Castillo de los Fitzgerald Williams
Inverness, Escocia.
Tobias no recordaba cómo llegó al castillo. Tampoco del alarmado recibimiento de los criados al verlo volver empapado del bosque. ¡Vaya, si ni siquiera se dió cuenta que había comenzado a llover!
Lo único que ocupaba su mente era la visión de aquella mujer. La sílfide. ¿O era una aparición? No estaba del todo seguro de como clasificarla. ¿Qué nombre ponerle a una criatura cuya voz es aún más exquisita que la mejor voz de un cantante de ópera, pero que luego -ante cualquier ruidito- chilla inhumanamente?
No se la podía sacar de la cabeza. Rememoraba sus aullidos y la piel se le erizaba una y otra y otra vez.
Estaba grabada a fuego en sus sentidos.
Las sensaciones de estar desorientado y aturdido prevalecieron por varios días. Nadie más que el valet le preguntó si se encontraba bien.
El correr del tiempo sólo sirvió para que la mente jugara con él. Era habitual que cerrase los ojos, intentando determinar la realidad de lo ocurrido: ¿puras imaginaciones de un hombre -Tobias gustaba de sentirse uno de tanto en tanto- embravecido por dar respuesta a misterios más grandes de los que se sentía capaz de abarcar, o visiones de un mundo que no era el suyo?
La mirada pesada de la sílfide lo atormentaba. ¡Qué oscuros secretos guardaban esas orbes esmeraldas! ¡Qué profundos fosos de impredecibles aguas nacaradas lo observaron desconsolados! Sin duda fue él quien la asustó, ¿pero acaso no decían las historias que las criaturas terrenales siempre gustaban de jugar con los mortales con los que tropezaban? ¿Habría sido todo una puesta en escena? ¿Realmente la asustó?
Le hubiera sido imposible invocar con nitidez las características de la sílfide si no fuese por los sueños (o pesadillas, aún no se convencía de cual era la naturaleza de estos) que lo plagaban por las noches.
Siempre comenzaban en el claro del bosque. Ella se encontraba a la sombra del fresno, ora combándose el cabello, ora armando una coronilla de rojos claveles, ora murmurando sinsentidos a unos perrillos de dudoso y extraño aspecto pardusco, que se movían a su alrededor, pareciendo beber cada una de las atenciones que ella dirigía en su dirección.
En algún momento del sueño el aire cambiaba. Una brisa helada recorría el claro, perturbando la buena predisposición de los crisantemos. Los perros saltaban molestos, profiriendo gruñidos y quejidos de protesta. Él observaba todo desde un costado, sin ser partícipe de nada de ello.
La sílfide se levantaba, dejando su trono de piedras calizas. El género que le servía de vestimenta se arremolinaba en torno a sus tobillos, ceñía sus caderas redondeadas y anchas, abrazaba sus pechos cremosos y llenos. Y el cabello azabache, como si tuviese vida propia, envolvía los contornos de su cuerpo esbelto, gráciles y firmes, cual si fuesen un escudo protector.
Aquellos instantes avergonzaban profundamente a Tobias.
La criatura, en algún momento entre que se levantaba y comenzaba a caminar, lo llamaba. Extendía su brazo de alabastro y sus dedos largos lo conminaban a seguirla. Tobias nunca tenía verdadera elección e irremediablemente acababa por marchar con pasos inseguros detrás de los pies ligeros. La grava, el musguillo y las hierbas del bosque se hundían bajo estos sin ruido alguno, y, a medida que se internaban en el bosque, Tobias sentía el frío apoderándosele poco a poco del cuerpo y, cual los brazos de la muerte, sus tenazas inflexibles tomando cada pulgada de tejido blando.
Estaba convencido que ella tenía algo importante que decir y usualmente era en ese momento en que los ronroneos del gato decidían regresarlo al mundo de los vivos. Y siempre -siempre- en esos etéreos segundos de la duermevela, Tobias se percataba de la sensación de profunda impotencia que lo embargaba al no conseguir desvelar lo que ella quería enseñarle.
Y él estaba desesperado por saber.
La respuesta a todas sus preguntas -aunque por entonces él no comprendiera hasta que punto serían respondidas- llegó días antes de la fiesta que organizaba su madre.
