CAPÍTULO 4: EL ZORRO Y EL GENIO.
—¡Me alegra tanto que aceptaras venir hoy, Nijiyama-san! —exclamó animado el muchacho de gruesos lentes girando el rostro pálido hacia la chica que cerraba la caravana de tres que deambulaban por el pasillo externo, camino al gimnasio.
—No puedo negarme a esa sonrisa y entusiasmo —replicó con los labios curvados hacia arriba. Ignoró el rubor en las mejillas de su compañero de curso, centrando su atención en la enorme espalda del capitán, primereando a ambos —. Espero que no sea una molestia, Akagi-san.
El altísimo muchacho volteó medio cuerpo sin detener sus pasos.
—No me molesta. Pero mantente sentada en un solo lugar. No distraigas a nadie y ten cuidado con los balones perdidos. No quiero accidentes.
—Acabas de sacarle lo divertido a la vida...
—¿Cómo?
—Nada.
Kogure ahogó una risa en la palma de su mano, evitando la mirada inquisidora de su mejor amigo, frenando frente a los vestidores. Unos pocos estudiantes parecían venir en sentido contrario, hablando amenamente y esquivando los últimos rayos de sol que parecían colarse entre los árboles de primavera.
La pesada puerta de hierro se abrió gracias a los fuertes brazos de Akagi, resonando con eco en las paredes interiores, llamando la atención de todos los que ya habían llegado. Los pasos que los llevaron dentro (quitándose sus zapatos para no arruinar el piso de madera lustrada), hicieron que los chicos de primero se giraran curiosos hacia los recién llegados.
El trío parecía llamar la atención por si solo. Un tipo con cara de bueno. Otro enorme con cara de perro malo, y una chica con el rostro más extraño que hubieran visto.
—¡Vaya! Este año tenemos varios chicos nuevos —. Kogure analizó sin detener su caminata a la línea de novatos que se formó en medio de la cancha.
Trató de ser lo más amable posible, sonriendo a todos por igual. Esa era su característica principal. Pero debía ser totalmente honesto: tener en sus filas al novato del año logró que sus piernas temblaran. Más aún cuando reconoció esa cabellera roja emulando llamas del infierno que se erguía justo a su lado. ¿Lo estaba mirando con odio? Oh, no... ¿Iba a buscar pelea de nuevo?
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Sakuragi parecía hervir por dentro. Primero una chica (hermosa pero totalmente demente) le había dado en plena cabeza con un abanico de papel. Se había tenido que aguantar las miradas poco disimuladas de miedo de esos enanos con los que compartía año de ingreso.
Durante todo ese día había intentado comprarse los favores del hermano de la chica de sus sueños con todo lo que su imaginación había podido brindarle. Fotos exclusivas de idols hermosas, cartas e incluso una caja de bananas. ¡Esas sí que habían salido caras por ser importadas! Había limpiado y barrido y pulido cada piso y balón del gimnasio. ¿¡Qué más quería para darle su visto bueno!? Gorila presumido...
Ese día nada podía ir peor. El gordo con cara de Santa Claus se había reído de su cabello y lo peor de todo, estaba justo al lado de ese zorro apestoso a vientos.
¿En serio? ¿No le había dado lata suficiente? Mierda. ¿Por qué no se largaba? Seguro ni siquiera era tan bueno...
—¡Fórmense! —. La voz de Takenori Akagi pareció romper el hielo que se había generado al llegar, con la expectativa de quienes parecían perderse tratando de medir mentalmente su estatura —. ¡Los de primero, presentense!
Satoro Sasaoka, Kentaro Ishi, Toki Kuwata.
Esos eran los nombres de los primeros tres muchachos en la fila simple que habían formado los novatos de ese año. Los rostros aniñados parecían indicar que querían salir corriendo por la puerta principal, sintiendo la tremenda presión de aquellos que los miraban sin otra cosa que curiosidad. Fue el siguiente de ellos, el que realmente llamó la atención.
