Ayer, 8 de agosto de 2021, se cumplieron diez años de la publicación de Afterlife Love.
Diez años desde que empecé a escribir y publicar.
Tenía por aquél entonces once años nada más, y es algo que creo se nota nada más empezar a leer. Pero crecí con esa historia, crecí aprendiendo de las tremendas idas de olla que me marcaba y a pesar de la vergüenza que me doy a mi misma, la miro con cierta admiración porque me mandaba unas buenas cagadas pero las llevaba adelante con orgullo, seguridad y sobre todo mucho amor.
Para aquellos que entren sin conocer el fic, Roxan y Reynald son mis bebés. Los primeros de todos, los que guardan un rincón muy especial dentro de mi corazón. Para quienes leyeron Afterlife Love: perdón por haceros sufrir eso. Y gracias, infinitas gracias, por haberle dado tanto cariño y haber ayudado a que se convirtiera en ese tesoro. Siento no haber llegado a terminarlo nunca, pero, ¿quién dice que en el futuro no lo reescriba? En este one shot ya dejo algunas pistas sobre cambios que haría en el futuro, como es Reynald siendo policía y no un UBCS.
Que disfrutéis de este pequeño momento de felicidad y borracheras antes de que todo se fuera a la mierda en Raccoon City y el RPD.
—¿Cómo es posible que seas tan malo?
—¡Está trucado! ¡Will, admítelo de una vez!
El joven bartender sacudió la cabeza con una pequeña sonrisa, aún ocupado llenando una jarra de cerveza para uno de los pocos clientes de la noche que no pertenecía al cuerpo de policía. Bien se podría decir que el Bar de Jack había sido invadido por el RPD entre los dos equipos de los S.T.A.R.S y los demás oficiales, una noche de celebración tras la misión que habían cumplido con éxito. Will recordaba el escepticismo con el que se recibió la noticia de la creación del equipo de tácticas especiales hacía ya un año, los ciudadanos dudando de la necesidad de una formación de alto rango tratándose de una ciudad pequeña y tranquila, el miedo en el aire al pensar si estaba sucediendo algo que escapara a las habilidades de un policía de a pie.
Joseph se retiró de la máquina de pinball con un suspiro, al fin admitiendo su derrota. Edward, que llevaba un buen rato riéndose de su ineptitud, le echó el brazo por encima del hombro y se lo llevó de vuelta al par de barriles haciendo de mesas donde estaban el resto de los S.T.A.R.S, bebiendo y hablando.
—¿Os traigo algo, chicos? —les preguntó Cindy, la camarera. Estaba llevándose los botellines vacíos y dejando otros nuevos, entre las distintas cervezas un agua con gas de incógnito que Roxan cogió con rapidez.
—No me importaría recuperar mi dinero—murmuró Joseph, desplomándose en el taburete—. Pero de momento me conformaré con algo de tequila.
En cuanto Roxan se llevó el cristal a los labios, Frost la señaló con la barbilla.
—Y por dios, tráele una bebida a esta mujer que no sea de adolescentes.
La aludida juntó las cejas. El culo de la botella impactó con fuerza contra la mesa.
—Ignórale, estoy bien así.
—¿¡Cómo que estás bien!? ¡No nos acompañas ni para un mísero brindis en un buen día como este! —Joseph alzó la voz, se recolocó el pañuelo rojo que cubría su cabeza y se cruzó de brazos—. ¿Para qué vienes, entonces? ¿Quiere la señorita que vayamos la próxima vez a algún sitio más elegante? ¿Te va el champagne de miles de dólares o los vinos de sangre de vírgenes? He oído de uno realmente bueno procedente de Rumanía, quizás podamos conseguirte una botella.
Los otros clientes comenzaron a detener sus conversaciones para prestar atención al jaleo junto a los ventanales. Reynald, de pie junto a la pared cubierta por una barra flotante de madera oscura, dio un paso para acercarse y defender a Roxan, pero la mano de uno de sus compañeros se interpuso en su camino.
