Universo alternativo basado en las novelas Hija de Humo y Hueso de Laini Taylor con varios muchos cambios, sobre todo por el hecho de que la saga tiene tres libros.

Espero que les guste 3


Érase una vez un ángel y un demonio que se enamoraron. Pero su historia no tuvo un final feliz.


La primera vez que lo vio —ella cree— fue en la cafetería de su padre.

Estaba concentrada viendo a la gente pasar por la ventana, no era mucha debido al clima. La niebla que había cubierto la ciudad y el viento frío hacían que todos quisieran encerrarse en el calor de sus hogares, ella misma lo deseaba. Pero no podía quejarse, la calefacción en el café hacía bien su trabajo y no habían muchos clientes ese día, así que podía beber su té caliente mientras leía Orgullo y Prejuicio por centésima vez.

El tintineo de la puerta abriéndose la sobresaltó ligeramente, pero pronto recobró la compostura lista para atender nuevos clientes. Sin embargo, las palabras de bienvenida se quedaron atoradas en su garganta cuando vio al hombre parado en la entrada.

Sakura había visto hombres guapos antes, por supuesto, pero él en particular le había quitado el aliento.

Era alto, la piel pálida, rostro de facciones angulosas, el cabello negro azabache recogido a medias en un man bun un poco desordenado y una mirada tan profunda que sintió que podía ver a través de ella. La pelirrosa creyó haber visto un deje de sorpresa en él, pero luego de un parpadeo desapareció. El recién llegado se aclaró la garganta, desviando la vista hacia un lado mientras se acercaba a la barra donde tomó asiento en uno de los bancos altos.

—Buenas tardes —dijo Sakura rápidamente, tratando de parecer lo menos tonta posible—. ¿Qué te sirvo?

—Un café, por favor —respondió el pelinegro con una voz profunda que hizo que le temblaran un poco las rodillas, pero de alguna forma lograba sonar amable.

Rápidamente tomó una taza para ponerla frente a él y llenarla con café oscuro y caliente.

—¿Algo para comer? —preguntó tentativamente, evitando su mirada que podía sentir sobre ella.

Él sopesó la pregunta, observando algunos pastelillos en exhibición.

—¿Algo que no sea dulce?

—Ah, claro, tenemos sándwiches, croissants y…

—Un croissant está bien —pidió.

La pelirrosa asintió, dándose la vuelta para preparar el pedido y calmarse un poco. Tomó un par de respiraciones profundas mientras trataba de controlar el ligero temblor en sus manos.

Era extraño, pensó, que el motivo de su nerviosismo no parecía ser lo atractivo que era, sino que encontró algo extrañamente familiar en él. Cree firmemente que nunca lo ha visto antes, porque sabe que lo recordaría. Pero aún hay algo extraño que no puede sacar de su mente, sobre todo porque puede sentir las fugaces miradas que le lanza y hacen que los vellos de su nuca se ericen.

Rápidamente sacó un plato y puso un croissant caliente sobre este, se dio la vuelta y lo puso frente al pelinegro con una sonrisa amable, mientras cruzaban miradas. Una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo, sintió los dedos hormigueándole y solo se detuvo cuando encontró algo más en qué enfocarse.

—¡Tu ojo! —exclamó con una mezcla de genuina sorpresa y curiosidad—. Es distinto, es… el color… —De repente sintió una oleada de calor en el rostro y su sonrisa infantil se convirtió en una mueca de vergüenza—. ¡Oh, lo siento! Eso fue muy grosero de mi parte, lamento incomodarte, yo…

—Está bien. —Él rio bajo y ronco, enviando mariposas revoloteando a su estómago—. No importa, estoy acostumbrado. Sabes a qué me refiero—dijo casualmente, señalando a su cabello mientras comenzaba a picotear su comida con el tenedor.

Sus palabras solo hicieron que su sonrojo se profundizara, así que cubrió la mitad de su rostro con el dorso de la mano y soltó una risita nerviosa. Sin embargo aún estaba fascinada, él tenía un ojo tan oscuro como la medianoche, pero el izquierdo era de un tono violáceo, ¡violáceo! Había leído sobre la heterocromía, pero nunca había visto a alguien con esa condición antes, menos de un color tan extraño.

Se tomó unos segundos para observarlo con más atención mientras él no lo notaba. Se dio cuenta de que estaba vestido de forma más ligera que el resto de personas que había visto fuera, pero aún así su presencia era bastante cálida. Vio también los extraños tatuajes en sus manos. Eran líneas simples que llenaban sus nudillos y dedos, no parecían ser muy artísticas, pero debían tener algún significado si los tenía, sobre todo en las manos.

Él —se dio cuenta de lo mucho que quería saber su nombre— parecía no haberse molestado por su impertinencia, así que se recostó hacia adelante, sobre la barra, y tomó valor para tratar de no dejar morir la conversación.

—¿No eres de por aquí, cierto? —Él elevó una ceja a modo de pregunta—. Es que siempre viene la misma gente, veo a las mismas personas pasar por aquí. Nunca te había visto antes.

—No, no soy de por aquí —respondió para luego quedarse en silencio un momento. Sakura temió que esta vez si lo hubiera molestado, pero luego él prosiguió: —De hecho, estaba buscando un lugar para alquilar, ¿sabes de alguno?

La pregunta la tomó por sorpresa, sus ojos verdes revolotearon por el lugar vacío mientras trataba de poner sus pensamientos en orden para poder darle una respuesta.

—B-bueno, no sé… creo que alguien se mudó del edificio donde vivo recientemente. Está a dos cuadras de aquí, pu-puedo preguntar —ofreció con una sonrisa temblorosa.

El azabache clavó su mirada en ella por un momento, provocando un desastre en su interior de nuevo mientras parecía considerar su propuesta.

—Me parece bien —respondió por fin—. En ese caso, supongo que volveré a venir.

Sakura se peinó un mechón de cabello rosa tras la oreja con nerviosismo, asintiendo ante el comentario.

—Soy Sakura, por cierto —se presentó, esperando un nombre de vuelta.

—Sasuke —dijo él, y sonrió.

Él sonrió, y algo en lo más profundo del alma de Sakura pareció terminar de encajar.

El destino tiene un sentido del humor demasiado cruel, pensó Sasuke mientras se despedía de la pelirrosa y salía del café. A veces, aquello que has estado buscando vehementemente por tanto tiempo aparece justo frente a ti cuando te has dado por vencido.

Más de dos siglos tuvieron que pasar para que pudiera verla otra vez, así que se promete a sí mismo que no desperdiciará esta oportunidad.

No la dejará ir, no de nuevo.

Él se mudó a su edificio, dos pisos arriba del de ella. Se acercó a la pelirrosa con el tiempo, le dijo que era fotógrafo, que era huérfano desde la infancia y que estaba buscando un trabajo. Descubrió que Sakura era hija única, que actualmente solo trabajaba en la cafetería de su padre y que su madre había fallecido hacía unos meses, lo cual le afectó tanto que se vio obligada a olvidarse de los exámenes de admisión para la escuela de medicina, pero los tomaría en el otoño siguiente. Oh si, su sueño era ser médico, lo cual no lo sorprendió del todo, podía vivir cien vidas y, en todas, esa mujer elegiría ayudar a los demás, incluso en una vida que estuvo plagada de guerra y muerte. Lo supo desde que la conoció, desde que lo salvó.

—¿Por qué llevas siempre ese hueso de la suerte? —le preguntó la pelirrosa un día, mientras le ayudaba a estudiar en el balcón de su apartamento.

Sasuke se llevó la mano al pecho y tocó el amuleto que colgaba de su cuello amarrado a una tira delgada de cuero.

—Es un recuerdo… —respondió, aunque no pareció satisfacer a Sakura—. De alguien especial, alguien a quien amé. A quien amo.

—Oh… —susurró más que contestar y no volvió a preguntar.

Quería dárselo, no había nada que deseara más, era de ella después de todo y la traería de vuelta a él. Pero quería esperar, no apresurar las cosas y hacer que lo amara por algo que pasó casi doscientos años antes. Deseaba darle algo más, la historia de amor con la que sólo pudieron soñar antes, pero ahora tenía la oportunidad de dársela.


Érase una vez un ángel moribundo tendido entre la bruma y un diablo que se arrodilló junto a él y le sonrió.


La batalla había sido brutal, el olor a sangre y podredumbre comenzó a llenar sus fosas nasales en medio de aquel campo de cadáveres.

Sin embargo, estaba más preocupado por la herida sangrante que cruzaba desde su hombro izquierdo hasta su pecho. Con cada respiración temblorosa sentía como la vida se le escapaba y el charco de sangre caliente se hacía más grande.

Los serafines, contrario a la creencia popular, no son inmortales. Muy poderosos, si, con su gran fuerza, estricto entrenamiento e intrincado sentido de obediencia, pero no inmortales.

El ser monstruoso con cabeza de toro que le había herido yacía a unos metros de él, con su espada atravesando su pecho. No podía dejarlo impune después de lo que le hizo. Pero él mismo estaba agonizando ahora, incapaz de moverse mucho más sin acelerar su propio fin.

El silencio sepulcral se rompió cuando algunos murmullos llegaron a los oídos de Sasuke. No podía adivinar nada de lo que hablaban, aunque pudo distinguir que era la lengua quimérica.

Vio a lo lejos a las monstruosas siluetas moverse entre los cadáveres. Llevaban unos bastones extraños, curvados en su parte más alta de donde colgaban artefactos de los que manaba humo. Seguramente estarían rematando enemigos, así que solo le quedaba resignarse y esperar su final. ¿Sería esta la forma en que moriría? Siempre esperó algo más heroico. No pudo evitar pensar en sus hermanos, solo podía desear que estuvieran bien.

Estaba perdido en sus divagaciones y su mente adormecida que no notó cuando una de las criaturas se le acercó. Sólo reparó en su presencia cuando pasó un par de dedos por los bordes de su herida, haciéndolo sisear.

Sus ojos dispares se abrieron como platos cuando contempló a la quimera a su lado. Ella estaba lejos de la imagen abominable que venía asociada a su especie. Estaba arrodillada a su lado, con un par de ojos esmeralda que le veían con notable curiosidad, no con el desprecio y la furia con la que normalmente una quimera vería a un serafín. Tenía cabello rosa, largo y sujetado por una cola baja, y de su cabeza salían un par de cuernos parecidos a los de un venado. Su figura era suave y estilizada y sus facciones delicadas contrastaban con su ropa, la típica vestimenta del ejército quimérico.

Ella pareció ver su confusión y sonrió. Los vellos en la nuca del serafín se erizaron, pero lo atribuyó a la pérdida de sangre. Por un momento le asaltó la idea de que era solo una ilusión creada por su mente, sin embargo se disipó cuando ella llevó un dedo a sus labios y siseó, pidiéndole silencio. Pero él sólo deseaba acabar con ese suplicio.

