CAPÍTULO 7: EL CHICO QUE RECORDÓ LO QUE ERA VIVIR.
Durante la segunda y tercer ronda del campeonato intercolegial, el equipo de básquetbol de la preparatoria Shohoku se cubrió más y más de respeto. Cada partido que pasaba, los triples de Hisashi Mitsui mantenían el marcador a su favor. Los pases y robos de Ryota Miyagi eran imposibles de seguir a simple vista. El novato sensación, Kaede Rukawa, se llevaba todas las miradas por sus jugadas totalmente fuera de serie. El centro y pilar del equipo, Takenori Akagi, era quien conseguía los rebotes y controlaba el balón en el aire.
En cuarta ronda, debieron jugar contra el equipo de la preparatoria Tsukubu. La moral subió aún más cuando los vencieron por un marcador superior a cien puntos.
El partido contra Sumino terminó con una victoria definida para los muchachos vestidos de blanco y rojo. Y en cada uno de estos juegos, Hanamichi Sakuragi fue expulsado por cinco faltas antes de terminar el primer tiempo.
—¡Abran paso al rey de las faltas: Hanamichi Sakuragi! —gritaban sus amigos tocando unas trompetas imaginarias, justo antes de que este intentara golpearlos con furia.
¿Por qué demonios estaba pasándole esto? ¿Sería algo que los genios debían afrontar? ¿Acaso aquellos tocados por la varita mágica tenían como maldición ser expulsados por envidia?
No. No era eso. Porque no quería admitir que Rukawa sabía jugar tan bien como él, y a ese zorro apestoso jamás lo sacaban.
Pasar una vida teniendo contacto físico en peleas lo habían vuelto un tipo de carácter y fuerza al momento de pelear, incluso por el balón. Y eso, precisamente ahora, se le había venido totalmente en contra.
Tal razón fue lo que le motivó esa noche en particular, la misma en que habían vencido a Sumino horas antes y declarado que su próximo rival era el colegio Shoyo, Sakuragi estaba parado delante de la enorme casa del Gorila Akagi con ademán nervioso, algo muy poco habitual en él.
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—Has mejorado mucho, Chiharu-chan. Se nota que prácticas en casa —indicó Masaru Midorima, el profesor de guitarra al que la joven de cabello claro visitaba cada semana para reforzar todos sus conocimientos.
La academia de música de Atsugi se encontraba a una estación de tren desde Shohoku. Aún no entendía por qué no había decidido meterse a esa preparatoria aunque fuera por comodidad. Todo, absolutamente todo, hubiera sido mucho más sencillo.
—Aún tengo problemas con esa progresión. Me está volviendo loca —le dijo quitando peso a sus halagos. Su profesor ladeó la cabeza antes de contestar. El frío de la calle había entrado en la pequeña sala acústicamente aislada, como todas las del instituto.
—Es una progresión difícil. Roma no se hizo en un día. ¡Date tiempo! —miró su reloj pulsera, comparándolo con el enorme cronómetro que había en la pared —. Bueno, fue una excelente clase. Nos vemos el próximo martes.
—Gracias, profesor Midorima. —Y lo vio retirarse mientras ella guardaba su Fender stratocaster con el cuidado de una madre bañando a su hijo por primera vez.
Desenchufó la pedalera y los parlantes, dejando todo acomodado para el próximo alumno del día siguiente. Miró ella misma el reloj en la pared. Mierda, ¿las nueve ya? Mejor apurarse.
Las calles de Atsugi eran bastante calmas y no tenía miedo al desplazarse de noche, contrario a la habitual creencia de que «las chicas no deben andar solas tan tarde». Para Chiharu, la calma y parsimonia que otorgaban esas horas de caminar sin chocar gente con el instrumento a cuestas eran preferibles por sobre ir en hora punta, disculpándose a cada segundo y eludiendo gente que la miraba con expresión molesta.
El suéter enorme que llevaba puesto parecía no ser suficiente para el clima esa noche, frotándose los brazos con energía mientras apuraba el paso dando ligeros saltitos como acostumbraba a hacer desde niña para sacudirse el frío. Y fue a solo una calle de la estación Minato-ko, que reconoció su espalda.
