UNA ÚLTIMA NOCHE


DISCLAIMER: Esta historia, no me pertenece es una adaptación, de una de otras de mis escritoras favoritas, si el libro les llega a su país cómprelo vale oro.

Helen Brooks © Una última noche

Miraculous Ladybug © Thomas Astruc

Adaptación © Fandom MLB


NUEVO CAPITULO


Advertencia: Lemon


CAPITULO 10

Al final, Marinette no perdió la consciencia. Se dio cuenta de que Adrien se arrodillaba a su lado y la abrazaba mientras le decía que respirara hondo y no se moviera. También percibió su maravilloso olor y su contacto sólido y reconfortante.

Recuperó la voz cuando él la tomó en brazos y le dijo:

Voy a llevarte dentro.

No. Hay un gato que está en peligro –musitó ella.

¿Un gato? –Preguntó él incrédulo–. ¿De qué estás hablando? Estás helada y voy a meterte en casa.

No –su voz había ganado fuerza y le apartó los brazos cuando él trató de levantarla–. Hay un gato ahí, detrás de los troncos, y está enfermo o es una gata y está preñada. Míralo –dejó que él la ayudara a levantarse–. Mira, ahí. No llego a agarrarlo y está aterrorizado. No podemos dejarlo ahí con este tiempo...

Vale, vale –muy enfadado, pero menos asustado al ver que ella se había puesto de pie y parecía estar bien, Adrien escudriñó las sombras donde ella le había indicado. Y lo vio–. Sí, ya lo veo. ¿Estás segura de que no saldrá y se irá a casa si lo dejamos en paz?

Totalmente segura. Y no creo que tenga casa. Le ha sucedido algo malo.

Le aterran los seres humanos, ¿no lo ves? Y está muerto de hambre.

Pues a mí me parece gordito.

Es por la tripa. Por Dios, ¡el resto es un puro esqueleto! Tenemos que hacer algo.

Muy bien.

En cierto modo, le estaba agradecido al animal. Había ido aquella noche porque había oído que el tiempo iba a ser horrible, lo cual era la excusa que llevaba semanas buscando para verla. Mientras ella estuvo viendo a Claudie no quiso hacer nada para contrariar su deseo de no verlo. Pero ella no podría objetar nada al hecho de que fuera a visitarla para comprobar si tenía suficientes provisiones y estaba preparada para la ventisca que se avecinaba. Por si acaso, había comprado un montón de exquisiteces. Y esperaba que ella lo invitara a tomar algo, pero no que lo recibiera con los brazos abiertos, como había sucedido, aunque se debiera a la presencia de un felino sin hogar.

¿Qué vas a hacer? –preguntó ella–. Tenemos que ayudarlo.

La miró. Al darse cuenta de que no tendría otra oportunidad como aquella, señaló la casa.

Ve a abrir y cierra en cuanto el animal entre.

Pero no vas a poder agarrarlo.

Lo haré –como había Dios que lo agarraría.

Cuando ella se situó junto a la puerta abierta, Adrien estiró la mano hacia el hueco que había entre la leña y la valla. Oyó bufar al gato y sintió que le clavaba las uñas, pero consiguió agarrarlo por el cuello y sacarlo. Se dio cuenta en el acto de que Marinette estaba en lo cierto: el pobre animal estaba en los huesos, pero la tripa la tenía muy hinchada, probablemente por estar llena de crías.

Se había criado con perros y gatos y apretó al animal contra el abrigo mientras le decía cosas tranquilizadoras y trataba de no maldecir cuando le clavaba las uñas. Pero no lo mordió, lo cual ya era algo, dadas las circunstancias, sobre todo porque estaba muerto de miedo.

Cuando entró en la casa, dijo:

Mari, calienta un poco de leche. Y hay que darle algo de comer –se sentó en un taburete de la cocina aun agarrando al animal–. ¿Tienes una caja de cartón que le sirva de cama?

Ella negó con la cabeza mientras echaba leche en un plato. Después empezó a partir el pollo en trocitos.

Puedo traer una manta.

Lo que sea.