—Hazlo rápido —susurró con el poco quimérico que había aprendido de los esclavos.

La pelirrosa pareció encontrar divertida su petición, dejó salir una risita tintineante que hizo que su corazón latiera un poco más rápido. Sin embargo, las dudas aún embargaba su mente, ¿qué estaba haciendo ella ahí? ¿Por qué aún no lo había matado? Y, sobretodo, ¿por qué no parecía despreciarle como cualquier quimera lo haría? ¿Acaso no había visto las líneas negras en sus nudillos que representaban a cada individuo de su especie que había perecido bajo su espada?

—¿Tanto deseas tu muerte? —habló ella por fin, mientras apartaba mechones de cabello negro de su rostro. Su voz era tan suave que parecía un sueño.

—¿No es eso a lo que has venido? —cuestionó con un hilo de voz.

—Creo que la muerte es aburrida e innecesaria —respondió, acariciando con delicadeza su mejilla izquierda, su piel ardiendo ante su toque a pesar de que sus dedos se sintieran fríos—. Supongo que no es tu día de suerte, lo siento.

Ella se acomodó más cerca de él, teniendo cuidado de no estar demasiado cerca de sus alas de fuego. Comenzó a hurgar en el interior de la bolsa de cuero atada a su cintura y, luego de un momento, sacó tiras de tela blanca. Con cuidado, puso algunas sobre su herida y luego ató otra alrededor de su pecho y hombro, asegurando el resto.

Se alejó un poco para admirar su trabajo y, pareciendo satisfecha, le dio una última sonrisa.

—Sobrevive, ¿quieres? —fue lo último que escuchó antes de que apartara sus grandes ojos esmeralda de él y se pusiera de pie.

Viéndola en toda su altura, con el sol poniente a su espalda dándole un aura celestial, pudo observar las suaves curvas en su figura y la forma en que sus piernas largas y estilizadas se transformaban en patas de gacela justo bajo sus rodillas.

Debía ser una ilusión, porque ella era la criatura más hermosa que haya visto nunca, pero también era nada más y nada menos que una quimera, una enemiga jurada de su especie. Sin embargo, el cosquilleo en su mejilla que dejó su suave caricia y el vendaje en su pecho se sentían muy reales.

No supo cuánto tiempo pasó desde que ella desapareció hasta que sus hermanos aparecieron.

—¿Quién te puso eso? —preguntó Shikamaru.

—No lo sé —respondió, medio inconsciente.

Él no pareció convencido, pero se apresuró a ayudar a Naruto a levantarlo de todas formas.

Lo llevaron al hospital donde retiraron los vendajes que había puesto la quimera de cabello rosa y trataron la herida de forma debida. Cuando recuperó la consciencia, vio a Sai sentado al lado de la cama, tinta y agujas preparadas para marcar sus manos.

—¿Cuántas? —le cuestionó mientras tomaba una de sus manos.

—Ninguna —dijo rápidamente.

La confusión se hizo evidente en los rasgos del pálido serafín, quien frunció el ceño hacia él.

—Te vi cortar el cuello de esa bestia con cabeza de oso.

—He dicho que ninguna —reiteró Sasuke con tono severo.

Su hermano pareció querer descifrar la razón de su negativa a marcar sus manos. No podía culparle, después de todo él siempre había sido un soldado orgulloso, no se jactaba de sus hazañas pero no era necesario, los demás lo hacían por él y nunca se preocupó por parecer humilde. Luego de unos segundos de silencio Sai decidió ceder, dejando un "como quieras" entre dientes.

Sasuke se observó las manos, manchadas con la sangre de decenas de quimeras. Se sorprendió al no descubrir una razón propia por la que había arrebatado tantas vidas. Fueron otros quienes lo arrebataron de los brazos de su madre cuando apenas era un niño, le obligaron a entrenar duramente para destacar y lo llevaron a los campos de batalla, obedecer y pelear era todo lo que sabía hacer, para eso había sido traído al mundo.

Pero en ese momento, con el dolor ardiente en su hombro y la imagen angelical de cabello rosa y ojos jade en la mente, decidió que no deshonraría el obsequio que ella le había dado, no mancharía más sus manos con sangre quimérica. Pero, al mismo tiempo, nació una nueva motivación en su corazón, una motivación de verdad, una que podía llamar enteramente suya: quería encontrarla.

Hojas secas flotaban a su alrededor mientras el viento frío se las llevaba. Estudiantes caminaban de aquí a allá, bastante concentrados en sus propios asuntos, aunque logró atrapar a un par de chicas lanzándole miradas indiscretas. Pero toda su atención estaba en la chica de cabello rosa y sonrisa nerviosa que estaba saliendo del edificio que estaba enfrente.

Sasuke se levantó de la banca donde estaba sentado, se acomodó la mochila donde llevaba todos sus implemento de fotografía y tomó los dos envases que había traído desde una cafetería cercana al campus.

—¡Sasuke! —saludó ella cuando estuvo a una distancia prudente—. ¿Qué haces aquí?

—Estaba por la zona —respondió encogiéndose de hombros, como queriendo quitarle importancia—, y recordé que terminarías los exámenes a esta hora.

El azabache le acercó el chocolate caliente que había comprado para ella mientras daba el primer trago a su café y comenzaba a caminar en dirección a la salida.

—Entonces… ¿cómo te fue? —preguntó tentativamente.

Sakura tomó el vaso de cartón con las dos manos, como si estuviera buscando un poco de calor en él. Le dedicó una pequeña sonrisa seguida rápidamente por un tierno mohín que provocó que las puntas de sus orejas se calentaran.

—Creo que bien —susurró la pelirrosa—, pero no quiero hacerme ilusiones.

—Serían unos idiotas si no te aceptan.

Ella sonrió de nuevo, pero con más confianza esta vez y con un sonrojo que coloreaba su piel pálida debido al frío de otoño. Sus ojos esmeralda, los cuales resaltaba gracias a su bufanda verde oscura, brillaban para él en medio de los tonos rojizos y marrones de los árboles a su alrededor y no podía evitar perderse en ella. Sin embargo, siguió caminando.

—¿Estuviste trabajando? —cuestionó Sakura apuntando a su mochila.

—Si. Una revista local me pidió algunas fotos de la ciudad —respondió simplemente.

Siguieron caminando lado a lado, cruzando calles y doblando esquinas envueltos en un silencio reconfortante y de complicidad, robándose miradas fugaces, sonrisas secretas, roces intencionales de nudillos y algún que otro suave empujón.

Sin notar siquiera el camino estaban a escasas dos cuadras de su edificio, cruzando un pequeño parque familiar. Sakura se detuvo repentinamente bajo un árbol de liquidámbar lleno de flores rojas y se volvió hacia él.

—Sasuke, yo… —comenzó dubitativa, jugando con el extremo de su bufanda—. Yo quería agradecerte, p-por toda la ayuda que me brindaste. No creo que hubiera podido hacerlo sin ti.

—Por supuesto que hubieras podido. Eres brillante —aseguró con una pequeña sonrisa y un toquecito cariñoso en la frente, haciendo que la ojijade se sonrojara salvajemente.

Aun así, él la conocía, sabía que había algo más en su mente. Su mirada inquieta se paseaba por todo el lugar, pero no lo veía directamente. La calidez embargó su pecho, ella era ella, en esta y en cualquier vida, y él estaba totalmente enamorado de Sakura.

—¿Qué sucede? —preguntó al fin.

—Es que… —Tiró el vaso vacío al bote de basura cercano y él la imitó—. Has sido un gran amigo, una gran compañía y un muy buen apoyo y yo… yo quería agradecerte por eso pero también quería que supieras que me gustas mucho.

Las palabras salieron de su boca tan rápido que ni siquiera ella se lo esperaba. Sus ojos se abrieron con sorpresa y se llevó las manos a los labios como si quisiera evitar decir algo más. Él mismo estaba sorprendido y sin palabras ante lo repentino de su confesión pero, por supuesto, mentiría si dijera que no le hacía feliz.

Sakura pareció malinterpretar su silencio, porque rápidamente comenzó a ajustar su abrigo y su bufanda, se aclaró la garganta y frunció el ceño, tratando de recuperar la compostura.

—No tienes que corresponder por supuesto. Solo olvidemos que lo dije, lamento haberte incomodado, yo-

Su diatriba fue interrumpida cuando Sasuke la tomó por los hombros y la besó. Ella se tensó ante la acción pero pronto se dejó llevar, enrollando sus brazos alrededor de su cuello. Sus labios se sincronizaron a la perfección y el pelinegro se sintió completo por primera vez en mucho tiempo. Dos siglos para ser exacto.

Ese beso se sintió como volver a casa luego de haber estado lejos por demasiado tiempo. Por supuesto nunca había olvidado el sabor de sus labios ni la sensación que dejaban sus caricias sobre su piel, pero rememorarlo no se acercaba en absoluto a experimentarlo de nuevo, sobre todo después de haber creído que jamás tendría la oportunidad de repetirlo.

Se separaron, solo unos centímetros suficientes para recuperar el aliento. Ella colgaba de su cuello parada de puntillas y él la estaba abrazando por la cintura. Dejaron que sus frentes estuvieran juntas mientras sus labios aún se rozaban.

—¿Te-te gusto? —susurró Sakura, insegura.

—Te tolero —respondió él con ironía.

—¡Te gusto!

Y la brecha entre ellos volvió a desaparecer.

Sasuke no estaba muy seguro de cómo llevaría a cabo su plan, era alocado, lo sabía, pero con la euforia del momento ni siquiera consideró que encontrar a la quimera era casi imposible.

Para su suerte, los curanderos eran bastante cotilla, y soltaron la lengua cuando creyeron que estaba inconsciente. Y, aunque no podría asegurar al cien por ciento lo que escuchó, aún había una espinita que lo estaba enviando a investigar.

Escuchó como comentaban sobre sus ojos, era una conversación recurrente tanto frente a él como a sus espaldas, pero nunca había escuchado el por qué de esa característica. Tampoco que a alguien le importara, después de todo solo eran soldados y debían pelear, no hablar de tonterías entre sí.

"—Recuerdo haber visto un par de stelian, ambos con ojos púrpura, y creo haber escuchado que el Emperador tenía una de ellos en su harem. Quizá este sea su hijo —comentó uno de los curanderos mientras recogían todos sus instrumentos.

De ser así, es una suerte que su sangre rebelde no haya hecho estragos en él. Por lo que sé, Sasuke es uno de los mejores guerreros que el Emperador nos ha dado."

Los stelian eran una raza de serafines que habitaba las Islas Lejanas, una que históricamente se había rehusado a aliarse al Emperador y, más importante, habían logrado conservar la magia, algo que su raza había perdido gracias a la paranoia y el recelo.

