Un segundo. No ha sido mucho más de un segundo, pero se ha girado a verme una vez más. Me ha clavado su mirada llena de miedo, débil e insegura y juraría haber visto un atisbo de resignación en ella.

No vayas.

El último pensamiento que ha cruzado mi mente justo antes de que las puertas se cierren en mis narices y de verla desaparecer de mi vida, ha sido desesperadamente egoísta. Por suerte, todo lo que mi boca quería abrirse para detenerla a gritos, se lo ha dejado a mis ojos que sólo saben de hablar en silencio.

Por supuesto que se ha ido. ¿Por qué se iba a quedar? ¿Por quién? ¿Por mí? Por muy fuera de lo común que sea (que sin duda lo es), sigue siendo una princesa, y su príncipe la espera. No tiene nada que hacer conmigo. ¿Qué esperaba exactamente? ¿A qué viene este sentimiento de decepción? Baja las miras, Kristoff. Eres un hombre de montaña (nada de lo que avergonzarse, pero, sin duda, lejos de las expectativas de una princesa), eres borde, has limpiado tu trineo con baba delante de ella y has confesado indirectamente que te comes los mocos. Ni siquiera tienes derecho a entrar al castillo, te lo han dejado bien claro. ¿Qué te hace pensar que tienes derecho a ser elegido? No lo tienes; no eres nadie para ella. Sólo una herramienta para cumplir sus objetivos. Sólo eres el hombre al que le ha confiado su vida sin dudarlo, el hombre con el que ha discutido, el hombre con el que ha luchado mano a mano, al que ha salvado la vida, con el que ha huido de un golem de nieve, el hombre con el que se ha tirado por un precipicio, el hombre al que ha reconfortado aun mientras su corazón se helaba poco a poco, el hombre con el que casi tiene la más extraña de las bodas, el hombre al que ha susurrado con su dulce voz, el hombre por el que se ha preocupado cuando era ella la que estaba en las peores circunstancias, el hombre al que le ha regalado su increíble sonrisa, el hombre en cuyo pecho se ha refugiado luchando por no ser presa del hielo, el hombre… al que le ha atravesado el alma.

Pero nada de eso importa ya. Ahora mismo ya habrá sanado. Hans habrá invadido su campo visual con sus ojos de color divino, la habrá tomado entre sus brazos y sus labios le habrán devuelto la vida. Y, con lo valiente e inteligente que ella es, pronto encontrará la manera de ayudar a su hermana. Y, si no es el caso, reinará, se casará con el tal Hans, tendrán un montón de principitos pelirrojos y quedarán a tomar té y sandwitches con "seguramente John", que, por supuesto, será perfectamente humano y no compartirá zanahorias con nadie.

Pero, ¿y si no es así? ¿Y si esto que me oprime el pecho no son celos o el dolor de perderla? ¿Y si tenía razón y no se conocían lo suficientemente bien? ¿Y si no es su amor verdadero? ¿Y si no ha podido salvarla? ¿Y si yo hubiese podido?

Yo… yo habría podido.

Pero no podía. No me correspondía a mí tomarme esa libertad. No era mi amor el que ella anhelaba y yo no podía ignorar sus sentimientos; sólo podía darlo todo para que se encontrase con su amor de verdad; con su príncipe. Sólo podía renunciar a algo que desde el principio supe que era imposible y aceptar la realidad. Nunca seré yo. Nunca será mía. Aunque yo, por desgracia, creo que ya soy suyo.

—¿Qué pasa, amigo?

Sven está disgustado. Lo entiendo. Sin duda, esto ha sido duro también para él. Pero, aun con todo el dolor de mi alma, no hay nada que yo pueda hacer. No puedo forzarme en su vida, no puedo ser el hombre al que ama. Aunque, bueno, supongo que no debería ser difícil volver a nuestra vida de antes… No debería.

—Eh… cuidado. ¿Qué te ocurre?

Vaya. Ahora está sermoneándome.

—No te entiendo cuando me hablas así.

¡Uououo!

—¡Quieto! ¡Bájame!

Desventajas de que tu mejor amigo sea un reno…

—No, Sven. No vamos a volver.

No… gruñiditos lastimeros no…

—¡Está con su amor verdadero!

Genial… Esa mirada… Teme exactamente lo mismo que yo, ¿no es así? Pero… ¿eh?

—Pero, ¿qué…?

Este aire helado… Oh, no. ¡Algo está ocurriendo en el castillo!

—¡Anna!

Mierda, nunca debí dejarla. ¡Ya voy!

—¡Vamos, vamos!

