CAPÍTULO 5: EL ÚLTIMO DÍA DEL EQUIPO DE BÁSQUETBOL.

Para comprender lo que ocurrió esa tarde de mayo de 1994, tendremos que detenernos en algunos detalles antes de comenzar.

Ryota Miyagi era un muchacho con un carácter que sobrepasaba por mucho su altura física, y llenaba de orgullo a cualquiera que tuviera la suerte de ser su amigo. Uno de esos motivos era la pasión que sentía por el deporte que amaba, y en el que se destacaba con cada fibra por su velocidad y visión de juego.

Por eso, su retorno al club de baloncesto del colegio Shohoku fue un acontecimiento que desplegó ansiedad, miedo y alegría. Incluso luego de un áspero comienzo con el mono pelirrojo gracias a un malentendido de amores cruzados, parecía que iban a ser los mejores amigos. Efectivamente, lo fueron.

Y ese mismo día, cuando tomaron simpatía y confianza en el otro por haber sido rechazados por tantas mujeres como cantidad de días tiene el año, fue que entraron al gimnasio abrazados por sus hombros, con las sonrisas más confiadas y sinceras que pudieran tener. Ambos harían grande a Shohoku. Ambos serían las estrellas que llevarían lejos al equipo del capitán Akagi.

Otra cosa que debemos saber es que, al mismo tiempo que Hanamichi Sakuragi y Ryota Miyagi gritaban entusiasmados en el gimnasio, al mismo tiempo que Kaede Rukawa suspiraba agotado sabiendo que tendría que soportar ahora a dos imbéciles en lugar de a uno, y al exacto mismo segundo en que Yohei Mito caminaba tranquilamente hacia la cancha de básquet tanto para observar los progresos de Hanamichi como burlarse de él, otra cosa estaba ocurriendo, gestándose entre las sombras como un mal presagio a punto de cobrar vida.

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Según Hisashi Mitsui, la vida era una mierda.

Sí, lisa y llanamente. La frase «todos son unos estúpidos» era la primera que salía sorteada en su mente para describir a cualquiera, excluyéndose él mismo, por supuesto. Cuando estaba furioso era aún peor... y es que Mitsui vivía furioso desde el día en que salió del hospital y tuvo un encuentro fallido con el objeto de todo su odio en ese preciso instante: Ryota Miyagi.

Y cuando quien le salvó el pellejo y lo dejó en ridículo resultó ser uno más de todos los imbéciles que conformaban el club de básquetbol, Mitsui cambió de objetivo. Ya no odiaba a Ryota Miyagi. Odiaba lo que más amaba: odiaba el básquetbol. Maldito deporte que le había dado todo y luego se lo quitó de golpe, dejando su mundo en un permanente limbo monocromático. Vagaba de un lado a otro sin rumbo. La adrenalina que sentía al flexionar las rodillas, saltar y lanzar el balón, la había reemplazado por una versión barata y de mala calidad encarnada en golpear a todo el que se le cruzara. Pero no era lo mismo ni por asomo, y Mitsui quedaba con un dejo amargo en la boca y los puños cada vez que intentaba sentirse vivo otra vez.

Una pequeña parte suya, tan ínfima y débil como una luciérnaga en un mar oscuro, le gritó que esa era la primera alarma.

—¿No te parece que eres muy violento, Tetsuo? —preguntó con una sorna que congelaría la sangre de cualquiera cuando vio a su alto amigo patear el cuerpo de un estudiante de bigotes aún estando en el suelo.

Tetsuo no era la clase de tipo que quisieras toparte de mal humor y de noche en un callejón oscuro. No era la clase de tipo que quisieras tener de enemigo y, por supuesto, ni por todo el oro del mundo sería una buena idea hacerlo enfadar. Pero en algún momento de esos años, había sido tomado bajo su ala protectora y llegado a ser pares pese a que le llevaba siete años. Algo así como el hermano mayor que nunca pidió pero que ahí estaba, para enseñarle qué hacer en la vida...

«No. No lo era».

—Es que no sé cómo llegar al gimnasio donde practica el equipo de básquetbol. —Tetsuo tenía la capacidad de sonar como un tipo cordial cuando estaba a punto de golpearte por la espalda y dejarte llorando. Esa era la parsimonia con la que concebía la violencia. Algo que había aterrado cada átomo de su cuerpo cuando lo conoció, pero una parte suya siempre quiso ser como él.

