Hola a todos! Ya sé que he tardado mucho en subir el cap y lo siento...
Quiero que sepáis que no he abandonado el fic, solo me falta tiempo para dedicarme a él como se merece T_T
Espero que os guste el cap. Disfrutadlo! :)
Alumi había tenido que pasar la noche en el hospital, cosa que le había hecho muy poca gracia. Había intentado convencer a Hana para que se fuera y durmiera en casa, ya que él podía, pero se había negado en rotundo, con lo cual ella había dormido en una incómoda cama de hospital y él en un incómodo sillón. Esto justificaba el mal humor que tenían al abandonar el hospital, y si a eso se le sumaba la cantidad de papeles, consejos y advertencias que el médico les había dado sobre el embarazo, no era de extrañar que les doliera la cabeza.
Para cuando llegaron a casa, ambos estaban saturados. Alumi se dirigió directamente a su habitación sin mediar palabra con su marido, y se dejó caer en su cama, agotada. Habían decidido dormir en habitaciones separadas para que no se repitiera el incidente de su luna de miel, aunque no había tenido mucho éxito. Por algo estaba embarazada.
Le pareció extraño estar embarazada. A fin de cuentas, solo había estado íntimamente con Hana dos veces. Había parejas que lo intentaban durante años y nunca lo conseguían, y ella, sin embargo, a la segunda lo había conseguido. Sin querer, por supuesto. Era de lo más irónico.
Puso una mano sobre su vientre distraídamente. No era lo que había planeado, pero se sentía feliz. Iba a tener un hijo. Si se lo hubieran dicho cuando se casó, se habría reído hasta la saciedad. Pero era cierto, iba a tener un bebé. No pudo evitar una sonrisa.
Siguió con ese hilo de pensamientos hasta que su marido llamó a la puerta.
-Adelante –respondió incorporándose.
-La cena ya está lista –contestó él desde el umbral de la puerta.
-¿Qué? ¿Pero qué hora es? –preguntó ella, desviando la vista hacia su despertador-. ¡¿Las diez!? ¿Por qué no me llamaste antes? ¡Habría hecho yo la cena! –dijo levantándose de golpe de la cama. Fue una mala idea, porque en el momento en el que sus pies tocaron el suelo todo a su alrededor empezó a dar vueltas, y se habría caído al suelo de no ser por Hana y sus rápidos reflejos.
-Nada de movimientos bruscos, ¿recuerdas? –dijo, sosteniéndola. Cuando se aseguró de que había recuperado el equilibrio, la soltó.
-Se me van a hacer muy largos todos estos meses –suspiró ella, cansada-. Vamos a cenar, me muero de hambre. Y además quiero descansar. Menos mal que mañana puedo descansar toda la mañana…
-Mañana tenemos ecografía –la cortó Hana, paciente. Alumi lanzó un gemido.
-¿Por qué demonios no me la hicieron hoy? ¡Me tuvieron toda la mañana allí metida! ¡Podrían haber aprovechado!
-El funcionamiento de un hospital es complejo.
-Sí, y apesta –refunfuñó ella-. Vamos a cenar de una vez.
La cena transcurrió con tranquilidad, Alumi ya más calmada. Dejó que su marido lavara los platos (él se había ofrecido, y ella estaba demasiado cansada como para preocuparse de ser una buena esposa), le dio las buenas noches y se acostó por fin en su cama, durmiéndose casi al instante.
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Se despertó de repente. Saltó de la cama y corrió como un rayo hacia el cuarto de baño, apremiada por una intensa náusea. Mientras estaba vomitando, notó cómo alguien le apartaba el pelo de la cara y se lo sujetaba, lo cual agradeció. Cuando terminó, se levantó como pudo, se apoyó en el lavabo, cogió su cepillo y su pasta de dientes y se comenzó a lavarse los dientes, deseando quitarse el mal sabor de boca.
-Gracias –dijo, apenas susurrando, mirando a su marido a través del espejo.
