UNA ÚLTIMA NOCHE
DISCLAIMER: Esta historia, no me pertenece es una adaptación, de una de otras de mis escritoras favoritas, si el libro les llega a su país cómprelo vale oro.
Helen Brooks © Una última noche
Miraculous Ladybug © Thomas Astruc
Adaptación © Fandom MLB
Capítulo 6
Estaban a mediados de noviembre, de un noviembre benigno sin grandes heladas ni temperaturas gélidas que dificultaran trabajar en el exterior. Pero Marinette no pensaba en el tiempo mientras salía de la consulta del médico.
Se montó en la camioneta, pero no arrancó.
Llevaba sin ver a Adrien desde el día que comenzó a trabajar para Emilie, aunque él la había llamado varias veces para preguntarle por el jardín de su madre. Y ella le había telefoneado a su casa dos noches antes al saber, por su abogado, que Adrien no le había devuelto firmados ciertos documentos relacionados con el divorcio.
Se recostó en el asiento y cerró los ojos. Adrien se había disculpado por el retraso y lo había atribuido a su exceso de trabajo. Pero lo que a ella le irritó sobremanera fue la voz de una mujer que se oía al fondo. No le preguntó con quién estaba, no tenía derecho a hacerlo después de haberlo abandonado, pero pensar que hubiera otra mujer en su casa le había dolido mucho.
«Eres una estúpida», se dijo. Abrió los ojos e inspiró profundamente. Adrien era libre de ver a quien quisiera. De todos modos, esa noche no pudo dormir. A la mañana siguiente se sentía mal y se desmayó mientras trabajaban. Kim se llevó un susto de muerte.
Pobre Kim. Si no se hallara tan sorprendida y perpleja por lo que el médico le había dicho, hubiera sonreído. Kim estaba muy preocupado. Le había dicho que llevaba semanas encontrándose mal y que qué pasaría si se volvía a desmayar mientras conducía o utilizaba alguna pieza del equipo con el que trabajaban. Al final, para tranquilizarlo, le prometió que iría al médico.
Había entrado en la consulta del doctor Max diciéndole que tenía estrés, que todos los síntomas se debían a eso y que se pondría bien si le recetaba unas pastillas. Él le recordó que el médico era él y que preferí examinarla a fondo.
Con manos temblorosas, Marinette encendió el motor. Debía volver al trabajo y aprovechar que el tiempo seguía siendo bueno. Pero temblaba tanto que no podía conducir. Se acurrucó en el asiento mientras la realidad se abría paso en su mente aturdida.
Esperaba un hijo. Un hijo de Adrien.
Aquella noche de agosto había tenido repercusiones inimaginables. Era ridículo que no hubiera sospechado algo al no bajarle la regla, al sentirse cansada y mareada y tener náuseas, y que lo hubiera atribuido al estrés. Tal vez se hubiera cerrado en banda a la posibilidad de estar embarazada, peo no había error posible.
Estaba embarazada de trece semanas.
Durante el embarazo de Hugo se había desmayado un par de veces.
Hugo...
Se echó a llorar.
–Lo siento, hijo mío –murmuró–. No era mi intención que sucediera aquello. Te quiero. Siempre te querré. Lo sabes, ¿verdad?
No sabía el tiempo que llevaba allí. Se recuperó cuando la puerta del conductor se abrió bruscamente y Adrien se agachó a su lado.
– ¿Qué te pasa, Mari? ¿Qué tienes?
Era la única y la última persona a la que ella quisiera ver. Trató desesperadamente de controlarse y balbuceó:
– ¿Qué... qué haces aquí?
Él había cerrado la puerta y se había sentado en el asiento del copiloto. La tomó en sus brazos.
–Mi madre se dio cuenta de que no estabas con Kim y le preguntó dónde estabas. Él le dijo que habías ido al médico y que lo tenías preocupado. ¡Maldita sea, Marinette, soy tu esposo! Soy yo quien debe preocuparse por ti. ¿Qué te pasa?
Ella no había tenido tiempo de pensar en lo que le iba a decir. Pero tenía que contárselo. Tenía derecho a saberlo Era el padre.
¡Por Dios! Aquello no podía estar sucediendo. Sin embargo, a pesar de la confusión en que se hallaba y de creer que le había fallado a Hugo, su instinto maternal había surgido con una fiereza que la abrumaba.
Pensó en todo el trabajo pesado que había realizado en las semanas anteriores y dio gracias por no haber perdido al bebé. Pero estaba asustada, aterrorizada de que algo pudiera pasarle por su causa.
Adrien seguía abrazándola.
–Sea lo que sea lo que te pase, lo superaremos, ¿de acuerdo?
Sus palabras fueron como una inyección de adrenalina para ella. Se separó de él, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y afirmó con valentía:
–Estoy embarazada.
Adrien la oyó pero, durante unos segundos, no asimiló sus palabras. Desde que su madre le había dicho que Marinette estaba en el médico y que llevaba semanas enferma, se había imaginado que tenía una de varias enfermedades terminales posibles.
