CAPÍTULO 2: CHIHARU NIJIYAMA.

«No puede traer el cabello teñido, señorita. Son las normas del establecimiento, ¿dónde está su educación?», había escuchado al menos tres veces ese día. Cuatro el día anterior. Irónicamente, solo una vez el primer día de clases. «Señor, es mi cabello natural». «No puedo evitarlo, Profesor». «No voy a teñirlo de negro». «No se puede traer el cabello teñido».

Había casi agotado la cantidad de respuestas políticamente correctas en tantos años teniendo el mismo inconveniente cada inicio de clases. Nadie se convencía de que su padre era extranjero hasta que él mismo iba al colegio y daba pruebas concretas de que su color y textura de cabello no era brujería, sino genética.

Shohoku era una preparatoria pública de un muy buen nivel, por lo que aún siendo alumna de tercer año, debió rendir examen nivelatorio para pedir pase directo. Sus notas debieron ser por encima del promedio, porque terminó en la clase tres, salón siete. Era la clase de estudiantes avanzados, le habían dicho. Esperaba que al menos hubiera algunos de ellos que le dirigieran la palabra los primeros días, sabiendo que no era un dragón casi rubio —para los cánones japoneses— que podría comérselos. Tres lo hicieron. Eso era un récord personal.

El primer día, antes de iniciarse la primera clase, fue que notó su presencia. Enorme, parco, severo. Tuvo el impulso de llamarlo profesor, pero ningún miembro facultativo iría de incógnito con uniforme escolar. Esa mole que los rumores aseguraban medía un metro noventa y ocho era un alumno, y sería muy idiota no suponer que era parte del equipo de baloncesto.

«Hisashi-kun...». ¿Habría ingresado finalmente a Shohoku? ¿Ya sería la estrella? ¡Seguro que sí!, con lo enfermo y maniático del deporte que era, no le cabían dudas de que habría puesto a todos de mal humor siendo el mejor en todo. ¿Le habría pedido matrimonio al famoso Profesor Anzai? Sus hijos iban a ser pequeñas bolas de puro orgullo y obsesión por el básquet. ¿Estaría bi…?

—E-eh… ¿Disculpa? —«Mierda, de cerca es aún más alto.», pensó. Tragó fuerte cuando el muchacho volteó a verla desde las alturas. Las facciones rudas y los labios carnosos. El cabello con corte militar y perfectamente pulcro. ¿Eso era colonia? No, era desodorante deportivo. Sí, definitivamente…—. ¿Perteneces al Club de baloncesto?

—Soy el Capitán —respondió seco. Luego, pareció darse cuenta de que esas palabras sonaban a general de brigada, y aún manteniendo el mismo tono seco, agregó—: Me llamo Takenori Akagi.

—¡L-lo lamento! No me presenté... —Inclinó su cabeza con delicadeza. Tardó años en sacarse esa costumbre de su padre de poner la mano para que otro la tome en saludo. No, eso no estaba bien, al menos en Japón—. Chiharu Nijiyama. Mucho gusto.

—No te había visto antes. ¿Te transfirieron?

—Sí. Desde Sagamushi.

—¿De verdad? ¡Está lejos de aquí! —Y volteó el rostro para ver de donde provenía esa voz similar a como se oye un amigo. En serio, así le había sonado. Y comprendió sus pensamientos cuando estuvo frente a frente con su dueño.

Los ojos castaños parecían darle la bienvenida sin decirlo, y el cabello oscuro cayendo sobre sus mejillas lo hacían ver más joven de lo que realmente era. Es decir, tenía que tener al menos diecisiete para estar en tercer año. No lo parecía. Más que eso, diría que...

—Ese es uno de los motivos por los que estoy aquí. —Uno de los motivos, murmuró. Y el muchacho volvió a hablar.

—Soy Kiminobu Kogure. Encantado, Nijiyama-san.

—Lo mismo digo —El rostro pálido se le iluminó como si encendieran una bombilla desde adentro. Kogure pensó sin ninguna duda en su razonamiento, que la chica debía ser una Hafu(1). Esos rasgos angulosos (aunque irónicamente femeninos) en su rostro no eran típicos japoneses. Tampoco lo era su cabello en suaves ondas y de color claro. ¿Una trenza? Eso era tierno. Detuvo sus pensamientos cuando la joven volvió a emitir sonido—. ¿Saben?, fui compañera de un chico llamado Hisashi Mitsui en secundaria baja. Él pensaba ingresar a Shohoku para estar en el equipo. ¿Cómo le está yendo?

