Nada de Katekyo Himan Reborn me pertenece, solo la historia y uno que otro agregado que aparecerán más adelante en la historia.


Sky's Mayhem

Capítulo 9: La Bendición Del Cielo

-… aun no puedo creer que lo convencieras. – G le susurro a Giotto, aun sin caber en su asombro.

- Yo tampoco. – Y esa era la verdad.

Justo frente a ellos, durmiendo a pierna suelta, estaba el padre de Primo Vongola. Se había quedado dormido en el escritorio de Primo, sin querer por lo que podían ver. Estaba haciendo papeleo, ayudando a su hijo con el papeleo. A escondidas otra vez.

- Se parece mucho a ti. – G le comento, aun consiguiendo este hecho asombroso a pesar de haber vivido con ellos durante años.

- ¿Por qué crees que la gente le tiene miedo? – Medio bromeo mientras lo cambiaba de posición. Así como estaba le dolería mucho el cuello cuando despertara.

- No creo que sea tanto porque creen que te dirá o te molestaras si no le dan el debido respeto jefe. – En parte, pero no la razón entera.

- No pelea, ¿qué otra razón podía haber? – Ni siquiera les había enseñado sus llamas, a pesar de que le había enseñado a la mayoría que eran, como manifestarlas y usarlas. Y defensa personal.

- Eso crees tú. – Giotto podía decir lo que quisiera, pero: - Alaude no fue quien descuartizo al pobre diablo que te dejo fuera de combate hace una semana. – Fue brutal. Incluso como un civil, este hombre daba miedo.

- ¿Ah? – No era una broma, Giotto se dio cuenta con una mueca al ver la cara tan seria de su amigo. – Creí que había sido Alaude. – Era el más violento de todos ellos.

Aun no se decidía quien era el más sanguinario de la familia. Estaba entre Demon y Alaude, pero ahora como que tendría que considerar a su padre en eso. Qué imagen.

- La gente le tiene miedo y respeto jefe. – Si en verdad había descuartizado a esa gente… Bueno, súper apaleado era mejor termino. – Imagínate, si hizo eso con solo sus puños, nadie quiere saber cómo será con sus llamas o técnicas especiales…

Ahora que G lo había dicho, él tampoco quería saber. Bueno, allá se iba su creencia de que el cambio en sus subordinados había sido todo gracias a él y a los chicos. Debía de creer que su padre le había enseñado las técnicas que tenía, y si bien en parte no estaban equivocados, no tenía idea de si papá sabía hacerlas.

Si no fuera por la confesión de que tenían las mismas clases de llamas, seguiría pensando en él como un civil con más información de la que debería poseer. Tal vez debería estar en ese grupo que creía que papá era mucho más peligroso de lo que parecía…

- Jefe, mire. – Sin poder evitarlo se rio con ganas.

O tal vez no. Era difícil ver a alguien como peligroso cuando su cabello era usado de nido por un par de pajaritos lindos. Al menos no tenían a un halcón en la oficina otra vez.

- ¿Hmmm? – Oppps. La idea no era despertarlo. - ¿Gio?, ¿G? – Un gran bostezo y por supuesto un estiramiento. Y volver a bostezar.

- Hey. – No podía molestarse por más que quisiera. – Vamos a tu cuarto, estás cansado, ¿no? – Que durmiera todo lo que quisiera, luego le llevarían algo rico de comer.

- No. – Bostezo de nuevo diciendo esto, apartando su mano. - ¿Podrías reunirlos a todos?, hay algo que quiero darles y no quiero que se me vuelva a olvidar… - Alguien como que no había dormido en toda la noche, cielos. – Llevo toda la semana en esto, ¿puedes creerlo?

- Pase dos semanas olvidando cerrar la puerta de esta oficina. – Le recordó a su padre con una mueca. No estaba orgulloso de tal cosa. – Seguro, dame un momento…

Localizar a Asari no era difícil. En realidad, los difíciles eran Lampo y Demon. Alaude era uno de los más fáciles a esta hora, le gustaba tomar la siesta en el techo, de todos los lugares. No sabían que podría tener de cómodo dormir allí, pero no iban a cuestionarlo. Excepto tal vez Demon, solo para molestar y no por en verdad querer una respuesta como tal.

- Sorpresa, sorpresa… - Giotto bromeo, de buen humor. – Se volvió a quedar dormido. – Esta vez en una silla y lejos del escritorio. - ¿Alguien sabe si paso la noche haciendo el papeleo? - ¿Que ni siquiera le correspondía?

Pues nadie tenía idea. Caray. A veces Giotto no podía evitar preguntarse si su padre tenía un don para pasar desapercibido cuando quería. Esta no era la primera vez que algo como esto ocurría, pero cielos… Esta era su oficina, era frecuentada.

