Hola a todos! Aquí vuelvo con otro capítulo, que tenía este fic muy abandonado...
Siento mucho la espera, pero es que apenas tengo tiempo para escribir!
Muchísimas gracias por todos los reviews, en serio, me animáis cada vez más a continuar la historia!
Ahora sí, dejo de ser una pesada y os dejo leer ^^
Los meses pasaron rápidamente, tanto que antes de que Alumi y Hana se dieran cuenta, era junio, el mes de los exámenes de la universidad.
Alumi estudiaba arquitectura, por lo que se pasaba la mayor parte del tiempo alternando entre el taller de dibujo técnico de la facultad y la biblioteca, aunque se permitía descansar los fines de semana.
Por su parte, Hana estaba haciendo la carrera de medicina, y tampoco salía mucho del campus, concretamente de la biblioteca, donde no paraba de consultar y comparar libros y apuntes. También se permitía descansar los fines de semana, ya que su padre (que nunca fue muy buen estudiante) se quejaba de que le dedicara tanto tiempo a estudiar en vez de a divertirse.
No obstante, ambos se encontraban siempre en la biblioteca, y pasaban todos los sábados juntos. Men se les unía de vez en cuando, ya que estaba más libre (todavía estaba en el instituto). Los domingos se quedaban en sus respectivas casas y se dedicaban a ver películas, o charlar con sus padres.
Pero, cuando llegó la última semana antes de los exámenes, ni siquiera se permitieron el lujo de descansar el fin de semana. Eran conscientes de que tenían que aprobar a la primera, puesto que su boda se celebraría en apenas un mes, y sabían que si suspendían su enlace se vería empañado (además de las broncas que se llevarían por parte de sus padres).
La semana de exámenes pasó, y así llegó la calma. Alumi se sentía rara sin tener nada que hacer. Se había levantado temprano, ya que estaba acostumbrada (y estaba nerviosa porque ese día llegaban los resultados de los exámenes a casa, pero jamás lo admitiría), y ya se había duchado y preparado, y había desayunado apenas hacía media hora. Se encontraba en su sala de estar, buscando algún programa de televisión entretenido, sin éxito. De repente se encontró con una serie en la que se celebraba una boda.
Ya era julio, y en muy pocos días se casaría con Hana. De tan solo pensarlo se le aceleraba el corazón. Se convertirían en un matrimonio, aunque fuera por poco tiempo.
Alumi no pudo evitar entristecerse ante ese pensamiento. Sentimientos que creía olvidados estaban volviendo a ella, sentimientos que creía que ya habían sido destruidos por el paso del tiempo, pero que habían resurgido sin previo aviso durante los meses anteriores, y que se habían ido haciendo más fuertes a medida que pasaba más tiempo con él y a medida que se acercaba la boda hasta casi ahogarla por completo. Le quería. Eso lo tenía dolorosamente claro. Pero no lo demostraría. Él no sentía lo mismo por ella, así que se guardaría todo para sí y soportaría como pudiera los siguientes dos años como su esposa.
Su mirada se posó en el reloj. Ya eran las once. Probablemente el cartero ya habría pasado. Se levantó decidida, y salió de la casa. Cuando abrió el buzón vio que habían recibido bastante correo, lo más seguro es que la mayoría fueran facturas, como siempre. Volvió a entrar en casa examinando todos los sobres, hasta que encontró el que iba a su nombre y tenía el sello de la Universidad de Tokio. Dejó el resto de las cartas en la mesita de la entrada y se sentó en el sofá mientras abría el sobre, ansiosa. Observó sus resultados sin poder creerlo. ¡Todo sobresalientes! ¡Era increíble! Emocionada, cogió su móvil y llamó a Hana, que estaría durmiendo, pero le daba igual. ¡Ya era hora de que despertara!
-¿Sí? –respondió una voz somnolienta.
-¡Despierta marmota! ¿No te acuerdas de que hoy llegan los resultados de los exámenes?
-¿Qué… hora… es? –preguntó el joven, todavía medio dormido-
-¡Son las once y cinco, imbécil! –al no recibir respuesta por parte de su prometido, se enfadó-. ¡DESPIERTA DE UNA MALDITA VEZ Y VE A VER LOS RESULTADOS!
Hana se sobresaltó tanto que se cayó de la cama.
-¡¿ES NECESARIO QUE ME GRITES?! –respondió, furioso, saliendo de su habitación con cara de pocos amigos, dirigiéndose hacia la mesa de la cocina donde Tamao habría colocado el correo.
