¡Hola a todos!

Antes que nada, PERDÓN. Se que no estuve poniéndole onda a esta historia, y sin embargo escribí otras. Pero me aferro a mi excusa/verdad: si bien la trama hasta ahora viene tiernita, se va a poner gedienta. Y no estuve en mis mejores condiciones mentales para tolerarlas de ser totalmente sincera. No voy a poder actualizar semana a semana, pero prometo que no va a pasar TANTO tiempo como hasta ahora. Y si quieren pasarse por mis otros fics, son más que bienvenidos :)

Gracias querida Stacy_Adler por el aguante de siempre, pese a todo. ¡Te quiero aunque no parezca(?!

¡Nos vemos pronto!

CAPÍTULO 11: DOS AÑOS.

Yohei no era una persona prejuiciosa... o eso quería creer de sí mismo, en realidad.

Toda su vida fue observado torcido por los adultos debido a sus pintas de maleante juvenil y las personas que le acompañaban, como si su peinado estilo pompadour combinado con la expresión petulante de su rostro, gritasen a los cuatro vientos que era un simple yankee sin aspiraciones ni futuro; un tipo que era mejor tener lejos antes de que te golpeara, o te robara la billetera.

Bueno, delincuente jamás fue. Lo de las aspiraciones... podría ser cierto, sin considerábamos que era muy joven como para saber a qué se iba a dedicar en la vida. Y el futuro, ¡vamos! Que todos tienen un futuro, solo han de buscarlo con ahínco. Y lo de ser una persona prejuiciosa, comprendió que sí lo era —a veces— el día en que la chica de cabello castaño y tímidos ojos de chocolate lo mandó a freír espárragos con bastante elegancia.

Yohei pensaba que Fujii era una niña tímida y callada, nada más. Estaba en lo cierto, pero también tenía carácter, aunque no lo sacara a relucir casi nunca. También solía pensar que era estirada y muy poco abierta de mente; pues... tenía razón, pero cuando animó a Hanamichi y le dio su almuerzo, abrió nuevas vetas que no creyó ver en ella.

Hablando en términos simples, a Yohei le molestaba que Fujii fuera tan prejuiciosa. Y dicen que lo que te molesta en alguien no es algo más que tus propios defectos gritándote a la cara. Entonces, sería mejor actuar en consecuencia.

La tarde en que Yohei decidió entrar al salón tres del primer año fue la que cambió todo, porque la chica de rostro angelical se había quedado más tiempo del previsto limpiando el pizarrón como buena delegada de la clase que era, poniendo siempre el ejemplo a sus pares de responsabilidad a toda prueba. Y cuando giró sus talones al escuchar que alguien entraba al salón descorriendo la puerta con lentitud, no midió su sorpresa de encontrarlo a algunos metros de distancia. Poco le faltó para dar un traspié, aunque consiguió mantener el equilibrio milagrosamente.

—M-Mito-kun —habló con los ojos muy abiertos—, ¿qué haces aquí?

La hora de la verdad había llegado.

—Estaba... te estaba buscando, Fujii-chan.

—¿Buscándome? ¿Qué necesitas?

Yohei no solía ponerse nervioso fácilmente, ni por nada en particular, ahora que lo pensaba bien. Sin embargo, esa penetrante mirada oscura tenía el efecto de perforarle el pecho en un sentido bastante figurado y un poquito real. Lo peor era que su interlocutora no se daba la más mínima cuenta de lo que era capaz de lograr con él.

El muchacho se encogió de hombros, gesto que lo había salvado de pagar culpas en infinidad de ocasiones, pero que con Fujii no parecía tener el mismo efecto.

—Quería disculparme —explicó en tono suave—. No creo que me haya comportado bien la última vez que nos vimos.

—Pues no. —Su voz, habitualmente dulce y quebradiza, se escuchó tan cortante como un latigazo.

—Qué directa...—murmuró Yohei, esbozando una media sonrisa que ella no le devolvió. Carraspeó levemente antes de volver a hablar—. Esto... verás, hay algo que quiero pedirte.

—¿Pedirme? —repitió muy agudo.

—En realidad, sugerirte. —Y se lanzó—: ¿Qué tal si salimos tú y yo?

—¡¿Eh?!

