CAPÍTULO 3: LO QUE PASÓ EN LA AZOTEA.
Hisashi Mitsui había atravesado muchas decepciones a lo largo de su corta existencia. No era una persona muy positiva, y francamente le importaba una mierda lo que pudiera o no pasar consigo mismo.
La lesión de su rodilla, las peleas que perdió hasta que pudo aprender a defenderse, las discusiones agresivas con su padre y el llanto desconsolado de la mujer que le dio la vida eran las situaciones más horribles que le habían perforado el pecho, todo eso y más lo había marcado a fuego y para siempre como experiencias de que la vida realmente no valía un carajo.
Sin embargo, esa tarde de abril en la que volvió a encontrarse cara a cara con la chica que había alegrado cada tarde de su pasado, fue tan amarga como la hiel, haciéndolo rememorar cada uno de los recuerdos que se habían clavado en su pecho años antes. Porque la expresión de decepción en su rostro pálido lo había dejado tan vacío como furioso.
—¡Hola! —habló una agradable voz femenina. Su tono era agudo y tierno, y un ramalazo corto de su aroma le recordó al algodón de azúcar que llevaba años sin probar.
Retrajo los labios en una desagradable mueca. ¿Qué mierda? ¿Otra vez? ¿No bastaba con esos sueños del demonio como para andar escuchándola también…?
El rostro de Ryu, fijo a su lado, parecía concentrado en algo. O alguien. Tal expresión hizo que se volteara… craso error. Solo en ese instante, la vio.
—¿Eh? —se le escapó en una exclamación que consiguió sobresaltarlo.
«¿Es una joda? ¿Qué mierda hace ella aquí?». El corazón comenzó a latirle al tiempo que se congelaba en su pecho, como si sus costillas se abrieran. Trató de pensar un segundo en si estaba viendo cosas extrañas o paranormales, pero no había forma de que se equivocara con esto: el claro cabello enmarañado se había convertido en una melena ondulada por debajo de los hombros, y no dudó que era ella cuando notó la trenza al costado de su cabeza. Los mismos ojos castaños, grandes como los de un niño que mira un juguete, fijos en él. Estaba más alta, pero sus hombros seguían siendo pequeños en comparación a la enorme cabeza de alcornoque que siempre tuvo sobre los hombros...
—¿Quién es, Mitsui? —preguntó Norio acercándose a paso lento.
«No te importa», gruñó en su interior.
—Hmmm… lindo cabello, lindo rostro. Es mi tipo —afirmó Ryu.
«Ni lo pienses, imbécil».
—Le faltan tetas, aunque podría verse así por el uniforme. —Ito tenía una verdadera obsesión con los pechos.
«¡Que te jodan, cabrón!».
La chica frente a él parecía no darse cuenta de lo riesgoso que era mantenerse allí, con él y sus peligrosos acompañantes. «¿Dónde diablos está tu sentido del peligro?», pensó frustrado. «Vete de aquí, maldita sea».
—¿No me recuerdas? Soy Chiha…
—¿Quién? —escupió en tono amargo. Sí, sabía perfectamente quién era. Y por eso tenía que alejarla.
Compuso la expresión más hiriente de su repertorio, convencido de que no tenía más remedio que portarse como un jodido imbécil. Vio el cambio en su delicado rostro afrutado y una incómoda punzada se le instaló al medio del pecho.
—Ah, ya veo —continuó hablando como si nada—, ¿tú también quieres acostarte conmigo?
Ella palideció. Dio la impresión de que algo se hubiera quebrado en su interior, y cuando dio media vuelta para marcharse, Mitsui por fin pudo respirar mejor. Vete, vete ya, decía su cerebro una y otra vez. Escuchaba las exclamaciones de sus compañeros alrededor con acritud. De pronto, tenía verdaderas ganas de reventar algo a patadas…
—La dejaste ir —le acusó Ryu con ojos entrecerrados—. Si querías tirártela, solo tenías que hacerlo. Se ve que no es virg…
«¡Hijo de puta!».
El ataque de Mitsui fue silencioso. Su interior gritaba de rabia.