—Kaede Rukawa —dijo —. Mido un metro ochenta y siete, peso setenta y cinco kilos. Vengo de la secundaria Tomigaoka. ¿Mi hobby...? Dormir, supongo.
—¿¡Y quien mierda preguntó tu hobby zorro imbécil!?
—¡Tu cállate y espera tu turno!
El abanico de papel pareció materializarse desde la nada, impactando con fuerza en la cabeza de cabellos teñidos en rojo profundo. Chiharu se cubrió la boca ahogando una carcajada, aún de pié junto a la puerta. ¿Cuando habían llegado esas chicas de primero? ¿Y esas que estaban gritando tan agudo? Rayos, la juventud era muy agresiva esos días.
Parecían estar particularmente interesadas en el muchacho alto de cabello negro y ojos rasgados. ¿En serio? Bueno, era bastante atractivo. Pero para ella, fijarse en uno de primero debía ser ilegal. ¡Mierda que gritaban agudo!
Pronto, la voz del pelirrojo rompió todas las barreras del sonido, cuando le tocó presentarse. Como si hubiera contenido en su interior una fuerza brutal durante años esperando a ser liberada.
—¡Soy Hanamichi Sakuragi de la secundaria Wakou! ¡Mido un metro ochenta y ocho y peso setenta y ocho kil...!
—¡Muy bien! Esas son todas las presentaciones —cortó Akagi, como ignorando cada palabra del pelirrojo.
Hanamichi proliferó en insultos por lo bajo, solo alertando a sus nuevos compañeros de equipo que estaban cerca. ¿En serio? ¿Iba a seguir maltratando a un genio como él? ¿Acaso no se daba cuenta de lo terriblemente afortunados que debían sentirse por haber recibido la presencia de este gran basquetbolista en su equipo?
¿Que si Hanamichi no se daba cuenta de que era en realidad un principiante con delirios de grandeza? ¡Claro que no! ¡Sin haber tocado un balón en su vida le ganó al capitán Akagi frente a todo el colegio! Eso solo era posible porque era el mejor. Un genio indiscutido. Mucho mejor que Rukawa. ¡Y ese gorila seguía ignorándolo! El humo expedido de su cráneo podía verse desde las gradas, donde Ayako ladeaba la cabeza tratando de hilar fino. Ese año iba a ser algo sublime.
—¿Mh? ¿Eres amiga de Kogure-sempai?
—¡Ah! Perdón, no me presenté. Soy Chiharu Nijiyama. Somos compañeros de salón también con Akagi-san.
—Es bueno saber que al menos una persona viene a animarnos y no a babearse.
—¿Babear...?
Chiharu estaba acostumbrada a los gritos. Solía ir a recitales y eventos de música donde se dejaban los pulmones por el fanatismo. Pero nada similar a esos gritos histéricos y fuera de tono en un agudo impensado. Volteó la cabeza aterrada esperando un accidente en la puerta del gimnasio, pero solo divisó a un grupo de tres niñas de primero suspirando a todo pulmón por el muchacho de ojos rasgados.
—Rayos, eso fue agudo...
—¡Acostúmbrate, Nijiyama-san!
Aparentemente estas prácticas de club eran totalmente diferentes a las que se acostumbró a ver durante años en secundaria ba...
—¡Zorro imbécil! ¿¡A quién crees que le quitaste el balón?
—A tí.
—¡Hijo de la...!
—¡Vete a practicar lo básico, mono tonto!
Ahora si, Chiharu estalló. Mierda, esto iba a ser increíble.
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Los primeros días de entrenamiento fueron brutales para Hanamichi Sakuragi. Es decir, ¡el genio Hanamichi Sakuragi obligado a entrenar lo básico sin poder participar en sus partidos de práctica! ¿Tienen idea de lo loco que sonaba eso? Para él, era un insulto absoluto. Uno que lo hizo perder la paciencia, sobre todo con ese grandulón idiota que solo lo hostigaba. Debía estar celoso, claro que si. Era eso, seguramente.
