Advertencia: el capítulo contiene escenas violentas.
Sara entró a su casa, y cuando lo hizo recordó que debería haberlo hecho por la ventana de su habitación y no la puerta de entrada.
Dinah y Malcolm estaban sentados en la mesa del comedor y ahora que la habían visto, ni le iba a quedar otra que enfrentarlos.
— ¿Dónde estabas? ¿Qué fue lo tan importante que hizo que faltaras a la lucha libre? — Preguntó Dinah, sin siquiera saludarla.
— Yo no quería faltar a la lucha libre. — Aseguró ella. — Pero hubo una gran tormenta y eso hizo que los medios de transporte se retrasaran. — Justificó.
— ¿Tormenta? — Preguntó Malcolm seriamente. — Si estuvo soleado todo el día. — Retrucó.
— ¿No estabas en Starling? — Continuó Dinah la interrogación.
— Yo no... — Comenzó ella a decir.
— No digas nada, ni siquiera quiero saberlo. — La interrumpió Dinah. — Hiciste una promesa y no la cumpliste, nos fallaste. — Dijo a modo de reproche.
— Les prometo que voy a estar en la próxima competencia y ganaré todas las peleas. — Dijo ella, intentando buscar algo para calmar a los otros.
— No es suficiente. — Negó Dinah.
— Tiene que haber consecuencias. — Agregó Malcolm.
Consecuencias. Sara tragó saliva e intentó calmarse. Cualquier consecuencia que los otros tuvieran pensado para ella, sabía que no iba a ser buena. Necesitaba encontrar una manera de zafar de la situación, pero no sabía cómo.
De pronto, su celular sonó en su bolsillo, haciendo que Dinah y Malcolm centren toda su atención en ella.
— ¿Qué fue eso? — Exigió saber Dinah.
— Un celular. — Respondió ella con sinceridad.
No tenía sentido mentir, el ruido ya había hecho que su celular se revelará por sí mismo. Sara sabía que eso le iba a traer más consecuencias. A su madre y a Malcolm no les iba a gustar enterarse que ella tenía un celular. Pero ya estaba todo en juego, si ahora mentía iba a ser para peor.
— Dámelo. — Ordenó Dinah autoritariamente.
Sara le hizo caso y le dio su celular. Su madre lo revisó por unos segundos, mientras maldecía por lo bajo. Evidentemente estaba enojada por aquel secreto.
— ¿Quién te dio permiso para tener un celular? — Le preguntó Malcolm, ubicándose al lado de su madre para también poder examinar el celular.
— Nadie. — Respondió ella, mordiéndose la lengua ante la bronca que le daba la situación.
— ¿De dónde lo sacaste? — Cuestionó Dinah.
— Me lo regaló mi profesor de baile. — Contestó ella.
— Tu profesor de baile. — Repitió Dinah amargamente. — ¿Es ese el motivo por el que faltaste a la lucha libre? ¿Para poder competir en baile? — Soltó las preguntas, sacando conclusiones de los pocos mensajes que había logrado leer en esos minutos.
— Yo no… — Comenzó a decir, pero se bloqueó al no saber cómo expresar lo que había sucedido sin hacer que los otros se enojen. — Se suponía que iba a tener tiempo para ambas cosas, pero la tormenta lo arruinó. — Explicó su argumento.
— Deja de echarle la culpa a la tormenta. — Dijo Malcolm bruscamente.
Su madre tiró su celular al piso y lo aplastó con su pie un par de veces, haciendo que este se rompiera en muchos pedazos. Este recién era el comienzo de lo se le venía por delante, y Sara ya se sentía sin energías para enfrentar el momento. Ese era su celular y su madre no tenía derecho a romperlo, pero no era algo que pudiera discutir con ella. Sintió un poco de tristeza al perder ese objeto, no por lo que era en sí mismo, sino por lo que significaba. Todo el contenido personal que había guardado y la posibilidad de comunicarse con sus amigos.
— ¿Cómo hiciste para irte a competir fuera de la ciudad sin mi autorización? — Dijo Dinah, observándola pensativamente. — La falsificaste. — Dedujo, sin darle siquiera oportunidad de que pueda contradecirla.