Estuvo a punto de reventarse los nudillos cuando estampó el puño cerrado en el rostro de Ryu con toda la rabia, frustración e impotencia que venía acumulando. ¡Qué sensación tan maravillosa la de sentir como le rompía el interior de la boca al malnacido que tenía por compañero de andanzas!
—¡Maldito! ¿Qué carajos te pasa? —balbuceó el agredido a duras penas, aunque no devolvió el ataque. Ese salvaje lo aventajaba en fuerza y altura; era idiota, pero no tanto.
Mitsui escupió hacia un costado, sin responder. A veces solo deseaba que les pasara un tren por encima.
«Que los jodan a todos, putos bastardos».
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Hanamichi Sakuragi se consideraba a sí mismo como un tipo con muy poca suerte. Y a los fines prácticos, bueno, lo era. Cincuenta rechazos amorosos a la tierna edad de quince años y un tristemente potencial rechazo cincuenta y uno a la vista.
«¡No soporto a los violentos! ¡Te aborrezco!». Si, ese sonido de cristales rotos era como realmente podría escucharse un corazón roto. La música triste susurrando en su oído, y ni siquiera sus amigos lo habían torturado con sus gritos de alegría celebrando su rechazo como quien festeja un cumpleaños.
La chica más dulce que había conocido (por el módico tiempo de tres días) le había gritado que lo odiaba de la forma más injusta. ¡Él no había golpeado a ese imbécil de Rukawa! Bueno, sí lo había hecho. Pero solo porque ese idiota mal agradecido la trató como basura. Y aún así ella lo defendió.
«Haruko-chan fue muy cruel», había escuchado decir a Noma. Seguramente lo había sido, pero por algún motivo, él no podía culparla.
Fue cuando su propio enojo lo llevó a patear un balón de baloncesto en el patio, y sin recordar claramente cómo rayos, había terminado en una duela enfrentándose al capitán del Equipo de Básquet. ¿Qué tan mala suerte podía tener?
¿El hermano mayor de Haruko Akagi? ¿De verdad? ¿En serio? ¿Qué tan puta mala suerte podía tener un ser humano para que la chica que quieres tenga por hermano mayor a un gorila con cara de pocos amigos y que te pelees con él apenas lo conoces? ¿Qué tan jodido tiene que estar el mundo para que te reten a un partido por insultar ese deporte estúpido y terminar bajándole los pantalones frente a todo el colegio? ¿Qué tan horrible tiene que ser la vida? Pues tiene que ser como la de Hanamichi Sakuragi. Solo unas horas habían pasado desde que todo ese embrollo ocurrió, haciéndolo (aún más) el centro de atención. El pelirrojo se limitaba a lamentarse entre golpes contra su propia cabeza, escuchando las risas ahogadas de sus mejores amigos.
—No sé de qué te quejas, Hanamichi—. Yohei le sonreía con amabilidad pese a ese tono burlón que lo caracterizó siempre. Ya le había advertido que enamorarse de Haruko no sería algo sencillo. Una chica tan calmada, amable y suave en sus maneras de moverse tendría muchos obstáculos por encima.
—Es cierto. Después de todo, el que se llevó la peor parte que el capitán del equipo de básquet—. El mejor amigo de Sakuragi ahogó una risa fuerte al escuchar hablar a Noma. El buen Noma siempre tenía la palabra justa.
—Te luciste, Hanamichi. Esa bajada de pantalones fue épica.
—¡Cállense ya, imbéciles! ¿No se dan cuenta de que Haruko-chan vio todo eso? ¡Qué mala forma de empezar con su hermano!
La vergüenza. El horror. La desesperación. Hanamichi Sakuragi había muerte muchas veces en pocos segundos en ese instante, pese a su forma de pedir disculpas sinceras en medio del partido. Yohei volvió a hablar con una mano en su hombro, como tranquilizándolo en todo sentido.
—No creo que le haya importado realmente. ¿No viste como te animó?
Y esas palabras resonaron en su cabeza como coros de ángeles, recordándole el momento claro en el que la joven gritó su nombre entre la multitud. Lo había perdonado en el momento que más lo necesitaba, haciéndolo sacar fuerzas desde el inframundo y ganarle al capitán Akagi. Aun cuando él mismo pensara que nada de lo que había hecho en esa cancha era legal. Pero una victoria es una victoria, ¡claro que sí!
