CAPÍTULO 8: COMO MIRAR LA LUNA
Takenori Akagi
Ryota Miyagi
Hanamichi Sakuragi
Kaede Rukawa
Hisashi Mitsui
La alineación inicial de Shohoku eran sus armas más poderosas. Todo lo que poseían había sido arrojado desde el inicio del partido, demostrando que no tenían miedo y que iban a ganar o ganar.
Los gritos y alientos que emergían en las porras de Yohei Mito y sus amigos parecieron incrementarse cuando Hanamichi tocó el balón por primera vez, y es que esa energía era totalmente diferente a la que había sentido hasta ese momento. Sakuragi era un luchador, y como tal sabía perfectamente cómo identificar a un guerrero frente a él. Por un momento, los cinco gigantes de Shoyo le parecieron unos monigotes estúpidos, pero con un espíritu de lucha tan fuerte que resultaba muy difícil de asimilar.
¿El número ocho sería su marca? Bien, adelante. Mierda, era más alto que él... ¿Todos en este equipo de pacotilla eran más altos que el Jefe Simio?
Takenori Akagi tenía sus propios problemas como para concentrarse en lo que hacía ese pelirrojo idiota (pero totalmente necesario) de Sakuragi. Su oponente en el partido sería Tooru Hanagata, uno de los mejores centros del estado. Parecía tener un cuerpo tan enorme como ágil, y no le estaba haciendo sencillo el poder moverse para ayudar en los saltos y conseguir los rebotes.
Sabía que este partido iba a ser difícil, lo presentía y esperaba que así fuera. Pero vivir en carne propia la presión de un jugador como Hanagata lo estaba llevando al límite, y el partido recién comenzaba.
Y finalmente, Hisashi Mitsui levantó la cabeza para mirar a los ojos al tipo que tan poco felizmente lo había ofendido pocos minutos antes. ¿Él? ¿Este era el sujeto que iba a impedir que Hisashi Mitsui metiera más de cinco puntos?
«¡No me hagas reír!», pensó estirando los labios mientras lo pasaba, recibiendo el pase de Miyagi y lanzando desde la línea de tres.
Ahí estaba, ese sonido a lluvia que le indicaba lo que él ya sabía. Que iba a entrar. Porque así era cada vez, Mitsui sabía perfectamente cuando un tiro iba a pasar la red con ese ruido que lo llevaba al éxtasis, y que comenzaba con la confianza que tenía en su propio cuerpo. Un cuerpo que, muy profundamente esperaba, resistiera los cuarenta minutos de juego.
Había una realidad sobre el equipo de baloncesto de la preparatoria Shoyo, y era la siguiente. Era un Club extraño y difícil de comprender.
La cantidad de alumnos que se disputaban una banca entre los jugadores destinados a una camiseta eran muchos. Pero eran más aún los que lograban ser titulares. Quienes estaban en la cancha en este momento eran todos de tercer año. Y eso era algo que Mitsuyoshi Anzai sabía perfectamente: porque los niños que habían enfrentado a Kainan hace dos años no eran tan altos, y aún cuando el año pasado habían conseguido la segunda silla para salir a los Nacionales, ahora eran casi adultos con nadie menor al metro noventa. Esa era la fuerza del equipo Shoyo.
Esa, y la que secretamente estaba sentado pacientemente en la banca, con la chaqueta del Club sobre los hombros y una mirada serena de hielo que dirigía a sus compañeros sin necesidad de hablar.
—Kenji Fujima... —murmuró el anciano. Ayako levantó una ceja extrañada, mirándolo de soslayo—. Con él realmente tendremos que tener cuidado cuando salga a jugar.
—No comprendo, profesor... ¿Por qué un equipo como Shoyo no tiene un entrenador propio? —preguntó la hermosísima manager con total sinceridad.
Si tan solo un entrenador pudiera hacerse cargo del equipo, Fujima podría dejar de cumplir dos roles y concentrarse. Quizás así, el equipo podría jugar a todo su potencial. Y es que era mucho más de lo que demostraba en cancha, incluso en ese momento.
—¡Falta! ¡Número diez, Shohoku!
Sakuragi hundió los hombros como si llevara una mochila pesada y su rostro pareció tomar tonalidades azules. Podía escuchar las voces de sus compañeros recitar sus pensamientos en voz alta.
—Hanamichi Sakuragi... Ya comenzaste.
—Ya llevas una.
—A ver cuantas más logras.
—¡Cierren la boca, desgraciados! —espetó a punto de avergonzarse por la furia.
—Apresúrate a salirte del juego, torpe.
—¡Cállate, Rukawa!
Noma se tomó el estómago como si hubiera comido de más y ahora experimentara un dolor agudo. La risa contenida no tardaría en salir a borbotones.
—Hanamichi ya empezó con las faltas.
—Esto no va a durar mucho —respondió Ookus con una actitud similar.
Haruko volteó el rostro pálido lleno de preocupación y reproche. Esos chicos le caían realmente bien, pero eran muy crueles a la hora de tratar con el pobre Hanamichi. Las voces y gritos a su alrededor la obligaron a subir el tono, que sonó más agudo que de costumbre al dirigirse a ellos.
—¡No sean tan malosl! Sakuragi ha estado practicando muchísimo para evitarlas. Debemos tener fe en él.
—Tienes demasiada confianza en la gente, Haruko. Especialmente en Hanamichi.
Mitsui comenzaba a darse cuenta de quién era ese imbécil frente a él, y supo que no debía subestimarlo. Sus movimientos no eran al azar, ninguno de ellos. Prácticamente estaba controlando una a una todas sus respiraciones, cercándolo de tal forma que no podía desplazarse libremente.
El muchacho sabía perfectamente que el básquet de preparatoria era distinto al de secundaria. Eso es lo que él esperaba encontrar cuando comenzara a jugar en Shohoku antes de que su vida entera se fuera al bote de basura. Pero esto era algo que no esperó. Algo que parecía estar superánd...