-Debes de ser la única mujer del mundo que se entera de que está embarazada antes de que empiecen las náuseas –respondió él, apoyado en el marco de la puerta.
-Bueno, no faltaba mucho para que empezaran –dijo ella, guardando la pasta de dientes-. Me siento como si me hubiera pasado por encima una apisonadora.
-Vuelve a la cama y descansa mientras puedas. Son las cinco de la mañana.
-¿A qué hora es la ecografía? –preguntó Alumi, temiendo la respuesta.
-A las nueve –respondió él. Tuvo que contener una sonrisa cuando vio a su esposa gimotear-. No te quejes, luego volvemos a casa y podrás descansar todo lo que quieras.
A ella no le parecía del todo bien la idea, pero se marchó a su cuarto igualmente. Cada minuto que pasaba en pie, era un minuto que perdía de descanso.
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No dejaba de mirar la primera ecografía de su bebé, a pesar de que no distinguía prácticamente nada. Hacía ya una semana que se la habían hecho, y no paraba de contemplar ese pequeño trozo de papel con la primera foto de su hijo. El médico le había dicho que el embarazo transcurría bien y que el bebé se encontraba perfectamente, lo cual la tranquilizó totalmente.
Se encontraba en su habitación, ya acostada. Eran las dos de la mañana y no podía pegar ojo. Harta de dar vueltas en la cama, había encendido la luz y se había puesto a contemplar la ecografía, a pesar de que sabía que eso la desvelaría totalmente. Pero más desvelada de lo que estaba ya no podía estar. Desde la noche en la que tuvo la primera náusea, su sueño había decaído notablemente. Le costaba más dormirse, y cuando lo conseguía, a las pocas horas se despertaba por las náuseas. Era una tortura. Deseaba que esa etapa del embarazo pasara cuanto antes.
Dejó la ecografía en la mesita de noche. Seguro que Hana estaba durmiendo a pierna suelta. Una repentina rabia la invadió. ¿Por qué él podía dormir tranquilamente mientras ella estaba en vela toda la noche? Se levantó, cabreada, y se dirigió sin pensárselo dos veces hacia la habitación de su marido.
Abrió la puerta de golpe, pero él no se despertó. Se encontraba acostado de lado, tapado con la manta hasta los hombros, en el medio de la cama. De repente le dio pena despertarlo. Había olvidado lo guapo y tierno que era cuando estaba dormido.
No se lo pensó dos veces, y se metió como pudo en su cama, teniendo cuidado de no despertarlo. Si tenía que pasar la noche en vela, por lo menos disfrutaría de una buena vista. Se colocó de manera que estuviera frente a él, cara a cara, y recostó su cabeza en la almohada, admirando a su marido dormido, hasta que finalmente el sueño la venció.
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No quería abrir los ojos. Estaba sumamente cómoda y calentita en la cama. A pesar de la claridad que percibía a través de sus párpados, se negó a creer que ya era de día. Intentó ponerse boca arriba, pero algo pesado que envolvía su cintura se lo impedía. Abrió los ojos con fastidio, parpadeando varias veces para acostumbrarse a la luz. Se desconcertó al ver que no estaba en su habitación. Giró su cabeza hasta encontrarse con la cara de su marido, aún dormido. ¡Era cierto! ¡Se había metido en su cama porque no podía dormir! Se sonrojó, pensando en lo que podría haber parecido si él hubiera estado despierto. Desterró esos pensamientos, y se sonrojó aún más cuando vio que la tenía abrazada por la cintura.
Se recostó otra vez, acomodándose como pudo. Esperaba que Hana no se despertara.
Como si hubiera leído sus pensamientos, de repente el despertador comenzó a sonar. Maldijo para sus adentros al maldito aparato, y se mantuvo lo más quieta que pudo. Notó cómo su marido quitaba el brazo de su cintura y apagaba el despertador.
-¿Alumi? –sintió que la llamaba. Ella se volvió hacia él, fingiendo que la acababa de despertar el despertador-. ¿Qué haces aquí?
