CAPÍTULO 12: AMIGOS.
—¿Cómo te sientes?
El rostro pálido de la muchacha caminando a su lado pareció examinarlo como un espécimen raro de laboratorio. La idiota se había puesto en dura y quiso acompañarlo a la esquina, como si fuera un crío de primaria propenso a ser secuestrado. La noche clara sobre sus cabezas. El silencio de una zona residencial y el aroma a verano en cada árbol de los jardines amplios.
—¿Eh? —comenzó a hablar. Aún tenía el estómago lleno—. Bien. Tu padre es un buen cocinero. No me duele el estómago.
Y realmente no le dolía. Y esa cena fue de lo más delicioso que probó en su vida. No sabía lo que era. No podía pronunciarlo. Pero podía morir tranquilamente luego de ese instante y con el estómago lleno. Entonces, Chiharu volvió a hablar, calma con una sonrisa en sus labios.
—Me refiero a tu estado de ánimo, bobo. Tu cara era la de un condenado a muerte esta tarde.
—Oh...
«Hija de la...», ¿cómo lo supo...?
—No te voy a obligar a que me cuentes nada, ¿sabes? Pero...
«No es que...»
—No es que me moleste decírtelo —le contestó el alto muchacho. Tomó aire. Tragó saliva. Y siguió—. Lo viste. A mi padre...
¿Que si lo había visto? Su médula aún no se descongelaba.
—Algo así... —respondió. La vista clara al frente. Era la llegada a la esquina más larga del universo—. ¿Desde cuándo... pasó?
¿Desde cuándo? No tenía fecha exacta. Sólo que sí la tenía: desde que dejó de cumplir sus expectativas y se convirtió en un imbécil a tiempo completo. ¿Podía culparlo? ¿Realmente podía culparlo?
—Digamos que no puedo culparlo realmente —se respondió a sí mismo en voz alta. Habían llegado a la esquina y ahora el tiempo se detuvo a la par de sus propios pasos—. No es su culpa que su hijo sea una total basura.
Bajó la vista hacia ella ante la falta de respuesta. Y esa expresión volvió a aparecer. El ceño fruncido. La cabeza enorme de costado. Los labios suaves presionados en una sola línea recta. ¿Qué...?
—Dudo que seas una basura —le dijo. Mitsui pestañeó varias veces antes de responderle.
—Me comporté como una durante dos años —y no podía no admitirlo—. Eso cuenta.
—Y previamente a eso, fuiste un idiota ejemplar durante quince años. Eso también cuenta.
Ahogó una risa amarga. Se le olvidaba a veces lo brutalmente frontal que llegaba a ser pese a su tamaño diminuto y esa expresión de osito de felpa.
—Chiharu, no te voy a aburrir con las historias de las cagadas que hice estando con Tetsuo, pero...
—Realmente no me importa lo que hayas hecho —lo interrumpió. Mejor pararlo ahí antes de que cayera en las profundidades de su propia mente—. Y créeme que tampoco a tu padre.
Mitsui pestañeó varias veces. El sonido de todo lo que no fuera su voz disminuido. Su piel brillando en tonos azules. Su mirada casi en tonalidades miel.
—Hisashi-kun, a los padres no les importa las cagadas que te hayas mandado. Nos siguen amando porque saben que en algún momento sacaremos la cabeza de nuestros traseros. —Y ahí estaba. Esa sonrisa de nuevo—. ¡Mírate! Ya lo hiciste. Tu papá solo está esperando a que tú mismo te des cuenta y se lo digas.
Mitsui pestañeó varias veces, notando el brillo lumínico en las hebras claras moviéndose de lado a lado en la cabeza demasiado grande para sus pequeños hombros. Como si hubiera escuchado las palabras salidas de un oráculo despertando una epifanía tan brutal como una bofetada con manopla de hierro. Esas que no podían ignorarse. Esas que calaban hondo. Y la misma sensación que había sentido unas horas antes volvió a su cuerpo, cuando estaba sentado en la mesa con ese hombre tan parecido a un Buda de facciones extranjeras.
