Alumi simplemente se dejaba hacer mientras Hana buscaba como un loco a su ginecólogo, el doctor Izawa. Las enfermeras la ayudaron a cambiarse de ropa y a acostarse, mientras le ponían un monitor en la barriga para controlar que todo fuera bien.

Intentaba mantener la calma por fuera, pero por dentro era un mar de emociones. Estaba muy enfadada y dolida con su marido, estaba asustada porque no sabía si todo estaba yendo bien y tenía muchísimas ganas de conocer a su bebé.

Mientras tanto, Hana trataba de localizar al doctor, que al parecer ya se había ido. Una de las secretarias del área le prometió que lo localizaría, probablemente en parte para que dejara de atosigarla.

Calmándose un poco volvió con su mujer, que en esos instantes lo odiaba profundamente, pero a pesar de ello no pensaba dejarla sola ni un instante.

Entró en la habitación justo cuando Alumi se volvía a doblar de dolor. Sin pensarlo, corrió hacia ella y trató de tranquilizarla.

A pesar de su enfado, la rubia agradeció el gesto, porque no sabía si era normal que las contracciones del parto dolieran tanto desde el principio.

Hana decidió no insistir en el tema de la supuesta infidelidad, no por el momento, ya que no beneficiaba a su esposa que volviera a sacar el tema, y además, lo único que le importaba en ese momento era que ella y su hijo estuvieran bien. Lo dejaría para más adelante.

Habían pasado 20 minutos y el doctor continuaba sin aparecer, Hana ya estaba enloqueciendo, y Alumi estaba de los nervios porque Hana no dejaba de despotricar.

-¿Avisaste a nuestros padres? -preguntó ella de repente, rezando por que no lo hubiera hecho para poder quitárselo de encima. Ante su negativa, sugirió rápidamente-: Ve y avísalos, no quiero que luego se cabreen porque no los llamamos a tiempo.

Hana iba a protestar, pero sabía que la rubia tenía razón, así que se levantó y salió de la habitación prometiendo volver pronto.

Justo un minuto después de que el rubio desapareciera por la puerta, entró por fin el doctor Izawa.

-Siento la demora, señora Asakura -dijo, yendo a revisar rápidamente los datos de los monitores.

-Doctor, ¿es normal que las contracciones duelan tanto desde el principio? -preguntó la joven, temerosa, pues el doctor estaba frunciendo el ceño mientras leía los datos.

-Pues… -antes de que pudiera terminar la frase, Alumi se dobló de nuevo de dolor, no pudiendo contener un pequeño gritó que escapó de sus labios. En ese momento, también comenzó a pitar uno de los monitores.

-¿Qué pasa? ¿Va todo bien? -intentó averiguar la rubia, que apenas se había recuperado del dolor.

-La frecuencia cardiaca del bebé está bajando, voy a tener que practicarle una cesárea, señora Asakura -respondió atropelladamente el doctor, mientras salía rápidamente de la habitación y gritaba para que la prepararan para la cirugía urgente.

En ese momento Alumi entró en pánico. Se abrazó la barriga y comenzó a llorar desconsoladamente. Ni siquiera se dio cuenta de que Hana había vuelto hasta que sintió sus brazos rodeándola brevemente.

Las enfermeras entraron enseguida para prepararla para la cesárea, mientras que el doctor volvió para revisar los datos del monitor.

-¡Tenemos que irnos ya! -exclamó el doctor. Las enfermeras terminaron de preparar a Alumi y la sacaron de la habitación rumbo al quirófano.

Hana cogió la mano de su esposa e, intentando darle seguridad, le dijo:

-No te preocupes, todo saldrá bien, en nada tendrás a nuestro hijo en brazos.

La rubia solo acertó a mirarlo, con los ojos todavía húmedos, y le dedicó una sonrisa nerviosa antes de desaparecer tras las puertas que separaban el área quirúrgica del resto del hospital.

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Ya no podía más. Llevaba media hora esperando sin saber absolutamente nada, y eso no lo soportaba. Caminaba de un lado para otro en la sala de espera, conteniendo las ganas de atravesar las puertas del quirófano y preguntar qué demonios estaba pasando.