La gata se había calmado, pero seguía temblando. Con una mano comenzó a acariciarla y, sorprendido, vio que no se revolvía ni trataba de escapar, sino que se acomodó en su regazo como si estuviera exhausta. ¿Cuánto haría que se las arreglaba sola? En cualquier caso, no le había ido muy bien. Se imaginaba que, al quedarse preñada, sus dueños la habían abandonado.

Marinette le llevó el plato de leche y lo sostuvo frente al animal, que, en cuestión de segundos, dio buena cuenta de ella.

Pobrecita –dijo ella, al borde de las lágrimas–. ¿Cómo se puede abandonar a una gata tan bonita?

Ella había llegado a la misma conclusión que él sobre el sexo del felino.

No me lo explico, pero me gustaría quedarme a solas durante cinco minutos con quien haya sido –respondió él en tono sombrío–. Prueba ahora con el pollo. No quiero dejarla en el suelo por si sale corriendo y la asustamos de nuevo al tratar de agarrarla.

Con el pollo pasó exactamente lo mismo que con la leche. Adrien se desabrochó el abrigo e introdujo al animal como si fuera un nido.

Tiene que entrar en calor –le dijo a Marinette–, y al tenerla así le damos a entender que no queremos hacerle daño. Ahora es lo más importante.

¿Traigo más pollo y más leche? –extendió la mano con precaución y le acarició la cabeza a la gata. El animal se puso tenso durante unos segundos, pero volvió a relajarse. Era evidente que estaba agotado.

No hay que darle mucho de una vez porque lo vomitará si lleva mucho tiempo sin comer. Dentro de un par de horas volveremos a intentarlo.

Ella asintió y lo miró a los ojos.

En mi vida me he alegrado más de ver a alguien –dijo con sinceridad–. No sabía qué hacer.

Él se dijo que no se alegraba de verlo a él concretamente, pero volvía a ser mejor que nada.

Por cierto, debo ir a recoger algunas cosas al coche.

¿Qué cosas?

Quería asegurarme de que tenías suficientes provisiones para el mal tiempo que se avecina –teniendo en cuenta lo bien que había resuelto lo de la gata, se arriesgó a probar suerte–. Y esperaba que pudiéramos cenar juntos – añadió en tono despreocupado– antes de volverme a casa.

Marinette lo miró solemnemente.

Será estupendo –se limitó a decir.

La gata decidió ponerse a ronronear en ese momento, y Adrien supo exactamente cómo se sentía. Para ocultar su júbilo, sonrió y dijo:

Escúchala. Es una buena gata. A pesar de lo que le ha pasado, sigue dispuesta a confiar en nosotros.

Voy a preparar café. Lo siento, pero es descafeinado.

No importa –aunque le hubiera ofrecido barro mezclado con agua le hubiera parecido bien. Se bebió el café con la gata aún dentro del abrigo. Se había quedado profundamente dormida. Hablaron de cosas intrascendentes. En el exterior, el viento había cobrado fuerza, aullaba y golpeaba los cristales de las ventanas.

Al cabo de un rato, Marinette fue a buscar una manta e hicieron la cama a la gata en la cesta de plástico de la ropa sucia. Le dieron más pollo y leche antes de que él se sacara el animal del abrigo y lo depositara con cuidado en la cesta.

Marinette la había colocado cerca del radiador de la cocina.

Es muy joven –afirmó Adrien mientras ambos miraban al animal–, pero ya va a tener gatitos. Y, si no me equivoco, será muy pronto.

¿Cuándo? –preguntó ella, alarmada.

Es difícil saberlo. Puede ser dentro de unas horas o de unos días.

Pero ¿habrá tiempo de llevarla al veterinario?

Es posible que se asuste. ¿A qué distancia está el más próximo?

No tengo ni idea.

Pues consulta la guía telefónica mientras voy al coche a por las cosas – miró el reloj–. Son casi las cinco, pero aún estarán trabajando. Llamaré para preguntar si pueden hacer una visita a domicilio.

¿Lo harán sin conocernos? No somos clientes.

No lo sabremos hasta que se lo preguntemos.

Sin pensárselo dos veces, ella le rodeó el cuello con los brazos y lo besó con fuerza. Se separó y retrocedió antes de que él pudiera reaccionar.

Él la miró atónito.

¿Y eso?

Por preocuparte.

¿Por la gata?