— Consecuencias. — Volvió a retomar Malcolm ese tema y Dinah asintió con su cabeza.
— Tus miedos… — Empezó a decir su madre, mientras se volvía hacia ella.
— No. — Negó ella, interrumpiéndola.
— El "no" no es una opción en este caso. — Le dejo saber Dinah.
Sara dio unos pasos hacia atrás instintivamente. No sabía que tenían planeado con sus miedos, pero sabía que cualquier cosa relativa a ellos iba a ser malo. Su mente empezó a bloquearse ante el pánico que sentía, y lo único que sabía era que tenía que escapar de allí cuanto antes.
Malcolm la agarró antes de que pueda llegar a la puerta, y así comenzaron a pelear. Se sumergieron en una pelea, en una tan intensa como cualquier de las peleas de lucha libre. Sara dio lo mejor de ella y usó todo lo que había aprendido durante ese tiempo para defenderse. Cuando logró que la boca de Malcolm sangrara con uno de sus golpes y quedará derrumbado en el piso, se sintió satisfecha. Quería sonreír, pero no era momento de festejar. No podía festejar hasta estar a salvo.
Se hizo camino hacia la puerta una vez más, pero Dinah la agarró desprevenida y le inyectó algo en su cuello.
— ¿Qué haces? ¡Soltame! — Dijo ella, mientras forcejeaba con su madre.
— Demasiado tarde. — Dijo Dinah, terminando de inyectarla. — Yo soy quien da las órdenes acá y no te suelto nada. — Agregó.
Sara quiso separarse de su madre, pero cuando intentó dar un par pasos sus piernas temblaron y perdió el equilibrio. No estaba segura que estaba sucediendo, pero su cuerpo no estaba respondiendo. Sentía todos sus músculos dormidos. No podía moverse y eso la hizo entrar en pánico una vez más.
— Lo mejor de esta droga es que solamente duerme tus músculos, no tu conciencia. Vas a estar despierta y sentir cada uno de tus castigos. — Explicó Dinah.
Malcolm la levantó del piso y la llevó hacia el sótano.
Sara no sabía qué esperar. ¿Qué iban a hacerle? Todas las ideas que se le ocurrían eran una peor que la otra, y lo único que podía sentir ante la anticipación era un intenso terror recorrer todo su cuerpo. Necesitaba escapar y no podía hacerlo, y eso la hacía desesperarse más. Su respiración estaba agitada y no podía hacer nada para calmarla… aunque tal vez eso era mejor, si continuaba respirando así perdería la consciencia.
— Respira bien. — Indicó Dinah.
Ella no quería hacerle caso, pero alguna parte de su ser siguió la indicación porque no perdió el conocimiento.
La colocaron en el piso y de repente comenzaron a hacer algo inesperado, algo que se sintió como otra traición por parte de su madre. Sara no sabía si era posible que su corazón continuará rompiéndose cuando de su madre se trataba, pero en ese momento lo hizo.
— Tal vez si te recordamos tus heridas, la próxima vez recordarás llegar a tiempo para la competencia de lucha libre. — Explicó Dinah sus intenciones.
Y así fue como Dinah y Malcolm reabrieron todas las heridas que Damien Darhk le había hecho. Cada uno con un cuchillo se dedicaron a hacer cortes sobre cada una de sus cicatrices. Fue una experiencia totalmente dolorosa y desgarradora. No solo por lo físico, sino también por todo lo que implicaba eso mental y emocionalmente para ella.
Fue otra tortura más. Una que a la vez le hizo recordar todos los momentos de sus torturas pasadas.
Las lágrimas empezaron a caer de sus ojos, intentando descargar algo de todo ese dolor que estaba sintiendo. Sara se sorprendió ante eso, al sentir las lágrimas en sus mejillas. Deseó que la droga inmovilizadora que su madre le había dado también habría dormido sus glándulas lacrimales, porque con sus lágrimas lo único que logró fue darle satisfacción a los otros. Se burlaron de sus lágrimas y eso hizo que todo en ella doliera aún más.
¿Cuánta tortura podía soportar un cuerpo?
Sara no sabía si había respuesta para eso.
Lo que sí sabía era que en algún momento perdió el conocimiento.