—¡Muévete, Hisashi-kun!
«¿Qué crees que estoy haciendo?, Chiharu, tonta...»
¡Claro que estaba tratando de quitárselo de encima, maldita sea! ¡Hacía rato que venía tratando de hacer lo mismo! ¿Como se suponía que iba a demostrar su valía en ese partido si este imbécil apenas lo dejaba res...
—No subestimes el baloncesto de preparatoria —le dijo.
¿Eh? ¿Qué? ¿De qué mierda estaba hablándole?
—¿Qué mierda...?
—No trates de tirar a menos el esfuerzo de los que amamos este deporte...
Mitsui sintió que su mente quedaba en blanco cuando saltó con el balón y le fue arrebatado de las manos por un bloqueo perfecto. Fue como si le robaran parte de él con ese movimiento.
¿Por qué? ¿En qué momento? El partido estaba comenzando, ¿acaso estaba cansado? ¡Claro que no! Él era Hisashi Mitsui. El gran Hisashi Mitsui. ¿Cómo podría siquiera estar cansado? ¡Claro que no lo estaba!
Y por eso, iba a demostrar quien era. De lo que estaba realmente hecho y su valía dentro del equipo.
Ryota Miyagi había desafiado a Kenji Fujima con jugada tras jugada donde burló a todos sus jugadores gigantes con su metro sesenta y ocho de altura, llamándolo a que entrara.
En ese despliegue de habilidad y veloces pases, era donde entraba realmente Mitsui.
Él era la piedra angular de todo. Quien recibía los pases desde fuera de la línea de tres y lanzaba con precisión hacia el tablero.
Era el antiguo MVP de Takeishi, quien llevó a su equipo a ganar los nacionales en secundaria dos años atrás. Y el nombre de Hisashi Mitsui comenzó a rodar por las lenguas de todos los presentes, reconociéndolo pese a los bruscos cambios de su cuerpo y apariencia.
—¿Acaso es Hisashi Mitsui?
—¡Si! ¡Es el MVP de Takeishi! ¡Creí que había desaparecido!
—Vaya, lo recuerdan después de todo —murmuró Chiharu sentada junto a Norio Hotta. Los otros tres muchachos pestañearon casi al unísono cuando se estiraron hacia ella con el rostro repleto de preguntas.
—¿Acaso conoces a Mit-chan desde secundaria, Nijiyama-san?
«¡¿Mit-chan?! Pfff...»
—Sí, desde primero de secundaria —respondió atragantándose con su propia risa.
—No me imagino a Mit-chan jugando en aquella época, no importa cuánto lo mencionen.
Chiharu acentuó su sonrisa, cabeceando hacia delante y hacia atrás.
—Como ahora, pero con un corte de cabello horrendo y menos cara de pocos amigos —explicó.
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—¡Shohoku es un gran equipo! El super novato Rukawa, el base Miyagi, el enorme Akagi y ahora el MVP Mitsui. ¡Con razón son tan buenos!
«¡¿Qué?! ¡¿Y qué hay de mi?! ¡¿Acaso nadie ve al talentoso Sakuragi en la cancha?!», era todo cuanto el pelirrojo podía pensar mientras los murmullos intensificados por la acústica del estadio llegaban a él. Hanamichi Sakuragi comenzaba a impacientarse. Casi terminaba la primera mitad del partido y él solo había podido lucirse con un tiro a la canasta, cuya gloria se la había llevado el egoísta de su amigo Ryota. Según el Gorila, lo bueno de esa jugada había sido la asistencia, y por eso ni siquiera la propia Haruko le dio atención a su increíble tiro sencillo.
Tiro sencillo, y una mierda... Necesitaba hacer una clavada para poder demostrarle a todos quién era. Tenía que clavar el balón frente a todos para hacerles entender que él era el genio y no ese zorro imbécil que no paraba de lucirse, solo por tener un poco más de experiencia. ¡Quién se creía! Con esos movimientos cuidados de baile y esa mirada asesina y esos tiros perfectos. ¡Maldición! ¡Hasta sus porristas eran insoportables! ¡Exactamente igual que él! ¿Y ahora qué mierda quería? ¿Por que lo estaba mirando fijo?
—¿Acaso no vas a correr, tarado? —le dijo con su habitual rostro parco.
Una furia helada desde su estómago subió como flamas de hielo hasta su garganta. Llevaba dos faltas en su contra y solo un tanto insignificante.
—¡Cállate, Rukawa! ¡No me des órdenes! —respondió lleno de hostigamiento.
Encima de todo, estaba ese gordito bobo. ¿Qué rayos había querido decir con que él «se encargaría de los rebotes»
«Sakuragi-kun, tú dominarás los rebotes».
¡Los rebotes no servían! ¿Por qué tanto el gordo, el Gorila e incluso la inocente Haruko le decían eso? ¡Los rebotes no son visibles ni tampoco impresionan al público! ¡El quería resaltar! Él quería demostrar ser el mejor. Él...
—¡Un rebote! —oyó gritar al capitán Akagi. Y su vista se centró en el balón.
Bien. ¿Querían un rebote? ¡Vamos por él!
Y así fue.
Todo ese entrenamiento obligatorio con el bruto de Takenori Akagi gritándole a toda hora lo había puesto en conocimiento de cómo tenía que saltar. Pero la realidad era que no había sido lo suficiente como para poder ganarlos todos. ¡No importaba! Él era el genio Sakuragi, y si tenía que resaltar así para luego romper el récord de Rukawa, lo haría.
Ese rebote ganador en la canasta más importante del primer tiempo fue lo que le demostró a Shoyo que había dos cosas que no podían evitar controlar. Los triples de Hisashi Mitsui, y al Rey del Rebote Hanamichi Sakuragi.
Mitsuyoshi Anzai estaba orgulloso del equipo que consiguió formar. Eran, de hecho, un grupo de chicos problemáticos. Pero en la cancha eran simplemente funcionales entre ellos de una forma que jamás había visto. ¡Y era solo el comienzo!