No solo por ella –contestó Marinette con voz suave.

Algo le indicó a Adrien que no debía presionarla en aquel momento.

Voy a traer la comida. Busca el número del veterinario.

Cuando él llamó a la clínica, situada a unos veinticinco kilómetros de casa de Marinette, la recepcionista no se mostró muy servicial, aunque al final, ante su insistencia, le pasó con una de las veterinarias.

La mujer era joven, recién licenciada y entusiasta, a lo cual Adrien añadió su considerable encanto, además de ofrecerse a pagar la visita por teléfono con tarjeta de crédito, así como cualquier otro gasto adicional en metálico antes de que la veterinaria saliera de casa de Marinette.

Esta, mientras lo oía hablar, se convenció de que había sido su encanto lo que hizo que la veterinaria le asegurara que estaría allí al cabo de una hora.

Cuando Adrien comenzó a sacar la comida de las bolsas, ella se quedó asombrada de todo lo que había comprado: un jamón cocido, un pavo pequeño, una bandeja de canapés de delicioso aspecto, una empanada de cerdo, toda clase de quesos, mermeladas, un bizcocho de Navidad, una caja de magdalenas de chocolate, pastelillos de carne, hortalizas, frutos secos, fruta...

Con esto comería una familia entera durante una semana –afirmó ella cuando la última bolsa quedó vacía–. ¿Todo esto solo para mí? ¿Qué te ha dado?

He debido de suponer que tendrías visita –le sonrió mientras ella comenzaba a meter cosas en la nevera.

¿Visita? –lo miró con las mejillas encendidas.

Él le señaló la gata con la cabeza.

Ah, claro, pero no va a comer mucho –por un momento había creído...

Pero no, él no se auto invitaría a quedarse, si se atenía a las reglas que le había impuesto. Si ella hubiera querido que pasasen la Navidad juntos, se lo habría pedido. ¿Lo deseaba? O más exactamente, ¿deseaba lo que eso implicaría después de Navidad? Porque una cosa era segura: no podía seguir jugando con su corazón. Tenía que estar segura; y no lo estaba. ¿O sí?

Ya verás. Va a tener crías a las que tendrá que alimentar, y tiene que recuperar el tiempo perdido.

Como si supiera que estaban hablando de ella, la gata se despertó, se estiró y se levantó. Cuando Adrien la sacó de la cesta, no forcejeó, sino que maulló suavemente.

Marinette se apresuró a calentar más leche y a cortar más pollo, y Adrien dejó a la gata en el suelo para que comiera. Dejó limpios ambos platos, volvió a estirarse y se dirigió a su cama, saltó dentro de la cesta, se instaló en ella y los miró.

Marinette se agachó a su lado y la acarició.

Es muy guapa –murmuró– y muy valiente. Debe de haber estado desesperada al saber que sus hijos iban a nacer sin tener comida ni un lugar donde refugiarse. Es un milagro que haya sobrevivido.

La gata comenzó a ronronear, y Marinette tuvo ganas de llorar. ¿Cómo podían haberla tratado con tanta crueldad abandonándola en invierno y sabiendo que la probabilidad de que ella y las crías sobrevivieran era mínima?

Ahora te ha encontrado –dijo Adrien–, y sabe que la cuidarás.

Llena de emoción, Marinette lo miró. Sintió que estaba al borde de algo muy profundo.

¿Crees que debo quedarme con ella?

Sí, necesita a alguien que la quiera incondicionalmente.

Marinette se tragó las lágrimas.

Pero es tan frágil y está tan delgada... No sé si sobrevivirá al parto. ¿Y qué pasará con los gatitos? Si la madre ha pasado hambre, ¿cómo serán?

No te adelantes a los acontecimientos. Creo que es más fuerte de lo que aparenta. No vayas a fallarle.

No lo haré –respondió ella levemente indignada–. Es lo último que se me ocurriría.

Muy bien –él sonrió–. En ese caso, tiene posibilidades de salir adelante. Llamaron a la puerta. La veterinaria era una mujer grande y pechugona, de mejillas sonrosadas y manos enormes, pero de una delicadeza extrema con la paciente. La gata se dejó hacer dócilmente. Cuando acabó de examinarla, la veterinaria hizo un gesto negativo con la cabeza.

