Nada de Katekyo Himan Reborn me pertenece, solo la historia y uno que otro agregado que aparecerán más adelante en la historia.


Sky's Mayhem

Capítulo 2: El Chico Del Arco

-… cuidado, ¿sí? – El hombre extraño se agacho a su altura, depositando un beso en su frente y revolviéndole cariñosamente el pelo, haciéndolo reír. – Cualquier cosa envía a Tulipán e iré a buscarte.

- ¡Okey! – Tulipán silbo brevemente, estirando las alas, al mismo tiempo que el dio su acuerdo. - ¡Te traeré el pan más grande que encuentre! – Su guardián le dio una sonrisa radiante, haciendo que su corazón se detuviera por un segundo o dos.

- Solo divierte, no te preocupes tanto por la comida. – Un leve empujón, y el niño no necesito nada más para irse, dejando atrás a un hombre que dejo de sonreír tan pronto el niño le dio la espalda.

Tulipán voló a su lado, sin perderlo a pesar de estar corriendo. Una vez que se detuvo, mucho rato después, el ave se posó en su hombro otra vez. Miradas curiosas aquí y allá, pero ya la mayoría se había acostumbrado al extraño encanto que el guardián del niño tenía.

- ¡Hey Giotto! – El anciano que vendía artesanías lo saludo con gran ánimo, y le hizo gestos de que se acercara. – Veo que tu viejo atrajo a otro, ¿eh? – Se refería a Tulipán.

- Ella es Tulipán. – El ave canturreo, esponjándose un poco y mostrando el pecho con gran orgullo. – Ni idea de cómo sabe que es una chica. – Confeso, acariciando a la criatura en la pancita. – Tiene un par de días con nosotros, la encontré durmiendo con papá hace unos días, parece que se metió sin permiso. – No era la primera, si era honesto.

Al menos no fue una serpiente o un mapache. El osezno casi le da un infarto. A pesar de haber sido solo una semana, ya se estaba acostumbrando a la extraña ocurrencia de que animales simplemente aparecieran al lado o sobre el hombre, sin realmente una razón.

- Pues es un encanto. - ¿Cómo no?, era un búho pardo, pequeño, daba caritas muy lindas y le gustaba robarle las cosas que su guardián se llevaba a la boca y hacerle morder aire. - ¿Alguna idea de cuando vuelva a bajar? – Pestañeo ante esto.

- Si quieres que venga, solo tengo que decirle. – Vendría, y si iba a decirle ya vendría hoy mismo. – Aun sigue limpiando la casa. – No creía que terminara pronto, era un lugar enorme.

Aun no procesaba como habían pasado de ir a solo Dios sabe dónde a terminar ayudando a una familia rica accidentalmente (habían molestado a un oso y no lograban escapar de él), a luego estar en esa casa gigante. En menos de una hora. Y ahora pasaban estas cosas:

- No es nada urgente, no quiero molestarlo. Es solo que las ovejas están un poco raras y si alguien puede saber qué les pasa… - Si, este era el tipo de cosas que se habían vuelto común en su vida.

- Le diré, probablemente venga mañana. – Su guardián era así, no sabía por qué. - ¿Que hago con esto? – Pregunto, sin saber cómo tomar el paquete que se le estaba siendo entregado.

- Para tu padre, se acerca el invierno y no lo hemos visto adquirir nada para sí, el invierno es fuerte… - Ah sí. Eso lo hacía sonrojar porque tenía abrigos y botas ahora…

En realidad, tenía un montón de cosas. No se había percatado de que el hombre extraño no había comprado casi nada para sí. Parecía perfectamente contento como estaba. Aunque, la verdad, todo había sido muy rápido.

Señor, solo poder caminar por aquí y que nadie lo mirara mal o se negara a mirarlo era una diferencia abismal a la cual no lograba acostumbrarse. No sabía si podría, pero tenía que admitir que le gustaba a pesar de lo raro que era.

- Gracias, estoy seguro que le gustara. – Porque ese hombre era así. Era la persona más agradable y amistosa que hubiera conocido en su vida.

- Sera mejor que vayas a lo que has venido, no querrás preocupar a tu padre, ¿cierto? – Hubo una risa, una de buen humor, como si hubiera dicho alguna clase de chiste. Si lo hizo, no lo entendió.

Los adultos eran raros.

- ¡Claro!, nos vemos luego. – Aun tenía tiempo antes de que las tiendas cerraran, pero mejor salía de eso de una vez.

Fue atajado por varios, dándoles cosas para su guardián y… bueno, el señor tendría un día ocupado cuando volviera. Estaba seguro de que no era ningún veterinario, pero si la gente lo creía, ¿cómo iba a quitarles la idea?

Tulipán lo mordió de la oreja, advirtiendo de que se estaba haciendo tarde. Se lo agradeció con una galleta, cortando saludos y buscando las cosas que faltaban con prisa. El hombre extraño no se molestaría incluso si llegaba sin nada, pero-¿Eh?

