FairyQueen72, ¡Muchas gracias por decirme que me equivoque!, . (no me di cuenta, ay Dios). Me alegro que te gusten :3 Es la idea. Espero que te sigan gustando :)
Nada de Katekyo Himan Reborn me pertenece, solo la historia y uno que otro agregado que aparecerán más adelante en la historia.
Sky's Mayhem
Capítulo 1: El Extraño
-… de no espantar a las gallinas esta vez. – La señora termino de recordarle al chico lo que tenía y no tenía que hacer. – Si haces bien tu trabajo, obtendrás una cesta de pan. – Prometió la señora, cerrando la puerta detrás de sí.
El chico de pelo rubio y ojos azules suspiro con cansancio, otra vez siendo ignorado. Al menos le habían dado otra oportunidad, era lo único bueno. No quería ser espantado a escobazos otra vez, solo quería algo de comer o tal vez una prenda nueva, ¿era tan difícil de entender?
Quizás, ahora que lo pensaba, no había sido una buena idea escaparse del orfanato. Desecho esta duda tan pronto llego, recordando con desdén todos los problemas que allí tenia. Se Vivian metiendo con él, había demasiada gente y pocos empleados, y los cuidadores no eran amables. No, no iba a volver y no se arrepentía de escaparse. Al menos en la calle tenía la libertad de ir a donde quisiera y no había otros chicos haciéndole la vida miserable solo porque era un poco diferente.
- Realmente no sé qué hago mal… - Murmuro para sí, viendo a las gallinas alborotadas y ni siquiera había abierto la jaula para darles de comer o recoger sus huevos. - ¿Doy tanto miedo chicas? – No las molestaba, se aseguraba de no estar demasiado cerca y no hacer ruido. - ¡Ack!
Maldijo en voz alta su suerte y cerró la puerta rápidamente, evitando que las otras gallinas se escaparan. ¡No tenía idea de que podían correr tan rápido!
- ¡Hey! – Eran tres, ¿cómo demonios iba a agarrarlas? - ¡No se separen! – Maldijo otra vez su suerte, tratando de agarrar la más cercana y fallando.
Fue pateado por un caballo disgustado al tener una gallina aterrizando en su agua. Fue una patada leve al menos, pero lo sentiría en la mañana. Si la gallina no hubiera caído en el agua, no la hubiera agarrado. Disculpándose con el caballo que estaba indignado, o eso creía, salió apurado a meter a la gallina en su gallinero.
Fue un dolor en alma, no solo por encerrar a la gallina con las otras sin que se escapara alguna, sino porque la gallina no quería volver y picoteaba con ganas. Sus manos tenían sangre y no quería ver el daño, aún tenía dos gallinas que encontrar y traer antes de que la señora se diera cuenta. Peor que obtener solo un pan era quedar debiendo o que no volvieran a darle ninguna oportunidad.
No las encontraba, no las encontraba en ningún lado y por más que preguntaba nadie parecía haber visto nada. Estaba a punto de arrancarse los pelos de la angustia cuando sintió una mano grande en su hombro.
- Hey, ¿qué pasa niño? – Pestañeo como un estúpido, varias veces, subiendo la vista para dar con un hombre de ojos y cabello de color chocolate, sonriéndole. Y si, era con él.
No recordaba a nadie que lo hubiera visto o tratado con esa amabilidad. El hombre debía de saber que era un chico de la calle, estaba asqueroso, así que…
- ¡Vuelve aquí! - ¡Allá estaba!, ¿cómo diantres llego al techo de esa casa?
La gallina, como no, salió corriendo tan pronto lo vio. Olvidando todo, salió detrás de ella hasta que sus pies no pudieron más. La gallina, en la cima de una cerca, solo le dio un vistazo antes de saltar y volverse a perder. Suspiro profundamente, estaba frito. La señora no iba a quererlo ver nunca más, iba a- ¡Santo Dios!
- ¿Estas bien? – El hombre desconocido de antes le pregunto, curioso y preocupado, justo antes de que le cayera algo en la cabeza.
Ahora tendría tres chichones por días, y todas adquiridas en segundos. Al menos no le había caído la pala o la cosa que usaban para el heno…
- ¿De dónde salió? – Más que eso: - Sabe que tiene una gallina en la cabeza, ¿verdad? – La gallina que llevaba persiguiendo por bastante rato…
- ¿Quieres que la mueva? – El "no" salió tan rápido que el señor no lo entendió a la primera. - ¿Entonces qué quieres hacer?, es una belleza…
Quizás no lo admitiría en voz alta, pero ardía de celos ante la vista de ver al hombre acariciar a la gallina y que esta ni se moviera, perfectamente cómoda como sombrero.
No debió de sorprenderse cuando, minutos después, la otra gallina apareciera y tratara de volar a los brazos del hombre. No quería saber nada mas de las desgraciadas gallinas, así que no le importaba.
- ¿Te pusieron a darles de comer estando así? – Asintió lentamente, asombrado ante el escándalo que estaban haciendo las gallinas.
- ¡Se escaparán! – Y no quería pasar por todo ese desastre otra vez, pero el hombre solo pauso para sonreírle.
- Quédate afuera, si puedes llama al dueño, ¿sí? – Y sin más el hombre abrió la puerta, gallinas volando para huir.
Quedo loco, no había forma de describir su asombro, ante la forma en las que las gallinas se calmaron casi inmediatamente, aglomerándose en donde estaba el hombre, quien no se molestó en cerrar la puerta ni en que las gallinas trataran de huir en primer lugar.