«Siempre que había estado en casa de Chiharu, Hisashi Mitsui juraba sentir producirse en su pecho una especie de familiaridad que le quitaba el equilibrio. Algo en ese ambiente cálido y rústico. De paredes en tonos pasteles, cuadros amables y los instrumentos como parte de una historia contada desde el recibidor hasta la mesa donde ahora estaban cenando. A unos pasos del piano de caja que tantas veces vio tocar a dueto por padre e hija.
—Chiharu me contó que aunque hayan perdido el último partido, todavía están en campaña para pasar al Campeonato Nacional.
—Sí. Si ganamos los próximos dos, iremos.
—Cuando ganen.
—¿Eh?
—Cuando ganen los próximos dos, irán. ¡No pongas nada como una posibilidad! Dilo como si fuera algo real.
Eamon Nijiyama era una de esas personas que lograba hacer salir el sol. El rostro blanco y regordete que le recordaba tiempos mejores. Que traía a él las memorias de uno de sus seres más queridos. Más especiales. Más admirados. Y mientras esa sonrisa de padre que siempre deseó tener se filtró entre las luces cálidas del comedor, sintió como la música invisible en el aire cortaba las tinieblas de sus propias dudas. Y sonrió. Por algún motivo, Mitsui sonrió.
—Gracias, Señor Nijiyama...»
Hisashi Mitsui supo vivir en una época mejor. Una tan lejana que le parecía vivida por otra persona. Alguien que no era el amargado que caminaba junto a ella en ese momento. Alguien que no le costaba creer en las palabras de dos personas que brillaban tanto en la oscuridad, que hasta parecía que amanecería pronto.
Y quizá, quería pensar, pronto lo hiciera.
Y cuatro días pasaron.
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Alguien que Mitsui podía rescatar como normal en sus años de vándalo perdido en el mundo de la depresión, era sin lugar a dudas Norio Hotta. Era esa parte de su pasado oscuro que no podía renegar, porque dentro de ese gran cúmulo de mierda, el sujeto con cara de malo pero corazón de oro había sido un ancla a la sanidad.
Lo cierto es que sus juntas fueron las peores. Pero si hubo un motivo físico por el cual no terminó en la correccional o en un zanjón con cuatro puñaladas, definitivamente, fue por él.
El mismo sujeto que ahora parecía seguirle como ejemplo y haberse corrido de las peleas y juntas de mala muerte. El que había hecho una bandera vergonzosa con su nombre y la había agitado en cada juego. El que ahora iba a visitarlo a su salón como niños de secundaria que se extrañan en un mismo edificio.
—¿Otra vez? ¿No tienes más amigos, Norio?
Le era difícil pensar en cómo Norio Hotta podía tener amigos. Pero luego lo recordaba: el grandulón era tan bueno en el fondo como un puto oso de felpa relleno con miel. Tan buen amigo que dolía.
—Todos estamos en el mismo salón. Eres el único que se quedó aparte Mit-ch...
—¡No se te ocurra llamarme así en público! —le cortó brusco.
Norio se cosió mentalmente los labios ante la mirada oscura y las mejillas rojas, que no se condecían para nada con el propietario de tal rictus avergonzado. Ese apodo había surgido hacía mucho tiempo como una broma, y se quedó entre todos para molestarlo. Irónicamente, el muchacho parecía estar de acuerdo en que él lo utilizara, siempre que no lo pusiera en ridículo. Casi se sentía como un paso más cerca a ser un mejor amigo.
—¿Cómo van los entrenamientos? No hemos podido ir a verte en estos días.
—Y no tienes para qué venir. Ya es suficiente con tener que verle la cara a Chiharu todo el maldito tiempo. Es como una pequeña peste.
—¿Chiharu-sama? —preguntó abriendo mucho la boca y los ojos—. No deberías ser tan cruel con ella, se ve que es una chica dulce.
—Chiharu... ¿sama? —repitió alelado.
Norio ladeó la cabeza hacia el hombro.
—Parece importante para ti. Merece respeto —explicó con una nota de orgullo en la voz.
