PROMETIDA.
Capítulo XXI.
Yan_skyblue/sesshome.
Las caricias del caballero, le deshicieron por dentro y fueron llevando entre los dedos cada partícula de miedo que pudiera caber en su virginal cuerpo dejando atrás calor abrasador capaz de incendiar cualquier glaciar. Mientras la leña de la chimenea arde, Kagome se quema por los besos de Sesshomaru en cada centímetro de su cuerpo, cada palabra cariñosa y otras guardadas solo para la intimidad entre los amantes.
Sesshomaru, recordó aquel libro atrevido que leyó alguna vez en una noche nevada de noviembre en su antigua nación siendo un jovenzuelo de diecisiete años; se atrevió a palpar en su esposa el lugar donde el pecado se convierte en placer, sintió la humedad y eso le indicó lo estaba haciendo bien, su pecho se hinchó de orgullo masculino, siguió amándola, debía decirle en sus caricias cuánto la amaba.
Kagome respira entrecortado con la piel erizada, está temblando apenas con besos y caricias, cuando su esposo le besó sus botones de flor, ella se estremeció por completo, ¿acaso esto que sentía era humanamente posible?, ¿estaba bien ser tan feliz? Sesshomaru calló sus dudas con su boca, justamente en lo prohibido.
La humedad, el sudor, los jadeos, los besos ardientes, los dedos de Taisho entrando en ella para hacerla gritar y temblar…
Llegó al fin el turno de él cuando vio que Kagome terminaba de asimilar su primer orgasmo, Sesshomaru poco a poco se convirtió en un intruso en el tibio cuerpo de la mujer que amaba, ella lo abrazó con fuerza y antes que pudiera preverlo la habitación se llenaba de los pequeños gemidos de su esposo, el choque de los cuerpos y el rechinido de la cama.
Ellos dos entregando el alma en un acto tan primitivo y carnal como divino, hecho por el mismo cielo para que los humanos pudieran ser uno y al menos por un momento, besar con sus labios aquello que estaba más allá de la tierra.
Kagome gritaba envuelta en sus placeres, Sesshomaru besaba sus pechos rebosantes que ardían por atención, mientras, colocaba la pierna de su esposa en su hombro buscando entrar hasta lo más profundo de esa criatura angelical que gritaba su nombre en medio de un éxtasis llevado por el amor, un amor que nació de una flor.
Hicieron el amor, de cada forma que el inexperto hombre conocía simplemente en teoría, pero que se deleitó poniendo en práctica con ella, con su esposa, con la única que ocupó su corazón siempre, hasta que finalmente derramó su ser en el interior de su dama.
—Mi mujer… mi esposa.— la abrazó.
—Tuya, así como eres mío.— suspiró agotada.
Se pertenecían, siempre estuvieron destinados a amarse, a explorarse, a entregarse. Sus corazones lo supieron siempre y ahora ellos igual, el mundo no era nada en ese momento, solo sus fuegos y sudores.
Ambos conocieron el placer del sexo y ahora en más, sus almas cobrarían libertad una y mil veces en la cama, en otros lugares más indecorosos, y mientras los satisfechos esposos duermen abrazados, la servidumbre murmura sobre los gritos extraños de su señora, hasta que fueron llamados a callar y dormir.
El carruaje del joven vizconde de Chesterton paró frente a la mansión, era alrededor de las once así que estaba seguro que los habitantes ya se habrían ido dejando al objeto de sus afectos sola; Kohaku apretó los guantes nervioso, estaba un poco preocupado de llegar a la casa de una señorita mientras ella está sola en casa, pero ella así lo había querido y él respetaría sus deseos.
Se colocó el sombrero, los guantes, arregló su pañuelo, respiró profundo y finalmente salió del carruaje preocupado de lo que pasaría ahora, pero seguro en que dejaría su alma al desnudo por completo frente a ella, le pediría amarla y casarse, le pediría que hiciera feliz sus días con cada irreverencia de su ser, le pediría que le diera la oportunidad de hacerla feliz, porque la amaba, ¡Dios mío!, la amaba a pesar de solo haber estado poco tiempo con ella, la amaba y no podía negarlo, solo ir hacia adelante y rogar que Lin aceptara su corazón el cual ahora era suyo por completo.
Entró y le dirigieron a un saloncito tapizado en un color rosa pálido, tomó asiento con un nudo en la garganta hasta que escuchó la puerta abrirse y a Lin ordenar que dejaran la puerta abierta pero que nadie les interrumpiera.
La vio caminar y tomar asiento frente a él, llevaba el cabello simplemente amarrado por un pasador dejando la mayoría de sus rizos caer por sus delicados hombros, el vestido lavanda era muy sencillo pero no opacada su piel ni su rostro iluminado por los rayos de la mañana, Kohaku tragó saliva y vio el suelo tratando de encontrar valor.
—Bueno joven vizconde, ¿qué deseaba hablar conmigo?.— preguntó un tanto distante.
Las alertas del joven Bennett se dispararon, ¿acaso ella ya conocía sus escrúpulos y por tanto estaba tan seca?, ¿podría ser que antes de siquiera abrir la boca ya había sido rechazado?, eso lo hizo estremecerse, pestañeó un par de veces aturdido.