- ¿Te sientes bien? – Era una pregunta tonta, lo reconocía, pero no sabía que otra cosa decir. – Se ve-

- Lárgate desgraciado. – Dio un paso atrás y trago fuerte ante tanto veneno.

No solo las palabras, el odio en esos ojos y la sola actitud era suficiente para hacerlo retroceder y querer irse y dejar a este chico a su suerte. Aun así, la decisión no fue suya. Tulipán canturreo y antes de verlo venir había emprendido vuelo, y sabia, solo sabía, que el hombre extraño vendría en muy poco tiempo.

- Ya no puedo, ni queriendo. – Movió una caja y se sentó, ignorando lo mejor posible la mirada de muerte del otro chico. – Soy Giotto, ¿tú eres?

- Nadie de tu interés mequetrefe. – Si había algo que había aprendido del hombre extraño era ser paciente, y un tanto juguetón:

- Okey, un placer conocerte Nadie De Tu Interés. – Por supuesto que, la mitad de las veces, el hombre extraño parecía no hacerlo por ser malo sino era genuina confusión o ingenuidad. Si no lo era, entonces era un gran actor. - ¿Que te paso?, se ve grave. – Y por algo estaba sentado en contra de unos barriles y no yendo a otro lado a curarse ese brazo.

- ¿Acaso eres estúpido? – Sangraba, ese brazo sangraba mucho. Parecía haberse cortado con algo, ¿pero que podría haber hecho ese daño? – Te dije que te largaras.

- No puedo irme, Tulipán fue a buscar a mi guardián. – Ante la mirada estupefacta del chico, el odio esfumándose por un segundo, agrego: - No tardará en llegar, Tulipán lo traerá directo aquí. – Y: - Además, necesitas ayuda, espero que no lleve puntos… - No era divertido, en lo absoluto, que te tomaran puntos.

- ¡Maldición! – Pestañeo ante el chico que dijo cosas más fuertes, levantándose apresuradamente para irse. O intentar. - ¡Eres un idiota!, ¿acaso quieres morir?

- Estas herido, no deberías moverte así. – Se pondría peor, y ahora que estaba arriba, apoyándose de la pared, era obvio que tenía un problema con la pierna derecha. – Mi guardián no tardara, él-

- ¡Me están persiguiendo!, ¡nos mataran a todos! – Oh. Oh. - ¿Entiendes ahora?, nos-

- Hola chico~

Se congelo, al igual que Nadie Que Te Interese, quien perdió mucho color en su rostro. Al voltear la cara, el también perdió todo color. Encontrarse con un grupo de personas de muy mal aspecto, con aquellos que aterrorizaban el pueblo por dinero, armados hasta los dientes y obviamente muy molestos, no era asunto de risas.

Debió de haberse ido de inmediato, se dio cuenta con horror.

- Miren que tenemos aquí~ - Fue tomado del pelo antes de poder esquivar, mucho menos huir. Fue alzado del suelo. – No sabíamos que tenías un amiguito, esto será diver-¡Bam!

- ¡CORRE Y NO MIRES ATRÁS! – El chico le grito, lanzando otra flecha.

No sabía de donde saco el arco, no sabía de donde salieron las flechas, lo único que quería era salir de allí así que no lo dudo ni por un instante. Ignoro las maldiciones y los gritos, se llevó algunas cosas por delante y se olvidó de las cosas que llevaba consigo. Lo único que le importaba en ese momento era volver a casa, era-¡Crash!

- ¿Giotto? – Los chillidos de un ave le confirmaron que no estaba imaginando nada. - ¿Giotto?, ¿qué pasa-

- ¡Tenemos que irnos!, ¡ya! – Le daba cosa con el otro chico, pero solo Dios sabrá que habría hecho para molestar a esa gente. - ¡Tenemos que irnos! – Repitió, jalándolo de la mano solo para conseguirse con tratar de mover una roca. - ¡Por favor!, ¡tenemos que irnos!

No quería perderlo, no quería perder a su único amigo, no quería estar solo otra vez. Un grito resonó el aire y muchas risas también, captando la atención del hombre, y ante el cambio de expresión, sabía que había perdido, que iba a perderlo, y todo porque no hizo caso cuando debió.

- Quédate aquí con Tulipán. – Un brillo dorado, bien podría haberlo imaginado. – No tardare. – Se escapó de sus manos antes de poder suplicarle que no fuera.

No obedeció porque quisiera, sino porque no valía la pena correr o detenerlo, y solo podía llorar. Llorar, por ser débil. Llorar, porque nada de esto hubiera pasado si hubiera hecho caso. Llorar, porque si se hubiera quedado en casa su amigo no tendría porque haber venido a buscarlo.

