UNA ÚLTIMA NOCHE
DISCLAIMER: Esta historia, no me pertenece es una adaptación, de una de otras de mis escritoras favoritas, si el libro les llega a su país cómprelo vale oro.
Helen Brooks © Una última noche
Miraculous Ladybug © Thomas Astruc
Adaptación © Fandom MLB
NUEVO CAPITULO
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Avertencia lemon.
CAPITULO 11
Una vibración distante sacó a Marinette de un dulce sueño. Abrió los ojos y descubrió que estaba tumbada con la mejilla apoyada en el pecho de Adrien y el cuerpo acurrucado a su lado, como un animalito que se hundiera en la fuente de su comodidad. Los latidos del corazón masculino todavía le resonaban en la cabeza.
Evitó pensar durante unos segundos y disfrutó del olor de Adrien y de que él estuviera allí, con ella. El bebé se movió como si supiera que su padre estaba cerca.
Marinette sonrió para sí ante sus imaginaciones.
Alzó la cabeza con precaución para mirar a Tikki. Adrien y ella debían de haber dormido una hora, más o menos, pero la gata seguía plácidamente dormida.
La veterinaria les había dicho que la mejor medicina era la comida y el descanso.
Si pudieran proporcionárselos durante unos días antes de que pariera, tal vez los gatitos y la madre sobrevivirían.
Rezó en silencio.
«Por favor, Señor, que todo acabe bien. Quiero un final feliz por una vez en la vida. No es más que una gatita. No te la lleves antes de que su vida haya empezado de verdad. Y deja que los gatitos vivan y jueguen y sientan el sol en verano. Por favor».
Adrien le había dicho que Tikki sabía que la cuidarían y que necesitaba que alguien la quisiera incondicionalmente. En aquel momento supo por qué sus palabras la habían impresionado tanto. Así se había portado Adrien con ella.
Desde el primer día había antepuesto las necesidades de ella a las suyas, en el dormitorio y fuera de él, y la había amado sin límites y sin reservas.
Inspiró mientras se estremecía. Pensaba con una claridad que no había tenido desde hacía meses.
Después de que Hugo muriera, el sentimiento de culpabilidad y los remordimientos habían conseguido que se encerrara en sí misma. Estaba tan inmersa en sentirse culpable y en condenarse, tan convencida de que llevaba la mala suerte a los demás y de que Adrien estaría mejor sin ella, que no había tenido en cuenta la posibilidad de estar equivocada. Había sido una egoísta al no darse cuenta de que también él sufría. Había aprendido mucho sobre sí misma en las semanas de terapia con Claudie, y algunas cosas habían sido difíciles de aceptar.
Pero Adrien no la veía como ella se veía. La quería con locura, tal como le había dicho que Tikki necesitaba ser querida: incondicionalmente. Cuando ella lo abandonó, él le dijo que nunca renunciaría a ella, que, aunque se divorciaran y ella se marchara al otro extremo del mundo, no dejaría de intentar hacerla entrar en razón para que volviera. Entonces se había sentido aterrorizada, pero en aquel momento...
Alzó la cabeza y miró su rostro mientras dormía.
En aquel momento le estaba humilde y eternamente agradecida.
Se llevó la mano al vientre, donde estaba su hijo. Nunca podría dejar a aquel niño ni a su padre. ¿Cómo se le había ocurrido pensarlo ni por un instante?
En el fondo de su corazón siempre había sabido que no tendría fuerzas para renunciar a su hijo. Eso era lo que la había aterrorizado al saber que estaba embarazada, porque entonces seguía creyendo ser una maldición para sus seres queridos.
¿Y qué creía en aquellos momentos? Porque, si volvía con Adrien, tenía que ser en cuerpo y alma. Había pedido un final feliz para Tikki, pero debía creer que también había uno para ella, creer que podía confiar en Adrien y ofrecerle esa parte de ella que siempre había ocultado. ¿Podría hacerlo?
Oyó un ruido y volvió a levantar la cabeza. La gata se había despertado y no dejaba de dar vueltas en la cesta. Lanzó un maullido, dio un salto y desapareció tras el otro sofá.
Marinette se incorporó bruscamente y despertó a Adrien, que masculló medio dormido:
–¿Qué demonios pasa, Marinette?
