UNA ÚLTIMA NOCHE
DISCLAIMER: Esta historia, no me pertenece es una adaptación, de una de otras de mis escritoras favoritas, si el libro les llega a su país cómprelo. vale oro.
Helen Brooks © Una última noche
Miraculous Ladybug © Thomas Astruc
Adaptación © Fandom MLB
NUEVO CAPITULO
CAPITULO 3
El sol ya estaba alto cuando Marinette abrió los ojos tras la primera noche de sueño reparador desde que había dejado a Adrien. Había dormido tan profundamente que durante unos segundos permaneció en estado de semiinconsciencia, pero después la invadieron recuerdos de la noche anterior mientras se percataba de que estaba acurrucada junto al origen de su bienestar. Adrien.
Se quedó paralizada temiendo que él abriera los ojos. Pero al comprobar que la vibración que sentía bajo su mejilla no se interrumpía, levantó la cabeza con precaución. Adrien dormía profundamente.
Se separó de él despacio y se detuvo a contemplar su rostro: la nariz recta, los pómulos altos, la boca torcida y sensual, incluso en reposo, y la barba incipiente.
¿Cómo había sido tan estúpida como para acostarse con él? No servía de nada atribuirlo a que había bebido. La noche anterior había deseado a Adrien; para ser más exactos, lo había hecho desde la noche en que se separaron.
Pero se dijo que no lo necesitaba. Lo había demostrado, ya que llevaba siete meses viviendo sola. Y se las había arreglado, aunque no sabía cómo había sobrevivido a la pérdida de Hugo. Había deseado morir, destrozada por la pena y el sentimiento de culpabilidad.
Se levantó con cuidado. El temblor que le había comenzado en la boca del estómago se le extendió a los miembros. Tenía que marcharse antes de que Adrien se despertara. Era un acto cobarde, mezquino y egoísta, pero tenía que hacerlo. Lo quería demasiado para hacerle concebir esperanzas de que pudieran volver a intentarlo. Su matrimonio se había acabado, estaba reducido a cenizas.
Había muerto cuando ella se cayó por las escaleras.
Recogió la ropa y, una vez en la cocina, se vistió rápidamente, temerosa de oír ruido en el piso superior en cualquier momento. Después escribió una nota a Adrien odiándose por su crueldad, pero sabiendo que si lo veía esa mañana se disolvería en un torrente de lágrimas.
Adrien, no sé qué decirte salvo que siento muchísimo haberme comportado como lo hice anoche. Todo pasó por mi culpa, lo sé. Es imperdonable.
No puedo volver contigo, lo cual no tiene nada que ver con tu forma de ser.
Soy yo. Tengo que decirte que sigo queriendo el divorcio. Haré el trabajo para
Emilie, si quieres. Llámame esta noche para hablar de ello, pero no vuelvas a venir a verme. Esa es la primera condición. Vaciló. ¿Cómo acabar una nota como aquella, sobre todo después de lo que habían compartido la noche anterior?
Espero que puedas perdonarme algún día.
Mari
Al menos le debía la intimidad del diminutivo, pensó, al tiempo que se sentía despreciable. Él había tratado de consolarla al llegar, y ella prácticamente le había suplicado que le hiciera el amor. Sabía que lo había instigado.
Subió al piso de arriba y dejó la nota sobre la ropa de la que Adrien se había despojado frenéticamente la noche anterior, pero no lo miró porque le hubiera resultado insoportable hacerlo.
Cuando se alejaba en el coche comenzó a derramar las lágrimas que había estado conteniendo.
Consiguió apartarse de la carretera tomando un desvío hacia un bosquecillo. Apagó el motor y, llena de remordimientos y reproches, lloró hasta quedarse sin lágrimas. Después se bajó del coche para tomar el aire. Oyó el canto de los pájaros, alzó la vista y vio una bandada de gorriones.
La vida era muy sencilla para ellos y para todo el reino animal. Solo el homo sapiens, supuestamente la especie superior, era el que complicaba las cosas.
Aún tenía en la piel la fragancia de Adrien y su sabor en los labios. Recordó la gloriosa sensación de tenerlo dentro de sí. Dormirse con la cabeza apoyada en su pecho, cerca de su corazón, había sido como volver a casa y le había producido tanto placer como hacer el amor.
