CAPÍTULO 9: GOLPES.
Muchas cosas pasaban por la mente de Hisashi Mitsui mientras caminaba lentamente a la tienda de conveniencia más cercana a su casa para comprar lo que su madre tan tiernamente le pidió para la cena. Nada que no hubiera hecho antes, de hecho. Al igual que ir acompañado de su hermanita, oyéndola cantar una canción infantil sobre un tiburón y siguiendo las líneas blancas de la calle como si pisar fuera de ella implicara caer al agua infectada de peces con filosos colmillos. Nada que no hubiera hecho antes.
Solo que esta vez, eran dos cantando al unísono en una armonía tan tierna como extremadamente molesta.
Sabía que Chiharu tenía cerebro de pájaro cuando se trataba de ir de transeúnte por la calle. ¡Vamos!, la chica solía subirse a pequeñas paredes, correr por el borde como si fuera un ninja cojo y terminar cayendo de bruces al suelo en medio de un ataque de risa. Pero ahora parecía potenciada por su pequeña hermana, y si no era por la obvia diferencia de altura, no sabría quién era quién.
—¿Pueden dejar de saltar así? Están poniéndome de mal humor.
—Vas a ponerte de mal humor de todos modos, Hisashi-kun.
—Mi hermano es un gran tsundere.
—¡Cállate, Miyuki! —gritó enajenado. No solo tenía que tolerar a su hermana, sino que ahora...
—¡Ja! Es lo que siempre pensé —continuó la joven de cabello claro.
El rostro del muchacho se llenó de arrugas sorpresivamente.
—¿De verdad quieres seguir esta conversación, Chiharu?
—Es como Ranma —afirmó la más pequeña.
—¡Santo dios, es verdad!
—¡Cierren la boca las dos!
Las risas de las dos chicas frente suyo llegaron a sus oídos como campanadas ensordecedoras de iglesia en una mañana callada de domingo.
La oscuridad de la noche parecía solo encontrar rivalidad en las farolas de potente luz blanca que alumbraban la calle frente a ellos.
El vecindario donde estaba su casa era tranquilo pese a estar cerca de una avenida importante y que a toda hora tenía tráfico. Era difícil sentirse solo en ese lugar. Tanto que comenzó a preguntarse qué tanto realmente se había perdido en todo ese tiempo.
¿Cuándo se convirtió en una especie de extraño en su propio vecindario, a tal punto que no había notado los pequeños arbustos recién plantados ni la casa en venta a unas calles de su complejo departamental? No podía precisar en qué momento ocurrió todo eso, pero una cosa era cierta: necesitaba reintegrarse a sus orígenes con urgencia.
—¿Te vas a quedar ahí parado mucho tiempo más o vienes con nosotras? —Mitsui oyó su risa atragantándose en la garganta cuando la miró con el ceño muy fruncido. Su hermanita lo imitó, como si tratara de contrarrestar el mal humor que tenía con uno fingido.
Entrar con ambas, tomadas de la mano como si se conocieran de toda la vida, fue como meterse a una dulcería con dos adictas al azúcar. Quería morir. Estaba seguro de que el infierno era un lugar muy parecido a ese, y que aunque ver a Miyuki enseñándole su gaseosa favorita y a Chiharu comprándosela como obsequio era algo tan tierno que dolía, estaba convencido de que las flamas eternas aparecerían en cualquier momento.
.
.
—¿Kaede? —La voz de su hermana mayor resonó en el amplio pasillo que conectaba las habitaciones en el piso superior de su casa. La segunda vez que lo llamó, el eco había desaparecido, y el rostro pálido que espejaba el propio se asomó por el espacio de la puerta entreabierta de su habitación—. Kaede, es hora de cenar.
—Ah... sí.
Hayami Rukawa era, como lo indicaba su nombre, una joven de enorme belleza. El rostro blanco y sin imperfecciones enmarcado por su cabello ébano y unos ojos sesgados que inspiraban respeto. Como si fuera un cuadro antiguo que debía admirarse de lejos.
Básicamente, era la versión femenina de su parco hermano, aún tirado de espaldas al colchón de su cama con una revista entre sus manos.
—¿Otra vez con poca hambre? Tienes que alimentarte bien para rendir en tus encuentros.
—Rindo perfectamente.
—Por eso te quedas dormido aun estando en una bicicleta. Eres increíble.