–Creo que Tikki va a tener los gatitos –había miedo en su voz–. Es demasiado pronto, Adrien. Quería que durante unos días descansara y se alimentara bien. ¿Qué vamos a hacer?
Adrien se incorporó.
–¿Dónde está? –preguntó mientras miraba la cesta vacía.
–Detrás del otro sofá. La veterinaria nos dijo que era posible que se escondiera.
Él se levantó, completamente desnudo, y cruzó la habitación para mirar detrás del sofá.
Marinette tenía razón. La gata estaba haciendo lo que la veterinaria les había dicho. Aunque esperaban que el parto se pospusiera unos días, el tiempo se había acabado.
–Es demasiado pronto –repitió Marinette al tiempo que resurgían sus antiguos miedos y dudas.
Adrien le acarició la mejilla.
–No te dejes llevar por el pánico. Tikki sabrá qué hacer. Los animales son tremendamente sensibles a ese respecto. Trae un poco de leche templada y algo de comida. Ahora, vístete. Sé buena chica.
En la cocina, Marinette se dio cuenta de que el aguanieve se había convertido en nieve mientras Adrien y ella dormían, y ya había cuajado. Los copos eran enormes y el cielo estaba plomizo. Si la tormenta continuaba como hasta entonces, no era probable que la veterinaria pudiera llegar a la casa, si la necesitaban.
Se quedó unos instantes mirando por la ventana y mordiéndose el labio superior, pero se dijo que no le pasaría nada a Tikki. No quería pensar lo contrario. Y los gatitos también estarían bien.
La gata bebió la leche que le depositaron en su escondite, pero no tocó la comida. A medida que los maullidos aumentaron de intensidad, Marinette tuvo que hacer un esfuerzo para sentarse y dejar de deambular por la habitación.
Adrien salió a por más leña y carbón y, cuando entró, Marinette le dijo:
–Ya lo sé –refiriéndose a su gesto hacia la ventana para indicar el tiempo que hacía.
Tres horas después nació el primer gatito. Adrien estaba tumbado en el suelo mirando debajo del sofá. Tikki cortó con habilidad el cordón umbilical y comenzó a lamer a la cría por todo el cuerpo. Cuando vio que esta se movía respiró aliviado, más por Marinette que por el gato.
Otro gatito nació poco después, y cuando vieron que Tikki hacía lo mismo que con el primero, ella susurró:
–Mírala, va a ser una madre estupenda. Y los gatitos están vivos y parecen estar bien.
Él la miró, tendida a su lado en la alfombra. Estuvo a punto de decirle que aún podían salir mal muchas cosas. Quedaban más crías por nacer y tal vez no tuvieran la suerte de las primeras. Incluso cabía la posibilidad de que Tikki, exhausta, no pudiera seguir soportándolo mucho más tiempo. Pero la miró a los ojos y algo en ellos le impidió hablar. Le agarró las manos.
Se produjo una espera que les pareció interminable. No se atrevían a moverse, pero, entonces, nació el tercer gatito, y Tikki hizo lo mismo que con los anteriores. Pero esa vez, después de lamerlo a conciencia, lo agarró y saltó a la cesta, donde lo depositó, procedimiento que repitió con las otras dos crías.
Después comió algo y bebió un poco de leche, y fue a tumbarse con las crías.
–¿Crees que ya está? ¿Que solo son esos tres? –Melanie se dio cuenta de que tenía tortícolis. Estaba agotada, pero también sentía una alegría que no podía expresar con palabras.
–Eso parece –Adrien trató de ocultar su alivio ante lo bien que había salido todo.
Parecía que Tikki se las había arreglado a pesar de su mal estado de salud. Las crías se habían aferrado a las tetillas de la madre. Adrien agradeció a la
Madre Naturaleza que solo le hubiera dado tres crías, ya que tendrían más posibilidades de sobrevivir que si hubiera habido más.
–¿Y ahora qué hacemos? –Marinette se sentó y estiró el cuello dolorido–. No me gusta la idea de dejarla sola.
–Parece que Tikki se ha ganado un merecido descanso –Adrien se puso de pie y la ayudó a levantarse–. Vete a dormir y yo me quedaré a vigilarla.