Por eso sonreía bajo su tupido bigote blanco como la nieve cuando Sakuragi ganaba rebote tras rebote, aún cuando parecía estar tan ensimismado con anotar un tanto que casi metía la pata hasta que Akagi salvaba las papas del fuego.
Sakuragi era, ante todo, un principiante. Y el anciano sabía que era cuestión de tiempo hasta que Fujima lo supiera. Pero mientras tanto, su equipo era fuerte. Tanto, que el marcador quedó 35 - 36 a favor de Shohoku.
Ellos eran fuertes.
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Para comprender lo que ocurrió después de ese momento de gloria para Shohoku, es necesario saber algo sobre Kenji Fujima.
El muchacho era un jodido genio de dos caras. Una pacífica, fría y analítica para cuando estaba sentado en la banca oficiando como entrenador. La otra era totalmente diferente. Era la que utilizaba cuando salía a jugar, en contadas ocasiones, sólo cuando necesitaban su ayuda.
Por eso todos contuvieron el aliento cuando el muchacho se levantó de la banca, arrojando su chaqueta a un lado con un gesto elegante, y caminó hacia la duela con rostro rígido. Desde ese momento, todo comenzó a irse a la mierda.
Fujima era increíble. Un haz de luz totalmente refrescante que parecía animar a sus compañeros con una simple palmada en el trasero y una sonrisa aniquiladora. Ryota Miyagi supo por qué peleaba con Shinichi Maki por el puesto número uno de los bases de Kanagawa.
Y su entrada al juego confirió entonces lo más temido por el pelirrojo y tal vez, todos sus compañeros: su tercera falta.
—Ahora... ¿recuerdan lo que les dije al principio del partido? —fue la pregunta del profesor Anzai antes de que el silbato sonara nuevamente luego del tiempo muerto pedido por él.
—¡Nosotros somos muy fuertes! —gritaron al unísono.
Anzai sonrió. No se les había olvidado. Y los cambios en las marcas debían ser de utilidad ahora que volverían a terminar la segunda mitad.
Uno a uno, los muchachos volvieron a la cancha, y sus ojos se posaron en Mitsui. En sus pasos ambiguos y en la forma en que su enorme cuerpo parecía tambalearse. ¿Cuántas bebidas había tomado?
Kogure frunció en ceño a su lado. Había visto a su amigo salir a jugar todos esos partidos, pero ninguno había sido tan estresante como ese. Hasegawa lo había marcado de tal forma que apenas había podido librarse lo suficiente para tirar.
Mitsui estaba...
—A-algo le pasa a Mit-chan... —murmuró Norio Hotta, con el rostro teñido de preocupación.
El lenguaje corporal de su viejo amigo parecía indicarle que algo no estaba bien. Los partidos que secretamente habían visto escapándose de clases no eran así. No comenzaban tan encarnizadamente a los pocos minutos y parecía drenar la energía del número catorce de Shohoku.
—Está cansado... —respondió la joven a su lado.
El alto muchacho la miró de reojo. El hermoso rostro pálido tenso al igual que sus manos sobre el barandal de hierro que daba al vacío sobre las gradas. ¿Tan preocupada estaba?
Chiharu volvió a mirar hacia la cancha, donde yacían los alientos de Kogure. El rostro de su amigo no parecía dar un buen augurio. Tampoco el de Ayako o el del entrenador Anzai, sentado derecho en el borde de la banca.
Mitsuyoshi Anzai sabía perfectamente que Mitsui estaba agotado, drenado, pero no podía permitirse sacarlo del juego. Los jugadores clave de este partido eran él y Sakuragi. En ellos confiaba y pasara lo que pasara, no podía pedirles que descansaran. El partido estaba comenzando nuevamente.
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¿Qué mierda estaba pasando? ¿Por qué su cuerpo ahora dejaba de responderle? ¿Era una broma de mal gusto?
Este sujeto... ¿de verdad lo había enfrentado en sus días de secundaria? No era posible. Recordaría estos movimientos. ¡Estaba encajonándolo! Todas las jugadas de este número seis eran exclusivamente para detenerlo. Desde ese bloqueo hasta su marca que impedía nuevos pases.
Akagi había sido claro cuando le dijo que «todos le pasarían el balón para que anotara de tres puntos, así que se despertara».
Maldito Akagi... Al fin sus habilidades habían crecido lo suficiente como para soportar esa enorme boca que siempre tuvo. Claro que lo sabía. Sentía la confianza de todos en el equipo puesta en él. Por eso era desesperante tener a este sujeto siguiéndole los pasos como una sanguijuela que no podía despegarse de la piel.
¿Por qué no recordaba siquiera su rostro? ¿Quién era en secundaria baja?
—Hisashi Mitsui... —lo oyó decirle. Pestañeó varias veces antes de volver a oírlo hablar—. No puedes vencerme.
—¡¿Qué?! —La voz se le atragantó en la garganta cuando ese insulto llegó a sus sentidos.
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El silbato sonó fuerte cuando el juez de línea marcó falta para Sakuragi, viendo a Hanagata tirado en el piso cuan largo era. Maldición. Era su cuarta.
58 - 46. Solo faltaban cinco minutos para que el partido terminara, y el infierno comenzó. La diferencia fue en aumento y Shohoku parecía perder fuerzas. Shoyo tomó la oportunidad de atacar desde el centro, anotando constantemente, relegándose en la mayor debilidad de su rival: el miedo de Sakuragi.
«¿Esto es? ¿Esto es todo lo que puedo dar? ¡Si me muevo de más cometeré otra falta y no podré terminar el partido! ¡Necesito ese rebote pero si golpeo a ese imbécil, será falta!».
¿Como se supone que me mueva si todo puede ocasionar un error? El Gori está mirándome. Quiere que salte. ¿Por qué siento que tengo un caparazón sobre mi espalda? ¡Maldito Hanagata! ¡Anotó nuevamente! ¿Que por qué no lo detuve? ¡No puedo hacerlo! ¡Si lo hago, quedaré expulsado!
