Héroes silenciosos

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en el Reto #55: "No hay dos sin tres" del foro "Hogwarts a través de los años".


I

El desaparecido

Caradoc Dearborn se marchó un veintidós de marzo.

No lo hizo porque no amara a Meredith y al niño que llevaba en el vientre. Al contrario, era por esa misma razón que lo hacía. Los amaba más que a nada en este mundo y por eso quería protegerlos.

Sabía que Meredith se opondría a que lo hiciera, pues ella desde el principio había aceptado la existencia del mundo de la magia y la guerra en la cual él participaba. Se quedaba despierta hasta altas horas de la madrugada, rezando por su pronto regreso. Pero Meredith no merecía esa incertidumbre y ese sacrificio.

Por eso se fue cuando ella dormía plácidamente a su lado, confiada en que la maldad de los mortífagos jamás los alcanzaría en aquel viejo edificio muggle.

Pero Caradoc sabía que no era así.

Los mortífagos atacaban sin piedad a los miembros de la Orden del Fénix y a sus familias. La última víctima había sido Marlene McKinnon. Emboscada cuando intentaba trasladar a sus padres y hermanos a una casa más segura, habían dejado sus cuerpos inertes bajo la Marca Tenebrosa como símbolo de poder, destrucción e impunidad.

Él había sido uno de los primeros en arribar al lugar —ya que la residencia de los McKinnon quedaba a pocas calles de la casa de Meredith—, luego de que Hestia Jones diera el aviso de que no habían llegado. Reconocer el cuerpo de su compañera caída lo había destrozado y, desde entonces, cuando intentaba conciliar el sueño, la fatídica imagen era reemplazada por Meredith.

Imaginaba que un día llegaría al apartamento y la encontraría así, inmóvil, con los ojos mirando al infinito y con una mano en el vientre, en un vano intento por proteger a la criatura en su interior.

No.

No podía permitir que ni ella ni el niño corrieran riesgo por sus decisiones.

Él se había unido a la Orden del Fénix por su sentido de la lucha y la justicia. No estaba de acuerdo con las acciones de los mortífagos, pues ellos eran un atentado constante a la sociedad; se habían infiltrado en el Ministerio de Magia como un gusano en una manzana. Si la mayoría de aurores no podía actuar, alguien debía hacerlo.

«Pero ahora tengo una familia y ellos van primero», pensó con determinación.

Le dio un último beso a Meredith y le acarició la curva del vientre, cuidando de no perturbar su sueño. Le susurró un «perdón» que ella no recordaría al amanecer; tampoco los magníficos años que habían compartido. No sabría quién era el padre del niño o por qué lo llamaría Dean. «Me gusta Dean porque combina con Dearborn», fueron las palabras de Meredith. Y él no se había opuesto.

Salió por la puerta a la oscuridad del pasillo. Afuera, la calle estaba desierta; las casas dormían junto a sus propietarios. Una suave brisa ondeó su capa antes que se pusiera la capucha para cubrirse el rostro.

Las farolas de la calle explotaron cuando Caradoc Dearborn desapareció para siempre.