Marinette miró a su esposo y supo lo que tenía que decir.
–O puedes subir la cesta al piso de arriba y ponerla cerca del radiador del dormitorio, por si nos necesita. Podemos subir leche y comida y dejarlas cerca de la cesta, por si acaso tiene hambre durante la noche.
Adrien la miró con expresión interrogante.
–No quiero dormir sola ni una noche más –prosiguió ella en un susurro–. Me he equivocado en muchas cosas, Adrien. Supongo que en mi fuero interno lo sabía, pero al ver a Claudie todo ha salido a la luz, todos los miedos y dudas. Quiero... Quiero que estemos juntos, no solo esta Navidad, sino el resto de la vida y...
No pudo continuar porque él la levantó del suelo con un abrazo. La besó como si el futuro no existiera y ella lo hizo del mismo modo, aferrándose a él con tanta fuerza que apenas lo dejaba respirar.
Al cabo de unos minutos, él la depositó en el suelo y la llevó al sofá, donde la sentó en su regazo.
– ¿Estás segura? –le preguntó en voz baja–. Me refiero a que si todos los miedos y dudas han desaparecido.
Él se merecía que le dijera la verdad. Le acarició la cara.
–Quiero estar segura –afirmó ella con sinceridad–. Ahora me conozco mucho mejor, pero supongo que todavía no he acabado de hacerlo. Esta noche me he asustado mucho a causa de Tikki.
–Yo también, Mari. Es natural –la besó en los labios con fuerza–. Es normal que cuando se quiere a alguien se tema perderlo. Supongo que es la otra cara de la moneda. Pero la cara buena hace que merezca la pena lanzarla, ¿me entiendes? –volvió a besarla–. Y en la mayoría de los casos, la cara buena compensa todo lo demás. Tuviste una infancia difícil y desarrollaste un mecanismo para mantener a los demás a distancia, de modo que no te hicieran daño ni tú a ellos. Lo entiendo. Y entonces aparecí y todo cambió. Si las cosas hubieran sido distintas con Hugo, de todas maneras, antes o después, hubieras tenido que hacer frente al hecho de que necesitabas sacar a la luz los problemas que habías enterrado en tu interior. Pero hubiera sucedido de forma más lenta y natural.
–Pero tuvo lugar el aborto y Hugo murió –afirmó ella. Le seguía doliendo tanto como antes, pero la naturaleza de la pena había experimentado una sutil modificación en las semanas anteriores. Era igual de intensa, pero más soportable porque el sentimiento de culpabilidad había desaparecido. Podía llorar a su niño sin tener que castigarse cada día, a cada segundo.
–Sí, murió –dijo él con voz emocionada–. Y siempre nos lo reprocharemos porque, en un accidente de esa naturaleza, siempre hay motivos para hacerlo. No eres la única que se ha echado la culpa. Yo sabía que no te sentías bien ese día. Podía haberme quedado en casa. ¿Qué importancia tenía el trabajo comparado con nuestro hijo y contigo? Y Natalie también se lo ha reprochado. Hubiera deseado haberse quedado contigo mientras comías y después haberse llevado la bandeja.
Pero ninguno de nosotros sabía lo que iba a suceder.
Marinette asintió. ¿Cuántas veces había deseado retroceder en el tiempo hasta la mañana del accidente y hacer las cosas de otro modo? Innumerables. Había revivido cada minuto de aquella fatídica mañana hasta creer que iba a perder el juicio.
Tenía que parar. Y hacerlo de una vez. Debía ser fuerte por el nuevo bebé y por Adrien, y también por Hugo. Tenía derecho a que lo recordaran con amor y devoción y, sí, con dolor también, pero el recuerdo de su amado hijo había estado a punto de ser destruido por su corrosivo sentimiento de culpabilidad.
–Era precioso –murmuró con los ojos llenos de lágrimas.
–Y tan pequeño –afirmó Adrien con voz ronca–. No pesaba nada en mis brazos.
Ella apoyó la frente en la de él y sus lágrimas se mezclaron. Pero, por primera vez desde la muerte de Hugo, fueron lágrimas reparadoras. Al cabo de un largo rato en que permanecieron abrazados, ella dijo en voz baja:
–Te quiero. Siempre te he querido y siempre te querré. Quiero que lo sepas. Eras la otra parte de mí, mi mejor parte.