-¡SI NO TE GRITO NO ME HACES NI CASO! ¡Mira los resultados de una maldita vez! –ordenó Alumi, calmándose un poco.
El joven abrió el sobre, todavía molesto.
-Todo sobresalientes, ¿contenta? –contestó, malhumorado-. ¿Y tú qué?
-¡Yo también! ¡Tendremos una boda y un verano tranquilos! –dijo la joven, casi saltando se alegría-. Por cierto, ¿cuándo vas a ir tú a Izumo?
-Mañana. Mi madre dice que tengo que ir con ella para ultimar algunos detalles. ¿Y tú?
-Yo voy el viernes. Quería ir antes, pero mi madre ha insistido en esperar casi hasta el último momento porque "eso es lo que hace una novia, hacer sufrir al novio" –puso los ojos en blanco-. Tonterías, por supuesto. Pero tengo que seguirle la corriente.
-Así que no nos veremos hasta el día de la boda –resumió el rubio.
-Exacto. Así que pásalo bien ultimando detalles con tu madre –rio la joven.
-Qué mala eres. Nos vemos el sábado pues.
Ambos colgaron, de repente nerviosos.
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Ahí estaba ella, en una de las muchas salas que tenía la casa de los Asakura en Izumo, ya ataviada con su vestido de novia y perfectamente arreglada. Su vestido era sencillo: era de palabra de honor, ceñido a la cintura, para luego caer suavemente desde sus caderas hasta el suelo. Su peinado consistía en una trenza pulcramente hecha llena de flores, que le caía elegantemente sobre el hombro derecho. La verdad es que, tenía que reconocerlo, estaba guapísima. En apenas cinco minutos estaría frente a Hana, preparada para darle el "sí quiero".
Salió de la sala, nerviosa, mientras su padre lloriqueaba porque su preciosa niña se casaba. Alumi no pudo evitar pensar que, aunque no se casara con Hana, se hubiera casado igualmente por culpa de su padre. Estaba ya frente a la puerta del pequeño templo que poseían los Asakura. Las puertas se abrieron, permitiendo la entrada de la novia y su padre.
Había bastantes invitados dentro, la mayoría por compromiso. Si por ella hubiera sido, solamente estarían la familia y los amigos más cercanos. Paseó su mirada por la estancia. Tenía que admitir que la decoración era excelente: varios lazos blancos decoraban la parte superior de las paredes, unidos a través de cintas de las que colgaban preciosas rosas blancas; los bancos en los que se sentaban los invitados estaban forrados con una tela color crema, guapísima, decorada con pequeñas flores que Anna no supo identificar, pero que le encantaron; una alfombra roja la conducía hacia el altar, donde se encontraba un precioso arco hecho con distintas plantas y flores, creando un pequeño arcoíris de colores indescriptiblemente bello.
Al mirar hacia el altar, su mirada se posó en el que se convertiría en su marido en escasos minutos. Su corazón comenzó a latir rápidamente, como si fuera a escaparse de un momento a otro. A Hana siempre le habían sentado bien los trajes, pero éste en particular le quedaba de miedo, aunque fuera tan sencillo como su vestido de novia: pantalón y chaqueta negros, camisa blanca y corbata azul cielo, el único toque de color que él se habría permitido para contentar a su padre, al que le encantaban los colores vistosos.
Sus miradas se encontraron. Alumi sonrió tímidamente. Él le devolvió la sonrisa, y apartó la vista, un poco sonrojado.
Y por fin, Alumi y su padre llegaron al altar. Silver, prácticamente llorando a mares, puso la mano de su hija sobre la de Hana. Cuando sus manos se tocaron, una descarga eléctrica recorrió el cuerpo de ambos jóvenes, aunque lo disimularon bastante bien. Él cerró su mano alrededor de la de ella y la ceremonia comenzó.
La rubia era extremadamente consciente de los puntos exactos en los que su mano se unía con la de él, pero se esforzó por atender todo lo que pudo.
La ceremonia se desarrollaba con más o menos normalidad, ya que de vez en cuando se escuchaba cómo Silver lloraba desconsoladamente. Alumi estuvo a punto de ir hasta donde estaba su padre y darle una paliza para que se callara en numerosas ocasiones, pero se contuvo. Estaba en medio de su boda, y bastante numerito estaba montando ya su padre como para que encima ella se le uniese.
El momento de los "sí quiero" fue devastador para el padre de la novia, que comenzó a llorar aún más fuerte si cabe. La joven, ya cabreada, se volvió y le dirigió una mirada asesina a su padre, que finalizó su llanto en el acto. Tímidas risas surgieron tras ese momento.