—¡Ánimo, Sakuragi-kun!
La voz de Haruko no parecía llegarle como siempre. Era como un montón de agujas en su pecho, esas que le recordaban que estaba metiendo la pata. Esas que le gritaban que era inútil todo esfuerzo, porque si no se movía, si no hacía algo, no ganarían. Pero si se movía, sería falta segura. ¿Que se suponía que debía hacer?
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—¡Mitsui! —gritó Kogure al ver el cuerpo del catorce de Shohoku caía pesadamente al suelo.
—¡Hisashi-kun! —fue lo único que pudo modular Chiharu antes de cubrirse la boca.
La secuencia fue tan rápida que no comprendían cómo era posible para un ser humano moverse así. Porque Hasegawa había cubierto un nuevo tiro, empujándolo con el mismo impulso y el ruido de su espalda rebotando contra la duela les dolió tanto a ambos como no imaginaban, había ocurrido con él.
Chiharu lo había visto jugar tantas veces como no podía recordarlo. Siempre había estado ahí para animarlo, ganara o perdiera. Pero en ninguna de esas ocasiones había sentido esa presión en su pecho, como una enorme mano apretando sus costillas y queriendo romperlas en un solo movimiento.
—¡Mi-Mit-chan! ¡Resiste!
—No te preocupes... —susurró la chica a su lado. ¿Eh? ¿Cuándo fue que su expresión cambió? ¿Por qué estaba llorando de repente?
Chiharu lo había visto jugar tantas veces como no podía recordarlo. Siempre había estado ahí para animarlo, ganara o perdiera. Por eso, en ese instante, recordó que aquella fue exactamente la misma situación. El partido que le entregó el título de MVP, cuando se coronó como el idiota más aclamado de Takeishi. Y por esa sonrisa socarrona en su rostro lleno de sudor, él también lo había recordado.
Todo pasaba delante de sus ojos como una película de su vida. Cada pase, cada corrida, cada tiro, cada caída al suelo. Sus vueltas por la duela hasta que quedó frente a hombre que cambió su vida y le dijo que no se rindiera. El mismo hombre que ahora lo comandaba desde la banca y sabía, esperaba lo mejor de él.
Hisashi Mitsui era un hombre que había cometido muchos errores en su vida. Tantos que no podía contarlos con solo una mano, y de los que querría desaparecer muchos de ellos. Pero esos errores lo habían llevado hasta ese instante, agotado y sin respiración y sonriendo. Porque antes que nada, Hisashi Mitsui era un hombre que jamás se rendía.
Por eso, Kazuhi Hasegawa supo lo que era el verdadero terror cuando Mitsui se puso frente a él con el aura despierta de un guerrero que sabía, no le quedaba mucho de vida. Entonces, iba a pelear con todo, para no partir al otro mundo con arrepentimientos y cuentas pendientes.
—Antes de que mi espíritu de lucha desaparezca —susurró por encima de un suspiro. La sonrisa siempre en sus labios— ... voy a terminar con este partido.
Tiro libre tras tiro libre, las pelotas entraron al aro como si estuvieran imantadas y se atrayeran entre sí. Miyagi conseguía el balón desde el centro gracias a Akagi, y la fuerza de voluntad que movía su cuerpo hacía que entrara sin fallar hasta que llegó a once puntos. Muchos por encima de aquellos que el ahora anonadado Hasegawa había clamado, le dejaría anotar.
El aura de guerra oscura que emitía el cuerpo de Mitsui paralizó sus músculos de una forma que jamás supo, podría ocurrir. Hisashi Mitsui parecía haber recobrado la vida que perdió en dos años en tan solo un minuto, como si estar al borde del abismo lo hubiera despertado.
Pero Mitsui sabía que no estaba ahí solo por él. Porque sentía los gritos de todos sus compañeros. ¿Cómo era posible que con él en la cancha, Shohoku perdiera?
Si no daba su mejor esfuerzo con todos ellos, entonces no sería más que un bastardo ignorante. El mismo que entró al gimnasio para destrozarlos. Y sabía bien que ya no era así.
Por eso, gritó por Miyagi cuando éste pudo cubrir a Fujima, pidiendo su pase. Por eso fue que ese triple certero y épico entró con ese sonido a agua que parecía salido de un sueño.
—Parece que estás un poco oxidado, Mitsui —dijo Akagi acercándose a él. El mismo muchacho que había odiado por años, ahora era su compañero confiando en él. Sonrió de costado.
—¿Qué hay de ti, Akagi? No has demostrado aún los verdaderos colores del Gorila de Shohoku.
—Cállate, Mitsui—le respondió con el rostro serio.
Y aún así, su brazo enorme se levantó en su dirección, cerrando la mano en un nudo firme. Ese choque de puños se sintió completo, como cerrando una etapa y una herida abierta.
Y ahí estaba él. El Genio Sakuragi, totalmente abatido por los comentarios de los sujetos que debía marcar. Los que estaban anotando bajo el tablero y los que peleaban por los rebotes que debía conseguir para su equipo.
Ahí se encontraba él, totalmente paralizado, viéndose a sí mismo como una enorme tortuga incapaz de reaccionar. Todo volviéndose negro. Todo volviéndose pesado.
Y ocurrió. El as de luz que era Kaede Rukawa recibió un pase milagroso de Hisashi Mitsui, y corriendo al tablero logró anotar haciendo que la multitud enloqueciera.
«Maldito Rukawa», pensó mordisqueándose los labios. Y él sin poder moverse. Rukawa en toda su gloria, y él sin poder moverse.
¿Eh? ¿Qué mierda? ¿Por qué estaba acercándose a él?
«¿Qué rayos quieres maldito zorro del demonio? ¿Acaso viniste a burlarte de mí...?».
