¡Hola a todos! Aquí estamos con un nuevo capítulo, y de a poco porquito, va tomando forma. ¡Espero que lo disfruten mucho!

He publicado una nueva historia, con un estilo de escritura totalmente distinto y, creo, más dinámico que lo hecho hasta ahora. ¡Los invito a leerla!

Sin más que decir, todo comentario es bienvenido :)


CAPÍTULO 6: COMO MIRAR DIRECTO AL SOL.

«Como mirar directo al sol». Sí, era la definición perfecta. Si alguien le hubiera preguntado a Hisashi Mitsui cómo era tratar con Chiharu Nijiyama a diario, esa era la respuesta por defecto.

Como mirar directo al sol, porque siempre iba a tener una respuesta que te dejara absolutamente deslumbrado, ya fuera saltándote a los hombros por la espalda, o pateándote el trasero de improviso y, cuando te disponías a asesinarla, su amplia sonrisa eliminaba cualquier rastro asesino.

Chiharu Nijiyama era una gran bola de energía luminosa que podía alegrarte o sacarte de quicio con la misma facilidad, pero jamás le dirías que no a sus chistes absurdos, ni a su extraña risa. Eso habría afirmado Hisashi Mitsui a sus quince años hasta el día que dejó de verla.

Ese último día de secundaria baja había sido un verdadero fiasco. Recordaba haber rechazado a Emi Kirasagi la tarde anterior, sintiéndose mal por no poder evitar que se fuera llorando.

Y peor se sentía por saber que la chica a la que realmente quería confesarse esa tarde de abril, se había ido corriendo por la escollera con los brazos abiertos, igual que las gaviotas cuando buscan levantar vuelo.

¿Que si no pensó en declararse al día siguiente? No. ¿Por qué diablos lo haría? Fue ella quien se retiró alegremente (muy alegremente) dando saltitos como libélula para dejar que su amiga confesara sus sentimientos.

Alguien que hace eso, no está interesada en ti. A esa edad no sabía mucho de chicas, pero entendía que daban tanto miedo porque si querían algo, eran capaces de matar un cachorrito para tenerlo. Bueno, no tanto. Pero seguro que estaban cerca. Entonces, no creía que alguien que también tuviera sentimientos por él, dejara el camino tan libre. Sabía al menos que él nunca lo haría.

Visto en retrospectiva, el último día que compartió junto a Chiharu Nijiyama fue una real mierda. Ahí estaba ella, con ocho hebillas de mariposa en el cabello para desestabilizar el orden (y lo hizo), parada con sus amigas, brillando a contraluz con su diploma en el recipiente tubular para resguardarlo y la flor que les entregaban a los graduados. Ahí estaba, riendo a viva voz mientras todas las chicas cubrían tímidamente sus labios para que no se vieran sus dientes.

«Buena suerte en Shohoku, Hisashi-kun», le dijo sin dejar de sonreír al fijarse que ya no le quedaba ningún botón en el saco porque los había entregado a cuanta chica le pidió uno, aunque al principio se negó a entregar el segundo botón, tradicionalmente reservado para el interés amoroso, porque esperaba que Chiharu se lo requisara. Ella jamás lo hizo, y terminó entregándolos todos. ¿Para qué le servían los estúpidos botones de un uniforme que ya no iba a utilizar?

«Trata de no quemar tu preparatoria», le había respondido con una sonrisa de costado. No quería sonreír. Realmente no quería sonreírle en ese momento. Y por unos segundos, la frase «me gustas, sal conmigo, por favor» estuvo a punto de salir de sus labios. Pero no lo hizo.

No lo hizo porque ella le sonrió, enseñando todos los dientes blancos, hasta ese canino que sobresalía más que otro y la hacía ver como un akita a punto de ladrar, moviendo la cola de felicidad. El sol estaba a sus propias espaldas, pero él lo veía de frente. Para aquel Hisashi Mitsui de quince años que terminó su paso por Takeishi, «eso» era Chiharu Nijiyama.

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Dos semanas habían pasado desde que el incidente del gimnasio tuvo lugar, y cuando mayo dio su inicio, también lo hizo la temporada de intercolegiales.

Akagi leía una y otra vez los datos que tenía en su poder sobre Takezato y Miuradai, los dos colegios que debían enfrentar en primeras instancias. No parecía prestar real atención a sus dos compañeros mirándolo de cerca, ambos apoyados de espaldas a las mesas que ocupaban mientras el primer receso daba inicio. Así había sido cada día durante días. Porque cada momento que tenía libre, el alto capitán lo ocupaba analizando todo lo que tuviera a su alcance, como si su mente no pudiera ocupar más información que aquella relacionada con el baloncesto.

—No entiendo cómo puedes sacar siempre las mejores calificaciones, si cada vez que te veo estás concentrado en las notas de Ayako-chan —observó Chiharu, dejando caer la cabeza de costado.

Kogure estaba justo a su lado, hombro con hombro, prácticamente imitando su expresión.

—Akagi es muy inteligente, Nijiyama-san.

—No digas eso como si fuera algo asombroso —recriminó el altísimo muchacho.

¿Eso era un sonrojo...?

—¿Cuándo es su primer partido en las intercolegiales? —preguntó la joven tratando de cambiar el tema. Akagi se ofendía con tanta celeridad que le daba miedo quedar atrapada en uno de sus quiebres. La voz de mando fuerte y severa sonó nuevamente.