—Oye, sé que estás coladito por ella—le aconsejó Kevin Ryman, con esa sonrisa ladeada que parecía estar grabada en sus labios—. A pesar de lo que el corazón te pida, no es buena idea ir metiéndote en peleas ajenas.
—Es un tema delicado, no quiero que—quiso protestar.
—Ssssh. Calla y observa. Tienes que esperar tu momento.
De vuelta a la mesa de los S.T.A.R.S, Roxan se levantó, su silla chirriando contra el suelo de madera. Desde la barra, Will rezó para que no hubiera dejado marca si quería seguir vivo al día siguiente.
—He tenido la suerte de llevar una vida con muchas facilidades, sí—sus dedos fueron sin pensar hacia el camafeo en forma de corazón que colgaba de su cuello, acariciando el oro y los recuerdos que este llevaba en él—. Es mi decisión personal no beber alcohol. Y decido, de paso, no aguantar a la gente que se convierte en cretinos cuando beben. Así que me voy a la barra, Frost, porque no me apetece irme a casa y no me apetece tener que soportarte a ti y a los que te sigan. Hasta luego.
—Oh Roxan vamos, no te enfades, quédate—le pidió Rebecca.
—¡Que se vaya este idiota, en cualquier caso! —coincidió Jill, dándole una no tan leve patada a Joseph en la espinilla.
Roxan les dio la espalda y agitó la mano en el aire, despidiéndose por el momento y pidiéndoles que lo dejaran estar por el resto de la noche. Si quisieran hablar con ella, solo tendrían que rodear la barra unos metros más allá.
Kevin se despegó de Reynald, quien estaba todavía obnubilado y la mirada perdida.
—Eres el mayor idiota que he conocido, de verdad—se pellizcó el puente de la nariz y resistió el impulso de darle una colleja.
—Gracias, Kevin.
—De nada. Ahora puedes volar libre como buen pajarillo ruso que eres. Solo te pido que no digas ninguna estupidez.
Su compañero afirmó que así sería. Aun así, sabía que encontraría la forma de ponerse nervioso y soltar alguna barbaridad. Los días del dúo de casanovas del RPD quedaban atrás: tendría que buscarse un nuevo y joven aprendiz con el que romper corazones, ya que el soldado Reynald Svirnov había caído.
—Si no te conociera, diría que estás ahogando tus penas en alcohol y no en una gaseosa.
Roxan tardó unos segundos en despegar la vista de la luz de neón que ocupaba el centro de la barra, bañando de azul y amarillo las botellas de alcohol que lo rodeaban. Miró por encima del hombro a Reynald en silencio y tuvo que contener una sonrisa cuando él desvió la mirada a sus zapatos.
—¿Puedo? —le preguntó él, señalando con la barbilla el taburete a su derecha.
—Como quieras—Roxan se encogió de hombros, agachando la cabeza hacia el vaso medio vacío de refresco que movía de una mano a otra.
Reynald la observó atentamente. Estudió sus manos, los cortes finos recorriendo los nudillos, la piel de bronceado natural salpicada de morados y amarillos.
—¿Por qué estás en la esquina opuesta del bar? ¿No deberías estar celebrando con tu equipo? Además, la novata parece necesitar algo de ayuda.
Junto a los ventanales, Brad y Forest alzaban copas repletas de alcohol y las acercaban al rostro de una arrinconada Rebecca. Entre las voces se escuchaba a alguien hablar sobre legalidad, el deber y el honor, a otros sobre diversión y secretos. Jill contenía la risa y se agarraba del brazo de un preocupado Chris. Richard y Enrico se interpusieron entre los dos borrachos y la joven con los brazos extendidos.
—¡Rebecca, huye! —gritaron al unísono, como si fueran dos criaturas de la noche intentando devorarla aquello de lo que la protegían.
—Creo que tienen la situación cubierta—respondió Roxan.