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Takenori Akagi era una persona que respiraba rectitud. De esas a las que puedes respaldar tu vida sabiendo con certeza absoluta que estabas en buenas manos. Para muchos, compañeros e incluso profesores, el altísimo capitán era la encarnación de algún antiguo samurai. Con orgullo, sentido del espacio, discreción y comportamiento excelso. Por eso nadie podía comprender cómo sus nalgas habían quedado expuestas en el gimnasio de baloncesto, siendo sus pantalones jalados en una caída por un muchacho de primer año de brillante pelo rojo.
Hanamichi Sakuragi, era el nombre del muchacho que había conseguido anotar una clavada por sobre la cabeza del capitán. Quien había, según testigos, insultado el deporte que tanto adoraba el joven de tercer año y por consiguiente, provocado su furia.
«No cabe duda de que van a hablar de esto durante medio año escolar. Lo lamento, Akagi...», pensaba el muchacho de lentes sentado en su asiento mientras garabateaba las hojas en blanco de su libro de cálculos. Tapó con una mano sus labios al sentir que una nueva oleada de risa profunda subía por su garganta, ocasionándole cosquillas en el interior de sus labios y un quejido ahogado contra su palma.
Se sentía el peor amigo del universo, pero esa caída fue algo increíblemente épico y que sabía, no olvidaría jamás en cien años. Aun cuando prometió no volver a mencionarlo a su mejor amigo.
Por cierto, ¿dónde estaría ahora? Porque luego de que Haruko los presentó formalmente, había perdido de vista al muchacho que se sentaba justo delante suyo, siempre obstruyéndole la vista a la pizarra.
Sin la vigilancia de un docente de guardia, los alumnos de la clase siete se habían dispersado por sus bancos, charlando y por supuesto, comentando lo ocurrido hacía solo unas horas en el gimnasio. Era una suerte que Akagi no estuviera presente, o se habría enfurecido con ganas.
Una furia similar a la que pudo palpar cuando Chiharu Nijiyama entró al salón pateando el zócalo de madera que apenas sobresalía de su lugar, colocándolo correctamente a presión del golpe. Juraba que estaba hablando bajo, pero solo podía distinguir un gruñido tan bajo que parecía un tigre ronroneando, incluso con la misma postura y la espalda hacia delante.
La vio pasar por detrás de un banco como si pisara una colonia de hormigas con la furia de un demonio, sentándose de golpe en su asiento y escondiendo el rostro entre sus brazos. El sonido de la blanca frente contra la madera de la mesa le dolió en lo más profundo, como el cabezazo que Sakuragi le dio a Akagi esa mañana. No había pasado más de dos semanas de clases y por ende, de conocerla. Pero de todos modos, Kogure podía identificar algunas de sus reacciones en este punto.
Se rascó la mejilla al sentirla respirar su alma fuera en un solo movimiento repleto de frustración. Pestañeó varias veces antes de hablar, casi con miedo.
—¿Mal día? —preguntó acercándose a ella con cautela.
Chiharu respondió con la voz ahogada resonando contra la madera:
—¿Desde cuándo Hisashi Mitsui es un imbécil de manual?
—¿Eh? ¿Mitsui? —No se lo esperaba—. ¿Qué pasó, Nijiyama-san?
—Me acerqué a saludarlo y respondió preguntándome si quería acostarme con él —escupió sin más.
Chiharu no vio el rostro de Kogure volverse de rosa a rojo, y de ahí a violeta. No se dio cuenta de lo que había dicho porque estaba demasiado apabullada por la furia que bullía en su pecho. El sonido de su voz. La intención de sus palabras. ¡Esa maldita sonrisa socarrona! ¿¡Qué mierda había sido eso!? Hisashi Mitsui podía irse bien a la…
—Perdimos contacto con Mitsui a mediados de primer año. —La voz de Kogure sonó tranquila. ¿Por qué sus anteojos estaban empañados y sus mejillas rojas…? Maldición…¿había dicho eso, verdad? Sintió como sus mejillas equiparaban las de él en un instante—. Luego de eso, sé que se juntó con… estudiantes un poco…
—¿Idiotas?