Seamos sinceros, reconocería esa pose de caballo cansado pateando piedritas por el camino en cualquier lado. Ahora se había convertido en un ser hosco, malhumorado y gruñón, aunque en el fondo siempre lo fue. Chiharu sabía que en secundaria estaba haciéndose amiga de un futuro cascarrabias, por más que sonriera tanto como ella cuando sabía que no lo estaba mirando.
Sus piernas se movieron por ellas mismas, los borcegos color vino golpeando ligeros contra el pavimento como lo eran sus pasos. La espalda de Mitsui siempre había sido el blanco de muchos de sus saltos en secundaria baja.
«¡Piensa rápido!», gritaba antes de lanzarse contra sus omóplatos, escuchándolo insultarla a viva voz. Amaba hacer eso. Se sentía cómoda haciendo eso. Se sentía feliz haciendo eso.
Quizá por eso sus pasos se detuvieron, dejando que se alejara un poco, sin siquiera notar su presencia. Hisashi no era ese Hisashi.
El rostro desfigurado que la ofendió hacía semanas volvió a su mente, revolviendo su estómago. Sabía por Kogure cual era su historia, pero no podía entender como se había dejado caer tanto. ¡Estaba vivo! Mientras estés vivo, nada puede ser imposible. Mientras estés vivo...
«Prometo que no volverá a pasar...», le había dicho. Sonrió a su pesar.
Hisashi Mitsui medía un metro ochenta y cuatro. No era un monstruo como Akagi o ese bruto de Sakuragi, pero era considerablemente alto.
Imagínense lo ridículo que se vio a un sujeto tan enorme saltar como gato al que le pisas la cola y arrojas un pepino cuando Chiharu se le acercó con un sigilo dominante, parándose en puntas de pie y bajando la tonalidad de su voz a uno casi de muchacho.
—¿Qué hace un chico tan lindo como tú solo a estas horas?
El grito de Mitsui comenzó grave y gutural, traspasando las barreras del sonido hasta un alarido tan agudo como era histérico de gracioso. O al menos eso le pareció a la joven de claro cabello suelto por debajo de los hombros, que se sostuvo en sus rodillas mientras sus carcajadas se mezclaban con su casi nula respiración. La guitarra en su espalda se movía conforme los hipidos de risa y llanto cesaban, y la furia de Mitsui iba en ascenso. Como su grito.
—¡¿Qué mierda crees que estás haciendo, Chiharu idiota?! —gritó de un solo fiato. El rostro casi púrpura de la vergüenza y el odio. La espalda enorme, curvada hacia delante como un gran perro negro.
Chiharu dejó de reír histéricamente para enderezar los hombros, secándose las lágrimas con ambas manos y un chillido inentendible antes de mirarlo a los ojos. ¡Diablos, cuánto había extrañado esa cara!
—¿Para tanto susto? —le dijo, todavía con dificultades para respirar—. ¿Tan fea soy?
El rostro pálido sonrojado de tanto reír parecía iluminarse por las luces de las farolas a lo largo de la calle. La bufanda que tenía puesta cubría parte de su rostro, haciendo que el cabello enmarcándolo pareciera más espumoso de lo que él recordaba. Y esa sonrisa de costado que siempre le provocaba sensaciones tan dispares que podría meter la cabeza bajo el grifo helado ahora mismo.
«No. Eres hermosa, pero estás completamente loca...», fue lo que pensó.
—¿Qué demonios estás haciendo en la calle tan tarde? —fue lo que emergió realmente de sus labios, con los colores de su rostro volviendo a la normalidad.
—Saliendo de clases. Tú sabes, sigo yendo al lugar de siempre. —No tenía ninguna esperanza de que recordara el simple hecho de que tocaba la guitarra. Ni siquiera por verla cargar una. No tenía tantas expectativas en que...
—¿Con el mismo profesor aquí cerca? No sabía que seguías tocando.
Los ojos de Chiharu refulgieron de gusto. ¡Se acordaba!
