UNA ÚLTIMA NOCHE


DISCLAIMER: Esta historia, no me pertenece es una adaptación, de una de otras de mis escritoras favoritas, si el libro les llega a su país cómprelo vale oro.

Helen Brooks © Una última noche

Miraculous Ladybug © Thomas Astruc

Adaptación © Fandom MLB


NUEVO CAPITULO


CAPITULO 9

A la mañana siguiente, Marinette se despertó sintiéndose muy cómoda y calentita. Abrió los ojos. Adrien estaba hecho un ovillo apoyado en su espalda y tenía un brazo en su estómago.

Con mucho cuidado, le quitó el brazo y se dio la vuelta para mirarlo. Estaba profundamente dormido, con el edredón a la altura de la cintura, por lo que quedaban al descubierto sus anchos hombros y el vello que le cubría el pecho. Lo observó durante unos segundos y se levantó sin hacer ruido. No pensaba marcharse como la vez anterior, pero tampoco quería fingir que eran como cualquier otra pareja.

Recogió la ropa y fue al cuarto de baño. Cerró la puerta y echó el pestillo. Al salir, vestida y peinada, Adrien estaba sentado en la cama con las manos detrás de la cabeza. Se le desbocó el corazón. Era lo que, en sus sueños, toda mujer esperaba como regalo de Navidad.

Hola, cariño –dijo él con voz somnolienta–. ¿Has terminado en el cuarto de baño?

Ella asintió y no pudo apartar la mirada cuando él se puso de pie.

Lo había visto desnudo muchas veces, pero estaba segura de que nunca se cansaría de hacerlo. Su masculinidad la embriagaba. Se movía con la elegancia de un felino. Sus músculos eran flexibles y no tenía ni un gramo de grasa.

Cuando él llegó a su lado, Marinette se dio la vuelta para bajar las escaleras, pero él la agarró del brazo y la giró hacia sí. La besó dulcemente sin prolongar el beso y se dirigió al cuarto de baño, aunque Marinette se percató de que cierta parte de su anatomía revelaba su deseo de ella.

Con las mejillas ardiendo bajó al piso inferior. Sintió un principio de náusea que ganaría intensidad a lo largo del día para desaparecer sobre las siete o las ocho de la tarde. Era lo único que odiaba del embarazo.

Antes de quedarse embarazada de Hugo creía que las náuseas matinales eran eso: te despertabas, vomitabas y seguías con la vida normal durante el resto del día. En cambio, la náusea y la sensación de no estar bien la perseguían todo el día, aunque, si el bebé seguía la misma pauta que Hugo, solo tardaría dos o tres semanas en sentirse mejor.

Encendió la cafetera y se quedó frente a ella, con las manos en el vientre, y durante unos segundos la invadió la sensación de que una vida crecía en su interior e hizo desaparecer todos sus miedos y dudas.

Te hablaré de tu hermano en cuanto seas lo suficientemente mayor como para comprenderlo –susurró–. Fue nuestro primer hijo y lo queríamos mucho, lo cual no significa que no vayamos a quererte tal como seas.

¿Entendería ese niño que tuviera que abandonarlo por su propio bien?

¿Podía un niño hacerlo? Tal vez llegara a odiarla. Pero no importaría si estaba a salvo.

Se sintió angustiada. ¿Estaba haciendo lo correcto? Sí. No podía dudar. Y no volvería a haber más noches como la anterior. La separación tenía que llevarse a cabo, lo cual implicaba no volver a ver a, Adrien porque, si lo hacía, si lo tenía delante, toda su determinación se evaporaría. No era fuerte en su presencia.

¿Qué pasa? –Adrien estaba detrás de ella.

Marinette se volvió hacia él quitándose las manos del vientre.

Nada.

Llevas un minuto ahí de pie. Creí que te dolía algo –dijo él mientras le examinaba el rostro atentamente como si no creyera que le estaba diciendo la verdad.

Estoy bien –inspiró profundamente. Ella nunca había hablado de Hugo por propia iniciativa, ni de lo que había sucedido. Siempre era Adrien quien abordaba el tema y ella solía negarse a hablar de ello porque sabía que se derrumbaría si lo hacía. Pero, en aquel momento, dijo en voz baja–: Pensaba en Hugo. No quiero que caiga en el olvido. Quiero que este niño sepa que tuvo un hermano.