El rostro pálido de Fujii parecía desencajarse fuera de la expresión siempre pasiva que solía mostrarle al mundo exterior. Yohei contuvo la risa al notar que, realmente, esa chica tenía más matices de los que aparentaba. Había hecho bien en hablarle.

—No te asustes tanto. No hablo de salir como novios —de momento, porque no se podía saber el futuro hasta vivirlo—, sino de conocernos. Me quedó claro que te juzgué mal, aunque tú hiciste lo mismo conmigo. Entonces, ¿por qué no salimos y nos mostramos tal cual somos? Así, la próxima vez que nos ofendamos mutuamente, tendremos todo el derecho del mundo a hacerlo. ¿Qué dices?

Fujii sabía que lo estaba mirando como si tuviera ocho cabezas y un cuerpo de rana. Pero no se le ocurrió modificar su expresión facial, porque así se sentía realmente: completamente perdida a la deriva, flotando sin rumbo, y tan solo a causa de una simple frase, bastante inocente por lo demás.

Mientras el exterior se ponía en pausa, como cuando detienes la videocasetera para levantarte de la sala, su mente se enfocó en analizar lo que estaba ocurriendo, y es que se encontraba en ascuas. Ahí estaba el chico que había logrado sacarla de eje hasta el punto en que no había sido la persona más amable para con él, mirándola con expresión divertida y a la vez seria, interesada. Como si su respuesta fuese algo muy importante.

Fujii siempre se esforzó mucho por comportarse seria, tímida, recatada, callada. Y con Yohei, simplemente no podía serlo. Era novedoso y frustrante a partes iguales.

Su madre la había advertido en muchas ocasiones que se comportara de acuerdo a lo esperado para una «dama japonesa», pero la muchacha tenía dentro de sí una esquina de carácter que le había costado innumerables sermones y reprimendas, porque alzar un poco la voz y mostrar desacuerdo era lo contrario que se espera de una niña buena.

No entendió por qué su cabeza asintió para responder de forma positiva a la invitación de Yohei... al menos hasta dentro de mucho tiempo después. Pero en ese momento, luego de aceptar, agachó la mirada para evitar el escrutinio de su acompañante, que había comenzado a sonreír dibujando un hoyuelo en su blanca mejilla, el cual ya iba conociendo bastante bien.

Y mentiría si no admitiera que le parecía un contrapunto muy dulce en su armónico rostro juvenil.

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Domingo.

—¿Entiendes? Tienes que reemplazar X por Y en cada uno de los paréntesis. Esa es la incógnita que vas a resolver al final.

—Sí. No.

—¿Cuál de las dos es?

Mitsui suspiró echando el aire por la nariz. Esa niña le iba a sacar canas de colores en cualquier momento.

—No —admitió de mala gana.

—Bien, vamos desde el principio.

—¿Podemos descansar un rato? Me obligas a trabajar horas seguidas y mi cabeza estalla.

—Eres tú el que quiere tener todo aprobado para poder jugar, Hisashi-kun. No me trates como tu verdugo. —Estiró ambos brazos por encima de la coronilla—. Bien... descansemos.

—¿Té o jugo?

—Jugo.

Junio. Domingo. Los días comenzaban a hacerse más largos y calurosos. Aún era pronto para utilizar el uniforme de verano, pero quitarse el saco del uniforme en un ambiente cerrado se convirtió en una necesidad.

Como habían prometido casi dos meses atrás, el pacto de Mitsui y Chiharu permanecía intacto: se juntaban para estudiar los temas conjuntos dos veces por semana, y la joven le explicaba de buena gana todo lo que él no entendiera. Y es que el as tripleador de Shohoku se prometió a sí mismo salir adelante después de haber estado de vago dos años enteros.

Chiharu sonrió con disimulo cuando notó el poster de Reggie Miller colgado en la cabecera de su cama. Poco a poco, esa habitación aséptica volvía a tener su esencia original. La que no olía a cigarrillo. El vaso de zumo color anaranjado frente a su rostro la hizo volver a la realidad, obligándola a mirarlo a los ojos cuando se inclinó sobre ella con una ceja levantada como interrogante.

—¿Tanto te gusta mi pared?

Chiharu rio con fuerza, llevándose un mechón claro tras la oreja. La trenza con horquillas metálicas al costado de su cabeza permanecía intacta desde esa mañana.