—¿Cómo mierda usas el honorífico «sama» con ella, cuando a mi me tratas como un niño...? —Ahí se detuvo, porque iba asimilando las palabras de Norio con cierto retraso—. ¡¿Importante?! —gritó deteniéndose en esa definición.
¿Cómo que importante? ¿Qué diablos le pasaba a Norio, no tenía nada mejor que hacer?
—Bueno, se van juntos por las tardes —empezó a justificarse—, y la última vez que hablé con ella dijo que estaba orgullosa de que pudieras recuperar materias que creías en la basura.
Esto iba de mal en peor...
—¿Desde cuándo hablas de mí con esa idiota?
—¡Siempre hablamos! Nos pasamos nuestros teléfonos en el último parti...
Lo que le faltaba: Chiharu y Norio, dos viejas pasas tejiendo una bufanda mientras se partían de risa chismeando sobre él.
—¡Dejen de hablar de mí, maldición! —exigió frotándose la cara a dos manos.
Norio contuvo una carcajada ante la visión de las mejillas infladas como un infante molesto. ¿Mitsui era consciente de que cuando se cabreaba parecía un cachorro furioso? Tal vez sonriera más seguido si lo tuviera en cuenta. Y es que en estos últimos meses las expresiones del tirador había cambiado tanto que le costaba realmente reconocerlo a simple vista. Como si el alma le hubiera vuelto al cuerpo y el sujeto que respetaba como jefe en la pandilla, ahora fuera alguien aún más digno. Porque eso era importante recalcar en sus memorias: si había un motivo por el cual ambos resonaban similar en la oscuridad donde sabían, estaban sumidos, era porque tenían valores. Y notar que su líder era mucho más de lo que aparentaba, resultaba algo reconfortante. Un ejemplo a seguir. Y alguien a quien apoyaría siempre, sin importar qué.
—¿Qué hora es?
—Aún quedan veinte de receso. ¿Vas a tomar una siesta?
—No —respondió seco—. Saldré a fumar. Necesito relajarme.
—Creí que lo estabas dejando. ¿Cuesta mucho?
—Nada que no pueda controlar, mamá.
Norio sonrió de costado al reconocer el mismo gesto en el labio partido del alto muchacho, poniéndose de pie para salir del salón. Sabía que Mitsui decidió dejar de fumar un mes atrás, pero no era la primera vez que lo pescaba in fraganti con un cigarrillo entre sus dedos, como si la nicotina fuera algo que no pudiese abandonar. Siguió la espalda amplia hasta que desapareció tras el marco de la puerta corrediza. Suspiró con fuerza. Él sí que iba a tomar una siesta.
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A veces, los días cálidos eran los que más nostalgia podían traer, ¿saben?
Es decir, no todo lo que en la vida puede provocarte tristeza es frío, gris y desierto. En días soleados como ese, de brisa fresca y cielo azul, también podías recibir un millón de estocadas al lugar en donde antes estaba tu corazón.
Con los días y semanas y meses, Chiharu Nijiyama había aprendido a controlar esos sentimientos en su pecho. Esa sensación de ahogo, como si una mano fuerte e impiadosa se cerrara sobre su garganta, presionando todo conducto de aire e impidiéndole respirar. Esa sensación hirviente que subía por su interior hasta que los lagrimales se activaban, y costaba fuerza que no poseía el mantenerlas dentro.
Eso tenía de bueno el lugar donde logísticamente se sentaba en el salón seis de tercer año. Estar justo al lado de la ventana le daba la oportunidad perfecta de desviar su rostro hacia la luz del sol, y no tener que mirar a la cara de nadie que pudiera devolverle la visión. Aun cuando eso no impidiera que un grupo de curiosos la mirara de reojo, susurrando entre ellos, pudiendo oírlos perfectamente.
—Nijiyama-san estuvo actuando raro todo el día, ¿no? —interrogó un muchacho de corto cabello negro.
Una chica a su lado se encogió de hombros restándole importancia.