Por eso, el pelirrojo se negaba constantemente, metiéndose en la cancha en medio de un partido, siendo regañado con golpes incluidos. Incluso cuando le pidieron a Rukawa que le enseñara su tiro sencillo. ¿Era chiste? ¡Ese zorro dormilón no podía enseñarle nada el genio indiscutido! Y desde luego que arrojarle la canasta de hierro donde depositaban los balones estuvo bien. ¡Eso le enseñaría!
Fue por ese mismo motivo, que el muchacho intentó con todas sus fuerzas ponerse a practicar tan temprano como fuera posible.
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Domingo. Finales de abril.
—¿¡Acaso estás jodiéndome, Gorila!? ¡No te burles del gran y talentoso Hanamichi Sakuragi!
—¡Cierra la boca, cabeza hueca! ¡No vas a tener camiseta siendo un principiante!
Las discusiones entre el novato y el capitán eran muy habituales, pero los demás miembros del equipo seguían muertos de miedo cuando los decibeles pasaban de cierto nivel.
—Vamos, Akagi. ¿Por qué no nos corremos todos un número y así él podrá tener una? —Kogure siempre era el encargado de poner paños fríos.
Rukawa ladeó la cabeza, totalmente sobrepasado en su mente. Pocas cosas lo sacaban tanto de quicio como ese imbécil de cabello carmesí.
Desde que entraron a la formación de trenes esa mañana, no había dejado de escuchar sus gritos y cánticos molestos dándose su propia fama en algo que claramente no era, como básicamente lo hacía en cada oportunidad cuando estaban entrenando. Y no, no se le había olvidado ese golpe brutal con la jaula de los balones en plena espalda, ni la lluvia de pelotas sobre su cabeza. Akagi lo había golpeado a él por defenderse, pero sabía perfectamente que estaba en todo su derecho.
Sí, tenía curiosidad. Sí, el idiota le llamaba la atención. Tenía un físico y resistencia que quizá igualaran las propias, sin contar una tenacidad que rozaba lo idiótico. Todo eso, en conjunto, le daba curiosidad.
Pero luego, tenía esa boca...
—¿Ya viste, Rukawa? ¿Ya viste Zorro Apestoso? ¡Tengo el número diez! ¡Uno antes que el tuyo!
—Cállate...
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Kogure caminaba junto a Ayako y Akagi, justo por delante del profesor Anzai. El muchacho de gafas no podía negar que se encontraba divertido. Esas últimas semanas con el pelirrojo en sus filas realmente había levantado los ánimos de los muchachos, y juraba que aunque Akagi quería comérselo crudo (como en ese mismo instante mientras una furiosa vena danzaba arabescos en su frente), estaba más entusiasmado que nunca.
Takenori Akagi tenía un único objetivo en la vida: ganar el Campeonato Nacional. Así había sido desde que iba en primaria y conoció las disponibilidades del torneo por medio de una revista de baloncesto en cuya portada estaba el centro de Sannoh.
El capitán siempre había tenido a Kogure como soporte incondicional, pero por mucho que quisiera (y lo negara) a su amigo, en el campo de batalla, estaba solo. Akagi era uno de esos jugadores hechos a base de esfuerzo. No un superdotado ni un genio. Alguien con una disciplina extrema y un hambre de gloria que emocionaría al más desalmado. Pero siempre estuvo solo, porque su pasión pasaba por encima de los demás. Le tenían miedo, tanto por su enorme físico, como por su forma seria de ver el deporte. El básquetbol era vida para él. Y por primera vez estaba sonriendo bajo ese rostro lleno de nervios y ganas de golpear al novato ruidoso. A Kogure no le cabía la menor duda: aquel último año iba a ser el más divertido de todos.
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—¡Haruko-chan! —escuchó la joven de castaño cabello hasta los hombros. Volteó para encontrarse con los rostros sonrientes del Ejército de Sakuragi, acercándose a ellas con sus manos en los bolsillos como niños que traman una travesura—. ¡Haruko-chan, ya llegamos!