—19 de mayo.

—¿La semana que viene? Deben estar nerviosos.

—Para nada —espetó seriamente. Los brazos cruzados firmemente en su pecho, como un genio de la lámpara de expresión siempre enfadada.

«Está nervioso», pensaron los otros dos al unísono. Akagi era tan transparente como agua de deshielo, y resultaba casi adorable. Casi, y que nunca se enterara que lo pensaste siguiera.

—¿Vendrás a vernos, Nijiyama-san? —Kogure la miró sonriendo.

Ella se encogió de hombros, imitándolo con gracia.

—Ya pueden considerarme una molestia fija —dijo viéndolo reír con fuerza. Entonces, agregó—: Chiharu-chan, por cierto.

—¿Eh?

—Prefiero que me llamen Chiharu-chan —explicó con una media sonrisa. Hundió los hombros antes de seguir hablando—. Mi apellido es tan informal que duele.

Kogure pestañeó varias veces tratando de asimilar sus palabras. Había visto de motus propio como los demás alumnos del salón casi no le hablaban. Solo ellos dos y Aki Sawara se habían acercado a ella. No debía ser sencillo que te trataran como extranjera en tu propio país, incluso en tu ciudad. Chiharu contó que había vivido en Atsugi toda su vida, y pese a su gran densidad poblacional, era un lugar tranquilo para vivir. Como todas aquellas ciudades linderas al mar.

Y sí. Las miradas por sobre el hombro y los cuchicheos por su apariencia habían sido moneda corriente durante toda su etapa escolar. Anterior, inclusive. Por eso, y por su carácter similar a una ardilla con estimulantes, podría parecer acelerada a la hora de cambiar la formalidad en llamar a alguien. A él, al menos, le parecía adorable.

—Entonces, ¿Chiharu-san? —le preguntó sonriendo.

—¿Puedes hacerlo sonar sin que parezca que le hablas a una anciana?

Kogure rio con ganas, volviendo a abrir los ojos, fijándolos en ella.

—De acuerdo, Chiharu-chan.

—Acepto el nombre, pero no el «chan» —murmuró Akagi sin variar un ápice su expresión reservada

—Dime como quieras, Akagi-kun. Oh, rayos. Olvidé que debo buscar el libro de actas para Morita-sensei... —Y se largó a correr en dirección a la puerta esquivando los bancos con la agilidad de una gacela con las piernas rotas.

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¿Por qué rayos estaba en el pasillo cuando podía ocupar la oportunidad del primer período para dormir? ¿Qué demonios miraban todos estos ti...? Oh, cierto. Todavía tenía esa fama. Eso no se iría rápido, como tampoco el mote de criminal. Pasó dos años enteros construyéndose ese mote con religiosa asistencia, así que ahora debía tolerar que las chicas lo miraran con miedo y los muchachos pusieran sus cuerpos delante de sus novias para protegerlas. «Tranquilos, idiotas». No era esa clase de criminal... nunca lo fue.

Tercer año, salón siete. Cierto, que era una cerebrito. ¿Por qué había caminado hasta ahí? ¿Por qué no estaba en su propio salón durmiendo? Qué cosa tan...

Y entonces, el sol salió.

¡Guau! ¡Lo siento! ¡Casi te dejo sin descend...! —Las palabras se le quedaron atragantadas cuando salió corriendo del salón y detuvo todo su cuerpo en una baldosa clavando sus uwaki en el suelo como si fueran los frenos de una camioneta. Los ojos oscuros como la noche la miraban como si de verdad no pensara que podía cruzársela en la puerta de su propio salón.

—¿... sin descendencia? —completó en tono agrio—. ¿En serio? ¿Sigues diciéndole eso a los extraños?

«Casi te dejo sin descendencia» era una de sus frases de cabecera cuando, por accidente, casi mataba a alguien. Probablemente a él...

Mitsui interrumpió rápidamente sus pensamientos. De todas maneras, ¿qué estaba haciendo él ahí? ¿Y por qué recordaba que ella siempre decía esa frase?

—Tengo problemas —respondió Chiharu al instante.

Por un momento, el joven sintió que estaba mirando la escena desde una especie de espejo, pero que reflejaba al pasado. Como si hubiera viajado a Takeishi al cruzar la puerta y salir al pasillo.

—Claramente los tienes. —Los ojos castaños, tan grandes como los de un gato que mira un trozo de atún, estaban fijos en él. Las pecas diminutas en el puente de su nariz parecían más presentes en su rostro.

—¿Necesitabas algo?

—¿Eh? ¿Por qué iba a necesitar algo?

—Fuiste tú quien vino a mi salón —dijo señalando el cartel que se ubicaba justo encima de ellos. El rostro ofuscado de Mitsui le confirmó todo lo que pensaba. Aún cuando su discurso era otro.

—Solo pasaba por aquí, no te estaba buscando ni nada parecido —rezongó malhumorado como siempre.

—Oh... Bueno. Entonces nos vemos más tarde, Mitsui-kun. ¡Vete o te van a regañar si llegas después de la campana! —gritó mientras la chicharra que informaba el retorno a clases y los movimientos de los estudiantes y su figura desapareciendo entre la multitud lo dejaban sin entender qué carajo había ocurrido segundos antes.

