Aquí está otro capítulo! Muchas gracias por los reviews, espero vuestras opiniones sobre este capítulo!
Disfrutadlo :)
Por fin había terminado el semestre. A pesar de estar a principios de diciembre, Alumi ya había entregado todos los proyectos que le habían mandado y había realizado con éxito los exámenes que le quedaban. Se podía decir que ya había terminado la carrera, y estaba disfrutando de unas bien merecidas vacaciones.
En cambio, para Hana todavía no había terminado: le quedaba otra semana de prácticas clínicas, por no hablar del seminario obligatorio al que tendría que acudir nada más y nada menos que la semana del día de navidad. Ya había realizado los exámenes y entregado resúmenes de cada semana de prácticas, pero sin ese seminario no aprobaría las prácticas y, por lo tanto, no se graduaría.
No se veían mucho, ya que Hana se pasaba prácticamente todo el día fuera, lo cual estresaba a Alumi. Después de lo sucedido en su cumpleaños, ninguno había dicho nada. Simplemente habían continuado como siempre, lo cual la alivió. Temía que, como la vez anterior, todo se complicara, pero no fue así. Él siguió actuando normalmente y ella lo agradeció. Pero el no verlo tanto como ella quería la ponía de mal humor.
Era fácil sobrellevar no verlo cuando estaba ocupada con las clases, pero ahora que tenía más tiempo libre y no tenía su mente ocupada, era un suplicio. Salía todos los días por la ciudad, se iba de compras, quedaba con su madre o simplemente se quedaba en casa leyendo, todo ello para obviar el hecho de que su marido se pasaba la vida fuera de casa. Había llegado incluso a hacer alguna que otra visita a sus suegros, soportando las continuas indirectas (o más bien directas) que le soltaba Anna acerca de niños.
En esos instantes se encontraba en casa. Eran las 7:30 de la mañana, y acaba de despedir a Hana, lo cual le dejaba, como de costumbre, mucho tiempo libre. Lo bueno era que ese día su marido solo tenía prácticas por la mañana, con lo cual lo tendría de vuelta para la hora de comer.
Decidió comenzar con la limpieza de la casa. Normalmente se relajaba un rato (e incluso echaba alguna cabezadita) antes de ponerse a limpiar, pero le pareció buena idea comenzar antes.
Cuando prácticamente había terminado, sonó el teléfono. Se trataba de una de las mejores compañías de arquitectura de la ciudad. Al parecer, solían contratar a un par de personas recién graduadas cada año, y sus profesores les habían dado tan buenas referencias que habían decidido contratarla.
Alumi no se lo podía creer. ¡Por fin! Al fin iba a trabajar. Firmaría el contrato en enero, después de las navidades, y comenzaría inmediatamente. Estaba tan contenta, necesitaba compartirlo con alguien, así que cogió su móvil, y marcó.
-¿Ha pasado algo? –contestó una voz al otro lado casi automáticamente.
-¿Por qué tiene que pasar algo para que te llame? –respondió Alumi a su vez-. Además, ¿no se supone que no puedes tener contigo el móvil mientras estás de prácticas?
-¡Si sabes que no lo puedo tener para qué me llamas! –exclamó su marido, molesto.
-Vale, vale, lo siento –dijo la rubia, intentando contener la risa. Le encantaba molestarlo-. Solo quería decirte que empiezo a trabajar el mes que viene. Me acaban de llamar para decírmelo. Al parecer soy de los mejores graduados de este año.
-Vaya, enhorabuena – la felicitó su marido-. Por cierto, se me había olvidado decirte que al final hoy tengo que quedarme aquí todo el día.
-¡¿Qué?! ¡Se suponía que hoy íbamos a hacer algo juntos! –lloriqueó Alumi, frustrada. De repente se dio cuenta de algo-. ¿Y qué piensas comer? No te preparé nada para el almuerzo. Se suponía que venías a comer.
-No te preocupes, ya compraré algo. Te dejo, que si me pillan hablando contigo me matan. Enhorabuena otra vez –y colgó.
Alumi se quedó unos segundos con el móvil pegado a la oreja, incrédula. ¡Era un completo y absoluto imbécil! Malhumorada, tiró su móvil al sofá y se dirigió a la cocina. Se lo hubiera buscado él o no, no iba a permitir que se quedara sin comer, así que le prepararía la comida y se la llevaría, lo tenía claro.
Un par de horas después, la rubia estaba llegando al hospital con el almuerzo de su marido. Estaba claro que era tonta, no tendría que haberse molestado en preparárselo. Pero iba en contra de su naturaleza hacer lo contrario, así que dejó de darle vueltas al tema y entró en el gran edificio.