—Claro que sí. Estoy preparando mi futuro de vagabunda tocando por monedas en la estación de Shibuya.
—¿Shibuya? ¿Por qué en Tokio?
—Me gusta soñar en grande.
Estaba molesto. No quería reír. Él estaba tranquilamente por la calle pacífica, ocupándose de sus propios asuntos cuando la rara de la guitarra, como siempre la habían llamado en secundaria, lo acosó. No quería reír. Pero tuvo que hacerlo, tapando su boca con una mano simulando una especie de estornudo producido para que no se diera cuenta del efecto que había tenido en él.
Comenzaron entonces a caminar, lado a lado, hombro a hombro. El altísimo muchacho observó de reojo que seguía ganándole por mucha altura, aun cuando ella había crecido.
Sus hombros seguían siendo pequeños y su cabeza algo desproporcionada con respecto a ellos.
«Eres tan cerebrito que hasta tu cráneo creció más de la cuenta», le había dicho una vez. Solo obtuvo una sonrisa enorme como respuesta, como cada vez que le contestaba. Porque así era con ella. No importaba lo que saliera de su boca, Chiharu siempre estaba feliz.
La situación no había cambiado, ¿cierto? Ella seguía siendo la misma. El mismo cabello brilloso, claro y tan suave que parecía el de un cachorrito. Los ojos grandes y expresivos, al igual que las pecas suaves en el puente de su nariz. La sempiterna trenza cosida en el lado derecho de su cabeza, la enorme hilera de arcillos en sus orejas y esa nariz de puente extraño, respingada como si estuviera siempre oliendo a limón.
Era la misma. O eso diría, si no hubiera captado ese momento. Ese segundo ínfimo en que sus ojos se nublaron en una bruma de dolor. Como si por ese instante, Chiharu hubiera abandonado su propio ser. ¿Qué mierda fue eso?
—¡Lo olvidé! —gritó de pronto.
Mitsui odiaba cuando hacía eso. «¡Avisa si vas a saltar como resorte descompuesto, enana molesta!», quiso decirle, aunque finalmente no lo hizo.
—¿Cómo les fue en el partido contra Sumino? Kogure-kun me dijo que era hoy.
—Ganamos —respondió seco.
«Les rompimos el trasero, en realidad...», completó en su cabeza. Pero sería alardear demasiado. No es que le costara demasiado alardear.
—¿En serio? ¡Me alegra mucho, Mitsui-kun!
«Mierda, ¿hasta cuándo vas a llamarme así?».
Chiharu lo había llamado Hisashi-kun desde la tercera semana del primer año en secundaria baja. Ni siquiera le había pedido permiso. Era la única que lo llamaba por su nombre, y él jamás la corrigió. ¿Cómo podría corregir a una bola de energía lumínica que lo dejaba ciego? Para el cuarto día, ya se había acostumbrado y, francamente, no le molestaba.
Por eso, que ahora lo llamara por su apellido era algo muy similar a que le rompieran el abdomen a patadas. Era volver a foja cero, o a números negativos.
—Gracias, Chiharu... —contestó entre dientes. Siguió caminando.
El camino a casa era conocido por ambos. No vivían realmente lejos uno del otro, solo a unas pocas estaciones de tren. Pero el primer trayecto en transporte público coincidía, y ambos pensaron para sus adentros que era gracioso que ninguno de los dos siquiera lo mencionara.
Serían las nueve y media de la noche cuando tomaron el tren hacia las afueras. Los asientos vacíos por el horario se equiparaban por unos pocos pasajeros mayores de edad. Los miraban curiosos. Eran dos chicos en edad escolar, y una de ellas una hafu con guitarra. No parecían ver eso todos los días.
Mitsui nunca había podido hacer nada contra las miradas indiscretas hacia ella. Tampoco Chiharu parecía contestarlas. Siempre la había visto incómoda, pero parecía estar acostumbrada. Por eso, quizá, se dirigió a él con ese ánimo.
—¿Y qué se siente?
—¿Qué se siente de qué?
—¡Pues haber vuelto! —le dijo como si señalara lo más obvio del mundo.