—¿De qué hablas? Es rara siempre —explicó, sin ver el problema.
—Exacto. No ha abierto la boca para nada hoy. —Alzó la cabeza y enfocó la vista en el tranquilo chico de anteojos que se encontraba cerca de ellos—. Tú eres su amigo, Kogure-san, ¿le pasó algo? —inquirió torciendo el gesto.
Kogure sonrió tímidamente negando tanto con la cabeza como sus manos, esperando que pronto cambiaran de tema. Y terminó de escuchar la conversación cuando notó que los murmullos cedían ante otro tema más interesante... pero su mirada no lo hizo. Y tampoco fue así con el semblante triste que Chiharu estaba mostrando.
Para Kogure, la chica era una gran bola de energía positiva. Una risa segura al entrar a clases y una batería de chistes que lo hacían terminar la jornada con dolor de estómago. Pero mentiría si dijera que no vio esa sombra gris en su rostro alguna vez. Sería falso negar que, algunas oportunidades, podía ver que su chispa desaparecía y era reemplazada por otra que parecía forzada, como si sonreír fuera algo planeado y no natural. Y es que, en ese momento, ni siquiera estaba intentándolo. En ese preciso instante, los ojos de Chiharu parecían perderse en la más profunda bruma, ignorando sus alrededores.
Kogure se puso de pie y avanzó a paso certero hasta el asiento de su amiga. Al acercarse, recién notó que sus manos estaban temblando; tragó saliva. Algo no iba bien en absoluto.
Chiharu dio un respingo al percibir la cercanía del amable muchacho, y su mirada distraída fue reemplazada por una interrogante cuando él la tomó del brazo, susurrando un tímido «ven conmigo...» que no estaba muy segura de haber oído realmente.
Los susurros a su alrededor no pararon, y fueron en aumento mientras era guiada hasta el pasillo a paso rápido y con un agarre seguro, cuidadoso, como llevando algo que de verdad pudiera romperse de un momento a otro.
—¿K-Kiminobu-kun...? —La voz de Chiharu no era baja, ni delicada, ni tan aguda. Por algún motivo, sonaba como una niña perdida en un bosque oscuro, tanto que Kogure tuvo que contenerse de fruncir el ceño, preocupado.
Los ojos castaños, grandes y luminosos ahora estaban apagados. El único brillo en ellos era producido por esa cortina de lágrimas que parecían a punto de rebalsarse. Sintió en su amplia mano que la chica seguía temblando como una hoja en el viento. El corazón se le estaba rompiendo y no tenía idea de por qué.
—¿Quieres que te lleve a la enfermería? —Mantuvo el tono en un susurro, como si tratara de transmitirle su habitual mesura por medio de palabras.
Chiharu lo miró intrigada. ¿Tan obvia estaba siendo? ¿Era así de evidente que se estaba quebrando? A pesar de todos sus esfuerzos por reír como antes, actuar como antes, respirar como antes, por lo visto no siempre conseguía mantener dentro de sí esa espesa niebla oscura que a veces le aprisionaba la garganta, como si se convirtiera en dos manos dispuestas a asfixiarla frente a todo el mundo. Se sentía mal, sí, pero creía que estaba actuando normal; claramente no lo consiguió, y encima de todo, había arrastrado a Kogure con ella, haciendo que se preocupara. Era un chico tan bueno y noble, que a su pena se añadía el molestarlo con cosas que jamás podría comprender.
«Rayos...Lo siento tanto, Kiminobu-kun...»
Como él continuaba a la espera de una respuesta, Chiharu negó con la cabeza, bajando la vista hasta el amplio pecho del muchacho que se separaba de ella por solo unos centímetros. Los murmullos en el pasillo parecían ser más audibles que en el interior del salón.
Y en ese momento, el tiempo se detuvo.
Sabía que Kogure era un muchacho muy dulce, como no alcanzaba a dimensionarlo. Que pudo confiar para desarrollar una amistad preciosa en el tiempo que llevaba conociéndolo, y que estar con él realmente le hacía bien. Pero no esperaba eso. Es decir, Kogure estaba abrazándola.