Lady Irene había estado quejándose de otra de sus jaquecas, benditos fuesen los ángeles que la guardaban, y había proclamado que no la molestasen mientras descansaba en su salita privada. Descansar siendo la palabra clave, puesto que Tobias había descubierto que hacía de todo menos eso.
Se había percatado por simple casualidad.
Habiendo terminado las lecciones de esgrima, Tobias se dirigió a sus aposentos con la intención de pedir permiso para ir al pueblo con algunos amigos (le habían escrito un par de días antes); pero no la encontró. De hecho, juzgando por las apariencias, sus bellísimas faldas jamás habían entrado en contacto con los cojines del chaise longue. No le extrañaba la mentira, ella las decía con una facilidad que daba miedo, si no, el secretismo.
Antes que pudiera salir del cuarto, escuchó sus pasos y se escondió en el montacargas (¡qué nunca nadie dijera que carecía de astucia!). A través de una minúscula rendija observó como entraba e iba rápidamente al escritorio, abría el portillo lateral y depositaba unas joyas. Todo esto lo hizo acompañado de la actitud más hosca y huraña que alguna vez le hubiese visto.
Fue la clara necesidad de actuar en las sombras lo que captó su atención y, como buen investigador que se precia de serlo, decidió que aquello ameritaba ser descubierto.
Forzó la cerradura con ayuda de un pequeño gancho y revolvió el contenido de cada cajoncito hasta dar con las joyas. No eran de ella -y él lo habría sabido si no-. El montaje era sencillo, pero muy elegante. El collar consistía en esmeraldas engarzadas entre cuentas de oro; la pulsera a juego y un anillo de oro, con un inmenso rubí. Parecía un anillo de compromiso. No había más signos identitarios que las iniciales F.E.W. La W podría corresponder a Williams, pero había cientos de nombres cuyas iniciales eran F y E.
Tobias pasó los siguientes dos días siguiendo a su madre. Emplear el término aburrimiento habría sido una injusticia. Como no podía pasar el tiempo de ninguna otra forma, continuó leyendo con la escasísima luz que sus escondites le proveían; si es que la situación lo permitía -como cuando se sentaba en el salón a jugar a las cartas-. Pero como tenía una habilidad especial para romper las reglas (y pocas cosas le causaban más satisfacción que ver la cara de incredulidad, de furia mal contenida y de desprecio de su madre cuando advertía que una vez más su pequeño retoño se salió con la suya), hubo poco sacrificio por su parte.
Al tercer día, en la víspera de la fiesta, la vió escabullirse hacia el ala oeste del castillo.
La siguió hasta la base de la torre, usando el corredor de los sirvientes; dejándose guiar por el claqueteo de sus botas. El pasadizo -en un estado lamentable- olía a podredumbre, llevándolo a preguntarse cuando lo habían dejado de usar. La humedad calaba las piedras desde afuera, provocando que las paredes tuviesen un aspecto marchito y mohoso. Era la más alta también, y la más imponente y la más descuidada. Parecía sacada de uno de esos cuentos que las ayas solían contar a los niños, más para callarlos que para divertirlos, y que él había encontrado tan fascinantes en su momento.
Sus pasos lo condujeron a lo más alto de la torre y se perdieron en la única habitación que ocupaba todo el piso superior. Había más recámaras en los pisos inferiores, cuyos muebles se hallaban tapados con fanstasmagóricas sábanas blancas, sus pisos con polvo y los escondrijos con telarañas. Y si aquellas eran perfectas para ocultar cosas, esta última era magnífica.
Ubicado detrás del tapiz en el que desembocaba el final del pasadizo, Tobias fue testigo brevemente de su mirada desquiciada. Un escalofrío le corrió por la espina. Era en esos segundos, aún cuando ella misma lo había parido, en que le era completamente extraña. Cuando su madre se fue -con una pequeña carpetita de cuero rojo en las manos- Tobias decidió esperar un rato, para asegurarse que no regresara. Como ya había terminado con los preparativos, se reuniría con otras mujeres tan estiradas como ella, por lo que él podía darse el lujo permanecer allí tanto como necesitase.