Pero se dijo que no debía pensar en ello. Era muy temprano para ir a la granja en la que Kim y ella iban a trabajar la semana siguiente, pero, de camino, había un café que estaría abierto y donde podría desayunar. En el café solo había otro cliente, un camionero que leía el periódico mientras comía. Después de pedir té con sándwiches, fue al servicio. Se miró al espejo. Había salido de casa sin ducharse ni lavarse los dientes.
Se quitó la ropa, se lavó con el basto jabón que había en el lavabo y se secó con toallas de papel. Se vistió, se recogió el pelo en una cola de caballo y se aplicó el protector solar que siempre llevaba en el bolso. Tendría que esperar para lavarse los dientes.
Estaba a punto de salir cuando volvió a mirarse en el espejo. Parpadeó nerviosa al contemplar la tristeza que había en sus ojos. ¿Era eso lo que Adrien había visto? O incluso peor, ¿por eso se había quedado y le había hecho el amor?
Había afirmado claramente que la única razón de su presencia allí era hablar del trabajo que quería encargarle para su madre. ¿Se había compadecido de ella?
La había dejado tranquila desde que lo amenazó con pedir una orden de alejamiento. ¿Estaría viendo a otras mujeres?
Sintió náuseas antes de salir del servicio. El camionero se había ido, pero un grupo de motoristas ocupaba tres mesas. Vestidos de cuero y con tatuajes en toda la piel, resultaban un poco intimidantes.
Marinette desayunó a toda prisa y se levantó para marcharse. Al llegar a la puerta, alguien le tocó el hombro. Se dio la vuelta con brusquedad y se encontró con un enorme motorista.
–Te dejas el bolso, guapa –le dijo entregándoselo–. ¿Te encuentras bien?
–Sí, sí, gra-gracias –tartamudeó ella sintiéndose ridícula.
– ¿Seguro?
Los ojos azules del hombre eran amables. Ella consiguió sonreír.
–Estoy bien, y gracias por haberte dado cuenta de que me había dejado el bolso –dijo mientras reconocía que las apariencias engañan.
Él sonrió.
–Estoy acostumbrado. A mi novia le pasa lo mismo. Se dejaría la cabeza si no la tuviera unida al cuerpo.
De nuevo en la carretera, Marinette pensó que la respuesta sincera a la pregunta de si se encontraba bien tendría que haber sido negativa. Dudaba mucho que volviera a estar bien, aunque a nadie podía culpar salvo a sí misma. Tenía que haberlo pensado mejor antes de casarse con Adrien y tratar de ser como todo el mundo. No era como los demás.
Durante toda la vida, las personas a las que había querido le habían sido arrebatadas. En primer lugar, sus padres; después, su abuela; e incluso su mejor amiga en la escuela, su única amiga, pensándolo mejor, ya que no había sido una niña muy sociable; su amiga se había ahogado en el extranjero cuando estaba de vacaciones con sus padres. Aún recordaba el shock emocional que experimentó cuando el director de la escuela anunció en una reunión con los alumnos la muerte de Alix, y la sensación de la tragedia había sucedido por ser ella su amiga.
Si no se hubiera casado con Adrien y no hubiera deseado un hijo suyo, Hugo no hubiera muerto. Había tentado a la suerte pensando que podría escapar a lo inevitable y, por eso, había destrozado el corazón de Adrien además del suyo.
Nunca olvidaría su expresión al sostener el cuerpecito en las manos. Fue entonces cuando supo que tenía que dejarlo marchar para que fuera libre de encontrar la felicidad en otro sitio.
La noche anterior, él había dicho que ella hubiera dado la vida por Hugo de haber podido, y tenía razón, pero no había sido capaz de hacerlo. Sin embargo, podía proteger a Adrien de volver a sufrir alejándose de él.
Cuando se hubieran divorciado ella se marcharía, tal vez al extranjero y, con el tiempo, él conocería a otra persona. Las mujeres hacían lo imposible por atraer su atención, y era un hombre apasionado. Por mucho que a ella le costara, era lo que debía hacer. Y no podían volver a suceder incidentes como el de la noche anterior.
Había tomado una decisión irrevocable y se sintió algo mejor.
Adrien se despertó con el presentimiento de que había pasado algo.