El castaño había pasado su brazo por encima de sus hombros, atrayendo su cuerpo hasta el suyo sin presionarla más que lo necesario, casi con timidez y extremo respeto. A pesar del cuidado que ponía en no invadir su espacio personal, ese abrazo le había perforado el pecho, haciendo que sus lágrimas estallaran al derramarse en tropel por toda la extensión de sus mejillas, goteando sin parar hacia su pecho, al suelo, y la ropa de Kogure.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que Chiharu sintió cariño fraternal? ¿Cuántos días, meses, años, pensó que era capaz de seguir adelante sin una amiga o amigo que la sostuviera cuando sus fuerzas flaqueaban como en ese momento?
Sin darse cuenta, una de sus manos se enganchó en la camisa del amable muchacho como si fuera un salvavidas. De cierta forma, en ese momento era Kogure quien la mantenía a flote, con el rostro apenas asomado fuera de aguas negras y turbias.
Le costaba respirar, pero no se estaba ahogando.
Temblaba de frío, pero el pecho de su amigo era cálido y compensaba el hielo de su interior.
Sentía el corazón hecho añicos, pero aquella respiración acompasada se convirtió en un bypass y mantuvo latiendo el músculo destrozado para que pudiera seguir viviendo.
Kogure le acarició delicadamente la espalda con la mano que tenía apoyada en sus hombros. Supuso que Chiharu estaba liberando una tristeza que mantuvo a raya por mucho tiempo por la forma en que se desahogaba, y se preguntó qué podría tenerla en un estado de angustia tan agobiante. Ella era capaz de llorar por los motivos más absurdos, pero esta situación era muy distinta. Lo supo por instinto, y a este rindió tributo mientras trataba de calmarla susurrando algunas palabras de consuelo.
De pronto, Chiharu abrió los ojos bruscamente. ¿Qué estaba haciendo? ¿Desde cuándo se dejaba llevar así por sus emociones? Esto podía transformarse en un grave problema si alguien los veía abrazados de esa forma. Era increíble cómo podían correr rumores en una escuela, y el grave daño que eran capaces de causar a las víctimas...
—Lo siento, Kiminobu-kun —se las arregló para tartamudear al tiempo que se separaba rápidamente del tierno abrazo. Su interior resintió de inmediato la calidez que había dejado de sentir—. Ya estoy mejor, ¿ves? —Trató de sonreír... y fue penoso.
—¿Qué pasa? —le preguntó con dulzura.
Chiharu comprendió que la pregunta tenía una doble interpretación, así que se mantuvo en la línea segura para ella.
—No me... gustaría que tuvieras problemas... —Dio una mirada a los alrededores para que él comprendiera a qué se refería, pero Kogure siguió mirándola sin variar un ápice su expresión—. Quiero decir, que me sentiría peor si te involucraran en rumores conmigo...
—¿Rumores? ¿Qué te preocupa de los rumores? —Encogió los hombros—. La gente siempre hablará, haya motivos o no. Y no estamos haciendo nada malo.
—Lo sé...
—Estás triste. No puedo imaginar la razón, y aunque no llevamos mucho tiempo de conocernos... —vaciló un instante, luego continuó torciendo el gesto—, Chiharu-chan, estoy aquí para lo que necesites.
La chica ni siquiera fue capaz de verbalizar un agradecimiento coherente. Si a él no le importaban los rumores... Pero debían importarle...
—Perdón —susurró antes de prenderse nuevamente a su pecho, escondiendo la cara en él.
Kogure volvió a frotarle la espalda con una mano, y fue alternando entre ese consuelo con acariciarle dulcemente la cabeza.
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Hisashi Mitsui supo algo muy importante en el momento que veía a Chiharu en brazos de Kogure. Supo que ese cigarrillo luego de almorzar en la azotea era peor para su salud de lo que decía en la etiqueta. Eso era lo realmente extraño. Porque cuando caminó por el pasillo con las manos en sus bolsillos y la camisa fuera de los pantalones, ocupándose en sus propios asuntos, y vio a Chiharu con lágrimas en los ojos, sintió que se le congelaba el pecho. ¿Qué pasaba? ¿Que tenía? ¿Le habían dicho algo?