Desde luego. Por descontado, Mari.

Si voy a ver a Claudie para hablar con ella, quiero que me prometas que no volverás a venir aquí. Ese es el trato, y hablo en serio.

Él retrocedió como si le hubiera dado una bofetada.

No podemos... –negó con la cabeza. No había forma de decirlo amablemente–. No quiero que vuelvas. Lo complica todo y hará que la separación definitiva sea más difícil. Me las arreglaré sola.

¿Y si yo no puedo arreglármelas solo? ¿Qué pasará entonces? ¿O se trata solo de ti y excluyes todo lo demás?

Esa vez fue ella la que se sintió como si le hubiera dado una bofetada.

Es mi hijo –afirmó él tratando de controlarse–. Eso me concede ciertos derechos. No puedes excluirme como si no existiera.

No trato de hacerlo, al menos no con respecto al bebé.

Ah, entiendo. Así que prometo mantenerme alejado los próximos nueve meses...

Seis meses. Llevo tres embarazada.

Los próximos seis meses –prosiguió él como si ella no lo hubiera interrumpido–, y después, ¿qué? ¿Me llaman por teléfono para decirme que el niño ha nacido y que puedo pasar a recogerlo? ¿Eso es lo que tienes planeado?

Ella lo miró. Tenía derecho a enfadarse, pero ella también lo estaba.

No tenía la obligación de decirte que estaba embarazada. Al menos, no tan pronto.

Si no recuerdo mal, me lo dijiste porque me presenté cuando saliste de la consulta del médico. No estoy seguro de que me lo hubieras dicho si hubieses tenido tiempo de pensarlo.

Ella se enfureció, probablemente porque había tocado algo sobre lo que ella se había estado preguntando las veinticuatro horas anteriores.

No quiero seguir hablando de eso, pero esta es mi casa y tengo perfecto derecho a decidir quién entra en ella –con los brazos en jarras, lo fulminó con la mirada.

Si no estuvieras embarazada, te haría entrar en razón como fuera – masculló él con los dientes apretados.

Ella sabía que no lo decía en serio, ya que Adrien nunca le pondría la mano encima a una mujer furiosa. No obstante, alzó la barbilla.

Inténtalo, pero no olvides cómo me gano la vida. Soy más fuerte de lo que parece.

Nunca he dudado de tu fortaleza –dijo él secamente–. Es tu mejor y tu peor atributo. Te sirvió para salir adelante los veinticinco primeros años de tu vida, hasta que me conociste; pero ahora corres el peligro de que te arruine el resto de la vida. Tienes que dejarme participar, Mari. No tienes que luchar sola. ¿No te das cuenta de que en eso consiste el matrimonio? Estoy de tu lado en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y la enfermedad. Te quiero. A ti. Con un amor que durará eternamente. Y no voy a darme por vencido digas lo que digas o hagas lo que hagas. Métetelo en la cabeza.

Y tú métete en la cabeza que no puedo ser lo que quieres que sea. No soy buena para ti, Adrien, ni para nadie.

Eres lo mejor que me ha pasado en la vida –afirmó él de corazón–. Lo mejor. Puedes tratar de convencerte de lo contrario, pero sé lo que siento.

Ella lo miró fijamente.

No puedo seguir. Quiero que te vayas, Adrien. Ahora, y lo digo en serio.

Él se percató de que así era. Pero tenía una última cosa que añadir.

Incluso antes del accidente, esperabas que la burbuja estallara, Mari. Era una profecía que acarreaba su propio cumplimiento, y solo tú puedes cambiarla. Creo que no puedo decir ni hacer nada más, pero espero que tengas el valor de mirar en tu interior y enfrentarte a lo que debas por el bien de nuestro hijo y por el nuestro.

¿Has acabado?

La miró largamente y fue al comedor, donde su chaqueta seguía colgando del respaldo de una silla. Se la echó por los hombros y se marchó sin decir una palabra más.

Marinette oyó cerrarse la puerta de un portazo, pero estuvo un minuto sin moverse, porque era incapaz de hacerlo. Se sentía enferma y muy desgraciada, pero se dijo que había hecho lo que debía.

