Disclaimer: Este fic esta inspirado en el manga titulado GetBackers, escrito por Yuya Aoki e ilustrado por Rando Ayamine.
Ver a Ban preocupado era algo a lo que Ginji no se acostumbraba. Eran pocas las veces en las que el muchacho de cabello castaño se aislaba involuntariamente del mundo, perdiéndose entre los pensamientos de su mente de genio. Y tras años de estar junto a él, de trabajar, de pasar hambre y de luchar, sabía de sobra que cualquier cosa capaz de perturbarlo de semejante manera poco, o nada, tenía que ver con el trabajo. Parecía más probable que fuese obra de la nota que habían encontrado enganchada al limpiaparabrisas.
Al principio pensaron que se trataba sólo de una multa más, de otra sanción por mal aparcamiento, pero cuando Ban lo abrió Ginji se llevó una grata sorpresa. En él no había letras impresas, no era ningún tipo de mensaje tan solo el dibujo de una serpiente emplumada. Y el rubio sonrió y comentó la suerte que habían tenido de que esta vez la policía no se la hubiese jugado. Pero Ban no respondió, frunció el ceño casi asustado.
- Ban-chan. - Le llamo un poco más fuerte de lo necesario. - Estás raro.
- No es nada Ginji. - Dijo sin mirarle a la cara, concentrándose únicamente en el acto de aspirar el humo del tabaco que exhalaba.
- Ban-Chan, estás fumando en el coche. - Y eso sí que consiguió despertarle ligeramente del trance en el que se había sumido. - Y tú nunca fumas aquí dentro. Dices que luego los asientos apestan y que se pueden quemar.
- Si es cierto, lo siento. - Se disculpó apagando el cigarrillo.
- ¿Puedo ayudar? - Y el castaño le observó agradecido, revolviéndole el cabello con la mano.
- No Ginji. Esto es algo que tarde o temprano debía pasar. No se puede huir siempre del destino.
- ¿Destino? - Preguntó el rubio. - Es posible, pero nosotros somos recuperadores Ban-chan, si quieres puedo recuperar tu destino. - Su inocente sonrisa iluminó el auto y Ban le abrazó tan fuerte como en aquellas ocasiones en las que había estado a punto de perderle en batalla.
- Pues ahora que lo dices. - Y sus ojos brillaron suplicantes al ocurrírsele una descabellada idea. - Si Ginji, creo que sí que puedes hacer algo. No te lo puedo explicar, pero necesito que me hagas un favor. Y que no me odies por ello.
- ¿Odiarte? - Pensó confundido. Pero al ver la desesperación con la que su compañero se aferraba a él, no lo dudo. Sacudió la cabeza y despejó sus dudas antes de añadir con una gran sonrisa. - Claro que te ayudaré Ban-chan.
- Pues llama a Shido y a Himiko y diles que les necesitamos. - Su sonrisa se agrandó y Ginji estuvo seguro de que algo muy grave debía estar pasando para que Ban no insultase a su amigo.
El antiguo emperador de la ciudad baja de la fortaleza infinita no entendió lo que pasó ese día. Pero al salir de aquel edificio Ban parecía mucho más tranquilo que en los días anteriores, Himiko estaba sorprendida y Shido solo quería que le borrasen la memoria. Sólo él, que fue el verdadero afectado, parecía ajeno al gran problema que les venía de frente.
Tres días después en el Honky Tonk, fue cuando empezó a vislumbrar todo aquello de lo que el otro no quiso hablarle.
Fue una mujer mayor, de piel pálida y arrugada, con un elegante vestido de color verde quien llegó para revelar la verdad. Con su gesto altivo y ojos azules eléctricos le hizo estremecerse ante su sola presencia. Alguien que a simple vista le parecía tan frágil tenía una sed de sangre que le recordaba la que poseía su compañero el día en que se conocieron.
Paul les saludo como siempre y les sirvió un café anunciándoles que tenían una clienta que había preguntado por ellos. Pero Ban no desvió la vista de la anciana. Simplemente se quitó las gafas de sol y las guardó en el bolsillo de la camisa. Algo atípico en él. A menudo sus penetrantes ojos asustaban a las personas con quien se cruzaba, y por ello prefería dejarse las gafas de cristales lilas colocadas.