Me sorprendería que tuviera más de un año. Es casi un gatito, lo cual es un problema por varias razones. Es posible que le resulte difícil parir y en su estado no tiene mucha fuerza. Al estar tan desnutrida, no sé si su leche será buena para los gatitos, en el caso de que sobrevivan al nacimiento. Pero es un animal muy bonito, ¿verdad?

¿Qué se puede hacer para ayudarla de forma inmediata? –preguntó Adrien.

Lo que más necesita es descanso y comida. Y es importante que esté caliente. Venga conmigo a la clínica y le daré comida especialmente preparada para hembras preñadas y madres que alimentan a sus crías. Ahora voy a ponerle una inyección de vitaminas y cuando esté algo más fuerte habrá que vacunarla contra la gripe y otras enfermedades. De momento, si la mantienen encerrada, no entrará en contacto con otros felinos que puedan contagiarla. Creo que parirá muy pronto, aunque es difícil saberlo en un caso como este. Si se pone de parto y están preocupados, llámenme. Les dejaré el número de mi teléfono móvil –sonrió–. Seguro que comenzará en cuanto me siente a la mesa para la comida de Navidad.

Es usted muy amable –afirmó Marinette.

Se trata de un caso excepcional –le aseguró la joven–. No quiero ni imaginarme lo que habrá sufrido en las últimas semanas. Durante las próximas veinticuatro horas, que coma y beba todo lo que quiera cada poco tiempo. Pero les prevengo que tiene pocas posibilidades de que las crías nazcan vivas. Puedo darles vitaminas para que se las pongan en la comida, pero me temo que es un poco tarde.

Marinette asintió.

De todos modos, queremos intentarlo.

Muy bien. Acarícienla, háblenle y denle mucho afecto. Ningún libro de veterinaria les recomendará eso, pero, en mi opinión, obra milagros con animales maltratados. Entienden más de lo que creemos.

La veterinaria les dio algunas instrucciones más y se marchó con Adrien.

Marinette se quedó con Tikki, que era como había decidido llamar a la gata.

Antes de marcharse, Adrien había llevado la cesta al salón y la había colocado frente a la chimenea. Después de comer algo más, la gata se durmió.

Marinette trató de ver la televisión, pero toda su atención estaba concentrada en el animalito.

La veterinaria le había explicado las señales que indicaban el comienzo del parto. Marinette rogó que no sucediera nada antes de que Adrien volviera. Él sabría qué hacer; siempre lo sabía.

Fue inmenso el alivio que experimentó cuando oyó que la llamaba al abrir la puerta con la llave que le había dado. Salió corriendo al recibidor y le preguntó atropelladamente:

¿Tienes todo? ¿Le damos la comida especial ahora mismo?

Se detuvo a tomar aliento.

Adrien la miró con expresión divertida.

Sí, sí –respondió.

Estaba increíblemente sexy. Antes de darse cuenta de lo que decía, le espetó:

¿Te quedas esta noche por si pasara algo?

Él sonrió dulcemente.

No pensaba dejarte sola, Mari. Ahora vamos a darle de comer a la paciente y después comeremos nosotros. Algo fácil y rápido, como huevos con jamón. ¿Tienes un edredón de sobra para mí y una almohada para el sofá?

No cabes en el sofá. Me quedaré yo aquí abajo con la gata.

Tienes que dormir –le miró el vientre–. Ya me las arreglaré. Y ahora vamos a ver si le gusta esta comida más que el pollo.

Cuando abrieron la lata, la comida olía muy mal. Predominaba el olor a pescado, pero Tikki se zampó un plato sin respirar.

Es caviar para gatos –comentó Adrien–. Por el precio, desde luego. Voy a dejar el negocio inmobiliario y a dedicarme a la comida para felinos.

Marinette sonrió. Se sentía muy bien teniéndolo allí. Y no solo por Tikki. Comieron en la mesa del comedor. Marinette se alegró de haber quitado todos los papeles y haber colocado un centro de mesa navideño. Eso, y el árbol de Navidad que había puesto en el salón, daban la impresión de que se había esforzado.

En realidad, nunca había tenido menos ganas de celebraciones, al menos hasta que oyó la voz de Adrien.