«No. No era eso lo que querías, y lo sabes».

Cuando Mitsui, Tetsuo, Ryu y Norio llegaron al gimnasio, todos los integrantes del equipo estaban practicando.

Apenas Mitsui reconoció el sonido seco del repiqueteo del balón, sintió cómo su estómago se retorcía de odio y sus planes cobraban más fuerza.

Miyagi, alertado por los murmullos de sus compañeros, miró en dirección a los recién llegados y reconoció el rostro de Mitsui entre ellos, palideció al darse cuenta de quién era y cuáles eran sus probables intenciones. Solo pudo mirar hacia la puerta, ahora tapiada por los enormes cuerpos de los violentos visitantes, y las miradas aterradas de tres niñas de primero que claramente no debían estar ahí. Esto no iba a terminar bien, pero no podía permitir que el equipo pagara las consecuencias de sus actos previos. Y sobre todo...

—Así que aquí es —murmuró pedante el sujeto que, claramente, no pertenecía a ninguna preparatoria desde hacía años—. ¿Esos son los sujetos, Mitsui? —inquirió señalando en dirección al gimnasio con un dedo distraído.

El muchacho de cabello negro y brillante sonrió con los dientes que quedaban en su boca, enseñando el futuro que esperaba para el base de metro sesenta y ocho.

—Sí. Son el equipo con el que vinimos a jugar básquetbol.

Para Tetsuo, fue suficiente confirmación.

—Bien. ¿Empezamos?

«No. No puede ser...», pensó Miyagi palideciendo.

El rostro de Mitsui parecía extraído de una película de terror. Un aura tan oscura y tétrica que incluso hacía palidecer al enorme sujeto que lo acompañaba.

Notó a Hanamichi ponerse recto junto a él, incluso los pasos más suaves de Kogure y los de Ayako. ¡Ayako! Oh, por Dios. Ayako estaba ahí. Las niñas de primero estaban ahí. Esto no...

—Basta, Mitsui —dijo Ryota con la cabeza gacha.

Su interlocutor frunció el entrecejo.

—¿Acaso te estás acobardando ahora, Miyagi?

—No quiero pelear. No quiero volver al hospital, porque ahora tenemos oportunidad de llegar al Campeonato Nacional.

«Al Campeonato Nacional», remedó Mitsui en tono burlón.

—Este lugar es muy importante para mi. Por favor, váyanse —dijo bajando todavía más la cabeza, como si estuviera rogando. Solo le faltaba arrojarse al piso para implorarles su petición.

Y eso fue lo que desquició a Mitsui. No sus dientes faltantes, no los golpes en su rostro, no las semanas en el hospital. Fue como Miyagi ponía de lado su orgullo por el bien de su equipo.

Fue verlo pisotear todo lo que era por salvar a sus compañeros. Fue verlo dar todo por el deporte que él una vez amó y ahora quería destruir. Y así el infierno comenzó.

Hanamichi Sakuragi había estado en incontables peleas en su corta vida. La reputación que tenía como buscapleitos en Wakou no era en balde. Aceptémoslo: el tipo era un rebelde. Pero pocas veces Sakuragi sintió tanto odio como en el preciso momento en que golpeaban a Ryota en el rostro y amenazaban con bajarle los dientes con un trapeador.

Fue como si algo estallara en él. Y también en alguien más. Porque cuando él tomó el trapeador para evitar que golpearan a Miyagi, fue Rukawa quien lo liberó del agarre del sujeto que lo detenía contra su voluntad.

«¿Qué mierda...?», pensó. «Lárgate, Rukawa. No perteneces aquí, estúpido. Solo vas a empeorar las cosas y te tendremos que pagar por bueno cuando te maten, idiota».

No era secreto que Hanamichi se enardecía solo con ver a Rukawa. Solo con escuchar su voz. Solo con oírlo nombrar. «Lo odio», pensaba cada vez que lo olía siquiera. Sí, porque ese imbécil olía a menta.

Pero en ese instante, mientras el sujeto que tironeaba por liberar su brazo se retorcía, él solo podía gritar mentalmente que se alejara rápido.