Kogure casi sonrió.
—Malos.
—¿No tienes idea de lo que le pasó? Es un idiota. Uno muy grande. Pero el chico que conocí no era así. ¿Qué tan mal tuvo que haberlo pasado para terminar así?
—Nijiyama-san, ¿tienes unos minutos? —inquirió tomando asiento en el banco frente a ella—. Esto va a tomar un rato.
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¿Cómo había llegado Ryota Miyagi a esa azotea? No podía saberlo con seguridad, pero ahora, de repente, lo estaban rodeando. Solamente unos pocos días habían pasado desde el comienzo de clases, y ya estaba hasta los muslos de problemas. Sí, era típico en él.
Miró a su alrededor sin siquiera mover un poco el cuello. Podía reconocer algunos rostros de los siete que no veían la injusticia de tenerlo en desventaja. Norio Hotta, Ito Masurana y el principal actor en este lío: Mitsui.
—No pareces tan confiado ahora, ¿verdad, Miyagi? —dijo entre dientes.
—Siete contra uno. Realmente son valientes —advirtió el muchacho con expresión desafiante.
—Buscaste pelea con nosotros, niño. —Norio hizo tronar sus nudillos—. ¿Creíste que la ibas a sacar barata?
—¿No se cansan de hablar?
—¡¿Qué dijiste, niño?!
Hisashi Mitsui sabía perfectamente que no había tomado riña con Ryota Miyagi precisamente por su carácter altanero. No había sido por ese ridículo arcillo en su oreja ni esa mirada que se devoraba el mundo sin importar quién estuviera delante. No fue su falta de respeto a la jerarquía de sus superiores ni esa forma de hablar meritoria de muchos golpes en la boca del estómago, claro que no.
Fueron esas malditas zapatillas que llevaba puestas. Fue ver la osadía de sentarse en el césped a la vista de todos, acordonando sus asquerosas zapatillas de baloncesto.
Y, también, fue reconocer en ese rostro bronceado y ese peinado al conocido base Ryota Miyagi de Miwa, porque con un año menos que él se hacía nombrar cuando aún estaban en secundaria baja. Y todo se volvió rojo.
No entendía por qué, pero todo se había vuelto rojo. Esa imagen de un muchacho sonriendo mientras engarzaba los cordones de sus tenis lo hizo estallar, como si todos los botones en su interior hubieran sido presionados al mismo tiempo y el volcán en su pecho hubiera hecho erupción.
En menos de lo que hubiera podido pensar, estaba furioso. Tan furioso que el solo recordar la escena le causaban ganas de vomitar bilis. Y más quería vomitar de odio, porque tenía ese dolor en sus costillas sin entender por qué. Por eso tomó el primer golpe contra Miyagi. Y otro. Y otro.
Solo cuando pudo pestañear, notó que su boca sabía a óxido y que el más bajo se le había subido a horcajadas, como una asquerosa garrapata, golpeando su rostro pese a que su banda trataba de impedirlo. Y todo siguió rojo, porque esa adrenalina la había sentido antes.
En una época muy lejana, recordaba que la adrenalina era buena. Era una sensación de vértigo corriendo por sus venas. Recordó el viento en la cara y la forma en que podía reír saboreando su propio sudor en los labios.
Pero esta adrenalina era distinta. Era oscura y pesada y dolorosa. Pero debía bastar.
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El salón tres de primer año se encontraba prácticamente vacío, puesto que la mayoría de sus ocupantes se habían dispersado por las dependencias del establecimiento para almorzar.
Entre quienes prefirieron la comodidad de su aula, se podía contar a Haruko Akagi y sus fieles amigas, Fujii y Matsui. Las chicas iniciaron una animada conversación luego de ingerir sus alimentos, que decantó en una diferente a lo que habían contemplado inicialmente.
—Haruko, realmente te gusta meterte en problemas… —suspiró Fujii con gesto trágico.
—¿Eh? ¿Por qué dices eso?
