una capilla apartada
Una niebla se había asentado sobre la ciudad durante la noche. Esperando delante de las puertas y echando un vistazo, el senescal se permitió olvidarse de sus responsabilidades. Durante un momento, todo estaba del revés. Más que estar de pie frente a un muro, parecía que estuviese haciendo frente a una pared que era a la vez solida e inmaterial. Aspiró en silencio una bocanada de aire frio y la sensación pasó. Entonces, miró con atención hacia delante, y lo vio- el primer hilo aguado de la luz del amanecer. Detrás y por encima de él, en algún punto de las murallas, cantó el gallo.
Y los cuernos le respondieron, como habían hecho diez años antes; los cánticos se elevaron y empaparon a la compañía reunida, y llenaron los círculos de la Ciudad, como lo habían hecho diez años antes. Era el sonido de los juramentos cumplidos, de las promesas mantenidas, de la entrega en lugar de la destrucción. Le pareció que había oído un ruido detrás de él, pero cuando giró la cabeza ligeramente para mirar a la fila de señores y capitanes, todos estaban quietos y en sus puestos.
Cayó en la cuenta de que los jinetes estaban nombrando a sus muertos, cantando sus nombres y sus hazañas en la lengua lenta y serpenteante en la que su esposa solía consolar a sus hijos. Cantando a los hombres que habían cabalgado al sur para defender los hogares de otros hombres, y morir por ellos, y que dormían en una tierra extraña. Cantaron a su antiguo rey cuya muerte había sido gloriosa (y entonces él puso una mano sobre el hombro de su mujer). 'Los muertos caminan con nosotros,' le había dicho ella una vez. 'Forman parte de nosotros.' Mirando al muro de niebla de nuevo, que ya no era tan oscuro pero todavía era denso, pareció que algo se movía y cambiaba; algo estaba avanzando. Las sombras se estaban reuniendo, y cobraron forma cuando el Rey de la Marca y sus mariscales avanzaron hacia delante. El rey de Gondor y su senescal fueron a saludarles y juntos cruzaron las puertas y entraron en la ciudad.
El día se mantuvo frío y húmedo. Subieron por la ciudad despacio, deteniéndose en cada puerta para recordar a los que habían vivido en cada círculo y habían muerto, en Osgiliath, en los Fuertes, en los Campos… La casas a su alrededor estaban amortajadas por la niebla, pero mientras la procesión pasaba, sus propietarios se deslizaban fuera de patios y puertas escondidas para encontrarse con ellos, para oír pronunciar los nombres, para despedirse.
Los muertos caminan a nuestro lado... No en Minas Tirith. Ya no. Una vez, quizás. Cuando hombres viejos se habían sentado en muros derruidos y no había suficientes tumbas para sus hijos. Siendo muchacho, en las noches de invierno, solía sentarse junto al fuego en la sala de los sirvientes y escuchar, con los ojos abiertos de par en par y sin apenas respirar, sus historias acerca de todas las casas vacías en la ciudad y sus amos, muertos hacia largo tiempo, que todavía las ocupaban. Ahora, los mismos hombres que una vez habían llorado mientras los terrores alados volaban sobre ellos, que habían visto al mal encarnado rompiendo las puertas de su ciudad y cuyas tierras del sur les habían sido devueltas por los muertos, se reían de las historias de aparecidos y las llamaban cuentos de viejas. Preferían hablar de asuntos más importantes como el comercio, los negocios, hacer amigos (y enemigos). Esos hombres habían abierto las salas largo tiempo selladas y las habían llenado con sus familias. ¡Y que rápido habían olvidado! Diez años y el mundo había cambiado hasta quedar irreconocible. Los muertos ya no caminaban por las calles de Minas Tirith.
Cómo lamentaba la desaparición de aquel mundo, a pesar de que lo que significaba, que había paz y la ciudad miraba hacia el futuro y no hacia los tiempos pasados. Lo lamentaba, sabiendo incluso que era una muestra de la capacidad de sus ancestros, que no habían olvidado que los hombres necesitaban hijos tanto como tumbas, y que habían, en su espera, mantenido viva la esperanza de que habría años venideros. El mundo estaba cambiado. Los hombres ya no estaban hechizados. Los muertos no caminaban ya. Y él lo lamentaba.