—¿Por qué te estás conteniendo? —lo oyó decir. ¿Contenerse? ¿Que cara...? —. Ese no eres tú.
Para dimensionar adecuadamente lo que ocurrió a partir de esos momentos, y el por qué Sakuragi le dio un cabezazo brutal a la duela de madera frente a todos sus compañeros, rivales y un público consternado, tenemos que analizar algunas cosas: y es que Hanamichi estaba harto. Él se consideraba un genio. Uno real. Pero en la práctica concisa, debía saber que no se veía así. Haruko no lo veía así. Ni el Gorila. Ni Kogure. Ni ese imbécil de Rukawa. Por eso estaba obligado a sacudirse a Hanagata de encima si realmente quería salir adelante.
Hanamichi había vivido toda su existencia a base de trabajo duro, por más que su historial estudiantil dijera lo contrario. Cada pequeña cosa que tenía, la había ganado por sus puños y su empeño. Y si quería el respeto de sus pares en ese partido, debía ir por el mismo camino.
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Mitsui se sentó de golpe en la banca mientras sus amigos y compañeros volvían a reunirse. ¡Santo cielo!, se había terminado. La adrenalina corría por su cuerpo aún encendía su cuerpo como si fuera un mechero alimentado a querosene. Su espalda totalmente empapada quedó aplastada contra el respaldo de madera blanca mientras las voces de los muchachos rugían a su alrededor, casi tratando de ignorarlas para que el bombeo de sangre en su cabeza dejara de ahogarlo. Nunca un dolor de cabeza se había sentido tan bien.
Tanto que no oyó la voz quemada por tabaco de Norio Hotta llamándolo con ese apodo tan tierno como irrisorio. Tanto como no supuso, esa mano blanca iba a sacudir su cabello.
—¡Rayos! —exclamó la chica de cabello claro suspendida en el aire con medio cuerpo fuera del barandal. ¿Qué demonios estaba haciendo?—. ¡Hasta tu cabello está transpirado!
Mitsui permaneció helado, sintiendo su cálida mano revolviendole el cuero cabelludo como solía hacer siempre que lo atrapaba desprevenido. Porque ese era otro de sus sellos: violar todo tipo de contrato social y pasarse la regla de no contacto físico bien por el...
—¡No me toques si vas a quejarte! —¿De verdad? ¿Eso le había gritado frente a todos?
—¿Entonces puedo tocarte si no me quejo? —respondió con esa maldita media sonrisa enmarcada por el cabello en pleno rostro, moviéndose con el vaivén de su propio cuerpo aún colgado como el mono que en realidad era.
—Haz lo que quieras, Chiharu... —masticó entre dientes por encima de un suspiro, sintiendo la mirada de Ayako y Kogure muy clavada en su espalda, ahora dándoles a ellos.
¿Hasta cuando le iba a estar tocando la maldita cabeza?
—¡Buen partido, Kogure-kun! —gritó con alegría, levantando su mano libre y tendiéndosela para que chocara los cinco en esa posición totalmente antinatural.
—¡Vas a caerte, Chiharu-chan! —advirtió el muchacho de lentes con un tono casi paternal, acercándose a ellas y poniéndose de pie justo delante del muchacho con la camiseta catorce.
—Nah. Si me caigo, Hisashi-kun va a sujetarme. —Sí. Eso había sido sorpresivo. Como la maldita sonrisa nuevamente enfocada en él cuando notó que seguía hablándole como si no hubiera dicho suficiente ya—. ¿O no?
Se iba a volver loco como siguiera portándose de esa forma...
—¡Norio! ¡Súbela antes de que arruine el piso de madera con su cabezota!
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Hanamichi Sakuragi nunca creyó que la adrenalina pudiese resultar tan adictiva. De verdad que no. Para él, lo que conocía por ese nombre era algo que solía sentir cuando tenía que defenderse de muchos idiotas a la vez. Pero esto era totalmente distinto.
Superado el espanto inicial y los primeros partidos donde salía por cinco faltas en los primeros quince minutos, Sakuragi descubrió algo más profundo en él. Ese ardor en su pecho era maravilloso, y solo ocurría cuando tenía el balón entre sus manos. Cuando corría con todas su fuerzas y el día anterior, había sido algo totalmente nuevo.
Claro que había hecho una clavada antes. Era una de las pocas cosas que podía hacer. Pero en un partido oficial, con un rival de la talla de Tooru Hanagata frente a él y a cinco minutos de terminar un partido, había sido demasiado para su corazón.
Las porras de los presentes gritando su nombre quemaban su piel. Tan fuerte, tan potente, tan irreal.
«Es una pena. Fue una buena clavada, aunque haya sido suerte».
Estúpido Rukawa...
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—¿Ya te recuperaste, Akagi-kun?
El aludido ladeó la cabeza hacia un costado.
—No tengo idea de qué hablas, Chiharu-san.
—¡Claro que lo sabes! Kogure-kun y Aya-chan dijeron que los cinco cayeron dormidos al suelo del vestuario como un montón de bebés sudados.
—¡¿Q-qué?! —Ayako se iba a ganar una buena reprimenda por andar ventilando la intimidad de los jugadores...
—Bueno, lo de bebés sudados fue agregado mío —admitió la chica, todavía sonriendo.
Takenori Akagi sintió que toda la sangre se le acumulaba en la cabeza, como si sus venas crecieran por centímetro y estuvieran a punto de estallar.
Kogure idiota, Ayako boba, y esta niña era una verdadera...
—¿Pocky? —murmuró con los ojos muy abiertos, ladeando la cabeza y acercándole al rostro una caja de galletas alargadas. Akagi la miró como si estuviera conteniendo las totales ganas de gritar.
—Sí —contestó tomando tres galletas de un solo manotazo.
Chiharu rió con ganas mientras el rostro sonrojado de su amigo se movía en varias direcciones masticando con poca gracia y mucho enfado.
