UNA ÚLTIMA NOCHE
DISCLAIMER: Esta historia, no me pertenece es una adaptación, de una de otras de mis escritoras favoritas, si el libro les llega a su país cómprelo vale oro.
Helen Brooks © Una última noche
Miraculous Ladybug © Thomas Astruc
Adaptación © Fandom MLB
NUEVO CAPITULO
CAPITULO 12
Volvió a nevar justo antes de comer, pero Adrien había abierto un camino hasta el cobertizo del carbón y la leña, y en la casa se estaba caliente y confortable.
Pasaron la mayor parte del día abrazados frente a la chimenea, viendo la televisión, comiendo las provisiones que él había llevado y observando a Tikki y a los gatitos.
La gata comía como un caballo. Se diría que intentaba recuperar el tiempo perdido, y los tres gatitos parecían bastante fuertes, si se consideraba el estado en que se hallaba la madre poco antes de que nacieran.
A media tarde, cuando ya había dejado de nevar, les sorprendió que llamaran a la puerta. Era la veterinaria. Se había embutido las robustas piernas en unas botas de agua y unos gruesos pantalones, además de ponerse una gruesa cazadora, todo lo cual hacía que pareciera abultar el doble.
–Acabo de hacer una visita a una granja no muy lejos de aquí y he pensado en pasarme a verlos –afirmó alegremente, como si no hubiera varios centímetros de nieve–. ¿Cómo está la paciente?
Marinette le preparó un café mientras examinaba a Tikki y a las crías. Les dijo que tanto la madre como los gatitos se encontraban muy bien teniendo en cuenta que todas las probabilidades estaban en su contra.
–El pequeño de color rojizo es macho –prosiguió mientras le devolvía el gato a Tikki, que lo lamió a conciencia–. Los dos de color negro son hembras. Como parece que la gata es muy buena madre, vamos a dejarla sola de momento. Los gatitos tienen la tripa llena y no parecen tener hambre.
Se bebió el café de un trago y se dispuso a marcharse. Al salir añadió:
–Bien está lo que bien acaba. Y me alegro. Adrien le apretó la mano a Marinette.
–Sí –afirmó–. Bien está lo que bien acaba. Feliz Navidad.
El día de Navidad se despertaron muy tarde, a pesar de que se habían acostado pronto, pero no para dormir. Habían hecho el amor de forma juguetona e intensa, ambos deseando que la noche no acabara, hasta que, de madrugada, justo antes del alba, se habían quedado dormidos, abrazados.
La mañana estaba clara y despejada, el cielo, azul y transparente, y el paisaje era una blanca postal navideña. En la lejanía se oían débilmente las campanas de la iglesia. El mundo parecía haber renacido con un manto de blancura.
Adrien se levantó, bajó al piso inferior a ver cómo estaba Tikki y preparó café, que subió a la cama después de encender el horno para que se fuera haciendo el pavo. Marinette se sentía perezosa. Su aspecto lánguido desapareció cuando vio el pequeño regalo, bellamente envuelto, que había junto al café y la tostada.
Se sentó bruscamente en la cama y dijo con voz quejumbrosa:
–Adrien, no te he comprado nada. Y no deberías haberme traído nada.
–Claro que sí –le sonrió–. Además, yo te llevaba ventaja, ya que sabía que iba a venir. Iba a dejarlo en algún sitio para que lo encontraras después de haberme ido. No esperaba que te echaras en mis brazos y me pidieras ayuda, lo cual me ha resultado muy agradable, me apresuro a añadir.
– ¿Qué es?
Se sentó con ella en la cama y le entregó el regalo.
–Míralo tú misma, pero antes... –la tomó en sus brazos y la besó–. Feliz Navidad, cariño.
Ella desató la cinta y quitó el papel. Después abrió la tapa de la cajita y ahogó un grito al ver el broche de exquisita factura que contenía. Dos periquitos de piedras preciosas formaban un círculo con las alas y sus picos estaban unidos en un beso. Era lo más bonito que había visto en su vida. Miró Adrien con ojos brillantes.
–Es perfecto. ¿Dónde lo has encontrado?
–He encargado que me lo hicieran –le pasó el brazo por los hombros y le besó la punta de la nariz–. Simboliza lo que quiero decirte todos los días de mi vida.
Los pájaros presentaban distintos colores a la luz del sol que entraba por la ventana. Parecían estar vivos. En ese momento, el hijo que Marinette llevaba en el vientre le dio una patada, y ella experimentó una alegría absoluta.
Pensó, mientras daba gracias, que todo saldría bien. Habían atravesado la tormenta y llegado al otro lado. Era lo que creía.
Fue un día de Navidad perfecto. Adrien preparó la comida mientras escuchaban villancicos y no consintió que ella hiciera nada. Sirvió la comida con mano experta y prendió fuego al pudin de pasas con coñac, ante lo que ella gritó de sorpresa. Tikki se zampó su ración de pavo, y cuando Adrien le puso un plato lleno de nata líquida, resultó evidente que no se creía la suerte que tenía. Parecía haberse instalado a su gusto con los gatitos y no volvió a trasladarlos de sitio.