Rebecca se abrió paso entre los dos hombres y apuntó con dedo acusador a los perpetradores. No contenta con la regañina que les soltó a ellos dos, se dio media vuelta hacia sus guardaespaldas y les dedicó unas cuantas palabras que no llegaron a escuchar. Jill estalló en carcajadas seguida de Chris y los demás cuando vieron sus rostros de cachorros siendo aleccionados.
—¿Será entonces que Wesker te está contagiando su rollo de lobo solitario?
El nombre fue suficiente para hacer que frenara en seco su juego y girase el rostro hacia él, los mechones de pelo que enmarcaban su rostro agitándose con violencia. En sus ojos esmeralda seguía la misma dureza con la que se encontró cuando se conocieron, y ver sus labios apretarse en una línea recta terminaba de decir que estaba conteniéndose para no levantarse e irse. Reynald exhaló, apretando los nudillos en el interior de los bolsillos de su chaqueta de cuero.
—Realmente odio a ese tipo—dijo entre dientes—. Con sus estúpidas gafas de sol y su estúpida cara de estatua.
Sintió que perdía el peso sobre sus hombros al dejar salir esas palabras y más ante ella. No pudo contener una pequeña risa que quizás sonó más desquiciada de lo que esperaba.
Roxan frunció las cejas. Miró a un lado y después a otro.
—Esa es una de las cosas más infantiles que he escuchado y quizás no debería sorprenderme que haya salido de tu boca, Svirnov—terminó por decir ella. Hizo una pausa para tomar aire—. ¿Por qué le tienes tanta manía? ¿Acaso son... celos?
Se inclinó un poco hacia él, susurrando su última pregunta; a pesar de mantener el rictus de seriedad notó la picardía empapando cada sílaba.
En el momento en que había iniciado esa conversación ya estaba perdido.
—¿Cómo no iba a tenérselos?
Por primera vez desde que se acercó, Reynald se atrevió a hacer que sus ojos se encontraran de frente, sin temer el escudo que la rodeaba.
Por primera vez desde que se conocieron, Roxan se ruborizó.
—Apartando el factor muy importante que eres tú, empecé a odiarlo antes de conocerte. Cuando rechazó mi solicitud de entrar a los S.T.A.R.S.
Ella se recolocó en la silla y ladeó el rostro, parpadeando lentamente. Reynald chasqueó la lengua, asintiendo para sí mismo al recordar el momento.
—Ni siquiera se dignaba a mirarnos cuando nos rechazaba y mucho menos razonaba la respuesta. A Rayman lo despachó porque era "demasiado alegre y relajado"—hizo unas comillas en el aire con sus dedos y torció el labio.
—¿Y qué te dijo a ti?
—Que ya había suficientes tiradores en el equipo y eran mejores que yo. Y de todos modos los equipos ya estaban decididos. No necesitaba a nadie más. Aunque, sin pretender sonar pedante, incluso con un solo ojo sería mejor que muchos de ellos.
Roxan resopló y hundió los hombros.
—Igualmente, decidió contratarte a ti, a pesar de la oposición de Irons y habernos despachado a todos los demás—Reynald esbozó una sonrisa con sorna, un codo apoyado en la barra sin dejar de tener una mano entrelazada con la otra.
La respuesta cayó sobre Roxan como un balde de agua fría, haciéndola encogerse en la silla y evitar su mirada de azul helado.
—No pongo en duda tus habilidades, Roxan, mucho menos después de hoy. Sin embargo, dudo de la honestidad de los motivos que llevaron a Wesker a escogerte.
Los nudillos de Roxan se volvieron blancos alrededor de su vaso y en su rostro surgió la curiosa combinación de palidez y sonrojo.
—Esa es una acusación muy seria, Reynald, y es imposible que me la tome como una observación objetiva después de lo que me has contado.
—Lo entiendo—suspiró él, dejando caer los hombros. ¿Qué respuesta había esperado obtener? —. Siento haberte hecho sentir incómoda. Y perdona haber interrumpido tu retiro espiritual lejos de la nube de alcohol que hay por allí, va siendo hora de irme.