Luego se produjo el intercambio de los anillos. Eran de oro blanco, puesto que era el metal favorito de la joven, y por dentro llevaban grabados sus nombres y la fecha de su boda.
Y las palabras "Yo os declaro marido y mujer, puedes besar a la novia" resonaron en el templo. Alumi se tensó. Había olvidado esa parte de la boda. Besar a Hana. Bueno, solo sería un besito, lo suficiente como para guardar las apariencias. Con el corazón a ritmo galopante, ambos se acercaron. Él la abrazó por la cintura, y ella rodeó su cuello con sus brazos. Finalmente sus labios se juntaron. El beso apenas duró cinco segundos, pero fue devastador para los sentimientos de Alumi, los cuales se agolpaban en su interior, tanto que la chica ni siquiera era consciente de lo que sentía.
Los dos se separaron, rojos como un tomate, mientras que los invitados aplaudían y silbaban a los recién casados.
Se cogieron de la mano, volviéndose hacia los invitados. De repente, sin saber cómo, los novios estaban siendo abrazados y felicitados por todos los presentes, amontonándose delante de ellos y casi peleándose por llegar hasta la pareja.
-¡YA ESTÁ BIEN! –gritó Anna detrás del montón de gente. Todos se quedaron quietos en el acto-. Ya habrá tiempo suficiente en el banquete para saludar a los novios. ¡Ahora dejadles repirar!
-dijo, señalando hacia la puerta.
Ninguno de los invitados osó desobedecer a la madre del novio, y poco a poco fueron saliendo del templo, dejando a los recién casados allí.
-Tenéis que firmar los papeles del registro, así el lunes Yoh y yo los llevamos y ya queda todo hecho –comentó la sacerdotisa, pasándole a su hijo los formularios-. Os esperamos en la entrada de la sala norte, donde se celebrará el banquete –y, dicho esto, salió del templo llevando a Silver consigo a rastras, que quería quedarse allí, y seguida de su marido y de la madre de la novia, los cuales se compadecían del pobre hombre.
Alumi le quitó los papeles a su ya marido y se sentó en uno de los bancos de delante, de repente exhausta.
-Estoy agotada –comentó mientras ojeaba los documentos-. Y todavía queda el banquete…
-Bueno, a las dos de la mañana tenemos que estar en el aeropuerto, así que cuenta con que salgamos de aquí a las nueve o a las diez de la noche para ir con calma –respondió Hana, sentándose a su lado-. Así que no queda tanto.
No se acordaba. Su padre les había regalado la luna de miel. Irían a Australia, ya que a Alumi siempre le había atraído ese país, y harían un tour por algunas ciudades de la isla, incluso tenían programada una pequeña visita a Nueva Zelanda, las islas vecinas. Se pasarían todo el verano allí. Todo el verano a solas con Hana…
-Tienes razón –dijo la joven, alejando ese pensamiento de su cabeza. Cogió el bolígrafo de la mano de su esposo y comenzó a rellenar su parte de los documentos. Finalmente los firmó, y le pasó los papeles y el bolígrafo a Hana.
Observó cómo lo cubría y al final firmaba.
-Vamos, o si no mi madre vendrá a buscarnos para llevarnos a rastras –bromeó el joven, cogiendo la mano de su esposa y dirigiéndose al salón norte.
Cuando llegaron, se encontraron a la sacerdotisa cruzada de brazos y con cara de pocos amigos, y a Silver totalmente magullado, mientras que Yoh y Stella, la madre de Alumi, hablaban despreocupadamente, como si no hubieran visto nada.
-Ya era hora –se notaba que la madre del novio estaba de mal humor-. Ya creía que no veníais.
-Lo siento, nos entretuvimos rellenándolos –contestó su hijo, mientras le entregaba los papeles.
-Bueno, como sea, entrad ya –respondió, cogiendo los papeles.
Cuando entraron fueron recibidos entre aplausos y gritos de felicitación.
La comida transcurrió con normalidad, a excepción de las ya acostumbradas peleas entre Ren y Horo-Horo, los cuales paraban cada vez que la esposa de su mejor amigo les dirigía una mirada de advertencia.
Pronto todos terminaron de comer, y la pareja tuvo que hacer una ronda por todo el salón, saludando a los invitados, los cuales los entretenían hablando de cosas insustanciales. Para cuando lograron terminar la ronda de saludos, ya eran las siete.
Alumi salió de aquel salón. Se estaba agobiando por momentos con tanta gente alrededor, y aprovechó que ya no tenía ninguna obligación para con los invitados para tomar el aire.
-Qué agobio, ¿verdad? –dijo una voz a su lado.