Había tomado algunos meses, pero por fin consiguió romper esa capa de grueso hielo que cubría sus expresiones, y casi podría decir que empezaban a hacerse amigos. Si es que no la mataba antes, porque notaba qué tan poco pacíficas eran sus reacciones cuando lo molestaba. ¡Pero joderlo era tan divertido!
—¿Pasado mañana juegan contra Kainan, verdad?
—Sí.
Rayos, que Akagi amaba los monosílabos como forma de respuesta.
Kogure había salido a comprar su almuerzo y aún no regresaba, mientras que el alto capitán había comido su propia caja casera. La joven se hundió de hombros aún apoyada sobre el escritorio, tragando antes de hablarle nuevamente.
—¿Nervioso?
—Es Kainan. Es lo que estuve esperando durante tres largos años.
—Podría jurar que eso fue un sí, pero con tu expresión es casi seguro que te los vas a comer crudos.
Akagi miraba hacia un punto fijo en el horizonte.
—No podemos confiarnos, esa es una realidad.
—Oye, no conozco mucho de baloncesto, pero lo que hicieron en el partido contra Shoyo fue algo increíble. ¡Van a lograrlo!
—Tienes demasiados ánimos, ¿lo sabías? —¿De dónde sacaba tanta energía esa muchacha?
Chiharu se señaló a sí misma antes de decir:
—¿Puedo disfrazarme de gorila y bailar como mascota del equipo?
—¡Claro que no!
—Me pondré un moño en la cabeza, para que todos sepan que soy niña —insistió, pues no pensaba rendirse con su idea. Y también porque Akagi se estaba ruborizando, algo que necesitaba ver por sí misma.
—¡Ya basta! —Sí, estaba definitivamente rojo.
—Y una faldita.
—¡Cállate Nijiyama!
Kogure entró al salón con las manos llenas de panecillos y jugos en el preciso momento en que la risa ahogada de Chiharu se convertía en un ronquido fuerte por la crudeza de su expresión. La voz de mando de Akagi podía oírse desde la otra punta del pasillo.
—¿Me perdí de algo?
—Discutíamos sobre mi traje de gorila para ser la mascota del equipo.
—¡Tu amiga está volviéndome loco! —gruñó ahogándose, tanto que las palabras se le atropellaron unas con otras.
—Creí que también era tu amiga —replicó con un mohín ofendido—. Me duele.
Takenori Akagi volteó el rostro abochornado hacia la ventana, tratando de ignorar los ojos de cachorro apaleado que la joven de cabello claro le estaba dando. La oyó reír nuevamente junto a su mejor amigo, y supo que había tomado un panecillo de verduras cuando sintió el crujir de las bolsas de plástico.
Hace meses que los almuerzos en el salón seis de tercero se daban entre gritos y risas. A veces, extrañaba la tranquilidad. Solo a veces.
—¿Vendrás a animarnos cuando juguemos contra Kainan, Chiharu-chan? —cuestionó el muchacho de enormes ojos castaños.
—¡Desde luego! Realmente me emocionaron en el partido contra Shoyo.
—Lo sé, te vi llorar en las gradas cuando Mitsui comenzó a anotar constantemente.
—¡Oye! —gritó con el rostro rojo—. Estaba llorando antes de eso también. Me haces sentir como que tengo preferencias.
—Bueno, se conocen hace muchos años. Es normal que las tengas.
—Te vas a atorar con un pedazo de masa si no masticas bien —murmuró enfurruñada.
—Gracias por tus buenos deseos, eres adorable.
Los tres habían terminado por entablar nuevamente una conversación llevadera cuando Akagi dejó de fruncir el ceño. Aún cuando el día estaba claro, el calor hacía imposible que alguien quisiera realmente poner un pie fuera del edificio aunque sea para pasear por los alrededores. Realmente, el verano estaba llegando a Atsugi, y se hacía notar con solo sacar la mano por la ventana.
Chiharu pestañeó varias veces al notar un cartón de jugo aún cerrado descansando en una bolsa, casi olvidado en la mesa de Kogure. ¿Manzana? Qué raro, a Kogure no le gustaba ese sabor.
—¿No nos contaste bien esta vez? —preguntó con el dedo índice extendido hacia el cartón de tonos verdes. El muchacho rió con ganas.
—Supuse que Mitsui vendría al salón hoy. Estuvo pasando bastante últimamente.
—¿Y por qué te sientes tan hospitalario? Ese idiota debería estar concentrándose en sus estudios para que no terminen influyendo en su desempeño con el equipo.
—Akagi, eres muy duro con él...
—Debo serlo. Es un revoltoso, como todos los que entraron al equipo este año.
La chica apuntó al capitán de baloncesto con uno de sus pequeños dedos.
—¿Te has puesto a pensar que, tal vez, seas un enorme polo magnético para revoltosos y que todo esto es en verdad tu culpa?
Chiharu supo lo que era el verdadero terror cuando literalmente oyó la vena danzante la frente de Akagi estallar con la pasión de mil soles. Por eso solo le tomó un segundo y un movimiento de piernas ponerse de pie y correr a la salida, con la caja de jugo en sus manos.
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Malditas matemáticas. Malditas y desgraciadas matemáticas y todo lo que tuviera números en lugar de letras. Odio profundo a todo lo que pudiera tener frente a sus ojos en este instante y no fuera comida, porque ni siquiera había traído algo para almorzar y Akagi había sido claro con él la última vez que hablaron. «Levanta esas notas o vamos a tener problemas, tarado». Siempre tan delicado para hablar con él.
Se rascó la parte posterior de la cabeza con molestia, sintiendo picazones fantasmas sobre la piel sensible de su cuello. ¿Por qué no entendía nada de esto? No es como si fuera idiota o algo parecido... Es decir, estaba en tercer año, sin haber repetido nada. Había una razón por la cual Tetsuo lo llamaba «niño mimado», porque sabía perfectamente que pese a su carácter horrible y reputación de salvaje, el chico pasaba sus exámenes con notas por la media sin siquiera haber estudiado. Era un bruto, no un idiota.
