CAPÍTULO 10: TÁCITO.

—¡Te ves totalmente ridículo, Hanamichi!

—¡Ryo-chin! ¡¿Como puedes ser tan cruel con tu amigo?!

—Cierto, Ryo-chin, ¿cómo puedes ser tan cruel con tu amigo? —repitió con tanta sorna como enorme era la sonrisa en su rostro. Hisashi Mitsui había estallado de risa esa mañana cuando entró al gimnasio para el entrenamiento matutino y, aparte de tener el rostro cubierto por miles de banditas adhesivas, el pelirrojo exhibía un peinado que lo asemejaba a un monje del infierno.

—¡Y tú cállate, Mit-chi! —chilló el monje dirigiendo su furia hacia él.

—¡Que no me llames así!

Chiharu se había sentado, como era costumbre en esos últimos días, junto a Ayako mientras ella terminaba de llenar los documentos de las prácticas antes de comenzar la práctica de la tarde. Los gritos de Mitsui, Miyagi y Sakuragi eran algo digno de verse con un enorme bote de palomitas de maíz y los pies sobre un cojín alto.

Sus ojos castaños recorrieron el gimnasio mientras las poco melodiosas voces llegaban a sus oídos como si no se cansaran de discutir a todo volumen. Kogure y Akagi estaban en el rincón opuesto de la cancha intercambiando palabras con el profesor Anzai, como si el anciano les indicara tranquilamente de que iba a tratarse la práctica, y en qué puntos se enfocarían ahora que la derrota contra Kainan los dejaba en una situación un tanto difícil.

Kaede Rukawa, ¿así se llamaba? Ppff, claro. Como si fuera a olvidar el nombre que estaba en boca de todas las chicas de primer y segundo año en Shohoku. El muchacho de cabello negro y piel pálida como la nieve matutina de diciembre se había puesto a lanzar tiros desde la línea doble de la duela, ignorando los gritos de Sakuragi a su persona y también, aquellos de las chicas en la puerta de entrada.

Ladeó la cabeza, dejando que los mechones claros cayeran sobre su hombro, levantando una ceja como evaluando su figura. Era realmente atractivo. Pero por algún motivo, verlo con esos ojos la hacía sentir que miraba a un niño. ¿Tanta era la diferencia de ed...?

—No te sientas culpable, Chiharu-sempai —habló Ayako a su lado, encontrando sus ojos cuando giró el rostro hacia ella. La sonrisa de costado casi le dio escalofríos—. Es un chico lindo, puedes mirarlo y seguirá siendo legal.

¡¿Qué mierda?!

El rostro de Chiharu pasó de blanco a púrpura en solo segundos, y casi se atraganta con su propia saliva entre la sorpresa y el estrepitoso ataque de sincera risa que sacudió sus pulmones hasta hacerle doler el estómago.

Doblada sobre su vientre y riendo a todo lo que daba su garganta. Así la divisó Mitsui mientras arqueaba una ceja y fruncía el ceño a continuación. ¿De qué carajo se estaba riendo ahora? ¿Tenía que reírse como burro cada vez? ¿No podía ser más femenina? ¿No se daba cuenta de que llamaba aún más la atención de lo normal?

—¡L-lo siento! —gimió secándose las lágrimas con el reverso de una mano para mirarla fuera de la catarata que eran en ese momento sus ojos. Ayako se cubrió los labios al notar lo rojas que se encontraban sus mejillas—. Me sorprendiste. No sabía que eras capaz de leer la mente.

—Únicamente las más pervertidas. —Y le guiñó un ojo.

—¿De verdad estás en segundo?

—Estando en este equipo, una se acostumbra. —La morena volteó el bello rostro hacia sus compañeros, que habían comenzado a reunirse—. Entre las chicas que vienen a ver a Rukawa y aquellas que son más curiosas por el deporte, comienzan a contagiarte las ganas de mirar.