«¿Mitsui-kun?... ¿¡Mitsui-kun!?». Desde primero de secundaria que lo llamaba por su nombre de pila, ¿y ahora volvía a eso?

De acuerdo: tenía claro que metió la pata hasta el fondo con ella, ¿pero esto...? Supo que estaba gruñendo bajo cuando una chica lo miró aterrada, como si fuera a golpear la pared con fuerza de un segundo a otro.

—Lo lamento —murmuró al tiempo que iniciaba el regreso a su propio salón.

Por el camino se convenció de que su cabeza no dejaba de correr, como hace la liebre al escapar de un zorro hambriento.

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Hanamichi Sakuragi vivía solo. No era sencillo vivir solo, sobre todo cuando eres un adolescente y claramente no tienes empleo. Sus tíos y una pensión del gobierno habían hecho posible su modo de supervivencia, y por suerte, evitar entrar en el sistema de adopción y tutelaje japonés.

Su miedo más profundo no se reducía a no pagar las cuentas ni a no tener comida, tampoco a la soledad de la casa en donde antes vivía con su padre. No, el miedo más profundo de Sakuragi era terminar peor de lo que ya estaba, pues no tenía ninguna esperanza de acabar habitando un buen hogar. Para él, convertirse en allegado en la casa de un extraño era caridad, cosa que odiaba con todo su monumental orgullo.

Por eso, su plan era bastante simple: terminar la preparatoria para encontrar un trabajo a tiempo completo y vivir dignamente. Nunca tuvo más ambiciones que esa, como tampoco las tenía su padre para él.

Pero entonces, el primer año de preparatoria llegó, y conoció a Haruko Akagi y a al deporte que ahora dominaba como el magnífico genio que era. Hasta entonces, tenía que prepararse el almuerzo, o recordar llevar dinero para poder comer en el colegio.

Particularmente ese día, ninguna de las dos opciones había sido elegida por su cerebro. Y ahora estaba en un predicamento que lo dejaba en lágrimas vivas.

—¡Vamos, gordo! Dame solo un poco. Tienes que hacer dieta de todos modos.

—¡Claro que no, Hanamichi! Moléstate en traer tu propio almuerzo —replicó su redondo amigo.

—¿Faltaste a kinder el día que enseñaron a compartir, pedazo de infeliz?

—Muchachos, dejen de pelear por un pan saborizado...

Siempre que Yohei presenciaba una escena similar, se sentía como el tío adoptivo de dos niños de primaria. Los gritos e insultos no le eran ajenos, y francamente, esas peleas eran dignas de alquilar balcones. El problema era cuando sus alaridos llegaban lejos, hasta el salón tres concretamente, y atraían a las chicas que comenzaron a frecuentar su grupo como parte integral sin proponérselo, y sin haberse dado cuenta.

Por eso, a Yohei no le pareció extraño escucharlas reír mientras entraban a su aula, con las cajas de almuerzo envueltas en delicados pañuelos de colores pasteles.

—¡Sakuragi-kun! Cuanta energía tienes hoy —expresó Haruko con una enorme sonrisa.

El mundo del pelirrojo pareció llenarse de luces y aromas y flores y brillos. Era como una de esas páginas de manga shoujo que las niñas gustan leer.

Con la boca abierta en una gran mueca de felicidad, volteó para enfrentarla.

—¡Haruko-san! ¡Qué bueno verte!

—Haruko-chan —lloriquéo Takamiya—, este bobo quiere robarme el almuer...

—¡Cállate gordo!

Matsui ladeó la cabeza con una ceja levantada. Si no había entendido mal, Sakuragi no estaba comiendo y todos los demás habían terminado, a excepción de Takamiya. Eso quería decir que, de nuevo, había olvidado su almuerzo.

—¡No me digas que no comiste, Sakuragi-kun! —exclamó Haruko preocupada—. Tienes práctica hoy, eso no está bien.

—E-es que olvidé mi caja de almuerzo... ¡Qué bobo soy!, ¿verdad? —trató de minimizar la situación excusándose mientras se rascaba la nuca.

Lo suyo fue puro y simple descuido. Lo había preparado la noche anterior, y tenía dinero disponible todavía, pero con tanto en su mente (que se resumía al baloncesto), salió de casa sin nada más que su maletín con los útiles. Ni dinero, ni comida. Una torpeza muy propia de él. Esperaba que Haruko no pensara otra co...

—Ten, Sakuragi-kun.

La voz que jamás sonaba entre ellos, fue la más fuerte de todas. La delicada cadencia producida por Fujii pareció cortar el aire mientras le alcanzaba su caja de almuerzo, prácticamente entera.

Los ojos de Hanamichi brillaron en tantos colores como tiene el arcoíris. El trío de Wakou intercambió varias miradas curiosas entre ellos.

Y Yohei Mito permaneció en silencio, expectante a sus palabras.

—¿Eh? —exclamó Sakuragi, a punto de que se le arrancara un hilo de baba por la barbilla.

—N-no tengo hambre hoy —profirió en tono bajo, como si hubiese olvidado su timidez por un instante y la retomase de pronto—. Si tienes entrenamiento debes comer, sería muy malo que te debilitaras...

Hanamichi cogió la caja temblando de emoción, pues era primera vez que una chica le obsequiaba un almuerzo casero... aunque no fuese Haruko, pero qué rayos.

Quitó la tapa e inspiró profundamente. ¡Se veía delicioso! Y olía aún mejor.