Y el rostro de ambos pareció detenerse en el tiempo, como si sus músculos faciales perdieran tonicidad y los ojos se agrandaran.

Los dos amigos cruzaron una mirada furtiva decidiendo quién de los dos iba a hablar, de la misma forma que actúa una pareja que se prepara para dar malas noticias y eligen a quién tendría más tacto para hacerlo.

Chiharu pestañeó varias veces, inclinando la cabeza como si buscara comprenderlos. Entonces, Kogure habló.

—Mitsui dejó el equipo en mayo de primer año.

«¿Qué...?»

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Kaede Rukawa no se metía en líos. Para ello, el primer paso era interesarse por algo, y al muchacho de cabello ébano nada le importaba lo suficiente como para terminar peleando. Pero, por algún motivo que desconocía, alguien lo había despertado de una acostumbrada siesta reparadora en la terraza de su nueva preparatoria, ese frío día de primavera, y había sido lo suficientemente violento como para que se sintiera realmente enfadado. Nadie, nadie, tenía derecho de despertarlo mientras dormía. Era su momento, su lugar de paz y toda esa mierda.

Pero aquel día en particular, quienes lo habían despertado tuvieron la desfachatez de mandarle una patada en la cabeza, lo suficientemente fuerte como para que levantara su metro ochenta y ocho del suelo y se los quedara viendo con plenas ganas de asesinarlos. Respondió con una firme patada en el estómago de uno que se lanzó contra él, siendo inmediatamente atacado por el resto, que no perdió el tiempo y aprovechó que estaba distraído todavía. Fue golpeado lo suficiente como para terminar lastimado, pero cobró venganza de todos ellos dejándolos noqueados y repartidos por toda la azotea.

Ah, pero no estaba en la enfermería únicamente por todo lo anterior, atendiendo sus heridas él mismo debido a falta de personal. Se había metido en Shohoku por dos razones principales: tenía equipo de baloncesto, y estaba cerca de casa. Debió pensar mejor en la cantidad de imbéciles que podrían tener la misma idea. Porque todo se había ido al carajo cuando subió las escaleras un grupo de inadaptados sociales, comandados por un sujeto alto de cabello rojo.

Rukawa no era un muchacho realmente brillante. Es decir, podía jugar como pocos en el estado de Kanagawa. Probablemente en todo Japón. Pero su cerebro fuera de una duela de baloncesto era lo más similar a una ameba en coma cuatro. Por eso, no entendía en lo más mínimo como un tipo que en su vida había visto antes parecía odiarlo con la potencia de un volcán en plena erupción. Y se sintió todavía más perdido cuando una niña con voz aguda y recalcitrante llegó para insultar al pelirrojo con fuerza, como si lo culpara sin preguntar siquiera quién había ocasionado esa pelea. Hasta él, que tenía la pasividad de una planta, sabía que eso era incorrecto.

Aquella histérica muchacha tampoco tuvo mucha delicadeza al querer poner un pañuelo sobre sus heridas, como si él quisiera los gérmenes de alguien desconocido sobre un corte abierto. Solo le dijo lo que cualquier persona normal también diría: «Qué molesta... no me digas lo que debo hacer. ¿Quién eres».

Y eso fue suficiente para que la niña llorara y el imbécil de cabello rojo lo moliera a cabezazos. Por eso ahí estaba, curando la herida en su sien, vendando su cabeza, y preguntándose quién demonios era ese simio imbécil.

Salió de la enfermería sosteniendo una mano contra su adolorida cabeza con el ceño fruncido y los ojos azules fijos en la puerta de su salón. Se sentó soltando de golpe su enorme cuerpo, ignorando las miradas y cuchicheos de las niñas a su alrededor. Bajó la vista hacia la hoja de papel con letras impresas frente a él. Suspiró mientras llenaba los espacios en blanco con tinta negra.

SOLICITUD PARA EL CLUB DE BASQUETBOL DEL COLEGIO SHOHOKU

KAEDE RUKAWA

PRIMER AÑO

SALÓN DIEZ

Este era su primer año de preparatoria, y Kaede Rukawa tenía muy en claro lo que quería de ahora en más: no le importaba otra cosa que no fuera pulir sus habilidades, demostrar ser el mejor y largarse del país en cuanto sus talentos fueran suficientes. Y estaba convencido de que casi no faltaba absolutamente nada.