—¿Entonces tu voyerismo se trata de una cualidad social?

Hmmm... Podría decirse así.

—Buena forma de no tener culpas.

Rieron con ganas. Akagi las miró tan serio que tuvieron que tragarse el aliento para no seguir interrumpiendo.

La hermosa chica de cabello rizado no pudo evitar notar los ojos oscuros de su superior Mitsui sobre la joven a su lado. No era una mirada directa, claro que no. Pero había visto esos ojos antes, y es que prácticamente cada día en esos tres meses que Chiharu se acercaba al gimnasio, la mirada del as tripleador estaba sobre ella de una forma tan sutil que no pensaría jamás pertenecía a él.

Ayako sabía identificar las miradas de los muchachos. Es decir, ¿la han visto alguna vez? Podía ser considerada una de las chicas más bellas de toda la preparatoria, y por más que no alardeara de eso, lo tenía muy en claro. Por eso su cabello siempre lucía esos rizos permanentes y su cutis era de porcelana. Y Hisashi Mitsui tenía esos ojos con Chiharu. No eran las pequeñas miradas de alguien tímido y sin intención de hablarle. Tampoco la de un idiota que solo está observándole el trasero. Era como la mirada que le lanzaba Ryota Miyagi a ella, pero disimulada y con dos cambios más abajo en intensidad. Sonrió con picardía. Volteó el rostro hacia la chica de tercero, con la atención puesta en lo que Akagi decía.

—Chiharu-sempai, ¿puedo hacerte una pregunta?

—¿Eh? Sí claro, Ayako.

—¿Hace cuánto se conocen tu y Mitsui-Sempai?

Chiharu pestañeó varias veces, enfocando el hermoso rostro moreno en su campo visual. ¿Hace cuanto lo conocía? Pues...

—Primero de secundaria baja —musitó rememorando ese antiguo recuerdo.

—¡Vaya! Eso es mucho tiempo.

—Si un niño de seis te parece mucho... —explicó encogiendo los hombros—. ¿Por qué lo preguntabas?

—Oh. Por nada. Curiosidad, tú sabes.

—Hace cuatro meses aprendí que nada de lo que salga de tu boca es simple curiosidad.

Ayako agitó a su vez las pestañas, fingiendo una inocencia que claramente no tenía.

—Sempai, ¿estás insinuando que tengo motivos ocultos?

—Eso es exactamente lo que estoy insinuando.

—¡Ya! —gritó Mitsui a lo lejos—. ¡Dejen de perder el tiempo! Sus voces molestan.

—¿Siempre fue así de gruñón? —cuchicheó la morena a su acompañante.

—Sí, pero antes su corte de pelo lo hacía tierno.

—¡Cierra la boca Chiharu!

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—Muchas gracias por la invitación, chicos. No tenían que hacerlo.

—¡Vamos, Haruko-chan! Es nuestra forma de levantarnos el ánimo después de lo que pasó.

Denny's parecía estar tranquilo a la hora en que el grupo disparejo llegó con los ánimos caídos y el estómago revuelto. Sin embargo, tanto Yohei como Takamiya pensaron que sería una buena forma de animar a la hermana del capitán Akagi. El rostro lleno de lágrimas de la chica les dio la pauta de que las cosas no estaban bien.

Abarrotaron una mesa entre todos y pidieron comida por montones, claro que quienes más deglutían eran los muchachos, pues las chicas tenían estómagos pequeños, y tras lo sucedido, no era que tuvieran mucho apetito...

—Sí, realmente espero que podamos cruzarnos a Hanamichi mañana para hablar con él antes de que cometa una estupidez —reflexionó Yohei en voz baja, como respuesta a un comentario expresado en la mesa.

Haruko reaccionó dando un brusco respingo.

—¿Estupidez? —balbuceó preocupada—. ¿A qué se refieren? Lo que pasó no fue culpa de Sakuragi-kun. Es un error que todos pueden cometer —insistió, tocando la mesa insistentemente con un dedo.