—¡Gracias...! Eh...

—Fujii —le recordó.

—¡Gracias, Fujii-san! —Costaba creer lo sencillo que era hacer feliz a Sakuragi.

Las miradas de Yohei y la bella castaña de corto cabello se cruzaron por un breve instante. El muchacho sonrió de costado, gesto de tal honestidad que la obligó a bajar el rostro, más avergonzada que antes.

Parece que habían empatado el marcador.

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Mientras palpaba la rugosidad del balón contra la yema de sus dedos transpirados, Hisashi Mitsui no podía dejar de pensar en que tan solo una semana atrás, a esa misma hora, probablemente habría estado bebiendo una cerveza en la calle, resguardado en un callejón y fumando en esa zona de la ciudad donde ni siquiera a los policías se les ocurría decirles que se detuvieran.

Hubiera corrido el largo cabello de su rostro y se habría burlado de un transeúnte, o golpeado a uno de sus amigos para que le de un cigarrillo.

¿Ahora?, el panorama era totalmente diferente.

Las voces de sus compañeros de equipo y el rechinar de las suelas de las zapatillas contra la madera lustrada parecían darle cien años de vida a cada minuto.

El sabor ácido y un poco dulce de las bebidas energéticas que la mánager les repartió al finalizar el partido de tres contra tres que habían organizado sabía a ambrosía, si es que alguna vez se llegaba a enterar de cuál era ese sabor.

Incluso el chorro de agua helada saliendo del grifo golpeando su nuca parecía haberlo devuelto a la vida tras un larguísimo letargo. Hisashi Mitsui se sentía, lisa y literalmente, vivo.

—¿Cómo está tu rodilla, Mitsui? ¿Fuiste a revisártela? —La voz de Kogure lo llamó a Tierra como si lo atara de un cordón a su brazo. El rostro apacible del muchacho le sonreía, aún con algunas marcas de puños en él. Tragó fuerte al recordarlo. Estaba tan arrepentido por todo...

—Fui a hacerme ver anoche. Está totalmente curada —dijo con voz calmada. Era raro cómo su voz sonaba siempre como si fuera un viejo cascarrabias, no importaba el humor que tuviera.

La visita al médico había sido aterradora, como poco. Luego de ver el rostro del profesor Anzai y recibir su perdón, el muchacho redirigió sus pasos para transitar por el camino de la redención.

Cuando llegó a su casa esa noche, con las heridas a medio curar y le pidió a su madre que le cortara el pelo, creyó que ella lloraría. Su madre siempre lloraba fácil, pero esta vez era real. Reconocerse en el espejo no había sido fácil. Y tampoco lo fue entrar a ese hospital nuevamente; el que lo vio derrumbarse dos años atrás.

Cuando el médico le dijo que podía jugar todo lo que quisiera, sintió que los cielos le habían concedido el indulto.

—¡Qué alegría me da! Este año tenemos un gran equipo, ¿sabes? Akagi, tú, Rukawa, Miyagi, e incluso Sakuragi. ¡Tenemos reales oportunidades de ganar! —gritó entusiasmado. Kogure por fin veía la luz al final de un largo túnel de dos años. Tenían una oportunidad concreta, al in. Y nunca imaginó la respuesta que vino por parte de su nuevo compañero re establecido en el equipo:

—Todos somos importantes, Kogure.

El rostro del muchacho de lentes pareció indicarle que viajó al pasado, cuando le había dicho unas palabras tan similares como ciertas.

Había pasado mucha agua bajo el puente donde Mitsui estaba parado, pero en esencia, seguía siendo el mismo...

—Pero tienes que mejorar esa defensa, o no vas a salir nunca de la banca —añadió, y su sonrisa de costado llena de sorna apareció en el rostro que comenzaba a cicatrizar.

Pues sí, estaba seguro. Definitivamente nada —y al mismo tiempo todo— había cambiado.

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Si su cabello claro no era suficientemente identificable entre un mar de cabello oscuro, la funda de guitarra que utilizaba como mochila era capaz de señalarla cual letrero de neón entre una multitud. Mitsui estaba seguro de que si se perdía en un concierto, podría encontrarla sin duda alguna. Por eso, y por aquella forma de caminar que, increíblemente, aún conservara.

Vista de espaldas, era como ver a una niña jugando a no pisar la línea. Recordó la estúpida canción del tiburón que solía tararear de vuelta a su casa, y por supuesto arrastrándolo con ella en su espiral de locura.

Porque esa era otra característica de Chiharu Nijiyama: estaba loca como una cabra, pero por algún motivo, él la seguía en vez de salir corriendo en la dirección contraria.

Como ahora, por ejemplo, donde no comprendía por qué sus pasos lo llevaron a instalarse justo al lado de ella, en la puerta de hierro que daba la salida del colegio. Esos peculiares ojos castaños volvieron a mirarlo con tanta curiosidad, que sopesó seriamente la posibilidad de que se hubiera convertido en un gato. La vio quitarse los auriculares de un tirón; en ese momento, el sonido inconfundible de un grupo que conocía bastante bien le llegó a los oídos. ¿Kreator? ¿En serio? ¿Estás jodie...?

¿Kreator? —preguntó con una ceja levantada, señalando con el mentón el walkman que sobresalía del bolsillo de su blazer. Chiharu asintió sin pestañear. Fue totalmente aterrador.

