UNA ÚLTIMA NOCHE
DISCLAIMER: Esta historia, no me pertenece es una adaptación, de una de otras de mis escritoras favoritas, si el libro les llega a su país cómprelo vale oro.
Helen Brooks © Una última noche
Miraculous Ladybug © Thomas Astruc
Adaptación © Fandom MLB
DOBLE CAPITULO.
Capítulo 4
No había sido un día particularmente agotador, comparado con otros, pero cuando Marinette regresó a casa estaba exhausta. A pesar de haberlo intentado, no había podido pensar en otra cosa que no fuera Adrien. Kim no había cesado de preguntarle si se encontraba bien.
Mientras se quitaba las botas y subía al piso de arriba, se preguntó qué habría hecho su eficiente ayudante si le hubiera contado que estaba al borde de un colapso nervioso. Reírse, probablemente, porque no la hubiera tomado en serio. Kim pensaba que era el arquetipo de mujer fría, contenida y moderna.
Todos lo hacían. Solo Adrien había comprendido quién era en realidad.
Se recriminó por pensarlo. Si quería retomar las riendas de su vida, que había estado a punto de perder la noche anterior, tenía que controlar sus pensamientos.
Después de abrir el grifo de la bañera, fue a su habitación y tuvo que hacer un esfuerzo para mirar la cama. Estaba deshecha y vacía. Quitó las sábanas para lavarlas y abrió las ventanas. Le pareció que aún persistía el olor de Adrien, la embriagadora fragancia de su piel.
Mientras se quitaba los vaqueros se fijó en la bola de papel que había en un rincón. Era su nota.
Cerró los ojos, pero las lágrimas se le escaparon por los párpados cerrados. ¿Cómo se habría sentido al leerla? No debía pensarlo.
Recogió el papel y se sintió invadida por la vergüenza y la culpabilidad.
Siguió llorando mientras se bañaba, pero después de secarse, se lavó la cara con agua fría y trató de calmarse. No lloraría más.
Se puso un cómodo pijama de algodón y se recogió el pelo húmedo en un moño antes de bajar a la cocina para prepararse algo de comer. Pero le resultó difícil tragar los alimentos, ya que estaba sobre ascuas esperando la llamada de Adrien.
Esta se produjo a las ocho en punto.
–Hola –dijo él con voz fría y segura. Ella esperaba que le preguntara cómo estaba o que mencionara su vergonzosa huida, pero no lo hizo–. Hay que concretar los detalles del trabajo. Dijiste que impondrías condiciones.
–Sí, pero antes de empezar, ¿estás seguro de que Emilie quiere que trabaje para ella después de... todo lo que ha pasado?
– ¿Te refieres a después de dejarme y pedir el divorcio? Totalmente seguro. Mi madre es de la opinión de que lo que ocurre en una pareja en asunto de ella. Ya la conoces. A ver, las condiciones.
Marinette pensó que la había puesto en su sitio.
–En primer lugar, a pesar de lo que dices, quiero ir a verla para comprobar que quiere que haga el trabajo. Si es así, lo aceptaré, pero todo se lo consultaré a tu madre. No quiero que intervengas.
– ¿Crees que mi madre va a consentir que lo haga? –preguntó él en tono seco.
–Lo que quiero decir es...
–Lo que quieres decir es que no quieres verme por allí.
Eso era exactamente.
–No voy a impedir que vayas a ver a tu madre, pero creo que sería mejor que lo hicieras cuando yo no esté.
–Anotado.
Aquello iba a ser peor de lo que ella se había imaginado.
–Claro que si su salud empeora...
–Me permitirás el paso.
–Mira, Adrien...
– ¿Cuál es la siguiente condición?
Marinette inspiró profundamente.
–Kim y yo tenemos trabajo ahora mismo y no puede esperar, pero no tardaremos mucho en acabar. A mediados de septiembre debíamos comenzar un proyecto importante, pero al matrimonio que nos lo ha encargado no le importa esperar porque... –se le quebró la voz–. Porque la mujer espera un hijo para finales de octubre. Así que entonces tendremos tiempo para Emilie, si ella quiere.
–Parece que el negocio va bien.
–Sí.
–Quiero dejar clara una cosa, y no deseo que hables de ello a mi madre.
Quiero pagarle el trabajo, será mi regalo de Navidad. Pero como es orgullosa, no se lo diré hasta que hayas acabado. Por tanto, elige los mejores materiales y todo lo demás, pero hazle un precio bastante inferior. Cuando tengas el presupuesto, te doy mi palabra de que te pagaré cuando lo desees. ¿Entendido?