Sin embargo, la mujer no se vio sorprendida por ellos. A decir verdad, sonrió con petulancia y le sostuvo la mirada. Ginji tomó la delantera y se sentó junto a la pared dejándole al otro la salida fácil en caso de que hubiese problemas. Él no era muy listo, nunca había destacado por su ingenio, pero si por su empatía y ésta le advertía de que había un gran peligro esperándolos en aquella entrevista.
- Llegas tarde vieja bruja. - Pronunció en moreno con rabia y la mujer ensanchó su sonrisa.
- Maldito e inútil criajo maleducado. ¿Crees que puedes engañar al destino?
- No, no se le puede engañar. Pero él lo recuperó para mí. - Dijo mirando a su compañero.
- Ni eso sabes hacerlo bien. Tu única obligación en esta vida era…
- Mi única obligación en esta vida, es vivirla. No te equivoques y creas que tienes algún derecho sobre mí. Yo no te debo nada, y lo único que te pedí nunca estuviste dispuesta a dármelo. Así que dime, vieja bruja, ¿por qué debería importarme algo de lo que vengas a decirme?
Ginji lo miró sorprendido por aquel ataque de ferocidad. Ban no era así, generalmente la gente malinterpretaba sus acciones y sus palabras por la manera tan arrogante de expresarse, pero en aquella ocasión, la clienta tendría razón de sobra para marcharse de allí. Pero no lo haría, no se iría porque había algo entre ellos que les unía. Esos profundos y tristes ojos azules que emanaban una electricidad temible. Unos ojos idénticos, unos ojos que les identificaban como familia.
- Ban-chan, ¿quién es esta mujer?
- Ban-chan. Qué apodo tan ridículo. ¿Dónde quedó el gran Ban Midou? El más fuerte del mundo el poseedor del grandioso ojo demoníaco, el…
- Pregúntale a María. - Cortó de golpe.
- Niño desagradecido. - Dijo apretando la mano derecha.
- Maldita…
- Basta Ban, por favor. - Suplico Ginji mirándole con pena. Y el otro chistó molesto. - Yo soy Ginji Amano, el compañero de Ban. - Dijo mostrando una gran sonrisa.
- ¿Compañero? Sí, supongo que ahora se puede llamar así.
- Si nos dice cuál es su problema, nosotros podríamos…
- No es una clienta Ginji. Es mi abuela.
La mujer hizo una mueca de asco y Ban encendió un cigarrillo sin prestar demasiada atención, mientras Ginji le miraba sin poder entender lo que ocurría allí.
- ¿Tu abuela? - Preguntó desconcertado. - Oh, es un placer conocerla Oba-san. - Dijo agachando la cabeza a modo de saludo.
- Ni te molestes, no la gustas. Yo te he elegido así que por asociación eres parte de mí. Y yo nunca la he gustado.
- Ban-chan no digas esas cosas, es tu abuela. Y a las abuelas les gustan sus nietos. Tienen fotos de ellos en las casas y hacen pastas cuando vas a verlas y…
- Vaya, ¿tú no tienes familia, ¿verdad? - Preguntó la mujer con ironía.
- Bueno…. - Se rascó la cabeza con cierta vergüenza. - Tengo a Teshimine, a mis amigos, y por supuesto, a Ban. - Y giró el rostro para sonreírle.
- Ahora en mi mano derecha, hasta que este maldito destino termine, se encuentra Ascelopio portador de la serpiente.
- ¡Abuela no! - Grito Ban mientras lanzaba la mesa a un lado para intentar interceptar el ataque, pero no era Ginji contra quien iba dirigido éste, si no para él. Antes de que su garganta quedase prensada entre los colmillos de la serpiente que su familiar albergaba en la mano, el rubio atacó.
Fue puro instinto, al sentir la amenaza contra su compañero, Ginji le golpeó para que cayese al suelo, fuera del asiento, y él se protegió a su vez contra la pared. La mano temblorosa de la anciana destrozó en segundos la madera donde Ban había tenido la espalda apoyada.
- Vaya, vaya. - Rio. - Siempre eres tan descuidado cuando te preocupas por otros, que bajas la guardia y te conviertes en un ratoncito indefenso.
- Perdona Ban. - La voz de Ginji se escuchó unos segundos antes de que los ojos de la mujer brillasen.