—Solo tengo sueño. El aire en la cara me hace cerrar los ojos.
—Lo que digas. Hice pollo al curry; el arroz es de hoy. Si vuelves a dejar las verduras te las hago tragar a la fuerza.
Su hermana juró que notó un rictus de desagrado en el siempre impávido rostro del muchacho que comenzaba a incorporarse. ¿Cuándo se había vuelto tan alto?
Cerró la puerta y bajó las escaleras de madera lustrada hasta la planta baja. Comenzó a servir la comida en dos cuencos grandes, que luego llevó a la mesa amplia del comedor.
Rukawa pasó una enorme mano por entre las hebras oscuras, dejándolas caer como pequeñas gotas de agua sobre el cuero cabelludo. El aroma de la cena llegaba a sus sentidos desde la planta baja. Planta baja... ¿Por qué seguían viviendo en esa casa enorme si solo eran dos personas? Su padre podría haber vendido esa propiedad y darles un departamento que costara menos tiempo en mantener con limpieza. Cuatro habitaciones, tres baños, living, comedor, patio trasero y cocina, todo para la pareja de hermanos. Era ostentoso hasta para los hijos de un diplomático japonés. Que lo eran.
Maro y Ena Rukawa vivían en Kyoto, a poca distancia de Los Jardines, en una casa antigua que parecía salir de un libro de cuentos tradicionales. Casi como lo eran sus progenitores, con tanta ironía
que hasta él podría sonreír.
Ena era toda una dama de la alta sociedad japonesa. Rukawa no recordaba vez alguna que no haya estado vistiendo un kimono de seda en tonos claros. Una diseñadora de interiores que nunca ejerció por su casamiento, había encontrado una pasión real en el ikebana. ¿Por qué razón alguien estudiaría años en una universidad si no pensaba ejercer?
Maro era político. Recto, duro, sin demasiados chistes en su haber y un rostro de piedra. Alguien a quien su hijo imitaba correctamente cada día de la vida.
Hacía algo más de tres años que la pareja se había trasladado a Kyoto por su trabajo, y considerando que Hayami estaba en la universidad, decidieron que sus hijos se quedarían en la casa familiar que tenían en Atsugi. Después de todo, Kaede había terminado la primaria y tenía intenciones de asistir a Tomigaoka mientras su hermana iba a Tokyo.
Y esa es la historia de cómo los hermanos Rukawa terminaron viviendo sin supervisión paterna y aun así, comportarse como dos ancianos que no sabían lo que era la diversión.
—¿Agua o jugo?
—Té.
—Dije: ¿agua, o jugo?
—Da igual...
Otra cena en casa de los Rukawa. Tan enorme y vacía como él podía sentir su pecho incluso cuando no se diera cuenta de ello.
.
.
Mitsui se había acostumbrado a no comer en casa. Es decir, a no estar en casa. Llegaba cuando su padre se había vuelto a dormir y pocas veces aceptaba comer lo que su madre dejaba en el refrigerador para que siempre estuviera bien nutrido. Porque las madres hacen eso: no importa cuánto la caguemos, siempre nos van a cuidar.
El muchacho de mirada siempre ofendida con la vida pensó que nunca volvería a tener una cena así. Una cena como la que venía presenciando hacía meses, desde que dejó de comportarse como un imbécil.
El sonido de la risa de su madre mezclada con la de Chiharu parecía fundirse tras la mesa del desayunador mientras la ayudaba a preparar los ingredientes. El cuello blanco descubierto por la cola alta que había hecho con su cabello era todo lo que veía de ella mientras cortaba algo y él esperaba que no se rebanara un dedo.
—¡Apresúrate con los platos, hermano!
—¿Eh?
—Si no los alcanzas por mí, no podré ponerlos en la mesa y no comeremos. ¿Acaso no tienes hambre? ¡Apúrate!
—¿Desde cuándo te convertiste en una enana sabelotodo?
—Algún día voy a crecer tanto como tú, y te voy a aplastar por llamarme enana.
Miyuki Mitsui apenas llegaba al metro cincuenta de estatura con diez años. Lo que para él era un apenas, para ella era motivo de orgullo. Era la más alta de su salón de clases y le confesó querer entrar al equipo femenino de baloncesto cuando pasara a secundaria baja porque quería ser igual a su hermano mayor.