La última vez que la había visto estaba muy delgada y tenía un aspecto de excesiva fragilidad. Se condenó por no haber hecho nada.
Había conducido como un loco a la consulta, cuya dirección Kim había dado a su madre. Temía que ella ya se hubiera marchado cuando aparcó. Y al ver la camioneta había experimentado un gran alivio, antes de darse cuenta de que
Marinette estaba inclinada hacia el volante con la cara entre las manos. Entonces sintió pánico, un pánico como nunca antes había conocido.
Con una expresión tan atónita como la de ella cuando el médico le había dado la noticia, le preguntó:
– ¿Qué has dicho?
–Espero un hijo. La noche en que viniste a casa en agosto... Fue entonces cuando ocurrió. Estoy embarazada de trece semanas.
–Pero estás tomando la píldora –era una de las cosas sobre la que se habían peleado en los meses posteriores al aborto. Ella había insistido en tomarla para evitar otro embarazo. Él había tenido paciencia al principio, ya que entendía que su cuerpo y su mente necesitaban tiempo para recuperarse. Pero un día, después de una pelea especialmente dolorosa, ella le había dicho que no quería más hijos. Y esa noche, cuando él volvió, se había ido.
–Después de marcharme, ya no necesitaba seguir tomándola.
Adrien comenzó a entender lo que había sucedido. ¡Estaba embarazada!
Se le iluminó la cara. Pero Marinette trató de apartarse aún más de él y apoyó la espalda en la puerta.
–No –murmuró con voz temerosa–. ¿No te das cuenta de que esto no cambia nada entre nosotros?
– ¿Estás loca? Claro que lo cambia –y al darse cuenta de lo que había dicho, añadió–: ¿No estarás pensando en deshacerte de él?
Muy dolida por que pudiera pensar algo así, sintió que la ira sustituía al pánico.
–Claro que no –le contestó con desdén–. ¿Cómo se te ha ocurrido?
–A ver si lo he entendido. Quieres al bebé, pero no me quieres a mí. ¿Es eso lo que intentas decirme?
Marinette, muy pálida, negó con la cabeza.
–No es eso lo que quiero decir.
–Entonces, ¿qué demonios es? Mira, vamos a tomar un café y lo hablamos.
–No.
Su negativa fue inmediata y volvió a aparecer el miedo. A Adrien le estaba costando trabajo controlarse. Hacía que se sintiera como un monstruo. Era su esposa y se trataba de su hijo. ¿Y ni siquiera quería hablar con él?
Ella lanzó un suspiro.
–Lo siento, Adrien, de verdad. Necesito tiempo para adaptarme a mi nueva situación. Y tengo que volver al trabajo.
–De ninguna manera. Estás embarazada de trece semanas. Piensa en el bebé.
–En todo el mundo, las mujeres trabajan cuando están embarazadas – apuntó ella con una calma que estaba lejos de sentir–. Se lo contaré a Kim y le diré que no puedo levantar peso. Pero tengo que trabajar. Quiero hacerlo.
–No estás bien –insistió él obstinadamente.
–Ahora sé por qué me sentía mal. No me saltaré ninguna comida, pero la vida sigue. Te llamaré esta noche, te lo prometo.
–No me basta. Quiero que nos sentemos a hablar de esto tranquilamente. Es mi hijo, Mari. Te invito a cenar esta noche. Estate preparada a las ocho.
Ella no quería salir a cenar con él. En primer lugar, porque las náuseas matinales se habían convertido en vespertinas; en segundo, porque le resultaba dolorosa su presencia, ya que le recordaba lo que había perdido.
–No creo que...
No pudo seguir hablando porque Adrien la besó.
La pilló por sorpresa y, cuando pudo darse cuenta, estaba temblando por la dulzura de sus labios. Él se había inclinado sobre ella sosteniéndose con una mano, puso la otra en su seno e, inmediatamente, le introdujo la lengua y la obligó a abrir la boca.
A pesar de sí misma, no opuso resistencia mientras él le exploraba la boca con lentitud y voluptuosidad. Siempre había bastado con que la tocara para que se derritiera de deseo. La atracción que sentía por él la consumía; por eso había intentado distanciarse después de la pérdida de Hugo. Pero él había vuelto a su vida, con desastrosas consecuencias.
No, no podía pensar que su hijo fuera un desastre.
Con la guardia baja y sin defensas, Marinette le devolvió el beso, al igual que en aquella fatídica noche de agosto. La boca masculina era como una droga de la que no podía prescindir.
Al oír que se acercaba un coche, Adrien separó su boca de la de Marinette y se sentó.
Marinette pensó, avergonzada, que ella no hubiera mostrado semejante contención, Y ese era el problema.
Adrien había sido el punto flaco de la armadura que llevaba frente al mundo.
Él había logrado que creyera que vivirían felices, que su amor la protegería de todo. Pero no había podido evitar que perdiera a Hugo.