Mitsui pestañeó varias veces mientras veía su rostro sonriente ante él. Buscaba sarcasmo en ella, el que siempre usaba para dirigírsele. No había nada. Estaba siendo totalmente sincera, y esa frontalidad era avasalladora.
¿Qué se siente? ¿Qué se siente haber vuelto? ¡Se sentía como la puta gloria! Se sentía como vivir. Se sentía como respirar. Como saber qué hiciste algo bien luego de cagarla durante años. Se sentía...
—Se siente bien —respondió con una media sonrisa, bajando con ella en la estación Tokawa, dos antes que la suya.
Chiharu pestañeó varias veces, enfocando sus ojos en él en cada caída de párpados, como si estuviera leyéndolo con rayos x.
Esa media sonrisa estirando la barbilla cicatrizada era la misma que usaba para ocultar su entusiasmo excesivo. Hisashi Mitsui solo hacía eso cuando estaba realmente feliz.
—En verdad... —le dijo. Mitsui la miró mientras caminaban fuera de la estación, deteniendo sus pasos. Las luces pálidas la hicieron brillar—; en verdad estoy muy feliz por ti.
Y ahí estaba esa sonrisa de nuevo. La sonrisa amplia y repleta de dientes. La sonrisa que rejuvenecía su rostro al de una niña. Y por un microsegundo, ahí estuvo esa bruma de nuevo. Aunque fue tan insignificante que quedó opacada por la risa ahogada en su garganta.
—Gracias, Chiharu.
Mitsui volvió a caminar, dando varios pasos antes de darse cuenta de que ella no había dado ninguno. Volteó con una ceja levantada, sin comprenderla. La media sonrisa plasmada en sus labios lo confundió aún más. Su voz se escuchó divertida en la soledad de la estación rodeada de verde.
—Te bajaste antes, ¿lo sabías?
—¿Qué?
—Vives dos estaciones más adelante.
—¿Y cómo mierda sabes eso? ¡No tienes idea de dónde vivo!
—¿Te mudaste desde secundaria baja?
—No.
—¡Entonces vives dos estaciones más adelante!
Esto no iba a ningún lado...
—Cierra la boca y camina, Chiharu. Quiero ir por aquí.
—Por ahí está mi casa. ¿Me quieres acompañar porque es tarde?
Chiharu tenía un método infalible para sacar al pobre Mitsui de sus casillas, y era algo que se había mantenido incólume con el paso de los años.
—¡Se me cantan las pelotas ir por ese camino —explotó colérico—, así que iremos juntos!
La muchacha disimuló como pudo una sonrisa. Le gustaba ese Mitsui, le recordaba tanto al chiquillo impetuoso de secundaria... Por eso, asintió con la cabeza sin dejar de mirarlo.
—De acuerdo, Mits...
—Basta con eso —la interrumpió sin poder contenerse más.
—¿Eh? ¿Con qué?
—Me llamaste Hisashi-kun toda la secundaria. Me comporté como un imbécil, pero ya está bien con eso de usar mi apellido. Basta.
Y se lo dijo. Corto, al pie, al hueso. El rostro de Chiharu lo miraba como si se tratara de un oso de felpa con una guitarra colgando en su espalda, pestañeando repetidamente, buscando señales de vida en él. Sentía el rostro acalorado y estaba seguro de que se reflejaría en el color de su cara. Odiaba cuando eso ocurría, pero estaba harto.
Entonces, en medio de esa bruma de aire fresco con aroma a otoño, ella rio. Rio con fuerza y casi dando un ligero salto sobre sus borcegos. ¿Sus piernas siempre fueron tan delgadas?
—¡De acuerdo! —le dijo.
¿Qué mierd...?
—¿Qué?
—Te llamaré Hisashi-kun. Solo estaba esperando a que me lo pidieras.
Dicen que siempre hay emociones dispares cuando algo inesperado ocurre. Pueden ser similares, un poco más alejadas en el espectro, o absolutamente opuestas. Esa última opción fue la que eligió el alto muchacho para ponerse púrpura del odio, respondiendo con gruñidos y sintiéndose como se siente alguien en el mejor día de su vida.