Al cabo de un rato se sirvió un café, fue al salón y se sentó en el sofá. Se quedó sentada durante un tiempo. Había comenzado a llover. Se estremeció. Por fin, el tiempo había cambiado. El invierno estaba a la vuelta de la esquina.

La noche siguiente, el teléfono sonó justo cuando acababa de cenar.

Aunque no le apetecía comer, se obligó a prepararse una tortilla francesa de queso, después de haberse bañado y puesto el pijama, pues era consciente de que debía tomar alimentos sanos. Se bebió un vaso de leche con la tortilla y, de postre, tomó tarta de manzana.

El corazón le latía con fuerza al descolgar el teléfono, pero no era Adrien, sino una voz femenina.

¿Puedo hablar con la señora Agreste, por favor?

Soy yo –tenía que ser la mujer de la que le había hablado Adrien.

Soy Claudie Kanté. Adrien me ha pedido que la llamase.

Ah, sí –Marinette, de pronto, se sintió nerviosa. No quería hablar con una desconocida de sus sentimientos más íntimos, pero había hecho el trato con Adrien de que la dejaría en paz si la iba a ver–. Quiero una cita, señora Kante.

Estoy segura de que está muy ocupada, así que comprendo que no sea inmediata.

Al cabo de dos minutos colgó. Le daba vueltas la cabeza. Iba a ver a Claudie Kante al día siguiente, después de trabajar. No dudaba de que Adrien había movido los hilos para que así fuera.

Se sentó a reflexionar mirando la dirección y el número de teléfono que

Claudie le había dado y preguntándose si no sería mejor anular la cita. Tendría que llevar ropa para cambiarse después de trabajar, pero ese no era el problema.

Estaba asustada. Muerta de miedo.

Al pensarlo notó que tenía los puños cerrados sobre el regazo y se concentró en abrirlos lentamente. Adrien le había dicho que debía tener valor para mirar en su interior. ¿Por qué debería hacerlo? ¿Y si no le hacía ningún bien? ¿Y si solo servía para que se sintiera peor?

Se dejó llevar por el pánico, pero recordó algo que Adrien le había dicho y que había tratado de olvidar, aunque solo lo había relegado al subconsciente, por lo que había estado al acecho para reaparecer en cualquier momento.

Le había dicho que ella había esperado desde el principio que la burbuja de su matrimonio estallara, que la profecía se había cumplido y que ella era la única que podía cambiarla. Se había puesto tan furiosa al oírlo que hubiera sido capaz de estrangularlo, porque era falso y terriblemente injusto.

Cerró los ojos con fuerza. No lo era.

Se levantó. Estaba agotada. No podía seguir pensando en aquello. Se acostaría y a la mañana siguiente decidiría lo que hacer. Pero ya sabía que había tomado una decisión, porque otra cosa de las que le había dicho Adrien le había llegado muy hondo: que tenía que hacerlo por el bien del bebé. Tenía que intentarlo. Tal vez fuera muy doloroso y angustioso y no consiguiera nada, pero si no lo intentaba no lo sabría.

Ni siquiera se lavó los dientes antes de meterse en la cama. Estaba tan cansada física y emocionalmente que le pesaban los miembros, pero en la fracción de segundo previa a quedarse dormida reconoció que no iría a ver a Claudie al día siguiente solo por el bebé, sino también por Adrien.

Claudie Kante no era en absoluto como se la había esperado. En primer lugar, su consulta estaba en su casa. Y la propia Claudie fue una especie de revelación. Su espeso cabello caoba estaba salpicado de mechas rojas, y su delgada figura embutida en unos vaqueros y una amplia camisa azul. Tenía una gran sonrisa, grandes ojos cafés y arrugas donde era de esperar en una mujer de su edad y cutis. Daba la impresión de estar en paz consigo misma. A Marinette le cayó bien de inmediato.

Cuando se sentó en un sillón en vez de tumbarse en un diván, cosa que llevaba temiendo todo el día, Marinette comenzó a relajarse. Había algo en Claudie que inspiraba confianza.

Esta le sonrió desde otro sillón.

