UNA ÚLTIMA NOCHE


DISCLAIMER: Esta historia, no me pertenece es una adaptación, de una de otras de mis escritoras favoritas, si el libro les llega a su país cómprelo vale oro.


Helen Brooks © Una última noche

Miraculous Ladybug © Thomas Astruc

Adaptación © Fandom MLB


NUEVO CAPITULO.


Capítulo 5

A diferencia de lo que Marinette había esperado tras hablar con Adrien el día en que fue a ver a su madre, este no volvió a ponerse en contacto con ella en las cuatro semanas siguientes. Ella fue a ver a Emilie dos veces para especificar los detalles. Ambas quedaron satisfechas.

En su segunda visita, Kim la acompañó. Marinette lo había puesto al corriente de las circunstancias, pero, como era propio de él, se lo tomó con calma, como si fuera lo más natural del mundo que una mujer en proceso de divorcio fuera contratada por su suegra para un trabajo de envergadura.

Marinette notó que Emilie se quedaba un poco sorprendida al conocer a

Kim. Para evitar que su suegra creyera lo que no era, se la llevó aparte mientras Kim tomaba medidas y le aclaró que la relación entre su ayudante y ella era estrictamente laboral.

Por supuesto –dijo Emilie con voz dulce, como si no se le hubiera ocurrido otra cosa. Pero Marinette notó que su sonrisa era más cálida cuando volvió a hablar con Kim. Este, por su parte, se comportó como siempre y, al acabar la tarde, se había ganado a la anciana por completo, lo cual era un buen presagio.

La noche antes de empezar a trabajar en el jardín de Emilie, Marinette no durmió bien. El verano se prolongaba y, a pesar de estar en septiembre, hacía demasiado calor. El suelo estaba reseco, lo cual, aunque era preferible a trabajar con lluvia y barro, no era lo ideal. Pero no era el comienzo inminente lo que impedía a Marinette dormir e hizo que a las cuatro de la mañana bajara a preparar café y a tomárselo en el porche, sino Adrien.

Desde la noche en que habían dormido juntos no había dejado de pensar en él ni un solo minuto. Y seguía sin tener noticias suyas. Ni una palabra. Ni una llamada telefónica. Nada.

Había presentado a Emilie, porque esta se lo había pedido, un presupuesto muy económico y había enviado otro más realista al despacho de

Adrien pensando que eso acentuaría la naturaleza comercial del asunto. Su secretaria había llamado al día siguiente para decirle que el señor Agreste estaba de acuerdo con el precio y que le devolvería el presupuesto firmado por correo.

Era evidente que Adrien había decidido seguir con su vida. La ridícula situación en la que ella casi le había suplicado que le hiciera el amor para huir a la mañana siguiente había sido excesiva. No le culpaba por ello. Pero si consideraba que había hecho lo que debía, ¿por qué se sentía como si le hubieran arrancado el corazón?

Lanzó un profundo suspiro. Tenía que controlarse. El sueño del final feliz se había hecho añicos meses atrás. Entonces, ¿por qué seguía removiendo el pasado? Adrien no había entendido que ella no se parecía a nadie y que no era culpa de él haberse casado con una mujer gafe. Pero no volvería a intimar con nadie: así no la harían sufrir ni ella haría sufrir a otra persona.

Terminó de tomarse el café. Se dijo que las cosas tenían que mejorar y que no podía pasarse el resto de la vida sintiéndose así. La pena y los remordimientos por Matthew la acompañarían toda la vida. Era algo que había aceptado. Si no había podido hacer nada por el pequeño, al menos lo lloraría y no lo olvidaría mientras viviera. Pero el sentimiento de pérdida por Adrien era distinto y más complicado.

«Deja de analizar las cosas» se dijo. Cerró los ojos mientras los primeros rayos de sol le iluminaban la cara. Se sentía agotada física, mental y emocionalmente, pero tenía que continuar. Había gente en peores situaciones que la suya, con una enfermedad terminal o con graves problemas de salud. Al menos, ella era joven y fuerte.