—El próximo partido de Shohoku es la semana que viene, ¿verdad?

—Sí, contra Takezato. Quiero decir que será pan comido, pero ya no podemos perder ningún otro punto en la clasificación del Intercolegial.

—Vaya... —murmuró pestañeando varias veces mientras bajaba el vaso de sus labios—. Realmente cambiaste.

—¿De qué hablas ahora?

—Tu «yo» de secundaria habría dado un discurso autoproclamándose el Rey del Universo, tirando por tierra al otro equipo.

—¡Oye! —No mentía en lo absoluto. Pero de todos modos...—, hablas como si hubiera sido un mocoso insufrible.

—No seas tan duro contigo. Todos fuimos unos mocosos.

Eres una...

Por momentos, era como si nada hubiera cambiado entre ellos. Como si esos dos años de separación jamás hubiesen existido y el pique constante entre ambos fuera eterno. Como si la risa de Chiharu esquivando su largo dedo dirigido al medio de su frente pálida fuese tan familiar como lo sentía en ese instante. Y sin embargo, había muchas cosas que le gritaban en plena cara que esos dos años eran tan reales como la montaña de tarea sobre la pequeña mesa de su alcoba.

El cabello largo de la chica sentada frente suyo. El casi nulo conocimiento en matemáticas de tercer año. Ese gusto a tabaco permanente en el fondo de su garganta, esperando a expulsarlo por completo aún cuando eventualmente quisiera fumar por nervios. Y en ese instante, por la mirada de su padre desde la puerta abierta de su habitación.

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Esto era el cielo. Realmente, había muerto y partido al cielo. No podía creerlo de otra manera cuando Haruko Akagi le había dicho sonriendo que irían a comprar unas zapatillas nuevas al centro de la ciudad. ¿Esas eran campanas? Definitivamente lo eran. Tenían que serlo, porque después de toda la mierda que estuvo soportando días atrás, algo bueno era necesario para su sistema nervioso. Como lo fueron las palabras del viejo que atendía en Chieko Sports, cuando le dijo en secreto que su novia se veía bonita. La mente de Sakuragi se disparó directo hacia la estratósfera, ¿cómo podía ser, si no? Estar ahí con ella definitivamente era más que un sueño, uno que culminó con las palabras que abrieron sus ojos antes de que el orgullo nublara su juicio: las zapatillas obsequiadas representando los colores de Shohoku.

Si, sus amigos eran unos imbéciles, pero dentro de su irremediable ola de inmundicia verbal, le habían dicho que nada de lo que pasó fue su culpa. Haruko hizo lo mismo. Sus compañeros no lo culpaban e incluso Ryota Miyagi se ofreció a practicar con él para mejorar su visión periférica y evitar errores en un futuro.

Pocas veces Hanamichi Sakuragi se había considerado realmente un tipo afortunado. Podía contar con un puñado de ellas: cuando su tía lo visitaba y cocinaba algo delicioso para él. Una buena rueda en el Pachinko. Los torneos de Súper Mario que le ganaba a Yohei y ahora, la oportunidad de tomar su almuerzo junto con la chica de sus sueños.

Sí, desde luego que una pequeña parte suya gritaba en su cerebro «¡la conoces hace poco más de un mes! ¡No puede ser la chica de tus sueños!». Pero la otra, esa irracional a la que escuchaba sin ningún miramiento, le decía que era la verdadera. La correcta. Que esta vez el invierno no regresaría a su corazón.

El bento que le obsequió la amiga número dos de Haruko estaba delicio... ¡Fujii! ¡Fujii! No podía ser descortés, su nombre era Fujii. Bueno, estaba delicioso. Seguramente haría muy feliz al chico que le pidiera bentos para almorzar.

Y entonces, mientras degustaba un poco de arroz y vegetales grillados, la voz de su ángel sonó como campanadas de cristal directo en su cerebro.

—¿Qué dices, Sakuragi? ¿Ya te recuperaste del partido? ¡Perdiste mucha energía por cómo jugaste!

—¡Ya estoy bien, Haruko-san! ¡Eso no fue nada para el Talentosísimo Hanamichi Sakuragi!