Sasuke no recordaba a su madre, fue arrancado de ella desde muy pequeño para ser llevado a los campos de entrenamiento. Esa era la vida de un serafín, de la mayoría de sus compañeros. Naruto, Shikamaru, Neji, Tenten, Sai y muchos más, todos ellos hijos del Emperador y alguna mujer del harem que a nadie parecía importarle. Pero ahora él estaba interesado, si había algo de magia en su sangre podría ser una ventaja en su plan.

Gracias a su herida, la cual aún estaba sanando, se quedaría en la capital, Astrae, por un largo tiempo, mientras se determinaba si aún era útil en batalla. Mientras tanto, fue asignado a supervisar el entrenamiento de nuevos reclutas y también fue enviado a entrenar con su espada y su brazo derecho, en caso de que el izquierdo no recuperaba su movilidad óptima.

Con sus actividades dejándole suficiente tiempo libre, logró escabullirse en la biblioteca. Según los serafines más viejos, la biblioteca actual no era nada comparada a las que existieron antes de que las quimeras destruyeran Astrae, repisas y repisas atiborradas de todo el conocimiento que su raza había acumulado con los años. Solía ser una ciudad majestuosa, llena de magia, digna de seres perfectos como lo eran ellos. Pero acapararon recelosamente todo su poder mágico en ese lugar, esperando poder protegerlo del enemigo, no considerando que sería el punto perfecto para un ataque que haría que su poder se tambaleara y que provocaría la pérdida de su tan preciada magia.

Pero aún habían algunos pocos escritos que podrían ayudar a Sasuke a explorar esa parte de él que no sabía que existía. Leyó día y noche, aprendió que, a pesar de lo relativamente fácil que era usar magia, debía pagarse un precio alto: dolor. Los antiguos magos se mutilaban, flagelaban, quemaban e, incluso, torturaba esclavos para poder pagar el diezmo de dolor, una práctica horrible si le preguntaban. Para su suerte, el azabache contaba con una fuente constante de dolor, la herida en su hombro que, aunque prácticamente había sanado, aún le provocaba un dolor sordo que había aprendido a ignorar y, ahora, aprendería a aprovechar.

Comenzó a observar a los pocos magos que aún habían en Astrae, nada comparado con sus gloriosos antecesores, pero aún útil. Aprendió a controlar la voluntad, probó con animales como libélulas y murciélagos, haciendo que fueran a donde él quisiera, que se formarán como él lo deseaba. Con el tiempo llegó al límite del conocimiento mágico de los serafines, que no era mucho, y consiguió lo que deseaba.

Si quería infiltrarse entre las quimeras, debía encontrar una forma de esconder sus llamativas alas de fuego. Un hechizo simple pero, que al más mínimo error, lo delataría en terreno enemigo. No era invisibilidad ni mucho menos, era más bien un "salto" en el espacio que confundiría a cualquiera que no lo viera con demasiada atención.

Ahora que tenía todo el conocimiento previo que necesitaba para llevar a cabo su plan, solo restaba saber dónde encontrarla.

Los golpes insistentes en su puerta le despertaron. Aún somnoliento volteó a ver su reloj para encontrar que apenas eran las 7:12 de la mañana. Se pasó una mano por la cara tratando de despertarse y luego se estiró, pero aún sin ganas de levantarse. Por su mente cruzó la idea de no atender la puerta, pero la desechó rápidamente cuando escuchó la voz de Sakura llamándole del otro lado.

Se levantó de un salto y comenzó a caminar hacia la puerta, avisándole con un ronco "ya voy". Rápidamente lavó su cara con agua fría en el lavaplatos que quedaba en el camino y trató de peinar su cabello para no verse tan desalineado. Tomó un respiro antes de tomar el pomo para abrir la puerta.

Lo único que captó fue un borrón rosado antes de que Sakura se abalanzara sobre él, sus brazos envolviendo su cuello y sus piernas alrededor de su cintura. Sasuke tuvo que dar un par de pasos hacia atrás para poder recuperar el equilibrio y evitar que ambos cayeran al suelo.

—¡Aprobé!

Su exclamación se escuchó levemente ahogada debido a que su rostro estaba enterrado entre su cuello y hombro, Sin embargo lo captó claramente y un cálido orgullo le invadió, haciendo que la abrazara fuerte. Notó que aún estaba usando su ropa de dormir, asumió que, al igual que él, recién se estaba despertando.

—Felicidades —susurró el azabache contra el cabello de Sakura, antes de buscar sus labios para besarla—. No podía ser de otra forma.

La pelirrosa sonrió en sus labios, él podía ver la forma en que sus ojos jade brillaban de emoción, provocando su propia sonrisa.

—Celebremos —propuso el azabache, dándole un beso rápido en la nariz—, ¿qué te parece si vamos a la playa?

—¿A la playa? —repitió la ojijade aún con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Wow! Hace años que no voy. Me encantaría.

Sakura dejó su apartamento para ir hacia el de ella y poder prepararse para el viaje, mientras Sasuke hacía lo mismo. Se dio una ducha rápida y, mientras buscaba algunas cosas que necesitaría, tomó el amuleto que siempre llevaba consigo y lo llevó a su pecho. Ese sería el día, lo había decidido, ese sería el día en que le devolvería lo que era suyo. Sentía que estaba siendo egoísta, pero quería que ella recordara, quería recuperarla y no tener que perderla de nuevo.

Un par de horas después, estaban en la carretera conduciendo un auto alquilado. La pelirrosa se encargó de amenizar el viaje con música que, sinceramente, él no reconocía, pero ella parecía disfrutarla lo suficiente para cantar, tararear y bailar. Ella estaba feliz, él lo estaba también.

El día pasó muy rápido para su gusto, el momento se estaba acercando. Sasuke esperó hasta que hubo un momento de paz, a media tarde el calor comenzó a disminuir, la brisa fresca y salada les acariciaba mientras observaban el sol en el horizonte y escuchaban las olas tranquilas llegar a la orilla. Ahí, sentados uno al lado del otro, con Sakura abrazada a uno de sus brazos y dejando su cabeza en su hombro, se sintió plena y en paz.

—¿Sabes cómo funcionan estos? —preguntó, rompiendo el silencio entre ellos y sosteniendo el hueso entre sus dedos.

—Obvio —dijo ella rápidamente—. Cada uno toma un lado del hueso con el meñique, piden un deseo y luego lo quiebran. Quien se quede con la parte más grande verá su deseo cumplido.

Él asintió suavemente, una sonrisa de lado dibujándose en su rostro.

—¿Quieres pedir uno?

—¿E-estás seguro? Es especial para ti. —Sakura se desenredó de él, alejándose un poco para poder verlo mejor.

—Muy seguro.

Ambos tomaron su lado del hueso y pidieron un deseo, pero antes de romperlo, el azabache volvió a interrumpir.

—Te amo —susurró como un secreto mientras dejaba su frente descansar en la de ella y vio como sus mejillas se tornaron del color de su cabello.

Entonces ambos jalaron, quebrando el hueso en dos partes.


Érase una vez un ángel y un demonio que sujetaron un hueso de la suerte entre los dedos. Y su chasquido partió el mundo en dos.


Sakura está abrumada, se siente como si una gran presa se hubiera abierto y toda el agua la estuviera ahogando. Sólo que no es agua, son recuerdos o, al menos, trozos de memorias que se sienten tan lejanas pero, de alguna forma, sabe que le pertenecen.

Ella es una niña, está llorando una pérdida, una con la que está familiarizada.

Ahora es una adolescente, contando dientes en una habitación oscura que huele a mirra y romero.

Está en el campo de batalla y puede ver a los ángeles cayendo hacia ella en picada, envueltos en fuego.

Ha crecido y está enamorada. Lo sabe por las cosquillas en su estómago y la forma en que el amor hincha su corazón, tanto que duele y solo quiere hundirse en él, con él, porque él también la ama.

Sus manos están atadas en su espalda, los gritos de odio llenan sus oídos y lo último que capta es el brillo mortal del hacha que está cayendo sobre su cuello.

—Sasuke —llamó con la voz ronca, sintiendo como si fuera la primera vez que dice su nombre en mucho tiempo. Sabía dulce en su boca.

Llevó las manos a su cuello con desesperación, pero este estaba intacto.

—Shh… estoy aquí —le aseguró él mientras acariciaba su rostro y su cabello con delicadeza—. No me iré a ningún lado.

Se dio cuenta de que ya no estaban a la orilla de la playa. En cambio, se encuentran en una habitación, con la luz de la luna colándose entre las cortinas, pero aún no sabe con certeza si es un recuerdo más o es algo real. Sólo tiene unos segundos para pensar antes de caer en un sueño profundo.

Ella era Sakura de la casi extinta tribu Haru de las montañas, de donde obtuvo sus características mayormente humanas, pero con un par de cuernos de venado saliendo de entre su cabello rosa y sus piernas convirtiéndose en patas de gacela justo bajo sus rodillas, que le proporcionaban agilidad y velocidad. Ojos jade, grandes y brillantes, figura esbelta y estilizada que le daba un aspecto delicado, bajo el que escondía una impresionante habilidad en batalla. Sin embargo odiaba pelear.

Su tribu fue arrasada por los serafines cuando ella era muy pequeña, tanto que los rostros de sus padres eran borrosos en su memoria. Los pocos sobrevivientes de aquel infortunio fueron llevados a la capital, Loramendi, donde los niños como ella habían sido asignados a otras familias para su cuidado. Ella fue llevada con la tribu Yamanaka, quienes gracias a sus características felinas eran lo suficientemente rápidos como para mantenerla bajo control. Sin embargo ella nunca fue problemática, siempre obediente y tranquila. Además había forjado una gran amistad con su hermana adoptiva, Ino.

Ayudó también el hecho de que, cuando tuvo edad suficiente para ser útil, fue asignada para servir a la enigmática Lady Tsunade, por lo que su tiempo estaba demasiado ocupado como para tomarse el tiempo de causar problemas.

Lady Tsunade era una de las personas con más poder entre las quimeras, pues era quien resguardaba uno de los mayores secretos de su raza: la resucitación. Una magia creada por ella y el Caudillo Orochimaru, ellos eran quienes guardaban con recelo los más oscuros aspectos de este fenómeno aunque sólo la rubia era la encargada de ponerlo en práctica dadas las responsabilidades que su gobernante debía atender.

Ella no traía de vuelta a la vida carne muerta, en su lugar creaba cuerpos nuevos para las almas, meros recipientes para que pudieran seguir luchando. Usaban dientes de animales para las características físicas, rara vez de humanos pues eran los más difíciles de conseguir; también usaban piedras preciosas para las habilidades que el nuevo cuerpo tendría. Las almas eran recolectadas por los cosechadores en el campo de batalla, debía ser rápido puesto que luego de cierto tiempo estas se desvanecerían y, por supuesto, era más fácil cuando su ejército era el vencedor. Recorrían el suelo lleno de cadáveres con unos bastones curvos, en cuyas puntas colgaban incensarios metálicos de donde salía el humo que guiaban las almas para resguardarlas en su interior.