—Haruko —intervino Matsui—, está bien lo que dices, pero debes aceptar que fue ese error el que les costó el partido.

—Matsui...

Los comensales se observaron entre ellos, captando que el ambiente no estaba de lo más suave que digamos.

—De... de todos modos... —murmuró Fujii por encima de un susurro, casi inaudible al otro lado de la mesa. Súbitamente, ser el centro de todas las miradas resultó muy intimidante. Tragó saliva, inspiró hondo, y volvió a la carga con la vista fija en la mesa—, c-creo que Sakuragi-kun jugó realmente bien. Solo lleva entrenando tres meses, en tan poco tiempo... no podría...

—¡Tienes razón, Fujii! ¡Tienes toda la razón! —exclamó Haruko interrumpiéndola, su rostro iluminado de entusiasmo—. Aunque no está bien compararlo con Rukawa-kun, Mitsui-san o mi hermano, tampoco se puede negar que ha crecido mucho en cuánto, ¿dos meses? ¡Y tiene tanto entusiasmo! Se esfuerza como nadie en mejorar...

Takamiya sonrió casi con ternura escuchándola hablar de esa forma apasionada. Acercó su hombro al cuerpo de Yohei, sentado a su lado y le habló despacio, para que solo escuchara él.

—Haruko-chan tiene esperanza en la humanidad, ¿verdad?

—Sí, claro... —respondió distraído.

Pero sus obsidianas rasgadas no estaban fijas en la muchacha que hablaba sin parar, sino en su amiga, la de cabello corto que ahora parecía muy concentrada en retorcer los dedos de sus manos por debajo de la mesa, como si fuera algo más interesante que escuchar a Haruko cambiar el tópico a su favorito: Kaede Rukawa.

«Así que no eras tan mala después de todo, ¿eh, Fujii-chan?», pensó con una media sonrisa. No podía negar que le había tomado cierto gusto a tirar de la cuerda que presionaba los botones de esa chica de personalidad tan rigurosa y tímida a la vez. ¿La palabra que buscaba era tiesa...? No, eso parecía más un insulto que una definición.

Y pensó en ello por el resto de la merienda improvisada, hasta que todos habían comenzado a despedirse y como los caballeros en brillante armadura que realmente eran, acompañaron a las féminas a la estación de trenes para que pudieran encaminarse hacia sus hogares sin ningún contratiempo.

—Gracias por venir con nosotras —expresó Haruko con su siempre dulce sonrisa.

Matsui cruzó los brazos a su lado.

—Resultaron ser más galantes de lo que pensábamos —añadió a regañadientes.

—Somos como cajas de pandora —respondió el rubio alto con una mano tras la nuca, haciendo que Noma secundara sus carcajeos—: nunca se sabe qué haremos a continuación.

—Excepto cuando se trata de Takamiya, que lo único que hace es comer —dijo Noma, ganándose un tacle por parte del mencionado.

Yohei tenía la cara llena de risa viendo a sus amigos —antiguos y nuevos— interactuando de forma tan relajada, pero había alguien que le faltaba para completar el cuadro. Oteó los alrededores buscando a la joven, y la encontró apartada del resto comprando su boleto. Tenía un aspecto solitario en algunas ocasiones, incluso cuando estaba rodeada de personas como en ese momento. Resultaba inútil negar que eso le llamaba la atención.

Se acercó a paso liviano con ambas manos en los bolsillos, cuidando de no asustarla, lo cual se le hacía un poco difícil pues actuaba igual a un cervatillo nervioso.

—Me diste una grata sorpresa, Fujii-chan —habló con la media sonrisa que lo caracterizaba, junto a los pequeños hoyuelos abriéndose paso en sus mejillas.

Fujii giró medio cuerpo hacia atrás para verlo con los ojos muy abiertos.

