Disclaimer: Cobra kai no me pertenece. Este fanfic esta inspirado en la serie escrita por Jun Hurwitz, Hayden Schlossberg y Josh Heald y está basada en la franquicia de películas "The Karate Kid", historia creada por Robert Mark Kamen.

Daniel seguía chillando en mitad del tatami. Echándole en cara el millón de cosas, que siempre, según su opinión, le había hecho durante el curso que compartieron. Gritándole acerca de bueno, de casi todo. Si había pisado una caca de perro era porque él se la había puesto en su camino y más tonterías por el estilo. Y él simplemente permanecía en silencio para la sorpresa de Miguel y de su propio hijo, quien le miraba como si hubiese sido abducido por extraterrestres. De niño le habían enseñado a golpear primero, golpear duro, sin piedad, pero el lema del Cobra Kai no estaba hecho para tratar con Daniel. O quizás sí. Pero para golpear a Daniel tenías que darle donde más le dolía. Él siempre había dicho que era un niño bueno, que solo se defendía, pero desde que se habían vuelto a ver lo único que parecía buscar era obligarle a iniciar una pelea y él no estaba dispuesto. Ya no eran dos niños jugando a la guerra, eran dos adultos que tenían a su cargo jóvenes a los que debían de dar ejemplo.

- ¿Ha acabado sensei? - Preguntó sintiéndose observado por todos en el Dojo. Y Daniel sonrió con asco.

- Tú nunca cambiarás, ¿verdad Johnny? Siempre serás el mismo de siempre.

- ¿Tú crees? - Sabía que no debería entrar en aquellas provocaciones, lo sabía, pero tener a LaRusso cada dos días recriminando su comportamiento del pasado en su centro estaba acabando con su recién adquirida paciencia. - ¿Y quién soy? Tenía 15 años cuando me conociste Daniel, en plena adolescencia.

Se giró para mirar a los muchachos a los que estaba entrenando y dando un rodeo puso distancia entre su supuesto enemigo acérrimo y su persona.

- Un poco más joven de lo que sois vosotros ahora. No sabía quién era y buscaba un lugar al que pertenecer. No os voy a mentir hice cosas de las que me arrepiento. Cosas muy malas, y otras peores. Pero no creo que realmente puedas juzgar quién soy a raíz de un conflicto infantil que tuvimos.

- Tú …

- Yo. Era el ex novio de la chica con la que te enrollaste ese año.

- Ella no era tuya.

- Ahora lo sé. Pero tenía quince años y creía que el mundo entero me pertenecía.

- Lo que me hiciste …

- ¡Oh por favor! - Gritó harto de la situación. - Hasta cuándo vas a echarme en cara que me enamorase de ti y buscase tu atención. - Y Daniel abrió la boca formando una gran o. - Mira sensei siento haberme sentido atraído por ti y haber aprovechado el hecho de que estabas liado con mi ex para pelear y poder meterte mano. Siento que fueran los ochenta, ser un chaval y tener miedo. Siento muchas cosas Daniel, pero ya vale. Este es mi trabajo y yo lo necesito para comer, pagar un alquiler y hacer esas cosas de pobres. Así que vale, ¿quieres que nos peguemos?, ¿qué discutamos más? Lo que necesites para pasar página, pero después del trabajo. Y ahora por favor, sensei, ¡márchese de mi Dojo!

Con un Daniel aún estupefacto abandonado en una esquina del salón mando reiniciar el entrenamiento. Los jóvenes calentaron mientras aprovechaban cada vuelta al lugar para mirar con sorpresa a su sensei y después al otro hombre quien poco a poco volvía a recuperar el color en el rostro, hasta que fue capaz de asentir y salir del lugar dejando atrás los gritos de los ejercicios.

El coche del señor LaRusso seguía allí cuando los muchachos salieron y Miguel aprovechó, al ir a tolerar la baja, para enviarle un mensaje de texto a Sammy por si su progenitor había olvidado dónde lo había dejado. Después entró de nuevo para ayudar a limpiar el lugar a un hombre al que quería como un padre, pero Robby ya estaba allí mirándole con una pícara sonrisa. Johnny le sonrió al verle entrar y antes de que le preguntase algo, prefierió pedirle que pasase la fregona por todo el tatami.