La procesión había alcanzado la ciudadela. Mirando abajo, podía ver aquí y allí un tejado o una aguja, pero el resto de la ciudad descansaba todavía bajo mantos de niebla. A su alrededor la compañía se estaba dispersando. Al atardecer se encontrarían de nuevo en la Merethrond, porque aunque habían recordado a sus muertos, todavía no habían celebrado la victoria.
—¿Nos vamos?
Él se dio la vuelta para mirar a su esposa.
—Ve tú, —dijo, decidiéndose al fin. —Hay algo que deseo hacer primero.
Ella frunció el ceño, él pensó por un instante que iba a intentar disuadirle, lo cual resultaría inútil, u ofrecerse a acompañarle (él no iba aceptar); pero ella se limitó a suspiró un poco y se besaron. Mientras se separaban ella rozó los labios contra su mejilla.
—Procura no quedarte mucho rato en el pasado— murmuró.
Los muertos son parte de nosotros, la reprendió él silenciosamente, pero no dijo nada. Se limitó a sonreír, asentir, y se marchó.
El año en que Faramir cumplió doce años, el verano había durado desde mediados de Mayo hasta el final de Septiembre. La ciudad había sido un horno con las calles polvorientas y desiertas, y los jardines amarillentos. Abandonando sus escondrijos usuales en busca de un lugar más fresco, Faramir había pasado día tras día entre los muertos. Fenadan, el viejo portero, había sido su cómplice, abriendo la verja y dejándole pasar, sacudiendo la cabeza todo el tiempo y advirtiéndole que habría problemas si el senescal se enteraba de aquello, aunque, como era su secreto compartido, de alguna manera su padre no se había enterado jamás. Faramir sonrió al recordar al anciano, dándose cuenta, quizá por primera vez, de lo consentidos que él y su hermano habían estado, y cómo- sin saber lo que hacían- habían jugado sin vergüenza con la simpatía que despertaban dos muchachos que habían perdido a su madre.
El nieto del anciano Fenatir guardaba la puerta ahora. Saludó al senescal sin ocultar apenas su sorpresa, ya que Faramir no había estado allí ni una vez en los diez años que habían pasado desde que había ido a recuperar la corona. Fenatir cogió la llave y abrió la puerta, empujándola para comodidad de su señor. Parte de lo que somos, pensó Faramir, sintiéndose culpable mientras entraba. El joven estaba aquí en lugar de su padre, que había muerto aquel mismo día diez años atrás. La puerta se cerró tras él, y Faramir contempló la sinuosa calzada. La niebla, aunque no era tan densa allí, era suficiente para oscurecer el horizonte y el lugar al que se dirigía.
Aquel largo y caluroso verano Faramir había vagado por todo el Rath Dínen, pero sobretodo había explorado a fondo la casa de los senescales y había llegado a conocerla tan bien como la ciudadela. Incluso ahora podía imaginarla vívidamente. Recordó los pilares que había que cruzar mientras se subía la escalera hacia el porche, las pesadas puertas dobles que había que empujar con fuerza y todos los tesoros que contenía en su interior: la enorme sala, afortunadamente sombría, la alta cúpula en el techo, y las filas, una tras otra, de mesas de mármol.
Las tumbas de los senescales estaban colocadas en grupos de cuatro. Los senescales descansaban con sus damas a su lado, y un largo pasillo recorría el centro. Si se comenzaba en la esquina más lejana, a la izquierda, se podía ir nombrándolos uno a uno por orden cronológico: Mardil, Eradan, Herion, Belegorn; en la segunda fila - Húrin, Túrin, Hador, Barahir; la tercera fila con los nombres de su padre y su hermano- Dior, Denethor, Boromir, Cirion; y después, tres filas más allá, había un grupo casi vacío. Allí se encontraban su abuelo y su abuela, y tras un espacio vacío descansaba su madre, y a su lado estaba la mesa donde su hermano hubiese descansado.