—¡Oye! ¡Mira eso! —Una voz cercana a él sonó clara y casi como un silbato haciendo que varios alumnos corrieran a la ventana del primer piso, dando directamente al patio.

—¿Quien es ese tipo de cabello rojo?

—¿Acaso no lo sabes? Es de primero, del salón siete. ¡Da miedo!

—¿Ese otro no es el capitán del equipo de basquet? ¡No! ¡Le acaba de dar un cabezazo!

—¡Esto va a ser una masacre!

—¡Vamos a ver más de cerca!

Kaede Rukawa frunció el ceño con delicadeza, haciendo que las heridas aún frescas en su frente tiraran como un hijo muy ajustado. Claramente, ese año sería un desastre.

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El patio externo de la preparatoria Shohoku era bastante más grande que el de Sagamushi. Ciertamente, las canchas de béisbol, fútbol, y hasta la de atletismo, parecían tener sus lugares privilegiados incluso siendo un colegio estatal. Los árboles sobre el verde césped parecían invitarla cortésmente a saltarse algunas clases y tomar una siesta. Nunca pudo hacer eso en su antigua preparatoria, porque no tenían tanto espacio. Pero si había algo que extrañaba en verdad era el Club de música.

Nunca la guitarra que llevaba en la funda blanda sobre su espalda se había sentido tan pesada como ahora. Y claro que no la ayudaba en su idea de «no llamar la atención más de lo necesario», pero se negaba a salir a la vida sin su escudo. Siempre había sido igual.

Después de todo, sus padres habían decidido ponerle el apellido de su madre para que no fuera (aún más) blanco de los que la señalaban como una casi extranjera. Si se ponía a pensar seriamente, Japón era un país particularmente de mierda para vivir. ¿Cómo llegó aquí?, bueno. Esas conversaciones con su cerebro eran algo bastante normal.

Suspiró profundamente, volviendo a mirar por la ventana recibiendo el viento de primavera en el rostro. En Sagamushi había dejado todo. Había dejado a su pequeño grupo de amigas. Su club. Su costumbre de tocar en las calles aledañas para recaudar dinero y dejarlo en el hogar de mascotas que estaba de camino a casa, porque así mataba dos pájaros de un tiro: ayudaba a pequeños animales necesitados y practicaba para cuando mendigar monedas con su música se convirtiera en un trabajo de tiempo completo.

Sagamushi se había quedado con parte de ella parte de ella. Pero no podía permanecer ahí. Ya no. Nunca más.

«Iré a Shohoku para entrenar con el profesor Anzai», anunció con bombos y platillos Hisashi Mitsui la última vez que lo vio hacía ya dos años atrás.

«Mitsui dejó el equipo en mayo de primer año», respondió Kogure cuando preguntó por él. ¿Qué rayos significaba eso? ¿Por qué un chico tan enfermizamente enamorado de un deporte dejaría de jugar entrando al primer año de preparatoria? ¿Qué le pasó…?

Hisashi Mitsui no era ciertamente el chico más alegre del mundo, pero sí era uno de los más decididos que conocía. Por eso le gustaba tanto en aquella época: era ver una saeta de fuego corriendo por el balón, saltando, reteniendo su cuerpo en el aire con cada tiro.

Recordaba haber memorizado cada uno de sus movimientos y expresiones cuando eso sucedía. Sus piernas delgadas pero formadas en músculos flexionándose, preparando el terreno. El despegue del piso con una armonía perfecta, como una quinta justa resolviendo inmediatamente en su oído. Sus ojos oscuros encendidos en fuego vivo, calcinando el aro mientras los músculos de sus manos y muñecas recordaban la distancia por los entrenamientos inhumanos que realizaba hasta perfeccionarse. El puño en el aire esperando el sonido a lluvia que era el balón pasando por la red.

Cada uno de esos gestos había hecho que sintiera un desfile de mariposas en el estómago desde que lo descubrió, y al conocerlo, el desfile se convirtió en un invernadero. Porque aun cuando se comportara con un bobo a veces, era el chico más gentil y apasionado que pudo conocer. Por eso Emi también gustaba de él. Y, justamente por el bien de Emi, Chiharu se hizo a un lado. Después de todo, su amiga era una belleza japonesa en toda regla, mientras que ella siempre fue «la rara de la guitarra con cabello de otro país».