¿Cuándo fue que esa pequeña había crecido tanto como para darle órdenes, y él obedecerla conteniendo la risa bajo una expresión de odio fingido?
Tragó fuerte mientras sus largos brazos alcanzaban la vajilla para poner sobre la mesa. ¿Tanto se había perdido? ¿Tanto le iba a ser imposible recuperar?
Fueron dos años de su vida donde no solamente se perdió a sí mismo, y lo que el baloncesto y sus sueños significaban para él. Se perdió de todo lo que tenía su alrededor. Las comidas de su madre, los centímetros que su hermana alcanzó, el nuevo parque con pequeños columpios llegando a su casa, el orgullo de su padre. Tragó fuerte. Su ceño estaba muy fruncido.
.
.
Una de las pocas cosas que Rukawa agradecía con real fulgor, era el hecho de vivir en una buena zona de la ciudad. Atsugi era tranquila. Pocas locaciones del estado de Kanagawa eran complicadas o presentaban altos índices de delitos, y la suya no era de ellas. Por eso, el muchacho de blanca tez podía darse el lujo de salir a trotar cada noche luego de cenar, para cansarse y dormir mejor.
Sus pensamientos eran más tranquilos luego de una sesión de cardio en las calles aledañas a su casa. Y es que últimamente, necesitaba poner su cabeza en blanco con más insistencia que antes.
Rukawa era el mejor. Eso le habían dicho siempre. Eso les oía gritar a esas niñas molestas que lo seguían como moscas. Eso escuchaba decir a todo el que hablara de él cuando pensaban, no podía oírlos.
Pero no, claro que no. Kaede Rukawa podía oírlos perfectamente, y ese año en particular, esas frases le sonaban a hiel.
Verán, cuando alguien es criado a puros elogios, por más que sean justificados, uno comienza a creerlos. Cuando eres mejor que todos los demás, tu vida se vuelve algo aburrida, deseando con fuerza que algo te despierte de un letargo de total simplicidad.
El problema era el siguiente: Sendoh había despertado a Rukawa de una bofetada bien puesta. Pero el resultado no fue el que esperaba. Sí, fue asombroso jugar a un nuevo nivel. Pero también supo algo más: perder era algo que no le gustaba. Por eso, Rukawa entrenaba más duro. Y en el partido contra Kainan que tendrían pronto, iba a tener que demostrar ser el mejor.
Aceleró el paso, quitándose el sudor de la frente con el antebrazo. Las luces de neón en los postes de la calle parecían más brillantes cuanto más se adentraba la noche.
.
.
—¡Qué sorpresa nos ha dado tu regreso, Haru-chan! Realmente te extrañaba.
Haru-chan, vaya. Hacía mucho tiempo que nadie la llamaba así. Era un apodo que ni siquiera su padre utilizaba ya, probablemente desde que cumplió los doce años. Sonrió ampliamente, sentada junto a su amigo, que no había dejado de masticar sin siquiera participar de la conversación.
—Dos años es realmente mucho tiempo. ¡Miyuki-chan creció mucho!
—¡Mido un metro cincuenta!
—Eso no es alto, para nada.
—Con un metro cincuenta a los diez años, estarás pasándome a mí cuando llegues a los quince. Deberías considerar jugar baloncesto como el malhumorado de tu hermano.
—Deja de meterle ideas en la cabeza, ¿quieres? Sigue siendo baja.
—A los quince medías metro con setenta y seis. Eso tampoco te dejaba entre los más enormes de la clase.
—¿Cómo mierda te acuerdas de mi estatura?
—Te medías cada mañana al llegar a clase en la enfermería —dijo con una terrorífica voz monótona. El rostro de Mitsui se contrajo en vergüenza por un acto que él mismo creyó olvidar. Y que era tan real como el hecho de que lo hacía en secreto—. Sí, te veía hacerlo.
La señora Mitsui se tapó los labios con dificultades para tragar el líquido que había ingerido, como si se hubiera sincronizado para no escupir de la risa. Era tan agradable que todo volviera a la normalidad.
—Realmente extrañaba esto. Era muy agradable tener a la novia de Hisashi en casa.