-Pues… - la rubia decidió que lo mejor era decir la verdad-: Eran las dos de la mañana y todavía estaba despierta. De repente me cabreé un montón porque supuse que tú estarías durmiendo a pierna suelta mientras yo no podía dormir, así que vine para despertarte… Pero me diste pena. Y no me apetecía volver a mi habitación, así que me eché en tu cama… y aquí estoy.
Él se quedó mirándola fijamente, como si estuviera loca.
-¡Deja de mirarme así! –exclamó Alumi, levantándose de la cama rápidamente, al borde del llanto-. ¡Tú no sabes cómo lo estoy pasando! ¡No paro de vomitar, y mientras tú estás durmiendo aquí tranquilamente yo estoy despierta, dando mil vueltas en la cama! ¡Y para cuando consigo dormir me entran náuseas! ¡Esto es horrible! –y rompió a llorar, saliendo precipitadamente de la habitación y encerrándose en el baño.
No sabía por qué se ponía así, sabía que era una reacción exagerada, pero no había podido evitarlo. Ya más tranquila, se dispuso a tomarse un buen baño relajante antes de que las náuseas hicieran su aparición.
Por su parte, Hana continuaba en su habitación, exactamente en el mismo sitio y en la misma posición en la que se encontraba cuando la rubia salió precipitadamente. No entendía absolutamente nada, solo sabía una cosa: que no sobreviviría a ese embarazo.
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Al parecer Hana había tardado mucho en prepararse, porque para cuando bajó a la cocina Alumi ya había preparado el desayuno y estaba sentada a la mesa, bebiendo distraídamente su vaso de zumo mientras leía la sección inmobiliaria del periódico. Se había hecho una trenza en el pelo, que le caía suavemente por el hombro derecho, y llevaba una blusa blanca y unos vaqueros. A pesar de la sencillez de su atuendo, Hana no pudo evitar pensar que estaba guapísima. No solo eso, tenía un brillo especial, un brillo que la hacía resplandecer como nunca. Y eso le llevó a quedarse mirándola como un tonto desde la puerta.
Alumi, por su parte, se había percatado de la presencia de su esposo, pero se negaba a levantar la vista. Tenía que pedirle perdón por haber tenido ese arranque de desesperación con él, pero el orgullo le hacía retrasar el momento. Se dio cuenta de que todavía no se había sentado a la mesa, y levantó la vista del periódico hacia él. Se encontró con la mirada del rubio, que la miraba de una manera especial… En seguida se sonrojó y apartó la vista, totalmente cohibida por esa mirada.
-¿No piensas desayunar? –preguntó de manera brusca, cogiendo una tostada.
Él, como si acabará de despertar de un sueño, sacudió la cabeza, y se sentó a la mesa, sirviéndose una buena taza de café.
-Lo siento –dijo Alumi, concentrada en untar con mermelada su segunda tostada.
-¿Por qué? –preguntó él extrañado. Ella lo miró con incredulidad.
-Por gritarte antes –respondió ella, como si fuera lo más obvio del mundo.
-Ah, eso. No te preocupes. La verdad es que me ha ayudado a saber como te sientes –contestó él, cogiendo una naranja-. ¿Desde cuándo no duermes bien?
-Desde que empezaron las náuseas… ¡Es horrible!
-¿Y conmigo dormiste bien?
-La verdad es que sí. Me dormí casi al instante. Y, ahora que lo pienso, no me desperté por las náuseas.
-Entonces a partir de ahora dormiremos juntos –dijo el rubio, indiferente.
Al escuchar eso, a Alumi se le cayó al suelo la tostada que estaba a punto de llevarse a la boca.
-¿Qué? –pudo susurrar a penas.
-Has dormido bien conmigo, ¿no? Pues dormimos juntos y ya está. No quiero que estés de mal humor todo el tiempo por no dormir.
-Puedo convivir con mi mal humor, no te preoc…
-Pero yo no –cortó él, impasible-. Ambos nos mudaremos al dormitorio principal y ya está.
