Nada de Katekyo Himan Reborn me pertenece, solo la historia y uno que otro agregado que aparecerán más adelante en la historia.


Sky's Mayhem

Capítulo 6: El Poder De La Palabra

- Alguien está feliz. – G le comento a Giotto en voz baja, ambos sentados en la baranda del patio.

¿A qué se debía el comentario?, a que el señor que los había cuidado por tanto y aun lo hacía estaba jalando a un chico por una oreja, regañándolo de buena manera por esperar allí afuera otra vez en lugar de llamarlos o entrar. No era la primera vez, y el señor se estaba cansado de repetirse.

- Tengan buen cuidado de Lampo y de los chicos mientras no estoy. – El anuncio fue dicho por un hombre de cabello marrón, de muy buen humor, casi corriendo.

- ¿Que? – Giotto no fue el único que fue tomado por sorpresa. - ¿Como que mientras no estás? – El chico de pelo rubio no tardo en bajar y en perseguir al dueño del lugar. No estaba solo, aunque G y Lampo no tenían tanta urgencia como Giotto.

- Voy atrasado como es. - ¿Atrasado?, ¿cómo que atrasado?

- ¿Atrasado para qué? - ¿Que diantres iba a hacer a esta hora-

- ¿Acaso quieres ir a ver ovejas? – Fue una pregunta juguetona, sin esperar una respuesta. O esperar a nadie. – Nos vemos más tarde~

Eso no se lo espero Giotto, aunque debió de ser obvio. El hombre solo se ponía así cuando se trataban de animales o visitas, incluyendo hasta los animales exóticos que se aparecían solo por Dios sabe qué. Ese hombre no tenía sentido de la auto-preservación, eso era seguro.

- ¡Espérame! – Seria aburrido, pero no quería dejar al hombre solo.

Aproximadamente una hora más tarde, su opinión de que sería aburrido no cambio. Aunque no podía quejarse mucho, las ovejas y los caballos no tenían muchos problemas con él, pero culpaba a su guardián por ello. Cuando su guardián estaba cerca, los animales se volvían muy dóciles, y se apegaban a él como polillas a la luz. Aun luego de todo este tiempo era desconcertante.

-… digo, ¡no hay nada más! – Esto, curiosamente, le llamo la atención.

Dejo de acariciar a la oveja que había venido a molestarlo, o a comerse su franela mejor dicho, y giro la vista a donde creía que venía la voz.

-… completo, o matáramos a todos aquí mismo cura. – Oh. Genial. Otro caso de extorción y… un momento, ¿había dicho cura?

Se levantó y se acercó, en silencio. No quería molestar a los animales, no quería hacer las cosas peor para quien parecía estar siendo amenazado, y no quería preocupar a su guardián. Por más que su guardián fuera capaz de patearles a todos ellos el trasero cuando eran jóvenes y les enseño sobre defensa persona sobre arcos, seguía siendo un civil.

La gente podía hablar todo lo que quisiera, pero el hombre que hace tanto lo había salvado a é no era una persona que disfrutara de pelear, y no era tan experimentado como podría pensarse. Él y los demás, por otro lado, llevaban unos pocos años en esto. Sabían pelear, sabían jugar sucio si hacía falta. Su guardián no, y no quería ponerlo en tal posición y menos preocuparlo por algo que posiblemente no pudiera manejar.

Le hubiera encantado que alguno de los chicos lo hubiera acompañado, Alaude estaría más que encantado de tener una excusa para apalear a alguien y llevarlo esposado y arrastras por el suelo a la comisaria. Nadie se atrevía a decirle nada, tanto por miedo como por respeto, por hacer tal cosa.

-… se lo dije, no tengo más. – Ah, ese era Knuckles. No tenía más que un par de años aquí y ya lo estaban molestando.

Miro de reojo a los animales, porque no podía ver a su guardián en el ángulo en el que se encontraba, y se tranquilizó al no ver cambio. Eso era bueno, el hombre tan amable que había cuidado de él por tanto tiempo no merecía preocuparse por cosas como estas. Además, dada su fama, podrían herirlo o asesinarlo. No, no iba a permitir tal cosa.

La iglesia prácticamente estaba al lado de en donde estaban trabajando, aunque no estaba seguro de que exactamente estaba haciendo su guardián con las ovejas. Esto tenía que ser rápido. Evaluó la situación con cuidado, rápidamente, y frunció el ceño. Hubiera estado fácil si G hubiera venido en lugar de quedarse a molestar a Lampo y muy seguramente a atender a los animales para que su guardián solo llegara a descansar.

Un grupo de tres personas, armado, con civiles como rehenes y también ayudantes de la iglesia. Ah, y claro, amenazando al cura que ya había dado toda la limosna y no había nada que pudiera dar si su cara decía algo. Y, por supuesto, la gente no entendía tales cosas, solo querían más. Tal vez estaba pasando mucho tiempo con G y Alaude, porque le molestaba ver esto y solo quería-¡Crash!

Quedo tan atontado como los otros dos ladrones armados ante la tercera figura en el suelo y fuera de combate, todo por una piedra voladora bastante grande y directo a la sien. Alguien había-¡Smash!

- ¡Cura des-¡Crash!

Vaya, no sabía que el cura tuviera tan buen gancho. Ahora si lo había visto todo.

- Gracias por lanzar esa piedra hermano. – El cura se inclinó y todo ante él. Tardo unos cuantos segundos en procesar tal cosa.

- ¡No fui yo! - ¿Cómo podía pensar que fue él? – Iba a intervenir, pero alguien me gano. – Ni idea de quien fue, pero: - Tremenda puntería tiene, debo decir. – Lo dejo loco, nada más. – Déjame ayudarte, hay que atarlos bien… - Y antes de que se le olvidara: - Tremendo gancho. – Los hizo puré rápido, no los dejo recuperarse. Y ahora aquí estaban, atando y amordazando a los tres idiotas.

