Aquí estoy otra vez con otro capítulo. Espero que os guste :)


Ninguno de los dos quiso romper el beso y, cuando se quisieron dar cuenta, ambos estaban disfrutando de lo que el otro les brindaba, saboreándose y explorando sus cuerpos, alcanzando oleadas de placer indescriptibles.

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Cuando abrió los ojos solo pudo ver un cielo totalmente gris del que caía una lluvia torrencial que golpeaba contra la puerta de la terraza. Se estiró todo lo que pudo para desentumecerse. Se sentía tan bien que ni siquiera le importaba que lloviese. Pero, ¿por qué se sentía tan bien?

De repente, lo ocurrido la noche anterior comenzó a volar por su cabeza. Lo habían hecho. No sabía cómo había pasado, solo se acostaron en la cama y…

Se tapó la cabeza con la sábana, la vergüenza apoderándose de ella por momentos. Era imposible, tenía que ser un error. Probablemente había dejado volar su mente más de la cuenta mientras dormía. Sí, tenía que ser eso. Pero si era producto de su imaginación, ¿por qué estaba completamente desnuda?

Rindiéndose ante lo evidente, destapó con cautela su cabeza y miró hacia la izquierda. Por suerte, él ya se había levantado, aunque eso no hacía más que posponer lo inevitable.

Se levantó de la cama y fue hasta el armario, de donde sacó una muda, unos pantalones vaqueros y una blusa blanca; entró al baño y abrió el grifo de la ducha, del que comenzó a salir agua caliente. Se metió en la ducha y disfrutó de la sensación calmante y relajante del agua caliente sobre su piel. Cuando sintió que ya no podía alargar más su ducha, salió y comenzó a vestirse. Se secó el pelo con una toalla, lo desenredó y dejó que secara al aire libre. Finalmente, se dirigió al salón.

Él estaba allí, de espaldas a ella, frente a una pequeña mesita redonda en la que, por lo que pudo ver, estaba servido el desayuno. Miró el reloj de la pared, extrañada. Eran las 10 de la mañana. Había creído que era más tarde. Sin demorarlo por más tiempo, se sentó en la silla que quedaba libre, frente a él.

-Buenos días –saludó Alumi, observando lo que había encima de la mesa, sin mirarlo directamente.

-Buenos días –respondió él.

Ella se atrevió a levantar la vista. Estaba leyendo el periódico que había dejado a su lado, en la mesa, y de vez en cuando le daba pequeños sorbos a su café. Llevaba una camisa azul oscuro que hacía perfecto contraste con su pelo rubio y marcaba sus músculos bajo ella, esos maravillosos músculos que había tenido el placer de explorar la noche anterior…

Se obligó a dejar esos pensamientos, y se centró por completo en el desayuno. Se sirvió un poco de café, y decidió acompañarlo con una macedonia de frutas que tenía muy buena pinta y un par de tostadas con mermelada de fresa.

Desayunó en silencio, mirando a todos lados excepto a la persona que tenía delante, aunque de vez en cuando se le escapaba alguna mirada hacia él, que seguía inmerso en la lectura. O lo que estaba leyendo era muy interesante o estaba tan incómodo como ella.

El silencio la estaba matando. No le gustaba que hubiera un ambiente tan tenso entre ellos. Ella quería que se comportaran como siempre, que hablaran como siempre, que rieran como siempre. Por mucho que le incomodara, tendría que ser ella la que sacara el tema.

-Lo que pasó ayer simplemente pasó –dijo. Hana levantó la vista por primera vez del periódico, sorprendido. Sin duda la sutileza no le pegaba en absoluto a la rubia-. Así que deja de leer ese maldito periódico y compórtate como siempre. ¿Sabes lo incómodo que es desayunar así?

-Pero…

-Pero nada. Somos dos personas adultas y además estamos casados. No hicimos nada malo -se levantó de la silla y cogió un mapa de Sidney que estaba en un mueble-. Y ahora ayúdame a decidir qué vamos a visitar hoy.

-Está lloviendo –respondió Hana tras un momento de silencio, concluyendo que Alumi tenía razón sobre lo que había dicho.

-¡Me da igual! –exclamó la joven-. Ya perdí un día de turismo, no pienso perder otro. Ayúdame a planear los lugares que vamos a visitar cada día.

En una hora ya lo tenían todo planeado, y en dos ya estaban recorriendo la ciudad. Por suerte, ambos volvían a comportarse con normalidad.

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El resto de la luna de miel se desarrolló con normalidad. Dormían juntos, lo cual ponía particularmente nerviosa a Alumi, pero no se había vuelto a repetir lo sucedido en su noche de bodas.

Durante su luna de miel, además de visitar Sidney, estuvieron en las ciudades australianas de Melbourne, Camberra, Adelaide y Brisbane, además de pasar un par de días en Wellington, Nueva Zelanda.