—¡Maldito! —oyó Hanamichi. Y el trapeador metálico, brillante a la luz de las lámparas altas del gimnasio aún cuando era pleno día se incrustó en la cabeza del muchacho de ojos sesgados.

Y el pecho de Hanamichi se heló. Era como sentir un río de hielo detenerse en lo que eran sus venas. El corazón martillando en sus sienes y el calor subiendo en sus entrañas. Ni siquiera sabía por qué experimentaba una reacción de ese calibre, solo que en ese instante no tenía el tiempo ni las ganas de detenerse a pensar en nada.

Haruko se desmayó nuevamente cuando vio el líquido carmesí salir de su cabeza y bañar el rostro hermoso y sin imperfecciones. El espectáculo más espantoso que una chica pudiera ver.

—Idiota... —murmuró Rukawa cuando se sacudió el golpe que le dieron en el abdomen y devolvió el puñetazo con una furia criminal.

Nadie esperaba realmente que el muchacho callado y parco fuera tan resistente y fuerte. Ni siquiera el mismo Hanamichi. Ni siquiera el mismo Mitsui.

Los golpes siguieron, y la sangre y la suciedad que se esparcía por el piso seguía cubriéndolo todo. Kogure veía con horror cómo tanto Hanamichi como Rukawa habían devuelto los golpes, condenando al equipo.

—Akagi... —murmuró. Y era en lo único que realmente podía pensar mientras veía que Rukawa sujetaba con tanta fuera el brazo de un sujeto como para romperlo.

El número once no veía más que rojo delante suyo, sino hasta que una cálida y firme mano tocó su piel. Era Ayako, mirándolo con esos severos ojos castaños que conocía desde su época en Tomigaoka.

—Ya basta, Rukawa —murmuró seria.

—Ellos empezaron —fue su respuesta en medio de una furia helada.

Pero la mano de Ayako logró que lo soltara. Si Rukawa hubiese sabido lo que iba a ocurrir a continuación, jamás le habría hecho caso, pues el sujeto se enfureció tanto con la intervención de Ayako que le plantó un brutal manotazo de revés en plena mejilla, arrojándola al suelo como un costal inerte.

El cuerpo de Ayako cayendo al piso fue lo último que vio Ryota Miyagi antes de saltar sobre el hijo de puta que se había atrevido a golpearla, ciego de furia y tirando por el piso todos sus deseos de un desenlace pacífico.

Mitsui se regodeaba en cada golpe de Miyagi, en cada paso que le llevara al Club a la perdición... hasta que la mano de Sakuragi chocó con su cabeza para hacerlo callar.

Hanamichi estaba lo suficientemente harto para ese momento. Y Tetsuo acababa de entrar en acción.

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Había algo realmente bueno que podía sacar de su cambio de escolaridad, pensaba Chiharu. Y es que la llegada a su casa se hacía más amena en lugar de la hora y media que significaba viajar en tres trenes distintos cada día.

Cuando la chica llegó a una casa de su propio hogar, divisó el auto de su padre en la puerta de entrada, estacionado muy a la derecha y con una luz de giro aún encendida, olvidada como el descuidado que era. Pero no importaba. «¡Papá estaba en casa!», chilló con entusiasmo para sus adentros.

Eamon Dunne era músico. Bueno, Eamon Nijiyama, porque al igual que su hija, el regordete hombre de cabello ceniza que sonreía a su retoño de diecisiete años saltándole al cuello con alegría, había optado por tomar el apellido de su esposa para evitar más miradas de las necesarias.

—¡Papá! —gritó feliz. El hombre pasaba semanas enteras fuera de casa cuando salía de gira con la pequeña banda de jazz en la que tocaba el piano. No era bien pago, no era bien visto, pero era algo suyo. Eso era lo importante—. Creí que volvías la semana que viene.

—Suspendieron nuestras presentaciones en Hokkaido, Chiharu. Es una pena.

—Estás en casa, no es una pena para mí —declaró hundiendo el rostro sonriente en el pecho de su padre, haciéndose cosquillas con la gabardina.

La sala de la familia Nijiyama era amplia y de muebles antiguos. Una extraña combinación entre occidente y el resabio de lo que quería ser una casa japonesa.