Se levantó y entró. Subió a ducharse y a cambiarse, y a las siete ya estaba en el coche. Después de recoger a Kim, se dirigieron a casa de Emilie, adonde llegaron a las ocho pasadas.

Lo primero que vio Marinette fue el coche de Adrien aparcado en la entrada.

Se le hizo un nudo en el estómago. Kim bajó del vehículo, se estiró y comenzó a descargar el equipo. Cuando ella fue a ayudarlo ya había recuperado el control de sí misma, y estaba furiosa.

Adrien le había prometido mantenerse a distancia, y estaba segura de que sabía que empezaría a trabajar ese día. Era injusto. Oyó que se abría la puerta principal y un sexto sentido le indicó que Adrien estaba allí, pero no lo miró y siguió ayudando a Kim hasta que acabaron. Para entonces, Adrien se les había acercado.

Buenos días –dijo. Al mirarlo, Marinette observó que sus ojos eran fríos y no sonreía. Su furia aumentó. ¿Cómo la miraba así cuando ni siquiera debiera estar allí?

Buenos días, Adrien. ¿Te has olvidado de que hoy empiezo a trabajar?

No, no me he olvidado –respondió él mientras le tendía la mano a Kim–.

Adrien Agretes, el esposo de Marinette. Supongo que eres Kim.

Este le estrechó la mano con precaución y a ella no le extrañó, ya que

Adrien no trataba de parecer simpático.

Kim masculló un saludo y dijo que iba a llevar el equipo a la parte trasera de la casa.

Me habías dicho que tu ayudante era un chaval que acababa de terminar los estudios –dijo él en tono acusador–. Y es todo un hombre de ¿qué edad? ¿Veinticuatro, veinticinco?

¿Cómo? – ¿por qué le hablaba de Kim cuando sabía perfectamente que no debiera estar allí?

Y parece que ya conoce el camino –añadió Adrien.

Kim estuvo recorriendo el mundo con la mochila al hombro durante tres o cuatro años después de acabar la universidad, y nunca te he dicho que fuera un chaval –lo fulminó con la mirada–. Además, no es asunto tuyo. ¿Y por qué estás aquí?

Entonces tengo razón en lo de su edad.

¿A qué venía aquella obsesión con la edad de su ayudante?

Tiene veintiséis. Y vuelvo a preguntarte que por qué estás aquí.

Porque mi madre me ha llamado creyendo que había un pájaro en la chimenea. Y antes de que me lo preguntes, no lo había.

A Emilie le horrorizaba la posibilidad de encender la chimenea y quemar vivo a un pájaro, aunque Adrien le había dicho mil veces que era imposible debido a la malla de acero que habían colocado al final de la chimenea.

Ah –Marinette se sintió culpable de sus sospechas y un poco enfadada, aunque no lo reconociera, porque la presencia de él no se debiera al deseo de verla.

Y Kim, ¿está casado? ¿Tiene novia?

Marinette se dio cuenta de que estaba celoso y lo miró asombrada. No pensaría que...

No sabía si tomarse como un cumplido o como un insulto el hecho de que pensara que un joven guapo y viril como Kim pudiera fijarse en una mujer casada, dos años mayor que él. Se inclinó por la segunda opción.

La vida de Kim no es asunto suyo. Solo trabaja para mí, Adrien. ¿Entendido?

Adrien no pareció muy convencido.

Le gustan las morenas esculturales que juegan al tenis y hacen deporte y que se pasan la noche bailando en la discoteca para después salir a navegar tras haber desayunado –prosiguió ella con firmeza–. Pero incluso si fuera mi tipo y yo el suyo, no sucedería nada. Soy su jefa y él es mi empleado. Y punto.

Vio que Adrien suspiraba. No era el momento adecuado, pero sintió tanto amor por él que se le cortó el aliento. Bajó los ojos para impedir que él se los mirara. Él no se había afeitado antes de salir, lo cual multiplicaba su rostro atractivo.

Adrien le contestó en voz baja e intensa.

Ahora debería decirte que lo siento y que no tengo derecho a hacerte preguntas. Pero no lo siento y tengo todo el derecho del mundo a preguntarte.

Eres mi esposa.