Entonces, ¿por qué mierda no podía sacar esos fractales del demonio? ¡Grandísimos hijos de la...!
Y entonces, sucedió.
A veces, la única forma que realmente tenía Hisashi Mitsui de prepararse para un ataque de Chiharu Nijiyama era su sentido del olfato. Porque sus pasos eran muy ligeros y no los oía con facilidad. Solía mantener la boca cerrada y sin respirar hasta que estaba lo suficientemente cerca. Pero ese aroma a algodón de azúcar era lo que la delataba siempre, aún cuando se echara perfume encima.
Mitsui, entonces, levantó el rostro justo cuando ese olor tan conocido llegó a sus sentidos, como si alguien hubiera cocinado algo delicioso. Y cuando se dio cuenta, tenía el blanco rostro sonriente justo frente a él, a escasos centímetros y violando todo indicio de espacio personal.
—Te olvidaste de solucionar primero los paréntesis —la oyó decir.
Y Mitsui reaccionó de la única forma heterosexual que pudo: conteniendo un grito de sorpresa y clavando el lápiz con fuerza en la madera de su mesa.
—¿Qué mierda haces aquí? —vociferó como si ignorara que no estaban solos, y que había partido su lápiz al medio.
—Sí, estoy bien. ¿Y tú?
Siempre era tan amable que sentía que se le derretiría el corazón de la ternura. De verdad. Sobre todo cuando acompañaba sus gritos con esas pequeñas venas y el rubor de odio en sus mejillas. Era literalmente un tsundere de manual.
Chiharu sacudió la cabeza, poniéndole frente al rostro ofuscado el jugo de manzana y el panecillo que Kogure había comprado. Mitsui pestañeó varias veces alternando focos entre sus ojos y los alimentos que ofrecía.
—¿Qué...?
—Kogure pensó que tendrías hambre. O se equivocó y trajo de más. No importa, ¡comida gratis!
Nunca esas dos palabras le sonaron tanto a gloria. No se detuvo a pensar en nada, ni siquiera si seguía o no enfadado. Solo se devoró el panecillo de carne tibio y casi se atragantó con el sorbete cuando la vio tomar una silla y sentarse a horcajadas, apoyando el rostro curioso en sus brazos como un colchón de piel. ¿Que cara...?
—¿Se te perdió algo? —interrogó casi con molestia. Claro que no le molestaba, pero lo había visto tragar como un velocirraptor en silencio. Tenía legítimo miedo de que dijera algo.
—No. Pero además de que es un placer verte comer, parece que tienes problemas con tu tarea —. Sip. Ahí estaba. Porque antes muerta que dejarlo en paz. ¿Verdad?
—Esta ecuación me está volviendo loco.
—¿Qué es exactamente lo que no entiendes?
—Nada... —admitió luego de una pausa corta.
—¿Nada?
—No fui el mejor estudiante a principios de año, Chiharu. ¿Desde cuándo juzgas a la gente?
—No lo hago. Pero puedo explicarte si quieres. No es mi fuerte, aunque quizá...
—Si no es tu fuerte, ¿cómo pretendes ayudarme?
—Deberías limpiarte las migajas de la cara antes de ponerte a juzgarme tú.
El rostro derrotado del muchacho se dejó ver en el momento que limpió su rostro con el reverso de la mano, suspirando con fuerza y molestia.
Giró su libro hacia ella, permitiéndole ver todo lo que le daba dificultad. Y no fue mucho tiempo transcurrido hasta que los cuchicheos llegaron a sus oídos, evitando que pudiera siquiera escucharla. Y es que realmente quería escucharla. Sabía perfectamente que si no aprobaba esta materia, no podría seguir jugando baloncesto, ahora que todo había vuelto a su eje.
Pero comentarios del tipo «¿es la hafu del salón seis? ¿Qué hace aquí?», «¿ese cabello es real? ¡No me lo creo!», «deberían obligarla a teñirlo. No es correcto que resalte tanto», «ni siquiera es tan bonita si le quitas eso, y el puente de su nariz...»
—¡No puedo concentrarme aquí! —gritó fúrico. Chiharu pestañeó varias veces tratando de entender qué rayos había hecho mal. Las manos blancas como un escudo frente a su pecho. El resto de los estudiantes mirándolo con temor—. Vamos a mi casa esta tarde.
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La casa de Hisashi Mitsui no era ajena a su visita. Solo que la última vez que puso un pie en ese recibidor cálido fue hace muchos años. Varios meses antes de la ceremonia de graduación de secundaria baja, justo cuando estudiaban en grupo para los exámenes finales.
Paseó su vista por los muebles rústicos y bien equipados del pequeño pasillo y el comedor amplio. ¡No había cambiado en lo más mínimo! Bueno, el televisor era nuevo. También ese espejo y el sofá de tres cuerpos. Ese tenía lógica de no existir más. Lo habían destrozado al tirarle café encima. La señora Mitsui no se enfadó, más bien parecía querer llorar. ¿Cómo estaría? ¡Era tan linda! ¿Y la pequeña Miyu...?
—¿Te vas a quedar a regar las plantas de mi madre o qué? —habló Hisashi molesto. ¿Cuándo había llegado a la puerta de su habitación? ¡Eso sería una locura! Ver su habitación después de tantos años.
Era un santuario de trofeos y medallas. Fotografías y balones de basquet... Entonces, la realidad la golpeó.
La cama estaba en el mismo espacio que recordaba. El acolchado liviano por ser verano. El ventilador de techo encendido por la cálida tarde que tenían delante y el escritorio blanco en el extremo opuesto de la habitación... carente por completo de fotografías. Desprovista de adornos, vacía de él. «¿De verdad todo esto pasaba mientras estuvimos separados, Hisashi-kun...?».
—¿Té helado o jugo? —preguntó él dejando su bolso en el suelo y caminando hacia la puerta nuevamente. Las obsidianas brillantes esperaban una respuesta para este siglo.