Estaba a punto de pedir que alguien llevara el tercero cuando el sonido de un caballo trotar lo detuvo. El único que no vio raro al caballo que se detuvo justo en frente de ellos fue él. Tomo mucho no poner mala cara.

Justo encima de la baranda del corral, a unos pocos metros de ellos, estaba su guardián, sentado, con una sonrisa, y una piedra grande en su mano. No hacía falta preguntar quién demonios tiro la piedra antes. Detuvo al cura a duras penas de agradecerle, pero no a los demás.

- ¿No estabas con las ovejas? – Estaba de malhumor, no había querido que-

- Aun me falta cortarles la lana. – Asintió de todas formas ante la pregunta. - ¿Que puedo decir?, me estaban sacando de quicio. – Rodo los ojos en esto, bajando de la cerca y perdiéndose entre las ovejas otra vez.

Solo eso demoro el cura en jalarlo por el brazo y darle una mirada algo… intimidante. Siendo un cura, esto era impresionante.

- No te ayudo para que le agradecieras. – Era extraño estar explicando esto, en especial cuando la gente aún estaba sacudida por lo que ocurrió. – A papá le gusta venir de vez en cuanto a tus misas, y admira los proyectos que haces para los niños en la calle y la gente necesitada. – Pero mira que tirar una piedra con tal puntería… - No le digas nada de lo que te dije, papá se molestaría conmigo. – Y se avergonzaría mucho.

Ese fue el final de todo. O eso creyó Giotto. Era fácil olvidarse del suceso cuando iba con su guardián de un lado a otro saludando gente, siendo molestado por dicho guardián y hablando de todo y nada con él. En casa fue igual, risas, bromas, charlas, y ajetreo. Así ya casi todos fueran adolescentes y no niños, no mucho parecía haber cambiado en ese sentido.

Honestamente Giotto debió esperarse encontrarse con el cura la mañana siguiente, esperando cerca de la entrada mientras oraba con un rosario y una biblia a mano, como si no tuviera prisa alguna.

- Eh, buenos días… - Realmente debió de habérselo esperado, pero no lo hizo. Al menos Asari aún no había llegado, suponía. - ¿Puedo ayudarte en algo? – O Alaude.

Asari haría más que una doble toma al encontrarse con el cura esperando afuera como el mismo solía hacerlo. Asari ya no esperaba, entraba como Pedro por su casa. La excepción era Lampo, quien en cualquier momento tiraba la espera por la ventana como su guardián seguía insistiendo que hiciera.

Alaude contemplaría por unos 5 segundos al señor rezando justo en frente de la puerta de la casa, y eso dándole mucho, antes de que pasara a demandar respuestas "satisfactorias" luego de esposar al cura y haberle dejado unos cuantos moretones.

Así que, en cierto modo, el cura tenía mucha suerte de que había sido él quien lo encontrara primero.

- Nunca me dejaste hablar con tu padre. – Pestañeo estúpidamente ante la acusación.

- No querrá un agradecimiento, creí habértelo dicho. – Por fuera diría que no fue nada y sonreiría y todo eso, pero nadie nunca lo veía cuando estaba solo. Para su guardián, no había hecho la gran cosa como para merecer tantos agradecimientos.

- ¿Entonces por qué estás aquí? – No tenía mucho sentido en su opinión. - ¿Me ayudas con las gallinas?, papá no despertara temprano hoy, esta con Girasol.

- ¿Girasol? – Fue la pregunta atontada del cura.

No importa lo que hizo, o como trato de hacerlo. Ni siquiera con los otros ayudando. El cura no se fue, y en todo caso…

- Buenos días. – Un gran bostezo, y su guardián incluso se restregó los ojos, pasando de largo y sin notar la nueva presencia en la mesa. - ¿Qué hay de comer?, ¿o no han hecho nada? – Vaya confianza, cielos.

Girasol, como siempre que visitaba, los ignoro. No era que alguien iba a decirle nada, era un agila. No sabían cómo el hombre de ojos chocolate no se quejaba de las garras o del peso, Girasol amaba estar sobre sus hombros y no era tímida en tomar lo que quería. O de picotear a quien se atreviera a meterse en su camino.

- ¡Genial! – Esa sonrisa tan temprano en la mañana, en especial con el sueño y el pelo revuelto, era una que más de uno había hecho la meta de obtener cada vez que fuera posible. – Me encanta el pan tostado con queso derretido~

Y esa era la razón por la cual le habían hecho tal cosa. En eso todos estaban claros, menos su guardián.

- ¿Y ese amigo? – Genial, otro osezno…

- Su madre debe de seguir durmiendo en la cama. – Ignorando como todos habían quedado ante la imagen de que el hombre más viejo de la casa había dormido con osos de todas las cosas, otra vez, dio un gran mordisco al pan. – Ya saben cómo son los niños, no van a dormir hasta tarde, ¿verdad Almidón? – El osito, por supuesto, no iba a negar nada. No podía y de paso quien rayos se quejaría cuando le estaban dando comida gratis.

En lugar de asustarse, como muchos, el cura parecía emocionado y cautivado.

Tardaron un par de semanas en entender que el simple hecho de que una persona se llevara también con los animales era una prueba del lado bueno de la humanidad, y de que los humanos debíamos respetar toda creación.

Nadie debió de sorprenderse cuando el cura comenzó a buscar al dueño de la casa para enseñarle sobre los animales a los más pequeños, y menos cuando niños comenzaron a aparecer por ese lugar al poco tiempo.