Haruko, Fujii y Matsui habían viajado juntas, compartiendo el transporte público como lo hacían con todas sus actividades desde que estaban en primero de secundaria baja. Las chicas parecían haber aprovechado esa mañana de domingo para vestirse con atuendos sencillos y femeninos, sorprendiéndolos. No era normal para ellos verlas en otra ropa que no fuese el uniforme escolar.
—¡Yohei-kun! ¡Muchachos! —saludó la hermana menor del capitán apodado Gori portando una enorme sonrisa en su rostro pálido. Noma sacudió la cabeza con pesadumbre, golpeando al mejor amigo de Sakuragi en el hombro.
—Las chicas siempre te mencionan primero, Yohei —le dijo. Takamiya lo secundó con el ceño fruncido en desagrado.
—No es justo para nada.
—Con esa cara de niño bueno que no rompe un plato, se queda con todas las chicas. —Fue Ookus quien cerró el carrusel de quejas continuas contra el muchacho de cabello negro.
La media sonrisa con la que siempre parecía saludar al mundo, esa que ponía de costado de forma tan adorable como socarrona, volvió a aparecer en su cara. Por primera vez ese día frente a las tres muchachas.
—¿De qué chicas están hablando, tarados? —exclamó golpeando a Takamiya en la cabeza con la mano abierta. El ruido del soplamocos hizo que Haruko empezara a reír con un sonido cristalino, contagiando a todo el grupo de varones.
Las dos muchachas restantes, a un costado de las risas y la conversación banal de domingo, observaban la escena en el más absoluto silencio. Matsui, que tenía ambos brazos cruzados sobre el pecho, ladeó la cabeza con expresión estoica, tratando de analizar cómo habían terminado mezclándose con ese grupo de idiotas. Habló solo para Fujii, de pie a su lado, cubriéndose los labios delicadamente con el reverso de la mano.
—Se quejan de que no los saludó a ellos, y a nosotras ni nos ven... —Tenía toda la razón.
La chica de corto cabello castaño los miró por un largo segundo, analizándolos uno por uno al tiempo que mantenía las manos ligeramente por delante de su cuerpo, en una posición que podía resultar un poco defensiva.
Fujii era una chica tímida y pragmática, pues solo creía en lo que podía ver, y más que eso, en la experiencia adquirida a través de los años. Había aprendido a fiarse de sus impresiones según lo que sus orbes le mostraban, y por mucho tiempo, ella confirmó que los chicos como Sakuragi y Yohei solo traían problemas.
—Me siguen dando miedo... —murmuró casi en un secreto; los ojos oscuros quietos en el muchacho de hoyuelos en las mejillas.
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Chiharu llegó a la escuela preparatoria Ryonan sin muchos problemas. Guardó el escrupulosamente bien diagramado mapa que Kogure le había dibujado para que no se perdiera al hacer las combinaciones de trenes, pese al explicarle que estaba acostumbrada a viajar largas distancias porque su antigua escuela quedaba a una hora de trayecto.
Guardó el papel en el morral que llevaba en bandolera y se ajustó la camisa a cuadros bordó que la hacía parecer fanática de una banda de grunge.
«Uf. Este gimnasio hace ver al nuestro como un club barrial...», pensó. Se notaba que al menos tenían más presupuesto para mantener semejante estructura prácticamente a nueva.
Los gritos ensordecedores del tipo «¡Te amamos Rukawa!» que venían desde el interior del recinto la invitaban poco cortésmente a darse media vuelta y volver por donde había venido.
«Viniste a ver a tus compañeros, Chiharu. Deja de ser tan boba», se escuchó decir. «Y también extrañas ver partidos de baloncesto como en secundaria baja, señorita...». Cállate, cerebro...
Sí, desde luego que lo extrañaba. Al baloncesto, no a él. Él era un imbécil y le había faltado el respeto.