- Así que, ¿estabas enamorado de Daniel LaRusso? - Se burló Robby de padre con una confianza que nunca creyó tener con él, y Miguel sintió que sobraba en esa habitación. Pero Johnny solo bufó y dejó lo que estaba haciendo para mirar a ambos.

- Vale, venid aquí. - Ambos obedecieron al unísono y le siguieron al despacho, donde se sentaron y aceptaron el refresco que el hombre les ofreció. - ¿Qué queréis saber?

- ¡Todo! - Exclamó Robby a medias de una carcajada. - Te has pasado la vida quejándote de ese tío y resulta que te gustaba. Es gracioso. - Y dio un trago a su bebida.

- Tú también te pasas la vida criticando a Miguel y yo no digo nada. - Dijo el hombre encogiéndose de hombros.

- Quizás debería tomarte de ejemplo y besarlo para resolver la tensión sexual entre nosotros. - Se burló y Miguel le miró horrorizado. En el último año su relación con él había cambiado e increíblemente para bien.

- Genial, he "no" criado a dos hijos incestuosos. - Y el biológico se rió, ahora sí, a carcajadas.

- Oh vamos papá. Cuéntanos. Ese tío te odia con toda su alma. ¿Os enrollasteis y lo abandonaste? ¿Sabe mamá que eres gay y que por eso nunca funcionasteis como pareja? ¿Con cuántos tíos te has acostado?

- Eres consciente de que sigo delante, ¿verdad tío? - Preguntó Miguel aún sorprendido.

- Ya le has oído hermanito, eres como su hijo. - Y la diversión iluminó su sonrisa.

- Genial. - Negó con la cabeza mientras se preguntaba cómo su sensei había tenido un hijo así. Seguro que había salido a su madre.

- Primero, soy bisexual. Segundo, LaRusso y yo nunca nos enrollamos, yo no era su tipo. Me tiene manía porque me aprovechaba en las peleas para meterle mano. - Sonrió de medio lado y añadió. - Deberías haber visto que culo tenía en aquella época. Aunque ahora tampoco está mal.

- Tiene un polvazo todavía. - Dijo Robby.

- Genial, mi hijo se quiere tirar a mi enamoramiento infantil.

- Solo digo que entiendo lo que viste en él. - Levantó las manos en señal de paz.

- ¿Y porque no le pidió una cita? - Preguntó Miguel confundido. - Ya sabe golpear primero.

- Podría decirte que eran los ochenta y nadie quería ser etiquetado de maricón. Eso era una enfermedad terrible y contagiosa. Pero tendrás que conformarte con la verdad, siempre he sido un imbécil. - Y los tres se rieron con ganas. - Siempre pensé que se metía conmigo porque sabía que era, bueno, bisexual. En aquella época estaba muy mal visto enrollarte con tu mismo sexo.

- Pues me temo que, por la cara que ha puesto, el señor LaRusso no tenía ni idea de que querías enrollarte con él. - Anunció Robby. - ¿Quizás deberías hablar con él y resolverlo de una vez por todas?

Johnny miró al cielo y masculló un millón de palabrotas. Ver a Daniel siempre era un placer y una molestia a la vez. Además, sospechaba que esa no iba a ser una conversación amable si no una seguramente acabaría a golpes.

- Nosotros acabaremos de limpiar, váyase tranquilo. - Le animó Miguel y el hombre le miró agradecido.

- Vale, pero no hagáis tonterías y no peleéis. - Les advirtió señalándoles con el dedo.

- Tranquilo papá, yo cuido de mi hermanito. - Y la sonrisa de Robby le puso aún más nervioso, pero se decidió a sacudir la cabeza y a tomar la cazadora para ir en busca de su supuesto archienemigo.

John abandonó el lugar mascullando la mala idea que era aquella y Miguel suspiró nervioso al saberse solo con Robby. Sabía que el fondo era un buen chico, pero aun así su relación siempre era complicada. Las cosas podían haber cambiado en los últimos tiempos, pero a veces el hormigueo en sus piernas le recordaba la patada que le arrojó desde un segundo piso haciéndole chocar con la barandilla, así como el coma, el dolor, la silla de ruedas. Aún no había recuperado toda su fuerza, pero al menos podía hacer vida casi normal, lo que era de agradecer. Tampoco era que le guardase realmente rencor, quizás envidia en todo caso.