—¿Eh? ¿De qué hablas? —murmuró fijándose en sus hoyuelos por inercia. Eran... algo así como lindos.

A veces, Yohei le parecía resaltar del resto. No, no era por su aspecto... no solo eso, sino que mientras el resto de los chicos daba miedo, pero parecían tomarse todo a chiste, él era... ¿normal? ¿Quizá? No lo sabía.

Yohei se encogió de hombros al tiempo que meneaba suavemente la cabeza, manteniendo su expresión despreocupada.

—Cuando defendiste a Hanamichi, pues... —Se interrumpió, y prosiguió con otra frase—. Parece que debajo de toda esa rigurosidad, sí escondías un corazón tierno —explicó como si todavía no se lo creyera.

Aquel día, el muchacho aprendió varias cosas interesantes. Una de ellas: obligarse a medir su enorme bocota, porque esa sonrisa desenfadada no iba a garantizarle obtener simpatía automática en su interlocutor de turno.

También aprendió que el abanico de emociones de Fujii no se limitaba a timidez, miedo y tiernas sonrisas introvertidas, pues apenas terminó de hablar, vio claramente que esos ojos de chocolate brillaban dolidos. El rictus de su mandíbula, femenina y redondeada, cambió tanto como la comisura de sus labios, ahora recta, mientras era evidente que pasaba un gran trabajo modulando su respuesta.

La reacción incómoda en ella consiguió desconcertarlo, por lo que debió retroceder un paso.

—Tú me sorprendiste más —susurró en tono herido—... nunca creí que pudieras ser así de grosero. Con permiso. —Y se marchó rápido eludiendo a Yohei con facilidad.

Igual que un grácil cervatillo escapando de un cazador.

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Ayako le había comentado que ser mánager del equipo no era una tarea sencilla. No solo debía ocuparse de los documentos oficiales antes de los partidos, sino del orden absoluto del gimnasio. Aún cuando los chicos de primero limpiaran, era de su total responsabilidad supervisar todo y guardar los elementos utilizados durante las prácticas. Por eso la morena agradeció de buena gana la mano ofrecida por la chica de cabello claro. Siempre podían quedarse hablando un poco más en el entretanto.

Hisashi Mitsui no comprendía que tanto podían cuchichear estando juntas. No llevaban demasiado de conocerse, y aún así las dos muchachas se comportaban como si se hubieran visto los rostros por años. Chiharu tenía esa extraña habilidad de abrir a las personas como quien hojea un libro. Nunca sabría si era su sonrisa cálida, los chistes inapropiados o el que siempre tuviera comida en su bolso. Pero no había nadie que se resistiera a terminar entablando una conversación con ella. Y la manager del equipo parecía no ser una excepción.

Unos cuantos minutos después, la oyó despedirse. Ayako levantó el brazo delgado en su dirección, moviendo la mano de lado a lado. Imitó su gesto con un giro de muñeca, teniendo el balón que usaba en otra. Tragó fuerte ante el pensamiento de que, realmente, estaba siendo aceptado en el grupo con mayor celeridad de la que pudo pensar alguna vez.

Notó el rostro intrigado de Chiharu voltear hacia él cuando la puerta metálica se cerró tras ellos. La vio acercarse a él con ese caminar similar a una libélula y arquear una ceja con extrañeza.

—Todavía no entiendo cómo es que tienes tanta resistencia, Hisashi-kun.

—Aún tengo que aceitarme —le contestó girando el rostro hacia un costado. ¿Tenía que quedarse a esperarlo?—. Por cierto, ¿qué fue todo eso?

Chiharu lo miró sorprendida, levantando la cabeza para enfocarlo correctamente en su campo visual. Las gotas de sudor en su rostro parecían marcar varios caminos bifurcados por la piel masculina. Sonrió de costado ante la visión imaginaria de una carretera de doble mano en su piel.

—¿A cuál de todas las cosas que hice hoy te refieres?