Ella tenía la intención de trabajar con un margen de beneficios mínimo, pero si Adrien iba a pagarlo podría cobrárselo como a cualquier otra persona. Emilie estaba muy orgullosa del éxito de su hijo, pero se negaba a aceptar un penique suyo porque tenía suficiente con la pensión de su marido y la suya propia de funcionaria, empleo que había ejercido hasta los cuarenta y tres años, cuando lo dejó al nacer Adrien.
–Entendido. Me resultaría útil que me pagaras los materiales según avancen las obras.
–Muy bien. ¿Cuándo vas a hablar con ella?
–Mañana a última hora de la tarde.
–De acuerdo. Hablaré con ella esta noche y le diré que te he pedido que hagas el trabajo y que lo decidirás cuando hayas hecho una evaluación del mismo, y que hablarás con ella mañana. ¿Algo más?
Era injusto, pero su tono de hombre de negocios le daba ganas de gritar. La noche anterior habían hecho el amor de forma salvaje y ella había dormido en sus brazos, y en aquel momento él le hablaba como si lo estuviera haciendo con un colega sobre un contrato. Sin que su voz trasluciera emoción alguna, dijo:
–Creo que no, de momento.
–Entonces, buenas noches –dijo Adrien, y colgó.
Marinette se quedó mirando al vacío.
– ¡Qué cerdo! –exclamó.
Al menos ya no tenía ganas de llorar, sino de tirar algo.
Emilie respondió al teléfono y fue tan amable y educada como siempre. A las dos del domingo siguiente, Marinette fue a su casa, una mansión victoriana situada a unos quince kilómetros de donde vivía Adrien.
Estaba tan nerviosa que tembló al tocar el timbre. Abrió la puerta una enfermera, no Emile. La condujo al salón, donde ardía el fuego en la chimenea a pesar del buen tiempo.
–Hola, querida –Emilie estaba sentada en un sofá cerca del fuego y levantó la cabeza para que Marinette la besara en la mejilla, como siempre había hecho. Después dio unas palmaditas en el sofá–. Siéntate aquí. No le he dicho a la enfermera quién eras. Es una cotilla que mete las narices donde no la llaman. Menos mal que se marcha a finales de la semana que viene. Estoy deseando volver a estar sola en mi casa.
–Hola, Emilie –dijo Marinette con voz temblorosa. Esperaba que la madre de Adrien estuviera pálida y con aspecto de enferma, pero tanto la anciana como la habitación estaban exactamente igual que antes. Era como si los últimos siete meses no hubieran transcurrido: las mismas estanterías repletas de libros, la misma alfombra de lana, las mismas pesadas cortinas...–. ¿Cómo estás? Adrien me ha dicho que estuviste en el hospital.
Emilie sonrió.
–Fui tan tonta que me rompí la cadera, y luego el corazón se me puso a hacer cosas raras, pero ¿qué vas a esperar a mi edad? Ya no soy ninguna niña. Y tú, ¿cómo estás?
–Muy bien, gracias –y, sin más preámbulos, añadió lo que llevaba días ensayando–. Emilie, cuando te devolví la carta no fue porque no quisiera seguirte viendo, sino porque no podía...
Los ojos verdes de la anciana, muy parecidos a los de Adrien, le sonrieron.
–Ya lo sé. Querías hacer borrón y cuenta nueva para poder seguir adelante.
Nos tenemos mucho afecto para que hubiera sido de otro modo.
Marinette quería llorar, apoyar la cabeza en el regazo de Emilie y llorar sin parar como había hecho la primera vez que la había visto después de perder a Hugo. Ella había llorado también y le había dicho que, aunque nunca olvidara al niño, vendrían otros a aliviar su pena y el sentimiento de pérdida.
–Creo que quieres remodelar el jardín.
Emilie aceptó con elegancia el cambio de tema.
–No es que quiera, es que lo necesito. Debo reconocer que últimamente es demasiado para mí.
– ¿Y no quieres que un jardinero lo cuide?
–De vez en cuando, pero no todos los días. Ya sabes que llevo años trabajando en él varias horas al día. Todavía puedo hacer un poco, pero no lo necesario.
–Así que, si lo remodelamos, ¿no te importará que mi ayudante venga un par de días al mes? Te prometo que Kim te caerá bien.
–Estoy segura. Veamos, la enfermera va a traernos una taza de té y después podríamos ir a ver el jardín.
Marinette asintió. La verdad era que quería salir de aquella habitación. Había notado inmediatamente que la anciana conservaba el retrato de boda en su lugar habitual. El hombre alto y sonriente y su radiante esposa le parecieron otras personas, tan distante se sentía de la mujer de la fotografía.