—Pero está bien que te tomes un tiempo para recuperarte. Te tocó un partido sumamente difícil. ¡Y jugaste muy bien!

—Haruko-san, estás halagándome demasiado... —murmuró ruborizado.

—Y claro que mi hermano también. Y Mitsui-sempai. Y Miyagi-sempai. Y Rukawa...

Y claro que eso iba a ocurrir. Que ese zorro imbécil iba a aparecer en sus pensamientos para sonrojar sus delicadas mejillas. Para quitarle la atención que muy de vez en cuando lograba conseguir. Ese desgraciado que con solo pestañear podía hacerlo todo. Y lo odiaba, lo odiaba tanto como su estómago hervía cuando lo tenía en frente. Como cuando recordaba sus jugadas. Cuando le dirigía la palabra. Como ahora, en que su ángel terrenal le hablaba directamente preguntando qué ocurría, y él seguía sumido en sus pensamientos masticando su labio inferior hasta casi perforarlo con sus filosos caninos, todo de pura rabia.

¡Estúpido Rukawa!

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Seijirou Mitsui no era un mal hombre. Desde luego que no. Trabajaba duro por su familia, y había criado a sus hijos con el amor y respeto que recibió en el pasado. El problema, a sus ojos, era que su primogénito se había pasado por el trasero todos sus intentos de paternidad especial. Todas sus charlas en la preadolescencia, todos esos partidos, todos los momentos que cada progenitor atesora durante años venideros, ahora estaban cubiertos de polvo gris y depositados en un sector de su mente al que no se acercaba por dolor, sino por decepción.

Decepción...

Si Seijirou tenía que buscar una palabra en especial para definir a su hijo, estaba seguro que esa sería. Porque verlo echar su vida a la basura era algo que no podía tolerar. Quizá por eso eligió apartarse de él cuando su segundo llamado de atención no surgió efecto. Y no podía entender por qué una chica ahora estaba en su habitación en una pose nada comprometida. Y con los libros abiertos en la pequeña mesa de noche.

—S-Señor Mitsui —dijo con voz suave la joven de cabello claro—. Buenos días. S-soy...

—No quiero interrumpir su sesión de estudio. Estaré en mi habitación. Fue un placer.

Chiharu parpadeó tantas veces como segundos tardó el altísimo hombre el voltear medio cuerpo y seguir su camino por el estrecho pasillo que comunicaba las habitaciones del apartamento. El silencio en el cuarto blanco pareció extenderse en frío y sudor helado para complementar.

La joven recordaba la relación padre-hijo como algo casi rozando lo tierno. Todo lo tierno que el tsundere de su amigo podía ser en aquella época, lo cual era realmente poco. Pero el hombre parecía orgulloso de su primogénito y no temía demostrarlo en público dentro de las capacidades de su sociedad.

Lo veía en cada partido alentando con fuerza y siempre que podía lo pasaba a buscar en automóvil por la puerta del colegio, llevándola también ya que quedaba de paso. Y por algún motivo, el aire congelado le pareció tan extraño como la imagen de Mitsui al momento de su reencuentro. Y también lo fue la expresión en su rostro cuando volteó el suyo hasta encontrárselo.

—¿Seguimos?

La voz del muchacho, baja y gruesa, pareció rebanar el aire con un cuchillo oxidado. Tragó fuerte al notar el rostro contraído en molestia, como si estuviera deglutiendo un caramelo gigante y de mal gusto. Lo vio inclinarse sobre sus libros, tomando un lápiz y presionando mucho más fuerte de lo necesario.

—Sí...

El silencio volvió a ellos como un manto de hielo seco.

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El momento en que el reloj marcó las cinco de la tarde de ese domingo caluroso, fue el instante en que Mitsui decidió que la sesión de tortura se había terminado. Por eso se puso de pie tomando ambos vasos vacíos y los llevó a la cocina en el más absoluto silencio. Los pasos sonando descalzos en el piso de madera y dejando a una quieta Chiharu en su alcoba mientras guardaba sus libros.

Los ojos pardos se pasearon por los rincones de su hogar y de pronto, ese sentimiento de sentirse un extraño en su propia casa volvió a hacerlo presa de una molestia en su pecho. Apretó fuertemente las mandíbulas, dejando los vasos en el fregadero y apoyando las enormes manos hechas puño en la mesada de mármol. La sala a oscuras le daba la noción de que su padre no se había levantado de su siesta dominical, y que su madre junto a Miyuki habrían ido a visitar a una amiga. ¿En serio? ¿Justo hoy tenía que estar solamente con él?