Hana realizaba las prácticas en la zona norte, en la sexta planta, según recordaba. Cogió el ascensor y llegó a la sexta planta. No tuvo que caminar mucho para verlo a lo lejos. Paró en seco. ¡La bata de médico le quedaba tan bien! Sacudió la cabeza, desterrando esos pensamientos tan poco sanos, y continuó caminando hasta volver a parar en seco, esta vez por la sorpresa. No podía ser, ella no podía estar ahí…
Furiosa, puso la mejor sonrisa falsa que pudo y fue rápidamente hacia su marido, al que cogió por el brazo. Él se volvió hacia ella, sorprendido.
-¡Cariño! –exclamó la rubia, con una sonrisa de oreja a oreja-. ¡Te traje el almuerzo, no podía permitir que no comieras nada! –dijo levantando el brazo para mostrarle la fiambrera.
-No tenías que haberte molestado… -respondió Hana, todavía sorprendido.
-Vaya Alumi, cuanto tiempo sin verte –dijo una mujer. Era morena, de ojos castaños, delgada y de tez clara. Llevaba un uniforme de enfermera-. No me sorprende que Hana y tú acabaseis juntos, estaba claro.
-¡Minako! ¡Cuánto tiempo sin verte! –respondió Alumi a la ex novia de su marido. De todas las enfermeras de ese hospital, justamente tenía que ser ella la que se encontrara allí. Con falsa alegría, continuó-: ¡No sabía que fueras enfermera! Creía que querías estudiar marketing.
-La vida da muchas vueltas. Sinceramente, no sé cómo he acabado aquí –hizo un gesto con la mano, abarcando todo lo que la rodeaba-. Simplemente, comencé a interesarme por el mundo sanitario, ¡y aquí estoy!
-Pues me alegro mucho –respondió Alumi, sonriendo. Era mentira, no se alegraba para nada, solo que ría verla desaparecer para siempre de ese hospital-. Aunque tu novio no se debe alegrar tanto, con un trabajo tan absorbente como este no lo debes ver mucho.
-Si tuviera novio probablemente no lo estuviera –respondió la morena con una carcajada-. Por suerte o por desgracia, estoy total y absolutamente soltera. El último novio que tuve fue Hana.
La rubia apretó los dientes, pero se esforzó para mantener la sonrisa. Le estaba empezando a doler la mandíbula del esfuerzo.
-Sí, parece que eso fue en otra vida, ¿verdad? –comentó Alumi con indiferencia-. La verdad es que desde que nos casamos…
-¿Estáis casados? –preguntó Minako, incrédula, descomponiendo por primera vez su pose amable. Alumi se premió a sí misma por ello.
-Sí –respondió la rubia, fingiendo confusión. Le enseñó la mano izquierda, donde descansaba su alianza matrimonial, y se volvió hacia su marido, molesta-. ¿No le dijiste que nos habíamos casado?
-No surgió el tema –respondió Hana, hablando por primera vez desde que las dos jóvenes habían comenzado a hablar-. ¿Por qué no me acompañas al vestuario para dejar la comida y después vamos a la cafetería.
-¡Vale! –exclamó ella. Lo cogió de la mano y se despidió de Minako con fingida alegría-: Me alegro de haberte visto hoy, Minako. ¡Espero que volvamos a vernos pronto!
Y, dicho eso, dio media vuelta y comenzó a caminar, llevando a su marido consigo.
Estuvieron en silencio todo el camino al vestuario. Después de que Hana dejara la comida en su taquilla, se dirigieron a la cafetería. Solo cuando estuvieron sentados y Alumi tuvo en frente su capuccino, ésta rompió el silencio.
-¿Por qué no me dijiste que trabajaba aquí? –preguntó, dando un sorbo a su café.
-No me pareció importante –respondió el rubio, encogiéndose de hombros.
-¿Y tampoco te pareció importante decirle que estamos casados?
-Pues no.
Alumi lo miró con incredulidad. Él se quedó mirándola fijamente, pero no añadió ni una palabra más.
-Oh, no. No puede ser –murmuró la rubia, horrorizada-. Te gusta. Por eso no le has dicho que estás casado…
-¡¿Qué?! ¡¿Cómo has llegado a semejante conclusión?! –exclamó él sorprendido.
-No lo has negado, así que es verdad…
-¡No es verdad!
-Sé que nuestro matrimonio es pura fachada –continuó ella, haciendo caso omiso a lo dicho por el rubio-, pero te agradecería que me guardaras respeto mientras estemos casados y no me hicieras quedar como una cornuda delante de todos…
-En primer lugar –interrumpió Hana, conteniendo su enfado, aunque mirando peligrosamente a su esposa-, entre Minako y yo no hay ni habrá jamás nada y, en segundo lugar, ¿en serio crees que sería capaz de engañarte? ¿En serio crees que te sería infiel?
Ella sabía que no, que él jamás le sería infiel, por muy matrimonio ficticio que fueran, y por mucho que le gustara la morena. Pero no se lo dijo. Se quedó mirándolo fijamente, tal como él había hecho con ella minutos antes.
-Muy bien –dijo el rubio, levantándose furiosamente-. Tengo que volver. Gracias por traerme la comida.