Adrien tenía que haberse casado con una mujer más joven y sin traumas, que no se pareciera en nada a ella. Fortalecida por esos pensamientos, repitió:
–Tengo que volver al trabajo.
Él no protestó de nuevo.
–De acuerdo, pero explícale la nueva situación a Kim. Recuerda que tengo una espía que me informará si no te portas bien.
Lo había dicho en broma, pero sus palabras fueron como un jarro de agua fría para Melanie.
Emilie... Aquel niño era su nieto. El pánico volvió a apoderarse de ella con mayor intensidad y se sintió como un pez atrapado en una red, sin escapatoria posible.
–Esta noche a las ocho, ¿de acuerdo?
Adrien la estaba mirando y era evidente que no iba a aceptar una negativa por respuesta.
Ella asintió y él le dio un rápido beso.
–Deja de dar la impresión de que una cena con el padre de tu hijo es peor que la muerte –murmuró él en tono sarcástico–. Mi ego ya ha recibido suficientes golpes este mes.
Más tarde, Marinette se preguntó qué la había impulsado a darle aquella respuesta. Tal vez hubiera sido el recuerdo de la voz femenina de fondo cuando habían hablado por teléfono; o quizá el que él hubiera supuesto que el embarazo solucionaría todos sus problemas; o que no entendiera el tormento que padecía desde la muerte de Hugo porque era la responsable de lo sucedido.
–Seguro que habrá muchas manos dispuestas a masajearte el ego –dijo en tono despreocupado.
Vio que la mirada de él se endurecía y lamentó sus irreflexivas palabras.
–Explícate.
Ella se encogió de hombros.
–No hay nada que explicar. He dicho que estoy segura de que habrá una cola de mujeres que estarían encantadas de hacerte compañía.
– ¿Y en qué te basas?
–Sé perfectamente que no tengo derecho a criticarte por ver a otras mujeres. Eres libre de hacer lo que gustes.
– ¿Ah, sí? Y esto –levantó la mano izquierda, en la que llevaba el anillo de casado– ¿no significa nada? Pues resulta que para mí significa mucho.
Su hipocresía no tenía límites.
–Sé que había alguien contigo la otra noche cuando te llamé para hablarte de los papeles del divorcio.
– ¿Cómo? –Él frunció el ceño–. Sí, tienes razón. De hecho, había varias personas a las que había invitado a cenar para celebrar el cumpleaños de mi madre, amigas suyas. No sé lo que oirías, Marinette, pero te aseguro que no había nadie menor de ochenta años.
¡Fantástico! No solo había olvidado el cumpleaños de Emilie, sino que se había mostrado celosa. Reunió la poca dignidad que le quedaba y miró a Adrien mientras alzaba la barbilla.
–Entiendo, pero no tienes que darme explicaciones. Lo único que digo es que eres libre de hacer lo que te plazca.
–No, Mari.
Ella insistió obstinadamente.
–No tengo derecho a...
–Tienes todo el derecho a exigirme la misma fidelidad y sinceridad que yo te exijo. Y, para que lo sepas, cuando hice los votos matrimoniales los hice en serio. Y siguen vigentes. ¿Entendido?
Adrien se puso contento al ver que estaba celosa, pero sabía que no había que insistir en ese punto.
–Te recogeré a las ocho.
–Kim no hubiera debido decirle nada a tu madre. Estoy muy descontenta con él.
–Pues regáñale todo lo que quieras –Adrien abrió la puerta de la camioneta para bajarse, pero se detuvo y se volvió de nuevo hacia ella–. Ibas a decirme lo del bebé, ¿verdad?
Ella le contestó con total sinceridad.
–Habrías sido el primero en saberlo aunque no te hubieras presentado aquí. Pero tal vez hubiera tardado un día o dos en contártelo, hasta haberme hecho a la idea.
– ¿Tan malo es que estés embarazada de mí?
Era lo mejor y lo peor del mundo.
–Tengo que irme –respondió ella.
Él asintió.
–Conduce con cuidado –y añadió, como si se le hubiera ocurrido de pronto– ¿Qué vas a decirle a mi madre?
–La verdad –pero iba a ser tan doloroso como aquellos últimos minutos con Adrien. Emilie no entendería por qué, dadas las nuevas circunstancias, no volvían a empezar de nuevo.
Era todo muy complicado. E iba a serlo mucho más los días siguientes, cuando Adrien se diera cuenta de que no iba a volver con él.
–Adiós, Adrien. Y gracias por venir.
Él sonrió.
–No tienes que agradecérmelo. Recuerda que soy tu esposo.
Se quedó mirándola mientras se alejaba, con las manos en los bolsillos, levemente encorvado. Estaba muy sexy, y ella estaba embarazada de aquel hombre maravilloso que, además, era su marido. Debiera sentirse la mujer más feliz del mundo.
Hola mis lectrox, que tal espero que les encante este capítulo. Bueno vemos a una Marinette Celosa y que pronto será madre, espero que les guste el capítulo, y me digan que parte les va gustando, sin nada más que decir Bay.
KITIIS