Antes de que se pudieran dar cuenta, estaban de vuelta en Japón, en su propia casa. Y tenían casa propia porque sus respectivos padres habían decidido que fuera su regalo de boda. Era una casa de estilo europeo de dos plantas: la primera constaba de cocina, comedor, salón, aseo y un pequeño estudio; y la segunda, de tres habitaciones y dos baños, uno de ellos en la habitación principal. Además, la primera planta se comunicaba con un garaje con espacio suficiente para dos coches.

A Alumi le encantaba esa casa. Una lástima que no llegara a ser un hogar feliz en el que viviera una familia feliz, como sus padres creían. No paraban de hacer comentarios sobre niños y todo lo relacionado con ellos en cuanto tenían la mínima oportunidad, cosa que la ponía de un humor de perros. Hana, sin embargo, se lo tomaba con más calma, enumerando todas las razones por las que no debían tener hijos en ese momento si éxito, ya que ellos siempre volvían al mismo tema.

Una semana después de su llegada a Japón, comenzaron las clases y, por tanto, dejaron de pasar tanto tiempo juntos. A pesar de que vivían en la misma casa, casi no se veían, ya fuera por las prácticas clínicas de Hana en el hospital o por los proyectos interminables que mantenían a Alumi en el taller de dibujo técnico de la facultad prácticamente todo el día. Solo se veían los fines de semana, y ni siquiera pasaban mucho tiempo a solas, ya que los sábados estudiaban y los domingos iban comer a casa de sus padres, una semana a la de los padres de él, otra a la de los de ella.

Y así pasaban los días, sin prácticamente verse ni mucho menos hablar, hasta cierto día de noviembre.

-Hoy no te quedarás en la facultad después de las clases, ¿verdad? –preguntó Hana de camino a la universidad. Alumi lo miró sin comprender.

-Claro que sí, tengo muchísimo que hacer, tengo tres proyectos que…

-¿No vas a descansar ni siquiera el día de tu cumpleaños? –dijo incrédulo el joven.

Alumi se paró en seco, con cara sorprendida.

-Ni siquiera te acordabas de tu cumpleaños –afirmó el rubio, negando con la cabeza -. No tienes remedio. Y si no recuerdas eso, tampoco recordarás que vienen nuestros padres a cenar.

Ella se rascó la cabeza, intentando recordar en qué momento exacto se había decidido realizar una cena en su casa por su cumpleaños, sin éxito.

-No, no me acordaba –respondió la rubia, rindiéndose-. Últimamente no sé en qué día vivo, la verdad.

-Iré a buscarte a la facultad cuando terminen las clases –dijo su esposo sin más, a modo de despedida, mientras se dirigía a su edificio. Ella ni siquiera se había dado cuenta de que ya habían llegado al campus. Se volvió y se dirigió a su edificio, en dirección contraria a la de su marido.

La mañana pasó bastante rápido para sorpresa de Alumi. Cuando se quiso dar cuenta, ya se encontraba con Hana.

-¿Qué te parece si vamos a comer y después vamos a comprar la comida para la cena? –sugirió su esposo.

-Suena genial –contestó ella con una sonrisa-. Hace mucho que no salimos juntos.

-Tienes razón –dijo el rubio-. Menos mal que éste es nuestro último semestre en la universidad.

-Mereció la pena adelantar un semestre el año pasado. Así podremos ponernos a trabajar cuanto antes.

-Sí, dejaremos de ser unos mantenidos.

-Sabes que me opuse desde el primer momento a que pagaran nuestras facturas, pero tú no –dijo Alumi con cara de fastidio.

-Es mejor darles la razón que pelear con ellos. Sabes que de todas formas acabaría sucediendo por mucho que nos opusiéramos.

No se lo podía negar. Sus padres eran demasiado cabezotas. Si se les metía una idea en la cabeza, nadie les sacaba de ella. Y mucho menos a Anna, la más cabezota de los cuatro.

Terminaron comiendo en un restaurante chino cerca del campus. Cuando acabaron, se dirigieron a la tienda a comprar la comida para la cena, que consistiría en una ensalada césar y pollo asado. Como postre compraron una tarta de queso, la favorita de Alumi.

Una vez en casa, la rubia se dirigió directamente a la cocina. Cuanto antes se pusiera a hacer la cena, antes estaría hecha.

-¿Quieres que te eche una mano? –preguntó Hana desde la puerta.

-Ahora no. Tal vez cuando llegue tu madre y me pregunte si ya estoy embarazada, como hace cada vez que nos vemos –respondió, mientras preparaba la ensalada-. Ahí sí que necesitaré tu ayuda.

-No te quejes –dijo su marido-. Tú misma te lo has buscado. ¿Quién le dijo que nos pondríamos a ello en cuanto nos casáramos?

Ahí la había pillado. Malhumorada, guardó la ensalada ya preparada en el frigorífico y se dispuso a preparar el pollo.