-Ya lo creo –contestó, volviéndose hacia su marido-. Menos mal que en dos horas nos cambiaremos y nos iremos. No conseguiría aguantar mucho más tiempo. Lo único malo es que te pasarás la mayor parte de tu cumpleaños en un avión.
-Te has acordado –sonrió el joven.
-Llevamos prácticamente toda la vida juntos –respondió la rubia-. ¿Acaso crees que iba a pasar por alto tu cumpleaños? ¿Por quién me tomas?
-Tienes razón –dijo el rubio-. Nos conocimos en infantil y desde entonces no nos hemos separado. Fuimos juntos a primaria, al instituto y a bachiller. Y aunque escogiésemos carreras distintas, no dejamos de mantener el contacto –hizo una pausa-. ¿Sabes que estuve perdidamente enamorado de ti en el instituto?
-¿Q-que? –preguntó Alumi, con el corazón latiéndole con fuerza y en completo estado de shock.
-Sí –respondió Hana-. Comencé a salir con Minako para ver si sentías lo mismo, pero pude notar que no, así que me olvidé de ti.
-Y-yo creía que… que no te gustaba. Por eso me hice a un lado cuando empezaste a salir con ella. Yo también estaba enamorada de ti –dijo Alumi en un susurro, mirando al suelo.
-¿En serio? –preguntó Hana, sorprendido-. Vaya dos estamos hechos… Mira que no darnos cuenta… Aunque bueno, el pasado no se puede cambiar. Además, ahora las cosas son distintas. Ya no estamos enamorados, ¿verdad?
-En absoluto –dijo Alumi, sonriendo, aunque su corazón se estaba partiendo en pedazos en ese mismo instante. Había tenido la esperanza de que también en él hubieran renacido esos sentimientos… Y era obvio que no, que solo habían renacido en ella-. Nos casamos para librarnos de matrimonios impuestos. En dos años nos divorciaremos y todo volverá a ser como antes.
-Exacto –afirmó el joven-. Ahora entremos antes de que se den cuenta de que no estamos.
Alumi asintió, y ambos volvieron a entrar en la sala. Estuvieron hablando de cosas insustanciales hasta que llegó el momento de ir a cambiarse.
Alumi, acompañada de su madre, volvió a la sala en la que se encontraban su ropa de viaje y su equipaje. Se quitó el vestido, y se puso una blusa de tirantes blanca y una falda de tubo negra que le quedaba por encima de las rodillas. Además, cambió los altos tacones de sus zapatos de novia por la suela plana de unas sandalias negras. Después, con ayuda de su madre, se quitó las flores del pelo y deshizo la trenza. Se disponía a desenredar su melena cuando su madre le arrebató el cepillo de las manos.
-Deja que lo haga yo, cariño –dijo su madre con una sonrisa amable. La joven no se opuso-. No puedo creer que ya seas una mujer casada. Y en breve, te convertirás en madre. Cómo pasa el tiempo… -sendas lágrimas caían por la mejilla de Stella mientras desenredaba el último mechón de pelo de la cabellera de su hija.
-Mamá… -Alumi se volvió hacia su madre y la abrazó con todas sus fuerzas. No solo ella sufriría cuando se divorciara, su madre también. Las lágrimas se agolpaban en los ojos de la joven, pero consiguió retenerlas-. No llores por favor, sino me vas a hacer llorar a mí, se me estropeará el maquillaje e iré horriblemente fea a mi luna de miel.
Su madre dejó escapar una carcajada., se limpió las lágrimas de la cara y acompañó a su hija, maleta en mano, a la salida de la mansión, donde se despedirían de ellos.
Hana ya estaba allí. Llevaba puesta una camiseta azul de manga corta, unos vaqueros y unos playeros negros.
Se despidieron de sus familias entre risas y lágrimas, y finalmente se marcharon. Primero un coche los llevó a la estación de tren, luego fueron en tren hasta Tokio, después cogieron un taxi al aeropuerto y, finalmente, cogieron el avión. Todos los viajes los realizaron en silencio.
Una vez dentro del avión, y después de despegar, Hana se quedó profundamente dormido sin problemas, en cambio, a pesar de lo cansada que estaba, Alumi no podía dormir. Sólo podía pensar en lo tortuosos que iban a ser esos dos años para ella, y en todo lo que iba a sufrir estando enamorada de su marido, sin que él sintiera lo mismo. Posó su cabeza inconscientemente sobre el hombro de Hana. Momentos antes de que la joven se durmiera, una lágrima traicionera abandonó uno de sus ojos, reflejando el estado de ánimo de su dueña.