Tragó saliva por enésima vez, sintiendo hiel pasar por sus cuerdas vocales con la textura de miel ácida. ¿Por qué? ¿Por qué se quedó callado cuando su padre ignoró su existencia a tal punto que hasta fue grosero con una invitada? ¿Por qué él se quedó callado como si de pronto tuviera diez años de nuevo?

No supo cómo esos pensamientos rondaron tanto por su cabeza, que de pronto se vio caminando por la calle de su vecindario junto a la chica de cabello claro, acompañándola a la estación como cada vez que se iba y aún era de día. Y algo llamó su atención desde su propio análisis: él sabía perfectamente que su padre tenía todos los motivos del mundo para evitar siquiera mirarlo.

Dos años comportándose como un verdadero imbécil podía lograr que cualquier padre se cansara de su descendencia. ¿Qué le hacía pensar que Seijirou Mitsui sería en algo diferente?

Siempre fue recto y estricto, pero jamás lo trató de forma injusta. Apoyó cada uno de sus juegos y juraba que en esa mirada calcada a la suya había orgullo cuando él lograba un triple perfecto. Eran pocas las palabras de aliento que recibía de él, porque pocas eran sus palabras en general. Pero todo cambió dos años atrás. Dos enfrentamientos de gritos y una ida casi a puños después, y todo se había hecho pedazos. De pronto, él no existía para su padre. Y no es que pudiera realmente culparlo.

—Oye... —escuchó decir a la chica caminando a su lado. Esa cuya presencia casi olvidó por un momento. Bajó la vista hasta encontrarse con ella, observándolo con una ceja levantada y verdadera preocupación en su semblante—. ¿Estás bien...?

—¿Eh? ¿Por qué no habría de estarlo?

—Porque hace diez calles que caminamos en dirección contraria y no te estás dando cuenta.

—¡¿Qué?! ¡Chiharu idiota! ¿Por qué no dijiste nada?

La joven rio con fuerza levantando sus manos frente al pecho como un escudo improvisado ante la subida de voz. Abrió los ojos claros para sonreírle de costado, ladeando la cabeza sobre su hombro izquierdo.

—Al menos ahora hablas. Tanto silencio me preocupaba.

—Q-qué...

—No me voy a ofender si no quieres contar qué te pasa. Pero sirvo para algo más que como tutora ad honorem de matemáticas, ¿sabes?

Y sus pasos comenzaron a llevarla hacia el lado contrario, esta vez correcto. La sonrisa en su rostro permaneció hasta que solo vio su espalda pequeña y el cabello brillando en tonos cobrizos.

Y algo impulsó su voz entre velos de maldiciones y palabras irreproducibles, porque como siempre ocurría con ella, habló algo que no tenía en su mente.

—Hace casi dos años que es así.

La voz de Mitsui sonó seca en el aire de verano. Chiharu lo quedó mirando con rostro asombrado, porque no era común que Mitsui emitiera sonidos hacia ella que no fueran de molestia. Mucho menos, referidos sobre él mismo. Y, muchísimo menos, sobre su padre.

Recordaba perfectamente las escenas del pasado, cuando padre e hijo compartían risas estando ella presente junto con sus amigos. Pero ahora...

—En fin —continuó encogiéndose de hombros, restándole importancia a algo que claramente sí la tenía, y mucha—. Ya ni modo...

Ninguna de las expresiones que recordara del muchacho frente a ella se correspondía con esos ojos tristes. ¿Tristes?, si. Tristes. Algo nuevo y que le perforó el pecho como un taladro de hierro. Y quizá por eso, las palabras brotaron de sus labios como una catarata de agua clara.

—Oye... —le dijo. Mitsui la miró, como despertando de un trance—. Hoy solo somos papá y yo para la cena. ¿Quieres venir?