- ¡No la mires! - Grito, pero ya era tarde. Los ojos del rubio se movían hacia todas direcciones en milésimas de segundo. - No, no, no. ¡Liberalo!
- No. - Se burló. - Es increíble la cantidad de cosas que ha vivido, podría ser torturado durante años solo haciéndole recordar lo vivido. - Y una sonrisa se dibujó en su rostro.
- ¡Basta! - Suplicó. - Lo haré, haré todo lo que quieras, pero no le involucres. El no tiene nada que ver contigo. Golpéame si quieres, castigame, pero déjale al margen de esto.
- Vaya, oba-san también posee el Jaggan. - La voz de Ginji sorprendió a los presentes.
- ¿Estás bien? - Preguntó con la voz entrecortada el moreno.
- ¿La verdad? - Negó con la cabeza mientras se secaba una lágrima. - No mucho. No me gusta recordar lo que fui.
- Increíble. - Fue lo único que pudo murmurar la mujer.
- Vete. - La serpiente comenzó a enroscarse en su brazo y Midou la miró con odio asesino. - Vete, antes de que olvide quién eres y te mate.
- Mi niño tonto. Tú no tienes ni la fuerza, ni el poder para hacer eso. Tu…
- Ahora lo entiendo. - Sonrió Ginji emocionado. Y al oírle, Ban bajó ligeramente las ganas de matar. - Usted ya lo sabía, por eso ha venido aquí, quería conocerme. - Y Ban contuvo un suspiro mientras la anciana se carcajeaba.
- Por Ascelopios, ahora entiendo lo que has visto en él. Resultas adorable. - Y giró el rostro para encarar a su nieto. - Tan sólo un minuto, ¿has tenido dulces sueños?
Ban parpadeo varias veces en la puerta del Honky Tonk hasta que pudo centrarse. Maria Noches se encontraba sentada en una mesa al lado de una mujer anciana y Ginji estaba charlando animadamente frente a ellas. Fue cuando sus miradas se cruzaron que el rubio le hizo un gesto con la mano para que se uniera. Con paso lento el castaño se unió a ellos, quitándose las gafas de sol y dejándolas sobre la mesa.
- Tienes una manera poco convencional de darle la bienvenida a alguien, abuela. - Escupió con disgusto y ella se encogió de hombros.
- Tú también tienes una manera poco convencional de responder a una invitación.
- Una invitación mis coj…
¡Ban-chan! - Le reprendió Ginji. - Sabes que no me gusta que digas palabrotas.
- Si, si, lo sé. Perdona. - Le tomó de la cabeza y lo atrajo hasta él para poder dejarle un beso en la frente.
- Así que va en serio. - La mujer dio un sorbo a su taza de té. - Me alegra. Si fuese una mujer sería mejor pero, en fin, si es lo que deseas, habrá que conformarse.
- ¿Así?, ¿tan fácil? ¿No vas a decirme que es mi obligación hacer que el clan continúe? ¿Qué debemos salvar nuestra herencia sobre todas las cosas? - Una carcajada retumbó en las paredes del bar.
Obligue a tus padres a casarse, quería que nuestro clan volviese a ser fuerte, a ser grande. No quería ser la última de mi estirpe, y así naciste tú. - Ban apretó los puños, enfadado. - He vivido lo suficiente para poder arrepentirme de los errores que he cometido, aprender de ellos y jurarme que no lo volvería a hacer. No Ban, mi pequeño niño genio, esta vez solo voy a alegrarme por ti.
- Discúlpame por no creerte.
- Oba-san - La llamó Ginji con dulzura. - Ya no te queda tiempo, ¿verdad? - Y ella sonrió con ternura.
- No. Debería haber sido hace tres meses, pero la magia es una bendición y una maldición. Es muy posible que Ban siga aquí cuando todos nos hayamos ido, por la magia que corre por su sangre. Igual que me ocurrió a mí. Pero eso es otra historia, hablemos de cosas más alegres. ¿Vendréis a casa a cenar? ¿Dejarás que le enseñe el lugar donde creíste?
- Síiiiiii. - Se adelantó el rubio. - Me encantaría conocer el sitio donde Ban-chan creció, seguro que será magnífico.