Aunque, al principio, Sakura fue solamente una criada —llevando y trayendo mensajes, limpiando y ordenando las cosas menos delicadas—, con el tiempo y mucha mucha insistencia, logró convertirse en una aprendiz. Aprendió a organizar los dientes, no sólo por especies y tamaños, sino por su esencia. Aprendió a armar con estos los amuletos que eran utilizados como base a la hora de construir un cuerpo, cómo el orden y las características de cada elemento agregado influían en el producto final. Incluso fue enviada a los campos de batalla para desempeñar la labor de la cosecha.

Era un arte delicado y minucioso, uno que logró perfeccionar. Incluso, luego de algún tiempo le fue permitido estar presente durante los rituales de resucitación. Se había ganado la confianza tanto de Lady Tsunade como de Shizune, su única otra persona de confianza.

Pasaba la mayor parte del tiempo en la catedral donde toda esa labor era realizada. Ese día, en especial, estaba en el rincón más oscuro que pudo encontrar en aquella torre. Quizá se estuviera escondiendo, pero si le preguntaran lo negaría totalmente. Estaba ordenando algunos colmillos de reptiles, dependiendo de su energía y su tamaño, justo como había aprendido años atrás, aunque en realidad ese mismo conjunto ya había sido ordenado un día antes, pero solo quería una excusa para escaparse.

El gusto no le duró demasiado pues, repentinamente, sintió un par de brazos envolviéndola por detrás y asustándole en el acto. Sólo fue cuando vio un borrón rubio que respiró tranquila.

—¡Ino! No hagas eso —alegó mientras trataba de enfocarse de nuevo en su labor—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Eso es lo que yo vengo a preguntarte —respondió su hermana, posando sus manos en la cadera en una pose autoritaria—. Deberías estar preparándote para el baile.

—¿Qué baile? —preguntó con tono inocente la pelirrosa, haciéndose la desentendida.

—¡Oh, dioses! No eres tonta, Sakura, por supuesto que no lo has olvidado. —Ella comenzó a guardar los colmillos perfectamente separados en sus respectivos envases—. Tienes que ir, todos esperan que vayas después de la poco discreta declaración de Kabuto.

Sakura suspiró con cierto cansancio. Kabuto era la mano derecha del Caudillo Orochimaru, ambos orgullosos guerreros que lideraban y gobernaban a las quimeras, acostumbrados a tomar lo que deseaban sin importar qué. Para su mala suerte, lo que él deseaba era a ella y lo había hecho público como si fuese algo por lo que debería sentirse halagada. Supone que debería estarlo, pero no encuentra en ella la más mínima emoción en ser sólo un trofeo, una esposa más. Pero rechazarlo no podría traerle nada bueno.

Ino pareció leer su silencio, porque recostó su cabeza en su hombro en un gesto consolador.

—Lamento mucho que hayas sido la escogida —dijo—. Pero trata de ver el lado bueno, tendrás una buena vida lejos de los campos de batalla, quizá una familia… no tendrías que experimentar el horror de una muerte temprana.

La pelirrosa notó como su voz se fue apagando y, cuando se volvió hacia ella, la encontró viendo las hamsas en sus manos, las marcas características de quienes ya habían muerto y de las que ella carecía.

—Eso es una tontería también. Su obsesión con la pureza es solo hipocresía, lo he visto abrir los ojos en la mesa de Lady Tsunade muchas veces —comentó, tratando de restarle importancia.

Recuerda perfectamente el día en que tuvo que recoger el alma de su hermana en el campo de batalla. La encontró malherida y supo que no soportaría mucho más, así que la acompañó en sus últimos momentos, prometiéndole que la vería de nuevo.

Luego, ella misma creó su cuerpo nuevo, exactamente igual al anterior, con la parte inferior de su cuerpo cubierta de pelaje corto, piernas ágiles de chita y una cola larga e inquieta. Consiguió dientes humanos de la mejor calidad, colmillos de guepardo y de león e incluso usó diamantes y zafiros. Lloró cuando sus ojos cerúleos se abrieron de nuevo y no pudo hacer más que abrazarla con desesperación.

—Bueno, no importa. Debes tomar una decisión —prosiguió la rubia—. Y, al menos, podrías divertirte hoy. Me tomé la libertad de escoger tu ropa para esta noche, solo necesitas darte un baño.

Esa noche era el baile de celebración del onomástico de Orochimaru, la Serpiente Blanca. Era el día más esperado del año en la ciudad, todos preparaban sus mejores galas y pasaban semanas buscando el antifaz perfecto para esa noche. Saldrían a las calles donde encontrarían música en cada esquina y bailarían hasta llegar a la plaza central donde las mesas llenas de distintos tipos de comida estarían preparadas. La algarabía llenaba a cada quimera de Loramendi en esa noche y, al menos momentáneamente, podían olvidar la eterna guerra que estaban librando.

Al final, Sakura cedió y se dejó arrastrar por Ino, primero a la casa de baños, luego a su propia casa. Todo pasó tan rápido que Sakura no reaccionó hasta que estaba parada frente al espejo, envuelta en un trozo de tela roja brillante que, ella sentía, apenas le cubría. Era largo y tenía un escote decente en el frente, pero en la parte inferior tenía una abertura que le llegaba hasta la mitad del muslo izquierdo, dejando al descubierto una de sus largas y estilizadas piernas. Además, tenía un par de tirantes delgados que en la espalda se entrecruzaban, dejándola al descubierto hasta poco más abajo de la cintura. Tenía un maquillaje ligero, su cabello largo estaba recogido en una trenza floja que caía sobre su hombro izquierdo y sus cuernos estaban adornados por finas cadenas con pequeños cristales. Era demasiado, sobretodo para ella que estaba tan acostumbrada a la cómoda ropa de trabajo.

Sin embargo no tuvo mucho tiempo para reclamar, su mente estaba perdida, pensando en si aceptaría o no el cortejo de Kabuto. Se preguntaba si quizá algún dia encontraría dentro de ella un poco de amor para él o, al menos, algo de atracción. Pero mientras más lo pensaba menos probable parecía ser. No es que el amor fuera algo normal entre los matrimonios quiméricos, la mayoría de los matrimonios se llevaban a cabo con la finalidad de perpetuar su especie, por lo que casi siempre se emparejaban a individuos con características parecidas. Pero, incluso así, Kabuto y ella no se parecían en nada, él tenía el aspecto de un reptil. La parte inferior de su cuerpo era de un lagarto, garras afiladas, piernas escamosa, gruesas y extrañamente alargadas, acompañadas de una cola que arrastra. A todo eso, se le une que su rostro tiene rasgos de una serpiente. No se parecían en nada, pero él la quería y, como la mano derecha del Caudillo, la obtendría. Como si fuera nada más que un trofeo.

Además, por tonto que sonará había alguien ocupando sus pensamientos y que hacía que su corazón se aceleraba cuando lo recordaba. El único problema fue que a ese alguien lo conoció en el campo de batalla, moribundo y pidiendo su final, era un serafín. Era tonto, pensaba Sakura, la forma en que solo lo conoció unos breves momentos y ahora no podía sacarlo de su mente. Podía imaginar su piel pálida y cálida, a pesar de su estado, las manchas de sangre en su cuerpo, sus alas de fuego extendidas bajo él y su mirada, negra media noche y violeta amatista, la perseguía cuando cerraba los ojos. La imagen estaba grabada a fuego en su memoria y por más que intentara no podía olvidarlo. Pero guardaba ese momento de su vida para ella únicamente, en el fondo de su corazón, él era un enemigo después de todo, ella había ayudado a un enemigo. A veces se sorprendía a sí misma pensando en qué podría haber sido de él, si habrá sobrevivido y si habría alguna remota posibilidad de volverlo a ver.

Cuando volvió a salir de sus divagaciones, se encontró con la vista de Ino, quien se había preparado ya y estaba extendiéndole un antifaz. Cuando lo tomó notó que estaba hecho de madera pintada de blanco, decorado con algunas plumas del mismo color dando el aspecto de un ave.

—Es hermoso —suspiró hacia su hermana, quien la veía expectante—. Todo este conjunto tiene tu esencia, pero gracias por haberlo conseguido para mí —agradeció con sinceridad.

—Bueno, podrías haber tenido más tu esencia si lo hubieras buscado con suficiente tiempo —reprochó sin mala intención—. Vamos a divertirnos hoy, ¿si?

Ambas salieron de su hogar, tomadas de la mano para no perderse la una a la otra una vez se escabulleron entre la multitud que ya abarrotaba las calles. Sakura vio hacia arriba y se encontró con todos los faroles que fueron colgados de las rejas que cubrían la ciudad para resguardarla de ataques enemigos. Era casi un cielo estrellado únicamente para ellos.

La algarabía las rodeaba, la música resonando por todos lados y las quimeras enmascaradas bailando, cambiando de pareja constantemente mientras todos avanzaban como una corriente hacia la plaza central. Ese era uno de los atractivos de la festividad, todos, resguardados por los antifaces y máscaras, tomaban por pareja a cualquier persona que pasara cerca, bailaban sin muchas inhibiciones y a veces incluso se robaban uno que otro beso.

Cuando Ino fue arrastrada lejos de ella y al ritmo de la música, la pelirrosa no pudo evitar notar la forma en que muchos de los hombres trataban de evitarla, estaba segura de que era debido al pretendiente recién declarado. No era el primero que tenía, por supuesto, pero si el de más importancia. Ella era considerada hermosa, por supuesto no era ajena a tal hecho, sin embargo, se consideraba a sí misma más exótica que hermosa. Con esa combinación de cabello rosa y ojos grandes y verdes, rasgos que pocos individuos poseían y, por supuesto, la mayoría de su apariencia humana que era bastante deseada y no tan común.

Quienes se atrevieron a bailar con Sakura habían sido cuidadosos de mantener cierta distancia entre ellos y de no detenerse mucho tiempo en su compañía, lo cual solo provocaba que su camino hacia la plaza fuese más rápido y sabía lo que le estaría esperando ahí, pues era donde los altos mandos de la nación se encontraban. Quería retrasar su llegada lo más que pudiera pero estaba siendo arrastrada por la muchedumbre mientras trataba de buscar a su hermana, quien se había perdido de su vista hacía algunas cuadras.

De pronto, una mano firme la jaló hacia quien dedujo sería su próxima pareja. Se sorprendió al encontrar a alguien conocido, era Kakashi, el Colmillo Blanco, uno de los generales del ejército, la ojijade estuvo bajo su cargo en su breve y obligatoria estadía en la milicia. Siempre fue amable con ella, podría decir que tenía cierta predilección por la pequeña y menuda pero habilidosa chica, por lo que Sakura le tomó aprecio.