Entró al gimnasio cubriéndose un oído con los dedos por el griterío hormonal que venía desde el primer piso, donde tres chicas con minifalda blanca y taco aguja bailaban en una envidiable sincronía. Rio de costado. El tal Rukawa debía querer meterse bajo tierra en ese momento. Oh, ahí estaba. Sí, las estaba ignorando. Esa era otra opción. Vio al famoso Sakuragi, popular en un mal sentido por su fama de yankee y cabello rojo furioso, caminar hasta donde estaba el entrenador del equipo contrario gritando improperios y a Akagi golpearlo con tanta fuerza que realmente pensó, lo había dejado tarado.
Pronto, una voz la llamó animadamente, haciéndola voltear hacia él.
—¡Nijiyama-san! —gritó Kogure con una mano en alto. El cinco en su camiseta roja se vio perfectamente cuando bajó el brazo y le señaló unos asientos próximos a la banca—. Quédate por aquí. ¡Qué bueno que viniste!
—¡Claro! ¡Esfuércense! —El entusiasmo del muchacho de gafas era casi adictivo. Tanto que esa sonrisa de oreja a oreja le recordó una época donde... ¡No! ¡Basta! ¡Es un imbécil y punto! Ya está bueno de acordarse de...
—¿Como has estado, Nijiyama-san? —Ayako la recibió con una sonrisa. Estaba segura de que esas sonrisas debían ser ilegales, no era justo que una chica fuera tan hermosa.
Chiharu corrió un mechón claro de su rostro con los dedos antes de responder.
—Ansiosa por ver jugar a Akagi-san finalmente. ¿Da tanto miedo como en la vida real?
—Los rumores llegan muy lejos. —Entonces, añadió a la preciosa sonrisa un guiño pícaro—. Estás por ver un bonito espectáculo.
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La banca de Ryonan estaba rodeada de una neblina capaz de cortarse a cuchillo. De las camisetas colgadas perfectamente extendidas en el respaldo de una hilera de sillas, solo quedaba una: la número siete.
El rostro del entrenador del equipo blanco parecía estar juntando arrugas una a una mientras se contraía en disgusto, estallando quizá por el zumbido de un mosquito contra su oído.
—¡Hikoichi! —vociferó iracundo—. ¿¡Dónde diablos está Sendoh!?
El menor de los Aida se encogió de hombros como un gato frunce el hocico esperando un golpe. La voz del muchacho sonó fuerte y aguda en los oídos de todos los presentes cuando abrió los ojos con rapidez y temor.
—A-aún no llega, entrenador.
—¡Eso veo, idiota! —Taoka no se caracterizaba por tener un diez en pedagogía al tratar a sus propios alumnos. Sacudió las manos nervioso antes de llevarse una a la sien, agotado incluso antes de empezar el partido—. ¿Llamaste a su casa?
Hikoichi meneó la cabeza en forma negativa.
—Nadie contesta. Ya debe estar viniendo. —El muchacho vio cómo era ahora el entrenador Taoka quien negaba con la cabeza, aún con el ceño profundamente fruncido. Su vista se focalizó en Uozumi, a unos metros suyos esperando pacientemente.
—No hay remedio, tenemos que empezar sin él.
Los oídos de Sakuragi habían captado cada uno de los movimientos y conversaciones en la banca contigua, como un espía entrenado y de muy poca credibilidad. Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro bronceado antes de poner los brazos en jarra, subiendo automáticamente el volumen de su voz.
—¿Así que ese tal Sendoh se acobardó? —dijo carcajeándose como un maniático de películas antiguas—. Debe haber escuchado hablar del talentosísimo Hanamichi Sakuragi. Bien, Gori, empecemos el partido.
La voz de Takenori Akagi sonó a su lado, severa y fría como un témpano de hielo en la noche ártica.
—Tú vete a la banca.
—¡¿Qué?!
—Sakuragi... —oyó decir al anciano de cabellos blancos. La mano regordeta le hacía señas para que se acercara a él, como un buda de bigotes llamándolo a meditar—. Ven, siéntate conmigo.