Sin embargo, todo estaba en perfecta armonía, como si las partes se equilibraran una a las otras. Como si el espíritu de los habitantes quisieran esforzarse por encajar las piezas de un rompecabezas.

El único mueble que sobresalía de todo el salón era ése: un piano de caja Steinway, tan antiguo como lo era la fotografía de sus tara abuelos sobre la tapa superior.

—¿Dueto? —preguntó Chiharu saltando como una rana sonriente sobre el taburete, ajustado a su altura porque había practicado el día anterior. El hombre demostró por su expresión que realmente eran padre e hija.

—Desde luego.

Había una razón por la que Chiharu tenía sus manos en un instrumento desde los seis años, y era su padre. La música sana, siempre lo había oído decir. La música cura. La música ayuda a vivir. Sí, lo sabía. Si había una razón por la que Chiharu Nijiyama seguía viva, era porque ese sentimiento de fuego en sus entrañas al tocar un instrumento la encendía como una antorcha que se negaba a extinguirse.

Los dedos de su padre eran tan ágiles como no podían parecerlo. Sus manos eran el doble de las suyas y rápidas como la imágen de un video en reversa. Y aún así, parecía acompasarse a ella. Al ritmo que su hija podía expresar en ese momento, acompañándola como si cuidara de ella. Como si esa sonata de Bach pudiera ayudarla a sal...

—Estoy tratando de hablar por teléfono con un cliente. Basta con ese ruido.

Y la música paró en ese mismo momento.

Naoko Nijiyama era el nombre de su madre. Pequeña, severa y tan japonesa que la hacía sentir una extranjera en su propio país. Una buena alma. Un mal carácter.

—Perdón, cielo.

—Perdón, mamá.

Padre e hija se disculparon al unísono, produciendo un interesante dueto de voces. Un silencio incómodo los invadió mientras la oían resoplar, dándose vuelta para entrar en su estudio nuevamente.

—Eamon, hice tu favorito para cenar —murmuró—. Ayuda a tu padre con su maleta, Chiharu.

Chiharu sonrió. Sin el menor atisbo de duda, amaba el rompecabezas que era su familia.

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Mitsui esperaba que todos sufrieran. Era para lo que habían ido ahí, ¿verdad? Para lo que había aceptado la ayuda de Tetsuo cuando éste se la ofreció.

Mitsui odiaba el baloncesto. Lo odiaba porque significaba fracaso. Significaba dolor. ¿Que más podía esperar sino satisfacción de ver a todos esos imbéciles lastimados? Sobre todo cuando su amigo mayor de edad había golpeado uno a uno a los chicos que llegó a conocer en ese año que se quedó en el equipo.

Pero sabía que una parte de él, tan pequeña e insignificante que quería pisarla con fuerza, le gritaba que Kakuta no merecía eso. Yasuda no merecía eso. El balón escupido y sucio arrojado al suelo no merecía esto. Y la alarma retumbó más fuerte en su cabeza cuando la voz de Ayako sonó en sus oídos, como en todos los presentes.

Hisashi Mitsui se había convertido en un gamberro agresivo y sin ansias de tener un futuro, y nadie iba a discutir eso. Pero no metía mujeres en el medio.

Se había tirado cuanta muchacha fácil y entregada a él se había cruzado. Había hecho que ella pagara el hotel alojamiento, o se había ido sin pagar. Pero siempre, siempre, fue con su consentimiento.

Por eso, la voz de Tetsuo le heló la sangre.

—¿Mi próximo contrincante es una mujer? —Miró a Ayako con tanta intención, que la mujer no pudo sino estremecerse de miedo—. Está para darle —agregó relamiéndose.

«No. Eso no está bien. Tetsuo, te estás yendo a la mierda. No acordamos esto».

Y sin embargo, su boca expresó otra cosa:

—A mi también me gusta.

Ya estaba metido hasta las bolas. Ya estaba hundido en la mierda más de lo que podía entender. ¿Qué más daba tirar un farol más? Sabía que Tetsuo mentía, ¿o no?

—También a mí —oyó murmurar a Ryu. Esperaba que mintieran igual que él.

