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Dulce Agonía


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El sonido de la puerta corrediza del laboratorio al ser abierta le distrae del experimento en curso. Al levantar la vista, Frankenstein se da cuenta de que ha sido M-21 quien ha entrado, mirando a su alrededor con cautela, evidentemente incómodo en un entorno que, a su pesar, sólo le trae malos recuerdos.

Esforzándose por sonreír de modo tranquilizador, el científico se aparta del mostrador para ir a su encuentro. Sintió un poco de alivio cuando el otro levantó la vista de sus instrumentos y señaló con su pulgar hacia atrás, cambiando inmediatamente de expresión.

—¿Pasa algo? —pregunta, pero la actitud serena de M-21 le anticipa que todo está en orden.

—Los niños han vuelto a casa —le informa, se limita a encogerse de hombros al recordar el transcurso de esa tarde entre gritos exagerados, peleas interminables en torno a los juegos de mesa, y banquetes improvisados en el salón—, Takeo y yo hemos limpiado y arreglado todo. Tao ya ha puesto las alarmas, y Karias y Rael están vigilando la escuela. Raizel-nim, Seira y Regis están en sus habitaciones —carraspea M-21, probablemente quedándose sin más que decir—. Yo también me iría a dormir, si no me necesitáis…

Frankenstein apoya una mano en su hombro.

—No, descuida. De todos modos, pronto habré terminado.

M-21 se sacude imperceptiblemente. Ensancha los ojos, observa perplejo aquella mano, abre la boca deseando formular una pregunta que no sale, se le atora en la garganta, al final solo asiente.

—Nos vemos mañana, entonces. Buenas, buenas noches —murmura apenas tropezando las palabras. Se da la vuelta y sale rápidamente de la habitación sin más. La puerta se cierra por segunda vez tras él.

Frankenstein resopla. Se apoya con fuerza en uno de los mostradores y se masajea las sienes con una mano. No debió hacerlo. No debió decir a M-21 que podía retirarse. Tendría que haberle pedido que se quedara, tal vez con el pretexto de un nuevo experimento, un nuevo análisis para averiguar algo nuevo sobre su poder. Debería haberlo mantenido con él y anclado a su persona, para permanecer lúcido y en control de sí mismo.

Pero ahora.

Frankenstein…

Ahora está solo, y esa voz es sedosa y persuasiva, terriblemente sensual. Resistirse a ella parece cada vez más difícil.

—Silencio —sisea, de cara a la nada—. Estoy trabajando

Con un crujido de su bata de laboratorio, vuelve al experimento que estaba realizando, recogiendo de nuevo sus herramientas. No tiene tiempo para esto. Si tiene éxito, Tao y Takeo pueden…

Frankenstein escucha esa voz modulada en su mente: mi único amor, ven a mi.

Frankenstein aprieta los puños. Debe resistirlo. Y no puede ceder a esa presencia negra y viscosa que se agita en su cuerpo y trata de apoderarse de su alma, ya sea imponiéndose violentamente durante las batallas o con la dulzura de un amante en los momentos de calma. Debe luchar contra ella, porque no puede permitirse ceder, no puede ceder a las promesas que le susurra, tentadora, porque su persona sólo pertenece a su Amo, y su Amo le necesita.

Frankenstein gime. Frankenstein, mi amor. Ven a mí, ven a mi.

Le espera un mundo de oscuridad y tinieblas. Es un velo de silencio insondable, de dolor, de envolvente desesperación, le agarra, le araña. Es la oscuridad en la que se ahoga, lejos de la luz, lejos de la realidad. Ella le llama y sus defensas ceden, se desintegran.

La Lanza Oscura le llama, y Frankenstein en su oscuridad cae, inexorable, impotente. Ella le da la bienvenida, con una sonrisa diabólica y unas garras de arpía que se cierran sobre su conciencia y le alejan —para siempre— de la luz.

Por su parte M-21 sube las escaleras, meditabundo, hacia la habitación que el propietario le ha permitido ocupar. Pensando demasiado, lleva una mano al mismo lugar donde Frankenstein le tocó, los dedos se posan en su hombro entre pensamientos.

Es realmente muy extraño se dice. La mano del Jefe esta noche estaba demasiado helada.