UNA ÚLTIMA NOCHE
DISCLAIMER: Esta historia, no me pertenece es una adaptación, de una de otras de mis escritoras favoritas, si el libro les llega a su país cómprelo vale oro.
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Helen Brooks © Una última noche
Miraculous Ladybug © Thomas Astruc
Adaptación © Fandom MLB
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Advertencia: Lemon, drama y mucho jajajaja. Ok no mentira pero si va a ver Lemon eso si, sin nada más gracias.
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CAPITULO 2
Típico de Adrien Agreste! Tenía que habérselo esperado, tenía que haber sido consciente de que acabaría pillándola desprevenida. Su vena despiadada había convertido la empresa inmobiliaria que, a los dieciocho años, había iniciado en el dormitorio de la casa de sus padres, con la ayuda de la herencia que le había dejado su abuela, en una empresa multimillonaria en cuestión de dieciséis años. Sus amigos lo consideraban inexorable, testarudo e inflexible; sus enemigos lo calificaban de otra manera, pero incluso ellos reconocían que preferían tratar con él que con otros tiburones del negocio. Era despiadado si la situación lo requería, pero cumplía la palabra dada, lo cual era cada vez más extraño en aquel mundo.
Marinette lo miró. Su mirada era inescrutable.
–Te he dicho que no voy a hablar de nosotros.
–No te he pedido que lo hagas. Un sí o un no me bastará –Adrien arqueó las cejas con expresión burlona.
Ella negó con la cabeza y la melena le ocultó la cara al tiempo que se soltaba de la mano de él.
–Esto no tiene sentido. Se ha terminado. Nosotros hemos terminado. Acéptalo y sigue adelante. Yo lo he hecho.
«Mentirosa», se dijo.
–Sigues sin contestarme.
–No tengo que hacerlo –para controlar el temblor interno que experimentaba tomó la copa de vino y dio varios sorbos mientras rogaba que no le temblara la mano–. Recuerda que estás en mi casa. Yo establezco las normas.
–El problema es que nunca creíste en un final feliz, ¿verdad? –preguntó él en voz baja.
Ella alzó la cabeza con brusquedad y Adrien observó que se ponía la máscara. Siempre lo había hecho: ocultar lo que pensaba y adoptar una expresión distante; pero él casi siempre conseguía destruir ese mecanismo de defensa.
Sabía que había tenido una infancia dura: huérfana a los tres años, no recordaba a sus padres. Su abuela materna se había quedado con ella al principio, pero murió al año siguiente y ningún otro familiar le ofreció su hogar.
Había pasado por varias familias de acogida. La propia Marinette reconocía haber sido una niña conflictiva y traviesa.
Cuando se enamoró de ella trató de compensarla por todo lo que había sufrido. Y seguía queriendo hacerlo. El único obstáculo era la propia Marinette: un enorme obstáculo.
–Desde el día en que nos conocimos esperabas que nos separáramos – prosiguió él en el mismo tono calmado–. Esperabas que todo se estropeara. Y no me he dado cuenta hasta hace poco. No sé por qué, ya que había muchos indicios desde el principio.
–No sé de qué me hablas –masculló ella.
Él la observó mientras acababa la segunda copa de vino. Su voz y su lenguaje corporal contradecían la falta de expresión de su rostro. Bajo la apariencia de ser una mujer de negocios fuerte y capaz, Marinette tenía miedo.
De él.
Adrien se había dado cuenta al mismo tiempo que había llegado a la conclusión de que ella no creía que envejecerían juntos. Sabía que ella lo quería y respetaba, pero también que esos sentimientos la habían hecho sentirse asustada y vulnerable. Antes de conocerlo, a los veinticinco años, toda la vida había estado sola, y su coraza había sido dura de romper. Pero él lo consiguió. Ella le había dado acceso a su interior, pero no lo suficiente, o no estarían como se encontraban en aquel momento.
–Al principio, después del accidente, me eché la culpa de nuestro distanciamiento y de las peleas continuas. Fui un estúpido al no darme cuenta de que habías decidido excluirme de tu vida y de que nada te haría cambiar de opinión.
Ella no habló. Parecía de piedra, una hermosa estatua de piedra sin sentimientos ni emociones.
–El accidente...
–Deja de hablar del accidente –le ordenó ella con sequedad, aunque había sido ella la que había insistido en denominarlo así–. Fue un aborto. Me caí por las escaleras y maté a nuestro hijo.
–Mari...
–No –ella alzó una mano–. Enfrentémonos a los hechos. Eso es lo que sucedió, Adrien. Nació prematuro y no pudieron salvarlo. Unas semanas más y todo hubiera salido bien, pero con veintidós semanas no tenía ninguna posibilidad.