Hisashi Mitsui sabía lo que era ser puesto en vergüenza por las palabras amorosas de su madre. Era algo a lo que la vida lo había acostumbrado años atrás, y con tantas prácticas que se le volvió coraza solo ignorarla con las mejillas ruborizadas. Mencionar su ropa interior a sus amigas madres. Comprarle ropa interior aclarando que ahora era todo un hombrecito y debía usar cosas sin dibujos. Incluso aquella vez que trataba de borrar, cuando sus sábanas amanecieron manchadas por algo que él mismo desconocía y ella las lavó a mano. Su madre era la principal razón por la cual él no contaba demasiadas cosas en casa. Pero había otro problema: era tan malditamente adorable que no podía enfadarse de verdad con ella. Era como enfadarse con un gran oso de felpa. Aunque eso no detuvo su reacción.
—¡No! —chilló con la boca contraída—. ¡No! ¡No éramos novios! ¡No! ¡No! ¡No! ¡Nononononono!
El rostro del as tripleador parecía haberse encendido desde adentro y tomar tantas tonalidades de rojo como pudieran existir en el espectro de color. El silencio incómodo solo se rompió por la risa de su hermanita, golpeando la mesa y señalándolo sin disimulo con su dedo libre, casi atragantándose con su comida.
La expresión en los ojos de Chiharu a su lado lo hicieron tragar fuerte.
—¿Doce no? ¿De verdad...? ¿Para tanto? —la escuchó decir. La media sonrisa en sus labios delgados le dieron la pauta de que no estaba enfadada. ¿Doce veces dijo que no? ¿De verdad? ¿Las había contado?
Esa mesa era como cenar en el infierno.
.
.
—Tu madre sigue cocinando igual que un chef profesional —murmuró Chiharu llevando ambas manos a su abdomen, sobándolo con delicadeza y una sonrisa amplia en el rostro—. Creo que me asesinó. Fue mi última cena.
—También podrías haberte negado a un segundo plato. ¿Dónde rayos guardas lo que comes, de todos modos?
—Nunca. Mi mamá jamás cocinaría tanto, hay que aprovechar.
—¿Tenías que aceptar las sobras?
—No me pude negar a esa carita de súplica cuando me dijo que lo llevara.
Y realmente no había podido. La comida de la señora Mitsui era la mejor, con perdón de su propia madre. Pero cuando un estofado te hace agua la boca en pleno verano, es porque es el estofado que patea el trasero a todos los estofados.
Mitsui caminaba a su lado, y podía sentir en su cuerpo literalmente la mirada de desaprobación absoluta que le estaba dando. No podía importarle menos.
—A veces, creo que de verdad estás loca de remate.
—¿Tantos años conociéndome y todavía estás en la etapa de no creerlo?
La realidad era que Mitsui había pensado un poco ingenioso y muy fuerte agravio para contestarle. Uno de esos que haría sonrojar a un estibador de puerto. Pero por algún motivo, no lo soltó. No soltó nada. Siguió caminando acortando el largo de sus piernas para que ella no tuviera que apurar el paso. Era consciente de que sus pisadas eran mucho más prolongadas y cubrían el doble de terreno, aún y cuando ella parecía caminar dando saltos.
La familiaridad de esa situación inundó su pecho de una sensación tan cálida como molesta. No entendía bien el por qué de esa dualidad en sentimientos.
—Gracias —murmuró casi por debajo de un susurro. Ronco, con el ceño fruncido, casi como si hubiera costado decirlo.
Chiharu sonrió de costado. Si Mitsui era en algo igual al muchacho que recordaba, eso había sido particularmente difícil de exteriorizar. Su voz procuró sonar menos fuerte, como si quisiera evitar asustarlo.
—Puedo venir durante la semana, si no te molesta. Necesitarás practicar antes de los exámenes.
—Sí... puedes.
.
.
24 de mayo.
Takenori Akagi tenía un solo objetivo en la vida: ganar el Campeonato Nacional. No, no llegar al campeonato. Ganarlo.
En los términos más sencillos, el capitán del Equipo de baloncesto del colegio Shohoku era un hombre orgulloso. De esos muchachos que con diecisiete años piensan como un adulto formado. Con un hambre de gloria más poderoso que muchos adultos, y por primera vez, con la confianza de que su ambición se haría realidad.
El mayor de los hermanos Akagi era considerado el mejor centro de Kanagawa. Uno de los más poderosos del país. Su habilidad no era invisible a los ojos de aquellos que disfrutaran del básquetbol de preparatoria. Pero había una dificultad que nunca pudo superar, aunque lo intentó con todas sus fuerzas: que Shohoku no era un equipo fuerte. No había jugadores en los que pudiera respaldarse, por más que Kogure, Kakuta y Shiozaki estuvieran ahí. Incluso Miyagi, con toda su habilidad. Ninguno podía ayudar a Takenori para superarse y dar todo de sí.