Coma of souls —dijo levantando un dedo como si quisiera marcar un punto importante en su discurso—: es la canción perfecta para un apocalipsis zombie.

Mitsui sabía que estaba mirándola como si tuviera dos cabezas saliéndole del espacio entre sus hombros, pero no podía contemplarla de otra forma. La chica que saltaba como una rana de programas para niños tenía el gusto musical propio de... bueno, las personas con las que hasta hace poco solía andar. ¿Y qué mierda pasaba con esa frase?

—Parece que lo esperas con ilusión... —Trataba de sonar gracioso, pero estaba seguro de que su ceño seguía fruncido, su rostro brutalmente serio y sus labios torcidos en una sonrisa del horror. Todo eso parecía causarle gracia.

—Es como un arca de Noé —miró el rostro confundido de su ex compañero de secundaria. Era digna de un poema —. Tú sabes, el tipo barbudo de la paloma. Solo que más divertido.

—¿Has considerado hablar con alguien sobre esas tendencias homicidas?

—¿Y que me encierren? No gracias.

—No descartemos esa idea tan pronto, ¿quieres?

—No lo haré. —Y ahí estaba esa sonrisa. Sí, de nuevo—. Bueno, me voy a casa. ¡Te veo mañana, Mitsui-kun!

Y de la misma forma que esa mañana en el pasillo, como una ilusión a contraluz y alejándose como una estela invisible, salió corriendo como la niña que aún recordaba. Como una extraña fusión entre una prepuberta y una chica mucho más alta y con el cabello brillando en tonos naranjas.

«Mitsui-kun»

Sus ojos se entornaron al tiempo que sus puños se presionaban con fuerza. El estómago le estaba doliendo.

«Mitsui-kun».

—Deja de llamarme así...

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El camino a casa era particularmente distinto desde que había decidido dejar atrás ese orgullo enfermizo y regresar al equipo de básquetbol. De alguna forma, se sentía ligero, como si sus pisadas ya no estuvieran clavándose en el suelo, como si sus botas fueran de hierro candente. No quería aceptarlo, pero debía hacerlo. Esos dos años lo habían marcado más de lo que podía admitir. Y lo tuvo muy presente mientras atravesaba el pórtico de su casa.

La familia Mitsui vivía en un departamento sencillo en el centro de la ciudad. Era amplio y cómodo para sus cuatro integrantes. Solo su padre tenía un empleo, la madre se quedaba en casa ocupándose de todo lo que tuviera que ver con ella.

Era su rostro, ahora sonriente, lo primero que veía al entrar. Era hermosa, siempre había pensado. De largo cabello negro, lacio por la mitad de la espalda y los ojos cansados pero brillosos, con esas pequeñas arrugas que los años habían dejado. Los años, y él.

Si había algo que veía día a día y sabía que lamentaba, aún cuando una parte de él parecía importarle un comino, era la forma en que su madre envejecía por él.

—Llegaste, hijo. ¿Como te fue en la práctica? ¿Tienes hambre?

—Bien, mamá —respondió con una media sonrisa. Le costaba hablarle con normalidad. Era como si verla feliz fuera extraño—. ¿Ya hiciste la cena?

—Solo seremos tu hermana y nosotros esta noche. Tu padre debe salir.

—¡Hermano! —escuchó a sus espaldas, poniéndose derecho para el inminente impacto del delgado cuerpo contra el suyo. Su pequeña hermana de diez años siempre había tenido esa costumbre, solo que durante dos años pareció tenerle pánico al verlo. Apenas se cortó el cabello, los golpes por la espalda reaparecieron como por arte de magia—. ¡Volviste! ¿Me trajiste algo?

—¿Por qué debería traerte algo cada vez que vuelvo? Eres una enana malcriada —dijo golpeándola con sus dedos suavemente en la frente. Extrañaba ese código simple entre ellos. No podía negarlo. Extrañaba sentirse querido.

—Ya me voy... —murmuró una voz grave, más que la suya incluso.

Mitsui volteó medio cuerpo, aún sosteniendo su bolso del equipo entre los dedos, presionándolos con fuerza.

Seijirou Mitsui era un hombre corpulento y severo. Su hijo sabía que verlo a él, era verse en un espejo al futuro. Un futuro que, por muchos años, le importó una mierda. Y dos años que como padre/hijo, los separó enormemente.

—Buena suerte en tu trabajo, cielo.

—¡Tráeme algo, papá!

—No voy a traerte algo cada vez que salgo, Miyuki.

—Uf. Papá y mi hermano suenan igual...

Mitsui se hubiera reído, si el rostro de su padre no hubiera parecido el de una persona descompuesta. Las cejas torcidas al igual que sus labios, presionados hasta formar una línea totalmente uniforme. Parecía haber sido comparado con el peor ser humano del mundo. Y eso sí molestaba a Mitsui.

Él se había comportado como un imbécil durante dos años enteros de su vida. Pero su padre jamás intentó traerlo de vuelta. Su padre había estado ahí para cada una de sus victorias en primaria y secundaria. ¿Pero cuando todo se fue a la mierda?, también se fue su apoyo.

—Nos vemos más tarde —se despidió Seijirou antes de salir por la puerta.

Las voces de su madre y hermana reían a sus espaldas mientras ponían la mesa.

En menos de una semana, tendría su primer partido oficial en dos años.