—Jugo —contestó rápido—, gracias.
Chiharu se sentó en el suelo, sacando sus libros para tomar los que pudieran ser de ayuda para él. ¿Eh? ¿Que era eso? ¿Tabaco? ¿Café? Estiró el cuello hacia la colcha de verano tendida sobre la cama. Si, a eso olían...
Mitsui sirvió dos vasos de jugo sacado de la nevera. Su madre siempre dejaba hechas varias botellas porque Miyuki solía beber su peso en líquido en verano. Miró el reloj del comedor, visible a través del desayunador frente a él. ¿Las seis? Bien, quizá tuvieran tiempo hasta las ocho para estudiar tranquilos. Luego sería mejor que la acompañara a su casa. ¿Eh? ¿Por qué tenía que acompañarla a casa?, pensó. «Porque tú la invitaste y ella vino a ayudarte, idiota de pacotilla», contestó su propio cerebro. Quizá la única parte funcional de él. Gruñó con fuerza antes de caminar descalzo como estaba hasta su cuarto. Y ahí estaba, sentada con las piernas cruzadas en el piso, como si tuviera una ventana al pasado. Tres años al pasado, quizá. Cuando su cabello no era tan brilloso o de textura tan suave como ahora. Más bien, parecía cortado con tijeras de cocina, por encima de los hombros y desparejo en cada punta. Pero, por favor, que nunca faltara esa trenza ridícula que era su sello visual característico. Cuando sus ojos parecían mucho más grandes y las pecas en el puente de su nariz más pronunciadas.
Incluso su cuerpo parecía más el de una niña, que la chica que ahora miraba con la vista perdida una pared en blanco. Como buscando algo que claramente ya no estaba.
Verán, como dijimos antes, para Hisashi Mitsui, ella era una fuente inagotable de luz. Muchas veces se sintió como una polilla, revoloteando junto a ella como si no pudiera despegarse de ese resplandor cegador y cálido.
«Como mirar directo al sol», era la frase que más caracterizaba ese sentimiento. Cómo beber algo caliente en invierno. Como una mano que te ayuda a levantarte. Como su sonrisa, simplemente. La más sincera y virtualmente molesta pero hermosa que hubiera visto.
Y lo supo ahora, que pudo observar esos ojos tristes que vio en pequeños flashes junto a ella. Tan esporádicos y veloces que creyó estar inventándolo todo. Esa melancolía en las orbes castañas de Chiharu era algo que no estaba ahí en los años en que se sentaba en el mismo lugar. La misma posición.
Y tampoco lo era esa sonrisa, alegre y tierna. Pero forzada, como si nadie más que aquellos que vieron la real, pudiesen notar.
—Tu habitación está algo... cambiada —musitó casi con timidez. Los hombros pequeños encogiéndose mientras él se sentaba justo frente a ella.
—Todos cambiamos, supongo.
—Oye, para mí sigues siendo el mismo tsundere de siempre.
—¿Hasta cuándo vas a llamarme así? —preguntó frunciendo el ceño con fuerza, dándole de mala gana el vaso con líquido. Ella sonrió. Definitivamente...
—Hasta que me dejes —fue su respuesta. Definitivamente, era algo distinto. Sutil, grácil, triste, y distinto.
Los minutos pasaron. Media hora, una hora, dos. Con cada explicación llena de chistes con un sarcasmo delicioso, las ecuaciones y fractales ya no parecían tan odiosos. Bueno, sí odiosos. Pero al menos, no tan difíciles como él pensaba.
De alguna forma, necesitaba recuperar el tiempo que perdió para poder entenderlo que tenía frente a él ahora. Y eso se refería a todo. Mitsui supo entonces que, aparte de ser un imbécil a tiempo completo, carecía de motivación. Estaba haciendo esto porque quería jugar baloncesto. Necesitaba aprobar para jugar baloncesto. Y simplemente ese pensamiento lo hacía moverse más rápido y escribir a otra velocidad.
—Se me fríe el cerebro —murmuró llevándose ambas manos a su amplia frente, masajeandola despacio. La oyó reír cruzando la pila de apuntes.
—Tomemos un descanso. Creo que ya venciste tu odio por las matemáticas. ¡Me siento feliz!
—¿Por qué te sientes feliz? Es mi logro por entender todo.
—¡Qué tierno! Sigues siendo tan mal agradecido como siempre. —Y levantó una ceja, cruzándose de brazos—. Sírveme más.
—¿Se te cayeron las manos para hacerlo por ti misma?
—¡Respeta las tradiciones, Hisashi-kun!
¿Tradiciones? ¡Oh!, cierto. Siempre era él quien servía a todos. Como cuando tenía una botella en sus manos y todos los vasos aparecían mágicamente. Rio por sus adentros ante la memoria de ese hecho.
¿Las ocho? Rayos, era tarde. Sería mejor que...
—Hisashi, ¿estás en casa? ¿Quien vino contigo?
—¡Una niña! Esos son pies de niña, mamá.
«...Me cago en todo lo que es bueno...», solo pudo elaborar en su mente cuando las voces de su madre y su hermanita llegaron a la habitación. El rostro sonriente de Chiharu le dio tantos escalofríos como jamás había sentido. ¡La desgraciada estaba disfrutando esto!
Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se abrió de golpe mostrando la pequeña y delgada figura de Miyuki Mitsui. El cabello negro, largo por la cintura y tan lacio como el de su hermano cuando lo llevaba por los hombros, caía con peso y brillo. Los enormes ojos pardos los miraban interrogantes, pero rompió a reír al segundo siguiente.
—¡Te dije que era una niña!
—¿Eh? Hisashi, no me dijiste que tendríamos visi... —murmuró deteniendo sus palabras al notar el rostro tan familiar, aún cuando tardó unos pocos segundos en saber de donde llamaba su memoria. La sonrisa de la hermosa mujer fue inmensa—. ¡Chiharu-chan!
Fue como regresar en el tiempo.