Sus padre ya habían llegado, y Hana los había puesto al corriente de la situación. Por suerte, se mantenían al margen, charlando entre ellos y dejándolo a su aire, incluso había ido a la cafetería a por un café, algo que agradecía de corazón.

De repente escuchó abrirse la puerta, e inmediatamente se volvió, acertando a ver a un doctor que no conocía con un pequeño bulto en sus brazos.

-¿Señor Asakura? -preguntó el doctor. Hana inmediatamente se le acercó-. Soy el doctor Ito, pediatra. Aquí tiene a su hija, le he hecho una revisión completa y está perfectamente -dijo, entregándole a la niña.

Una niña. Tenía una hija. Hana no pudo evitar la sonrisa que se asomó en sus labios cuando la cogió y por fin la vio. Estaba dormida, ajena completamente a lo que pasaba a su alrededor. El rubio no necesitó más para saber que desde ese instante daría su vida por ella.

-¿Y mi esposa? -preguntó, volviendo, con gran esfuerzo, la mirada hacia el doctor. Cuando vio su gesto serio, la sonrisa se le borró inmediatamente-. ¿Está bien mi esposa?

-Al parecer ha perdido mucha sangre, tiene una hemorragia activa que no saben de donde procede. El doctor Izawa está haciendo todo lo que puede en estos instantes -respondió el doctor.

La niña comenzó a llorar inmediatamente, como si hubiera entendido la gravedad de las palabras del doctor. Hana comenzó a acunarla, intentando calmarla.

-La llevaré al área de bebés para que espere tranquilamente -comentó el pediatra, extendiendo los brazos para recibir a la niña. Él se la pasó, todavía en shock por lo que acababa de escuchar-. Por cierto, ¿sabe ya el nombre de la niña?

-Megumi -contestó el rubio automáticamente-. Megumi Asakura.

-Muy bien, haremos el papeleo enseguida -dijo el doctor, yéndose-. Espero que sus esposa se recupere -añadió, deteniéndose unos instantes antes de continuar su marcha.

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Por su parte, Alumi no sabía en qué momento había empezado a sentir el ruido del quirófano cada vez más lejano. Creyó escuchar a su bebé llorar, pero no estaba del todo convencida. Cada vez escuchaba las voces más alejadas. ¿Se estaba muriendo? No lo sabía, puede que sí, lo único que sabía es que quería que su bebé estuviera bien. Y, con ese último pensamiento, se sumió en la inconsciencia.

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Sentía su cuerpo pesado, como si una gran piedra estuviera posada encima de ella. Intentó abrir los ojos, pero le fue imposible. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué se sentía así? De repente, como si la hubiera atravesado un rayo, lo recordó todo. ¿Dónde estaba su bebé? ¿Estaba bien? ¿Estaba sano?

Volvió a intentar abrir los ojos de nuevo, esta vez consiguiéndolo, aunque la victoria fue breve, ya que los tuvo que volver a cerrar ante la claridad. Pestañeó unas cuantas veces hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz.

Se encontraba en una habitación, sola, conectada a un montón de cables y aparatos. Quiso hablar, llamar a alguien, pero le fue imposible. Tenía la boca seca, y su garganta no la obedecía. Miró de nuevo a su alrededor, buscando la manera de avisar a alguien.

Le llevó unos cuantos intentos deshacerse de uno de los cables que estaban conectados a su cuerpo. En cuanto lo hizo, uno de los monitores comenzó a pitar.

Casi de manera inmediata, cuatro personas entraron corriendo a la habitación, asustándola. Al verla despierta, una de ellas salió rápidamente de la habitación.

-Hola, señora Asakura -dijo una chica, que Alumi interpretó que era una enfermera, acercándose a ella con cautela y volviéndole a conectar el cable-. No se asuste. Se encuentra en la Unidad de Cuidados Intensivos. Tras la cesárea perdió mucha sangre, fue necesario hacerle varias transfusiones de sangre y su estado era un poco delicado, por eso está aquí con nosotros -explicó la enfermera, sonriéndole tranquilizadoramente-. Ahora vendrá un médico a revisarla, y si nos lo permite, le daremos un poco de agua, ya que debe de tener la boca seca.