No fue muy difícil hacer venir a la señora, ella estaba segura de que había hecho un lio y estaba molesta por ello. No se molestó, aun asombrado por lo que había visto antes. No hace falta decir que aun al volver no seguía sintiendo asombro ante el hombre con las gallinas a su alrededor. Ah, y con una en su cabeza como sombrero.
- ¿Quién diantres es usted? – Quería decir que era la persona que había rescatado a dos de sus gallinas, pero prefirió quedarse callado. Sentía que el hombre no necesitaba ayuda, en especial con esa sonrisa amable que nunca se borraba.
- Es una mujer muy, muy cruel, ¿lo sabía? – Pestañeo muchas veces, horrorizándose. Nadie le hablaba así a esta señora. Nadie. – Sabía perfectamente que ese jovencito, ningún jovencito, podría hacer el trabajo bien, ¿me equivoco? – Suave, pero muy firme. No sabía porque sentía que no era una simple observación.
- Son gallinas, si no puede ni siquiera con eso no es culpa mía. – Ugh… no le estaba gustando por donde estaba yendo esto, honestamente.
- Son criaturas delicadas, y aunque sean de fácil trato no deberías asumir que es una tarea sencilla a alguien que no las conoce, señora. – La sonrisa creció, y algo se movió por sus hombros. Raro. - ¿Piensas culparlo por las gallinas muertas que tienes allí?, tiene un par de días ocurriendo, no puedes negármelo. ¿Y se te ocurre enviar a un niño a atenderlas así?
- ¿Que gallinas muertas? - ¿Por qué diantres ahora la atención estaba en él?, ¡ni siquiera había entrado!
- No deberías aprovecharte de otros, señora. – Otra vez ese movimiento en los hombros. ¿Que había allí? – No estoy feliz con usted. Embustera, de paso cruel. ¿Qué hubieras hecho si ese niño termina herido por tu culpa? – La suavidad paso a ser un siseo, ojos de color oro por una fracción de segundo. ¿Efecto de luz tal vez?
- Ese no es-
- Mandaste a un niño a un granero en donde sabias que había un animal peligroso, lo sabias muy bien. – Hubo un movimiento más pronunciado y antes de verlo venir una serpiente levanto la cabeza, tan alto como para morder al hombre en la cara, lengua tocando el aire un par de veces.
Era una serpiente grande. No debía de tener color en la cara, esa cosa era enorme. Muy colorida, muy grande, ¿y esa cosa había estado metida en el gallinero?, con razón las gallinas estaban locas…
- Es venenosa, y el veneno es potente. – La serpiente bajo un poco la cabeza, permitiendo las caricias en su cabeza como si de un gato se tratara. Este hombre estaba loco de atar, o era la persona más valiente que hubiera visto. – Ese niño hubiera muerto, y ni siquiera lo hubieras escuchado ni le hubieras dado un pago por el trabajo. Eres despreciable.
Ante una serpiente mirando en tu dirección, y ante tales ojos hostiles de aquel que la tenía encima y la trataba como una mascota, hablar no era sencillo.
- Podría enviarte a la cárcel, ¿sabes? - ¿Ah? – Toda la evidencia necesaria esta sin tocar, y tenemos testigos… - Fue en este punto en el que se dio cuenta que había vecinos mirando por la cerca y un par de clientes en la puerta, esperando para pagar o ser atendidos, solo Dios sabia… - ¿Que debería hacer?, ese niño es mío, y como tal podría…
Minutos después, estaba saliendo del lugar con varias gallinas encima, listo para subirse en una carreta, la cual estaba cargada de muchos productos y vienes.
- Así que, ¿cómo te llamas? – Pregunto aquel mismo extraño que, a su total confusión, había declarado que era su guardián, su padre, su familiar hace solo un momento.
- ¿Tenemos que llevárnosla? – Se refería a la serpiente, quien acababa de lamerle la mejilla y no quería bajar de los hombros del extraño hombre. Su presencia aseguraba el que nadie se acercara, pero las gallinas estaban tan felices como la misma serpiente.
- La dejaremos libre en el bosque, no podemos dejarla aquí. – Si bien era un buen punto. – No te preocupes, nada pasara, es bien portada. – No importa lo que dijera, igual daba miedo.
- Giotto. - ¿Que de otra?
Este hombre lo había ayudado, le había salvado la vida, y ahora lo estaba llevando con él. Le había dicho que podía irse si quería, pero…
Nadie más lo había ayudado de tal forma, sin siquiera conocerlo, y sus sonrisas eran atrapa almas. ¿Por qué lo decía así?, porque cada vez que veía esa sonrisa ahora le hacía querer ver otra, le hacía querer…
- Un placer conocerte, Giotto. – Como si le hubiera dicho algo maravilloso, como si un simple nombre…
Quería conservar esto, quería recibir más sonrisas y expresiones así, no se sentía solo y se sentía protegido. Todo sin razón.
- Dame tu mano, debe dolerte, ¿no? – Ignorando a los caballos, eran dos, el hombre dejo las riendas a un lado.
- ¿Y quién va a-
- No necesitan guía, Giotto, los caballos son muy inteligentes, ¿sabes? – El hombre no debía de tener idea de cómo los estaban mirando por dejar a los caballos ir a donde quisieran y a su ritmo. – Vamos, no queremos que se infecten, ¿verdad?
Ante tal sonrisa, ante tal gesto amable, ¿cómo negarle?