—Sabes perfectamente qué quiero decir. Estabas hablando de mí con Ayako durante el entrenamiento.

—Tienes un radar para identificar a los que hablan de ti, ¿verdad?

—Ya explícame, maldición.

A Chiharu le parecía casi irresistible torear el mal humor de Mitsui evitando sus preguntas, hasta que elegía responderle solo para que la vena de su frente no terminara explotando y manchándola toda de sangre.

—Ayako me preguntó hace cuánto nos conocemos. Seis años, ¿verdad? Bueno, si contamos incluso esos dos que no nos vimos la cara.

—¿Tanto? ¿De verdad?

—Nuestra amistad es un niño de primaria. Tierno, ¿no?

—¿y quién te dijo que somos amigos?

—Hace tres meses que nos vamos juntos del colegio. Es eso, o te sigo y no te quejas.

—Cierra la boca de una vez... —masculló para finalizar el intercambio.

La risa de Chiharu resonó fuerte en cada átomo componente de las gruesas paredes del gimnasio. Mitsui rebotó el balón contra la duela varias veces para contrastar el sonido que la joven parecía querer meter a la fuerza en sus sentidos.

—Espérame media hora más, y te acompañaré a casa.

Mitsui habló bajo, pero en un tono perfectamente audible, volteando el enorme cuerpo para seguir castigando al tablero con tiros tan certeros que harían temblar a cualquiera que pasara por la puerta en forma distraída. Sintió, o creyó sentir, los pasos descalzos llegar hasta las gradas situadas al costado de la duela. ¿De verdad iba a esperarlo media hora más?, cualquiera lo hubiera mandado al demonio, o habría apurado su práctica para llegar antes. Pero ahí estaba, sentada como una niña a la espera de que le lleven un dulce prometido. Se encogió de hombros antes de seguir con su práctica en solitario.

Una canasta. Dos canastas. Tres. Cuatro. Cinco. Perdió la cuenta luego de la décima. Sonrió secando el sudor de sus labios con el reverso de la mano, agradeciendo mentalmente que el tiempo no se hubiera llevado la memoria motora de su cuerpo. De él dependía para recuperar lo que perdió. Y entonces, sus oídos captaron algo más que el repiqueteo del balón contra la madera lustrada o su propio corazón en sus sienes. El rasgueo de las cuerdas de la guitarra de Chiharu era algo que no había olvidado. Otro recuerdo motor que parecía catapultarlo a la época donde aún no había metido la pata.

Giró la cabeza hacia ella, guiado por el suave sonido de sus dedos contra los hilos de metal tensados. Creyó recordar que la chica intentó enseñarle los acordes en algún momento, pero se frustró tanto al no poder mantener los dígitos en una posición antinatural que le había devuelto el instrumento con su mejor cara de odio. Se le había estallado de risa en plena cara ese día. Como todos los días, en realidad. No notó cuándo fue que sus pasos lo llevaron con lentitud hasta donde estaba sentada, totalmente ajena al mundo que la rodeaba. Como siempre que tocaba, o pensaba recordar. Y es que Chiharu tenía la habilidad de recluirse en su propia mente y quedar oculta en ella, justo antes de saltar de felicidad nuevamente. Pero por un instante, viendo su rostro, Mitsui supo que no era el que siempre llevaba cuando se perdía en su música. En ese momento, el as tripleador de Shohoku sintió que estaba observando a otra persona.

—Oye...

—¿Hmmm? —alzó la cabeza brusco—. ¿Qué, ya terminaste?

—No puedo concentrarme si haces ruido.

—O-oh. Lo lamento, Hisashi-kun. La guardaré si te molesta.

Ahora se sentía un poco culpable por ser tan borde con la niña...

—No, de todos modos quiero descansar.