—Te ves perdida, pequeña —dijo mientras la hacía dar una vuelta.

Ella le observó por un momento, aún sin palabras por el repentino arribo, él tenía cabeza de lobo blanco, de donde tomaba su apodo, su torso era humano pero sus piernas volvían a tomar apariencia canina aunque con un pelaje grisáceo. Era bastante alto y de complexión gruesa que imponía respeto, lo había visto en el campo de batalla y era totalmente diferente al hombre amable que ella conocía. Definitivamente se había ganado la reputación que ostentaba.

—Parece que no quieres llegar a la plaza —prosiguió tras recibir solamente su silencio.

—Es porque no quiero —confesó, confiaba en él.

—Los rumores corren rápido por aquí, escuché lo de Kabuto —dijo el peliblanco, con un deje de pesar—. Lo lamento.

—Ino me dijo lo mismo —rió sin ganas al tiempo que encontraba a la mencionada entre la multitud, dándose un beso rápido con alguien que usaba una máscara de tigre—, es como si fuera mi funeral.

Kakashi imitó su media risa desganada, pero no dijo más. En su lugar le dio un rápido abrazo reconfortante y pellizcó su mandíbula en un gesto cariñoso. Justo en ese momento Shizune emergió de entre la multitud, los saludó con alegría y Sakura percibió el ligero olor a licor en su aliento antes de que ella y el general se perdieran bailando entre la gente.

La pelirrosa se quedó en su lugar, estática. Sentía las piernas pesadas porque, un par de calles abajo, estaba su destino. Y ella diría que si y lo aceptaría con la cabeza gacha porque era lo que todos esperaban y lo que él quería pero, ¿era eso lo que ella deseaba para su vida?

Apenas estaba comenzando a moverse cuando alguien nuevo se interpuso en su camino. El calor de su presencia la golpeó, mareándola por unos segundos y, cuando se recompuso ya tenía sus brazos envueltos en su cintura, demasiado cerca, como si no supiera quién era ella.

—Eres valiente —comentó con sarcasmo, aún sin poder ver bien a su nueva pareja puesto que había mucha gente a su alrededor, empujándoles en todas direcciones.

—¿Por qué? —preguntó él con voz ronca que le hizo estremecer.

—¿No lo sabes? Me tratan como si fuera una peste.

Cuando lograron entrar a una zona sin tanta gente, Sakura se separó un poco de él y se aventuró a examinar al hombre que la sostenía entre sus brazos. Estaba usando un antifaz de halcón, por lo que sólo lograba ver la parte inferior de su rostro, nariz recta, labios delgados y una afilada línea de la mandíbula. Era guapo, podía decirlo, pero no fue esa realización la que le quitó el aliento, fueron sus ojos. Ella reconocía esa mirada, era la misma que le quitaba el sueño y el aliento, negro media noche y violeta amatista. Sus sospechas se confirmaron cuando su mirada siguió bajando, estaba vistiendo unos pantalones de cuero poco ajustados y unas cintas del mismo material que cruzaban su torso, pero nada más. Lo que llamó su atención fue la cicatriz que cruzaba su hombro izquierdo hasta su pecho. No había duda, era él.

—¡Tú! —fue todo lo que logró articular.

—Hola a ti también. —Una pequeña sonrisa de lado se dibujó en sus labios y Sakura sintió sus mejillas calentarse y su corazón acelerarse un poco.

—¿A qué has venido? ¿Cómo lograste entrar? —interrogó con más brusquedad de la que quería cuando pudo analizar la situación con claridad, él seguía siendo un enemigo infiltrado entre su gente.

—No te alarmes —susurró el azabache mientras seguía moviéndose al ritmo de la música y avanzando con la muchedumbre—. Vine a buscarte. Encontrarte fue más fácil de lo que pensé, creí que encontraría más quimeras con cabello extraño.

A buscarla, había dicho, y pareció un sueño el pensar que quizá él también estuvo pensando en ella todo ese tiempo. Había pasado poco más de un año y él aún la recordaba. Las cosquillas asaltaron su estómago y una sonrisa boba y auténtica apareció en su rostro cuando sus miradas se cruzaron, haciendo que el mundo se desvaneciera a su alrededor.

—Quería agradecerte —le confesó en voz baja, mientras la acercaba más a él para protegerla de un grupo de ebrios que estaban pasando cerca.

—¿Agradecerme?

—Por supuesto. Me salvaste la vida —lo dijo como si fuera la cosa más maravillosa que le hubiese pasado.

—Te dejé ahí, moribundo —recordó con cierto pesar.

—Hiciste más de lo que cualquiera hubiera hecho. Gracias a eso estoy aquí.

Sakura sonrió ampliamente, sentía el sonrojo por todo su rostro pero no le importaba. De repente, cierto pensamiento asaltó su mente.

—¿D-dónde… tus alas? —preguntó a medias.

—Están aquí. —Él pelinegro se encogió ligeramente de hombros, como señalando su lugar habitual.

—¿Por qué no se ven?

—Es magia —le susurró, tan cerca de su oído que su aliento hizo que se le pusiera la piel de gallina—. Igual que esto.

Él dirigió su mirada hacia arriba, donde algunas mariposas revoloteaban, al menos hasta que por alguna razón comenzaron a descender en su dirección y se posaron en sus hombros. La pelirrosa estaba sorprendida, sentía las cosquillas en su piel que la hicieron reír. Entonces se alejaron de nuevo, dejando un aire de nerviosismo chisporroteando entre ellos.

Sin embargo, su burbuja se reventó cuando divisó el rostro de Kabuto sobre el hombro de su acompañante. Estaba de pie junto a Orochimaru y Lady Tsunade, parecía estar buscando algo entre la gente que comenzaba a abarrotan la plaza. A alguien, en realidad, y ese alguien era ella, lo sabía. El miedo la paralizó en donde estaba, provocando que algunas personas chocaran contra ella y la enviaran hacia adelante, casi cayó de bruces de no ser por el pelinegro, quien la sostuvo firmemente pero con amabilidad.

Cuando volvió a ver al serafín, las dudas respecto a su futuro que la habían asaltado durante las últimas semanas se dispersaron. Esa decisión que se le había dificultado tanto tomar, que había rondado su mente sofocándola, pudo resolverla en cuestión de segundos. Huye.

Rápidamente paseó su mirada por el lugar, encontró a Ino, Shizune y Kakashi juntos casi una cuadra atrás y supo qué hacer.

—Vámonos —prácticamente le ordenó al azabache, tomándole de la mano y comenzando a caminar entre la gente en sentido contrario. Él se dejó llevar sin reclamo alguno.

Cruzaron por algunos callejones más solitarios y oscuros, donde no pudieran seguirlos miradas curiosas. Justo entonces, una idea apareció en su mente.

—Puedes volar, ¿cierto? —preguntó ansiosa y un poco asustada, la adrenalina recorría sus venas y sentía que su corazón saldría de su pecho.

—Si.

—¿Puedes llevarme? —Él solo asintió—. Vamos más o menos hacia el este, al bosque que está ahí.

El serafín la atrajo hacia él, envolviendo sus brazos alrededor de su cuerpo y provocando que soltara un gritito agudo. En un abrir y cerrar de ojos, estaban surcando el cielo nocturno de Loramendi, alejándose de la algarabía y celebración y adentrándose entre las ramas de los árboles.

Descendieron en un lugar que Sakura conocía era un pequeño templo escondido o, al menos, las ruinas de este. La luz de luna se colaba por las grietas del techo, el olor a tierra y a flores muertas llenó su fosas nasales mientras inspeccionaban el lugar para asegurarse de que estuvieran solos.

—¿Qué es esto? —preguntó curioso el pelinegro.

—Un escondite. —Ella comenzó a buscar un sitio donde pudiera acomodarse mientras recordaba la primera vez que vino a ese lugar—, lo descubrí cuando era una niña. Hacía mucho tiempo no venía, casi no tengo tiempo libre.

Sakura dirigió su vista hacia él, bañado en un manto plateado, y se dio cuenta de que era la primera vez que lo veía con libertad y en todo su esplendor. Sus alas eran visibles ahora, eso aunado al hecho de que era bastante más alto que ella lo hacían ver imponente, pero imposiblemente guapo. Su rostro perfectamente tallado —ahora libre del antifaz que había usado en el baile—, parecía hecho en mármol debido a la luz; su cabello negro y largo estaba alborotado, pero no hacía nada por arruinar su apariencia impoluta.

Si ella hubiera sido menos impulsiva, se hubiera dado cuenta de que era una total locura estar a solas con un serafín —por más atractivo que fuera—, ¿qué sucedería si era una trampa? ¿Y si la estaba secuestrando para obtener información? Sin embargo, había algo que le decía que no era un peligro. Quizá fue el brillo sincero en sus ojos dispares mientras le agradecía por salvar su vida.

Él debió sentir su mirada porque dirigió la propia hacia ella, haciendo que la sangre corriera por su rostro produciendo un sonrojo salvaje y cosquillas en todo su cuerpo. Tratando de recomponerse, se aclaró la garganta y se cruzó de brazos en un acto reflejo de autoprotección.

—Bueno,me has traído hasta aquí y ni siquiera me has dicho tu nombre —alegó con voz más aguda de lo usual.

—Tú me pediste que te trajera —recordó con cierto deje de burla en su tono y una media sonrisa, negando con la cabeza—. Sasuke, ese es mi nombre.

—Sasuke —repitió, sintió cosquillas en la boca del estómago.

—¿Qué hay de ti? —El azabache comenzó a acercarse lentamente y ella creyó que sus rodillas le fallarían en cualquier momento, pero se las arregló para, al menos, parecer tranquila.

—Sakura.

—Me gusta. —El serafín levantó una mano y, por un momento, creyó que acariciaría su rostro, sin embargo se contuvo y encogió sus dedos apenas centímetros antes de tocarla—. Entonces, ¿a qué hemos venido hasta aquí?

Sakura se quedó helada, en realidad no lo sabía. Ella quería escapar, de la multitud sofocante, de las miradas curiosas, de Kabuto y de las decisiones que debía tomar. Casualmente, Sasuke estaba ahí.

Aunque estaría mintiendo si dijera que no estaba curiosa respecto al hombre que había rondado su mente por más de un año, quien se había arriesgado a escabullirse entre más de un millar de quimeras solamente para encontrarla y agradecerle.

—Y-yo… —no supo qué decir sin delatarse, así que optó por cambiar el tema—. No sabía que los serafines podían usar magia.

Él soltó una risa ronca notando su evasiva, pero le siguió la corriente de todas formas.