- Es una cárcel. - Dijo el moreno encendiendo un cigarrillo. - Él es un tonto inocente, pero tú y yo nos conocemos lo suficiente para saber que es otro de tus juegos.
- Ban. - Maria habló por primera vez. - Tu abuela me ha entregado su libro de hechizos. Se acabó el tiempo, ¿no sería mejor aprovecharlo para unir lo que una vez se rompió? - Sólo el humo del tabaco llenó el espacio entre ellos.
- Nunca se rompió nada, simplemente no existió. Me insultabas cada día mientras viví bajo tu techo, me golpeabas, me hiciste creer que era un monstruo. Permitiste que los chamanes me llevasen para comprobar si era digno de tu herencia maldita y me enviaste con María el día que te gane. No, no creo que porque vayas a morir, de una vez por todas, tengamos que darnos la mano y fingir que hemos sido una familia alguna vez. Nos vamos Ginji.
Se levantó con la rabia abrasándole las venas y se dirigió a la puerta sin comprobar si el otro le seguía. El muchacho rubio se levantó como una exaltación y corrió tras él. Gritando una disculpa.
- Te ha pillado. - Rio María.
- Cierto, pero vendrá. Ese jovencito le traerá. Y veremos si hay futuro en ese amor cuando vuelva a verla.
- Ban tiene motivos de sobra para odiarte. Por un momento, yo también creí que solo querías disfrutar del tiempo que perdiste junto a él.
- María, aunque no lo creas quiero a mi nieto. Y por mucho que él crea que todo lo que hice fue para causarle dolor, todo fue para prepararle para lo que estaba escrito en su futuro. Y créeme aún le quedan enemigos a los que ni yo podría ganar, en mis mejores momentos. Necesita aliados y un buen matrimonio se los proporcionaría. Pero es tan cabezota como…
- Como tú. Es igual a ti. Prepotente, inteligente y con un gran corazón.
- Si, y mira lo que perdí. - Su mano se dirigió al cuello y acarició una pequeña cruz de oro. - Lo ama María, y eso es un error. Solo los dioses saben lo que ocurrirá si lo pierde por culpa de su destino. Se volverá loco.
- ¿Y si no lo hace? Y si es el otro quien le ayuda a superar aquellos retos para los que tú no encontraste solución. Lo has visto, es un tontorrón, pero tu nieto, el gran genio de la lucha ha caído en el Jaggan nada más entrar por la puerta y el otro en cambio no.
- Ban lleva demasiado tiempo sin enfrentarse a alguien como él por eso…
- Por eso le necesita. Porque Ginji tiene que asegurarse cada día de que Ban no use por error el ojo demoníaco sobre su persona. Estarán bien juntos. Confía en ellos.
- Solo espero que tengas razón.
Dijo mirando la espalda del último hombre que salió del bar, la del joven rubio que quizás fuese la respuesta a sus plegarias.
- Si, quizás tengas razón. Pero si algo sale mal, te necesitará a su lado.
- Y allí me encontrará, como siempre lo ha hecho. Te lo juro por mi sangre. - La anciana asintió conforme.
- Sabes que, creo que tienes razón. No son aliados lo que necesita, si no alguien que le aguante las tonterías. Si, creo que otra vez has vuelto a acertar. – Y con una sonrisa pícara añadió. - Voy a hacerme amiga del rubito, eso sí que le sacará de sus casillas
María miró a la mujer reír a carcajadas. Definitivamente era una bruja a la que le encantaba encontrar medios para atormentar a su pobre nieto, pero algo de razón había en aquella historia. La sangre de Van estaba manchada con el poder de los grandes linajes de la magia y los enemigos más peligrosos aún se escondían bajo las sombras. Su abuela le había enseñado bien, pero lo que a ella la había debilitado a él le reforzaría, después de todo su gran amor no era un pobre e inocente muchacho, era aquel que una vez había gobernado los bajos fondos de la fortaleza infinita, era el emperador relámpago y aquel que osase intentar destruir su felicidad sería borrado de la faz de la tierra.
Y tomando un sorbo de su bebida se dio cuenta de lo interesantes que iban a resultar los siguientes años. Lástima que la vieja bruja no tuviese más tiempo para atormentar a Ban, aunque ella le ayudaría, seguro que no sería muy difícil encontrar los álbumes de fotos de cuando era un pequeño y adorable bebé.