—No te pedí nada —masculló girando la cabeza hacia el lado contrario—. Solo te dije que lo hicieras.
—No hay diferencia y lo sabes, Hisashi-kun. —Era divertido picarlo.
Mitsui bufó con evidente frustración.
—Haz lo que quieras, Chiharu. —Hizo un gesto brusco para que lo siguiera—. Vamos, es tarde.
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La noche había caído sobre Kanagawa cuando Hanamichi Sakuragi se marchó murmurando cualidades no muy favorables sobre Takenori Akagi.
¿Cómo se atrevía a menospreciar al genio Sakuragi? Se creía la gran cosa, ese estúpido Gorila. Con su gran cuerpo, habilidades y rol de capitán ¡Claro que no! ¡Él era el verdadero genio!
Y, aun así, había tenido la decencia de acercarse a él para pedirle consejos porque no poder demostrar su potencial lo tenía preocupado. Salir por cinco faltas en cada partido lo estaba volviendo loco, y Akagi no lo había ayudado para nada.
«¡Estúpido!», lo había llamado. «No se puede entrenar para no cometer faltas. En la defensa lo más importante es detener al rival, y por eso te exijo tanto que aprendas a moverte con lo básico. Cometiste veinte faltas en cuatro partidos, todas en el primer tiempo. Si no te das cuenta solo del por qué, no puedo ayudarte».
Ese azote de puerta en la cara había dolido más de lo que quería aceptar. ¡Gorila estúpido! Se había atrevido a burlarse del gran Hanamichi Sakuragi, del genio indiscutido...
Porque era un genio, ¿verdad?... ¿Verdad?...
Nunca supo por qué sus pasos lo guiaron lejos del camino a su hogar esa noche de tardía primavera. Por qué sus piernas caminaron solas hasta Shohoku, pasando por las puertas abiertas y dirigiéndose por instinto a donde se encontraba el gimnasio del equipo de baloncesto.
En ese instante, las luces encendidas alertaron a Hanamichi que no solo él había tenido la idea o el instinto puro de acercarse hasta ahí. Y caminando casi a hurtadillas, abrió las pesadas puertas de metal para ver al intruso que usurpó su lugar y sus pensamientos.
Los movimientos de Kaede Rukawa eran un poema escrito por el virtuosismo y la agilidad. La velocidad de sus pases del balón de mano en mano por entre las piernas y el vaivén de sus caderas que parecía una danza solitaria le perforaron el pecho en admiración y odio, de la casta más pura.
El cerebro de Hanamichi Sakuragi se iba friendo segundo a segundo que el cuerpo sudado del estúpido zorro corría de punta a punta en la duela, jugando contra un adversario invisible y siempre ganándole.
El cabello negro, empapado en transpiración caía sobre su rostro marfileño desteñido en un tono amarillo por la intensidad de las luces encendidas contra la noche profunda que yacía puertas afuera, justo donde él estaba.
Y entonces, el pelirrojo lo notó. Notó el uniforme rojo y negro que llevaba puesto, dándose cuenta de que Rukawa jamás se había ido a su casa desde esa tarde, donde vencieron a Sumiro. Vencieron, nunca mejor dicho. Ellos vencieron. Rukawa, Mitsui, Miyagi, Akagi y Kogure, vencieron. Porque él no había podido hacer absolutamente nada, ya que estaba fuera del juego a los quince minutos de comenzado el primer tiempo.
Vio al pálido muchacho de delgada contextura lanzar el balón hacia el tablero, corriendo hacia él y tomándolo en el aire, clavándola de espaldas en un espectáculo que muchos hubieran pagado por ver. Y él lo había tenido en primera plana.
Las manos le temblaron tanto que no supo cuando se habían contraído en dos puños cerrados tan firmes como si fueran de roca. Cuando sus dientes rechinaron y mucho menos, cuando abrió la puerta de golpe.
Rukawa detuvo su juego solitario cuando vio el rostro teñido de rojo tras la puerta de hierro. No esperaba verlo ahí, más cuando hacía horas que jugaba por su cuenta para quemar energías y mejorar sus movimientos.