—No pueden, se supone que no. Pero mi madre proviene de una raza que si la maneja —aclaró, acercando una mano a su rostro con más seguridad esta vez—. ¿Puedo? —pidió permiso mientras tocaba su antifaz, el cual ella había olvidado por completo. Asintió en respuesta.

Delicadamente, desató los listones que lo ataban en la parte trasera de su cabeza y lo retiró suavemente, dejándolo a un lado y clavando su mirada en su rostro, recorriendo cada uno de sus rasgos, como si quisiera grabarlos en su memoria.

Levantó una de sus manos, grande y cálida, y con una ternura inesperada acarició su mejilla, dejando un cosquilleo que se extendió por todo su cuerpo. Sasuke estaba tan cerca de ella que sentía su respiración pesada sobre ella.

—Por fin te encontré —susurró, y antes de que la sonrisa terminara de formarse en los labios de Sakura, él la besó.

Se convirtió en una rutina. Cada día, Sakura cumpliría diligentemente con sus labores, pero no más. No se quedaría hasta tarde en la Catedral como normalmente lo hacía, en cambio se iría rápidamente, recogería comida y se internaría en el bosque. Si alguien notó su cambio, nunca lo comentó.

Sasuke estaría esperándola cada día, con los brazos abiertos y ternura en la mirada para recibirla. Se pasarían la noche hablando de todo y nada, ansiosos por conocerse el uno al otro. Él le habló sobre su vida, le dijo que era hijo del Emperador y una concubina a la que apenas recordaba; le dijo sobre su paso por el ejército, cómo no conocía más que guerra hasta el día en que la conoció a ella. Sakura le contó cómo su aldea fue arrasada, que fue puesta bajo el cuidado de la familia de Ino y que ella era su mejor amiga. Le dijo que trabajaba con Lady Tsunade, sin embargo no reveló en qué, no es que no confiara en él pero ese aún era el secreto mejor guardado de las quimeras, la clave de su supervivencia, no quería revelarlo así como así.

Un día, volviendo a su casa antes del amanecer y escabulléndose por la ventana de su habitación compartida con su hermana, la escuchó sentarse en su cama.

—¿Qué haces, Sakura? —preguntó la rubia, y ella supo que no se refería solo a ese momento, sino a todos los días anteriores.

—Aún no lo sé —respondió con incertidumbre, sabía que no podría ocultarle un secreto tan grande por mucho tiempo.

—Y cuando lo sepas, ¿me lo dirás?

No estaba segura, en todo caso, tampoco quería implicarla.

—Vuelve a dormir —fue lo único que dijo antes de meterse en su propia cama y dejarse llevar por el sueño.

Una noche, mientras comían, Sakura encontró un hueso de los deseos. Emocionada lo limpió y se lo mostró al pelinegro con una sonrisa brillante.

—¿Qué es? —cuestionó con curiosidad.

—¿No los conoces? —reclamó—. Mira, tomas un lado con el meñique así, —ella lo hizo como demostración—, y luego la otra persona hace lo mismo con el otro lado. Ambos piden un deseo y luego rompen el hueso, quien se quede con la mitad más grande, verá su deseo cumplido.

Sasuke estaba ligeramente confundido, frunciendo el ceño con diversión.

—¿Esta es la magia de las quimeras?

—¡No! En realidad, el deseo no se cumple —confesó con una risa.

—¿Cuál es la finalidad entonces?

—Te da esperanza. Y no creo que haya nada más poderoso que la esperanza.

Siguiendo su ejemplo, envolvió su meñique en su lado del hueso, dándole un asentimiento. Se quedaron en silencio por unos segundos, pensando en sus respectivos deseos. Entonces jalaron, pero inesperadamente el hueso se partió justo a la mitad.

—¿Qué significa eso? —dijo el pelinegro, confundido.

—Oh, no tengo idea. Nunca había visto esto antes. —De repente, un pensamiento cruzó su mente, haciéndola sonreír—. Quizá deseamos lo mismo.

Sasuke no respondió, en su lugar, se acercó a ella y puso su mano en su nuca, atrayéndola hacia él. Sus labios hambrientos se encontraron, acoplándose a la perfección. Pronto, el serafín se irguió sobre ella, haciendo que su espalda cayera hasta el suelo, recostándose en la manta donde se habían sentado. Sus piernas se abrieron para hacerle un lugar donde encajó sin problemas, él estaba sobre ella, todo músculo sólido y calor sofocante. Su lengua se abrió paso en su boca, explorándola y reclamándola mientras su respiración tomaba un ritmo errático.

Ella recorrió su espalda con manos ansiosas, ansiosas por tocar cada parte de él que pudiera aunque parecía ser imposible. Un jadeo dejó sus labios cuando lo sintió frotarse contra ella, la urgencia acumulándose en su centro. Se separaron por unos segundos, como si quisieran procesar lo que estaban haciendo. Observó sus labios hinchados y la forma en que su pecho subía y bajaba con frecuencia. Sakura se dejó cautivar por sus ojos, ardiendo por las llamas de las velas reflejadas en ellos y un brillo de deseo. Pero había algo más, algo que no reconoció, nunca había visto a ningún hombre verla de ese modo. ¿Era amor, quizá? Su corazón se aceleró con la simple idea.

Entonces ella misma desató las correas de su blusa, ante la mirada expectante del ángel. Esa fue su forma de decirle que ella también lo deseaba, y él pareció comprender, porque se dejó caer sobre ella de nuevo, besándola con pasión. Sasuke se sostuvo sobre uno de sus antebrazos, mientras su mano libre comenzaba a recorrer su torso desnudo, haciendo que su piel se erizara ante el contacto. Los labios de su amante trazaron un camino de besos húmedos por su barbilla bajando hasta su cuello. Sakura abrió los ojos, a través de una de las grietas del techo pudo ver el cielo nocturno. No había luna esa noche, sólo las estrellas se mostraban orgullosas. Sentía como si se hubiera tragado una de ellas, porque no podía explicar la sensación que llenaba su pecho y hacía que sintiera un centenar de mariposas revoloteando en su estómago.

Supuso que así era como se sentía estar enamorada.

—Este lugar es un templo —dijo Sakura repentinamente, sus piernas enredadas con las de Sasuke, sus respiraciones aún levemente agitadas, músculos cansados y adoloridos bajo la manta que les cubría de la cintura para abajo—. Un templo de Ellai.

—¿Ellai? —cuestionó el pelinegro mientras rodeaba su cintura desnuda, atrayéndola hacia él.

—Es una de las hermanas lunas. Nitid es la brillante y descarada, diosa de las lágrimas y la vida, de la guerra y las cacerías. Sus templos son demasiado numerosos para nombrarlos —contó entre susurros, solamente para él, mientras delineaba las líneas de su rostro con sus dedos—. Ellai es más sutil, un rastro, una luna fantasma. Sólo aparece algunas noches al año, son noches oscuras salpicadas de estrellas que resultan perfectas para actos furtivos. Ellai es la diosa de los asesinos y los amantes secretos, son pocos los que la veneran.

—Este sitio es nuestro entonces, fue hecho para nosotros —afirmó Sasuke, antes de buscar sus labios para volver a perderse en ella.

Había pasado poco más de un mes y las escapadas nocturnas de Sakura no eran suficientes, ambos lo sabían. Ansiaban más, querían comerse el mundo juntos, no podían evitar que la desdicha inundara sus corazones al recordar la desafortunada condición en la que tuvieron que nacer. Y, aunque Sasuke no lo dijera, vivir en medio de un bosque y únicamente esperando por ella no era el mejor de los prospectos, lo sabía.

—Un día, sospecho que no muy lejano, la guerra va a arrasar con todo y con todos —dijo con suma tristeza la pelirrosa, sentada a horcajadas sobre el regazo de su amado con sus dedos entrelazados descansando sobre su muslo—. Una guerra que ni siquiera es nuestra, ¿por qué estamos peleando?

—Entre mi gente se cree que la guerra es lo único por lo que vivimos, lo único para lo que existimos —respondió él, una mueca de remordimiento contorsionó su rostro—. Era todo lo que sabía, al menos hasta que te conocí. No volví a matar quimeras desde ese día.

Un sentimiento abrasador se coló por sus entrañas, recorriendo su interior de pies a cabeza haciéndola sentir ligera y casi drogada. Sentía tanto amor por el hombre frente a ella que era casi insoportable.

Con suavidad, acercó la mano de Sasuke a su rostro, observó cuidadosamente las líneas negras dibujadas en sus dedos, sabía lo que significaban y se preguntó cuántos de ellos fueron resucitados y cuántos se envanecieron. Entonces acercó sus nudillos a sus labios y besó cada uno con ternura, perdonando el pasado que sabía que le atormentaba.

—¿Qué quedará para nosotros? —preguntó con pesar.

Él no respondió, en cambio, la observó de arriba hacia abajo, ojos dispares y mirada profunda que parecía desvestirle el alma. Su pulgar dibujando círculos en su piel, como tratando de reconfortarla.

—Podemos irnos —sugirió como si fuera fácil, tomando por sorpresa a Sakura.

—Estás loco.

—¿Recuerdas que te hablé de mi madre? Las Islas Lejanas son libres, quizá si pudiéramos encontrarla o si solo vieran que soy uno de ellos podrían aceptarnos, podríamos quedarnos ahí y encontrar otra forma de vivir. —Aunque al principio pareció solo una idea fugaz que cruzó su mente, mientras más lo pensaba menos disparatado le parecía.

—Otra forma de vivir —repitió ella por lo bajo, casi con añoranza. Se balanceó hacia un lado para alcanzar el hueso de deseos que habían conseguido ese día y lo sostuvo entre ellos—. Podemos desear, entonces.

Sasuke sonrió, amplia y brillantemente, un gesto extraño en él; enrolló su meñique en uno de los lados y ella lo imitó, estaban a punto de romperlo pero el destino es cruel, siempre lo ha sido.

Escucharon el sonido de pasos pesados acercándose y, cuando quisieron darse cuenta, estaban rodeados. Desnudo e indefensos, tratando de cubrirse y protegerse el uno al otro, pero unas garras fuertes tomaron su cabello largo en un puño y lo jalaron de forma brusca, haciendo que suelte un jadeo, mitad sorpresa y mitad dolor. Su mirada se encontró con un par de ojos serpentinos que la observaban con una mezcla de furia y desprecio, se le heló la sangre en ese momento.

Sakura fue arrastrada lejos de su amado, no sintió más dolor físico pero su pecho se retorció al ver al serafín gritar y tratar de alcanzarla, incluso si no pudo escucharlo hizo que todo dentro de ella se estrujara dolorosamente. Sus sentidos estaban adormecidos, mientras rogaba internamente con todas sus fuerzas que fuera solo una pesadilla, esperaba despertar en el abrazo cálido de Sasuke para verlo dormir pacíficamente. Pero vio cómo hizo falta al menos una decena de quimeras para someterlo, su mejilla presionada contra el suelo mientras inmovilizaban sus alas y le ataban sin ningún cuidado.