Él quería al sensei como un padre, pero allí mismo estaba su verdadero hijo, aquel que podía decepcionarle sin que su cariño se acabase realmente nunca, como le había demostrado cuando se lo llevó a vivir con él, después de todo lo que había pasado, tras la huida, el correccional, unirse a Kreese, al final habían acabado el uno junto al otro. Después de todo Robby si era su hijo, no como él que solo era un sustituto.

En aquel momento su madre se había enfadado muchísimo y la relación entre el sensei y ella se había enfriado. Se habían acabado las citas, los tuppers con comida y sobre todo el dirigirle la palabra. Pero en el fondo parecía que la cordialidad estaba regresando al valle. Suspirando tomó el cubo de la fregona y se dispuso a llenarlo de agua cuando su compañero de limpieza cerró el Dojo con la llave.

- ¿Qué haces? - Pregunto preocupado.

- Papá no va a volver hoy y tú y yo tenemos una discusión pendiente. - Le encaró cruzándose de brazos.

- No voy a pelear contra ti.

- ¿Porqué? ¿Me tienes miedo? - Y Miguel le miró con cierto resentimiento.

- Yo no te temo. Pero por si no lo has notado aún me estoy recuperando de una lesión.

- Lo sé. - Retuvo la respiración. - Fue mi culpa. Así que lucha conmigo. - Se relamió los labios y añadió. - Hagamos esto bien. Esfuérzate, déjame ver lo que has mejorado y si tú ganas haré mi mejor esfuerzo para tratarte como un hermano, como a mi padre le gustaría que nos llevaremos.

- ¿Y si ganas tú?

- Te quedas media hora tumbado en el tatami sin moverte.

- ¿Por qué quieres que haga una tontería así?

- Por qué tendrás que escuchar todo lo que te diga sin poder quejarte y podré hacerte cosquillas hasta que te mees. - Miguel sopesó la situación durante unos minutos y al final aceptó el reto.

En ropa de calle, sin árbitros y confiando solo en su palabra para no hacer trampas los muchachos comenzaron el desafío. Los golpes volaron a favor de uno y de otro, hasta que en un giro Robby logró el tercer punto. Miguel no se molestó en recurrir, había perdido con honor y así asumió la derrota mientras el otro le recordaba que debía de tumbarse en el suelo y no mover ni un músculo.

- Tranquilo, no pienso moverme.

- Bien. - Robby caminó alrededor de Miguel y sonrió con malicia. - Te crees muy especial porque mi padre se porta bien contigo, ¿verdad? - El muchacho se mordió la lengua para no contestar, mientras le insultaba mentalmente. Había prometido no mover ni un músculo y pensaba cumplirlo. - Tu nunca vas a ser mi hermano Migui. - Reprodujo el apodo con el que su madre solía llamarle y Miguel sintió que la ira se apoderaba de él. Robby siguió sonriendo y aprovechó para bajarle el pantalón.

- ¡Eh! eso no estaba en el trato. - Dijo levantándose de golpe y Robby le volvió a tumbar.

- Sin moverte tramposo. - Y el moreno se tumbó de nuevo. - Voy a verte la mini poya que tienes. Y tú no vas a hacer nada para impedirlo porque me has dado tu palabra. Y tú tienes honor, ¿verdad Migui? - Y el otro chasqueó la lengua, cabreado, tratando de quitárselo de encima. - Vaya vaya, no recordaba que la tuvieras tan grande, pero seguro que todavía puede crecer más.

Miguel no supo cómo explicar lo siguiente que sucedió, simplemente cerró los ojos y se dejó hacer. Robby colocó su cabeza a la altura de su pubis y comenzó a dejar besos por su piel. Su cintura, sus muslos, sus piernas. Poco a poco todo su cuerpo fue recorrido con suavidad, como si una mariposa aletease a su alrededor. Y así Robert tomó valor. Le quitó la camiseta y dejó que las yemas de sus dedos dibujasen el hueso cadera subiendo hasta sus pezones. Lamió su esternón para acabar mordiendo su barbilla. Fue entonces cuando se abrieron los ojos marrones y sujetaron la mirada de los azules que ya no se veían sarcásticos ni divertidos. Muy al contrario, se veían asustados, esperando una reacción negativa por su parte, anticipando el golpe y el dolor. Pero el otro optó por entregarle la suavidad de una caricia sobre la mejilla.