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Desde que Mitsui se había unido al equipo y la llegada de los intercolegiales se hacía inminente, el equipo de Shohoku comenzó a practicar los domingos por la mañana. Akagi se había vuelto una fiera absoluta y el profesor Anzai no tenía intenciones de calmarlo.

No podía ser tan abiertamente efusivo, pero el Buda de los cabellos blancos estaba feliz y entusiasmado con el nuevo plantel que conformaban sus alumnos.

Kogure supo que Mitsui jamás había perdido su estado físico, y al menos en apariencia, su cuerpo recordaba exactamente cómo tirar. Quizá ni siquiera el odio en su corazón pudo borrar las huellas en su cuerpo.

Lunes - Martes - Miércoles

Por otro lado, los días pasaban volando para Hanamichi Sakuragi ahora que sus tardes se dedicaban a demostrarle al mundo quién era el verdadero genio indiscutido del básquetbol. Las heridas de su rostro se habían curado casi por completo, igual que la cicatriz en el cuero cabelludo, bajo la cortina roja que era su pelo.

El muchacho pasaba las tardes en su casa mirando sus tenis y limpiándolos, porque se ponía histérico cada vez que alguien lo pisaba. ¡Habían costado treinta yenes! No podía permitir que los arruinaran tan pronto. Pero debía haber sido en medio de alguno de sus entrenamientos que los cordones terminaron por romperse. Por eso se levantó de la cama refunfuñando y tomó el tren hasta Chekko Sports. Quizás el anciano estuviera de buen humor y le rebajara unos cordones de mejor calidad. Ahora que lo pensaba, ¡él le vendió unos tenis con pésimos cordones!, debía regalárselos. ¡Sí!, eso iba a decirle.

Solo una calle faltaba para llegar a destino, cuando notó una alta figura frente a él. Era raro ver gente que lo igualara, y por eso miró bien por delante de su nariz. Esa postura. Ese cabello enmarañado. ¡¿Estaban jodiéndolo?!

—¿¡Qué mierda estás haciendo tú aquí, zorro apestoso!? —gritó con los pulmones llenos de aire y cólera.

El rostro pálido como la nieve volteó a verlo. El reflejo de las farolas nocturnas en su rostro lo hacían ver como una de esas publicidades de la televisión. Tragó saliva, era odioso hasta en eso. ¡Vete a trabajar de modelo y no molestes más a los genios, imbécil!

—¿Qué quieres?

—¡Esto te pregunto a ti! ¿¡Por qué caminas delante de mí en la calle!?

—¿Y cómo quieres que sepa eso? —retrucó sin variar su expresión mortecina.

Kaede Rukawa tenía un carácter difícil de explicarle a un tercero. Las chicas pensaban que era un romántico retraído, el tipo de chico que esperaba a la mujer ideal para desplegar su romance y ternura. Los muchachos pensaban que era un témpano de hielo en forma humana, o que ni siquiera tenía un corazón que latiera.

Pero Rukawa era un sujeto bastante corriente, a sus propios ojos. Respiraba, caminaba, jugaba al baloncesto y odiaba todo tipo de contacto personal. Como en ese instante.

—Seguro viniste siguiéndome como el zorro latoso que eres.

—Estás detrás mío, no puedo seguirte así.

—¡Deja de querer parecer genial! ¡No lo eres! ¡Solo eres un embustero sin talento!

—Habló el idiota...

—¡¿Qué dijiste?!

—¿Que pasa aquí? ¿Por qué gritan tanto? —La cascada voz del dueño de la tienda de deportes se oyó mientras salía de su local con un bolso y las llaves en la mano. Los rostros de los dos muchachos parecían agrandarse cada vez que la muñeca del hombre giraba la llave en sentido de las agujas del reloj, claramente cerrando la puerta—. Es tarde, deberían volver a casa. ¿Son de Shohoku? El viernes iré a verlos.

—¡O-oye! ¡Viejo! ¡No se te ocurra irte, tengo que comprar...!

—Lo lamento mucho, Sakuragi-kun, pero hoy tengo una cita y no puedo quedarme.

—Yo también tengo que...

—¡Cualquier otro día, dejaré la tienda abierta para ustedes! Pero hoy de verdad, tengo que correr. ¡Muy buena suerte!

Y los dos juraron muchos años después, que podían ver una estela multicolor por donde su cuerpo había pasado.

Pero en este tiempo, en este presente, Hanamichi miró al muchacho de ojos azules como si quisiera convertirlo en una pulpa gelatinosa solo con sus pupilas

—¡Por tu culpa, zorro imbécil, me quedé sin comprar cordones para mis tenis nuevos! ¡El Gori va a matarme mañana!

Hasta el día de hoy, Kaede Rukawa nunca comprendió realmente porqué la voz molesta de Sakuragi le penetró tanto en los sentidos, ni como su rostro podía volverse tan rojo como su cabello. Tampoco por qué siempre que lo tenía cerca, olía a mar. Pero no fue por ninguno de esos motivos que metió la mano en sus bolsillos, sacando una pequeña bolsita de papel con el logo de la tienda que acababan de ver cerrar. Sakuragi pestañeó muchas veces cuando el muchacho le tendió el paquete con una expresión tan parca como él.

—A ver si con esto se te pega algo de inteligencia, idiota.

—¡¿Q-qué?! ¡¿Qué crees que haces, zorro?!

