UNA ÚLTIMA NOCHE


DISCLAIMER: Esta historia, no me pertenece es una adaptación, de una de otras de mis escritoras favoritas, si el libro les llega a su país cómprelo vale oro.

Helen Brooks © Una última noche

Miraculous Ladybug © Thomas Astruc

Adaptación © Fandom MLB


NUEVO CAPITULO


CAPITULO 13

Marinette estaba recordando la magia de la Navidad mientras Adrien la llevaba en el coche al hospital, a finales de mayo.

El tiempo había cambiado por completo. Llevaba semanas haciendo sol y calor, como si estuvieran en un país mediterráneo.

Kim y la ayudante que ella había contratado tenían mucho trabajo. El negocio iba viento en popa y comenzaba a tener fama de que era una empresa fiable que obtenía excelentes resultados, lo cual era una buena señal para el futuro.

Pero Marinette no pensaba en Kim ni en la empresa mientras el coche de Adrien se aproximaba al hospital, sino en el hechizo de aquellos días en que Adrien y ella se habían aislado en su mundo, con Tikki y los gatitos.

Estos habían crecido con rapidez y se habían convertido en animales de personalidad diferenciada. A las dos hembras les habían puesto los nombres de Molly e Evie, y al macho, Owen. Era una suerte que Tikki fuera una madre severa, porque los tres eran muy traviesos. Marinette los quería con pasión, y los animales la correspondían a su manera.

Sin embargo, Tikki era su preferida. La gata la adoraba como lo haría un perro. La seguía por la casa, y lo que más le gustaba era tumbarse a sus pies o en su regazo, siempre que podía. Controlaba a las crías dando un golpe con la pata en el suelo de vez en cuando o gruñéndoles si se pasaban de la raya, aunque, en general, formaban una familia feliz.

Marinettte pensaba sobre todo en la gata al preguntar:

¿Has comprobado que los gatos estuvieran dentro, antes de marcharnos?

Desde luego –respondió Adrien en tono indulgente, pues ya le había hecho la misma pregunta dos veces–. Y la televisión estaba apagada y la puerta trasera, cerrada con llave.

Marinette le sonrió. Se había puesto de parto unas horas antes, pero las contracciones no se producían de forma regular ni dolorosa. De repente, la intensidad había aumentado de forma considerable y se habían vuelto muy seguidas, lo cual había asustado a Adrien.

Tenían preparada la bolsa de viaje desde varias semanas antes. La había colocado a los pies de la cama, pero Adrien había sido incapaz de encontrarla hasta que ella le echó una mano.

Marinette miró el velocímetro y dijo en tono despreocupado:

Vamos a ochenta kilómetros por hora en una zona en que solo se puede ir a cuarenta.

Ya lo sé –respondió él en tono levemente tenso.

Tenemos tiempo de sobra –pero mientras lo decía tuvo una contracción que le produjo un dolor casi insoportable.

¿Estás bien? –Adrien no había disminuido un ápice la velocidad y la miraba con desesperación–. Te dije que teníamos que haber salido hace horas.

Estoy bien –consiguió sonreír–. A tres de las futuras madres que han acudido a las clases previas al parto las mandaron a casa porque era una falsa alarma. Me moriría si me pasara lo mismo. Quería estar segura.

Adrien gimió.

¿Te convencerías si el niño naciera en el coche? –al darse cuenta de que no era un comentario muy acertado, añadió rápidamente–: Podríamos solucionarlo si sucediera, pero prefiero que lo haga en el hospital.

Ella también lo prefería. Comenzaba a creer que habían salido demasiado tarde, aunque no estuviera dispuesta a reconocerlo ante él, y menos teniendo en cuenta la velocidad a la que conducía.

Centró sus pensamientos en el bebé y trató de conservar la calma. Habían decidido no saber el sexo cuando a ella le hicieron la ecografía de las veinte semanas. No les importaba. Al fin y al cabo, lo único importante era que estuviera sano.

Llegaron al hospital cuando comenzaba a anochecer, pero, por una vez,

Marinette no se fijó en los arbustos floridos que rodeaban el aparcamiento, ya que tuvo otra dolorosa contracción. Se asió Adrien y comenzó a jadear como un animal al tiempo que le clavaba las uñas.

Voy a por una silla de ruedas –afirmó él mirando a su alrededor como si de repente fuera a aparecer una–. Recuéstate.

Ella siguió aferrada a él con todas sus fuerzas hasta que cesó la contracción. Después dijo con voz firme:

De ninguna manera voy a sentarme en una silla de ruedas. Las contracciones se producen cada cuatro minutos, por lo que podemos ir a la recepción antes de que llegue la siguiente y después puedo esperar un poco antes de ir a la sección de Maternidad.

Adrien la contempló admirado. Desde que, después de Navidad, había vuelto a vivir con él, se había tomado las cosas con calma. Él llevaba dos semanas muy nervioso esperando a que naciera el niño, pero Marinette se había mantenido serena.

Habían decorado el cuarto del bebé en tonos crema y amarillo claro dos meses antes, y todo estaba dispuesto para su llegada.

A Adrien se le hizo un nudo en el estómago, mezcla de emoción y preocupación por Marinette. No esperaba que tuviera tantos dolores.