Al principio del verano Faramir ya sabía, por supuesto, los nombres de los senescales y las fechas de sus nacimientos y sus muertes, pero cuando por fin Octubre trajo lluvia y alivio, sabía también los nombres de sus esposas, y cuanto tiempo habían vivido. Y aunque sospechaba que aquel dato era solo de su interés, había aprendido por las inscripciones que ancestros habían tenido dos hijos, y cuales habían sido sus nombres. Llegó a conocer las caras esculpidas de cada hombre y mujer tan bien como los de la familia viva. Mardil parecía sabio, Cirion vigilante; el capitán por el que su hermano había recibido su nombre había sido retratado en sus días de vigor, y no arruinado por la herida que los libros contaban que lo había disminuido. Su antepasado era tan parecido a su hermano que cuando lo vio por primera vez tuvo que reprimir un grito (el sonido hizo eco en la cripta), y se había quedado mirándolo mucho tiempo. Sin embargo, no había mirado la imagen de su madre, porque la piedra blanqueada tenía poco parecido con la pintura que colgaba de la pared de las habitaciones de su padre y aun así le traía recuerdos de ella con más facilidad.
Todo había desaparecido. Delante de él se alzaba un edificio nuevo, que no había visto antes, y aunque había sido construido para parecer igual que los otros, que se alineaban en la calle silenciosa, la piedra era centurias más nueva y destacaba. A los ojos de Faramir, la calle parecía desfigurada. Estuvo un rato al pie de las escaleras y por fin se encaminó hacia el porche. Subió por los escalones que parecían recién estrenados y recordó que los viejos habían estado gastados por los años. Entonces se detuvo de nuevo en las puertas dobles, mordiéndose una uña, y se preguntó si lo único que estaba haciendo era atormentarse a sí mismo yendo allí. Los muertos son parte de nosotros, pensó, y supo en su corazón que podía atormentarse igual de vuelta a la ciudadela o incluso en un lugar tan alejado como Emyn Arnen. Y así, con bastante desgana empujo finalmente las puertas y entró dentro.
La sala estaba iluminada por lámparas, pero a sus ojos les costó un momento acostumbrarse. Y para su sorpresa vio que el lugar estaba totalmente vacío. No había nada allí.
Faramir se quedó parado en el umbral tratando de aclarar cuales habían sido sus expectativas. Una fila de mesas, al menos, pensó con su cara arrugándose. Solo una, con los espacios donde él y Eowyn descansarían, donde su pequeño seria colocado algún día. Se había preparado para aquello y ahora su ausencia le molestaba. ¿Por qué no están aquí? se preguntó, dando un par de pasos adelante. ¿Acaso había pensado alguien que si el senescal peregrinaba hasta allí no querría ver los recordatorios de su propia mortalidad?
Difícilmente aquel espacio podía estar lleno de ellos, pensó, y se sorprendió al darse cuenta de la amargura y el engaño que sentía. Mientras caminaba por la habitación vacía se preguntó de nuevo que había estado esperando. ¿Ver a los muertos? ¿Hablar con ellos? ¿Verle...a él? Una y otra vez, como muchacho (e incluso ahora como hombre) le habían dicho que tenía demasiada imaginación, pero el vacío de aquel lugar le confundía. ¿Había pensado que recibiría alguna clase de resolución, alguna clase de final al miedo repentino que sentía, incluso después de tanto tiempo, y que lo acosaba con dudas acerca de sí mismo y su lugar? Si eso era lo que había esperado encontrar, tendría que buscar en otra parte. Allí lo único a lo que tenía que enfrentarse era a una pared desnuda.
Llegó al extremo más lejano de la habitación, se dio la vuelta, se apoyó contra la piedra, y contempló el camino por el que había venido. Y entonces se llevó la mano a la frente y, muy suavemente, comenzó a reírse. Había pasado años evitando aquel lugar y todo lo que significaba, y resultaba que era totalmente diferente a cómo lo había imaginado. Los muertos ya no caminaban por las calles de Minas Tirith. Cómo se reiría Eowyn cuando se lo contase, y sonrió con anticipación.
Levantó la vista al oír un ruido. En el otro extremo de la sala la puerta se estaba cerrando lentamente. No he oído el viento empujarla, pensó. La sala comenzó a llenarse de neblina que se movía girando hacia él. Y no creo que las ventanas de este lugar se abran.
La niebla se acercó más y dio la impresión de que ganaba velocidad. Las lámparas se apagaron y Faramir se apartó del muro.
La niebla se convirtió en algo completamente familiar.
—Bueno, — dijo el senescal de Gondor débilmente, mientras dedos grises lo aferraban, —No os esperaba a todos.