No esperaba tampoco que gruñera dando un paso al frente, gritando como lo hizo.
—¡No van a volver a expulsarme! ¡Ya verás, Rukawa!
Y así como vociferó todo fuera de su cuerpo se retiró, azotando de paso la puerta como si fuera de papel.
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El quinto día del torneo llegó, con un aire totalmente distinto a lo que venían respirando en partidos anteriores. Tenía sentido que todas las butacas estuvieran repletas y el Ejército de Sakuragi tuviera problemas para encontrar un asiento. Incluso a Haruko, Fujii y Matsui les había llevado un tiempo sentarse juntas.
Cuando miraron hacia el lugar donde se gestaba la mayor porra que hubieran oído, se dieron cuenta de por qué: todos los jugadores de Shoyo que no estaban en la banca y ni siquiera llegaban a suplentes, se habían convertido en porristas. Los gritos ensordecedores parecían acallar por completo sus sentidos.
Y es que esos alientos llegaban hasta el bajo tribuna, donde el profundo pasillo de luces blancas llevaba hasta los vestuarios separados de los equipos participantes del torneo.
—Shoyo no es como los equipos que hemos enfrentado hasta ahora —dijo Takenori Akagi con el rostro en un rictus serio. Los brazos cruzados sobre el pecho y la espalda muy recta.
El vestuario de Shohoku sentía la presión desde que habían ingresado al estadio, y la confianza que tenían después de ganar partido tras partido.
Sabían que esto iba a ser distinto. Desde Rukawa sentado en un rincón, tan sereno que parecía dormido, hasta Miyagi jugando con un balón en sus manos.
—¿En serio le tienen tanto miedo a Shoyo? Parecen bebés.
La voz de Mitsui cortó el aire como una cuchilla afilada. Los botones de Akagi y Sakuragi se presionaron en pos de matarlo.
—¡Cierra la boca, Mitsui!
—¡¿Y a dónde crees que vas?! —chilló el pelirrojo.
—¡A cagar! —gritó volteando el cuello como un látigo. El silencio en el vestuario duró solo hasta que cerró la puerta tras de sí.
Estaba nervioso. Y todos lo sabían.
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Hisashi Mitsui era una persona experimentada en el deporte. Fueron dos años sin jugar, pero esos cuatro partidos habían revivido su espíritu y avivado el fuego que estaba dormido. El número catorce de Shohoku había sido el MVP de Takeishi, y ese orgullo permanece. Como los recuerdos de sus momentos antes de los partidos jugados. Y por eso Mitsui estaba tan molesto mientras permanecía sentado en el sanitario, esperando a que su organismo decidiera dejar salir sus nervios en forma de deshechos.
¿Acaso realmente estaba nervioso porque era Shoyo? ¿Desde cuándo se ponía así? ¡Era el gran Hisashi Mitsui! Shohoku no iba a perder mientras lo tuvieran en el equipo, como tampoco permitiría nunca, jamás, que no consiguieran su paso a las intercolegiales. Imposible, no lo permitiría, no después de la charla que había tenido con el profesor Anzai.
No después que el anciano le había dicho con una sincera sonrisa en su regordete rostro: «estoy feliz de que estés aquí, Mitsui-kun».
Esas habían sido las palabras más hermosas que alguien le había dicho alguna vez en su vida, y las más necesarias que le habían hecho llegar en el momento preciso. Su corazón pudo derretirse un poquito. Por eso no importaban los nervios, y no importaba nada más. Él era Hisashi Mits...
—Ese número catorce es el antiguo MVP de Takeishi, ¿verdad?
—Sí. No lo había visto en estos dos últimos años, me sorprendió saber que va a jugar ahora.
El muchacho pestañeó varias veces al reconocer las que serían probablemente, voces de los jugadores del equipo de Shoyo. ¿Hablando de él? ¿Preocupándose por él? Bueno, no podía evitar que dentro de ese pequeño cubículo donde se hallaba recluido por sus necesidades fisiológicas, se sintiera estúpidamente orgulloso de eso.