La torre oeste era de las pocas estructuras originales del castillo que quedaban en pie, cuya construcción databa previo a que su familia entrase en poder de el, es decir, un poco antes del siglo XVI. Al parecer, había sido recuperado de manos de los Chattan, pero también le oyó decir a su tutor que los Mackintosh nunca lo habían perdido. Sea como fuere, alguien fue responsable a lo largo de los siglos de ir añadiendo diversas torretas, expandiendo las alas de la estructura original, de la cual poco sobrevivió para ver la luz de la modernidad. Decían que Robert Bruce pasó la noche allí, en algún momento de su campaña liberadora, pero Dios sabría si aquello era o no cierto.
Demoró más de lo habitual en abrir la puerta de roble pues la cerradura estaba vieja y oxidada. Cuando empujó la gruesa madera, los goznes cedieron con un fiero chirrido. Tobias hizo una mueca, dolorido. Dentro, el aire no estaba tan viciado como él esperaba. Las ventanas habían sido abiertas en algún punto del pasado cercano, aunque no eran lo único: varios de los cofres que llenaban la habitación también lo habían sido, y sus contenidos se hallaban revueltos y, en algunos casos, desparramado en el piso sin mucho cuidado.
Además de los arcones, había un viejo tocador, una cama con dosel de cortinas color borgoña y un taburete pequeño, ideal para los pies. La cama aún tenía el colchón y la muda de sábanas, como si aún esperase a su dueño. Algunos hilillos del tejido de damasco que tapizaba el taburete se habían desprendido y colgaban desprolijos; una de las patas se hallaba ligeramente astillada, como si hubiese impactado contra algo muy duro. El tocador era el que más sobresalía. De madera de nogal, debía haber sido hecho a medida, porque sus dimensiones no correspondían al estándar habitual: tenía pocos cajones, el espejo era fijo y los detalles tallados en sus patas y lados describían ninfas, cervatillos y pequeñas criaturas con garras y dientes afilados. Era posible que fuese el mueble más viejo en aquella habitación, aunque, irónicamente, el mejor conservado.
Tobias comenzó su inspección por allí. Si bien los cajones fueron maltratados, no había fondos falsos. Sólo guardaban joyas de perlas, oro y piedras preciosas. Lady Irene debió haber sacado de allí el collar, la pulsera y el anillo. Muchos tenían la misma inscripción que esos, pero otros decían: S.F.W. Quizás pertenecieron a Lady Sarah. Tobias no supo discernir como eso lo hacía sentir.
Continuó con los cofres, los que fueron ultrajados. Los otros, los que permanecían cerrados, los dejaba para el final.
Encontró todo lo que se le pudiera ocurrir y más. Vestidos de mujer de décadas pasadas, de chiffón, seda y lino; ropita de bebé, de lana y seda; atuendos de montar; zapatos a rabiar: con tacones, sin, forrados con delicados brocados, de sencillo cuero negro con las suelas desgastadas, como si quien lo usó los hubiera gastado danzando. Muñecas de trapo, con suaves géneros decoloridos por el uso, y osos de felpa. Libros de aventuras, romances góticos, bestiarios y, en su mayoría, cuentos de hadas. De estos había por montones, con ilustraciones y sin ellas, sus apergaminadas hojas amarillentas. Su dueño -y a estas alturas estaba bastante seguro que pertenecieron a Lady Sarah- las había leído tanto que las esquinas estaban delineadas por donde habían sido dobladas, y en varios casos esto había ocurrido tanto que el papel se había transformado en un delicado trocito arrugado. Faltaban los señaladores en varios de ellos. Las encuadernaciones se hallaban percudidas y los lomos maltrechos, como si los hubiesen llevado de aquí para allá.
En una versión de los Hermanos Grimm, Lady Sarah dibujó algunos pasajes. El que más ilustró fue Rumpelstilzchen y había hecho anotaciones en un alemán elemental. Las que pudo descifrar rezaban: "De acuerdo a la región, su nombre varía" y "¿Tendrá relación con el reino de las hadas?", las demás estaban borroneadas o fueron hechas en una letra diminuta, llegando a ser ilegible. Las ilustraciones no corrieron la misma suerte. Todas fueron hechas con tinta ferrogálica y a pesar de los años guardados su definición continuaba siendo tan clara como en el día que se hicieron.
Sin embargo, aún considerando que en todo el tiempo invertido en investigar no había obtenido mejores resultados que en aquel momento, Tobias descubrió el verdadero tesoro en uno de los cofres más pequeños.