-C-como quieras –respondió la rubia, centrándose en beber su café-. Por cierto, ¿cuándo te vas al seminario? –añadió, queriendo cambiar de tema lo antes posible.
-Es la semana que viene, dura tres días: lunes, martes y miércoles, así que me marcharé el domingo por la tarde.
-¡No! –exclamó la rubia. Él se volvió hacia ella, sorprendido-. El martes es Nochebuena, ¡no me puedes dejar sola!
-No vas a estar sola, van a estar…
-Sí, sí, tus padres y mis padres. ¡Eso es lo que me da miedo! Tú madre con "indirectas" sobre niños, mi padre lloriqueando por las esquinas porque estoy casada y no vivo con ellos… ¡No puedes permitir que sufra de esa manera! ¡Ahora mismo no estoy preparada para soportar esa presión!
-Lo siento, pero no puedo hacer nada. El seminario es los días que es.
-¿A quién demonios se le ocurrió hacer un seminario en Navidad? ¿Es idiota o qué?
-Siempre puedes decirles que estás embarazada, así mi madre no te dará más la lata.
-¿Sin ti? ¿En Nochebuena? –preguntó Alumi, incrédula-. ¿Quieres que tu madre te mate por anteponer tu vida profesional a tu mujer embarazada?
-Me matará de todas formas aunque se entere después –respondió, encogiéndose de hombros.
-Hana, es una noticia para dar los dos juntos. Nos implica a los dos –dijo la rubia, intentando tener paciencia-. No puedo llegar y decir: "¡Estoy embarazada!" sin ti. No es lógico.
-Alumi, da igual que esté o no. Mi presencia no va a afectar al hecho de que estés embarazada. Así que…
-No te importa –cortó ella, fijando la vista en la mesa.
-¿Qué?
-Que si no estás presente dará la impresión de que no te importa el hecho de que esté embarazada o, peor, que no te importa en lo más mínimo el bebé que viene en camino. ¡Tú propio hijo! –exclamó, levantándose de la mesa, todavía sin mirarlo-. ¿Lo entiendes ahora o necesitas que te dibuje un esquema?
-¿Cómo demonios no me va a importar…?
-Márchate –cortó ella, furiosa, mirando fijamente la mesa, como si fuera los más interesante que se hubiera encontrado nunca-. Llegarás tarde al hospital.
-Alumi…
-¡Vete de una maldita vez! Y no te preocupes, ya les dirá yo a nuestros padres que estoy embarazada. Tú disfruta de tu maldito seminario mientras tanto –y salió de la cocina precipitadamente, para encerrarse en su habitación.
Hana, por su parte, estaba lleno de rabia. ¿Cómo demonios podía haber llegado a semejante conclusión? Decidió dejar que las cosas se enfriaran. No merecía la pena hablar en ese momento con Alumi, ya que no lo escucharía. Cogió sus cosas y se fue al hospital, esperando que a su regreso las cosas se calmaran.
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Alumi, por su parte, estaba destrozada. Ya había descubierto la verdad. El hecho de tener un hijo no era lo suficientemente importante para él. No quería a su futuro bebé.
Recogió la cocina, sin ganas, como una autómata, para echarse posteriormente en el sofá, con la ecografía de su bebé entre las manos, contemplándola entre lágrimas, hasta que finalmente se durmió.
Le despertó el sonido del teléfono. Miró a su alrededor, confundida. Después miró el reloj. Eran las 16:30 de la tarde. Sin perder más tiempo, descolgó el teléfono.
-¿Sí? –preguntó con la mente todavía embotada.
-¿Alumi? ¿Eres tú?
-¿Minako? –preguntó la rubia, despertando de golpe. ¿Cómo se atrevía a llamar a su casa?
-Sí, soy yo. ¿No ha llegado Hana todavía?
-No, no ha llegado -¿por qué demonios estaba preguntando por SU marido?
-Me lo imaginaba… Por favor, dile cuando llegue que tenemos que marcharnos hoy por la noche.
-¿Marcharos? ¿Qué?