—Sakuragi no parece un mal chico —dijo Matsui pensativa—, pero date cuenta de que los problemas lo siguen como moscas a la basura.
Haruko abrió mucho los ojos tras esa frase.
—Matsui, llamarlo basura es un poco cruel… —la reconvino muy seria.
—¡No lo llamé así, Señorita Literal! Solo digo que es un poco conflictivo y deberías tener cuidado.
—Pienso igual, Haruko. —Fujii habló junto a ella, aún sentada en su banco. Las manos blancas entrelazadas—. Todavía tengo mis reservas sobre ellos; no estaría mal que tú también las tuvieras.
—¿Con nosotros? —intervino una voz grave bien conocida por las tres muchachas—. ¡Pero solo parecemos malos, no lo somos! —aseguró medio en broma, medio en serio.
Yohei Mito era un muchacho de estatura promedio, físico atlético, cabello y ojos negros, peinado estilo pompadour y permanente ademán altanero tanto en su forma de hablar como en la manera que solía esconder las manos en los bolsillos de su pantalón. Con sus amigos era sincero y desenfadado, le gustaba gastar bromas, y tenía a Hanamichi Sakuragi por mejor amigo desde la guardería, quien era blanco permanente de sus burlas, y no se le quitaba la costumbre incluso habiendo recibido incontables cabezazos a lo largo de su extraña amistad. Con sus rivales se portaba maleducado e irreverente si la situación lo ameritaba. Sin embargo, en su voz grave, algo engolada y levemente nasal, podía adivinarse una gentileza y galantería que sacaba a la luz cuando se trataba de chicas y personas que le merecían respeto.
—¡Yohei-kun! —gritó Haruko sonrojada, llevándose ambas manos al rostro para intentar ocultar su rubor—. L-lo lamento, nosotras…
—¡No pasa nada, Haruko-chan! —la interrumpió en tono suave—. Tenemos la fama que tenemos, no se puede hacer mucho con los rumores de nuestros años en Wakou. Pero quisiera lograr que Matsui-chan y Fujii-chan dejaran de pensar así. —Acto seguido, se llevó ambas manos a los bolsillos mientras mantenía un rostro amable y críptico.
—No vuelvan a pelear, y no tendrán problemas conmigo. Aunque francamente no me importa —finalizó un poco displicente.
—Eso fue brutalmente honesto, pero lo aprecio, Matsui-chan. —Caminó alrededor de las chicas hasta posicionarse a un lado de Fujii, que había cerrado la boca tan pronto escuchó su voz—. ¿Qué hay de ti? —le preguntó inclinando un poco la cabeza, percatándose de cierta sombra desconfiada asomándose en sus ojos color chocolate—, ¿tienes alguna petición?
Fujii bajó la vista en ese momento, centrándose de pronto en un punto inexistente entre sus uñas pulcras, perfectamente limadas. Yohei sonrió de costado, y los pequeños hoyuelos de sus mejillas aparecieron como cada vez que sus labios se curvaban de una manera en particular. Sus orbes de obsidiana eran desafiantes cuando buscaban la mirada de la chica que se la había negado.
—Todos podemos cometer errores, por algo la gente puede arrepentirse luego. —Su sonrisa se acentuó, aunque ahora no parecía tan cordial como antes—. Pero juzgar erróneamente a alguien, y luego esconderse, es de mala educación. Solo para que lo tengas presente.
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¿Una lesión severa en su rodilla? ¿Eso le había ocurrido? ¿Había abandonado el Club justo después del primer partido oficial que no pudo jugar? ¿Qué mierda…?
Chiharu estaba sentada apoyando los brazos sobre el respaldo de la silla, con los ojos castaños fijos en los de Kiminobu Kogure. El muchacho hablaba tranquilo, gesticulando con sus manos de una forma que parecía mecer el aire como quien arrulla a un niño, pese a estarle contando una historia tan triste como nunca creyó oír. No al menos, teniendo a Hisashi Mitsui de protagonista. Porque historias tristes, Chiharu sí conocía bastantes…
Sacudió la cabeza como si el muchacho de cabello castaño no pudiera verla, centrándose en sus palabras. En como narraba cada evento del que había podido ser testigo, y como creía, todo había desencadenado en esto. ¿Tanto había pasado cuando ella no estaba viendo? ¿Tanto había sufr…?