—Si no tienes cordones no podrás practicar —explicó, tal y como si le hablara a un niño de tres años—. Te necesitamos en la banca.

—¡Hijo de la...!

Quiso gritar. Quiso, pero en su lugar, tomó el paquete que ahora la blanca mano presionaba contra su pecho, sin darle tiempo a reaccionar. ¿Por qué olía a ciruelas? ¿El aire se había enfriado? ¿Qué...?

—¡No te voy a dar las gracias! ¡Me lo debías por hacerme perder el tiempo! —exclamó al tiempo que se alejaba dando grandes zancadas.

Rukawa mantuvo la vista fija en la dirección que había tomado el molesto pelirrojo. Chasqueó la lengua.

—No esperaba nada de ti, torpe...

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Solo un día faltaba para el primer partido de los intercolegiales.

Rukawa bebía a galones de una botella de agua y Ayako se acercaba al pelirrojo con su abanico lista para impartir justicia si se negaba (de nuevo) a practicar lo básico antes del partido.

Para Takenori Akagi, era el primer partido del último año en que podría cumplir su sueño. Para Kiminobu Kogure, era el comienzo de su último año en su carrera en el equipo. Para Hisashi Mitsui, este partido era su vuelta a vivir.

Cada día entrenando su cuerpo por primera vez en años era para este momento, y superarlo para que llegara otro. El gran Hisashi Mitsui estaba de vuelta. El poderoso Mitsui, regresaba a jugar.

Cuando el muchacho se cambió y salió del gimnasio, realmente no esperó verla salir del edificio principal casi al mismo tiempo. Saludar a sus compañeras con la mano en alta y ponerse los auriculares antes de comenzar a caminar nuevamente.

Tampoco esperó que sus piernas se movieran tan rápido hasta llegar a su lado, con una parte de su cerebro gritando «imbécil arrastrado» una y otra vez.

—¡Hola! —Vaya, fue ella quien lo saludó. Eso era un avance, ¿verdad? Quizá por fin deje de llamarlo...—. ¿Cómo estuvo la práctica, Mitsui-kun?

«Maldita sea...»

—Estuvo bien.

—Mañana juegan contra Miuradai, ¿verdad? —Mitsui asintió firmemente. ¿Le habría dicho Kogure? —. Como es en horario de clase no podré ir. ¡Pero esfuérzate!

«¡Esfuérzate!» era lo que más la oía decir antes de un partido. «¡Esfuérzate!» se había convertido con el correr de los años en una especie de grito de guerra que usaba para salir a la cancha. Le era difícil, en aquel entonces, imaginar su vida de basquetbolista sin ese grito alegre seguido por un pulgar arriba y su sonrisa reflejando la luz.

—Seguro —murmuró. Y una media sonrisa se dibujó en su rostro—. ¿Con quién crees que estás hablando? Soy Hisashi Mitsui, ¿lo olvidaste?

—No —respondió rápidamente. Su mirada de pronto cobró intensidad—... lo importante es que tú lo hayas recordado.

Había algo muy particular en las palabras que salían de los labios de la chica de brillante cabello de tonalidades rubias: dijera lo que dijera, parecía sentirse real, más cuando acompañaba esas frases con su característica sonrisa.

Mitsui se sentía francamente un imbécil por tener el corazón tan tranquilo por las palabras de alguien que solía animarlo hace años, cuando debía confiar en sí mismo por quien realmente era.

Pero siempre había sido así con ella. Podía oír su voz, quisiera o no. Y siempre le hacía bien.

—Hmmm... ¿gracias? —musitó él tras una pausa.

—¿Me lo estás preguntando?

—No.

—Entonces puedes decir «gracias» sin que suene a que te estoy obligando, ¿verdad?

Y después de haberlo animado de esa forma, le salía con una tontería...

—Haz lo que quieras, Chiharu. Me largo. Tengo partido mañana.

—¡Eso es! ¡Esa es la actitud ganadora de siempre! —chilló señalándolo con un dedo mientras él se marchaba dándole la espalda.

Esas eran las mismas frases que le gritaba cuando lo sacaba de quicio antes o durante un partido. ¿Nunca vas a madurar, Chiharu? No respondió con palabras, pero su puño en alto fue suficiente para indicarle que la había oído a la perfección.

La espalda de Mitsui alejándose pocas veces le había parecido tan amplia a Chiharu. Era como si en esas semanas hubiera crecido varios centímetros y sus hombros fueran mucho más anchos.

Sabía que se estaba esforzando porque Kogure no dejaba de hablar de él y de sus lanzamientos y de que poco a poco se estaba integrando al equipo. Akagi solo se quejaba, pero esa sonrisa bajo la cara larga era imposible de esconder. Era obvio que al equipo le tomaría tiempo olvidar lo que pasó y aceptarlo del todo, pero realmente se estaba esforzando.

A Chiharu realmente le había costado entenderlo, pero era claro en ese momento que se distanciaba calle abajo con el bolso de deporte sobre el hombro y la espalda encorvada, que el Mitsui de voz grave y tono brusco no era el mismo que ella había conocido... ese muchacho alegre y soberbio cuando se trataba de su amor no secreto, el baloncesto. Era la misma carcasa, pero él había cambiado. Quería decir que eso la irritaba hasta el tope, o que la ponía triste, pero no podía ser hipócrita consigo misma: ella tampoco era la chica que solía ser. Esa chica alegre y despreocupada...

