UNA ÚLTIMA NOCHE


DISCLAIMER: Esta historia, no me pertenece es una adaptación, de una de otras de mis escritoras favoritas, si el libro les llega a su país cómprelo vale oro.


Helen Brooks © Una última noche

Miraculous Ladybug © Thomas Astruc

Adaptación © Fandom MLB


Nuevo capitulo


CAPITULO 8

Adrien sabía que le esperaba una ardua batalla. Lo habría sabido aunque su madre no lo hubiera llamado por teléfono. Pero cuando ella le refirió la conversación que había mantenido con Marinette, le confirmó todo lo que Natalie le había dicho.

Frunció el ceño mientras conducía hacia la casa de Marinette. No la entendía. La quería más que a su vida, pero aquella necesidad de castigarse, e indirectamente castigarlo, por algo que ninguno de los dos había podido evitar escapaba a su comprensión. Y esa idea de que llevaba la desgracia a sus seres queridos era una estupidez.

Su madre estaba convencida de que dicha idea había arraigado en Marinette antes de que se casaran, debido a su pasado, y el aborto había conferido crédito a algo que habría desaparecido con el tiempo al carecer de base.

Pero había tenido lugar el accidente.

Adrien agarró con fuerza el volante con expresión sombría. Y la subsiguiente depresión de su esposa había alimentado la semilla de aquel sinsentido.

Notó que estaba muy tenso y trató de relajarse al tiempo que pisaba el freno. Iba conduciendo muy deprisa, por encima del límite de velocidad.

¿Qué demonios iba a hacer? ¿Cómo convencer a Marinette de que su vida sin ella estaba vacía, privada de alegría y satisfacción? Ella creía protegerlo suprimiendo los vínculos que los unían cuando, en realidad, lo estaba matando lentamente.

Y, de pronto, aparecía aquel niño, producto de su amor, porque había sido el amor lo que lo había engendrado. Era fruto de la pasión y el deseo, ciertamente, pero el amor había sido la base de la relación entre los dos desde la primera cita.

Antes de que Marinette apareciera, llevaba toda la vida esperándola, y había reconocido en ella su media naranja. Así de sencillo. Se percató de que seguía conduciendo muy deprisa. Últimamente tendía a hacerlo, lo cual era una prueba de que no sabía controlarse como antes. El problema era que no dejaba de pensar en Marinette en ningún momento.

Su madre le había dicho que le preocupaba que Marinette fuera a derrumbarse en cualquier momento, y él había estado a punto de decirle que temía que le sucediera lo mismo a su propio hijo.

No se lo había dicho, desde luego. Bastantes preocupaciones tenía ya su madre. Además, hubiera sido una afirmación falsa, pues no tenía intención alguna de derrumbarse. Iba a recuperar a su esposa pasase lo que pasase, y la irrupción del bebé implicaba que sería pronto. Estaba cansado de ir por las buenas y de fingir que estaba de acuerdo en divorciarse. Cuando ella se marchó, él le dijo que tendría que pasar por encima de su cadáver para obtener el divorcio, y seguía manteniéndolo.

Miró el ramo de rosas y la botella de mosto que llevaba en el asiento de al lado. En el embarazo anterior, Marinette se había obsesionado con comer y beber adecuadamente.

Recordó todos los libros sobre niños que había comprado, los litros de leche que bebía y la primera vez que sintió las patadas en el vientre. No cabía en sí de gozo. Sabía que sería una madre maravillosa. Sus experiencias infantiles la habían llevado a decidir que su hijo solo conocería el amor y la seguridad. Él se lo recordaría aquella noche si persistía en la ridícula idea de continuar separados.

Comenzó a hacer una lista mental de los argumentos que le presentaría para apoyar su postura. E incluso de cómo responder a los de ella, hasta que estuvo seguro de que ella no podría plantearle nada en lo que él no hubiera pensado.

Cuando aparcó se sentía optimista. Se querían, y eso era lo más importante; eso y que su noche de amor había producido una personita, un compendio de ambos. Era algo que ella no podría rebatirle. Cuando llegara la primavera, el niño, o la niña, sería una realidad.

Se sintió tan invadido de amor por Marinette y por el bebé que se quedó sin aliento. Tal vez hubiera debido negarse a que se apartara de él en los días posteriores al aborto. Los médicos le habían dicho que necesitaba tiempo para enfrentarse a algo demasiado doloroso para asimilarlo de una vez.