Y todo se desvirtuó una vez más cuando Ryota Miyagi trató de detenerlos y volvieron a golpearlo. Cuando la cabeza del pelirrojo rebotó contra la puerta tras la cual profesores exigían que abrieran.

Mitsui nunca dejó de preguntarse cada tanto, desde ese día, qué habría ocurrido si los cuatro amigos de Sakuragi no hubiesen entrado en escena. No importó cuántas veces, luego de ese espantoso día, vio a Yohei Mito y los demás en las tribunas alentándolos a la victoria, jamás olvidó ese rostro frente a él, los ojos oscuros llenos de determinación y furia helada, como un padre defendiendo a su hijo.

Yohei eligió a Mitsui como blanco de sus puños pues sabía que era el líder. Si conseguía vencerlo rápido, todo terminaría... al menos, eso fue lo que pensó mientras daba un vistazo hacia la entrada principal del gimnasio, en donde los profesores continuaban golpeando insistentemente el portón. Yohei meneó la cabeza. Se había enfrentado solo a los seguidores de Norio Hotta, venciéndolos sin mayores problemas, pero en el gimnasio el número de rufianes era aún mayor.

Apretó los puños y los encajó una y otra vez en el rostro de Mitsui, alentándolo a levantarse cada vez que se mantenía en el suelo por mucho rato. En medio de toda esa vorágine de sangre y sudor, Yohei captó los sollozos apagados de Haruko, Matsui y Fujii, que le obligaron a desviar su vista del magullado rostro de Mitsui. ¿Estaban heridas? Realmente esperaba que no. Aquel era un ambiente demasiado violento para unas niñas como ellas.

Sin proponérselo, clavó los ojos oscuros en la aterrada mirada de Fujii, y por un instante, fue como si sostuvieran una conversación. A través de la bruma en sus lágrimas pudo leer un mensaje muy claro: «no pelees más, por favor». Sus orbes de obsidiana respondieron con una sutil disculpa; no había más opción, pues Mitsui los arrinconó a actuar de esa manera por culpa de sus acciones. Y eso fue todo; cortó el enlace bruscamente para volver a sacudirle la cabeza a su rival con otro puñetazo certero. Los golpes que recibió Mitsui parecieron llenarlo de ira y acomodarle las ideas una a una... pero su odio seguía presente. Aunque las alarmas en su interior sonaban con insistencia, advirtiéndole que debía detenerse, que se había pasado por kilómetros en su intención original de dejar el gimnasio inutilizable y castigar a todos los que sí podían jugar, las ignoró todas y siguió adelante. ¿Qué más podía hacer? Frenarse no estaba siendo opción... Y todo se fue definitivamente a la mierda cuando Takenori Akagi entró en el gimnasio a la fuerza.

Mitsui se convenció de que había metido la pata hasta el fondo cuando aquel enorme muchacho abofeteó su magullado rostro con la vista perdida en decepción. Cuando le exigió que se quitara los zapatos. Y cuando todos notaron que Miyagi no era su único conocido. Cuando Kogure comenzó a narrar su historia, y las heridas se abrieron.

Había una realidad en la historia de Hisashi Mitsui, y era que lo había perdido todo. Su deporte, su orgullo, sus ganas de sonreír.

El mismo chico que había gritado «¡Mi objetivo es ganar el campeonato nacional!» era el que estaba ahí, de pie, lleno de golpes y sangre en el rostro deformado de frustración, cargado de odio.

El mismo amor que había sentido en el pasado, ahora era desengaño, la rabia más profunda que podía experimentar. Era lo que le quemaba por dentro y hacía querer golpear todo a su paso.

La misma pasión con la que se dedicaba al deporte, ahora era su tortura. Y nunca había querido verlo porque lo hacía débil. Porque quería decir que realmente quería seguir jugando.

Por eso, como una especie de defensa interna, golpeó a Kogure para que se callara.

«¡Cállate! ¡Cierra la boca! ¡¿Quien te dio el derecho de contar estas cosas?!».

«Madura», le dijo Kogure. Le gritó sin sus conocidos anteojos, porque él se los había quitado de un golpe. Sobrepasado y dolido, le gritó que creciera. Que estaba atrapado en el pasado.

Y en el preciso instante en que su cabeza ardía y su pecho se ceñía de dolor y sentía las piertas tan flojas como tensas, esa voz se hizo oír.