—¡Oye, gordo! ¿No me estás poniendo desde el principio? ¿Acaso ya te diste por vencido?
La furia del pelirrojo fue cortada de golpe por el abanico justiciero de la hermosa Ayako, aterrizando justo en su cabeza y haciéndolo retroceder, masajeando el improbable chichón en su cuero cabelludo.
—¡Deja de tocarle la cara, Hanamichi Sakuragi! ¡El profesor Anzai te dio una orden!
De pronto, la enorme puerta corrediza se abrió para dar paso a un alto joven de peinado que desafiaba la gravedad manteniéndose extrañamente alzado incluso cuando su dueño apenas consiguió atravesar el umbral sin agacharse.
—¡Lamento llegar tarde! ¿Ya comenzaron?
—¡Muchacho idiota! ¡¿Te parece que estas son horas de llegar, Sendoh?!
—L-lo lamento, profesor. Me quedé dormido —explicó sonriendo mientras se rascaba la nuca.
Se cambió tan rápido que Chiharu no pudo ver cuando se quitó la parte de arriba del uniforme para ponerse la camiseta número siete. El muchacho de cabello en punta parecía medir un poco más que Sakuragi y Rukawa, más aún con ese peinado. Era tan pálido que a la luz nocturna seguramente parecería brillar en azul, pensó. ¿Eh? ¿Sakuragi? ¿Acaba de decirle que él lo derrotaría? ¡Ja!, ese muchacho era increíble. Y Sendoh se lo había tomado a bien, incluso le tendió la mano para sellar el desafío. Ayako meneaba la cabeza a su lado balbuceando cosas sobre él, pero parecía estar sonriendo al igual que el profesor Anzai.
La alineación principal eran Akagi, Rukawa, Kogure, Yasuda y Shiozaki. Chiharu aplaudió con fuerza cuando los diez jugadores en la cancha se dieron las manos, aterrada por la altura que exhibía el capitán de Ryonan. Rayos, ese sujeto era más enorme que Akagi.
El calor emanando del cuerpo de Sakuragi a pocos metros suyo era tan intenso que ese día de primavera se sintió tan cálido como en pleno agosto. Sonrió. Sabía que era un novato, y lo había visto practicar dribleo a un costado de la cancha. Incluso sus zapatillas eran de gimnasio, aún no había tenido tiempo de comprarse unos especiales. Pero ese entusiasmo era algo que no veía seguido, y tampoco ese fuego en su mirada. Ni ese odio por otra persona, debía ser sincera...
Por su lado, Hanamichi estaba tan furioso que llegó a sentirse incómodo consigo mismo. «Maldito Rukawa», murmuraba una y otra vez en su mente mientras el color rojo teñía desde sus mejillas hasta la totalidad de su cuerpo. ¿Por qué ese podía entrar a jugar mientras que a él lo sentaban a esperar como un inútil? ¿Acaso ese viejito tenía preferencias? ¡Si las tenía, no era justo! ¡Él era mejor que Rukawa en todo! ¡En absolutamente todo! ¡Maldición! ¡Rukawa anotó! Ese zorro apestoso ya llevaba dos puntos arriba suyo, y él todavía sin poder entrar a... ¡Haruko! ¡Ay, no! ¡Tiene los ojos en forma de corazón! ¡Maldito Rukawa!
Rukawa era simplemente alucinante, manteniendo el balón en posición y ni siquiera amedrentándose por la presencia del «Jefe Simio», como el idiota de Sakuragi lo había apodado a segundos de conocerlo. Porque para eso servía solamente ese inútil, para relacionar rostros con animales. Un dribleo más, y Rukawa había vuelto a anotar.
Akagi sonreía de costado, repitiendose a si mismo que este año realmente tenían oportunidad. Que de verdad, este año al fin, podían crecer como equipo y ser considerados rivales dignos.