La pelirrosa aun tenía entre su mano el hueso intacto, el deseo que no alcanzaron a pedir, y lo protegió con todas sus fuerzas entre su puño.

Lo único que alcanzó a percibir es la última orden de Kabuto.

—Los quiero vivos.

No sabía cuánto tiempo había pasado, desde que la encerraron en una celda fría, maloliente y húmeda no vio la luz del sol. Antes de llevarla a allí fue golpeada, su cabello fue cortado en busca de humillarla y fue maldecida por quienes la vieron, pero no era eso lo que más le hería. Escuchar los gritos y lamentos de Sasuke fue lo que la destruyó totalmente, no sabía a ciencia cierta en dónde estaba él, lo único que podía decir era que estaba lo suficientemente cerca para que ella escuchara su sufrimiento mientras le torturaban. Ese fue su castigo y Sakura sabe que no pudieron escoger uno peor.

Escuchó el sonido de la vieja y pesada puerta de metal abriéndose, se preparó para que comenzara de nuevo la rutina macabra que devoraba cada parte de su alma, pero una silueta conocida se paró frente a su celda.

—Sakura —dijo la recién llegada con voz severa.

La pelirrosa se encogió en sí misma, abrazando sus rodillas contra su pecho y escondiendo su rostro de la vista de la mujer. Hasta ese momento había estado agradecida porque hubieran prohibido que la visitaran, no quería ver a ninguna de sus personas queridas, no quería ver la decepción en sus miradas, no lo soportaría.

—Lady Tsunade —saludó en un hilo de voz.

Ambas se quedaron en silencio por un momento. Sakura la observó de reojo, el porte imponente acentuado por grandes alas de murciélago en su espalda, solo hacía que se sintiera como una niña frente a ella.

—Dame la cara. —No sonó como una orden o exigencia, pero de todas formas obedeció.

Lentamente levantó la vista, mientras trataba torpemente de limpiar cualquier rastro de lágrimas y suciedad en su rostro. Sintió que su garganta se secaba, pero aún se las arregló para formular un par de palabras.

—Lo siento —su voz, ronca por el desuso, se escuchó lamentable y temblorosa.

—¿Por qué te disculpas?

—Yo… —sintió que las lágrimas comenzaban a picar sus ojos, pero se aclaró la garganta decidida a continuar—. Dejé que me atraparan. La avergoncé, a usted, a Shizune, Kakashi e Ino. Los decepcioné.

El silencio pesado volvió a reinar entre ellas mientras Sakura veía la expresión dura de su maestra comenzar a suavizarse poco a poco, atenuada por las sombras bailarinas que formaba la única antorcha que iluminaba el lugar. Ella apretó en su mano el hueso que, con mucha dificultad, había logrado conservar con ella. Le daba esperanza, incluso si fuera en vano y algo tonto considerando su situación.

—Me permitieron venir a informarte tu sentencia. —Se cruzó de brazos mientras parecía estudiar la túnica raída y sucia que le habían dado para que vistiera y tomando una postura severa y fúnebre—. Te condenarán a la evanescencia. Ya están montando el cadalso para mañana.

No fue una sorpresa, ser ejecutada y prohibir su resucitación era el mayor castigo impuesto entre su gente y, a los ojos de sus autoridades, era lo mínimo que ella merecía.

—¿Y él? —No pudo evitar preguntar.

—También será ejecutado. —Su corazón se contrajo en su pecho—. Pero no mañana, aunque sí estará ahí para verte.

Entonces no pudo evitar más, el torrente de lágrimas comenzó a humedecer sus mejillas, ahogando sollozos en la palma de su mano. Sasuke seguiría sufriendo y no había nada que pudiera hacer para evitarlo, el pensamiento terminó de vencerla.

—¿Qué hiciste? —preguntó Tsunade.

El cuestionamiento descolocó a Sakura, pero no encontró ningún rastro de burla o tinte acusativo en este.

—Alta traición —comenzó a enlistar—, asociación con el enemigo, poner en peligro la perpetuidad de la raza quimérica…

—Conozco tus crímenes, quiero que tú me digas lo que pasó.

La pelirrosa frunció el ceño con confusión, las lágrimas aún manchaban su rostro y sabía que ofrecía una imagen lamentable. Titubeó un poco, preguntándose qué era lo que la rubia pretendía.

—Yo… me enamoré —confesó, y se dio cuenta de que era la primera vez que lo decía en voz alta—. Me tomé la libertad de soñar con otra forma de vivir.

Tsunade la contempló por un momento, haciendo que desviara la mirada al sentirse juzgada. Sin embargo, luego de unos segundos y sorprendiéndola de sobremanera, se sentó en el suelo, justo frente a ella, con la espalda apoyada en la pared y las rodillas flexionadas, casi se veía incorrecto debido a la imagen solemne que Sakura tenía de ella.

—Me parece que después de todo, eres más parecida a mí de lo que imaginé —dijo con cierta ironía—. Una vez me preguntaste cómo Orochimaru y yo habíamos logrado desarrollar la magia para la resucitación, ¿recuerdas? Nunca te contesté.

Sakura estaba estupefacta ante una faceta vulnerable de la temible Lady Tsunade, sin embargo, se acercó más a la celda para poder escuchar mejor a su visitante.

—Él y yo fuimos esclavos en Astrae hace muchos años. Hasta hace algunas décadas, Astrae era una ciudad majestuosa y muy poderosa. Todo el poder militar y mágico de los serafines estaba resguardado ahí. Tenían un gran gremio de magos que fueron uno de los pilares fundamentales de su nación. Pero la magia tiene un precio alto: el dolor. —Su semblante se oscureció visiblemente y Sakura solo pudo sentir más curiosidad respecto al pasado de su maestra del cual nunca se había hablado abiertamente.

»Los serafines dejaron de vernos como seres vivos, a sus ojos éramos meras bestias que no sentían ni importaban. Fuimos utilizados para su servicio y, además, como fuentes de dolor. Éramos torturados constantemente para que ellos pudieran pagar el diezmo de dolor, pero se aseguraban de no matarnos. Con el tiempo nos volvimos invisibles, ni siquiera se preocupaban por escondernos su magia, veíamos de cerca sus rituales y secretos, después de todo no podíamos escapar, ¿cierto? No contaban con que una de sus esclavas conocería a un serafín en especial en la corte, mucho menos se imaginaron que esa quimera y ese serafín se enamorarían.

Un suspiro doloroso dejó los labios de la rubia, quien parecía perdida en sus memorias. Se tomó un momento antes de seguir con su relato.

—Dan y yo nos atrevimos a soñar que había algo más para nosotros, algo más que la guerra. Una noche me liberó, con la promesa de encontrarnos dos semanas después en algún lugar lejano, pero cometí un error. Orochimaru era mi amigo, no quería dejarlo ahí por supuesto, así que lo liberé también. Escapamos esa noche y, usando todo el conocimiento robado silenciosamente, planeó y lideró un asalto a Astrae apenas una semana después. Arrasó la ciudad y debilitó considerablemente el imperio seráfico, ese golpe le valió el puesto de Caudillo, y también ese golpe me quitó a Dan.

Sakura sintió cómo su estómago pareció caer en un pozo profundo, la pena la inundó al ver la tristeza de una de las personas más fuertes que conocía. ¿Quién imaginaría que Lady Tsunade, severa e imponente como era, alguna vez se había enamorado? Y nada más y nada menos que de un serafín, un enemigo.

—Luego, desarrollamos la resucitación gracias a lo que aprendimos de magia en Astrae, usando la muerte misma para pagar el diezmo de dolor. Orochimaru tenía sus propias obligaciones como Caudillo, así que toda la responsabilidad cayó sobre mí. Creí, ingenuamente, que de esta forma me acercaba más a finalizar esta estúpida guerra sin sentido, pero solo logré traer quimeras de la muerte una y otra vez para seguir peleando.

—¿Por qué me cuenta todo eso? —preguntó Sakura con desconcierto.

—Porque me dí cuenta de que es la única pregunta que nunca te respondí —respondió con cierto sarcasmo—. Y porque nunca antes le conté mi historia a nadie, nadie me hubiera comprendido.

La sombra de una sonrisa se asomó por los labios de Tsunade y la pelirrosa trató de responderla, aunque con la misma amargura.

—Gracias.

La rubia se acercó hasta ella y tomó una de sus manos entre los barrotes con más suavidad de la que jamás creyó sentir de ella.

—No puedo hacer nada por tí —declaró—, pero quizá pueda hacer algo por él.

Un ligero y fresco alivio se asentó en su pecho, y esta vez sonrió un poco más ampliamente.

—Es suficiente —susurró, dándole un apretón de mano—. ¿Podría darle esto, por favor?

Su tono casi suplicante fue acompañado por su otra mano extendiéndose y mostrando en su palma el pequeño hueso que había guardado con tanto fervor. Lady Tsunade asintió.

—No lo hiciste, por cierto, —Comenzó a ponerse de pie para irse por fin—, no me decepcionaste. Shizune, Kakashi e Ino piensan igual. Eres preciada para nosotros.

Y con esa última y reconfortante frase, se fue.

Sus manos estaban encadenadas en su espalda, estaba siendo arrastrada fuera de las mazmorras justo cuando algo llamó su atención por el rabillo del ojo. A un par de celdas de donde ella estaba, Sasuke padecía con los brazos atados al techo en una posición antinatural, sus alas inmovilizadas y maltratadas y su rostro cubierto por el cabello largo y oscuro. Podía ver heridas por todo su cuerpo y lo único que hizo fue rogar por que la promesa de Tsunade fuera real y no sólo palabrería vacía con la intención de hacerla sentir menos miserable en sus últimos momentos.

Cuando su atención volvió a la realidad, se encontró llegando a la plaza principal, donde todo estaba preparado para su ejecución. Los gritos de desprecio no pasaron por alto para ella, ninguno más amable que perra del ángel. Sin embargo, no permitió que ninguno de esos le afectaran, se irguió en toda su altura con la frente en alto y sin derramar una sola lágrima más. No le daría el gusto de rogar por su vida a Kabuto, quien ya estaba observándola desde el palco del Caudillo, con este a su lado. Notó que el lado izquierdo del dirigente quimérico estaba vacío, ahí es donde Lady Tsunade debería estar.

Comenzó a subir las chirriantes gradas improvisadas del cadalso cuando un grito desgarrador se elevó sobre el bullicio de la multitud enardecida. Sakura apretó los puños con fuerza, haciendo heridas con forma de media luna en sus palmas, pero no dirigió su vista hacia la fuente de aquel lamento, aún no se creía capaz de verlo a los ojos sin romperse.