Porque ese era el primer componente en el espectro de la personalidad de Hisashi Mitsui. El orgullo que lo mantenía siempre de pie.
El muchacho era plenamente consciente de sus habilidades y estaba seguro de ellas, lo suficiente como para pararse con superioridad contra otros jugadores. Y quizá ese orgullo fue lo que le hizo reaccionar pateando la puerta con violencia y saliendo despedido hacia la salida con plena intención de comerse vivo al autor de la frase «no permitiré que anote más de cinco puntos».
¿Cinco puntos? ¿Cinco? Era un tirador de tres. Su mejor arma, lo que lo definía dentro de un equipo. Ese era el insulto más grande que podrían haberle dado, y ni siquiera tuvieron los huevos de decírselo en su cara. Quienquiera que fuera ese cinco de Shoyo, se lo iba a pagar en grande cuando se enfrentaran en la cancha. Hisashi Mitsui se iba a encargar de eso.
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Chiharu había llegado al estadio con suficiente tiempo y aun así estaba mirando hacia todos lados en busca de un asiento con suficiente visibilidad para ocupar. Quizá debería haber salido antes de casa, pensó. Y bajando entre las gradas tratando de ignorar los cuchicheos de unas niñas de Shoyo a las que le había llamado la atención la curvatura del puente de su nariz, fue que notó un lugar vació. Dos lugares vacíos. ¿Tres? Pero esos asientos eran buenísimos, ¿acaso estarían reservados? Y acercándose dos pasos más, lo notó.
El altísimo muchacho de gruesa contextura física y cara de pocos amigos que estaba cruzado de brazos sentado muy derecho, parecía ahuyentar a todos los que trataban acercarse y tomar asiento con el solo impulso de su aura.
Momento... Conocía esa cara. ¿De dónde? ¿En la calle? ¡No!, esa camiseta de manga corta era de Shohoku. ¿Lo habría visto en clase? ¡Piensa, Chiharu tonta...! ¡Ah, Hisashi! ¡Claro! ¡Ahora lo recordaba todo! Ese muchacho y los otros dos que estaban a su lado estaban siempre con Hisashi cuando lo veía desde el aula, cuando aparentemente salía a fumar a escondidas al parque. Tenía sentido que fueran amigos. Debía admitir que esa cara larga era capaz de aterrarla si no había suficiente luz. Pero el muchacho estaba en primera fila en un partido de baloncesto. Claramente, estaba apoyando a su amigo.
Eso era lo suficientemente tierno como para llevar su delgado cuerpo hasta él, sonriendo con la cabeza ladeada y señalando el asiento vacío a su lado.
—Disculpa... ¿puedo sentarme aquí? —fue lo que Norio Hotta oyó a su lado, volteando el rostro como un enorme robot de cartón.
No estaba acostumbrado a que nadie le pidiera la hora, siquiera. ¿Quién le preguntaría algo a un sujeto con una apariencia tan intimidante?
Por eso, el que una chica le hablara superaba todas sus expectativas. Los enormes ojos castaños lo estaban mirando directamente a los suyos, así que no había duda de que era el destinatario de su pregunta. ¿Por qué querría sentar...?
—Sí, está libre.
—¡Qué bueno! No sabía que había tanta gente, creo que me confié.
Definitivamente, había algo que no cuadraba en la mente del alto muchacho y de sus amigos, sentados junto a él. Y algo hizo contacto cuando su cerebro sumó las variables que lo estaban volviendo loco desde que notó la textura y color de su cabello.
Había visto ese peinado antes. Había notado esa sonrisa en otro lugar. Esa era la chica con la que Mitsui solía cruzarse en los pasillos. La chica que su amigo salía a buscar por más que le dijera que «no lo estaba haciendo, y que dejara de joderlo». Ese rostro era inolvidable para un japonés.
¿Qué hacía ahí? ¿Acaso había ido a ver a Mitsui? ¡Se iba a poner loco de contento! Aunque jamás en la vida lo fuese a aceptar. Su amigo era un buen tipo, pero siempre bajo capas, capas y capas de un carácter de mierda.