—Y eso fué lo que ocurrió… —terminó de decir el chico de lentes, suspirando como si hubiera contado la historia de alguien que nunca llegó a conocer. Hacía mucho que no pensaba en ello, a decir verdad —. No justifico a Mitsui de ninguna forma, Nijiyama-san. Pero su forma de ser… Bueno, supongo que quiero decir que tiene un porqué.
Chiharu pestañeó varias veces antes de poder responderle. Ese joven le había contado algo que estaba seguro, no iría por la vida pregonando, y aún así parecía querer defender al que fue su amigo por pocos meses. Era como si él también hubiera visto que Hisashi no era realmente ma…
—Nada justifica lo que me dijo —murmuró. Levantó la vista para enfocarla en él —. Puedes haber tenido una experiencia horrible, Kogure-san. Pero eso no te da permiso de tratar a todos como basura. El mundo no te debe nada.
Kogure la vio presionar el borde del respaldo con sus manos blancas, hasta que los nudillos palidecieron tanto que logró un nuevo nivel de color en su piel. Trató de mirarla a los ojos, pero ya no estaban ahí. Era como si la chica frente a él se hubiera perdido en una bruma inexistente, donde él ya no estaba. Donde ninguno de los compañeros de salón que comenzaban a reunirse, realmente estaban presentes. Algo lo obligó a carraspear. Una sensación que parecía gritarle que tirara del cordón imaginario que la traería a tierra firme.
—Nijiyama-san… —comenzó a decir. La voz de Kogure fue un cimbronazo en su cabeza, despertando cada poro. Mierda… Hacía mucho que su mente no se iba a ese lugar oscuro —. ¿Tienes algo que hacer después de clases?
—¿Eh? N-no. ¿Por qué?
—¿Te gustaría venir a la práctica con Akagi y conmigo? ¡Tener espectadores con buena energía siempre nos da ánimos!
—C-capitán…
—¿Mh? ¿Kakuta? ¿Qué te pasa? Estás pálido.
—E-es Miyagi. Él…
El aire se heló entre los presentes, como si de pronto hubiera retrocedido una estación.
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A los siete años, Hisashi Mitsui recibió su primer balón de básquet. Un regalo del hermano de su madre. Recordaba que era el cumpleaños de su hermanita Miyuki, pero el balón fue un obsequio para que no se sintiera celoso. Dicho obsequio, más que nada por conveniencia, fue lo que cambió todo en su vida.
Cuando cumplió diez años, comenzó a jugar en el equipo de su escuela primaria. Claro que eran partidos amistosos y hasta los encuentros oficiales parecían ser un chiste en comparación con los alucinantes juegos profesionales que veía en la televisión y los viejos VHS que su padre conseguía para él. Pero la sensación era única. Esa adrenalina que quemaba sus entrañas siempre era la misma. Era pasión, aunque mucho tiempo después pudo ponerle nombre a ese sentimiento.
Y a los trece, en su primer año de secundaria baja, fue cuando sus recuerdos comenzaban a adquirir color.
Hisashi Mitsui no solo amaba el básquet, ni era solo bueno. Era muy, muy bueno. Su amor por el deporte no terminaba en fanatismo, sino que su cuerpo actuaba en consecuencia de él. Cada uno de sus movimientos parecía sacado de una jugada planeada, cada átomo que lo componía respondía a sentirse vivo en una duela.
La adrenalina que sentía antes de un partido era su sensación favorita en el mundo. Pocas cosas se sentían así, jamás. La felicitación de su padre luego de un partido ganado. La cena que su madre prometía (y cumplía cada vez) si ganaba un juego, incluso los dibujos que Miyukii le regalaba. Eran solo garabatos de colores y un moco ocasional, pero según ella, decía: «Mi hermano, el héroe del blasquiet». Sí. Del blasquiet.