Por eso, era cierto, no había avanzado más que ser la sombra de alguien como Shinichi Maki.
Al capitán del Instituto Kainan lo llamaron monstruo desde primer año. Y a diferencia de Akagi, esa habilidad estuvo solventada, acompañada y explotada al máximo por un equipo de élite. El ambiente donde crecieron como jugadores fue totalmente opuesto, como lo era el resultado final.
Por eso...
—Por eso Akagi-kun actúa así, ¿verdad? —preguntó Chiharu sentada junto a Kogure en el cordón de la acera.
El día estaba terminando, y mientras los dos muchachos esperaban a que Akagi terminara de entregar los papeles del equipo en Dirección, habían decidido sentarse fuera de las puertas de hierro del colegio.
—Sí —contestó con una sonrisa pálida—. Sé que Akagi puede parecer un poco intimidante, pero es más sensible de lo que parece.
—Si se entera que dijiste eso, te va a patear muy fuerte.
—¿Puedo confiar en que no se lo vas a decir, Chiharu-chan?
Ella simuló pensar una respuesta.
—Me gusta ver el mundo arder —admitió luego de la pausa.
—Eres cruel, ¿lo sabías?
Chiharu rió con un fuerte sonido estallando entre sus labios. El sol parecía querer ocultarse entre los pocos edificios que se presentaban en la zona. Atsugi tenía una política bastante estricta con respecto a las aglomeraciones urbanas en las cercanías de sectores educativos. Eran de las pocas zonas donde todavía quedaban muchas casas bajas. Una tranquilidad que los remontaba siempre a sus épocas en el colegio primario.
—Lo cierto es que no sé casi nada de este deporte. Pero lo que vi hasta ahora, me hace pensar bien de ustedes... entonces, den todo lo que tienen y no paren. Tú mismo dijiste que este año tienen una oportunidad real, ¿o no?
—Si, eso es cierto. Aunque... si te soy sincero, tengo algo de envidia.
—¿Eh? ¿Envidia?
—No lo tomes a mal, Chiharu-chan. La realidad es que conozco bien mis limitaciones. Sé que puedo dar mucho, pero nada comparado a Akagi, Miyagi, Mitsui o los súper novatos que entraron. Pero duele ser superado en tan solo semanas por ellos...
—Kogure-kun...
En ese momento, Chiharu se vio interrumpida por el enorme capitán de Shohoku, quien los miró con rostro sorprendido.
—¿Eh? ¿Acaso me esperaron?
—Hablábamos de ir a comer algo a Denny's —explicó Kogure, ya sin rastro de contrariedad en sus facciones armónicas—. ¿Qué dices, Akagi?
—Pero nada de desvelarse. El partido de mañana es muy importante.
.
.
Fue un segundo, un instante, una pequeña unidad con significado. Ese minúsculo movimiento de las agujas del reloj que marcó el pase mal dado luego de un rebote glorioso. El error que manchó su partido perfecto y envió a todo el equipo a la derrota contra Kainan.
En cámara lenta, como una cinta en repetición constante. Como una tortura en su propio infierno personal, Hanamichi Sakuragi veía una y otra vez las imágenes de sus manos arrojando el pase a un jugador del equipo contrario. El silbato sonando. Los gritos exultantes de un público que apoyaba a sus rivales. El silencio de sus compañeros. El latir de su corazón reflejado en sus sienes.
—No llores —habló Takenori Akagi, sin verle el rostro. Su pesada mano sobre la coronilla de su cabeza—. Tenemos otra oportunidad. Vamos a saludar.
Sakuragi sintió esa caricia como una puñetada a la boca del estómago. Él sabía lo que pasó en ese vestuario, donde el capitán que ahora sostenía su espíritu conteniendo también el suyo había gritado que era su última oportunidad para ir a los nacionales.
Una oportunidad que él había arruinado con su pase. Todos habían confiado en él, y lo había arruinado.
