Después de años sin actualizar... por fin subo cap! La inspiración volvió! Espero que os guste :)


Una vez pasada la Navidad, parecía que el tiempo se había acelerado. Sin darse cuenta, a Alumi ya se le notaba el embarazo; una pequeña barriguita empezaba a asomar a través de su ropa, cosa que la alegraba y la entristecía a partes iguales. Por una parte, estaba contenta porque su bebé estaba creciendo, pero por otra parte sentía que los meses en los que engordaría considerablemente se acercaban cada vez más, y eso le creaba cierta inseguridad, la típica inseguridad de mujer embarazada que no se siente cómoda con su cuerpo, pero no podía evitarlo. A pesar de que Hana, en una ocasión en la que le había dejado caer el tema, le había dicho que no tenía de qué preocuparse, ella seguía con ese pensamiento, no lo podía evitar.

Mientras tanto, Hana opinaba todo lo contrario: Alumi estaba más hermosa que nunca. Siempre le había parecido guapa, pero últimamente no podía evitar pensar en que en esos instantes su belleza destacaba aún más.

Los meses fueron pasando, y Hana no dejaba a Alumi sola en ningún momento, solo cuando tenía que ir a trabajar, e incluso en esos momentos, se las arreglaba para estar pendiente de su esposa, ya fuera llamándola o saliendo antes del trabajo para verla. Sabía que se estaba pasando, que estaba siendo demasiado sobreprotector, pero cada vez que se encontraba lejos de su esposa se sentía ansioso porque pudiera pasarle algo, sobre todo después de la última revisión a la que habían asistido, cuando el doctor les había aconsejado que la rubia estuviera en reposo en el último trimestre del embarazo; al parecer la madre de Alumi había tenido problemas en el parto y éstos podían ser hereditarios, por lo que era mejor ser precavidos.

Alumi no había recibido esa información de muy buena gana, puesto que eso le impedía hacer una vida normal, pero entendía que era necesario para que su bebé naciera sano y salvo. Un bebé, por cierto, que no sabía si era niño o niña. Y la razón por la que no lo sabía era, simplemente, su marido.

En la segunda ecografía, el doctor les había ofrecido desvelar el sexo del bebé, cosa que Hana rechazó, a pesar de que Alumi insistió en saberlo. Pero la razón que le dio el rubio la dejó sin argumentos para poder salirse con la suya:

-No importa que sea niño o niña, sigue siendo nuestro hijo, de los dos, y no creo que dejemos de quererlo o lo queramos menos porque sea de un sexo o de otro -había dicho él, con lo cual, cualquier otro intento de la rubia por convencerlo hubiera resultado inútil.

Así que ahí estaba Alumi, embarazada de ocho meses ya, guardando reposo forzoso en casa, sin conocer si su bebé era niño o niña, y pasando un calor infernal en pleno mes de julio. Y por supuesto, sola en casa, ya que su marido estaba trabajando en el hospital, con lo cual se aburría como una ostra. Para su desgracia, el sueño exagerado que tenía los primeros meses había desaparecido, por lo que el tiempo no pasaba.

Mientras buscaba, frustrada, algo con lo que entretenerse en la televisión, su móvil comenzó a sonar. Lo cogió inmediatamente, sin mirar quién podía ser, solo quería entretenerse con algo, porque el aburrimiento la estaba matando.

-Vaya, lo has cogido al primer toque -escuchó a su marido al otro lado del teléfono.

-Estoy aburridísima, así que perdona por cogerte el teléfono rápido, si quieres cuelgo -respondió ella con fastidio. Escuchó cómo su marido reía.

-Vale, te dejo en paz. Solo quería decirte que al final no voy a poder volver a casa para la comida.

-¡¿Qué?! ¡No puedes hacerme eso! Estoy aquí encerrada todo el día, si encima estoy sola, el día no pasará nunca… -gimoteó Alumi.

-Lo siento, ha surgido una urgencia y quieren que me queda, te prometo que intentaré volver lo antes posible.

-¿Y el almuerzo? No has llevado nada para comer.

-Me las arreglaré, no te preocupes. Lo siento.

-Ya… -colgó el móvil, deprimida. Apenas había salido un par de veces desde que le habían mandado guardar reposo…

De repente se decidió. Le llevaría el almuerzo, le vendría bien salir de casa y entretenerse un rato. Le daba igual que Hana se enfadara, ella necesitaba salir, y más sabiendo que él probablemente no volvería hasta muy tarde.

Preparó una comida sencilla, la envolvió y salió de casa. Hacía calor, el sol alumbraba sin piedad las calles de Tokio, pero a ella incluso le pareció agradable. Fue dando un paseo, tranquilamente, despacio, siendo consciente de que se estaba saltando el reposo. Pero ella realmente necesitaba salir un rato.

Llegó al hospital, preguntó en la recepción dónde se encontraba su marido y se fue directa a los ascensores. Estaba contenta, había dado un paseo maravilloso e iba a ver a Hana con esa bata de médico que le sentaba tan bien…

Salió del ascensor en la planta indicada y se dirigió al control de enfermería para preguntar por el rubio, pero algo hizo que frenara en seco.