Enseguida llegó el médico y comenzó a examinarla, aunque a Alumi lo único que le preocupaba era el estado de su bebé, y nadie le informaba. En cuanto le dieron agua y su garganta se recobró, preguntó rápidamente dónde estaba su bebé, pero nadie era capaz de contestarle. Ya se estaba temiendo lo peor cuando vio aparecer a Hana en la habitación, con un pequeño bulto en sus brazos.

Alumi no podía apartar la vista de ese bulto, su mirada se empañó momentáneamente. El alivio recorrió rápidamente su cuerpo. Si algo malo hubiera pasado, Hana no tendría esa sonrisa en la cara.

Cuando llegó a su altura, le pasó con cuidado a la niña, y observó cómo su esposa inmediatamente sonreía y derramaba unas cuantas lágrimas mientras abrazaba y besaba a su hija.

-Es una niña -dijo el rubio suavemente, no queriendo romper el momento. Alumi se sobresaltó, ni se le había pasado por la cabeza preguntarse si era niño o niña, simplemente era su bebé. Pero una niña no estaba nada mal-. Se llama Megumi.

La rubia levantó su vista hacia su marido, sorprendida. Recordaba la discusión que habían tenido meses atrás por el nombre del bebé. Si era niño, a ambos les gustaba el nombre de Naoki, por lo que ahí no había discusión. El problema vino cuando empezaron a debatir los nombres de niña. A Alumi le encantaba el nombre de Megumi, desde pequeña le había gustado, tanto que siempre tuvo claro que si tenía una hija se llamaría así. Pero Hana no opinaba lo mismo. A él le gustaba el nombre de Naho, un nombre horrible, en su opinión. Discutieron sin parar hasta que decidieron que la suerte se encargara de escoger. Hicieron un sorteo, y, para desgracia de la rubia, había ganado el nombre de Naho.

-¿Por qué? -preguntó Alumi débilmente, su voz casi fallándole.

-Porque cuando el pediatra me preguntó cómo se llamaba respondí automáticamente, sin pensar, que se llamaba Megumi. Salió de manera natural. En vez de decidir su nombre la suerte, lo decidió el destino -contestó el rubio, encogiéndose de hombros.

-Tenemos una conversación pendiente -susurró la rubia, puesto que de esta manera su voz no fallaba. A pesar del cambió en el volumen de la voz, Hana la entendió-, pero prefiero dejarla para más adelante, cuando estemos más tranquilos.

-Sí, necesito un descanso -estuvo de acuerdo el rubio-. Me has tenido de los nervios los ocho días que has estado aquí metida.

-¿Ocho días? -preguntó la rubia, todavía susurrando, sorprendida-. ¿Tanto tiempo he estado inconsciente?

-Perdiste mucha sangre -ahora el que hablaba susurrando era él-. Tú corazón llegó a pararse en el quirófano, pero por suerte consiguieron reanimarte. Luego te trajeron aquí para mantenerte vigilada, tu estado era muy inestable cuando llegaste -si no hubiera estado susurrando, su voz se hubiera roto en la última frase-. Tras varias transfusiones consiguieron estabilizarte, pero estuviste al borde de la muerte.

Alumi pudo ver cómo los ojos de su marido se iban haciendo cada vez más brillantes a medida que avanzaba en su relato, y la mueca de preocupación y nerviosismo que asomaba en su cara, probablemente sin que él se diera cuenta.

Ella no dudaba de que él se preocupaba por ella y le tenía cierto cariño, eso lo tenía muy claro. El problema era que él no la quería como ella quería que la quisiese. La prueba era Minako. Así que, cuando tuvieran esa maldita conversación, lo dejaría libre para irse con ella, porque no hay nada peor que mantener a la persona que quieres contigo cuando esa persona no te corresponde.

Dejó esa línea de pensamiento y, asegurándose de tener bien sujeta a su hija, cogió la mano del rubio y tiró de él hasta que quedó sentado a su lado. Ante su cara de confusión, ella simplemente sonrió y volvió su vista hacia su pequeña Megumi, mirándola con absoluta adoración. Hana hizo lo mismo, y ambos se quedaron embobados mirando a su hija, disfrutando del momento y de poder estar por fin los tres juntos.