- No tenemos que hacer nada que no quieras. - Sugirió con amabilidad y el rubio dejó escapar algo parecido a una risita nerviosa.

- Soy yo quien lo ha provocado, sería muy hipócrita por mi parte …. - Pero un suave beso le calló.

- No tenemos que hacer nada que no quieras. - Repitió con un poco más de fuerza y después le acarició la nariz con la suya y le abrazó.

- Lo sé. - Se aferró a él con fuerza y escondió su rostro en el hueco del cuello del otro. - Pero quiero hacerlo.

- Yo también. - Confesó el segundo y volvió a besarle. - Tu padre va a matarme.

- No. Nuestro padre va a matarnos. - Y mientras él se carcajeaba él moreno dejaba los ojos en blanco.

Robby ahogó un suspiro y golpeó primero, metafóricamente hablando. Aprovecho la desnudez de su compañero para deslizarse y quedarse entre sus piernas. Cerró los ojos y con hambre voraz se metió el miembro en la boca. Su cabeza bajaba y subía a un ritmo frenético por toda su longitud sin darle un descanso para asimilar aquella situación. Con la habilidad de un profesional el joven rubio introdujo el pene completo en su garganta y su compañero se estremeció aferrándose al cabello rubio y largo, apretando la cabeza contra sí mismo, acelerando el ritmo de la mamada hasta que sintió que estaba a punto de llegar al final. Entonces, tiró del pelo y lo subió hacia arriba para besar aquellos labios hinchados y enrojecidos.

Robby se dejó hacer mostrando una sumisión impropia de él. Se dejó besar, morder, acariciar, se dejó querer. Si bien había tenido sexo con unos cuantos muchachos y muchachas antes, era la primera de todas las veces en las que se sentía avergonzado.

Cuando lo probó con Miguel por primera vez éste era un niño, no en edad si no en experiencia. Era virgen. De esos que aún creían en el amor verdadero y en los cuentos de hadas, pero él sabía muy bien que el sexo solo era un medio social. O así había sido hasta ese momento. Su madre había cambiado de pareja sexual más a menudo que de ropa interior y su padre era algo que había preferido ocultar. Era cierto que una de las pocas cosas que hizo bien Johnny como padre fue darle la charla antes de que se iniciase en el mundo del sexo. Gracias a ello había evitado las venéreas y los embarazos, pero esa misma crianza había acabado con la inocencia que se ofrecía al primer amor. Hasta el momento en que conoció a Miguel.

Le había odiado al verle por primera vez. Él tenía el cariño de un hombre a quien siempre había extrañado y, sin embargo, gracias a ese mismo muchacho la relación con su padre había mejorado. Seguía siendo difícil hablar con él, especialmente después del accidente con Miguel, pero por lo menos ahora podían intentarlo. Irse a vivir con Johnny le había hecho tener más contacto con el moreno, primero a base de miedo y monosílabos, después acompañándose en los entrenamientos y más tarde llorando cuando Sam pasó de ambos para empezar a salir con Dimitri, sorprendiéndose incluso a sí misma. Así que el odio y la rivalidad mutua se esfumó al convertirse en las únicas personas en las que podían apoyarse a llorar por el adiós de la misma chica.

La primera vez que lo hicieron habían bebido unas cervezas robadas al sensei. Estaban tirados en la playa dejándose arrastrar por la pena y el sentimiento de derrota. Empezaron a hablar sobre la lucha en el instituto, sobre Cobra Kai, sobre el sensei Lawrence y al final uno de los dos propuso una ridícula idea por la que acabaron bañándose desnudos, después todo surgió producto del sentimiento de soledad. Empezaron a pelear, a morderse y acabaron besándose con fuerza, con rabia. Robby sabía que era él quien había indiciado aquel polvo, uno que solo iba a ser destructivo y casual, pero lo que consiguió en cambio fue una aterradora dependencia. Aquel día al acabar regresaron a casa y se despidieron con el terror grabado en los rostros.