Antes de nada quiero dejar totalmente claro que todo lo que se diga aquí, todo lo que me cuente, es confidencial. Adrien no sabrá nada de lo que hablemos en esta habitación, a menos que se lo cuente usted. Tiene mi palabra.

Gracias –Marinette asintió y se relajó un poco más. No era que quisiera tener secretos con Adrien, pero saber que conservaba parte del control le dio seguridad.

Adrien me ha dicho que espera otro hijo.

Marinette volvió a asentir. Le gustó que Claudie hubiera dicho «otro hijo» y que no hubiera considerado que Hugo no había nacido.

Sí, en primavera –vaciló–. Supongo que esa es la razón principal... No. Es una de las razones por las que estoy aquí. Creo que volver a quedarme embarazada ha revivido todo en mi mente.

¿Todo? –preguntó Claudie en voz baja.

Marinette miró su amable rostro. Había fotos de la familia en una de las paredes de la habitación y en algunas aparecía una niña en silla de ruedas. Se dijo que Claudie conocía el dolor. Se hubiera dado cuenta incluso sin las fotos. Se veía en sus ojos.

¿Empiezo por el principio? ¿Por mi infancia?

Estaría bien. Y tómese su tiempo. Puede venir a verme cuando quiera, todas las tardes si lo desea, hasta que se sienta preparada para dejarlo. Adrien es un excelente amigo de mi hijo, y usted es ahora una de mis prioridades. ¿De acuerdo?

Marinette se marchó a las siete sintiéndose como un trapo. Había llorado y gemido durante dos horas de un modo que la horrorizaba al pensarlo.

Se montó en la camioneta, que había aparcado cerca de la casa de Claudie.

Desentonaba en la fila de coches caros de aquella calle de ricos, pero Marinette no lo notó.

Inspiró varias veces antes de arrancar. Seguía sin estar convencida de que aquello fuera una buena idea. Se sentía peor, mucho peor, tras el estallido emocional de las dos horas anteriores. Claudie le había asegurado que a todos les sucedía lo mismo al principio. Según ella, tenía que perseverar para hallar la salida del túnel. Pero ¿y si se quedaba dentro?

Salió del aparcamiento sintiéndose muy cansada.

Sin embargo, se dijo que se lo había prometido a Adrien y que mantendría el trato. Volvería al día siguiente, y todos los que fueran necesarios.

Condujo despacio, consciente de su agotamiento y de que debía ser precavida. Cuando llegó a casa se preparó una cena rápida antes de acostarse.

Se quedó dormida en cuanto apoyó la cabeza en la almohada. Esa tarde constituyó la pauta de las semanas siguientes. A la mañana siguiente de la visita a Claudie, Marinette fue al hospital a hacerse la primera ecografía. Fue un día agridulce. Recordó que Adrien y ella habían ido juntos a hacerse la primera ecografía de Hugo y cómo se habían emocionado al esperar que apareciera el bebé en el monitor, aunque también estaban un poco asustados por si algo no iba bien.

Se sentó sola en la sala de espera. Una vez tumbada en la camilla, el procedimiento fue una repetición del de la vez anterior. La mujer que le hacía la ecografía le sonrió. Todo estaba bien: el corazón latía con fuerza y el bebé se desarrollaba sin problemas.

Marinette salió del hospital con las dos imágenes del niño en su vientre y llorando de agradecimiento y alivio.

Cuando se montó en la camioneta, esperó unos minutos para calmarse antes de llamar a Adrien, que contestó inmediatamente.

¿Qué pasa, Mari?

Nada. He ido al hospital a hacerme la primera ecografía y el bebé está bien. Solo quería que lo supieras. Tengo una foto para ti. Se la dejaré a Emilie.

Adrien tardó unos segundos en contestar.

¡Gracias a Dios! En esta fase todavía no saben si es niño o niña, ¿verdad?

No, eso es a las veinte semanas. ¿Quieres saberlo? –no lo habían hecho con Hugo.

No lo sé. ¿Y tú?

No estoy segura. Te llamaré cuando llegue el momento y lo hablamos.

Tengo que irme a trabajar. Adiós, Adrien.

Adiós, Marinette.