–En absoluto –él la besó con fiereza–. En mi opinión, eres perfecta. Nunca lo olvides. Y nunca te haré daño, Marinette. Puede que a veces me equivoque. Puede que incluso a veces te vuelva loca, pero nunca te haré daño. Tendremos hijos –le puso la mano en el vientre durante unos segundos–, y nietos. Y si Dios quiere, envejeceremos juntos. ¿Qué te parece?
–Muy bien –ella le sonrió con expresión soñadora, pero, en ese momento, el estómago comenzó a hacerle ruidos tan fuertes que él se echó a reír–. No puedo evitarlo –protestó ella–. Llevo horas sin comer y tengo hambre.
– ¿Y si te preparas para acostarte y mientras subo la cena para los dos? –le sugirió él–. Y mañana nos levantaremos tarde, tomaremos el desayuno en la cama e incluso la comida.
–Se te ha olvidado el tentempié de media mañana.
–Ese también –le sonrió.
Se sentía un poco mareado al saber que la pesadilla de los últimos meses había terminado. Aquella tarde había llegado sin expectativas más allá de cenar juntos antes de volver a casa. Aunque tenía esperanzas, desde luego. Esperaba que las cosas hubieran cambiado para Marinette, después de haber visto a Claudie; que con la llegada del nuevo bebé, ella se diera cuenta de que este tenía dos progenitores que se querían y que no debieran estar separados. Sin embargo, no sabía cuánto tardaría en dominar por completo sus miedos. Pero, al fin y al cabo, era Navidad, un tiempo de milagros.
Cenaron un poco de todo lo que había. Adrien lo subió en una bandeja después de haber instalado a Tikki y a las crías al lado del radiador. Tomaron rebanadas de pan de hogaza, canapés y quesos de distinto tipo, empanada de cerdo y dos enormes trozos del bizcocho de Navidad.
Acurrucada a su lado en la cama mientras la nieve caía en gruesos copos y Tikki y los gatitos dormían profundamente, Marinette pensó que había sido la mejor cena de su vida.
Después, ya saciados, volvieron a hacer el amor lenta y sensualmente, sin la urgencia de la vez anterior.
Ella se acurrucó en los brazos de Adrien mientras él la apretaba contra su corazón, y deseó que aquella noche fuera eterna. En cuestión de horas, su vida había cambiado por completo. Además, mientras hacían el amor se había sentido más cerca de Adrien que en el pasado. Tal vez se debiera a que habían superado una dura prueba y habían salido fortalecidos, pensó adormilada. O tal vez a que, por primera vez, se había visto frente a él como su igual en el plano mental y en el emocional, sin guardarse nada en su interior. Con la guardia baja y las defensas recogidas, había dejado a un lado todas las inhibiciones.
Abrió los ojos por última vez para observar a Tikki y a los gatitos, y sonrió al verlos mamar con afán. Se les había secado y esponjado el pelo, por lo que ya parecían crías de gato. Parecía que uno era de color más claro que los otros dos, pero, debido a la escasa iluminación de la habitación, era difícil saberlo.
Pero los tres tenían buen aspecto aunque, desde luego, era demasiado pronto para cantar victoria.
Mientras cerraba los ojos se dijo que tenían que vivir. Tikki se había portado estupendamente y había sido muy valiente. Después de todo lo que le había pasado, se merecía la satisfacción de criar a sus hijos. Se quedaría con la gata y las crías. La casa de Adrien tenía un gran jardín, perfecto para los cuatro gatos. Ya veía a los gatitos jugando, persiguiéndose por el césped y trepando a los árboles. En verano, los cuatro se tumbarían al sol o buscarían un sitio fresco a la sombra. Mientras la vencía el sueño se juró que Tikki no volvería a pasar hambre ni a sentirse no querida o despreciada. Eso no sucedería mientras ella viviera.
Marinette se despertó la mañana de Nochebuena porque la estaban besando profunda y apasionadamente. Abrió los ojos. La habitación estaba llena de luz y
Adrien le sonreía vestido únicamente con el delantal de ella.