Mitsui sabía que tenía toda una grada libre para él. Podía sentarse donde más quisiera, como cuando vas al cine y la sala está vacía. Aún así, su trasero se depositó a pocos centímetros de ella. La miró de reojo mientras cerraba el estuche negro cubierto con parches. Era el mismo que usaba en secundaria baja...

—¿Qué tocabas? —preguntó. Y esta vez, realmente lo vio. Porque los pequeños hombros de la chica a su lado parecieron tensarse de pronto. ¿Qué...?

—Algo en lo que estoy trabajando.

—¿Ahora compones? —Quería tomarle el pelo, pero cierta sensación extraña le previno de no hacerlo.

—Algo así. No puedo llamar componer a tocar acordes al azar hasta que algo me gusta.

—¿Puedes mostrármela?

—Esto... No está lista aún.

—Ah...

¿Desde cuándo había silencios incómodos entre ellos? Eso no era común, al menos en su memoria. Silencios embarazosos, sí. Silencios de enfado también. Pero no esto. ¿Por qué sentía que había cambiado aún más que simplemente su apariencia?

—¿No tienes frío? Se te está secando el sudor en la camiseta.

—Podrías elegir una forma más educada de advertirme que estoy apestando —se quejó hablando con la boca pequeña.

—¡Oye! Nunca dije eso. Además, no me molestó en secundaria, ¿por qué lo haría ahora?

—¡Ja! Esa está buena. —Mitsui hablaba atropelladamente para ocultar su vergüenza, no le hacía gracia hablar sobre sudor con una chica, y menos si se trataba de la molestosa Chiharu—. Nadie aceptaría tan bien el sudor de otro a menos que ese otro le guste.

Ella pestañeó con expresión inocente.

—Ah... Bueno, supuse que lo sabías, ¿no? Me gustabas en esa época —dijo como si tal cosa.

—¡¿Eh?! ¡¿Qué?!

—Hisashi-kun, tu vena...

—¿Yo te gustaba? —vociferó rozando la neurosis—. ¿Es broma?

—¿Por qué bromearía con eso?

—¡Porque te fuiste corriendo cuando quise confesarme!

—¿Cuando qu...?

—El último día de clases, idiota —la interrumpió con impaciencia—. Me dejaste con tu amiga y te fuiste corriendo como rata.

—O-oh... Es que le gustabas a Emi-chan —murmuró encogiéndose de hombros.

—¿Qué carajo...? Si yo te gustaba, ¿por qué te fuiste?

—Porque también le gustabas a Emi-chan.

Era broma, ¿cierto? ¿Todo ese tiempo se habían gustado y ninguno de los dos dijo nada? ¿Ella lo quería y se lo dejó como consuelo a su amiga? ¡Esa mujer era una grandísima est...!

—¿Y eso qué mierda tiene que ver...? Bueno. No es que sea importante ahora. —Agitó una mano para reforzar el desinterés de su frase.

—Pero no puedes negar que esto fue divertido.

—Cierra el pico y vámonos, Chiharu.

—¿Vas a salir apestando a rayos?

—¡Cállate!

Chiharu ahogó una risa con su mano. No quería provocar otro berrinche de su parte, y trató por todos los medios de no lanzar una sonora carcajada. Mitsui tomó su bolso con tanta fuerza que por poco lo tiró al suelo. Se puso de pie gruñendo bajo, comenzando su camino a las duchas. Sabía que estaba hablando en voz alta cuando sus pensamientos se alinearon con su laringe. Chiharu idiota...

—Si me lo hubieras dicho me habrías ahorrado un montón de mierda...

Y sus pasos lo alejaron de ella. Chiharu lo siguió con la mirada, aún sentada en las gradas. Solo se permitió pensar en su respuesta cuando desapareció tras la puerta, como si temiera que leyera su expresión si la veía. ¿Que se habría ahorrado un montón de mierda? Por supuesto, sabía perfectamente a qué se refería. Si Mitsui se enterase de que ella pensaba exactamente igual...