—Es parte del pasado... —susurró. Nadie podía oírla, y nadie podía verla. Quizá por eso sus hombros se soltaron y cayeron hacia delante. Tiempo atrás se propuso vivir un día a la vez, promesa que estaba cumpliendo.

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El viernes 19 de mayo fue el primer partido de las intercolegiales. El primer paso de Shohoku en su largo camino a las nacionales estaba recién comenzando.

Miuradai no era un rival conocido, pero sí uno muy enojado y con jugadores caracterizados por no tener un juego apacible ni limpio. Por eso, estaban seguros de que saldrían a jugar con todo lo que tenían. Con fuerza, con coraje, con todas sus habilidades.

Al menos sabían que Akagi, Kogure, Yasuda, Shiozaki y Kakuta lo harían. Porque el cuarteto protagonista del último gran escándalo en la preparatoria Shohoku estaba confinado al banquillo de los reservas, todos sentados en fila, brazos cruzados y cara de pocos amigos, excepto el más nuevo de ellos, que no paraba de molestar al entrenador con frases de todo tipo.

—¡Oye, gordito! ¿Acaso quieres perder? ¿Cómo es que tienes a tu arma secreta en la banca?

La forma en que la carne de Anzai se movía entre sus manos parecía fascinarlo y aterrarlo al mismo tiempo. Era como un enorme muñeco de plastilina, de esos que venden para Navidad. O que te regalan con una cubeta de pollo frito.

Una de las primeras cosas que más le llamaron la atención a Mitsui con ese novato pelirrojo era ver la curiosa relación que mantenía con su mentor, y demás está decir que cuando le trataba de esa forma, su cerebro explotaba como el maíz en proceso de convertirse en popcorn.

—¡Cálmate, idiota! —gritó a punto de sufrir una embolia—. ¡Y no le digas gordo al profesor Anzai! ¡Qué falta de respeto! ¡Y ya deja de jalarle la barbilla! —Escupía cada vez más saliva con cada nueva palabra.

Hanamichi se giró hacia él chispeando fuego por los ojos.

—¡Cierra la boca, criminal! ¡Todo esto es tú culpa! Si no hubieras venido a molestarnos, el talentosísimo Sakuragi estaría jugando ahora.

—¿Talentosísimo? —Una media sonrisa se le plantó en la cara a Mitsui—. Pfff. Principiante, ¿de dónde sacas esa confianza?

—¿¡Qué!?

—Deberías ponerte a practicar antes de hablar con palabras tan enormes. —Miyagi habló mientras observaba el juego muy concentrado.

—¡Ryo-chin, no digas eso! Creí que eras mi amigo.

—Mejor vete a casa...

—¡Cállate, Rukawa!

—¿Están peleando de nuevo?

Mitsuyoshi Anzai era un hombre misterioso. De esos que te dan ternura y pánico a la vez. Como un cachorro de puma. No sabes lo que está pensando y sabes que es capaz de jugar como un gatito o devorarte una mano de un solo tarascón.

—No.

—No, profesor.

—Jamás, profesor Anzai.

—¡Ellos empezaron, gordo!

Takenori Akagi era una real eminencia una vez dentro de la duela. Seamos sinceros, no por nada lo consideraban el mejor centro de Kanagawa, peleando codo a codo la posición con Tooru Hanagata, miembro de Shoyo. Por eso, la rivalidad con Jun Uozumi era tan grande. Uozumi tenía una gran altura y sus movimientos eran precisos, pero no era Akagi.

Aún así, terminando el primer tiempo, era obvio que no podría enfrentarse él solo contra todo un equipo, sin importar cuánto confiara en sus compañeros. Kakuta, Shiozaki y Yasuda ya no conseguían mantener un ritmo tan exigente. Por eso, la respuesta fue afirmativa cuando Anzai hizo su pregunta al ejército de suspendidos:

—¿Prometen no volver a pelear?

—Nunca más —respondió Mitsui con firmeza. Los ojos decididos.

—No volveré a pelear—fue la respuesta de Miyagi—. Jamás. Sakuragi fue menos diplomático.

—Ya te dije que no —. No tanto como Rukawa.

—Tal vez.

Y luego de un silbatazo, el grupo de inadaptados entró a jugar.

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Mucho pudo decirse sobre el desarrollo de ese juego, tanto que solo podremos enumerar algunos puntos de tantos.

Kaede Rukawa fue el centro de atención de todos los ojos mirando el partido. El novato sensación, el ídolo de las chicas, el mejor jugador en la cancha, el más increíble alero que pudieron ver en el estado.

La altura de Ryota Miyagi no era un defecto, sino una ventaja sobre cualquier rival que intentara enfrentarse a él. Su velocidad era muy superior al promedio, y su manejo del balón dejó boquiabiertos a todos quienes lo vieron.

Hisashi Mitsui simplemente había vuelto. El MVP de Takeishi estaba jugando como debió hacerlo siempre, y su forma no se había perdido. Sus tiros seguían entrando y la forma elegante en la que su cuerpo se desarrollaba en un salto era un poema a la vista del espectador.

Y Hanamichi Sakuragi tuvo su debut. Cero puntos, y expulsado a los quince minutos del segundo tiempo, luego de reventar el balón en la cabeza de su oponente al intentar hacer una clavada.

El pelirrojo fue famoso luego de ese juego.