Marinette deseó que fuera porque sabía que estaba a salvo.
Después de comer, mientras Tikki y los gatitos dormían profundamente frente a la chimenea, Marinette y Adrien hicieron un muñeco de nieve en el jardín. El aire era frío y cortante, y un mirlo cantaba a pleno pulmón.
Durante unos segundos, ella sintió un gran dolor por que Hugo no estuviera con ellos. Ya habría empezado a andar por esas fechas. Le hubiera encantado la nieve.
–Estás pensando en él. Siempre me doy cuenta.
Ella no se había dado cuenta de que Adrien la estaba observando. La abrazó con fuerza mientras ella le decía:
–Me hubiera encantado decirle que lo queremos, que siempre lo querremos aunque tengamos muchos hijos, que siempre será nuestro hijo querido, nuestro primer hijo.
–Un día se lo podrás decir y darle todos los besos y abrazos que quieras, amor mío.
– ¿Lo crees de verdad? –se apartó un poco para mirarlo a los ojos.
–Sí. Pero, de momento, estamos en la Tierra y tenemos que seguir viviendo y querer a los hijos que tengamos. Cuando este niño nazca seremos una familia, Mari, y aunque la pena de haber perdido a Hugo no desaparezca, aprenderás a vivir con ella y dejarás de sentirte culpable por seguir experimentando alegría y placer.
– ¿Cómo sabes que eso es lo que siento a veces? –le preguntó ella con expresión sorprendida.
–Porque yo sentía lo mismo al principio. Creo que deben de hacerlo todos los padres después de perder a un hijo. No solo es terrible, sino antinatural, el orden de la vida invertido. Un padre no debe vivir más que su hijo.
Ella se apoyó en él porque necesitaba su fuerza y comprensión.
–Esta vez, todo saldrá bien, ¿verdad? –Dijo ella en voz baja–. No soportaría...
Él le levantó la barbilla y la miró a los ojos.
–Vamos a tener un hijo precioso, te lo prometo. Mira a Tikki y ten fe, ¿de acuerdo?
Ella sonrió débilmente.
–Muchos dirían que es estúpido creer que el hecho de que, contra todo pronóstico, una gatita haya salido adelante es una señal para nosotros.
–Me da igual lo que piensen los demás –la abrazó con más fuerza–. Y estamos en Navidad, no lo olvides, una época de milagros y de deseos que se hacen realidad. ¿Quién hubiera pensado, hace unos días, que ahora estaríamos así, Mari? Pero aquí estamos, juntos de nuevo y más fuertes que nunca. Y hablando de milagros... –le tocó el vientre–. Una noche de amor produjo este hijo.
Aunque sé que a la larga hubiéramos acabado juntos porque nunca hubiera aceptado lo contrario, este bebé ha sido un catalizador en muchos sentidos.
Su voz denotaba tanta resolución y seguridad que Marinette sonrió de nuevo.
–Entonces, ¿formamos parte de un milagro navideño?
–Por supuesto –él sonrió y elevó la vista al cielo, que presentaba diversas tonalidades–. Mira, es especial para nosotros, para que lo sepas.
Marinette soltó una risita.
–Estás loco.
– ¿Por ti? Soy culpable, lo reconozco –la giró para que mirara el muñeco de nieve, al que habían puesto un pañuelo con lentejuelas de Marinette alrededor del cuello y uno de sus sombreros de paja veraniegos, con cintas y margaritas–. ¿Ya está terminado?
–Más o menos.
–Entonces, propongo que entremos a calentarnos.
– ¿Frente al fuego y con una taza de chocolate caliente?
–Puede ser –la miró con expresión traviesa–. No es lo que estaba pensando. Me imaginaba algo más... acogedor.
– ¿Más acogedor que un chocolate? –murmuró ella fingiendo que no lo entendía.
–Mil veces más.
–Pues, en ese caso...
–Y recuerda –le tomó la cara entre las manos mientras su expresión se volvía repentinamente seria–. Te quiero y me quieres. Todo lo demás es secundario.
Ella asintió. Quería creerlo. Necesitaba hacerlo. Y tal vez de eso se tratara: de tener fe.
Le rodeó el cuello con los brazos.
–Me encanta la Navidad.
Él la besó en la frente.
–Es la mejor época del año –dijo con voz ronca–. La mejor con diferencia.
Hola mis lectrox, un nuevo capítulo faltan pocos para el final así que preparasen y váyanse despidiendo de la historia si quieren el otro capítulo, síganme en mi Twitter. XTikki
Estaré dando adelantos, si quieren el próximo capítulo, que sería el trece y después el final.
Díganme por fa, si tienen.