No consiguieron llegar a la recepción antes de que tuviera la siguiente contracción. Adrien añadió el miedo a las emociones previas. Se imaginó que el niño nacería en el aparcamiento y que él tendría que ser quien lo trajera al mundo.

Debía haber obligado a Marinette a llegar antes al hospital, se dijo con desesperación mientras ella lo agarraba por las muñecas. Pero era terriblemente testaruda. Y maravillosa, hermosa y fantástica.

Al cabo de lo que le pareció una eternidad, ella aflojó las manos, aunque se le veían gotitas de sudor en la frente.

Marinette le sonrió, temblorosa.

¿Recuerdas lo que nos dijeron en las clases en el caso de que el bebé llegara inesperadamente?

No me lo digas –replicó él débilmente.

Casi la llevó en brazos el resto del camino y cuando entraron en el hospital se hicieron cargo de ella con una eficiencia que Adrien agradeció en el alma.

Los condujeron rápidamente a Maternidad y los dejaron en una habitación.

Durante unos segundos, él recordó con aprensión la última vez que habían estado allí, pero miró a Marinette y vio que estaba pendiente de las instrucciones de la comadrona. La miró a la cara y vio la expresión de absoluta concentración y el valor que demostraba, y se recuperó de inmediato.

Lo estás haciendo muy bien, cariño –murmuró deseando poder compartir su dolor–. Ya falta poco.

En realidad, las contracciones se produjeron cada tres minutos durante las dos horas siguientes, que a él se le hicieron una eternidad, aunque el personal del hospital no parecía especialmente preocupado.

Marinette comenzaba a estar fatigada, incluso se adormilaba entre una contracción y la siguiente, pero seguía asida a su mano con la fuerza de una decena de mujeres y de vez en cuando le sonreía y le decía que todo iba bien.

Adrien se sentía impotente. Habló con impertinencia a la comadrona un par de veces, hasta que ella le lanzó una mirada asesina.

Entonces, de pronto, poco después de medianoche, todo se aceleró.

Marinette comenzó a empujar y apareció otra comadrona, más joven. Las dos mujeres se situaron al lado de las piernas dobladas de Marinette, mientras él, sentado al lado de la cama, le seguía agarrando la mano.

No creía que ella aún tuviera fuerzas para lo que se avecinaba, pero

Marinette volvió a demostrarle que se equivocaba, ya que empujó con todas sus fuerzas cuando se lo dijeron las comadronas y jadeó como un animal cuando le indicaron que se detuviera.

Veinte minutos después nació su hijo, y era muy grande según dijo una de las comadronas, que inmediatamente lo puso en los brazos de Marinette.

Adrien se dijo que, por muchos años que viviera, no olvidaría su expresión al mirar la carita arrugada del niño. Y este le devolvió la mirada como si reconociera a su madre.

Hola –le susurró ella mientras las lágrimas le corrían por las mejillas y besaba la frente de su hijo–. Soy tu mamá, cariño. Y este es tu papá –se volvió hacia él con una sonrisa radiante y vio que él también lloraba.

Es precioso –Adrien lo besó tiernamente antes de ofrecerle el dedo. El niño lo agarró de inmediato con fuerza inusitada. Los dos se rieron–. Y mira la mata de pelo oscuro que tiene.

Va a ser tan guapo como su padre –afirmó una de las comadronas sonriéndoles–. Es un niño precioso, no hay duda. Debe de pesar casi tres kilos.

En efecto, Louis Agreste Dupain - Cheng pesó tres kilos.

Las comadronas se fueron con la promesa de que volverían al cabo de unos minutos con una taza de té para cada uno.

Marinette se sentó en la cama y acunó a su hijo. Adrien se sentó a su lado, en el borde de la cama, y le pasó el brazo por los hombros.

¿Cómo te encuentras? –le preguntó en voz baja mientras ella acariciaba las mejillas del niño con la punta del dedo.

Ella no se anduvo con rodeos.

Estupendamente –contestó también en voz baja–. Y un poco triste, pero, supongo que es natural. No significa que quiera menos a Louis, solo que hubiera deseado que las cosas hubieran salido de otro modo con Hugo.

Él asintió y le apretó los hombros.

¿No es precioso, Adrien? Y ya se te parece. Tiene tu misma nariz, ¿lo ves?

Adrien miró a su hijo. En efecto, era precioso, el niño más guapo de Inglaterra, pero era simplemente un bebé. Se preguntó cómo las mujeres decían esas cosas y veían realmente lo que la mayor parte de los hombres no observaba.

Sonrió.

Preferiría que se pareciera a ti.

No. Nuestras hijas se parecerán a mí y nuestros hijos, a ti.

Después de lo que había sufrido, a Adrien le resultó sorprendente que hablara de tener más hijos. La besó en los labios con fuerza.

La quiero, señora Agreste.

Y yo lo quiero a usted, señor Agreste. Y siempre lo querré.


Bueno mis lectrox, capitulo trece falta solo el epilógalo y termina, talvez lo estaré subiendo cuando pueda no prometo. Gracias por todos sus Reviews enserio muchachas gracias.

Me gustó, mucho el nacimiento del pequeño Louis, fue hermoso entre todos los capítulos más me gusto este, y a ustedes díganme en los comentarios

Me encanta leerlos

Bay KITTIS.