Todos habían notado el cambio en el lenguaje corporal de Rukawa cuando Sendoh decidió tomarse a Shohoku en serio, desafiándolo a ganarle en un mano a mano. El muchacho de cabello negro y ojos rasgados se había caracterizado desde un principio por ser un demonio en la ofensiva, pero esto se había ido hacia otro espectro totalmente distinto, y era porque lisa y llanamente, Sendoh lo llevaba ahí.
Kaede Rukawa finalmente encontró un rival a quien no podía pasar. Alguien que corría tan rápido como él, alguien que con una sonrisa desestabilizaba su falta de emociones y encendía un fuego interno de autosuperación. Y odio.
El partido continuó desarrollándose, con un equipo de Shohoku creciendo a cada minuto y demostrando que podían hacer peso a Ryonan con sus jugadores. Hasta que...
—¡Akagi! —gritó Kogure con espanto cuando vio al capitán de Shohoku en el piso, con un profundo corte cerca del ojo. Uozumi estaba de pie a su lado, demudado y pálido. Estaba claro que no quiso lastimarlo. Era una rivalidad verdadera, y jamás se le hubiera ocurrido golpearlo a propósito.
La banca de Shohoku se removió inquieta, y hasta el rostro de Ayako se apreciaba lleno de preocupación cuando se puso de pie y lo acompañó dándole una toalla blanca a los vestidores para atender su herida. Y las palabras del Gorila a Sakuragi fueron decisivas.
—Sakuragi, tú me reemplazarás. Enseguida regreso.
Y así fue como Hanamichi Sakuragi entró a su primer partido. Sin embargo, toda la confianza que solía rebosar en los entrenamientos brilló por su ausencia apenas puso un pie en la duela. A punto de sufrir un ataque de pánico, Hanamichi sentía su visión achicarse segundo a segundo, incluso su audición se vio comprometida, como si de pronto estuviera dentro de una tina repleta de agua y no fuera capaz de escuchar nada. Como si cada voz que pudiera oír se viese diluida por unos inmensos tapones en sus oídos y los rostros distorsionados de cada uno de sus contrincantes fueran alguna especie de monstruo, incluso los de sus compañeros.
Y entonces, lo sintió. Agudo, certero, doloroso. Una patada en medio de su trasero que casi le arrancó chispas.
—A ver si te levantas de una vez, idiota.
Rukawa no tenía paciencia para las estupideces, y así lo dejó demostrado en ese momento.
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—¿Q-qué hacen aquí? —preguntó uno de los muchachos de primero en la banca cuando vio al famoso Ejército de Sakuragi frotarse las manos con sonrisas cínicas en sus rostros.
—Queríamos una mejor ubicación para apoyar a nuestro amigo —declaró Yohei con ambas manos en sentido de saludo.
—Y para burlarnos de él —se sinceró Takamiya—. Es obvio que va a meter la pata hasta el fondo.
Haruko se acercó por detrás, pues había bajado del primer piso junto a ellos para ver el partido en una mejor ubicación. El rostro rojo de la vergüenza se frunció en reproche antes de hablar.
—¡No sean malos, muchachos!
Las risas estallaron por el tono reclamador de la menor de los Akagi, ignorando al muchacho de lentes que trataba de poner paños fríos y hacerles entender que no podían quedarse ahí.
—N-no pueden estar aquí. L-lo lamento, pero no hay espa...
La voz de Chiharu se oyó desde una banca cercana a la que utilizaba el equipo, levantando una mano para saludarlos.
—Eh... Pueden sentarse conmigo si quieren —dijo con voz amable.
Los había visto siempre que asistía a las prácticas del equipo, y hasta en los pasillos de tercero eran famosos por ser el Ejército del Simio Pelirrojo. Se imaginaba que eran un montón de tipos enormes y con caras de pocos amigos (como los amigotes del imbécil cuyo nombre se negaba siquiera a susurrar en sus pensamientos), pero no. Los chicos delante de sus ojos, mirándola con los rostros sonrojados, eran simplemente... niños.
El más bajito y redondo del grupo se quedó mirando fijo a Chiharu, con cara embobada.
—Es una hafu... —murmuró incrédulo.