—Muchachos, soy yo. Por favor, abran.

Los golpes en la puerta eran pausados pero fuertes. Pacientes y exigentes. El pedido se reiteró, haciendo reaccionar a Ayako, que abrió el enorme portón de inmediato.

La figura del profesor Mitsuyoshi Anzai apareció a contraluz del sol como un buda que venía a salvarlos. Como si una ola cálida hubiera entrado en el espacio donde se encontraban.

Y Mitsui no pudo pensar más.

El corazón le latía tan fuerte que lo sentía retumbando con violencia en su sien. La cabeza iba tan rápido que no podía detenerla. Su cuerpo no respondía pese a que le ordenaba moverse. Y cuando los ojos cansados del anciano se posaron en el suyo, recordó lo que era ser un niño.

Recordó sus emociones, recordó sus sueños, y se vio a sí mismo de rodillas frente a él. Y entonces, las lágrimas estallaron en su rostro como una bomba de agua salada. La suciedad de sus mejillas siendo lavadas por su propio peso, apenas pudiendo pronunciar palabra, cayendo al suelo de rodillas ante el hombre que lo había inspirado a todo, y que ahora lo traía de vuelta.

—Quiero... —dijo con la voz cortada a cuchillo—, quiero jugar baloncesto...

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—Kogure-kun, ¿seguro te encuentras bien? —preguntó Chiharu con verdadera preocupación en su rostro pálido. Los ojos castaños enfocándose en las heridas de sus mejillas, tratando de no tocarlas con demasiada fuerza.

Eso era lo malo de ser la nueva en una institución, sobre todo en su último año. Se había perdido de todo lo acontecido, y al día siguiente se enteró de aquel violento apocalipsis por los rumores de sus compañeros y por el rostro magullado de Kiminobu Kogure. De todas formas, esa pelea era el comidillo de moda, por lo que habría sido inevitable que terminara escuchando la historia de cómo Mitsui y sus amigotes de mala muerte habían ido hasta el gimnasio para golpear a todo el equipo. El estómago se le retorció de ira y asco. ¿Mitsui? ¿En serio? ¿Fue tan terriblemente imbé...?

—No te preocupes, Nijiyama-san. —La voz del muchacho de lentes interrumpió sus pensamientos con una sonrisa, tratando de calmarla. Sabía perfectamente que se iba a hiperventilar de bronca contra Mitsui y no quería que eso pasara—. No es nada, ¿verdad Akagi?

El altísimo capitán estaba sentado junto a su amigo, con el rostro estoico mirando hacia delante. Ahora, obligado a participar de la conversación. Chiharu lo miró con real preocupación en su mirada.

—¿A ti también te lastimaron? —le preguntó. El muchacho negó firmemente con la cabeza antes de responderle con voz clara y fuerte.

—No, yo llegué más tarde por prepararme para los exámenes avanzados. De lo contrario, nada de esto hubiera pasado...

Kogure levantó ambas manos en el aire, calmando los ánimos de su mejor amigo. Todavía su carácter estaba particularmente volátil y quería ajusticiar a todos.

—Ya pasó. Lo importante de todo esto es que las cosas se solucionaron.

—Me dijiste que rompieron un trapeador en la cabeza de un chico de primero y estamparon a otro chico contra la puerta. ¿Como puede ser eso algo que ya pasó? —Chiharu le clavó la vista con una ceja levantada. Era una chica con mente bastante volada y olvidaba las cosas con facilidad, pero esto no podía olvidarse así como así. Kogure le sonrió con cariño.

—Los amigos de Hanamichi Sakuragi y parte de la pandilla de Mitsui tomaron la culpa para que él no fuera suspendido y pudiera unirse al equipo. ¿No es eso grandioso?

¿Grandioso? ¿Estaba jodiéndola? Alguien podría haber muerto de verdad por esas heridas. Al menos las de Rukawa no habían sido una broma, el chico perdió sangre y de no ser un monstruo de estamina, hubiera sucumbido.

Y Mitsui... ¿Cómo había podido hacer esto...?

—Sabes que no puede salir inmune —indicó por encima de un susurro, realmente dolida—. Kogure, lo que hizo no...