La rubia contempló cómo se alejaba. Estaba destrozada. Por mucho que él lo negara, ella sabía perfectamente que a Hana le gustaba, aunque fuera solo un poco, su ex novia. Si no, le hubiera dicho que estaban casados. Hizo un esfuerzo sobrehumano para contener las lágrimas. Sabía que acabaría sufriendo con ese matrimonio ficticio, pero no esperaba que fuera tan pronto. Apuró su café y se apresuró de salir del edificio.
Antes de llegar a la salida, todo comenzó a darle vuelta hasta quedar borroso. Perdió el equilibrio y cayó al suelo, inconsciente.
0-0-0-0-0-0-0-0-0-0
Estaba cansada, no quería abrir los ojos. Perezosamente, se acostó sobre su lado derecho, pero no quedó cómoda del todo. Había algo que no le cuadraba. Abrió los ojos, parpadeando unas cuantas veces para acostumbrarse a la luz. Se encontraba en una habitación enteramente blanca, sin un solo elemento decorativo. Se puso boca arriba para ver mejor la habitación en la que se encontraba, hasta que se topó con la mirada de su marido. De repente, los acontecimientos anteriores volvieron a su cabeza.
-Me desmayé, ¿verdad? –preguntó en un susurro. Tenía la boca seca y pastosa.
Hana lo notó, y le pasó una botella de agua, lo cual ella agradeció.
-Llevas inconsciente doce horas –fue todo lo que respondió el rubio.
Alumi dejó de beber en el acto.
-¿Doce? ¿En serio? –miró por la ventana. Era totalmente de noche-. ¿Qué hago aquí?
-Le pedí a mi maestro que te ingresara para ver por qué te habías desmayado –contestó Hana, serio-. Sabía que no te había dado un bajón de azúcar porque tomaste un café conmigo, y no fue una bajada de tensión porque cuando te la tomaron estaba normal. Quise asegurarme de que no era nada grave.
-¿Y es algo grave? Estás muy serio. Aunque también puede ser por… -se calló en el acto, no queriendo tocar el tema de su conversación en la cafetería-. ¿Qué es entonces?
-Te han hecho un análisis de sangre, y ha aparecido una hormona llamada gonadotropina coriónica humana.
-¿Olvidas que no sé nada de vocabulario médico? –dijo Alumi, tras unos segundos en silencio-. ¿Eso es bueno o malo?
-Significa que estás embarazada –respondió, mirándola a los ojos.
Ella se incorporó de golpe y se quedó estática unos minutos, procesando la información.
-Pero… ¿c-cómo…? –era incapaz de decir una frase coherente. Embarazada. Estaba embarazada. Un bebé. Su hijo. Posó su mano sobre su vientre, algo que no pasó desapercibido para su esposo, que la observaba con cautela. Eso sin duda cambiaba todos los planes que tenían con respecto a la duración de su matrimonio. Finalmente, solo pudo decir una palabra-: Vaya.
Hana se sentó en un sillón cerca de ella. Alumi lo miró por primera vez desde que le había soltado esa bomba. Estaba serio, muy, muy serio. Se notaba que no le había sentado muy bien la noticia de su embarazo.
-Se nota que no te hace mucha gracia que esté embarazada –susurró, bajando la mirada-. Sé que no era lo que habíamos planeado, pero…
-No es por eso por lo que estoy enfadado –interrumpió Hana, todavía sin mirarla.
-Sé que no me serías infiel nunca, aunque nuestro matrimonio sea mentira. No está en tu naturaleza. Siento no habértelo dicho cuando me preguntaste en la cafetería. Sé que fui una completa imbécil, y lo siento –dijo Alumi, sinceramente.
Él la miró. Se notaba que estaba dolido, lo cual hizo que a la rubia le entraran todavía más remordimientos.
-Bueno, siempre puedes culpar a las hormonas por tu comportamiento –respondió el joven, haciendo que a ella se le escapara una sonrisa-. En cuanto a lo de tu embarazo… Puedo apostar a que ninguno de los dos se lo esperaba –hizo una pausa-. Pertenezco a ese grupo de personas que cree que todo ocurre por alguna razón. Si te has quedado embarazada, es por algo. Esto obviamente cambia radicalmente nuestros planes en cuanto a nuestro matrimonio.
-Lo sé –contestó la rubia-. No podemos divorciarnos teniendo un hijo, una personita que dependerá de los dos. No quiero que crezca en un hogar fragmentado.
-Yo tampoco –se mostró de acuerdo el rubio-, así que no nos divorciaremos.
-Me parece bien. Hay que hacer lo mejor para el bebé –sonrió Alumi, acariciándose el vientre.
Ese bebé cambia por completo todo su mundo. Tendría que mantener su matrimonio con Hana, al que quería con toda su alma y el cual estaba completamente segura que no la correspondía. Pero aguantaría. Por su hijo aguantaría, no dejaría que nada la afectara. Una determinación feroz estaba creciendo dentro de ella. Sobreviviría a ese matrimonio.
