Siento mucho haberos hecho esperar tanto! Aquí está otro capítulo, espero que lo disfrutéis :)

Y muchas gracias a todos los que leéis la historia y a los que enviáis reviews! Me animáis mucho a continuar la historia!

Ahora sí, a leer!


En cuanto salió por la puerta se arrepintió de haberla dejado sola en ese estado. Estaba furioso con ella por poner en duda en todo momento su preocupación con respecto al bebé. Y respecto a ella. ¿No estaba bastante claro que la quería? ¡Por Dios, había soportado la indecible por ella! ¡Le había perdonado que insinuara que él era capaz de ser infiel! ¡Había soportado lo máximo posible esa misma mañana para no hacer o decir algo de lo que se arrepintiera! Y, meses atrás, en su boda, había aguantado estoicamente que ella le hubiera dicho que ya no lo quería.

Él la quería más que a nada en el mundo. Siempre estaba pendiente de ella, preocupándose y vigilándola, aunque ella no se diera cuenta. Porque ella no sabía cuántas noches en vela había pasado pensando en ella, en sus sentimientos. Y, por su puesto, en su hijo. Un pequeño milagro que no se había esperado para nada, pero que enseguida se había colado en su corazón, y que le había hecho querer aún más si cabe a Alumi por llevarlo dentro de ella.

Se volvió, mirando la puerta de su casa fijamente. Suspirando, y tragándose su orgullo de paso, entró. Subió las escaleras sigilosamente, quedándose helado con la escena que vio: Alumi, llorando desconsoladamente, de rodillas, con una mano en su vientre.

Jamás se imaginó que la vería así, tan vulnerable. Ella era fuerte y luchadora. Pero en esos instantes la veía… derrotada. Y eso le partió el corazón.

Dejó la maleta a un lado, y se arrodilló delante de su esposa, quedando a su altura. Tal era la violencia de su llanto, que ni siquiera lo había visto. Se sintió culpable en el acto. Bueno, se sintió más culpable de lo que ya se sentía.

Con inseguridad, posó su mano derecha sobre la mano que Alumi tenía posada sobre su vientre. Vio como ella levantaba la mirada bruscamente y paraba de llorar en el acto. Tenía los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, además de las mejillas empapadas con las lágrimas derramadas. Lágrimas que él había provocado. Se centró en sus ojos. Lo miraban con sorpresa, aunque lo que más predominaba en ellos era miedo. Estaba asustada.

Giró la cabeza hacia las escaleras, e inmediatamente volvió a posar su vista en ella. Estaba asustada por lo que había estado a punto de pasar. Se abofeteó mentalmente por no haberse dado cuenta antes de marcharse.

Antes de que pudiera reaccionar siquiera, ella se abalanzó sobre él, abrazándolo con todas sus fuerzas, y rompiendo a llorar de nuevo, escondiendo la cabeza en su hombro. Él respondió enseguida, rodeándola a su vez con sus brazos, apretándola contra sí, permitiendo que se desahogara.

Pasaron minutos, o tal vez horas, Hana no lo sabía muy bien, hasta que Alumi cesó el llanto, aunque permaneció abrazada a él, cosa que no le molestó lo más mínimo, todo lo contrario.

Sintió cómo el abrazo de la rubia se aflojaba poco a poco, y cómo su respiración se había hecho más pausada. Se había quedado dormida.

Con sumo cuidado, la cogió en brazos y la llevó a su habitación. La acostó suavemente y la tapó con la manta. Hacía frío, y no quería que se resfriara.

Salió del cuarto sigilosamente. Vio la maleta en lo alto de las escaleras. No quería irse con Alumi en ese estado. Sacó su móvil del bolsillo de su abrigo y llamó a su maestro. Le dijo que su esposa se encontraba un poco delicada y que no podía dejarla en ese estado. Además, le recordó sutilmente que estaba embarazada, de manera que su maestro no se pudo negar, aunque le advirtió que sí que tendría que ir el lunes. Hana estuvo conforme. Colgó, cogió su maleta y la deshizo tan rápido como la había hecho.

Miró el reloj. Ya eran las ocho. Decidió preparar algo de comer para cuando su esposa despertara. Aunque sabía que necesitaba algo más que hacer la cena para resarcirse.

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Cuando se despertó se encontraba en su cama, medio destapada. Fuera estaba oscuro. Miró el reloj que había sobre la mesa. Eran las diez. Probablemente Hana ya estuviera en el lugar del seminario. Tenía que irse a las ocho. Suspiró, triste. Al menos había vuelto y la había reconfortado después del susto que se había llevado. Aunque las cosas no se habían arreglado ni por asomo.

Se levantó de la cama con pesadez. Tenía hambre. No había comido nada desde… ¡desde el desayuno! No comió al mediodía porque se había quedado dormida… ¡Por Dios, así era imposible dormir de noche!

Bajó las escaleras con sumo cuidado, agarrándose a la barandilla con todas sus fuerzas, no queriendo repetir el suceso.

Cuando llegó abajo, le sorprendió que las luces estuvieran encendidas. Además, olía a comida. ¿Cómo era posible?

Se dirigió a la cocina, curiosa. Se quedó de piedra en el umbral de la puerta al ver a Hana sirviendo la cena.

-¿Qué haces aquí? –susurró, sorprendida. Él se volvió hacia ella.