Tuvo que forzar la cerradura del candado. Sólo había carpetillas, más sus contenidos eran grandiosos -aunque la esencia a frutas que emanó de ellos casi le provocó arcadas-: recortes de periódicos locales y de varias ciudades del Imperio -también había dos o tres de París e Irlanda- y bocetos. Bocetos tan fidedignos que la pintura que encontró en el despacho de su padre parecía el bosquejo de un aficionado. Con dedos temblorosos, Tobias estudió cada uno de ellos, hasta que en sus manos sólo quedó el más fehaciente de todos.
Debía haber costado una fortuna, tan similar a un daguerrotipo era.
Lady Sarah era la joven más bella que había visto alguna vez. El retrato no le terminaba de hacer justicia. Había nostalgia en sus ojos del color de las esmeraldas y su ceño mostraba indicios de pasar bastante tiempo preocupado. El cabello largo, negro, lustroso, se hallaba holgadamente recogido y algunos bucles caían alrededor de su rostro ovalado. Lo que más llamó la atención de Tobias fueron sus labios llenos, carmín. No terminaban de relajarse, como si desearan permanecer en una línea tensa pero fueran incapaces de hacerlo.
Su hermanastra era realmente lo más cercano que vió alguna vez a una muñeca de porcelana.
Los demás recortes de períodicos repetían más o menos lo mismo que el primero que leyó. Su padre había ofrecido una cuantiosa recompensa, que estaba seguro no habría ofrecido por Lady Irene. Ni por su propia madre.
Tobias regresó al primer recorte. Lo releyó varias veces. Decía así:
SECUESTRAN A LADY SARAH WILLIAMS
Durante la medianoche del sábado 28 de abril, en el castillo que sus señorías tienen en Inverness, un hombre caucásico, de facciones angulosas, unos 5 pies 12 pulgadas de altura, vestido de negro, raptó a Lady Sarah, hija del MP Lord Robert Fitzgerald Williams. Una criada fue testigo del suceso, a quien el sujeto también atacó. Posiblemente tuvo asistencia, puesto que faltan pertenencias de la joven. Se ofrece una cuantiosa recompensa a quien sea capaz de suministrar datos.Era el artículo que más describía la situación (luego había algunas crónicas, pero estas eran más especulaciones de confitería que notas serias). Hombre caucásico, atuendo negro: miles de personas presentaban o compartían esas características. ¿Quién habría sido la criada? Y si ocurrió en el mismo castillo en el que estaban ahora, ¿en qué parte fue? Tenían cientos de habitaciones donde uno podía cometer una fechoría. ¡Si lo sabría él!
Facciones angulosas... bajo la nota se publicaba un boceto de su hermana; al lado, el de su captor.
Ciertamente sus pómulos eran angulosos. También el puente de la nariz lo era. La barbilla, los labios finos hechos a cincel. Sus ojos, el derecho con la pupila más dilatada que el otro, parecían reír, burlones. El cabello no terminaba de cerrarle... ¿Era largo y descuidado o su dueño vivía en las alcantarillas? Algunos mechones le enmarcaban los lados del rostro, pero otros se perdían en el cuello de la capa.
La imagen de aquel sujeto evocaba algo más... pero no estaba seguro de qué se trataba y por más que le daba vueltas, no conseguía poner el dedillo en el resbaladizo recuerdo.
¿Quién diría que sus padres ocultaban semejante escándalo familiar?
N\A: necesito hacer dos aclaraciones con respecto a este capítulo. 1) No tengo idea acerca de sí los Mackintosh y los Chattan eran o no enemigos. Buscar las enemistades entre clanes es una tarea tediosa, así que me conformé con que fuesen vecinos durante el siglo al que Toby hace alusión. 2) Toby encuentra los osos de felpa de su hermana en los baúles. Esto, en realidad, sería imposible porque la felpa como tal no comenzaría a hacerse hasta 1850 (y Sarah vivió entre los humanos hasta los '20). Además, los osos de peluches como tales aparecerían en 1902, aproximadamente. Recién ahora me doy cuenta del error histórico. Ooooooodio los errores históricos, pero no puedo cambiarlo ahora. Aparte, tampoco puedo deshacerme de Lancelot. Siempre me pareció un objeto altamente simbólico entre Sarah y Toby, así que quedará como esta xDDUstedes hagan de cuenta que no hay error. Imaginemos que Lancelot era una realidad en esos tiempos :P