Yo debía haberlo cuidado y mantenido a salvo, y le fallé.
En cierto modo, él se alegró de que hablara sobre eso, ya que, antes, ella se había negado y le había ocultado sus emociones. Por otra parte estaba consternado al comprobar que, dieciséis meses después, se seguía sintiendo culpable. Aquella mañana se había sentido un poco mareada y se había quedado en la cama después de que él se fuera a trabajar... Natalie le subió el desayuno a las diez. A las diez y media oyó un grito terrible y un golpe, y salió corriendo de la cocina hacia el vestíbulo. Halló a Marinette semiinconsciente al pie de las escaleras, con el contenido de la bandeja esparcido a su alrededor.
Había sido un trágico accidente. Pero desde el momento en que, unas horas después, su hijo naciera muerto, ella se había replegado en sí misma y él había sido incapaz de consolarla. De hecho, apenas dejaba que se le acercara y él estaba convencido de que lo odiaba, porque le recordaba todo lo que habían perdido.
Y así habían seguido mes tras mes. Marinette se entregó al negocio que había iniciado y se dedicó exclusivamente a trabajar. Adrien se consideraba afortunado si la veía una hora por las noches. Y había sido una tortura. Lo seguía siendo.
Quiso decirle que los accidentes ocurrían, pero le pareció un comentario trillado, dadas las circunstancias. En lugar de ello se levantó y la atrajo hacia sí.
Estaba rígida.
–Habrías dado tu vida por la suya si hubieras podido –le dijo en voz baja–. ¿No te das cuenta de que nadie te considera responsable, Marinette?
Marinette se estremeció.
–Márchate, por favor.
La sintió frágil entre sus brazos. Estaba muy delgada y se tambaleaba ligeramente, como si se fuese a desmayar.
– ¿Qué te pasa? ¿No te encuentras bien? –estaba muy pálida.
Ella lo miró y se dio cuenta de que lo estaba agarrando para sostenerse.
–Creo que se me ha subido el vino a la cabeza –murmuró ella aturdida–. No he tomado nada desde la hora del desayuno, y dos copas de vino...
Por eso había hablado del aborto. Él le dijo con voz suave:
–Vamos dentro. Te prepararé algo de comer.
–No, ya me las arreglaré sola. Te llamaré.
Adrien no iba a marcharse de ningún modo, sobre todo porque estaban hablando por primera vez desde la muerte de Hugo. Sintió una punzada de dolor al recordar a su hijo, tan perfecto y diminuto, pero se controló. No dijo nada mientras la conducía al interior y la sentaba en una de las sillas del comedor.
Después fue a la cocina y ella no protestó. Echó una ojeada a lo que había en la nevera y se volvió para decirle:
–Puedo hacerte una tortilla de queso y... –se paró en seco al ver que estaba llorando.
Maldijo para sus adentros y se aproximó a ella, la levantó y la abrazó mientras le murmuraba todo lo que llevaba meses queriendo decirle: que la quería, que lo era todo para él, que la vida carecía de sentido sin ella, que no era responsable del accidente...
Marinette, ya sin defensas, se agarró a él y absorbió su fuerza, su olor familiar, y lo necesitó como nunca. Jamás había querido a nadie más y sabía que no lo haría: Adrien era todo lo que deseaba. Algún rincón de su cerebro le indicó que debería apartarse de él, pero se olvidó de la advertencia ante el éxtasis de estar en sus brazos, de sentirlo y tocarlo tras tantos meses separados.
–Bésame –susurró él cuando ella alzó la cabeza y lo miró–. Demuéstrame que me amas.
Inclinó su boca hacia la de ella y le rozó los labios con un leve beso, pero ella, descaradamente, le pidió más al besarlo apasionadamente con la boca abierta.
Marinette lo oyó gemir, sintió que dejaba de controlarse y que comenzaba a besarla como si se estuviera ahogando de agónica necesidad. Cuando la levantó del suelo y la apretó contra su pecho sin dejar de besarla, ella no pensó en escapar.
Su forma de hacer el amor siempre había sido maravillosa, y ella llevaba mucho tiempo sin Adrien. Necesitaba volver a saborearlo, sentir sus manos y su boca en el cuerpo, sentirlo en su interior.
Apenas se dio cuenta de que él la llevaba al piso superior. Y de pronto estaba tumbada en la cama en medio de una oscuridad que únicamente rompía la luz que entraba por la ventana. Él siguió besándola mientras se quitaba la ropa a toda prisa. Le acarició el cuello y el hueco bajo la oreja con sus labios ardientes antes de volver a la boca, que besó con tanto ardor que ella gimió de deseo.