Pero no le había sucedido eso a Marinette. ¿Por qué había hecho caso de consejos ajenos cuando su instinto le decía que debía obligarla a no aislarse?

Estaban todavía inmersos en la época gloriosa de dos recién casados que se estaban conociendo; después, llegó la emoción del embarazo. La vida era perfecta. Y en cuestión de unos segundos, su mundo se había hecho pedazos.

Aún recordaba el rostro de ella cuando llegó al hospital y la encontró dando a luz.

Sacudió la cabeza para disipar una imagen que lo perseguía desde entonces.

Bajó del coche. Si conseguía su propósito, ella volvería con él aquella noche. Natalie le había aconsejado que no aceptara una negativa. Era fácil decirlo, pero se trataba de Marinette, un hueso duro de roer.

Inspiró profundamente. Se sentía como un soldado preparándose para entrar en combate. Lo cual no distaba mucho de la verdad. Y Marinette era una tremenda oponente.

Llamó al timbre. Pensaba que habría luz en la planta inferior, pero todo estaba a oscuras. Esperó unos segundos y volvió a llamar. Nada. Miró el reloj.

Faltaban unos minutos para las ocho. Era imposible que se hubiera marchado para no verlo. Marinette no era cobarde ni dejaba de mantener su palabra. Le había dicho que estaría en casa. ¿Qué había pasado?

Preso de la inquietud, comenzó a aporrear la puerta. La camioneta estaba en el aparcamiento, así que no podía andar lejos. A no ser que estuviera herida en el interior...

Experimentó un gran alivio cuando la puerta se abrió. Allí estaba Marinette con el mismo camisón de aquella noche de agosto, los ojos somnolientos y el pelo despeinado.

¿Qué hora es? –Preguntó con voz ronca–. Solo quería dormir unos minutos.

Son las ocho –a Adrien le costó trabajo hablar. Había pasado de la preocupación al deseo de poseerla.

Le dio las flores y agarró la botella que había dejado en el suelo. Tenía el cuerpo tan tenso a causa del deseo que le resultó difícil echar a andar cuando ella dijo:

Entra. Gracias por las flores. Las rosas son mis favoritas.

Ya lo sé –sonrió y ella le devolvió la sonrisa. La siguió hasta la cocina.

Lo siento, no estoy lista –observó ella, aunque era evidente, mientras buscaba un florero–. Tardaré unos minutos. ¿Quieres beber algo mientras tanto?

Hay café, zumo o vino.

Un café –en realidad no le apetecía, pero no quería que ella saliera corriendo. Sin pensarlo, dijo–: No hace falta que salgamos a cenar si estás cansada. Podemos pedir que nos traigan algo, lo que te apetezca.

Se dio cuenta de que ella reflexionaba mientras lo miraba. Salir a cenar sería menos íntimo, pero la idea de no tener que arreglarse y salir le resultaba tentadora.

Él esperó sin pronunciar palabra.

Hay un restaurante chino en el pueblo de al lado –apuntó ella al cabo de unos segundos–. Tengo el folleto debajo de esa caja de galletas –le señaló una que estaba cerca de donde se hallaba sentado–. ¿Por qué no pides algo mientras me visto?

No hace falta que lo hagas porque esté yo.

La actitud de ella cambió. Él se hubiera dado de bofetadas.

Es broma. ¿Qué quieres comer?

Lo que sea, me da igual –era evidente que estaba deseando huir de allí–. Sírvete el café. No tardaré.

Él se sirvió una taza. Marinette parecía exhausta, lo cual no era de extrañar, ya que llevaba más de un año con los nervios de punta. Era como una gata sobre un tejado de zinc caliente: una gata suave, cálida y oscura, de dulce cara, pero dispuesta a mostrar las uñas si era necesario.

Adrien agarró el folleto de debajo de la caja. Se moría de hambre. Después de deliberar durante unos segundos, decidió que lo mejor sería pedir muchas cosas para que Marinette pudiera elegir. Llamó por teléfono e hizo el pedido.

Se dirigió al comedor y vio que la mesa estaba bastante despejada; solo había unas carpetas en una esquina. Las dejó en el suelo y se puso a buscar cubiertos, salvamanteles, servilletas y vasos. Después volvió a la cocina y se sirvió otro café.