Marinette tardó otros diez minutos en dejar de llorar y calmarse. Condujo hasta casa de Emilie y, cuando llegó, ya se había recuperado por completo. Su suegra insistió en que se tomara una bebida caliente antes de salir al jardín, y se quedó fascinada al ver la imagen de su futuro nieto.

¿Te importa que le haga una copia para quedármela antes de dársela a Adrien esta noche? Va a venir a cenar tarde. Supongo que no querrás quedarte también.

Marinette negó con la cabeza.

Voy a ver a Claudie –el día anterior le había parecido que lo correcto era decirle a su suegra lo que iba a hacer, y en aquel momento se alegró de haberlo hecho. Era la excusa perfecta, y además era verdad.

¿Me estoy metiendo donde no me llaman si te pregunto cómo te fue?

Claro que no –Marinette se encogió de hombros–, pero no te puedo decir mucho porque ni yo misma estoy segura. Fue traumático, creo.

¿Pero útil?

Marinette volvió a encogerse de hombros.

No lo sé, Emilie. El tiempo lo dirá –se bebió el resto del chocolate y se levantó–. Voy a ayudar a Kim.

Al salir, alzó la cabeza hacia el cielo gris. ¿Útil? ¿Cómo podía resultar útil algo tan doloroso?

No estaba deseando que llegaran las siguientes semanas.

Entre heladas y frío, noviembre dio paso a diciembre, pero Kim y ella consiguieron acabar la remodelación al final de la primera semana de diciembre.

Y Adrien cumplió su palabra. No fue a casa de Marinette ni la llamó. A veces, enfadada, pensaba que si él hubiera sufrido un grave accidente no se habría enterado. Después se daba cuenta de su incoherencia.

El orgullo le había impedido hablar de él con Emilie mientras duró el trabajo. Le pareció que sería el colmo de la hipocresía después de haberlo abandonado y de seguir negándose a volver con él. ¿Qué iba a preguntarle a su suegra? ¿Si estaba bien? ¿Si era feliz? Y después del día en que Emilie le había pedido que se quedara a cenar, la anciana le hablaba de cualquier cosa salvo de Adrien, lo cual no era propio de ella, por lo que Marinette sospechó que obedecía órdenes de su hijo. Podía equivocarse, desde luego. Tal vez se estuviera volviendo paranoica, pero no podía quejarse.

Sin embargo, lo echaba de menos. Ya lo había pasado muy mal al abandonarlo a principios de año, pero se hizo a la idea de que su matrimonio había acabado. Había ocupado sus pensamientos en sacar adelante el negocio y buscar casa, aunque nada pudiera suplir su presencia. Había atenuado el dolor amueblando la casa, convirtiendo el patio trasero en un jardín y esmerándose en su trabajo.

Pero después...

Desde que él había vuelto a su vida aquella noche de agosto, se había abierto una puerta que ella se veía incapaz de cerrar. Se le había introducido en la mente... y en el cuerpo. Mientras lo pensaba se llevó la mano al vientre.

Quería verlo a pesar de sí misma, y mucho más conforme avanzaban las sesiones con Claudie.

No sabía dónde estaba en el plano emocional a medida que emergían sus miedos y ansiedades más profundos, procedentes de su problemática infancia y aún más problemática adolescencia. Tenía que aceptar el hecho de que había enterrado el sentimiento de no valer nada y de no ser querida bajo la fachada de mujer capaz y dueña de sí que presentaba al mundo. Y a medida que pasaba el tiempo, algo sucedía con el dolor y el miedo que había en su corazón. Comenzaba a desintegrarse y, aunque el proceso resultaba penoso y angustioso, era sano.

Muy poco a poco comenzó a aceptar que su confusión y desesperación infantiles habían influido en el concepto que tenía de sí misma. No era responsable de la muerte de sus padres ni de la de su abuela ni de la de su amiga.

Aceptar que tampoco lo había sido del aborto le resultó más difícil, ya que la herida seguía en carne viva. La ayudó enormemente que Claudie hubiera dejado a un lado su papel profesional y hubiera llorado con ella en aquellas sesiones, en que le había dicho que ella había perdido un hijo de pocos meses y que se había sentido responsable durante mucho tiempo.