-Al final el seminario va a durar más días… Todo este fin de semana y el lunes, martes y miércoles de la semana que viene… Al parecer creen que tenemos mucho tiempo para perderlo con ellos…
-¿Tú también vas al seminario?
-Sí, me invitó la jefa de enfermeras, y no pude negarme. Dile que salimos del hospital a las 20h. ¡Cuídate Alumi! –y colgó.
Así que Minako también iba al seminario…
Escuchó cómo se abría la puerta principal, y rápidamente se volvió a acostar en el sofá. Sintió cómo él pasaba de largo del salón y subía las escaleras. Sin pensarlo dos veces, se levantó y subió también.
Estaba en su habitación, dejando las cosas. Alumi se apoyó en el marco de la puerta y, con voz totalmente impersonal, dijo:
-Minako acaba de llamar.
Hana se volvió hacia ella. No se había percatado de su presencia.
-¿Minako? ¿Para qué llamó?
-Quería que te dijera que el seminario va a durar más días de los previstos y que tenéis que marcharos hoy. A las 20h tienes que estar en el hospital para marchar.
-¡¿Qué?! –exclamó mirando el reloj-. ¡Tengo que hacer la maleta! ¡No me va a dar tiempo!
Abrió su armario de par en par, sacó su maleta, y comenzó a meter toda la ropa que pudo encontrar en el armario en ella.
-¿Por qué no me lo dijiste? –preguntó ella, con voz todavía impersonal.
-¿El qué? –preguntó él a su vez, buscando entre los cajones de la cómoda ropa interior.
-Que Minako también va al seminario.
Ante esa repuesta, se detuvo en el acto, y se volvió hacia ella, advirtiéndole con la mirada.
-No me pareció importante.
-¿No te pareció importante? Pues lo es, y mucho. Vas a pasar con ella la Nochebuena y parte del día de Navidad.
-¿Y qué?
Alumi trató de contener las lágrimas.
-Que ya sé cuáles son tus prioridades –dijo, llevándose una mano a su vientre-. Ni tu hijo, ni por supuesto yo, somos lo suficientemente importantes para ti. Está claro que Minako lo es mucho más.
Se dio la vuelta, dispuesta a volver al salón. Ya se encontraba al borde de las escaleras cuando la voz de Hana la detuvo.
-Ya estoy harto de que digas que no quiero al bebé –dijo, con voz contenida. Ella se volvió para encararle.
-Es lo que diste a entender por la mañana.
-Por la mañana no di a entender nada porque ni siquiera me dejaste hablar.
-Da igual, tu manera de comportarte lo dice todo. Sino, ¿por qué no me dijiste que iba también Minako?
-Ya te dije que…
-¿Sabes qué? Me da igual. Vete y disfruta del viaje. Seguro que estás deseando quedarte a solas con ella.
-Alumi… -advirtió Hana.
-¡¿Qué?! ¡¿Qué piensas hacer?! ¡¿Te molesta que te diga la verdad?! ¡Eres…!
Dio un paso atrás, sin acordarse de que estaba al borde de las escaleras. Todo sucedió muy rápido. Sin saber cómo, Hana llegó hasta ella, y en menos de un segundo le agarró del brazo y tiró de ella hacia sí, para después rodearle la cintura con una mano y separarla de las escaleras.
Ella se aferró a él asustada. Si se hubiera caído por las escaleras… No quería ni pensar en lo que hubiera pasado.
Él se separó de ella y fue a su habitación a por su maleta. Se paró delante de ella, que estaba todavía asustada, y le dijo, intentando contener su enfado, sin mucho éxito:
-Sé que estás enfadada conmigo. Pero recuerda que estás embarazada y que llevas a nuestro hijo ahí dentro. Piensa un poco más antes de actuar. Y ten más cuidado. Me voy.
Sintió cómo bajaba las escaleras y cerraba la puerta principal de un portazo. Cayó de rodillas al suelo, llorando. Todavía estaba asustada, muy asustada. Se tocó el vientre.
-Al menos a ti te quiere –susurró, acariciando su vientre y llorando amargamente.