Cuando recuperó su estado consciente, Dinah y Malcolm ya no estaban con ella. Eso la hizo respirar con calma, al menos por un instante. Luego se dio cuenta que todavía no podía hacer reaccionar a su cuerpo y eso la hizo volver a entrar en pánico. No la habían atado, ni esposado, ni retenido físicamente… aunque seguro si probaba abrir la puerta, ésta iba a estar cerrada con llave. Pero no poder mover sus músculos la hacía sentir totalmente aterrada.
Sara lloró hasta quedarse dormida.
La próxima vez que se despertó logró moverse un poco. Para hacerlo tenía que usar todas sus fuerzas y energías, pero lo hizo. Necesitaba hacerlo porque quería hacer pis. Así que se sobre exigió a sí misma para poder hacerlo. Hizo pis en un balde y luego volvió a desplomarse en el piso. Cada parte de su cuerpo dolía y el gusto a sangre en su boca le resultaba asqueroso.
En algún momento, su madre entró al sótano y le inyectó una nueva dosis de droga inmovilizante.
Eso la hizo volver a dormirse. Al parecer su cuerpo ya estaba vacío de energías, y la droga no colaboraba en lo más mínimo en hacerla sentir mejor.
Y así se despertó varias veces, pero solamente por apenas unos segundos. Luego volvía a perder el conocimiento. Era como si cada despertar requiriera tanta energía que su cuerpo elegía volver a perder la consciencia.
— Laurel. — Dijo ella, intentando despertar a su hermana.
— Si, estoy acá. — Asintió Laurel, usando todas sus fuerzas para abrir sus ojos.
Damien las había sometido a su primer sesión de tortura y luego las dejo solas. Ambas estaban colgadas del techo por medio de cadenas. Lo único que Sara quería hacer era escapar de ese horrible lugar, pero no había nada que pudiera hacer para lograrlo.
— Tengo miedo. — Admitió ella.
— Yo también. — Coincidió Laurel.
— ¿Qué va a pasar cuando Damien regrese? — Preguntó ella.
— No lo sé. — Respondió Laurel con sinceridad.
— ¿Crees que es verdad lo que nos dijo? ¿Qué papá está muerto? — Pidió saber ella, su voz quebrándose ante el dolor que le causaba pensar esa posibilidad.
— No estoy segura. — Contestó Laurel. — Pero creo que nos está mintiendo, que nos tiene atrapadas porque nos quiere usar para atrapar a papá. — Dio su opinión.
— No quiero estar acá, quiero estar en casa. — Dijo ella, comenzando a sofocarse con sus propios sollozos.
— Ey tranquila, respira bien, por favor Sara. Necesito que respires bien. — Pidió Laurel.
Laurel le dedicó palabras reconfortantes, hasta que logró sacarla de su estado de pánico.
— Yo también quiero ir a casa. — Le dejo saber Laurel. — Pero no podemos. — Le recordó, siendo cruda para mantenerla en la realidad.
— No sé si tengo fuerzas para sobrevivir esto, tengo mucho miedo. — Expresó ella sus temores.
— Está bien tener miedo, yo también lo tengo. — Validó Laurel sus sentimientos. — Aunque sea estamos juntas, eso mejor a que estar solas. ¿No? — Intentó animarlas.
— Juntas. — Repitió ella esa palabra, dejando que ese hecho le diera algo de calma.
— Hasta el final. — Prometió Laurel.
Hasta el final. Laurel había prometido que iban a estar juntas hasta el final. Pero sus finales fueron diferentes.
Sara lloró una vez más la pérdida de su hermana ante la invasión de ese recuerdo. Seguía sin poder moverse del todo. Se sentía agotada y mareada. Algunas de sus heridas habían empezado a secarse, pero otras seguían derramando sangre.
¿Cuánto tiempo había pasado allí?
¿Habría sido suficiente tiempo como para que alguien se de cuenta de su ausencia?
¿Ya habría pasado el tiempo de la cena de celebración que el colegio les había preparado? ¿Cómo habría estado? ¿Qué habría pasado con Ava y con el pedido que ella le había hecho de ser su cita?
Hacerse todas esas preguntas la hizo volver a sentirse agotada.
Y así, una vez más, Sara dejó que la oscuridad vuelva a consumirla.