Estaba nervioso, como se había sentido en la primera cita, que había tenido lugar la noche siguiente a haberse conocido en la boda de su amigo común. No había podido esperar más de veinticuatro horas para volver a verla. La había llevado a cenar a un restaurante caro y había desempeñado el papel del millonario con éxito mientras, en su interior, estaba aterrorizado pensando que no quisiera volver a verlo. Ella le había invitado a tomar café cuando la dejó en su casa. Le había dejado claro que solo a café.

Se pasaron tres horas hablando.

Sonrió al recordarlo. Nunca había hablado así con una mujer, pero con ella le pareció natural no guardarse nada. Y ella hizo lo mismo. O eso había creído. Inquieto, abrió la puerta trasera y salió al jardín. La noche era fresca. En los tiestos, algunas plantas habían florecido.

No se percató de que Marinette estaba detrás de él hasta que dijo:

Me gusta que haya algo de color en invierno. Son bonitas, ¿verdad? La miró. Llevaba un jersey blanco y unos vaqueros, y el pelo recogido en una cola de caballo. Sin maquillaje, no aparentaba más de dieciséis años.

¿El aroma procede de ellas?

¿Te refieres al de la madreselva de invierno? –Le indicó un arbusto cercano a la pared de la casa–. Echa flores durante todo el invierno.

Muy bonita –dijo él sin apartar los ojos de su rostro.

Ella lo miró. Adrien vio que temblaba.

Tienes frío –la tomó del brazo y volvieron al interior de la casa. Parecía frágil bajo su mano, como si fuera a quebrarse si apretaba demasiado.

Queda mucho café. ¿Te sirvo una taza?

Ella negó con la cabeza.

Ya me gustaría, pero ahora solo puedo tomar dos tazas de té o café al día, a causa de la cafeína.

A Adrien le trajo a la memoria la lista interminable de cosas que podía y no podía hacer durante su anterior embarazo. Otras mujeres comían y bebían lo que querían, fumaban e incluso se drogaban, y tenían hijos sanos, en tanto que

Marinette... Ella había hecho lo correcto desde el principio. Era una injusticia que hubiera perdido a Hugo como lo había hecho.

¿Un zumo, entonces? –propuso él–. ¿O abro la botella de mosto?

Adrien, he accedido a verte esta noche, pero no quiero que creas que significa algo más allá de que reconozca que tenemos que hablar. El bebé es tan tuyo como mío.

Ya era algo, no mucho, pero era mejor que tener que convencerla de que lo admitiera.

El caso es... –prosiguió ella en tono vacilante, pero se detuvo cuando él alzó la mano.

No vamos a hablar de nada hasta haber cenado. La comida llegará en cualquier momento.

Como si lo hubieran oído, sonó el timbre.

Al cabo de un par de minutos, la mesa estaba llena de bandejas humeantes que despedían muy buen olor. Todo un banquete.

Marinette comió con apetito. Cuando ambos quedaron saciados, apenas restaban algunos bocados. Ella se apoyó en el respaldo de la silla y dio un suspiro de satisfacción.

Estaba delicioso. No me había dado cuenta del hambre que tenía.

Ahora comes por dos, cariño.

Adrien...

O tal vez por tres. Podrían ser gemelos. En la rama paterna de mi familia hay gemelos, así que ¿quién sabe?

Marinette habló con voz débil.

Me van a hacer una ecografía esta semana. Ya te diré si son dos.

Que fueran gemelos sería estupendo. Multiplicaría por dos la alegría.

Y darles de comer y cambiarles los pañales... –se detuvo como si hubiera recordado algo–. Tenemos que hablar.

De acuerdo –él sonrió como si no se le hubiera parado el corazón al mirarla. Sabía que, dijese lo que dijese, no le iba a gustar–. ¿Vamos al salón con las bebidas?

Ella se había relajado mientras cenaban, e incluso se había reído, pero volvía a estar tensa. Se acurrucó en un sofá y él se sentó en el otro.

¿Qué tenías que decirme, Mari?

Observó que ella inspiraba profundamente, lo cual le puso aún más nervioso.

Cuando nazca el bebé, no podré quedarme con él. Creo que deberías quedártelo tú, si lo deseas.

Él no estaba preparado para aquello. Se quedó con la boca abierta hasta que la cerró de forma brusca.