La forma en la que Rukawa se había destrozado físicamente para tratar de jugar de igual a igual con Maki fue algo que le abrió los ojos y escarbó más aún en su odio. Porque aquel idiota había hecho movimientos memorables. ¿Y él? Él había dado ese pase que los llevó a perder el partido. Y cada una de las palabras de Akagi sonaron en su mente mientras daba ese discurso digno de un aplauso silencioso. El que exponía sus ansias de gloria y lo que ese partido significaba para él. Ese partido que habían perdido por su culpa.
El recuerdo de las miradas de ese imbécil de Nobunaga Kiyota se clavó en su mente. Los ojos del enano de gafas deportivas y medias por las rodillas. La sonrisa de costado de ese viejo con abanico. Era como si cada uno de los momentos vividos la tarde anterior ahora se insertaran como agujas filosas destilando veneno en su cuerpo y alma. Esas que hacían verdad cada uno de sus pensamientos más profundos, los que traían sus temores. Los que le confirmaban que no era el genio que gritaba ser. Ese que se había clamado ser. Ese que el partido del demonio que culminó con un pase mal dado, le había asegurado que no era.
Hablando en términos simples, Sakuragi tenía ganas de desaparecer por completo de la faz de la tierra. Se sentía morir. Y seguía sintiéndolo ahora, bajo la luz amarilla del foco en su habitación. Solo, acompañado por el sonido de la lluvia repiqueteando contra la ventana. Como sus pensamientos golpeando contra su alma una y otra vez. Había sido su culpa. Totalmente, puramente, su culpa.
Se levantó furioso haciendo rechinar la vieja cama de madera. Su gruñido gutural fue tan bajo que solo un perro podría haberlo oído con mucha atención. Salió de la vivienda sin siquiera cubrir su enorme cuerpo de las enormes gotas de agua que caían del cielo. No era una noche para salir. Pero tenía que hacerlo.
.
.
«—¿Te sientes bien?
—¿Eh? Claro que sí. ¿Por qué lo preguntas? ¿Tengo la cara rara?
—No es que seas demasiado hablador, pero pareces distraído. ¿Todo está en orden?
El rostro pálido pareció contraerse un instante que fue insignificante para mostrar algo. Tan pequeño e inocuo que solo duró un parpadeo. Nada que pudiera preocuparla, mientras estaba sentada justo frente a él con un té caliente entre sus delgadas manos. Chiharu lo vio ladear la cabeza, negando con una sonrisa. Una que tampoco pareció gritarle nada.
—Te juro que todo está bien, Haru-chan.
La voz suave como una caricia del viento en un día cálido llegó a sus oídos. Fue como un susurro en tiempo real. Como si estuviera justo a su lado, sintiendo la vibración de su voz en el lóbulo de la oreja. Los rayos del sol alumbrando el cabello oscuro».
No era la primera vez que Chiharu Nijiyama despertaba bañada en sudor. No era la primera vez que sus lágrimas caían en cascadas interminables desde las cuencas de sus ojos, abiertos de par en par con el techo sobre su cabeza como destinatario de las cristalizadas pupilas. Tampoco fue la única vez que sintió el pecho comprimido como si un yunque pesara sobre sus costillas, presionando sus pulmones hasta hacerla sentir que debía abrirse la garganta para respirar.
No era la primera vez que giraba su cuerpo entre las sábanas y se sujetaba la cabellera castaña, tirando de ella con los dedos temblorosos y ahogando un grito de dolor en el cojín bajo su cabeza.
No era la primera vez. Y no era la primera vez que la lluvia torrencial fuera de su ventana traía los peores sentimientos a su pecho destrozado.
.
.
Hanamichi nunca supo cómo fue que sus pasos lo llevaron hasta la escuela. Cómo fue que trepó las cercas de metal bajo la lluvia torrencial sin romperse un solo hueso. Cómo entró al gimnasio y se metió a los vestuarios del Club forzando la cerradura. Cómo ahora estaba empapado de pies a cabeza, sintiendo sus jeans pesados por el agua absorbida y el cabello rojo despeinado sobre el rostro bronceado.
No lo sabía, porque su mente solo estaba repitiendo en un bucle sin fin las escenas del último partido que jugaron contra Kainan. Ese pase del infierno que condenó a todos. Su error.
Una y otra y otra vez, como un castigo eterno, aparecía en su mente y no lograba correrlo. Como si ese dolor fuera hasta placentero, porque significaba un castigo autoimpuesto. Uno tan grande como la condena a la que había sometido a todos.