0-0-0-0-0-0-0-0

Suspiró. Lo que más deseaba era irse a casa con su esposa y uno de los doctores le ofrecía atender una urgencia con él. No podía culpar al doctor, esa clase de urgencias se veía poco, y era bueno que él estuviera presente para saber actuar en un futuro, pero no podía evitar sentirse mal, sobre todo cuando se lo dijo a Alumi.

Por suerte ya habían terminado, se había pasado por la habitación del paciente para asegurarse de que evolucionaba favorablemente y ya podía irse a casa, por fin. Se dirigía hacia los ascensores cuando una voz lo detuvo.

-¡Doctor Asakura! ¡No puede irse sin firmar estos papeles! -gritó Minako desde el control de enfermería.

Hana bufó, exasperado, él sólo quería irse a casa. Se giró de malas maneras, se acercó al control y cogió los papeles para firmarlos.

-¿Algo más? -preguntó cuando terminó, deseando que la respuesta fuera negativa.

-Parece que tiene mucha prisa, doctor -dijo una de las enfermeras, divertida.

-La verdad es que sí, hasta la próxima -respondió, dándose la vuelta y alejándose.

-¡Espera, Hana! -gritó Minako, siguiéndolo. El rubio estuvo a punto se soltar una maldición.

-¿Qué pasa ahora, Minako? -preguntó, girándose con fastidio. Ella simplemente lo miró con seriedad.

-Sé que está mal decirte esto ahora que estás casado y un hijo en camino, pero si no te lo digo ahora no me lo perdonaré. Estos meses trabajando contigo han sido geniales, y no he podido evitar volver a enamorarme de ti… -antes de que Hana pudiera reaccionar o decir algo, Minako se abalanzó sobre él y lo besó, dejándolo congelado.

-Ya veo la clase de urgencia que había surgido… -escuchó una voz que lo aterrorizó. Apartó bruscamente a Minako y fijó su mirada en Alumi, que estaba a unos pocos metros de ellos, con su mirada fija en él.

-Alumi, no es lo que piensas… -comenzó el rubio, pero ella simplemente le lanzó el almuerzo con todas sus fuerzas, se dio media vuelta y se alejó lo más apresuradamente que pudo, intentando contener las lágrimas.

Inmediatamente Hana la siguió, el pánico extendiéndose por todo su cuerpo. Tenía que explicarle lo que había pasado, no podía permitir que pensase lo que no era.

-¡Alumi! -gritó, pero ella lo ignoró. Apresuró aún más el paso-. ¡Alumi! -dijo, esta vez alcanzándola y cogiéndola del brazo-. Alumi, espera…

-Suéltame -dijo ella, conteniendo la voz, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que las lágrimas traicioneras no se atrevieran a salir de sus ojos-. Suéltame y vete a atender esa urgencia tan importante.

-Alumi, por favor, no es lo que crees…

-¿Dices, entonces, que mis ojos me han engañado? ¿Qué no estabas besando a tu exnovia?

-Si me dejaras explicártelo…

-Sé que nuestro matrimonio no es real, lo sé desde el principio -lo cortó ella, una lágrima traicionera escapó de uno de sus ojos-. Pero también te dije desde el principio que no iba a permitir ninguna infidelidad -Hana abrió la boca para responder, pero la mirada que le dedicó su esposa hizo que se detuviera-. ¿Y sabes lo que más me cabrea? Que me lo negaste una y otra vez, me dijiste que no había nada entre vosotros y yo te creí como una auténtica idiota -para cuando terminó la frase su voz se rompió, y todas las lágrimas que luchaban por salir finalmente escaparon de sus ojos.

-Alumi, por favor, entre Minako y yo no hay nada, ella…

-¿Qué, me vas a decir que se tropezó y que cayó sobre tus labios por casualidad? -lo interrumpió, aún entre sollozos-. Déjalo, quedas mejor si no te inventas ninguna excusa barata. Ahora, por favor, deja que me vaya a casa.

-Solo escúchame, Alumi, te lo suplico -a estas alturas Hana ya no sabía qué hacer para que la rubia le dejara explicar el malentendido, estaba aterrorizado por lo que ella estaba pensando y por las conclusiones a las que estaba llegando.

-¡Te estoy diciendo que me dejes ya! -gritó ella, fuera de sí. En ese mismo instante, se encogió y se abrazó la barriga con fuerza.

-Alumi, ¿qué pasa? ¿Estás bien? -preguntó Hana, que si antes estaba aterrorizado, ahora era puro pánico lo que corría por su venas, viendo la mueca de dolor que hacía su esposa-. Voy a llevarte con el doctor ahora mismo -le pasó el brazo por los hombros y la dirigió al ascensor, ignorando a la gente que se había quedado observando la escena que habían montado, para llevarla al área de maternidad.

-Te dije que me dejaras en paz -dijo la rubia en un susurro, todavía cabreada, pero lo suficientemente asustada como para dejar que el rubio la guiara. Acababa de tener una contracción, estaba segura. Puede que su bebé naciera ese día, ese día en el que había descubierto que su marido le era infiel con su exnovia. Un día que no quería recordar en un futuro y, sin embargo, un día que podía convertirse en el cumpleaños de su bebé. Un día que se vería obligada a recordar toda su vida.