-Servir la cena, ¿no lo ves? –respondió él, indiferente, dándose la vuelta para coger una botella agua.

-Me refiero a qué haces en casa –dijo, sentándose a la mesa. La verdad es que la lasaña que había preparado su marido tenía una pinta increíble.

-Al final me voy al seminario el lunes –contestó el rubio, encogiéndose de hombros. Se sentó también a la mesa, y sirvió a Alumi un buen trozo de lasaña-. Come. Sé que te has saltado el almuerzo. Debes de estar hambrienta.

La rubia miró a su marido, y después a la lasaña. Sabía que tenían una conversación pendiente… Pero tenía mucha hambre. Tras unas cuantas miradas compartidas entre su esposo y la lasaña, decidió que esta última tenía más prioridad, comenzando a prácticamente devorarla.

Hana se quedó sorprendido. No habían pasado ni cinco minutos y Alumi ya se había comido prácticamente la porción que le había servido.

-Es de locos, ¿verdad? –dijo Alumi de repente, tras haber terminado la lasaña. Hana levantó la mirada del plato, sin comprender-. No hago más que provocar peleas una y otra vez. Cada vez que abro la boca, es para discutir. Has tenido demasiada paciencia conmigo.

-No la suficiente –contestó su marido, volviendo a centrarse en la lasaña-. Hoy he perdido los nervios.

-No me extraña. Yo los habría perdido mucho antes –bromeó Alumi, con una sonrisa triste en la cara, que no pasó desapercibida para su marido-. Creo que estoy tan agresiva contigo por inseguridad.

-¿Inseguridad? –preguntó el rubio, curioso.

-Sí, me siento muy insegura porque no sé qué piensas realmente de todo esto. Quiero decir, en el hospital decidimos continuar casados, pero no hablamos de lo que sentimos respecto a esta situación, respecto a tener un hijo. No sé si estás conforme, si te alegras, si simplemente te dejas llevar porque no te queda más remedio… En fin, que tengo una inseguridad enorme. Y no ayuda nada el hecho de ser un mar de hormonas constante.

-¿Por qué no me lo has preguntado directamente?

-Por miedo a lo que pudieras llegar a contestar. Lo sé, es muy estúpido, pero…

-Soy feliz –cortó Hana. Alumi lo miró sorprendida-. No te voy a engañar, al principio fue un shock tremendo. Mientras estabas inconsciente en el hospital no hacía más que darle vueltas al asunto una y otra vez en mi cabeza. Nunca me había imaginado mi futuro, por lo que tener un hijo jamás se me habría pasado por la cabeza. Pero luego comencé a imaginarme como sería… Cuidarlo, protegerlo, verlo crecer… Y no me desagradó para nada. Es más, estoy deseando que nazca. Te toca.

-¿Qué?

-Yo tampoco sé nada sobre como te sientes, solo que no duermes por las noches, tienes náuseas todo el tiempo y… ¿Cómo dijiste? Ah, sí: y que eres un mar de hormonas constante. Así que, empieza a hablar.

-Pues… No sé, al principio fue un poco confuso. Y con "al principio", me refiero a los primeros minutos que pasaron después de que me dijeras que estaba embarazada. Luego me hice a la idea enseguida. Un bebé… ¡Me encanta! Además, en mis planes de futuro siempre ha habido niños. Supongo que por eso lo encajé tan bien. Ya me había hecho a la idea. Aunque he de admitir que no me lo esperaba tan pronto.

-Perfecto. Ya nos hemos sincerado. ¿Sigues con inseguridad?

-Creo que ya se me ha pasado –respondió Alumi, con una sonrisa-. Gracias. Y siento haberme puesto tan insufrible antes. Prometo que intentaré controlarme.

-Y yo siento haberte dejado sola antes…

-Volviste, eso es suficiente –dijo la rubia, encogiéndose de hombros. Hana la miró con gratitud-. Todo solucionado, pues.

-Al menos de momento –dijo su marido con una sonrisa, levantándose y recogiendo la mesa.

-¿A qué te refieres? –preguntó Alumi, molesta, levantándose para ayudarlo.

-A que conociéndonos, probablemente mañana estemos discutiendo de nuevo.

-Ya te he dicho que intentaré controlarme…

-Exacto. "Lo intentarás". Lo que significa que mañana te enfadarás conmigo por otra cosa…

-Eres cruel –respondió Alumi, lanzándole una mirada asesina.

-Qué fácil es molestarte… Siempre picas –contestó él con una sonrisa.

Antes de que la joven pudiera replicar, él la rodeó con sus brazos. Tras un momento de desconcierto, Alumi correspondió al abrazo, un tanto tímida. Tras unos segundos, se separaron.

-He de decir que cuando quieres, eres adorable –dijo la rubia, con una pequeña sonrisa, dándole un suave manotazo en el hombro.

-Lo sé –respondió él-. Es uno de mis muchos encantos –tras esta última frase, le guiñó un ojo.

-Imbécil –dijo ella, poniendo los ojos en blanco y dándose la vuelta-. Que te lo pases bien lavando los platos.

Salió de la cocina con una sonrisa de oreja a oreja. Por fin lo habían arreglado. Pero, como había dicho su esposo, a saber cuánto duraría la paz entre ellos.