Es lo que hacemos las mujeres –había afirmado Claudie tono irónico mientras se secaba las lágrimas tras una sesión especialmente desgarradora–. Nos echamos la culpa, nos castigamos y tratamos de entender lo que nos resulta una tragedia inexplicable. Pero no tuviste la culpa. Hubieras dado tu vida por Hugo como yo lo hubiera hecho por mi hijo.

Adrien también me dijo que hubiera dado la vida por él –apuntó Marinette.

Y tiene razón –Claudie le dio unas palmaditas en el brazo–. Y te quiere mucho. Muchas mujeres llegan al final de la vida sin que nadie las haya querido como Adrien te quiere a ti. Sabes que puedes confiar en él, ¿verdad?

Pero ¿podía confiar en sí misma? Quería hacerlo. Anhelaba dejar el pasado atrás y creer que podía ser buena madre y esposa, y una persona racional y optimista.

Marinette pensó en aquella conversación con Claudie el día antes de Nochebuena. Estaba acurrucada en uno de los sofás del salón que había acercado a la chimenea para ver una vieja película navideña, aunque no le prestaba atención. Hasta que llegara el nuevo año no volvería a trabajar. Hacía semanas que el suelo estaba duro como una piedra y durante las veinticuatro horas siguientes nevaría.

Kim y ella habían terminado el proyecto que habían comenzado después del jardín de Emilie. Kim se había marchado a Escocia a pasar las fiestas con sus padres. Había invitado a Marinette a ir con él. Le dijo que la casa de sus padres siempre estaba llena de gente en Navidad, por lo que una persona más no se notaría, pero ella rechazó la invitación, así como otras de Emilie, Claudie y algunos amigos.

Había prohibido acercarse a la única persona con quien deseaba pasar la Navidad. Parte de ella quería llamar a Adrien simplemente para oír su voz; pero otra, la más fuerte, no se sentía preparada para lo que eso podría suponer.

Le había comprado una tarjeta de felicitación, que no le mandó porque no sabía qué decirle. Tendría que llamarlo después de las fiestas, porque debía hacerse la siguiente ecografía. Faltaban dos semanas.

Se puso la mano en el vientre, sintió movimiento y sonrió. El bebé estaba vivo, crecía y se movía en su interior. Lo había sentido moverse mucho antes que a Hugo, pero sus amigas con hijos le habían asegurado que siempre sucedía así con el segundo.

Cada vez que sentía los bracitos y piernecitas estirarse se preguntaba cómo iba a ser capaz de dejarle el niño a Adrien y marcharse. Cerró los ojos con fuerza pensando que se moriría. ¿Y sería lo mejor para el bebé? Ya no lo sabía.

Antes de ver a Claudie estaba segura. Pero cuanto más se entendía a sí misma, más esperanza se atrevía a tener.

Eres como cualquier otra persona, Marinette –le había dicho Claudie en la última sesión, antes de despedirse–. Algunos pasan por la vida sin tener problemas en tanto que otros se enfrentan a montones desde el primer día. Y aunque sea injusto, es cuestión de suerte. No voy a decirte que el resto de tu vida vaya a ser un camino de rosas, pero lo que sí te digo es que ahora puedes elegir. Puedes quedarte con el lado negativo de las cosas y creer que todo es tristeza y dolor o puedes agarrar la vida por el cuello y someterla. ¿Me entiendes?

¿Cómo Adara y Sofía?

Sofía era la niña en silla de ruedas de las fotografías, la nieta de Claudie.

Era muy guapa, con el pelo castaño y rizado y grandes ojos verdes. Había nacido con espina bífida. Adara, su madre y la hija de Claudie, estaba dedicada a ella.

Ese verano le había diagnosticado esclerosis múltiple, pero, según Claudie, su hija estaba dispuesta a luchar contra la enfermedad hasta el final. Sofía tenía el mismo espíritu, y era una alegría estar con ella.

Claudie reconoció que había llorado amargamente por las dos, pero nunca en su presencia, ya que ni a su hija ni a su nieta le gustaba compadecerse de sí mismas.

Adara se deprimió mucho al principio, cuando su hija nació, pero, salvo entonces, y a pesar de la esclerosis, siempre la he visto optimista –Claudie la miró con ojos llorosos–. También tú puedes ser así, Marinette, estoy segura.