Reynald hizo girar el asiento para levantarse. Comenzó a unir la parte inferior de la cremallera de su chaqueta para subirla cuando oyó el chirrido del otro taburete. Roxan se puso de pie, soltó un billete de cinco dólares en la barra y echó a andar por delante de él. Sus dedos se volvieron torpes en su tarea cuando el olor a rosas le hizo cosquillas en la nariz.
—Le espero afuera, agente Svirnov. He tenido suficiente por hoy aquí.
Se despidió rápidamente de la poca gente que quedaba, que unieron sus voces para clamar un "¡Hasta el lunes, Jones!". En cuanto Roxan cruzó la puerta, todas las miradas se posaron en él, expectantes. Rebecca alzó el pulgar y le guiñó un ojo.
Ryman alzó una ceja, haciendo la pregunta silenciosa que todos estaban pensando.
Él se encogió de hombros y se le escapó su inevitable sonrisa de idiota. Echó a correr hacia la puerta, cogiendo de pasada el casco de su moto que Will había estado guardando debajo de la barra.
A través del cristal, los vieron a los dos desaparecer, sin poder distinguir si seguían hablando o no.
—Por un momento no sabía si iba a estamparle una silla en la cabeza—murmuró Brad, echándose a temblar de imaginar la escena.
—Es decir, probablemente se lo habría buscado.
Jill reposó la barbilla en el dorso de su mano y cerró los ojos.
—Harían una buena pareja. Es bueno que el capitán Wesker no anduviera por aquí esta noche.
Rebecca dio un respingo y volvió su atención del pescado colgado en la pared al grupo, sus ojos de muñeca abiertos de par en par. Los demás asintieron entre murmullos las palabras de Jill.
—¿Qué queréis decir?
—Vamos, es obvio que Jones y Wesker se traen un rollo muy raro. Se puede cortar la tensión entre ellos con un cuchillo.
—¡Oh, me dan escalofríos de pensar en las miradas de pura pasión que Wesker le dedica detrás de esas lentes negras! —Joseph se abrazó a sí mismo, su tono adquiriendo cada vez más dramatismo—. Algún día de estos tampoco sería raro encontrarnos a Jones enganchada a su brague—
—¡FROST!
Edward hizo el amago de cubrirle los oídos a Rebecca, que se agachó e hizo a un lado antes de que pudiera atraparla. Enrico se limpió una lágrima inexistente, orgulloso de lo mucho que la novata había avanzado en maniobras de evasión y reflejos.
—El capitán Wesker no haría algo tan poco profesional e irresponsable, además, se consideraría abuso de poder—intercedió Chris, bebiendo la última gota de su botellín de cerveza.
Se hizo un silencio largo y doloroso. Chris sintió que siete pares de ojos le apuntaban como miras de francotirador.
—Quizá eres tú el que está enamorado de él, porque tío, parece que te paga para que lo defiendas.
Fue Richard, el siempre tranquilo y pacífico, el que terminó por darle el tiro de gracia. Chris contuvo el impacto con una medida sonrisa a medias, contando mentalmente mapaches y ovejas.
Viendo que la situación podía irse de las manos, Cindy se acercó con cautela al rincón, temblando solo del cambio de aura que había sucedido en cuestión de minutos. Estaban acostumbrados a lidiar con clientes escandalosos, no por nada Jack había comprado el revólver que mantenía en el despacho; no obstante, ¿cómo se desescalaba una situación donde el problema eran agentes de policía?
El bar es la última oferta de la eternidad
La última oferta que queda de la libertad
El peligro a que pierdas tu novia, a que
Te enojes con tu amigo, a que aparezcan
Personas desconocidas
Yo creo que el bar es sobre todo
No digo la selva, pero por lo menos es
El bosque que le queda a la ciudad
Enrique Symns, introducción a "Mosca de Bar"
Dedicado a Mischievous Whisper, que me ha echado una mano no solo con este one shot sino con todo lo que hago. Sin ti, nada sería posible.