Melanie insistió en poner la cesta de la gata donde pudieran verla mientras comían. Al acabar llevó el café y las magdalenas de chocolate que había comprado Adrien al salón mientras él llevaba a Tikki, a la que volvió a colocar frente a la chimenea.

Las magdalenas estaban deliciosas. Ella se tomó tres y miró horrorizada a Adrien.

No voy a caber por la puerta antes de que nazca el bebé. Se me han quitado las náuseas y solo pienso en comer. En cuanto acabo de desayunar pienso en la comida, y luego en la cena. La Navidad no me ayuda precisamente, con todas las tentaciones que despliega.

A mí siempre me parecerá que estás estupenda –le levantó la barbilla y le lamió una mancha de chocolate de la comisura de los labios antes de besarla. Los labios de ella, cálidos y suaves, le devolvieron el beso mientras le subía la mano por la espalda y la enredaba en sus cabellos.

Él la besó más profundamente. Después pasó de la boca a la garganta y al escote.

Ella ahogó un jadeo y él alzó la cabeza para mirarla.

Te deseo –murmuró–. Te deseo todo el tiempo: cuando trabajo en mi escritorio, en el coche, en casa, cuando como o me ducho. No hay un solo minuto del día en que no piense en ti. Te llevo en la sangre, ¿lo sabes? Y te llevaré toda la vida. Es una dulce adicción contra la que no puedo luchar.

¿Quieres hacerlo? –le preguntó ella con voz débil.

Él esbozó una sonrisa agridulce.

Ha habido veces en que he pensado que sufriría menos si lo hiciera, pero no, no quiero hacerlo.

Entonces fue ella la que lo besó, y el cuerpo de él vibró ante su contacto. Le acarició los senos y se detuvo en los endurecidos pezones.

Ella no protestó cuando le quitó el vestido. Tenía los pechos más llenos. Su vientre, ya algo hinchado, lo dejó sin aliento. Su cuerpo cambiaba para adaptarse a su hijo. Sintió una oleada de amor posesivo que le dificultó la respiración.

Adrien...

Eres tan hermosa, Mari –susurró él con los ojos brillantes de lágrimas que no llegó a derramar–. Tan hermosa...

Se desvistieron el uno al otro lentamente, acariciándose y besándose mientras lo hacían, hasta quedar desnudos y temblorosos de deseo. Ella se puso encima de él sobre el sofá, que era donde estaban tumbados, se sentó a horcajadas y se deslizó por el orgulloso miembro masculino en erección.

El interior de ella era cálido e increíblemente suave, y, cuando Marinette comenzó a moverse, él trató de controlarse para que alcanzaran juntos el clímax.

Observó el placer de su rostro con el cuerpo temblando a causa de la tensión de los músculos para no alcanzar la liberación que estaba deseando.

Sintió que ella llegaba a la cumbre y la acompañó en aquella oleada de pura sensación.

Ninguno pudo hablar hasta segundos después de que ella se hubiera acurrucado sobre él.

¡Vaya! –Murmuró él con voz ronca–. Dime que no es un sueño y que no me voy a despertar dentro de un minuto en mi casa.

Es real –ella se estremeció y él agarró un chal que había en el respaldo del sofá para envolverlos en él.

Ella se durmió al cabo de unos segundos. Él miró la cesta. La gata también dormía entre los pliegues de la manta. Su cuerpecito apenas se movía al respirar.

«Te debo una», pensó. «Y ahora que me has hecho llegar hasta aquí, no voy a marcharme».

La habitación se había llenado de sombras producidas por las llamas de la chimenea y las luces del árbol de Navidad, que creaban un ambiente cálido y relajante. En el exterior, el viento continuaba gimiendo y aullando, y lanzaba el aguanieve contra los cristales de las ventanas con tal saña que la habitación parecía aún más cálida y acogedora.

Adrien apretó a Marinette contra sí y se durmió.

Hola mis lectrox, que tal, como les ha ido un nuevo capítulo espero que les guste. Y para los que querían el capítulo pronto aquí se los traje.

Bueno Tikki, concordamos con Adrien gracias por tráelo, no lo creen ustedes, espero que esta felicidad dure hasta que termine, la historia.

BAY KITTIS