Cuando Marinette se marchó, tres horas después, se había hecho una clara idea de lo que Emilie quería y, sobre todo, de lo que no quería en el nuevo jardín. Habían acordado respetar todo lo que se pudiera y los árboles más antiguos. La prioridad sería que fuera fácil de mantener.
Emilie escuchó las propuestas de Marinette y decidieron que esta le presentaría bocetos del jardín tal como estaba y de los cambios propuestos, para que la anciana pudiera repasar las diversas opciones y elegir las que más le gustaran. Cuando estuviera segura de lo que quería, Marinette elaboraría planos detallados Emilie podría cambiar de idea las veces que deseara. Esto se lo había dejado muy claro para que la anciana no se sintiera abrumada.
Se separaron con un beso y un abrazo.
A Marinette se le formó un nudo en la garganta mientras se alejaba en el coche. Se había sentido tan bien al volver a ver a Emilie... Pero desechó tales sentimientos y se puso a pensar en los bocetos que tenía que hacer, al tiempo que se le ocurrían otras ideas.
Quería que el jardín de Emilie continuara siendo un santuario para la anciana, un lugar apartado del mundo. Se dijo que pondría muchos cómodos bancos de madera para que se sentara y descansara siempre que estuviera allí.
Los cambios implicarían mucho dinero, pero no había motivo alguno para que el jardín original, que siempre había estado en perfectas condiciones gracias al trabajo de su suegra, no se convirtiera en otro igual de hermoso, pero que exigiera mucha menos dedicación.
Al llegar a casa, Marinette puso la cafetera y comenzó a trabajar en la mesa del comedor. En plena tarea, sonó el teléfono. Tan enfrascada se hallaba que descolgó y contestó de forma automática.
– ¿Diga?
–Hola, Marinette, soy Adrien.
A Marinette comenzó a latirle el corazón a toda velocidad. Consiguió responder en un tono bastante normal.
–Hola, Adrien. Estaba trabajando.
–No quiero entretenerte. Solo llamaba para agradecerte la visita a mi madre. Me ha llamado hace un rato y ha pasado del recelo ante los cambios en su amado jardín al entusiasmo por los cambios sobre los que habéis hablado. Te lo agradezco, Mari.
Como siempre, al oírle decir su diminutivo sintió una oleada de deseo. El poder que él tenía sobre ella era absoluto. Nada había cambiado. Le bastaba con oír su voz para que lo deseara con tanta intensidad que se ponía a temblar.
– ¿Sigues ahí, Mari?
–Sí –respondió ella con rapidez–. Y no tienes que agradecérmelo. Supongo que te darás cuenta de que va a ser muy caro si lo hacemos como es debido.
–Desde luego. ¿Sería una grosería recordarte que soy rico y que el dinero no me supone problema alguno? Quiero que mi madre quede satisfecha.
–Así será –Marinette se percató de que no quería que la conversación acabara, sino seguir hablando con él. Pensó que no debería haber aceptado el trabajo porque se sentía vulnerable ante él. Había sido una locura y un modo de buscarse problemas–. Le encantará, Adrien. Te lo prometo.
–No tengo la menor duda –respondió él con suavidad–. Confío en ti, Mari.
Siempre lo he hecho.
El pánico dio fuerzas a Marinette para decirle:
–Tengo que colgar. Hablaré contigo cuando tu madre haya decidido lo que quiere y tenga el presupuesto preparado. Adiós, Adrien.
–Buenas noches, cariño. Que duermas bien.
Y colgó antes de que ella, atónita, tuviera tiempo de responderle. « ¿Cariño?». ¡Y además le deseaba que durmiera bien! ¿Qué había sido de sus condiciones? Frenética, volvió a la cocina a por más café, que necesitaba para calmarse. Era cierto que no había especificado «nada de expresiones tiernas», pero era algo implícito.
Cuando intentó ponerse a trabajar de nuevo había perdido la concentración.
Acabó por tomarse una aspirina para el dolor de cabeza que sentía desde hacía una hora y se acostó. Se pasó media noche dando vueltas y la otra media soñando con Adrien.
No obstante, cuando se despertó el lunes, había recobrado su férrea determinación. Al sentarse a desayunar decidió que seguiría con el proceso de divorcio por encima de todo. Nada se lo impediría. Nada. Era la única forma en que podría recuperar un poco de paz.
Hola mis lectrox doble nuevo capítulo espero que les guste, y comenten es un gusto leerlos.
Como vemos Mari se volvió a reencontrar con su suegra, y salió bien esoparece veremos que sucede al trascurso de los demás capítulo, espero que me cuenten que parte les va gustando, de esta adaptación.
Hasta la próxima KITIIS.