Las siguientes semanas apenas hablaban más que con gruñidos y asentimientos de cabeza, pero en lugar de echarle en cara la situación Miguel se dedicó a intentar volver a acercarse a él. Al principio su madre no entendió por qué tenía tanto empeño en compartir su amistad con un muchacho que casi lo había matado, pero él se encogió de hombros y con tranquilidad le recordó lo mucho que ese chico había sufrido, igual que él. Al final su madre cedió y le dio una oportunidad. Unos días después era ella quien le obligaba a acercarse al apartamento para llevarles comida. Gracias a ello empezaron a hablar, después iniciaron los entrenamientos conjuntos y por último siguieron las charlas ridículas y amenas. Un mes después Robby rezaba para que el otro nunca se diese cuenta de que se había colado totalmente por él. Por suerte para él Miguel estaba demasiado ocupado intentando no parecer imbécil cada vez que se veían y eso hizo que poco a poco se fuesen acercando más. Hasta este mismo día, cuando acabaron sudados y satisfechos sobre el tatami que deberían haber limpiado.

Estaba claro que ninguno de los dos quería ser el primero en definir, abatidos, lo que sucedía entre ambos por miedo a que lo que fuese acabase ante la negativa del otro. Pero también era cierto que ninguno quería marcharse, ser quien fuera el que debía decir adiós. Quizás por eso remolonearon sin vestirse, cubriéndose con las sudaderas que se habían quitado antes del entrenamiento de la tarde. Un error por el que tuvieron que correr a esconderse al escuchar unas llaves girando la cerradura de la puerta. Ya era de día, el Dojo estaba hecho un asco y su ropa tirada por la habitación. Estaban sin salida atrapados como ratones.

Un golpe seco contra el suelo les hizo volver a respirar. El sensei había vuelto borracho. Johnny ni siquiera llegó a entrar del todo en el local, fue Robby quien corrió poniéndose unos pantalones y lo arrastró hasta el interior. Después, lo dejaron tumbado y arreglaron las cosas como pudieron para darle una mejor impresión cuando despertase. Miguel se fue, obligado por el rubio quien se quedó para cuidar de él y sobre todo para no encontrarse con la mirada desaprobadora de la madre de su compañero.

Miguel no se acordó de que había pasado la noche fuera hasta que llegó a casa y se encontró frente a su madre que desayunaba en la mesa con cara de pocos amigos. Quiso disculparse, pero al girar la cabeza para buscar la ayuda de su abuela, dejó a la vista un chupón y ante aquella sorprendente evidencia su madre cambió de humor.

- Si vas a quedarte en casa de alguien avisame por favor. Me asusté mucho anoche. - Pidió con dulzura y él la miró aterrado.

- Lo siento mamá. Te juro que fue sin querer.

- Lo sé cielo.

- Anoche tuviste suerte picarón. - Dijo con sorna su abuela. - ¿Follaste?

- ¡Mamá!

- ¡Abuela! - Gritaron los dos al unísono.

- Eso es un sí. El peque ya no es virgen. - Canturreo y Miguel quiso morir al saber que las risitas de aquellas mujeres serían su castigo.

Johnny estaba harto de aquella situación. Al principio le había hecho gracia pensar que Daniel podía sentir algo por él, le gustaba tener su atención, saber que estaba en su pensamiento. Pero ahora la situación se había desmadrado. El hombre se presentaba cada dos por tres en su trabajo para ridiculizarlo frente a los muchachos y él ya no podía más. No por lo que le dijese, eso le daba igual, pero la imagen de su negocio se caía a pedazos y tenerle allí solo lo empeoraba todo.

Con resignación llamó a la puerta y esperó a que Amanda le recibiese. Ella ni se molestó en preguntar qué había sucedido esa vez, simplemente le informó de que Daniel se encontraba en la parte de atrás, en el dojo familiar y le entregó una cerveza. Le encantaba esa mujer. Era tranquila, bastante directa y muy educada, justo lo que el imbécil de Daniel necesitaba, alguien capaz de ponerle freno a sus locuras y anclarle a la realidad. Quizás si Shannon o él se hubieran parecido un poco más a ella lo suyo hubiese podido funcionar.

Encontró a Daniel tirado sobre el tatami con el gi empapado de sudor y medio desatado. Bebió un sorbo largo de cerveza y se mordió los labios antes de llamar con los nudillos. El castaño ni siquiera necesito mirarle para saber que era él. Pronunció su nombre con agonía mientras le invitaba a entrar y se sentaba con las piernas cruzadas.