—Lo mismo pensé, Nijiyama. —La voz de Akagi la interrumpió, obligándola a mirarlo. El rostro severo clavado en ella. Los brazos cruzados sobre el amplio torso—. Pero la realidad es que ese cabeza re hueca va a ser una parte fundamental del equipo.

¿Podía ser? ¿Podía ser que el tipo más estoico que conocía lo había perdonado por un bien mayor?

El sonido de dos manos chocando en un aplauso entusiasmado la volvieron a la realidad. Kogure ladeó la cabeza con una media sonrisa. Parecía tratar de convencerla de algo.

—Nijiyama-san, ¿no estás feliz? Mitsui volvió a jugar basquetbol. Creí que te pondrías contenta.

Chiharu frunció los labios hasta convertirlos en una línea arrugada y sus ojos se fruncieron en disgusto. ¿Feliz?, desde luego que estaba feliz por él. Saber que una ola de redención se había apoderado de él y hasta caído de rodillas frente al profesor Anzai era algo que no esperaba oír. Saber que el muchacho había entendido su error y ahora trataba de enmendarse le daba una tranquilidad tal como si un bálsamo se volcara en su pecho.

Pero las heridas en el rostro de Kogure, los chicos que vio lastimados al llegar a clase, el alboroto que se había esparcido por todo Shohoku y esa hermosa respuesta de mierda que le había dado le estaba impidiendo...

—Nijiyama, el profesor pidió que vayas a buscar los mapas a dirección —la llamó una voz desde la puerta de ingreso. Giró la cabeza haciendo que el cabello claro le hiciera cosquillas en las mejillas.

—Sí... —respondió poniéndose de pie, arrastrando las suelas de las uwaki como un niño que no quiere bajar a cenar.

Akagi pestañeó varias veces siguiéndola con la mirada. Parecía tan madura por momentos, y ahora le parecía estar viendo un berrinche. Estaba claramente rodeado de niños.

Kogure sacudió la cabeza con lentitud, levantando su cuerpo con cuidado y dirigiéndose a la puerta justo tras ella.

Chiharu apenas había salido al pasillo cuando la voz de Kogure la llamó con la amabilidad a la que se había acostumbrado todas esas semanas.

—Nijiyama-san. ¿Por qué no vienes esta tarde al entrenamiento?

—Tal vez —murmuró con los dientes apretados. La sonrisa que esbozó al voltear apenas pudo ser percibida por el muchacho de lentes. Estaba realmente feliz. Furiosa, pero feliz. Kogure ahogó una risa cuando la vio voltear a la esquina.

—Con razón son amigos...

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—¡Decidiste venir, Nijiyama-san!

—Ustedes dos hablan solamente de baloncesto. Me sentía fuera de lugar no viniendo.

—Nijiyama, puedes quedarte cerca de Ayako. Ten cuidado con los balones perdidos.

Chiharu caminó varios pasos por el costado de la duela, respetando lo más posible la distancia con la línea blanca que daba inicio a la cancha. Sabía que algunos chicos de primer año murmuraban algo sobre su cabello y su rostro, pero evitó prestar atención, así como percibía la mirada de Mitsui sobre ella, como si le quemara la espalda siguiéndola de reojo hasta que llegó a situarse junto a la hermosa manager.

—¿Nijiyama-sempai? ¡Kogure-sempai me avisó que quizás podías venir! Generalmente tenemos de espectadoras a un montón de fanáticas de Rukawa, es la primera vez que alguien realmente viene a ver la práctica.

—A-ah, sí...

—¿¡De qué hablas, Ayako-san!? ¡Haruko-chan siempre es muy amable y viene a ver los progresos del Talentosísimo Hanamichi Sakuragi!

—Sabes que ella también viene a ver a Rukawa, ¿verdad Hanamichi Sakuragi?

—¡No digas esas cosas tan horribles!

—¡No llames mentirosa a Aya-chan, cabeza hueca!

Un extraño sentimiento de familiaridad la golpeó como un puño en plenas costillas. Como una bofetada alegre que hizo que sus labios se estiraran en una sonrisa, carcajeándose con fuerza ante los gritos desmedidos del pelirrojo lleno de vendas y expresión desesperada.