Kogure estaba ahí, eso era bueno. Esos dos habían entablado una buena relación y por los comentarios de ambos, estaban en la etapa de llamarse por su nombre. No era fanático de ese hecho, debía ser sincero. Pero, en fin, eran amigos. Amigos.
Mitsui no era idiota. Podría actuar como un búfalo y tener la sensibilidad de una piedra, pero no era idiota. La parte racional de su cerebro trataba de explicarle las cosas como si fuera un niño pequeño y encaprichado. No estaba pasando nada, no había necesidad de sacar las cosas de contexto, y seguro que existía una explicación totalmente lógica para lo que estaba ocurriendo casi frente a sus ojos. Es más, ¿no debería encontrarse más preocupado por las lágrimas de Chiharu que otra cosa? Porque la chica apretaba sus manos contra el pecho de Kogure y su pequeña espalda estaba convulsionándose porque algo había pasado. Chiharu no lloraba por otra cosa que no fuera una película con cachorritos o la muerte de un personaje ficticio. Esa misma parte de su cerebro lo hizo recordar a cuando la idiota creyó que Gandalf había muerto en el primer libro del Señor de los Anillos. Rayos, que ese llanto duró semanas, hasta que leyó el siguiente y la oyó gritar «¡Gracias Illuvatar!», como una demente sentada sola bajo un árbol en el patio de Taikeishi, porque aparentemente había vuelto a aparecer. ¿Y Chatrán? ¡Chatrán! ¡Dios! Fueron semanas de llanto. Ese estúpido gato del demonio la hizo estar deprimida días enteros y ya lo había comenzado a arrastrar a él. La hacía correr una calle entera si divisaba un gato anaranjado antes que ella. Todo era un disparador para el mar de lágrimas.
Pero no eran esas lágrimas. Conocía a Chiharu, y esas no eran lágrimas de libros, o películas o canciones. Esas eran reales. Algo había pasado, y no sabía qué.
La otra parte de su cerebro, la que gritaba y pataleaba mucho más fuerte, lo llevaba hacia una dirección diferente. Esa sección oscura y que solo se comunicaba con gruñidos guturales y se conectaba directamente a sus vísceras. Oh, sus vísceras. Podría haber culpado al almuerzo que solo acababa de ingerir minutos antes y que ahora quería vomitar sin recelo. Pero no, esto era otra cosa. Era frío y punzante y dolía como el averno.
Supo que había lugares de su estómago que podían arder y que francamente no sabía que tenía. En ese momento, su mente hizo las cuentas que tanto le costaban hacer en un papel, y descubrió algo que nunca antes se le cruzó por la cabeza: Mitsui supo que no quería que la tocaran.
Kogure estaba ahí, eso era bueno. Esos dos habían entablado una buena relación y por los comentarios de ambos, estaban en la etapa de llamarse por su nombre. No era fanático de ese hecho, debía ser sincero... pero eran amigos, algo que tenía muy claro, sin embargo...
Los amigos no se abrazan así. «No la toques». Los amigos no apoyan el mentón en el hombro de otro amigo. «No la toques». Los amigos no acarician las espaldas de otros amigos ni pasan su mano por el maldito cabello sedoso. «No la toques». Los amigos no se susurran cosas al oído. «Ya deja de tocarla».
Mitsui se convenció de que sería muy capaz de romperle los dedos al buen Kogure, solo por tenerlos enredados en el pelo de Chiharu. También contaba con la fuerza suficiente como para apartarlo de su camino con una certera patada en la cadera. Se aseguraría de reventarle los jodidos anteojos con la suela de su zapato hasta que solo quedaran añicos, para que nunca más se le ocurriera mirar a Chiharu con tal cantidad de ternura. Pero ellos eran amigos. Kogure y Chiharu eran amigos.
Bueno, pues él también era su amigo. ¿Dónde estaba la puta justicia?