- ¿Hmm? – Al menos esta vez se recobró más rápido. Tal vez era porque habían tardado como 3 horas en reunirlos a todos. Dos solo fue en Demon, quien andaba coqueteando y dejando sin dinero a una pobre alma caída en desgracia que era mejor no mencionar. – Oh, ya están todos. – Los recorrió con la vista, luciendo como si no hubiera estado en la quinta nube hace tan solo un momento. - ¿Podrían cerrar la puerta?, esto no debe saberse por nadie, ¿está bien?

Ante esto, solo un pensamiento recorrió a todos los presentes y fue un: "¿qué?". El culpable de esto no tenía pinta de haberse percatado de este hecho.

- No pueden decir nada, ¿está bien? – Giotto pestañeo varias veces al ser pellizcado de las mejillas. Se sentía como si fuera un niño otra vez de repente. – Especialmente tú, Gio.

- Okey, ¿pero de que secreto estamos hablando? – Gracias y no gracias Asari.

- Un regalo que voy a hacerles. – Muchos hicieron una doble toma ante el hombre que casualmente enseño el anillo de Primo. El anillo del cielo. – Ya que tienen esto, que aún no puedo creer que les hayan dado tal cosa, creo que puedo darles algo un tanto… - Sonrió de forma burlona. – único.

- ¿Uni-

- Gio, si tuvieras que elegir algo que usarías el resto de vida justo ahora, ¿qué seria? – Giotto no fue el único que quedo loco. – Alaude obviamente serían las esposas, y ya que sé que tienes un mal rato en elegir, te dejare de ultimo. – El guardián de la nube dio un paso atrás al verse en la mira del hombre. – Tus esposas, ¿a menos que no quieras…? – Una sonrisa enorme junto con un gracias se escuchó perfectamente.

Lo que siguió después era algo que Giotto jamás sería capaz de olvidar. Estaba seguro de que los demás tampoco. Era cautivante, atrayente en gran medida, y hermoso de formas que no podría describir.

Conteniéndose duramente de no acercarse y no hacer nada estúpido, Giotto entendió porque jamás su padre había manifestado sus llamas delante de nadie. Eran peligrosas. Hermosas, increíblemente hermosas, más puras que las suyas y eso era decir algo. Solo sentirlas, verlas, hacia querer acercarse a él y nunca dejarlo ir. ¿Era esto a lo que su padre siempre se refirió como atrayente?, porque cielos… ¿quién podría resistirse a esto?

Era como una polilla a la luz. Y él era la polilla, y su padre la luz.

- Listo~ - Las llamas danzaban por su cuerpo, y cerca de ellos, tentando. – Ahora, Alaude, es un buen chico y no te muevas… - Hizo una doble toma al ver a su padre tomar a su guardián de la nube del rostro y lo próximo que vio fue que su guardián fue envuelto en esas llamas por unos segundos. – No abuses de tu nueva fuerza, ¿sí?, ahora eres como la misma nube. Extensa, grande, libre.

Tardarían semanas en entender, en darse cuenta del cambio.

- ¿Asari?, ¿estás listo? – No, no realmente, pero al menos Asari tenía una respuesta. – Por supuesto, por supuesto…

Al igual que las esposas, las cuales adquieron un color diferente y cambios solo por ser bañados en esas llamas, las espadas de Asari sufrieron cambios. En realidad, hasta Asari sufrió un cambio.

Asari y Alaude andaban atontados, impresionados y sin saber cómo tomar lo ocurrido.

Cuando finalmente llego su turno, no sabía que pensar. Su padre solo sonrió traviesamente, sin decir nada, tomando su manto. Este, para su sorpresa, lo sentía diferente, pero no lo veía diferente.

Al ser bañado en esas llamas, entendió. Era como un hechizo, un hechizo dulce, como cuando uno se enamora perdidamente de algo. Un amor inocente, dulce, pero muy fuerte. Uno gracias a la calidez, a la atracción, al llamado, y la sensación de que todo estaría bien, que serias protegido y apreciado, que no había nada malo en el mundo.

Era demasiado.

- Ahora eres como el mismo cielo, Gio. – Fue su turno de recibir el mensaje algo extraño. – Amplio, que abarca y acepta a todos. – Con una sonrisa muy, muy traviesa: - Tus llamas son como las mías ahora, no tan potentes, pero iguales. No vayas por ahí haciendo tonterías, no querrás poner celosos a tus amigos, ¿verdad?

Tardaron mucho tiempo en entender lo que había hecho este hombre que bien podría haberlos hechizado. La gente, sus subordinados, y hasta los civiles sintieron el cambio casi inmediatamente.

- Búsquenme para entrenar cuando sepan que hacen sus regalos, ¿está bien? – El hombre sabía perfectamente que había pasado y pasaría días de días riéndose como un niño que había hecho una gran travesura.