Si Anna está ahí abajo, necesita ayuda. Si su hermana está allí con ella, quién sabe qué podría pasar esta vez. Y… y si esta tormenta no es causada por el miedo de la reina sino por su desolación… Si Hans no era su… si Anna está…

¡No! ¡No si yo puedo evitarlo! Si no me ama, que no me ame, pero que permita que mi amor la salve. Sólo eso. Debí hacerlo antes; cuando había tiempo; cuando estaba a su lado. Debí decirle lo que sentía y descongelar su corazón. En todo caso, si su prometido la ama de verdad, debería haber estado agradecido y aliviado. Y ¿qué si no tenía derecho? Y ¿qué si no me correspondía a mí? Nadie dijo que el sentimiento tuviese que ser recíproco. Y, aún así, ¿por qué hay algo en mí que me dice que sí que lo era? ¿Son mis ilusiones? ¿O mis instintos no me engañan y la he abandonado a su suerte en un lugar en el que no tiene opciones de sobrevivir? Estaba ahí, conmigo, podía haberla salvado y la dejé marchar… Y ahora… Y ahora…

Espérame, Anna, por favor, espérame. Así sea lo último que haga, voy a llegar hasta ti.

—¡Más rápido, amigo!

No te apagues, no sucumbas, eres fuerte, resiste… Sven se está dejando la piel, no puedes hacer que sea en vano, hazlo por él, no por mí. Hazlo por tu hermana, que moriría en vida si su magia se te llevase de este mundo. Hazlo por Olaf, que desea con todas sus fuerzas disfrutar del verano contigo… Hazlo por quien sea, pero, te lo ruego, hazlo.

—¡Vamos! ¡Vamos!

Da igual lo imposible que se ponga el camino, estoy llegando.

—¡Uaaaaah!

Él no.

—¡Sven! ¡Sveeen!

Sal, sal, sal, sal, ¡sal de ahí! ¡No te vayas, no me dejes! Le he entregado mi vida al hielo y ahora se la va a cobrar paso a paso, ¿verdad? Se va a llevar a Sven, se va a llevar a Anna y pronto acabará conmigo, ¿no es así?

¡Sven! ¡Oh, Dios, está bien! Y aún me alienta a seguir adelante. Tiene razón, no me puedo rendir: nada está perdido, ¿…verdad…?

—Buen chico.

Gracias, amigo.

—Kristoff…

Esa… esa voz…

—¿Anna?

¡Es ella! ¡Por allí!

—¡Anna!

Sigue viva, y está aquí. Llegaré a tiempo. No la voy a dejar. Nunca la volveré a dejar.

Parece que ha cesado la nieve. Ahora debería poder verla. ¿Dónde? ¡¿Dónde está?!

—Kristoff…

Ahí está… Y me busca; ¡me busca a mí!

—Anna…

Está débil, sus tobillos flaquean con cada paso, se nota que sólo el hecho de aguantar en pie está suponiéndole un esfuerzo sobrehumano, y lo está haciendo para llegar a mí. Ya voy, Anna. Su pelo es completamente blanco, ¡sus manos! ¡su cara! El hielo la consume un poco más con cada segundo que pasa. ¡No hay tiempo! No funcionó. El beso de su príncipe no funcionó. Debería sentirme feliz de saber que él no es su amor verdadero; de pensar que aún tengo una oportunidad; de saber que a ella no le importa si soy un montañero, un príncipe o el mismísimo rey, porque me ve a mí de verdad. Si llego a tiempo, si llego a ella, nunca le va a volver a faltar amor, nunca volverá a sentir frío y nunca, jamás, la alejaré de mí. Pero no soy capaz de sentir ni un atisbo de alegría. Anna está sufriendo, agotando sus últimas energías y casi puedo ver la vida escapar entre sus dedos. Todo lo que puedo pensar es en concentrar toda la fuerza que me queda en alcanzarla.

Me arden los pulmones y a la vez los noto congelados, no siento la cara, mis botas resbalan sobre el suelo helado y mis piernas tiemblan como nunca lo han hecho, pero ella está ahí, a unos metros de mí, y me dejaré la vida si hace falta por alcanzarla antes de que sea devorada por el hielo. Un corazón lleno de amor como el suyo no puede acabar así. Ella es calidez, es energía, es luz. Anna es el Sol. No puede ser hielo. Ella no.

Pero yo… yo no contaba con esto. No contaba con verla entregar su vida. Con ver cómo su último suspiro se pierde entre el aire que cubre el fiordo convirtiéndose en nada. No contaba con que su inmenso corazón fuese demasiado grande para seguir en este mundo.

Anna…

He llegado tarde. El Sol se ha helado.

¿Debería… debería estar sintiendo algo ahora mismo? ¿Debería llorar amargamente como lo hace su hermana? No… no sé si tengo derecho a eso. Pude salvarla y no lo hice. ¿Quién soy yo para llorar su pérdida? Hace escasamente dos días que la conozco, no soy nadie en su vida. No tengo derecho. No tengo derecho a llorarla como no tengo derecho a amarla. Pero, entonces, ¿por qué siento que no estoy respirando y ni siquiera me importa? ¿Por qué de repente el mundo está oscuro y vacío? ¿Por qué no parece tener sentido seguir viviendo?