Tulipán lo empujo con la cabeza y le canturreo, mirándolo con grandes ojos como si no entendiera el problema. Era solo un búho, no iba a entender lo que estaba pasando, no iba a entender que pronto solo quedarían ellos dos y luego ninguno. Tulipán estaba por su amigo, no por él, eso lo sabía. El de los animales era su amigo, no él.

A unas calles de allí, no muy lejos, la única satisfacción que G podía llevarse era que había salvado al otro idiota, y que había logrado darles en donde más le dolía a esta gente. Dinero. Les había robado, aunque con toda honestidad no sabía que les estaba robando a ellos. Estaba desesperado, no tenía a quien o a que recurrir, así que su única salida era robar. Esta gente no recuperaría su dinero, lo sabían, y por ello-¡Crash!

- ¿Todos ustedes contra un niño?, ¿son así de débiles que necesitan tanto solo por un niño? – No sabía si agradecer o maldecir al ser dejado en el suelo por manos que ahora sabía que no eran de uno de sus captores.

Agradecer, por un corto descanso de la paliza. Maldecir, porque alguien inocente iba a morir como un idiota. Maldijo entre dientes, al ver a una silueta muy similar al niño de antes. No había mentido, este hombre debía ser su padre y ahora dejaría a un niño sin-

- ¡¿Quién demonios te crees que eres?! – Había miedo, algunos se habían alejado un poco del hombre.

Pues G no podía culparlos, había noqueado a un fortachón con un solo golpe, como si se tratara de una mosca.

- ¿Yo? – Ladeo la cabeza, genuinamente curioso, sin ninguna sonrisa. – ¿Deberían preocuparse por eso justo ahora? – Sintió un aliento caliente muy cerca, y luego algo baboso caer en su mejilla. Con miedo, giro la cabeza un poco con mucha dificultad. – Si fuera ustedes, miraría hacia atrás.

G trago profundamente ante el canino, porque no tenía idea de si era un lobo o un perro, y ante maldiciones y demás, quedo petrificado ante la extraña vista de ver caballos, y animales más pequeños con pinta de no andar de buen humor.

Fuera como fuera, los animales no estaban allí para hacer nada en particular. Excepto, quizás, asustar e impedir que nadie se fuera. El verdadero peligro era un hombre que, solo por cómo se movía, sabía que estaba increíblemente molesto.

- No te preocupes, vas a estar bien. – Al igual que el hijo, el padre no entendía un no, y era igual o más amable. – Dime si te duele mucho, ¿sí?

Así como estaba, siendo revisado y atendido por un hombre cuyo nombre no conocía, solo podía mirar al cielo. Arriba, había un gran conjunto de aves de diversos tamaños y colores, volando en círculos, comenzando a dispersarse.

Un caballo resoplo y una pesuña se detuvo muy cerca. Una cabeza bajo, pero no fue para verlo a él.

- Dame un momento, ¿sí? – G gruño sin poderlo evitar, por más cuidadoso que el hombre fuera, sus heridas dolían un montón. - ¿Crees que puedas aguantar un poco más?, voy a llevarte a casa, pero necesito que te sostengas del caballo, solo eso, ¿puedes hacerlo?

Con un asentimiento, en poco tiempo estaba sobre el caballo, y para su gran horror:

- Va a llevarte a casa, no necesitas darle direcciones. – Una palmada al caballo y este comenzó a andar. – Se un buen chico ahora, no tardare.

La locura venia de familia, G ya no tenía duda alguna.

- Hmmm… - Una sonrisa se formó en el rostro del hombre extraño al ver las cosas regadas en el suelo. No pasaba nada, pero saber que su hijo iba a llevar todo esto a casa solo por él lo hacía muy feliz. – No puedo dejarlos aquí, por desgracia.

Muchas personas palidecieron en horror ante el hombre amable que habían comenzado a conocer, arrastrado dos cuerpos por los pies sin piedad, limpio como si no pasara nada, y detrás de él otros animales trayendo más cuerpos. Caballos con dos personas atadas entre sí en su lomo, perros arrastrando uno, en fila como quien dice.

Ignorando que su camisa estaba desgarrada, que no parecía herido en ningún sitio, el hombre saludo con una sonrisa y dejo a los animales y la fuerza de justicia encargarse de algo que parecía sacado de un sueño o una pesadilla. Lo único dijo fue:

- Giotto me espera. – Y no era como si a muchos les funcionara las cuerdas vocales.

Giotto, por su parte, recibió la maravillosa sorpresa de ser levantado de la nada y las risas de parte de una persona que, en su mente, ya había enterado bajo tierra.

El viaje a casa fue un enorme alivio de muchas formas para Giotto, y al llegar y ver al otro chico vendado con trozos de ropa en un caballo en la entrada, se dio cuenta de que su amigo había hecho más de lo que hubiera pensado que haría.

Giotto se dio cuenta que, para bien o para mal, el hombre extraño no solo tenía un don encantador con los animales.