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No había palabra más precisa para definir la cita entre Fujii Inouyama y Yohei Mito que «estándar». Sí, estándar. Lo más estándar y corriente del mundo: una película de comedia rosa en el cine, seguido de un almuerzo en Denny's donde Yohei se ofreció a pagar todo como el buen caballero que era, luego dieron una larga caminata por el parque intercambiando algunas frases de cortesía con datos básicos sobre sus vidas hasta la fecha y, cuando la tarde estaba por llegar a su fin, Yohei la escoltó hacia la estación de trenes mostrando que podía ser muy atento incluso sin tener experiencia en citas.

La joven de corto cabello castaño parecía contener la respiración mientras intentaba dar una mirada furtiva al muchacho que caminaba a su derecha, con ambas manos en los bolsillos y la vista fija en el camino por delante. ¿Qué fue todo eso? ¿De verdad había valido la pena pasar un domingo entero paseando? Tenían exámenes cerca, y si debía ser sincera, parte de ella no dejaba de elucubrar sobre ese hecho en concreto.

Fujii era reconocida por sus pares como una niña de buena familia. «Niña mimada», «niña rica», «niña con suerte», entre otras definiciones que no le gustaba rememorar. La habían llamado de muchas formas a lo largo de sus quince años de vida, y al menos las tres primeras no podían considerarse una mentira propiamente tal. Porque sí, era mimada, y no le molestaba serlo, ¿qué tenía eso de malo? Y sí, era parte de una familia con buen pasar económico, pero como su padre quería hacerla entender que no todo en la vida era el dinero, la enviaba a estudiar en una preparatoria estatal. ¿Si era una niña con suerte? Bueno, quizá ese punto pudiera disentir en algo, pues Fujii no podía considerarse alguien rebosante de fortuna cuando, a excepción de Haruko y Matsui, nunca fue apreciada por sus pares. Posiblemente se debiera a los dos primeros puntos que sí, eran totalmente verídicos. Y así como Fujii era juzgada antes de interactuar con ella por prejuicios que podían considerarse absurdos, la muchacha devolvía la mano observando y clasificando a las personas bajo su propio criterio, método que le funcionó por un tiempo... hasta que conoció a Yohei Mito. Parte de ella se ilusionó un montón cuando este le pidió una cita, ¿significaba eso que la encontraba interesante? Debía ser. Por eso, hizo lo que siempre le enseñaron: ser una buena niña. Y el resultado fue la cita más gris y común que pudo haber tenido en la vida. Horas y horas de monotonía sobre rieles de tirante cordialidad.

—Aquí tomas el tren, ¿verdad, Fujii-chan? —preguntó Yohei una vez arribaron a la estación.

Fujii contrajo los hombros casi con maestría para que no notara que la frase consiguió afectarla, aun cuando no tuviese clara la razón. No era lógico que se sintiera tocada por palabras tan simples y obvias.

El sol de la tarde parecía brillar como una enorme esfera de fuego en tonos naranjas, haciendo que su cabello castaño pasara ligeramente a bordó, enmarcando la simetría de su rostro femenino y convirtiéndolo de bello a sublime por unos instantes. Él no le quitaba los ojos de encima, aunque su expresión era imposible de descifrar.

Tras una ligera vacilación, Fujii elaboró una reverencia tímida.

—G-gracias por el día de hoy, Mito-kun. Me diver...

—No es necesario que te esfuerces tanto, ¿sabes? —El rostro de la joven se levantó de repente, enfocándolo con las mejillas sonrojadas. ¿Acaso se había dado cuenta?—. Digo, ¡es imposible que te hayas divertido cuando bostezaste tres veces! —continuó entre risas. Su voz sonaba ligera, y Fujii volvió a avergonzarse por haber sido descubierta. Pero estaba segura de haber disimulado muy bien...

—Yo... no... —intentó justificarse, aunque pronto se detuvo. Por inercia, sus ojos buscaron los de su acompañante.

Yohei sonreía de la misma forma en que solía hacerlo cuando se cruzaban en los pasillos del colegio. Con ese aire despreocupado que parecía sacarla de su eje bajo las muchas capas de hielo y modosidad que se esforzaba por tener... después de todo, así se comportaba una buena niña nipona.

De pronto, lo escuchó hablar de nuevo, como contestándole a su mente... como si pudiera leerla.