Y entonces, las luces se prendieron.
—¿Qué haces aquí, idiota?
Esa era probablemente una de las únicas voces que realmente podía decir, reconocería en cada lugar del planeta. Porque le crispaba los nervios de tal manera que era imposible negar una presencia así. Y al levantar los ojos café, la figura a contraluz de Kaede Rukawa se irguió en todo su esplendor.
La ropa que utilizaba en los entrenamientos estaba seca, así que a diferencia de él mismo, habría llevado un paraguas en la quietud de la noche torrencial. Pero sabía que eran apenas las cinco de la mañana, y eso era...
—¿¡Qué haces tú aquí!? —replicó furioso, porque no se le ocurría nada más que decir.
—Vine a entrenar.
La respuesta sincera fue algo que Hanamichi no esperó, aún cuando fuera lo más obvio de pensar. El cabello negro sobre los ojos se dispersó como hilos de seda al moverse y darse media vuelta, alejándose del vestuario y encaminándose hacia la duela.
Hanamichi levantó su enorme cuerpo impulsado por una sentimiento tan similar al odio que no pudo comprender del todo su significado. Ni por qué sus pasos lo llevaron tras él, como si un hilo invisible los uniera y obligara a seguirle.
Estaba en silencio. ¿Por qué estaba callado? ¿Por qué no le echaba la culpa? ¿Por qué no lo empujaba bajo un camión en movimiento? ¿Por qué tampoco él lo estaba culp...?
—¡¿No vas a decirme nada?! —gritó a sus espaldas. Rukawa no se detuvo.
Las luces blancas brillaron sobre sus cabezas iluminando la duela y sintiendo la lluvia golpear contra las chapas del techo alto. Los ojos azules y rasgados se posaron en él con lo que reconoció, era un dejo de duda.
—¿De qué hablas?
—¡Del partido! ¡Perdimos por mi culpa! ¿Por qué no me estás tirando mierda?
—¿Qué pasa con eso?
—¡Si vas a burlarte hazlo de una buena vez!
—Nadie te echa la culpa de nada, torpe —murmuró en su habitual tono mortecino—. Jugaste mejor de lo que todos esperaban. Ese error era algo previsible en ti.
—¿Q-qué...?
Rukawa desvió la mirada hacia un costado antes de continuar.
—Perdimos por mi culpa. No pude resistir todo el partido y por eso esta derrota fue a cuesta mia. No volverá a pasar.
—¡Hijo de puta! —Lo que le faltaba: que Rukawa quisiera adueñarse también de sus fracasos—. ¿Tanto te crees? ¡Perdimos por mi pase!
—¡Perdimos por mi culpa!
Y un puño bronceado cruzó el aire, cortando el viento y estrellándose contra la piel de porcelana. Rukawa lamió la comisura de sus labios, cubriéndose con el dorso de la enorme mano. Tres segundos después, el golpe era devuelto con igual ímpetu.
—¡Por la mía!
—¡La mía!
Hanamichi Sakuragi nunca había sentido real placer al golpear a alguien. Cada una de las peleas donde se metió desde secundaria había sido porque otros buscaron pleito. Por defenderse o ayudar a otro. Esa fama de chico malo era más la de un vigilante nocturno que la de un villano. ¿Pero esto? ¿Esta sensación de darle en plena cara a Kaede Rukawa? Esto era algo nuevo. Era algo que ciertamente necesitaba.
Ese zorro apestoso no sólo le robaba protagonismo, sino que ahora le robaba su culpa. ¡Decir que un error así era esperable de él, era darle por menos! Era creerse mejor que él. Era tomar la gloria de ser tan importante como para ocasionar un error.
¿Y ahora por qué mierda se sentía tan bien? ¿Por qué pensaba que su piel se sentía suave al tacto cuando la impactaba con violencia? ¿Por qué mantenía su vista fija más en la forma en que el sudor corría por su frente que en los movimientos de ataque?
Otro golpe. Recibiendo otro. Y ahora una patada.
Cada uno de los puños impactados en su cara parecieron sonar contra sus nudillos como una pared hueca, con la suavidad de una nube. Los ojos azules cargados de rabia, como una expresión que nunca había visto en él. Los nudillos más pálidos que su piel de nieve y el sudor perlando el rostro magullado por sus propios golpes.
Fue una noche tan larga como nunca pensó que podía existir.
