Hola a todos! He aquí otro capítulo :)

He vuelto a subir los anteriores capítulos poniendo el nombre de Alumi, porque a parte de que algunos me lo pidieron, creo que es más coherente llamarla por su nombre XD

Muchísimas gracias a todos los que leéis el fic!

Espero que os guste el capítulo y que dejéis reviews! :)


Se despertó varias horas después, confusa. Todavía tenía la cabeza apoyada en el hombro de su marido y, por el dolor de cuello que sintió al moverse, dedujo que no había cambiado de posición en todo ese tiempo.

-Ya era hora, dormilona –comentó el rubio, que se encontraba mirando por la ventana. Se volvió hacia su esposa y, moviendo su hombro en círculos, añadió-: Me has dejado el hombro destrozado. He tenido que quedarme quieto para no despertarte.

-No me llames dormilona –gruñó Alumi, desperezándose-. Tardé un buen rato en dormirme, no como tú, que nada más despegar ya estabas roncando, marmota. Por cierto, ¿cuántas horas de vuelo llevamos ya?

-Siete, más o menos. En tres horas como muy tarde estaremos en Sidney.

-Yo voto por quedarnos hoy en el hotel y descansar –dijo la rubia-. Estoy agotada. Solo se le ocurre a mi padre regalarnos una luna de miel cuyo vuelo es de madrugada. Así perdemos un día de turismo en Sidney.

-Nos vamos a quedar una semana allí, Alumi. Nos va a dar tiempo de sobra de recorrerlo de arriba a abajo. Podemos permitirnos un día de descanso.

-Sí tú lo dices –respondió la joven, malhumorada. De pronto se acordó de algo-: ¡Feliz cumpleaños! –dijo con una sonrisa a su marido.

-Sí que tardas en despertar eh… Mira que olvidarte del cumpleaños de tu marido…

-¡No me olvidé! Te acabo de felicitar, ¿no? –repuso ella, molesta, cruzándose de brazos.

-Me encanta lo fácil que te enfadas. Sin duda va a ser un verano muy entretenido –contestó Hana, sonriendo de oreja a oreja, lo que hizo enfadar aún más a su esposa.

-¡Toma, imbécil! –exclamó Alumi, cogiendo su bolso, sacando de él un pequeño paquete envuelto en papel de regalo y tirándoselo al rubio-. ¡No vuelvas a hablarme en lo que queda de vuelo! –y, dicho esto, se levantó de su asiento y se dirigió al baño, con el bolso todavía en su mano.

Sorprendido, Hana fijó su atención en el pequeño paquete. Rasgó el papel de regalo con curiosidad creciente, encontrándose con una caja de piel. La abrió. ¡Era el reloj de muñeca que quería desde hacía tiempo! Había decidido comprarlo más adelante, puesto que no era precisamente barato. No pudo evitar sonreír. Lo sacó con cuidado de la caja y se lo puso. Le quedaba perfecto. Guardó la caja y el papel de regalo en su bolsa de mano, éste último para tirarlo cuando aterrizaran. Volvió la vista hacia el reloj, que descansaba en su muñeca, sonrió de nuevo y, sin parar de hacerlo se dispuso a contemplar el cielo de nuevo a través de la ventanilla.

Mientras tanto, Alumi se encontraba en el baño del avión. Aunque en breve estaría en Australia, el país por el que sentía adoración desde pequeña, estaba furiosa. Ese imbécil la sacaba de quicio. ¡Ella que se había molestado en comprarle el reloj que quería! Si lo hubiera sabido, ni se habría molestado… O se lo hubiera comprado igual. La segunda opción era la más probable. Se miró al espejo. Tenía una cara horrible. Menos mal que había cogido su bolso. Se lavó la cara hasta quitar completamente el maquillaje. Sin él se veía aún peor. Sacó el pequeño neceser de su bolso. Siempre llevaba algo de maquillaje con ella, por si sufría algún contratiempo. Se aplicó una fina capa de base y se echó rímel en las pestañas. No había hecho un gran trabajo, pero al menos no se veía tan pálida. Lo guardó todo y salió del baño.

Volvió a sentarse en su asiento, sin prestar atención a su marido, que ni siquiera se había vuelto a mirarla. Cogió la bolsa de mano del rubio, donde había guardado un libro y varias revistas para entretenerse durante el vuelo. Cogió el libro y comenzó a leerlo.

Ninguno de los dos dijo una sola palabra durante el resto del trayecto.

