Pensamientos agresivos
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.
Esta historia participa en el Reto #55: "No hay dos sin tres" del foro "Hogwarts a través de los años".
I
La protagonista
Sabía que los pensamientos agresivos aparecieron con la muerte de su madre.
Alecto Carrow permanecía a su lado desde que había caído en aquella maldita cama, atenta a cualquiera de sus necesidades, sosteniendo la pálida mano entre las suyas.
En su última visita, el sanador había echado por tierra toda esperanza. «Sucederá en breve. Ya no hay nada por hacer.» Alecto pensaba que él era un inútil y que, si su padre le hubiera hecho caso de llamar a otro sanador, su madre no estaría a las puertas de la muerte. Pero él jamás la escuchaba.
«Porque soy mujer, porque no quería hijos, porque mamá no le importa en realidad.» La prueba de su pensamiento estaba allí. Mientras que ella estaba anclada en la silla, acompañándola en todo momento, su padre estaba al otro lado de la puerta, sin mostrar la mínima preocupación.
Sus hermanos se turnaban para visitarla. Ares iba por la mañana, le hablaba del clima, de los libros que había leído, de cualquier cosa que no se relacionara con la enfermedad y la muerte; Amycus, por otro lado, apenas le dirigía la palabra. Alecto no sabía qué dolía más, si la expresión resignada de su rostro o su silencio.
Cuando su madre quedó mirando fijamente al vacío, Alecto comprendió que ese era el tan temido final y le cerró los ojos. Salió al pasillo con una mueca sombría y anunció:
—Mamá ha muerto.
Mientras su padre escribía a los inefables para que retiraran el cuerpo, Alecto caminó hasta su habitación. En ella, se colocó frente al espejo de cuerpo completo y se observó detenidamente.
¿Por qué tenían que ser tan parecidas?
Tenía el mismo cabello oscuro, la misma piel pálida y hasta los mismos ojos apagados, casi sin vida, que continuamente daban la impresión de que estaba a punto de llorar. «Te fuiste, pero me dejaste aquí, hecha a tu imagen y semejanza —pensó con resignación. Deslizó los dedos por su pelo. Quería arrancarlo desde la raíz—. No se supone que las madres duren nueve años. ¿Qué será de mí?»
Al otro lado de la ventana, llovía; en su rostro también. Se había guardado todas las lágrimas para sí misma, pues no quería que su madre se sintiera culpable por su sufrimiento. Ahora no podía parar.
Se tocó el pelo una vez más. Estaba largo, demasiado largo. No quería tenerlo así. Buscó unas tijeras y cortó todos los mechones, dejándolos a la altura de sus orejas.
Amycus intentó detenerla cuando estaba en el último.
—¿Qué estás haciendo? ¿Te has vuelto loca? —preguntó. Su hermano no entendía que era solo cabello, que volvería a crecer, pero los pensamientos agresivos nunca se irían. Habían llegado para quedarse—. A mamá le gustaba tanto tu pelo. Siempre lo decía. «Qué bonito cabello tiene Alecto. Tan oscuro y suave.»
—Mamá ya no está, Amycus. Murió. Y no puede decirme qué hacer con mi pelo y tú tampoco.
Alecto Carrow nunca más llevaría el pelo largo. Tampoco volvería a hablar de su madre.