Por eso, Chiharu se paró en seco al verlo a lo lejos. Estaba mucho más alto de lo que recordaba. Sus hombros muchísimo más amplios, y le costó reconocerlo por su cabello negro largo por encima de los hombros. Pero ese perfil era imposible de olvidar: la nariz recta y las cejas como si siempre estuviera molesto, aun cuando tenía el mejor humor.

Quizá esa emoción de verlo fue lo que nubló tanto su juicio como para no notar que tenía compañía. Como para ignorar que estaba rodeado de tipos que, de estar en una calle oscura, habría evitado sin dudarlo. Pero, ¡ese era Hisashi Mitsui! ¿Cuánto tiempo había pas…?

—¡Hola! —Debía reconocer que su voz sonaba como la de una niña de cuatro años cuando estaba emocionada, aun cantando en registro de mezzo y por las mañanas fácilmente confundible con un muchacho. Pero no le importó cuando lo vio voltearse y reconoció la mirada castaña que hacía años no veía—. ¿Cómo has estado? Te acuerdas de mí, ¿verdad?

—¿Eh?

Chiharu se detuvo en seco. Se veía confundido. ¿Era posible que la hubiese olvidado? En dos años podían ocurrir muchas cosas… Entonces, ¿la extraña era ella por haberlo reconocido?

—¿Quién es, Mitsui? —preguntó de pronto uno de los jóvenes que rodeaban al muchacho.

Hmmm… lindo cabello, lindo rostro. Es mi tipo —concluyó un segundo joven.

—Le faltan tetas, aunque podría verse así por el uniforme —se quejó un tercero.

La chica apretó los dientes con fuerza por causa de los horribles comentarios, incluso cuando ninguno de ellos le importaba un comino. Volvió a concentrarse en su excompañero de secundaria.

—¿No me recuerdas? —Mejor probar con su nombre, seguro ayudaba—. Soy Chiha…

—¿Quién? —La interrumpió Mitsui súbitamente, con un marcado tono sarcástico. Sus cabellos se agitaron cuando ladeó la cabeza hacia un lado, reforzando la inflexión burlona que marcaba su semblante—. Ah, ya veo, ¿tú también quieres acostarte conmigo?

¿Han sentido alguna vez ese lejano ruido de cristales al romperse? ¿Como cuando toda una estantería falla en su soporte y cae al piso, destrozando cada estatuilla de vidrio cortado? Bueno, ese fue el ruido que estalló en la cabeza de la joven cuando la frase de Mitsui sonó en sus oídos, como la voz de otra persona distinta a la de aquel que siempre recordó con cariño.

Por un momento, sus ojos quedaron fijos en él, preguntándose si era una ilusión auditiva o si realmente había escuchado correctamente. Su ceño permanecía fruncido, ahora cubierto por el brillante cabello negro lacio que había caído sobre su rostro, sonriendo con una mezcla de sorna y desagrado.

Hisashi y ella solían pelear a menudo. Es decir, los amigos pelean, ¿por qué ellos no iban a hacerlo? Claro que lo hacían, ¡y cómo! Pero en ninguna de esas discusiones, jamás, la miró así. Parecía burlarse de ella al tiempo que la corría de su vista, como empujándola con violencia.

Supo que sus amigos decían cosas de su cuerpo entre risas, palmeándole la espalda, sugiriendo que se la llevara a «un lugar oscuro mientras ellos le cubrían la espalda». Supuso que debió sentirse aterrada por ese comentario, pero no lo hizo. Fuera de toda lógica, no sentía miedo. Chiharu Nijiyama sintió dolor.

Eso es lo que estaba segura, se transmitía en su rostro pálido cuando cerró los labios y la sonrisa desapareció de ellos, como un fantasma deja helada una habitación.

Girando sobre sus talones, se alejó a paso rápido. Las risas, silbidos y comentarios lascivos seguían sonando.

Ella siguió corriendo.

(1) Hafu, viene del inglés "half", y es una japonización (?) de esa palabra. Los nipones llaman así a quienes tienen sangre japonesa y extranjera mezclada, y sus razgos son algo distintos a los que suelen homogeneizarlos a ellos como sociedad.