Pocas cosas se sintieron tan bien en su vida como correr con el viento en la cara, despegando sus cabellos empapados de sudor. Conseguir un balón en limpia lucha y sentir el sonido a lluvia de la red moviéndose cuando el balón entraba. Estaba seguro de que si el cielo existía en cualquier religión, se sentiría así todos los días. Cómo seguir vivo en los mejores y selectos momentos de tu vida.
El partido contra Mikamitakushi fue uno de esos momentos. Decir que era el único buen jugador de Takeishi era falso y pedante, más de lo que realmente podía ser. Pero ese día en particular el centro del equipo estaba lesionado, y si bien un equipo funciona de a cinco en la cancha, ese día no era así.
Jugada tras jugada, movimiento tras pase y tiro. Fue una lucha encarnizada donde juraba estar dejando la piel en cada caída. Oía a todo el estadio gritar frases inconexas de ánimo y aliento. Pero el aire se volvía caliente de pronto, y el viento ya no le soplaba en la cara por momentos.
«¡Tú puedes!», escuchó entre la multitud. Reconocería esa voz aguda al gritar en cualquier lado. Esa voz que de tener gusto, sabría a nieve de fruta. Porque era reconfortante y empalagosa a la vez, como la chica a la que pertenecía. «¡Corre como el viento, Hisashi-kun!», había gritado. «¡No soy un jodido caballo, Chiharu!», respondió en su mente. Pero sus piernas corrieron más de prisa.
El silbato sonó en el medio tiempo, dejando caer su cuerpo pesado al banco. El entrenador Yamaguchi daba instrucciones que seguía con medio oído, porque un ráfaga de viento frío chocó contra su nuca descubierta y cubierta de sudor.
«¿¡Qué haces, tarada!?», gritó sin dudar quien era. El rostro sonriente, cegador como mil lámparas en sus ojos casi lo hacen retroceder en su asiento. «Hueles horrible», le respondió. Recordó mirarla con una mezcla de odio y cansancio, pero supo que solo fue una mueca por la forma en que echó a reír. Adoraba esa risa. Era como escuchar algo hermoso y molesto a la vez. «¡Esa es la expresión ganadora de siempre!», gritó, echándose para atrás, porque tenía medio cuerpo colgando de la tribuna para alcanzarlo. Estaba seguro de que el rojo en sus mejillas y el calor emanando de su cuello no eran por correr.
Ganaron ese partido, recordó. Su padre lo felicitó, y eso también estaba en su memoria. Junto con la alegría de su madre y su hermanita.
También recordó que los sabores de helado que pidió esa noche en la nevería cercana a Takeishi fueron chocolate y vainilla. «Si te invito un helado, trata de no pedirte uno de abuela», le había dicho esa noche. Su risa era tan clara y armoniosa que se sintió extraño cuando cambió para carcajear tan fuerte que se volvió ronca y con rictus de tos. Pero había sido tan gracioso que tiró su helado al piso. Y ella rio más.
El aroma a algodón de azúcar recién hecho fue lo primero que Mitsui sintió cuando abrió los ojos, mezclado con el penetrante olor a alcohol etílico le perforó los sentidos cuando abrió los ojos a la realidad.
El techo blanco, tan luminoso que sus ojos se cerraron varias veces antes de poder mantenerlos se le hizo extrañamente conocido. Había estado ahí antes, hace ya mucho tiempo. En una cama similar, con las sábanas ásperas y claras que le provocaban náuseas de solo mirarlas.
Los sonidos sordos de pasos fuera de la habitación y llamadas por altavoz en tono monótono lo llevaron a la época que no quería recordar. A la época en que todo se fue a la mierda. Y esa furia volvió a quemar su pecho.
Estiró el brazo con brutalidad, arrojando de la mesa de noche básica cada utensilio y vaso que habían dejado para él. Solo entonces se dio cuenta de las heridas en sus puños y la tirantez en la piel de su rostro. Y todo se volvió rojo cuando su propia lengua no encontró ninguna barrera hasta llegar a sus labios, saboreando con ira el gusto a óxido de la sangre que aún parecía brotar de la herida. Tres de sus dientes frontales habían desaparecido.
Mitsui estaba ciego de furia.