A Marinette se le había desabrochado el albornoz y él se lo quitó mientras murmuraba:
–Mi incomparable amor...
Marinette no pensaba con claridad, solo deseaba estar aún más cerca de él; la fiereza de su deseo era comparable a la de Adrien. Se acariciaron con dulce violencia mientras se retorcían como si fueran a devorarse mutuamente y, cuando él la penetró, ella gritó su nombre en medio de convulsiones similares a las de él.
El clímax fue tan tumultuoso como el resto del acto, y una oleada tras otra de placer los condujeron a un mundo de pura sensación, sin pasado ni futuro, solo la luz cegadora del presente.
Adrien continuó abrazándola mientras se calmaban los latidos desbocados de sus corazones y le murmuraba palabras de amor. Con los ojos cerrados, ella se colocó más cómodamente entre sus brazos, como había hecho tantas veces tras una noche de amor, y lanzó un leve suspiro. Al cabo de unos segundos estaba profundamente dormida de puro agotamiento.
Los ojos de Adrien se habían acostumbrado a la oscuridad y, apoyándose en un codo, estudió el rostro de Marinette . Su piel era tan blanca como la leche, sus párpados, frágiles óvalos bajo las finas cejas, y los labios eran llenos y sensuales.
Le apartó un mechón de pelo de la frente, incapaz de creer que lo que acababa de pasar fuera verdad.
Había poseído a otras mujeres antes que a Marinette, y al verla por primera vez en la boda de un amigo común, pensó que lo único que quería era poseerla como a las demás, disfrutar de una aventura sin ataduras. Después de la primera cita ya estaba profundamente enamorado, algo que nunca le había sucedido. Se casaron al cabo de tres meses, el día en que ella cumplió veintiséis años, y se fueron de luna de miel al Caribe.
Recordó las noches que habían pasado abrazados. Por primera vez había comprendido la diferencia que existía entre el sexo y el amor, y supo que no querría separarse de ella jamás.
Volvieron a Inglaterra y se fueron a vivir a su residencia de soltero, que Marinette reformó para convertirla en un hogar. Había dejado de trabajar cuando se casaron porque quería tener un hijo inmediatamente, y a él le parecía bien todo lo que ella deseara. Sabía que Marinette no había tenido una familia ni un hogar y entendía lo mucho que deseaba tener hijos.
Frunció el ceño en la oscuridad. Lo que no había entendido era que su prisa en formar una familia derivaba del miedo, del terror de verse privada de todo lo que estaba disfrutando en aquellos momentos.
Y entonces se había producido el aborto.
Cerró los ojos al recordar la negrura de aquella época.
Todo había cambiado, empezando por Marinette. Él creyó que ese día había perdido a su mujer, además de a su hijo. Al principio pensó que volvería a comunicarse con ella, ya que la quería con locura, pero fueron pasando las semanas y los meses y la pared impenetrable que ella había erigido entre ambos siguió allí.
Por eso no se sorprendió al volver una noche y descubrir que ella se había marchado dejándole una nota en la que le pedía el divorcio.
Montó en cólera porque lo hubiera abandonado cuando nada en el mundo hubiera conseguido que él hiciera lo mismo. Y se sintió desesperado y lleno de miedo por ella.
Marinette se removió un poco antes de apretarse más contra él con la cabeza apoyada en su pecho.
Él la abrazó con más fuerza; parecía tan pequeña, tan frágil, tan joven... Lo cual era así hasta cierto punto, ya que lo había abandonado y, en cuestión de meses, había rehecho su vida. Mientras que él... se había limitado a existir. No se esperaba lo que había sucedido esa noche. ¿Se arrepentiría ella por la mañana? Le acarició el pelo con la barbilla. Tendría que conseguir que no fuera así. Había dicho a Marinette, en una de las peleas que tuvieron después de que ella se marchara, que nunca la dejaría libre, y lo había dicho en serio. Pero también se había percatado de que ella se hallaba a punto de derrumbarse mental, física y emocionalmente. Así que se había retirado para dejarle espacio. Pero ya estaba bien. Esa noche le había demostrado que ella lo seguía deseando con independencia de lo que pensara sobre su matrimonio. Y eso era un punto de partida.
Se quedó muy quieto mientras ella dormía y analizó con su mente astuta e inteligente cada gesto, cada abrazo y cada beso. Al alba seguía despierto. Por fin se durmió cuando los pájaros dejaron de cantar, con Marinette aún abrazada contra su corazón.
Hola mis lectrox, capitulo 2 espero que les guste, y gracias por su apoyo a cada una de las personitas que comentan gracias.
Espero que Mari no se arrepienta, veremos qué pasa en el siguiente, capitulo los leeo, que parte les va gustando y cual no Bay.
KITIIS