Un tronco cayó sobre las brasas y distrajo a Marinette de sus pensamientos. Tenía que ir a por más troncos antes de que oscureciera. Se levantó de mala gana. Kim la había ayudado a construir un pequeño cobertizo en el jardín para meter los troncos y los sacos de carbón. Ella no había querido perder espacio en el jardín trasero, y como los jardines delanteros de las casas daban a los graneros de una granja, nadie podía ponerle pegas. El cobertizo tenía un aspecto rústico, y una de las paredes era la valla de madera de la casa de al lado.

Cuando abrió la puerta, una ráfaga de aire helado la golpeó. El cielo estaba muy oscuro, a pesar de que solo eran las tres de la tarde. Llenó el cubo que llevaba consigo de carbón, lo llevó dentro y volvió a por troncos. Tomó un puñado, volvió a por más y fue entonces cuando observó un leve movimiento cerca de la valla que había detrás del montón de madera.

Horrorizada ante la posibilidad de que se tratase de una rata, se apresuró a entrar en la casa con el corazón latiéndole aceleradamente. Después de cerrar la puerta se dio cuenta de que debía volver a comprobar qué era. ¿Y si un pájaro u otro animal estuviera atrapado y herido? Teniendo en cuenta que las casas estaban rodeadas de campo, podía ser cualquier cosa.

Se puso el abrigo antes de volver a salir. La temperatura parecía haber descendido algunos grados en cuestión de minutos. No había duda de que los niños verían satisfecho su deseo de una Navidad con nieve. Se agachó dispuesta a salir corriendo si un roedor le saltaba encima.

Pero no era una rata lo que la miraba, sino un gatito de enormes ojos color azul que temblaba acurrucado.

Hola –le susurró al tiempo que extendía la mano y el animal reculaba todo lo que podía–. No voy a hacerte daño. No tengas miedo. Ven, gatito.

Después de varios minutos murmurándole cosas por el estilo, y cuando ya temblaba de frío tanto como el animal, se dio cuenta de que así no iría a ninguna parte, y de que el gato estaba en los huesos, pero tenía distendido el abdomen, lo que implicaba un embarazo o un tumor. Deseó que fuera lo primero, porque sentía lástima del felino. Fue a la cocina a por un trozo de pollo asado con la esperanza de tentarlo con la comida.

El animal estaba claramente famélico, pero no lo suficiente como para abandonar su santuario.

No te puedo dejar ahí. Sal, por favor –le suplicó Marinette, a punto de llorar.

Oscurecía muy deprisa y el viento le cortaba la cara como un cuchillo, pero no pensaba abandonar al gato a su suerte. Y si movía el montón de troncos tras el que se escondía, podían caerse y aplastarlo. Tampoco llegaba con la mano para agarrarlo.

¿Qué demonios haces ahí y con quién hablas, Marinette?

Ella se dio la vuelta y allí estaba Adrien.

Ya fuera porque estaba helada y se había girado muy deprisa, o porque se sintió muy aliviada al ver que él estaba allí para ayudarla, sintió un pitido en los oídos y pasó de estar agachada a sentarse en el suelo al tiempo que intentaba con todas sus fuerzas no desmayarse. Todo se oscureció a su alrededor.


Hola mis lectrox, que tal como les ha ido en estos tiempos, bueno un nuevo capítulo desde hace años, creo jajajajaj. Pero lo importante es que aquí se lo traje.

Bueno miramos a una Marinette, recordando un poco de su pasado con Claudie, si no lo recuerdan Claudie es la Max aquí él tiene una hermana, y los personajes que miran que no son de Miraculous son de mi creación, para que concuerde con la adaptación bueno espero que les haiga gustado y comenten que parte les va gustando.

Una pregunta Kittis tienen Wattpad, Twitter por si acaso para subir por haya algunas historias, si me pueden decir quien tiene y quién no.

Y twitter para poder ir subiendo Spoiler si tienen, o no me confirman.

Twitter XTikki si no sale estoy con una foto, de un chico peli rojo o si no sale me avisan.

Wattpad QuemDramOriz estoy con una foto de Kagome.


PD la historia, ya va a terminar faltan sol capítulos estoy muy feliz de lo mucho que ha llegado.

Bay KITTIS.