Durante unos segundos no supo dónde estaba. Lo recordó y se percató de que no había nadie a su lado en la cama. La casa estaba tranquila, no se oían ruidos en el baño ni en el piso inferior.
Miró el reloj. Eran más de las nueve. Lanzó una maldición en voz baja por no haberse despertado antes que Marinette. Aquello era precisamente lo que había querido evitar, aunque tal vez ella estuviera desayunando en el jardín.
Totalmente desnudo, bajó los escalones de dos en dos, pero antes de abrir la puerta trasera y mirar en el jardín supo que ella no estaría allí. Se sentía su ausencia en la casa.
Maldijo de nuevo mientras desandaba el camino para volver al dormitorio, donde vio la nota sobre su ropa. Se sentó en el borde de la cama y la leyó.
Se le contrajeron los músculos del estómago como si una mano helada le apretara las entrañas. Así que nada había cambiado. Después de lo que habían vivido juntos la noche anterior, después del fuego y la pasión, ella seguía empeñada en divorciarse.
Hizo una bola con el papel y la lanzó al otro lado de la habitación. Se vistió y bajó. Cerró con llave la puerta trasera y salió por la principal. El Aston Martin lo esperaba en el aparcamiento. Se montó, dejó la puerta abierta y apoyó las manos en el volante.
Esa mañana había sido una repetición de las muchas en que se despertaba después de tener sueños eróticos y buscaba a Marinette en la cama hasta que la cruda realidad lo golpeaba. Pero en algo había sido diferente, ya que la noche anterior había sido real. Ella había estado en sus brazos y su cuerpo se le había abierto y lo había acogido a la perfección mientras él los conducía a ambos a un clímax de insoportable placer. Pero no solo era su cuerpo lo que ardía por ella. La quería a ella, a su Marinette.
Quería que compartiera todos los aspectos de su vida: despertarse juntos los fines de semana y leer los periódicos en la cama mientras desayunaban; ver la televisión bebiendo una copa de vino tras una dura jornada laboral; ir al cine o al teatro; o pasear tomados del brazo.
Al principio hacían todo eso y hablaban de todo, o eso creía él. Pero se daba cuenta de que ella le había ocultado buena parte de sus sentimientos.
Puso en marcha el motor con el ceño fruncido. Aunque sabía que le habían hecho daño antes de conocerla, había subestimado hasta qué punto. O tal vez hubiera creído que sería capaz de enfrentarse a cualquier dificultad futura.
Salió del aparcamiento, sumido en sus pensamientos. Una cosa era segura: ella no hubiera reaccionado como lo había hecho si no sintiera nada por él. Y cuando le había preguntado si lo quería, no le había dicho que no; aunque tampoco que sí...
La telefonearía aquella noche como ella le había dicho. Lo que realmente quería era volver a la casa, aporrear la puerta hasta que lo dejara entrar y convencerla de lo mucho que la amaba. Pero algo le decía que así no conseguiría nada. Llevaba meses esperando. Podía hacerlo un poco más, pero con sus propias condiciones.
Ella no se iba a echar atrás. Trabajaría en el jardín de su madre, por la que sentía un gran afecto. Esa había sido la razón de que se lo hubiera pedido. Bueno, no la única. Era cierto que su madre no andaba bien del corazón desde la operación de cadera, pero no se había mostrado tan testaruda sobre el jardín como había hecho creer a Marinette. Pero era cierto que este necesitaba renovarse y que su madre, mientras miraba el retrato de boda de Marinette y él, había dicho que no consentiría que un desconocido hiciera el trabajo. Sabía que su madre lo apoyaba totalmente: quería a Marinette como a una hija y la recordaba con pesar todos los días.
Volvería a casa, se ducharía, se cambiaría e iría al despacho. Llamaría a Marinette esa noche. No se engañaba pensando que recuperarla sería un camino fácil, pero debería recorrerlo hasta que... Negó con la cabeza. No había un «Hasta». Tendría que recorrerlo. Y punto.
Hola mis lectrox que tal a los tiempos, jajajaja ya se me demore un siglo en actualizar, y perdón eh estado muy ocupada.
Como vemos Adrien, no va a renunciar tan fácil esperemos, que Mari tampoco y que por lo menos se deje reconquistar espero que les guste, nos leemos díganme que partes les va gustado.
Hasta la próxima
KITTIS