Ya en el aeropuerto de Sidney, esperando por el equipaje, Hana fue el primero en hablar.

-¿Ya puedo hablarte?

-¿Qué? –preguntó Alumi, sin entender.

-Me dijiste que no te hablara en lo que quedaba de vuelo, y no lo he hecho. Y, créeme, ha sido muy aburrido mirar por la ventanilla tanto tiempo. Supongo que ahora puedo hablar contigo, ¿no?

-Supongo que sí –respondió, conteniendo una sonrisa. Ese idiota…

-Entonces, ya puedo decírtelo. Gracias.

-¿Por qué?

El joven, con una sonrisa, levantó su brazo izquierdo, dejando notablemente visible el reloj.

-De nada –contestó la rubia desviando la mirada, sonrojada-. ¿Qué clase de esposa sería si no le regalara algo a mi marido por su cumpleaños?

Hana soltó una carcajada. Cogió el brazo de Alumi, la atrajo hacia sí y le dio un beso en la mejilla.

-Allí está nuestro equipaje, voy a por él –y tras decir esto, el rubio marchó a buscarlo.

Ella, por su parte, estaba aún más roja si cabe. Todavía notaba con total claridad el lugar exacto de su mejilla que había estado en contacto con los labios del muchacho. Sacudiendo la cabeza y respirando hondo, intentó volver en sí. Cuando lo consiguió, fue en busca de su esposo.

Tras recoger su equipaje, un coche los llevó al Sheraton on the Park Hotel, que sería su hogar durante una semana. Ocuparían una de las suites del último piso.

Nada más entrar en la suite, Alumi se descalzó y se acostó en el sofá, completamente agotada.

-No tengo fuerzas ni para explorar el resto de la suite. Solo quiero dormir.

-Si quieres dormir, ¿no sería mejor que lo hicieras en la cama?

-No voy a dormir ahora. Esperaré a que sea de noche.

-Como quieras –respondió Hana encogiéndose de hombros-. Voy a dejar las maletas en la habitación.

Vencida por la curiosidad y haciendo un gran esfuerzo, Alumi se levantó del sofá y fue a ver la habitación. La estancia era bastante amplia, aunque con decoración bastante hortera: un horrible papel estampado floral cubría las paredes, y hacía juego con las lámparas (colocadas encima de las mesitas a cada lado de la cama) y el edredón de la enorme cama de matrimonio, los cuales llevaban un estampado muy similar. Un enorme armario ocupaba la pared derecha, dejando el espacio justo para dejar ver una puerta, supuso que la que conducía al baño. La pared izquierda, sin embargo, estaba ocupada en su mayoría por una gran puerta acristalada que conducía a una pequeña terraza con vistas al parque de enfrente del hotel.

-Es lo más escalofriante que he visto en mi vida –comentó la joven, sin dejar de pasear su vista entre el papel de la pared y el edredón de la que ha explotado una floristería aquí dentro. Lo único bueno es la terraza.

-Y el armario –dijo Hana-. Con toda la ropa que has traído, nos vendrá muy bien –comentó, señalando las cinco maletas que acababa de llevar hasta allí, todas de ella.

-Pues no he traído tanta. En un principio eran siete maletas, así que no te quejes –replicó Alumi, molesta.

-¿Ves cómo te picas con mucha facilidad? –preguntó el joven con una sonrisa de oreja a oreja, mientras iba a por su única maleta.

Pasando olímpicamente de ese comentario, la rubia se dispuso a deshacer el equipaje. Aunque estuviera cansada, era mejor terminar cuanto antes con eso, así tendría el resto del día de descanso. Hana la imitó.

Él terminó enseguida, lo cual era lógico, ya que su equipaje era más bien escaso, pero fastidió mucho a Alumi, que tuvo que aguantar las bromas y burlas de él mientras guardaba su ropa.

-Esto no me cuadra –dijo en voz alta cuando llegó a la quinta maleta-. Juraría que sólo traía cuatro…

La abrió para ver lo que contenía. Se puso roja como un tomate al ver conjuntos de lencería y picardías de todos los colores y estilos. Cerró la maleta de golpe, rezando para que su marido no los hubiera visto pero, para su desgracia, sí que lo había hecho.

-Vaya Alumi, sí que vienes preparada… -se burló el rubio, intentando contener la risa.