—E-eso parece.
—Entonces, ¿vinieron a animar a Hisashi-kun? ¡Qué buenos amigos son!
Hanamichi Sakuragi era, a la vista de todos menos la suya, un principiante. Uno con promesas de futuro, seguro. Pero un principiante al fin y al cabo.
Y la realidad era que, pese a su extrema confianza en sus habilidades y el hecho de que se llamara a sí mismo como Genio, estaba aterrado.
Los últimos partidos habían sido brutales para su orgullo, y no había alcanzado a superar los veinte minutos sin salir por cinco faltas. Las burlas hacia su persona eran tan grandes que ni siquiera podía enfadarse, porque estaban justificadas. Y lo peor de todo, era que le estaba dejando el punto libre a ese maldito zorro de Rukawa para que conquistara el corazón de Haruko.
Por eso, mientras salían de los pasillos internos hacia la cancha principal, mientras sentían los gritos de los porristas de Shoyo y las voces de sus amigos llegaban a él, se prometió a sí mismo no cometer esa cantidad. Hanamichi Sakuragi no cometería faltas. No en este partido tan importante. No cuando el Gori acababa de darles una lección de lo que significaba ganarle a este equipo de gigantes dirigidos por un suplente.
Él iba a ser el salvador del equipo.
—Muévete, torpe... —escuchó a su costado, sintiendo cómo un hombro helado lo chocaba como corriéndolo del medio. Por un instante, se sintió un bulto que estorbaba en el camino.
Y lo vio.
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Kaede Rukawa estaba acostumbrado a los partidos. No era una persona que tendiera a ponerse nervioso, y si lo hacía, no lo demostraba. Pero la realidad era que el novato sensación de ese año utilizaba esa adrenalina a favor de sus intereses.
Lo que a otros resultaba un factor paralizante de sus músculos, a él lo hacía hervir por dentro y desear que ese silbato inicial sonara pronto.
Había tantas voces agudas gritando su nombre como porristas masculinos en el equipo contrario, y él no escuchaba nada más que su propia respiración. Él solo quería ganar, solo había ido para ganar.
Por eso miraba ahora con el rostro impávido a ese imbécil pelirrojo que le había puesto su apestosa nariz a centímetros de la suya.
«¿Qué rayos quieres, idiota? El partido va a comenzar. ¿No te enteraste de quién es tu enemigo el día de hoy? No me estorbes, imbécil...»
Ahí estaba, el número seis de Shoyo. Kazushi Hasegawa, y sería su marca.
«No lo dejaré anotar más de cinco puntos», lo había oído decir y dar la vuelta a la esquina del pasillo antes de que él pudiera alcanzarlo. El ardor en la boca de su estómago era odio, ¿verdad? No, no era eso. Había sentido odio demasiados años de su vida como para confundir ese sentimiento horrible.
Era molesto, era desagradable, pero no era odio. Torció la boca hacia un costado sin quitarle los ojos de encima. Iba a enseñarle quién era en realidad Hisashi Mitsui, el MVP de Takeishi y que ahora había vuelto al baloncesto. El jugador que haría llegar lejos a Shohoku en su última oportunidad para los Nacionales estando en tercer año.
Y en eso pensaba cuando la voz que menos esperaba oír ese día, sonando tan clara y fuerte como en sus recuerdos. En la misma situación, en el mismo tono, con la misma potencia de un tsunami.
—¡Ánimo, Hisashi-kun! ¡Demuéstrales quién eres!
No sabía si era más molesta que agradable, pero como fuera, resultaba sorprendente.
—¿¡Q-qué rayos haces aquí!?
—No me esperaba una lluvia de cariño —replicó la muchacha, inflando las mejillas—, pero eso sí me dolió. Si tanto te molesta, me largo.
—¡No te dije nada sobre eso!
—¿Entonces te alegra verme? —Su sonrisa era deslumbrante.
Demasiado deslumbrante. Como siguiera mirándola, iba a terminar ciego.
—¡Haz lo que quieras, Chiharu!
Y entonces, el partido comenzó.