Sven… mi fiel amigo. Sé que intenta decirme algo, pero no tengo fuerzas para enfrentarle. Ni a él ni a nada. No tengo… ¡Espera! ¿Anna? ¡Está volviendo! Está… ¿viva? ¿Puede ser verdad? ¿No estoy soñando? Está… ¡está viva! ¡Gracias al cielo! ¡¿Cómo es posible?!

Así que, el amor. Sólo ella podía conseguirlo de la forma más loca, inintencionada y arriesgada posible. Sorprendiéndome desde el minuto uno. Reconstruyendo su vida con su propio poder. Tan llena de amor y tan entregada. Tan viva. Bien por ti, Anna. Sin duda, eres digna de admiración.

Y ahí la tienes, hinchando sus pulmones sin darle la menor importancia, con sus rosadas y pecosas mejillas reluciendo como si todo hubiese sido sólo una horrible pesadilla. Ojalá tuviese derecho. Derecho a apretarla con todas mis fuerzas contra mi cuerpo, a decirle lo increíble y lo valiente que es, a decirle lo feliz que me hace verla respirar. Pero, espera, ¿y si lo tengo? Puede que no sea de familia noble como la mayoría de la gente esperaría del hombre al que ella elija, pero sé sobrevivir en la montaña en las peores condiciones; puedo protegerla, aunque viendo cómo le acaba de partir la nariz al desalmado que ha intentado asesinar a su hermana, no tengo claro que le haga falta; puedo amarla más que nadie en este mundo, de hecho, probablemente, ya lo hago; y, sintiendo nuestra conexión, viendo la mirada que me está dedicando y que me está haciendo temblar hasta las pestañas, creo que puedo hacerla feliz. Igual… sólo igual… resulta que tengo derecho.

Sin embargo, ahora mismo, eso no me importa tanto. Ahora que el hielo ha desaparecido hermosa y mágicamente a nuestro alrededor y que el verano ha vuelto a nosotros, me doy cuenta de que todo lo que necesito en esta vida es saber que esa sonrisa reluce en su rostro y que su mirada brilla vibrante y dulce, llena de vida.

...

Y, llena de vida, tira de mí y me arrastra a un mundo nuevo. Un mundo en el que me gustaría volver atrás en el tiempo sólo durante unos minutos para darme el gusto de retorcerle el pescuezo al que resultó ser el príncipe Hans. Un mundo en el que no me importaría derribar con la cabeza todos y cada uno de los postes de Arendelle. Un mundo en el que me mira vacilante esperando que aprecie su increíble y abrumador regalo (¿o pago de deuda?). Un mundo en el que mi cuerpo pierde el control, la toma en brazos y abre finalmente esta boca que tanto ha callado.

—Ahora mismo hasta te besaría.

Un mundo en el que la seguridad con la que siempre la provocaba ha sido sustituida sin avisar por la vergüenza, los nervios y el farfulleo.

—Podemos.

Espera, ¿que? ¿Podemos? ¿De verdad quiere que la bese? La timidez se revuelca con la picardía en su mirada; sus labios, no contentos con la cara de idiota que me han dejado tras su dulce e inesperado roce en mi mejilla, sonríen divertidos; y sus pómulos aún más encendidos que de costumbre, destapan cada uno de sus pensamientos.

Pues, si así son las cosas, no pienso volver a dudar. No volveré a ser el estúpido que no está ahí para ella. No le fallaré nunca, nunca más.

Mis labios se encuentran al fin embriagados de los suyos, bañándose en ellos y bebiendo de su calor. Sus manos escalan por mi pecho hasta enredarse en mi nuca y mueven, como manejados por hilos invisibles, cada uno de los nervios de mi interior. Mis manos responden a su tacto y la aprietan dulce y firmemente contra mi cuerpo y nuestros cuerpos entran cada vez más uno en el otro mientras su voz se entrega a mí y me disfruta. Nuestra perfecta sincronía hace acto de presencia y, por alguna razón, no me sorprende en absoluto. Siento que fuimos hechos para estar juntos, que nuestra compenetración es total. Que si esto no es legal, lograremos que lo sea, y, que si no lo consiguiésemos (aunque dudo mucho que exista algo que se le pueda resistir a esta mujer), nos fugaremos a las montañas y crearemos nuestra propia manera de vivir; que avanzaremos con calma, a nuestro propio ritmo, construyendo un camino a nuestra medida, y que descubriremos juntos el mundo más allá de la soledad. Esta vez, no me queda duda: tengo derecho.

—¿Kristoff? ¿Estás llorando? ¡¿Estás bien?! ¡¿Tan terrible ha sido?!
—Ha sido perfecto. Tú eres perfecta.
—Oh… de… ¿de verdad?
—Completamente.
—Y, entonces, ¿por qué lloras?
—No es nada; es sólo que… te siento cálida.