el trabajo resulte más entretenido.
Sara se fue del trabajo el domingo sintiéndose bien. Se había sentido útil y apreciada. Y tener dinero se iba a empezar a sentir bien una vez que tuviera un poco de ahorros guardados. Pero ese sentimiento no duró mucho, cuando llegó a su casa era todo un desastre. Botellas de alcohol por todos lados y restos de droga desparramados por la mesa. Su madre estaba dormida en el sillón, y Malcolm no estaba. Sara esperaba que estuviera afuera o en su habitación durmiendo. Sara limpió el desastre, luego tapó a Dinah con una manta.
— ¿Laurel? ¿Sos vos? — Cuestionó, sin siquiera abrir sus ojos.
Escuchar el nombre de su hermana la hizo quedar congelada por un largo minuto. Su corazón dolía, el vacío que sentía desde que la había perdido era aberrante. Su mamá estaba pidiendo su hermana y eso la hizo sentir menos, rechazada… Y a la vez sentir eso le generaba culpa, su hermana se merecía el universo entero.
— No mamá, soy Sara. — La corrigió.
— ¿Sara? ¿Por qué no está Laurel? — Preguntó decepcionada. — Perdoname hija, perdón por haberte dejado, yo quería llevarte conmigo, pero tu padre no creía apropiado que te separe de tu hermana. — Se disculpó entre sollozos.
Enterarse de eso le partió el corazón. A Sara no le entraba en la cabeza como su madre había pensado que separar a Laurel y a ella era buena idea, gracias a dios su padre no lo había permitido. Pero tal vez habría sido mejor, tal vez Laurel ahora estaría viva… ¿Y por qué llevarse a Laurel y no a ella? ¿Qué tenía su hermana que hacía que su madre la elija y la quiera más? ¿Qué había de malo en ella para ser menos? Sara sabía que no iba a encontrar las respuestas que buscaba, además su madre se había vuelto a quedar dormida. Así que le acomodó la manta y le dejó un vaso con agua y una aspirina preparada para cuando despierte.
Al otro día le fue difícil concentrarse en el colegio. Su mente volvía una y otra vez a las palabras que su madre había dicho sin siquiera estar totalmente consciente de eso. ¿Qué pasaría si la encararía? ¿Le diría la verdad o le mentiría? ¿Le diría que la quiere o le diría que solamente se conformó con la hija que quedaba porque tenía una noción de artes marciales? La única persona capaz de hacerla sentir mejor sería Laurel, pero ella ya no estaba. Las personas suelen decirle a uno que con el tiempo el dolor se supera, se esfuma, se calma… Pero para Sara era al revés, con el pasar del tiempo cada vez le dolía más no tener a su hermana con ella.
Lo único que logró sacarla de ese estado que la tenía paralizada, fue un debate de la clase de Educación Cívica. Estaban debatiendo acerca del asesinato Candy Johnson-Ferocity, una mujer transgénero. La profesora Diana preguntó qué cargos le pondrían si ellos fueran fiscales. Ava fue finalmente quién se animó a responder y expusó todos los motivos por lo cual el caso debía tratarse como un homicidio culposo.
Ava era la única de las Leyendas que no la aceptaba, Sara estaba segura de eso. Podía notar lo mucho que a la otra le incomodaba o le molestaba su presencia. Ella no entendía el motivo, si casi ni se conocían. Pero era preceptiva y se daba cuenta que a la otra ella le caía simplemente mal. Por eso cuando las Leyendas se juntaban con Ava y el otro grupo de amigos de ella, Sara prefería evitarlos y no unirse a ellos. A Sara le gustaba evitar las situaciones incómodas.
Pero cuando la profesora Diana preguntó si todos estaban de acuerdo y todos respondieron si, Sara sabía que debía ser quien respondiera no. Estaba segura que eso iba a hacer que Ava la deteste aún más, pero ella no podía evitarlo. El caso de Candy merecía justicia, y ella era muy pasional para lo que creía.
— Yo no estoy de acuerdo. — Dijo Sara, ganándose la mirada shockeada de toda la clase.
— Profesora ella está diciendo eso solo porque le caigo mal… — Comenzó a decir Ava,
— No me caes mal, yo te caigo mal. — La interrumpió porque la irritaba que la otra mienta. — Y no estoy haciendo esto para molestar, solo quiero expresar mi opinión. — Aclaró.
— Basta chicas, no quiero este tipo de peleas en mi clase. — Advirtió Diana. — ¿A qué te referís con que no estás de acuerdo con tu compañera? — Preguntó volviéndose a Sara.
— A que la carátula de homicidio culposo queda chico para el caso. — Respondió Sara.
Si tan solo Laurel podría escucharla, seguro se sentiría toda orgullosa. El sueño de su hermana era ser abogada. Ella estaba en su primer año de estudios en la Universidad de Nueva York cuando pasó todo lo de Damien... Así que Sara había aprendido mucho de ella. Sara siempre había aprendido todo lo que podía de su hermana porque la admiraba. Su hermana era la persona más brillante e inteligente que ella había conocido.
— ¿Qué caratula le pondrías? — Pidió saber con curiosidad.
— Le pondría transfemicidio, y como subtítulo de detalle del crimen: homicidio culposo, agravado al ser un crimen de odio. — Respondió.
— Justifica por qué elegirías eso. — Indicó, asistiendo con aprobación.
— Porque ella no fue asesinada sin motivos, sino que fue asesinada por ser una mujer transgénero negra. — Expresó su argumento.
— Eso es correcto. — Afirmó.
— Los crímenes de odio no están en el programa de la materia. — Dijo Ava, intentando explicar el motivo por el cual a ella no se le había ocurrido pensar eso.
— Eso es verdad, pero siempre se puede aprender algo nuevo — Aceptó. — ¿Sara puedes explicar qué son los crímenes de odio a tus compañeros? — Pidió, aunque sonó más a una orden.
— Los crímenes de odio son los delitos que son motivados por el prejuicio, la aversión y la discriminación hacía determinadas víctimas. Esas personas pertenecen a ciertos grupos que son construidos socio-históricamente como inferiores y por lo tanto válidos de recibir violencia, discriminación, exclusión, hasta llegar al extremo de la muerte. — Explicó con seguridad.
— ¿Algún ejemplo de grupo vulnerado? — Preguntó Diana.
— Las personas de la comunidad lgbtqi, las personas negras y afrodescendientes, las personas pertenecientes a los pueblos originarios; los extranjeros, sobretodo los latinos y los asiáticos; los musulmanes, los judíos, las mujeres, las personas con alguna enfermedad mental o discapacidad física, las personas en situación de calle. — Enunció.
— Bien, gracias por tu aporte Sara. — Aprobó Diana. — Si a los demás les interesa la temática podemos sugerirla para en entre a la votación de alguna de las clases donde ustedes eligen el tema. — Sugirió al notar que el tema había despertado cierto interés.
Y así continuó la clase. Ava le dedicó una mirada fulminante, como si no le habría agradado nada de lo que acaba de ocurrir. Sara hizo hombros y volvió a concentrarse en sus propios problemas. Ava parecía detestarla sin importar lo que hiciera, así que no iba dejar que eso fuera otro motivo más por el cual hacerse la cabeza.