Ella alzó la vista.

Se ha acabado, Adrien.

Nunca se acabará –le espetó él–. No estamos unidos por un papel, Marinette, ni por un sacerdote ni por los anillos. Eres mía en cuerpo y alma. Te quiero, y sé que tú me quieres.

La observó mientras hablaba, pero ella había activado todas sus defensas y no pudo distinguir nada en su expresión.

Las cosas no pueden ser como antes –dijo ella resueltamente.

No. Tuvimos un hijo y murió. Siempre formará parte de nosotros, pero tienes que dejar de castigarte por algo de lo que no tienes la culpa.

¿Qué?

Es lo que estás haciendo, lo reconozcas o no. Y también me estás castigando a mí –se sintió cruel al enfrentarse a ella de aquel modo. Pero tenía que hacerlo si no quería perderla.

No entiendes nada.

Él se dijo que tenía que calmarse. ¿Cómo le decía eso cuando lo único que había hecho desde la muerte de Hugo había sido tratar de entenderla?

¿Te has parado a pensar que no se trata solo de ti? –Oyó que el maldito ayudante volvía silbando y tuvo ganas de darle un puñetazo en la nariz–. Yo también quería a Hugo.

Pero no fuiste la causa de su muerte.

Ni tú tampoco –no había querido gritar. Al salir de la casa se había dicho que se comportaría de forma pacífica y racional. Al menos, el silbido había cesado.

Ella se dio la vuelta apretando los labios.

Tengo trabajo –miró a Kim, que se había quedado a una distancia prudencial–. Kim, ven a ayudarme con lo que queda.

Como sabía que, si no se marchaba rápidamente, diría o haría algo de lo que más tarde iba a arrepentirse, Adrien volvió a la casa sin decir nada más. Su madre lo esperaba en el vestíbulo, con la puerta abierta.

Te he oído gritar –le dijo ella en un tono levemente acusador.

Adrien quería a su madre. Era resuelta y generosa, y conservaba el antiguo encanto y dignidad de su generación. Por eso se tragó los juramentos.

Si no lo hubiese hecho, la hubiera estrangulado.

Emilie lo miró con los ojos como platos. Abrió la boca para decir algo, pero se lo pensó mejor.

Me voy –dijo él. La besó en la frente–. Te llamaré después.

Cuando salió, no vio a Marinette ni a Kim, aunque oyó sus voces al otro lado de la valla de piedra que separaba la casa del jardín.

Decidió que no merecía la pena despedirse. Se montó en el Aston Martin y salió disparado.

Las cosas no habían salido como había pretendido. No esperaba que el ayudante de Marinette fuera una versión joven de George Clooney ni que Marinette se pusiera tan... No encontró la palabra que describiera su mezcla de fría superioridad y cautela.

Cuando llegó a su casa se puso a deambular por ella como un animal enjaulado, en vez de ducharse y cambiarse para ir al despacho. Por todas partes había cosas que le recordaban a Marinette. Y a él le encantaba su gusto; de hecho, le encantaba todo de ella, aunque había habido momentos después de que ella lo dejara en que el dolor le resultaba tan insoportable que deseó no haberla conocido.

Creyó que pasase lo que pasase, él podría cuidarla y protegerla y que harían frente junto a los problemas. Pero se equivocó. Y le había costado su matrimonio.

Fue a la cocina y se sentó a la mesa. Y allí seguía, sumido en negros pensamientos, cuando llegó Natalie, a las diez pasadas.

¿Qué hace aquí a esta hora, señor Agreste? ¿Está enfermo?

Adrien miró a la mujer que, además de cocinar y limpiar para él, era su amiga y confidente. Llevaba diez años a su servicio. Era una mujer muy maternal, y él la consideraba la hermana mayor que no había tenido. Y sabía que ella lo trataba como a un hijo y lo regañaba si la situación lo requería. A Natalie podía contárselo todo, lo cual no sucedía con su madre. Y no porque no fuera a comprenderlo y a aconsejarle, sino porque, desde la muerte de su padre, había decidido ahorrarle problemas y preocupaciones.

He visto a Marinette esta mañana. Y no hemos tenido una conversación amistosa.