—¡Takamiya idiota! ¡No digas eso en voz alta! —gritó Ookus con la vista fija en la joven de cabello claro que los miraba como si hubieran crecido dos cabezas cada uno.
—¡Pero si es preciosa! —insistió el muchacho de lentes como si eso lo explicara todo, con las mejillas regordetas ardiendo de rubor.
Yohei se adelantó un paso, dándole en la cabeza con el reverso de la mano. El rostro serio en reprobación.
—¡Catalogar a alguien como hafu no está bien! Así nunca vas a conseguir novia...
—Está bien. Lo soy —dijo Chiharu sonriendo con timidez, llevando una mano a su mejilla. No era su principal afición ser llamada así, pero no podía ocultar su rostro con una bolsa para evitarlo—. ¡Qué bueno que vinieron para apoyar a Sakuragi-kun!
—Somos sus únicos amigos —dijo el más bajo con una enorme sonrisa. Noma habló a su lado.
—Los que lo soportamos, realmente.
—Suenan como verdaderos amigos... —Trataba de evitar mirar fijo al alto muchacho de bigotes y al más bajito con lentes. Había hecho contacto visual con ellos y se habían ruborizado tanto de golpe que creyó ver vapor saliendo de sus poros—. ¡Oh, rayos!
Y rayos era lo que ocurría. Porque Hanamichi, luego de recuperarse de aquel pequeño momento de histeria, comenzó a subir su nivel cada vez más, incluso llegando a ganarle rebotes al temible Uozumi no una, sino muchas veces dentro del partido. Compensaba su absoluta falta de técnica y fineza con una energía casi inagotable, explosiva; peleando cada pelota como si fuera la última, arriesgando su propia integridad (y la de Taoka también) con tal de obtener oportunidades para su equipo...
Claro que todo ese crecimiento se vio en serio peligro cuando a Rukawa le dio un calambre y Hanamichi decidió que aquel era el momento más propicio de vengarse por la patada en el culo que recibió rato atrás; enfurecido de ver a su rival en el suelo, no se contuvo y le mandó un zapatazo justo en el músculo acalambrado.
—¡No seas débil! —le gritó completamente fuera de sí.
Contra todo pronóstico, Rukawa pareció haberse recuperado al instante, y medio segundo después el extraño chico de cabello azabache corría por la duela lado a lado con el pretencioso pelirrojo, ambos gritándose insultos... pero extrañamente compenetrados.
Fue tal el ascenso en la calidad de Shohoku que el mismísimo Akira Sendoh decidió que era momento de tomarse las cosas en serio. Le cambió la mirada, y consiguió hacerle sentir a Sakuragi lo que era medirse con un jugador de tanta experiencia como él.
Cuando Anzai, en los dos últimos minutos de partido, decidió que Rukawa y Sakuragi debían unirse para ralentizar el avance de Sendoh, ninguno de los espectadores a favor de Shohoku pensó que una idea como aquella podía resultar.
Pero funcionó. La dupla, a pesar de mostrar animosidad entre ellos cada segundo que duró la unión, consiguieron poner en serios aprietos a Sendoh y el resto de Ryonan... solo que ya era muy tarde para revertir el marcador, que por un segundo estuvo a favor de Shohoku gracias a Sakuragi, y Sendoh se encargó de aplastar nuevamente con un espectacular tiro que logró concretar pasando entre medio de Akagi y Rukawa.
El partido terminó, los miembros de ambos equipos se saludaron, y Hanamichi se propuso mejorar tanto que ni Sendoh ni Rukawa podrían superarlo.
Rukawa era un mundo de diferencia. ¿Que si había disfrutado del partido como no lo habría imaginado? Si. Y eso lo volvía loco. Porque nunca había tenido esa sensación de vacío y adrenalina al mismo tiempo conviviendo en su pecho, peleando por el espacio principal. Si era solo por haberse enfrentado a Sendoh, o por competir codo a codo con aquel estúpido pelirrojo... era algo de lo que todavía no estaba muy seguro.