¿Qué has dicho?

Creo que sería mejor que se criara con uno de sus progenitores. Y tú tienes a tu madre y a un montón de familiares, así que el niño echaría raíces. Y tu fortuna te permitirá contratar a la mejor de las niñeras, y también tienes a Natalie...

¿De qué estás hablando? – Solo se contuvo porque sabía que no era eso lo que ella quería de verdad–. La mejor niñera del mundo no puede sustituir a una madre, una madre que, en tu caso, querrá a su hijo de forma inimaginable. Has nacido para ser madre, Marinette. Lo sabes tan bien como yo.

No puedo quedarme con él –dijo ella con voz dura.

Él trató de calmarse.

¿Por qué no? Explícamelo. Me lo debes, al igual que al bebé. ¿Has pensado en lo que nuestro hijo o nuestra hija sentirán cuando se entere de que su madre no quiso saber nada de él o de ella después de dar a luz?

Eso no es justo.

Claro que lo es. Enfréntate a los hechos.

Lo estoy haciendo.

Su pérdida de control fue tan repentina que él dio un respingo mientras ella se ponía de pie como impulsada por un resorte.

Si me quedo con él le pasará algo, como a Hugo. O te pasará a ti. Algo nos impedirá ser una familia, y será por mi culpa, ¿Aún no lo has entendido?

Precisamente porque quiero al bebé tengo que apartarme de él.

Él la miró. Tenía los puños cerrados y estaba rígida como una tabla. Le dijo suavemente:

Y por eso te fuiste de mi lado. Y te has repetido tantas veces esa mentira que has acabado por creértela.

Se percató de lo mucho que le había fallado. Debió haber insistido en que buscara ayuda profesional después de la muerte de Hugo, pero temió causarle más dolor, perderla. Qué ironía.

No es una mentira.

Claro que lo es –se levantó, se acercó a ella y la abrazó–. La vida no viene en paquetes limpios e higiénicos. La gente muere en accidentes, de enfermedad, de vejez... No es justo ni agradable, pero es así. La muerte de Hugo no fue culpa tuya. No sé por qué sucedió, pero sé que no fue culpa tuya. Tienes que metértelo en la cabeza.

No puedo –se apartó de él–. Y tengo que proteger al bebé. Si te quedas con él y me mantengo al margen de vuestras vidas, estará a salvo.

Su palidez indicó a Adrien que no podía seguir presionándola.

No hace falta que te diga que me quedaré con nuestro hijo, pero creo que le debes algo. Quiero que vayas a hablar de cómo te sientes con alguien que sea objetivo y que tenga experiencia en el tipo de situación por la que atraviesas. ¿Lo harás por él y por mí?

Ella había retrocedido un poco más.

¿Te refieres a un médico? ¿Crees que estoy loca?

De ninguna manera –se acercó a ella y le agarró las manos, que estaban frías–. Pero tengo una amiga que te puede asesorar. Se ofreció a hablar contigo hace meses, solas ella y tú y de forma confidencial. Te prometo que te gustará, Mari.

Ella se soltó.

No lo sé.

Entonces confía en mí. ¿Qué puedes perder? Te quiero y siempre te querré. Si no quieres hacerlo por ti, hazlo por mí.

Observó confusión en sus ojos e instintivamente le acarició la mejilla, suave y caliente. Se inclinó y la besó suavemente antes de atraerla hacia sí.

Se quedaron así, él acariciándole la cabeza con la barbilla y ella con la cabeza apoyada en su pecho, sin hablar. El pelo le olía al champú de manzana que utilizaba y él también aspiró un rastro de vainilla, propio de su olor corporal.

No sabía por qué esas dos fragancias despertaban su deseo, pero Marinette siempre le producía esa reacción. Sin embargo, se controló, ya que sabía que, en aquel momento, ella solo quería que la abrazara y consolara.

Al cabo de un par de minutos, él murmuró:

Mañana llamaré a Claudie y le pediré que te vea. Aunque está muy ocupada, como nos conocemos desde hace tiempo, seguro que te hará un hueco.

¿Desde hace tiempo? ¿A qué te refieres?

Él detectó los celos que trataba de ocultar y estuvo a punto de sonreír.

Es la madre de un amigo , tiene seis nietos y lleva cuarenta años felizmente casada –y también estaba muy solicitada en su profesión, pero no quiso decírselo.