—Fujii-chan: si no eres capaz de mostrarte tal cual eres en una primera cita, entonces algo anda mal. —Ella contuvo el aliento, sin saber qué responder—. Siendo así —prosiguió Yohei, y se llevó una mano a la barbilla mientras pensaba—, creo que deberíamos tener otra cita. ¿Qué dices?

A veces, las palabras de otra persona pueden percibirse como una bofetada que te despierta del letargo donde te hundiste durante mucho tiempo. En un momento de especial clarividencia, Fujii entendió que todo lo que saliera de la boca de Yohei Mito tendría ese efecto en ella. Producía un impacto dual que podía desesperarla tanto como sumirla en una plácida hibernación. Pero si algo tenía claro, era que la muchacha japonesa reprimida que tantos años le costó construir bajo las indicaciones de sus progenitores, con él no tenía efecto alguno. Por la razón que fuera, Yohei rebuscaba más allá de lo que Fujii mostraba; quería verla a ella, no a la imagen que proyectaba como un holograma perfeccionado de su carácter natural. Y eso la impactaba, la atraía y la asustaba, pero no lo suficiente como para impedirle aceptar la nueva invitación a salir, aunque en silencio, si bien la voz de su conciencia —que solía escuchar con el tono castrante de su madre— le susurraba que era mala idea, que aquello era peligroso. Involucrarse así, mostrarse sin protección, era muy peligroso.

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Eamon Nijiyama era, a los ojos de Hisashi Mitsui, uno de los mejores tipos en la faz de la Tierra: bueno, cómico, entendedor. Con esa mirada cómplice que, por algún motivo, puede leerte sin ninguna falla. Que sabe como tratarte según tu estado de ánimo. Que puede levantarte el autoestima con una simple frase. Alguien que inspiraba respeto y simpatía al mismo tiempo. Algo así como una versión occidental del profesor Anzai.

Quizá por ese parecido físico, el muchacho siempre se sintió tan cómodo en casa de Chiharu. El rostro regordete rememorando a Santa Claus y el cabello blanco por las canas tempranas adornando su cabeza. El bigote tupido y una barriga de muy buen comer. Era la viva imagen de algo que a Mitsui le traía paz. Y redobló la apuesta cuando esa voz que hacía dos años no escuchaba sonó en su cabeza cuando abrió la puerta de madera tras el pórtico del hogar de Chiharu.

—¿Hisashi? ¡Hisashi! ¡Muchacho! ¡Que alegría volver a vert...! Oh, perdón. ¿Puedo llamarte así, verdad?

—Sí, señor.

—¡Qué bueno verte! Vaya, mira qué musculoso te pusiste. ¿Sigues jugando baloncesto? ¡Seguro que sí! Tienes una enorme envergadura.

—Papá...

—¿Qué? No te estoy avergonzando a ti, sino a él.

—¡No lo digas como si fuera algo bueno!

Mitsui paseó su mirada de uno a otro, como si presenciara un partido de tenis entre ambos. El ir y venir de sus palabras en un tono que distinguía como cómico a mil leguas, le dio una sensación tan extraña en el pecho como era tranquilizadora. El muchacho sentía algo muy parecido a paz.

—¡Entra, muchacho! Preparé la cena. Si no te duele el estómago luego, me sentiré mejor.

—A-ah. Yo...

—Ya viniste hasta aquí, Hisashi-kun —le recordó Chiharu alegremente—. No es tan tarde. ¡Luego te acompaño a la estación!

—No tiene sentido que lo hagas, yo tendría que acompañarte de vuelta —replicó irritado.

—No vas a negar que sería divertido, ¿o sí?

La risa del hombre resonó en sus oídos mientras volteaba para entrar en su hogar, porque evidentemente el horno aún estaba encendido. El rostro cálido de Chiharu aún estaba enfocado en én. La sonrisa suave en sus labios y los ojos claros entornados con ternura. El pecho le dolió de una forma que no le molestaba en realidad.

—¿Vienes? —preguntó sonriendo—. No creo que sea tan malo como para morirnos del dolor.

Mitsui tardó solo unos segundos en responder, conectando sus palabras dentro de su mente. Se encogió de hombros antes de entrar. La sonrisa de costado y el ceño siempre fruncido.

—Vas a escucharme mañana si me llego a sentir mal, Chiharu tonta.

¿En qué momento ese insulto se había vuelto tan ligero como un apodo bienintencionado?