Vaya –Ntalie encendió la cafetera–. ¿Ha desayunado?

Él negó con la cabeza.

Después de hacerlo, se sintió un poco mejor. Natalie le sirvió otra taza de café y se sirvió una para ella. Tras sentarse frente a él, le preguntó: – ¿Qué ha pasado?

Él se lo contó.

¿Así que cree que la señora Agreste tiene una aventura con su ayudante?

Adrien se enderezó en la silla como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

¡Claro que no!

Pero, de todos modos, va a renunciar a luchar por ella.

¡Claro que no! –repitió él, enojado–. Sabes que no lo haría.

Entonces, ¿por qué está aquí sentado, tan alicaído? –Natalie lo miró con severidad.

Él captó el mensaje y sonrió dócilmente.

Vale.

Cuando ella se fue le dije que tendría que ser paciente y persistente. El estado en que ella se encontraba antes de que llegara la ambulancia día no se correspondía con la desesperación normal en esas circunstancias. La señora

Agreste cree de verdad que trae mala suerte a sus seres queridos.

Natalie se lo había dicho antes, pero él no le había hecho mucho caso.

Pero eso es una tontería.

Para usted y para mí, sí. Pero para la señora Agreste...

¡Por Dios! Es una mujer inteligente y cultivada. No creo que...

Es una joven esposa que ha perdido a su primer hijo en un accidente del que se siente responsable. Añada eso a lo que acabo de decirle, además de al hecho de haber perdido a sus padres, a su abuela y a su mejor amiga. Tuvo una infancia desgraciada y se acostumbró a guardarse sus sentimientos. No habla de ellos de forma espontánea, ni siquiera con usted. Y perdone, pero usted es un hombre y, por su sexo, se basa en la lógica y el sentido común.

Adrien se miró el anillo de casado.

A ver si lo he entendido. ¿Lo que quieres decir es que cree que si se queda conmigo me ocurrirá algo malo?

La señora Agreste probablemente no sepa expresarlo en palabras, pero creo que es así. Y también se está autocastigando porque no concibe ser feliz después de lo que ha hecho. Es totalmente comprensible.

Adrien la miró fijamente.

Es horrible.

En efecto. Así que debe salvarla de sí misma.

¿Cómo?

Natalie se levantó y comenzó a recoger la mesa.

No lo sé, pero hallará la manera, ya que la quiere.

Creía que tenías respuestas para todo.

Ella le quiere mucho, eso es lo que debe recordar. Es su talón de Aquiles.

¿De veras crees que me sigue queriendo?

Natalie le sonrió. A pesar de lo grande y duro que era, en el fondo, el señor Agreste era vulnerable, y eso le gustaba de él. Otros hombres con su riqueza y dones se creerían dioses ante las mujeres. Pero él no. Ella sabía que era despiadado cuando hacía falta; si no, no hubiera llegado a donde estaba.

Por supuesto que lo quiere, como usted a ella. Y el amor siempre halla su camino. Recuérdelo cuando se sienta como esta mañana. ¿De acuerdo?

Adrien se levantó y la miró con afecto.

Eres un sol, Natalie. ¿Qué haría yo sin ti?

Eso es lo que dice mi marido cuando vuelve del bar con una copa de más –contestó ella con sequedad–. Normalmente después de haberme quitado dinero del monedero.

Eres demasiado buena para él, y lo sabes.

Natalie le sonrió y Adrien salió de la cocina.

Ella se dijo que, pasara lo que pasara, los señores Agreste formaban una pareja perfecta. Siempre lo había creído. Esperaba que pudieran solucionar sus problemas. A pesar de las palabras de aliento que le había dirigido al señor Agreste, le preocupaba que la señora no volviera a casa. Tendría que producirse casi un milagro.


Hola mis lectrox un nuevo capítulo, espero que les guste me reí mucho asiendo este capítulo, de esta adaptación.

Como vemos, a un Adrien celoso, y todavía de Kim no sé si reír o llorar, pero bueno espero que les guste comente y me digan sus partes. Favoritas hasta la próxima.

KITTIS.