Lin había decidido la noche anterior dejar ir cualquier sentimiento extraño que el vizconde pudiera provocarle y comportarse algo distante de él, no podía darse el lujo de quererlo, una mujer como ella no podía querer y menos ser querida, además debía cargar con el peso de destrozar el corazón de alguien tan maravilloso como Kohaku.
—Yo...— cerró los ojos ahogando su miedo. —Y-yo estoy aquí pa-para pe-pedir...— tragó saliva.
Lin le observó, él era un alma tan dulce que podría ser capaz de rogarle de rodillas a su hermana para que lo aceptara, solo para verlo feliz; si no fuera porque sabía que Hakudoshi era un gran joven también y se amaban. Esperó pacientemente que el joven pudiera finalmente terminar de organizar la oración.
—Vine para, pedir s-su mano, señorita Taisho...— exhala y centra sus ojos en los sorprendidos femeninos.
Entonces fue como si un millón de pétalos de rosas cayeran a su alrededor perfumado la habitación, Lin aspiró el dulzor de una confesión de amor.
Kohaku se puso de pie, se inco frente a ella, le tomó una mano con suavidad.
—Quizás le parezca extraño mi atrevimiento pero le ruego me permita cortejarla, deseo fervientemente convertirla en mi esposa, por si la promesa de matrimonio y una vida tranquila no le convencen— dio un solemne apretoncito a las pequeñas manos de la mujer que parecía más que impactada. —, debo, debo decirle que la amo con todo mi ser y deseo hacerla feliz el resto de mi vida. — concluyó con el alma en las manos dispuesto a todo por ella.
Lin comenzó a llorar enternecida y abatida, era la primera vez que le decían algo tan hermoso pero… ella no podía ser la esposa de nadie, no era una joven virtuosa y no podía engañarlo. Lentamente apartó sus manos de las masculinas sintiendo que el corazón se le partía por lo que iba a hacer.
—No, no puedo aceptar sus afectos, le ruego me disculpe...— iba a ponerse de pie para retirarse y llorar su pena en soledad pero el caballero no estaba dispuesto a dejarla ir tan fácilmente.
Le atrapó antes que se esfumara.
—Necesito saber una razón para que me rechace tan tajante madame, por favor, tenga piedad de mí.— se apartó dos pasos de ella.
Lin lo miró, le partía el cuerpo hasta lo más profundo que sufriera, quizás él debía saber la razón.
Apretó los labios y tomó aire. —Le daré una sola razón para que vea que no puede casarse con alguien como yo.— las lágrimas le empapaban las mejillas.
Kohaku asintió conteniendo las ganas insanas que tenía de abrazarla y consolar su llanto, volvió a tomar asiento y la escuchó.
Lin habló, contó cada parte de su desgraciada vida, confesó hasta el último pecado y hasta el último detalle de su dolor, explicó las razones de sus heridas, sus miedos y al final tapó su rostro avergonzada.
—No puedo casarme con usted porque no tengo nada que ofrecerle.—
El vizconde lleva una mano a su cabeza y revuelve sus castaños cabellos, no esperaba tanto, no esperaba saber que ella había sido tan lastimada en la vida, ahora veía más allá de simplemente chismes, en Lin podía encontrar el verdadero sufrimiento, en esa alma resquebrajada a punta de golpes encontró esa libertad que buscaba, ella estaba más atrapada que él y eso lo hizo amarla más, querer cuidarla, hacerla sonreír y olvidar cada herida pero… ¿podrían con todo?, ¿podría él ser su pilar para que ella fuera libre?.
Lin al fin descubrió su rostro, estaba sonrojada por el llanto, sonrió con melancolía.
—Yo… yo espero que pueda ser feliz con una mujer completa y olvide este intento de dama frente a usted— apretó su faldón. —Aunque le confieso que lo recordaré siempre.—
—Entonces— se puso de pie decidido. —, mejor quédese a mi lado y permítame sanar cada una de sus heridas...—
—¿Pero qué dice?, cásese con una joven a su altura y olvidéme, por su bien y el de su buen nombre.—
—Con todo respeto señorita Lin…
—¡No soy señorita, soy una mancillada, una mujer sin valor!.— se paró furiosa colorada hasta el cuello.
—Con todo respeto SEÑORITA Taisho, yo estoy dispuesto a asumir cualquier riesgo, ¿acaso no ha escuchado que la amo?.—
—¡No, no por favor, no me diga eso!, no lo diga o podría cometer una locura.—
—¿Por qué?, ¿acaso usted también me ama?, ¿acaso este desgraciado frente a usted puede permitirse una luz de esperanza ante tanto sufrimiento?.— le toma por los hombros.
—Yo...— llora.
Él la abrazó. Lin abrió la boca, sintió su cuerpo ligero y sin darse cuenta el corazón le dio un brinco. ¿Existiría en el mundo alguien que pudiera aceptarla con sus golpes del pasado?, ¿sería este hombre maravilloso?, cerró los ojos entregada a esos brazos tan cálidos.
—¡¿Lin, joven vizconde?!.—
Ambos jóvenes voltearon y se separaron, eran Kikyo y la señora Higurashi impactadas.
Continuará.