-Voy a matar a mi madre –dijo entre dientes la joven, mientras tiraba la maleta dentro del armario y cerraba la puerta de éste de un golpe. Se volvió hacia Hana-. Y tú, como vuelvas a comentar algo al respecto, te juro que no sales vivo de este país.

Volvió a abrir la puerta del armario, cogió un pijama y una muda y entró en el baño, dispuesta a darse una buena ducha relajante.

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Se pasaron toda la tarde viendo películas mientras dormitaban en el sofá, Alumi recostada sobre Hana y éste rodándole los hombros con el brazo. No era nada del otro mundo, se habían acostumbrado a ver las películas en esa posición durante el curso, cuando quedaban los sábados para desconectar de tanto estudio. Al principio las veían sin siquiera rozarse, pero se movían mucho en el sofá, poniéndose de los nervios el uno al otro, hasta que un día ella se recostó sobre él y éste, por puro acto reflejo, le rodeó los hombros con el brazo. Al principio, el corazón de Alumi se desbocaba, pero con el paso del tiempo, terminó por acostumbrarse y hacer de ello algo cotidiano.

Y así, entre películas, pasó la tarde. Alumi se encontraba muy a gusto, tanto que había echado pequeñas cabezadas a lo largo de la tarde.

-Alumi –la llamó Hana, zarandeándola un poco. Recibió como respuesta un corto gruñido-. Venga, Alumi, cámbiate. Me muero de hambre.

-¿Y a mí que me importa? –respondió la joven adormilada.

-¿Acaso tú no tienes hambre?

-Sí, pero el cansancio le gana.

-¡Vamos, levántate y cámbiate! Cuando subamos podrás dormir todo lo que quieras.

Haciendo un grandísimo esfuerzo, se levantó y se dirigió como una autómata a la habitación, donde decidió ponerse un vestido de tirantes blanco y unas sandalias del mismo color. Entró al baño para peinarse y, de paso, se lavó la cara para intentar despertarse, aunque con poco éxito. Cogió un pequeño bolso granate del armario, metió en él lo que ella consideraba imprescindible y salió al salón de nuevo, donde la esperaba su marido, y ambos bajaron al restaurante.

Tras una deliciosa cena, volvieron a la habitación.

-Voy a ducharme –dijo Hana.

Alumi vio como entraba en la habitación, y más tarde escuchó la puerta del baño cerrarse y el sonido de la ducha.

Ella, que estaba agotada, entró en la habitación y se puso de nuevo el pijama. Se premió a sí misma por no haberse maquillado para bajar al restaurante, ya que así no tenía que perder el tiempo desmaquillándose. Abrió la cama y se metió en ella. Tenía que admitir que era enorme. Se movió hacia el lado de la terraza, dejando espacio a su esposo. De repente fue consciente de que dormiría con él. En la misma cama. Y esa, a efectos prácticos, era su noche de bodas, puesto que la anterior se la habían pasado viajando… Decidió abandonar la dirección que estaban tomando sus pensamientos y se acomodó sobre su costado derecho, de cara a la terraza, disponiéndose a dormir.

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Se despertó de madrugada, en la misma posición en la que se había dormido. Se dio la vuelta perezosamente, acomodándose sobre su otro costado. Entreabrió los ojos al hacerlo, viendo el gran armario frente a ella. Algo no cuadraba. Faltaba algo o, más bien, alguien.

Se levantó y salió al salón. Ahí estaba, durmiendo en el sofá. Qué tonto era. Se dirigió a él y lo zarandeó.

-Hana –lo llamó.

-¿Qué pasa? –preguntó él sin abrir los ojos y sin cambiar la posición.

-¿Qué haces durmiendo aquí?

-Pensé que sería incómodo que durmiéramos juntos, así que me vine aquí a dormir –respondió, todavía sin moverse.

-No seas tonto, el sofá te va a dejar la espalda molida. Ven a la cama, hay espacio de sobra para los dos.

-¿Estás segura?

-¡Claro que sí! Ahora levántate de ahí y ven a dormir conmigo.

Una vez en la habitación, ambos se acostaron en extremos opuestos de la cama, lo más lejos posible del otro aunque enfrentados, mirándose fijamente.

Inconscientemente, fueron acercándose el uno al otro, hasta que finalmente sus rostros quedaron a escasos centímetros. Ambos luchaban contra sus instintos, peligrosamente fuertes, pero les resultaba prácticamente imposible. Finalmente se rindieron, haciendo que sus labios se juntaran en un beso lleno de pasión y dejándose llevar por esa noche.