-Alumi, hoy estás algo distraída –observó el rubio.

-¿Por qué?

-Se te ha olvidado meter la tarta en la nevera –dijo mientras él se encargaba de hacerlo-. Cumplir años no te sienta nada bien –bromeó.

Ella hizo caso omiso y continuó preparando el pollo, que terminó de hacerse después de lo que le pareció una eternidad. Estaba acabando de poner la mesa cuando llamaron a la puerta. Fue Hana el que abrió, mientras ella ultimaba los detalles.

-Hola hijo –escuchó que saludaba alegremente Yoh.

-Hola –fue el escueto saludo de Anna.

-¡Aquí está el yerno más guapo del mundo! –saludó su madre, supuso que acompañado de un fuerte abrazo.

-¿Dónde está mi hija? –fue el saludo que su padre dio.

-Serás maleducado –dijo ella, apareciendo a través de la puerta del comedor-. Se dice "hola" o "buenas noches" para saludar.

-¡Hija mía! –antes de que Alumi pudiera hacer nada, su padre la abrazó fuertemente, lloriqueando-. ¡No sabes cuánto te echo de menos! ¡Tendrías que estar en casa, celebrando tu cumpleaños con nosotros, como todos los años!

-Déjala en paz, ya no es una niña –riñó su madre, alejándolo de ella y permitiéndole respirar-. Feliz cumpleaños, cariño –sonrió, abrazando a su hija.

-Gracias mamá –sonrió ella a su vez.

-Felicidades, Alumi –felicitó Yoh, que también le dio un abrazo.

-Felicidades –fue la escueta felicitación de Anna.

-Gracias a los dos –contestó, con una sonrisa-. La cena ya está lista, así que podéis pasar cuando queráis.

La cena transcurrió con normalidad, charlando sobre las últimas novedades y cotilleos, hasta que llegó el postre.

-Toma cariño, tu regalo –dijo Stella, dándole a su hija el paquete.

-Muchas gracias papá, mamá –dijo tras ver el libro sobre arquitectura que tenía tantas ganas de leer. Hana se dedicó a ojearlo mientras Anna le daba el regalo a su esposa.

Cuando Alumi lo desenvolvió, no pudo creer lo que veía. Era otro libro. Pero el tema era…

-¿"El embarazo y tú"? –leyó Hana del libro que tenía su esposa entre sus manos-. ¡Mamá!

-¿Qué pasa? ¿Todavía no le es útil? –respondió Anna con tranquilidad, comiendo un poco de tarta.

La rubia se levantó con toda la tranquilidad del mundo y dejó el libro sobre la mesa.

-Lo siento, pero la cena ha terminado –dijo con voz suave. Hasta su marido se sorprendió del autocontrol de la joven-. Me temo que he tenido un día demasiado largo como para alargar por más tiempo la velada. Disculpadme.

Salió del comedor y subió las escaleras hacia su cuarto, furiosa. Cuando entró en él, no pudo evitar calmarse un poco. Los colores y contrastes de la habitación invitaban a la relajación.

Se quitó la ropa y se puso su camisón favorito, el rojo. Entró en el baño y se desmaquilló. Aprovechó también para cepillarse el pelo y hacerse un moño. Antes de dormir leería un poco, pero no el libro que su querida suegra le había regalado.

-Lo siento –dijo el rubio cuando ella salió del baño. Él también se había cambiado ya-. Lo que ha hecho mi madre es…

-¿Horrible? ¿Obsesivo? ¿Preocupante? –preguntó la joven, encarándolo.

-Todo lo que has dicho –contestó él-. Puede que no sea el momento más adecuado, pero… feliz cumpleaños –dijo, tendiéndole un pequeño paquete alargado.

Alumi se quedó sin habla. Cogió el pequeño paquete alargado de las manos de su esposo y lo desenvolvió, encontrándose una caja de joyería. Al abrirla descubrió una fina cadena de oro con un colgante en forma de media luna, precioso. No pudo evitar sonreír.

-Es precioso –murmuró, sacando el colgante de la caja-. Pónmelo.

Él hizo lo que le ordenó. Cuando se lo puso, la joven fue a mirarse al espejo del baño, encantada.

-¡Muchas gracias! –exclamó Alumi, abrazándolo por la cintura y apoyando la cabeza en su pecho-. ¡Me encanta!

-¿Seguro que te gusta? –dijo el rubio, rodeándola con los brazos a su vez. Ella levantó la cabeza hasta mirarlo.

-Es precioso. Tendría que estar loca para que no me gustara –contestó la rubia, con una sonrisa de oreja a oreja.

Se quedaron así, abrazados, varios minutos, observándose mutuamente, sin decir nada, sus caras cada vez más cerca, hasta que se besaron. Y a ese beso le siguieron muchos más, cada vez más apasionados y voraces, hasta que ambos no pudieron más y se rindieron ante los placeres que el otro le brindaba.