- ¿De verdad te gustaba? - Jonhhy estuvo a punto de ahogarse con la bebida.

- Pues sí.

- No lo entiendo. - Sus ojos seguían muy abiertos. - Si me hacías la vida imposible.

- Ya.

- Me insultabas, me pegabas, me manoseabas. - Una bombilla se encendió en su cabeza al decir la última palabra. - Eso ahora sí que tiene sentido.

- Si.

- Por favor deja ya los monosílabos. Necesito algo más, no sé. Más información, más cuando, donde, porque, o algo así.

- Ufff. Eso es complicado. Supongo que me di cuenta un par de veces después de arrearte. Cuando llegaba a casa estaba eufórico y siempre acababa tocándome. Al principio pensé que era por la adrenalina, pero luego empecé a soñar contigo en posturas …. - Dio un nuevo trago a la bebida y observó con atención la pared del Dojo antes de añadir. - Guarras.

- Dios. - Se quejó el otro dejándose caer de espaldas.

- Tranquilo tío. Una vez me tiré a una psicóloga que me dijo que era normal en la adolescencia realizar ese tipo de actos.

- ¿Ah sí?

- Claro. Y añadió más bajo para que el otro no le escuchase. - Porque no.

Inseguro tomó asiento junto a él y le dio un par de palmadas en el muslo que no fueron rechazadas. Eso parecía una buena señal.

- Oye le das demasiadas vueltas. Éramos críos, te hice la vida imposible, y te pido disculpas. Creo que lo mejor para ambos sería pasar página. Demostrar que hemos crecido y adelantar esto con madurez.

Los llantos de Daniel presionaron los sitios y un suave beso los cubrió. Fue tímido, casi con miedo. Fue un beso de alguien que no sabía lo que estaba haciendo y le recordó a la primera vez que una chica se le declaró, con el mismo recado y dulzura.

- Lo siento. - Se disculpó Daniel. - Pero a mí no me gustas. - Y Johny se rio tontamente al ver las mejillas del otro coloradas.

- Si. Ya lo sé. Pero espero que algún día podamos ser de esa gente que se saluda y dice, "ese, si fuimos a clase juntos". Me gustaría pasar página Daniel. De verdad. Olvidarme de la competición que perdí, de que soy un fracasado, de toda la mierda que he vivido.

- No eres un fracasado. Yo al menos no lo creo. Estás ayudando a un montón de chavales. Miguel es fantástico y no solo como deportista. Y tú hijo, bueno es mejor que tú y que yo.

- Están liados. - Soltó a bocajarro. - Robby cree que no me he dado cuenta. Pero llevan un par de meses, aunque ninguno de los dos está preparado para reconocerlo.

- Ah, oh … - La elocuencia de su interlocutor hizo al rubio reírse entre dientes.

- Son otros tiempos. Son jóvenes, están experimentando. Seguramente no lleguen al año juntos. Pero mientras ellos estén a gusto yo me haré el tonto. Ese es nuestro trabajo después de todo. - Palmeó la pierna del otro y se puso de pie dispuesto a marcharse. - Tu lo sabes cómo yo, a fin de cuentas, somos padres.

Dejó allí al que fuese su más controvertido enamoramiento infantil y pasó el resto de la noche bebiendo sin parar. Quería olvidar el beso que le había sido otorgado, que le había hecho querer más, aun sabiendo que era imposible. Quería olvidar su sabor y el perdón que esa acción le había regalado. Así que, vacío botella a botella las cervezas y luego arrastrándose hasta el gimnasio.

Dos días después la resaca aún mañana sus sienes, pero él la ignoró y sonrió cuando vio a su hijo sentado bajo las escaleras besándose con Miguel. Se escuchaban sus risas tontas, sus suspiros y también el miedo que esa nueva experiencia les producía. Y al desviar los ojos se chocó con los de la madre de su estudiante, que se encogía de hombros y miraba al cielo fingiendo que no entendía nada. Pero como él, ella también esperaba el momento en que los jóvenes lo confesaran, respetando el espacio que necesitaban para descubrir lo que había entre ambos.

- Que seáis felices chicos. - Les deseo en voz baja. Rogando que jamás cometiesen sus mismos errores y nunca tuvieran miedo de ser quienes realmente eran.