Caminó hasta donde estaba el tajo, preparado para probar su sangre, entonces por el rabillo del ojo captó rostros conocidos. Ino, Shizune y Kakashi estaban ahí, la tristeza torcía sus rostros pero aún se las arreglaron para darle una sonrisa débil y temblorosa con la intención de tranquilizarla, sonrisa que ella devolvió con agradecimiento infinito.

Fue hasta que estuvo de rodillas frente a la multitud que se atrevió a ver a Sasuke. Estaba prácticamente frente a ella, manchas verdosas y moradas pintaban su piel, sus alas aún estaban atadas en una forma que parecía dolorosa, su única finalidad era humillarlo, por supuesto, en una ciudad enjaulada como Loramendi no podía escapar. Uno de los guardias tomó su cabello y levantó su cabeza con rudeza, dejando al descubierto su rostro maltratado, con rastros de sangre seca por todas partes, dolor y desesperación llenando su expresión.

"En nuestra siguiente vida, si es que la alcanzamos, espero volver a encontrarte."

Tomó un respiro profundo y le dedicó una mirada dulce, llena de promesas y, sobre todo, amor. Su cuello tocó la gélida piedra donde sería cortado, los gruñidos casi bestiales del serafín comenzaron a ahogarse en el clamor de la muchedumbre.

No se arrepintió de nada, incluso en ese momento, no se arrepintió por haberlo salvado ese día en el campo de batalla, ni por haberse ido con él la noche del baile y jamás, jamás, se arrepentiría por las noches que pasaron juntos, por haberse entregado a él en cuerpo y alma.

Lo último que sintió fue un destello de dolor cuando el acero tocó su piel y, luego, nada.

Su cuerpo se sentía pesado y su garganta estaba reseca, cuando sus ojos se abrieron encontró una ventana al lado de la cama donde estaba. El amanecer comenzaba a pintar el cielo, la luz abriéndose paso en el cielo nocturno. Se sintió poético.

Había un peso oprimiendo su estómago y, cuando dirigió su mirada a ese lugar, se encontró con un desastre de cabellos azabache. Las lágrimas no tardaron en salir y humedecer sus mejillas, él estaba ahí con ella, podía besarlo y tocarlo de nuevo. Parecía que había pasado una eternidad desde la última vez que estuvo entre sus brazos y le profesó su amor.

Era extraño, se sentía como si dos personas estuvieran en su interior pero, al mismo tiempo, eran la misma. Dos conciencias tratando de acoplarse, todos sus recuerdos de vuelta a ella. Recuerdos tan frescos y añejos al mismo tiempo.

Sasuke pareció sentir sus sollozos porque se despertó y rápidamente se acercó a ella, tomando su rostro con cariño entre sus manos.

—Estás aquí —afirmó con alivio palpable.

Sakura simplemente asintió, tratando desastrosamente de secar su rostro, pero las lágrimas no dejaban de salir. Sintió el peso del pelinegro hundiendo el colchón a su lado y luego su abrazo cálidos envolviéndola. Se sintió como volver a casa después de muchísimo tiempo.

Se quedaron así por unos momentos, en silencio. Mientras la pelirrosa sacaba todos esos sentimientos abrumadores y él dejaba besos delicados por todo su rostro y cabello.

Su llanto comenzó a amainar, pero su corazón aún palpitaba desbocado en su pecho y su mente corría a mil por hora tratando de pensar en cuál de las cien preguntas que quería hacer diría primero.

—¿Q-qué sucedió... luego? —fue la primera y más obvia.

—Muchas cosas —respondió el azabache, con cierto cansancio reprimido—. Tu maestra me visitó, me entregó el hueso y luego me habló sobre lo que sucedía con las almas…

—¿Qué sucede con las almas?

—Ella no se lo había dicho a nadie por órdenes de Orochimaru, pero se quedan en un limbo y, luego de un tiempo, renacen como humanos. Me dijo que debía buscarte, luego me liberó. —Sasuke comenzó a limpiar sus mejillas con sus dedos, aun sin soltarla de su firme agarre.

—Entonces cumplió su promesa —susurró ella con alegría—. ¿Qué hiciste después?

—No volví a Astrae, me dediqué a hacer lo que habíamos dicho que haríamos y me dirigí a las Islas Lejanas, al menos mientras esperaba un tiempo prudente para bajar a este lugar para buscarte. —De repente, su semblante se oscureció y Sakura supo que las cosas se habían complicado más—. Pero, de alguna forma, lo que sucedió entre nosotros llegó hasta los oídos del Emperador y envió gente en mi búsqueda. Me atraparon y me llevaron a la capital, con la esperanza de que pudiera darles información valiosa sobre las quimeras, incluso si debían sacármela a la fuerza.

»Cuando se dieron cuenta de que no diría nada, me condenaron al más grande castigo entre los nuestros: la inmortalidad y el exilio. Arrancaron mis alas y me enviaron al mundo de los humanos. No fue del todo malo, aquí podría buscarte y, al menos, no me pudieron quitar mi magia. Pero la espera se extendió más de lo que creí.

La ojijade acercó sus manos al rostro de su amado, acariciándolo con ternura mientras su mirada no se apartaban de sus ojos, violeta y negro viéndola de vuelta con anhelo.

—Oh, mi pobre ángel —susurró con una mezcla de cariño y jugueteo—, ¿cuánto tiempo ha pasado desde entonces?

—Más de doscientos años. Estaba a punto de darme por vencido cuando te encontré… o me encontraste, no estoy seguro.

—Supongo que hay cosas que están destinadas a ser —soltó una risita complacida—. ¿Qué estuviste haciendo todo este tiempo?

—Trabajé de todo lo que pude, viajé mucho porque no podía quedarme demasiado en un mismo lugar o sería sospechoso —relató—. Pero, más que nada, estuve buscándote.

Sasuke se alejó un poco de ella, aún con sus brazos rodeándola pero con una mejor vista de la chica frente a él. Su mirada la recorría como si fuera la primera vez que la veía. En teoría, lo era. Ella no pudo reprimir la sonrisa que se formó en sus labios y el sonrojo que pintó sus mejillas, no le importó, estaba demasiado feliz.

Notó un brillo distinto en él, no era la luz tenue del sol naciente bañando su rostro, era más bien como una plenitud que había buscado con tanta fuerza y que por fin conseguía, como si después de mucho tiempo pudiera respirar tranquilo por fin. Se dio cuenta de que tenía el mismo aire pacifico que recordaba en él durante cada uno de sus encuentros furtivos en el pasado. También notó que, en ese entonces, nunca le fue posible verlo a la luz del día, siempre escondidos en las sombras, con escasas velas y la luna como única iluminación. La única vez que lo hizo fue el día de su ejecución, pero ese era un recuerdo doloroso que quería enterrar en lo más profundo de su memoria.

—¿Cómo…? El hueso… ¿cómo es que contuvo todos mis recuerdos? —preguntó torpemente, aún sin poder poner todos sus pensamientos en orden.

—Tsunade me lo dio. Me dijo… —Se quedó en silencio por un momento, parecía estar viajando por sus propias memorias. Después de todo, había pasado demasiado tiempo—. Dijo que no pudo salvar tu alma, pero trató de sellar la mayor parte posible de tus recuerdos en él.

Ella sonrió con tristeza, apretando en su puño el trozo de hueso que aún tenía en su mano. Lo llevó a su pecho con cariño, cariño a esas personas que no parecía conocer hasta hacía unas horas antes y ahora sabía con certeza que tenían un lugar especial en su corazón.

—¿Qué sucedió con ellos?

—Según lo que sé, la guerra acabó con todos y con todo, ambos bandos perecieron hasta su extinción.

La pelirrosa soltó un suspiro pesado, pensando en sus seres queridos. Sus seres queridos, pensó en lo extraño de esa afirmación dado que las únicas personas cercanas a ella en esta vida habían sido sus padres.

—Desearía haber podido hacer más por ellos.

—La situación era más grande que nosotros, siempre lo supimos.

Se asentaron en un silencio cómodo de nuevo, sintiéndose completos después de tanto tiempo, respirando plácidamente la esencia del otro.

—Yo… —comenzó Sasuke de nuevo, con un aire de remordimiento—. Quiero saber, ¿hubieras preferido no tener tus recuerdos de vuelta?

Sakura lo pensó por unos segundos, sopesando sus palabras. Si, hubiese sido más fácil no saberlo, no tendría todos esos recuerdos amargos de guerra y muerte, pero su felicidad era mucho más grande. Pensó en todas esas películas románticas y fantásticas que alguna vez vio y se rio por la idea de estar viviendo en una, tan imposible como parecía. Además, después de todo lo que había sucedido, recuperar sus recuerdos significaba una nueva oportunidad para ellos, para todo lo que soñaron.

—No —dijo con certeza—. Estoy feliz de poder recordar todo. Estoy feliz de recordarte —agregó, acercando su rostro al de él para topar sus narices en un gesto cariñoso—, y de saber que, no importa cuántas vidas pasen, siempre te amaré a ti.

—Yo también estoy feliz —confesó Sasuke en un susurro—. Más feliz que nunca.

Con sus frentes juntas cerraron los ojos con dicha y un poco de cansancio. La pelirrosa envolvió sus brazos alrededor de él con fuerza, acariciando su espalda con ternura notó las cicatrices que escondía bajo su ropa, probablemente las que señalaban la ausencia de sus alas, eran apenas perceptibles, pero aún estaban ahí. Sintió un pinchazo de dolor al pensar en todo lo que tuvo que pasar y soportar para llegar hasta ella.

Sin embargo, también nació en su corazón la certeza de que no desaprovecharían un solo minuto más.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Sakura, con una pizca de temor.

—He estado pensando en eso desde hace años, creo que podremos solucionarlo —dijo él con los labios pegados a su cabello.

Se vieron de nuevo con ojos brillantes y sonrisas genuinas. Era cierto, pensó Sakura, ahora que de nuevo podían estar juntos harían hasta lo imposible para no volverse a separar.

Sus rostros se acercaron hasta que todo lo que podían respirar era el aliento del otro y, cuando sus labios se encontraron, se sintió como lluvia cayendo del cielo luego de años y años de sequía.

Fin


N/A. ¿Qué tal les pareció? ¿Muy largo y aburrido? Espero que no. Si llegaron hasta aquí muchas gracias por leerlo, espero lo hayan disfrutado tanto como yo disfruté escribiéndolo, me tomó sangre sudor y lágrimas pero me encantó. Btw, si no han leído las novelas, las recomiendo ampliamente, son preciosas.

Quiero agradecer a Cele y a Frida por haberlo leído y darme sus comentarios, escribir finales no es mi fuerte y sus recomendaciones me ayudaron un montón. Cele tiene fics muy muy buenos en su perfil s4sukekun.

Las reviews siempre son bien recibidas. Hasta pronto.