–Su desayuno, señora –le indicó la bandeja que se hallaba en la mesilla y en la que había un desayuno inglés completo con tostadas con mermelada y zumo de naranja–. ¿Desea algo más la señora?
Ella nunca se hubiera imaginado que un simple delantal de plástico pudiera resultar tan erótico. Al recordar los sucesos de la noche anterior se incorporó apoyándose en un codo.
– ¿Y Tikki?
–Ha comido y está muy bien, al lado del radiador de la cocina con las crías, que asimismo están muy bien. Me asusté un poco al despertarme porque la cesta estaba vacía. Los encontré al fondo de tu armario, acurrucados sobre un jersey y los puse de nuevo en la cesta. Parece que ella se ha conformado y que ha aceptado que es ahí donde deben estar.
–En ese caso, sí deseo algo más.
Adrien llevaba el delantal atado a las caderas y ella se deleitó observando cómo le descendía el vello desde el pecho al ombligo. Nunca le había parecido más sexy. Ella abrió los brazos, y se los enlazó al cuello y tiró de él para que se tumbara a su lado en la cama.
–Te quiero –le susurró antes de besarlo con ganas–. Mucho.
–A mí no me bastan las palabras para decirte lo que siento por ti –le tomó la cara entre las manos y la miró a los ojos–. ¿Sabes que no voy a volver a consentir que te vayas? Pase lo que pase, sea lo que sea lo que el futuro nos reserve, estaremos juntos, en los buenos tiempos y en los malos. No cambiaré de opinión.
–De acuerdo –lo volvió a besar.
–Y después del día de Navidad, te llevaré a casa. Y nada de protestas –dijo él con suavidad.
–A mí, a Tikki y a los gatitos –afirmó ella puntuando cada palabra con un beso–. Ahora son nuestros. Siempre he querido tener una mascota. No me imaginaba que tendría cuatro de una vez.
– ¿Nos vamos a quedar con todos?
–Pues claro. Tikki se lo merece.
– ¿Y yo? –Murmuró él con voz ronca al tiempo que la apretaba contra sí para que ella percibiera cada milímetro de su excitación–. ¿Qué me merezco?
–Todo –susurró ella.
–En ese caso...
La besó hasta que la sintió latir de deseo y la acarició y le dio placer hasta verla temblar en sus brazos.
Cómo se las había arreglado para existir todos aquellos largos y solitarios meses sin él fue lo que ella se preguntó. Pero eso era lo único que había hecho: existir. En cambio, eso era vivir, estar con él, sentirlo, amarlo.
Y no todo tenía que ver con el sexo, por fabuloso que fuera. Era la ternura con la que él la envolvía, su preocupación por ella, la paciencia y el amor que le había demostrado desde que se conocieron. Incluso cuando Hugo les fue arrebatado, él no le había echado la culpa en ningún momento, sino que había dejado a un lado su pena y su dolor para consolarla. Lo quería tanto...
Le devolvió cada beso, cada caricia, y cuando él, finalmente, le separó las piernas, ella necesitaba tenerlo dentro de sí. Se movieron juntos al tiempo que ella lo abrazaba con fuerza, y el exquisito placer físico les hizo alcanzar nuevas cimas.
Llegaron juntos al clímax, en perfecta unidad, y las sucesivas oleadas de placer les hicieron gritar.
Permanecieron abrazados mientras volvían a la realidad y desaparecían los últimos restos de placer.
Adrien sonrió mientras le recorría los labios con la punta del dedo.
–El desayuno se ha enfriado –murmuró besándola en la nariz.
–Estará bueno de todos modos. Cualquier cosa me sabría bien en estos momentos –le contestó, y cuando sintió que el bebé se movía con más fuerza que antes, le agarró la mano y se la puso en el vientre–. ¿Lo sientes?
El rostro masculino se iluminó.
–Creo que sí, levemente, pero sí.
–Es nuestro hijo, Adrien –y al decirlo se dio cuenta de que el miedo había desaparecido.
Hola mis lectrox, que tal, como les ha ido un doble capítulo espero que les guste. Y para los que querían el capítulo pronto aquí se los traje.
Bueno este, capitulo me dio tristeza, alegría, ganas de llorar, risa y muchas cosas más espero que me digan en los comentarios que parte les va gustando falta poco para el final.
bay KITTIS.