No cambiará nada, Adrien. Tienes que aceptar lo inevitable –lo miró con los ojos empañados de lágrimas–. Yo ya lo he hecho.

Ve a verla, es lo único que te pido –volvió a besarla, pero esa vez fue más allá de un beso de consuelo. Y supo que ella sentía lo mismo porque se aferró a él con un ansia en su respuesta que le hizo perder el control. Le acarició el cuerpo de forma íntima y sensual, y después la levantó del suelo en sus brazos mientras le susurraba–: Te deseo, pero, si quieres que me vaya, lo haré.

Ella le respondió besándolo con deseo. Él lanzó un gemido y la subió a su habitación. La tumbó en la cama. Se desnudaron a toda prisa sin hablar y él se acostó a su lado. Le tomó la cara entre las manos y la besó profunda y apasionadamente.

Ella siempre había sido una amante que daba tanto como recibía. Sus manos y su boca comenzaron a explorarle con el mismo deseo que él lo hacía mientras ambos gemían de placer. Él percibió que sus senos parecían más llenos y tomó un pezón con la boca. Ella se arqueó lanzando un grito.

Ahora los tengo más sensibles –afirmó jadeante.

Él la besó en la boca introduciéndole la lengua y después le mordió el labio inferior con suavidad.

Eres tan hermosa, amor mío –susurró temblando–. No creo que pueda aguantar mucho más.

Pues no lo hagas.

Cuando la penetró, estaba húmeda y caliente. Ella enlazó las piernas en torno a su cuerpo y levantó las caderas mientras se movían en perfecta armonía hacia un clímax que experimentaron entre gritos de placer.

Después, él la abrazó y ella abrió los ojos.

No sabes cuántas duchas frías me he dado estas últimas noches – murmuró él con ironía.

Ella sonrió levemente, pero él se dio cuenta de que estaba pensando de nuevo.

Adrien, no deberíamos haberlo hecho.

Claro que sí –le apartó un mechón de pelo de la cara–. Es muy sencillo: yo te deseaba y tú me deseabas. No trates de complicarlo.

Pero no...

No, no cambia nada. Ya lo sé, no te preocupes. Duérmete –tiró del edredón para taparla y taparse.

La expresión de Marinette era de confusión y remordimiento.

No es justo para ti –susurró ella.

Créeme, Mari, puedo vivir con esa injusticia –afirmó él con sequedad.

Ella sonrió y él le devolvió la sonrisa.

Duérmete –repitió él mientras la besaba en la punta de la nariz y en la boca–. Todo va bien.

Ella se quedó dormida en cuestión de segundos, acurrucada a su lado, pero Adrien la estuvo mirando durante mucho tiempo. «Todo va bien». Qué estupidez. Su esposa le había dicho que le iba a dejar al bebé cuando naciera y a desaparecer, y él le había contestado que todo iba bien. Pero no tenía intención de permitírselo, así que si todo no iba bien, al menos todo estaba más claro de lo que lo había estado en mucho tiempo.

Le acarició suavemente el vientre. Probablemente fuera su imaginación, pero creyó haber sentido una pequeña hinchazón. Su hijo estaba vivo allí dentro; era diminuto, pero cada día adquiría más fuerza.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Había sido un largo camino desde que perdieron a Hugo, y aún no habían llegado al final, ni mucho menos. Pero, contra todo pronóstico, se había producido un milagro: Marinette estaba embarazada. Aquella noche de amor había engendrado ese bebé, e iban a ser una familia costase lo que costase. Si tenía que secuestrar a Marinette y llevársela a ella y al bebé a un lugar remoto en el fin del mundo hasta que ella lo aceptara, lo haría.

Ella se removió en sueños y murmuró su nombre antes de seguir respirando regularmente.

Era un pequeño detalle, pero lo alegró. Ella era suya, y punto.

Se durmió enseguida.


Hola mis lectrox, que tal me da mucho gusto volver a leerlos, espero que les guste el capítulo, díganme en los comentarios, que parte les va gustando.

Miramos a un Adrien, tratando de recuperar a una Mari, espero que lo haga y ella lo pueda aceptar. Bueno me despido bay.

KITIIS..

PD: los que preguntan cuándo, actualizo es cuando tenga tiempo libre.