Hacía mucho que no presenciaba una práctica de baloncesto tan divertida como esa. Imaginaba que Akagi era estricto. Es decir, ¡con solo verlo uno podía imaginarse a un general de alto rango! Pero su sola presencia en la duela lo convertían en un pilar indiscutido. Pronto, Kogure entró en su campo visual con la misma sonrisa de siempre, golpeando el hombro del más alto y murmurando algo que hizo a Akagi poner cara larga y bajar la voz.

Tuvo que morderse el labio cuando farfulló: «es como ver a mis padres discutir», y Ayako junto a ella estalló en risa sincera. También, porque otra carcajada más baja y grave sonó a su lado: Mitsuyoshi Anzai la había escuchado y su frase le causó gracia. «¿Oíste eso, Hisa...? Oh, cierto. Estoy enfadada contigo aún».

Verlo moverse en la cancha era retroceder tres años en el tiempo. A una época más simple y menos...

Verlo mover en la cancha era verlo vivo. Esa era una realidad. No había forma de que el chico saltando desde la línea de tres fuera el mismo malandrín con cabello largo que la había ofendido. Y no era tan idiota como para no notar las miradas furtivas que lanzaba hacia su lado.

«Sí, tonto. También te estoy mirando. Ahora juega».

Pues sí. Verlo jugar era algo que siempre la iba a hacer sonreír, no importaba cuánto odio tuviera en su pecho. Por eso, no se sorprendió realmente cuando al terminar la práctica, accidentalmente chocó contra él cuando se acercó a buscar una botella de agua.

No había notado lo alto que era en comparación a ella. Ni lo amplio que realmente se habían vuelto sus hombros. Hasta había olvidado cómo apestaba cuando estaba totalmente sudado.

Mitsui la miró un momento con atención, definitivamente perdido en sus pensamientos... sí, confirmado: su cabello estaba mucho más largo. ¿Todavía utilizaba esa trenza al costado de su cabeza?

«¿Cuántos años tienes, Chiharu? ¿Qué es esa cara de desagrado? ¿Por qué me miras como si...? Oh, verdad, lo había olvidado...»

—Hola —murmuró bajo. Su voz sonaba casi como un gruñido cuando no emitía la suficiente potencia. La vio pestañear varias veces con la misma apatía en el pálido rostro. ¿Desde cuándo tenía pecas en el puente de la nariz?

—Hola... —respondió en similar actitud.

Se detuvieron uno frente al otro. Los gritos y charlas a su alrededor, totalmente ajenos al mundo donde se encontraban.

—No sabía que conocías a Kogure.

—Vamos en el mismo salón, junto con Akagi-kun.

—Cierto, eres un cerebrito.

Chiharu contuvo la risa al escucharlo llamarla así. Siempre había sido el cerebrito de los dos, por eso, se juntaban en su casa para repasar juntos antes de un examen. ¡La señora Mitsui hacía las mejores meriendas del mundo...! ¿Qué tenía que ver eso ahora?, todavía estaba molesta.

—Sí. Tal vez. —Desvió la vista hacia la cancha, donde el muchacho pelirrojo le gritaba en plena cara a otro de tez blanca como la nieve. ¿No iban a pararlos? Eso se veía violento.

—Creo... —lo escuchó decir con voz baja. Mitsui estaba mirando fijo a sus tenis, como si de pronto fueran lo más interesante del mundo—. Creo que no fui amable contigo la última vez que hablamos.

—¿Que si fuiste un completo imbécil? —se mofó—. Sí, uno grande. Bien grande.

Bueno, se merecía eso. La bofetada en pleno rostro con forma de frase hiriente. El muchacho asintió una vez, con el ceño profundamente fruncido. Podía haberse comportado como un idiota por muchos años, pero aceptar su pasado no significaba que estuviera orgulloso de él.

—No volverá a ocurrir —aseveró tajante, mirando hacia el suelo.

Chiharu estuvo a punto de replicar: «por supuesto que no, idiota», pero se contuvo pues comprendió que, para Mitsui, esa era su versión de una disculpa. Y así se lo hizo saber.

—Pensaré en qué puedes hacer para que te perdone. —Su tono era grave, pero en él brillaba una leve chispa de picardía.

Y Mitsui se aferró a ella. Todo era parte de su redención.