Tobias deshizo el camino desde la Torre con más respuestas de las que habría querido pensar. Jamás se le ocurrió que sus padres -tan pomposos en su cotidianeidad, tan excéntricos en su espiritualidad- fueran a guardar semejante secreto. Y, lo que era aún más asombroso, el secreto siempre había estado a la vista. Los viajes intempestivos de su padre, las rabietas esporádicas de su madre cuando él, Tobias, hacía algo capaz de ser considerado demasiado vergonzoso (como sonreír espontáneamente) o nada agradable de un caballero de su alcurnia (como ofrecerse a transportar la canasta de los panes desde el horno a la mesada porque la espalda de la cocinera estaba que se rompía). Las amistades de la familia lo debían de saber, murmurando por lo bajo como hacían de tanto en tanto cuando lo veían -¿qué dirían? ¿qué frases lamentables y poco sinceras susurrarían?-.
Por el grado de odio y secretismo de su madre, Tobias dedujo que Lady Sarah era o una hija ilegítima de Lord Williams o este estuvo casado con anterioridad. Esta última hipótesis explicaría el por qué de la penosa actitud de Lady Irene.
Nada podría hacerla enfurecer más que ser pieza de entremés.
Si esto era así, entonces Lady Brigit era -a juzgar por la pintura en el estudio y las dedicatorias en algunos libros- una abuela o una tía de Lady Sarah, por lo tanto un pariente -político o no- de Lord Williams. ¿Por qué habrían enviado a su media hermana a vivir a otra parte, en lugar de un convento? Lady Irene debía odiarla, así que era bastante idiota arriesgarse a la colosal furia de su madre los siete días de la semana. Fuera como fuera, casi todas las pertenencias de Lady Sarah se hallaban en la Torre y su existencia era ahora un secreto bien guardado.
¿A quién podría preguntarle? Lord Williams no querría hablar de ello. Con lo hermético que era apenas si se saludaban. Su madre quedaba fuera de la cuestión. ¿Los sirvientes? Era más fácil escucharlos a hurtadillas. ¿Algún conocido? Seguramente irían a contarle a su padre.
"¿Tobias?"
Tobias cerró los ojos, maldiciendo internamente su suerte.
Dejando atrás la escalera que lo llevaría a la libertad de su dormitorio, ingresó al salón. Allí, sentadas cerca de la ventana, estaba su madre acompañada por un saco de arrugas. Como se consideraba un verdadero caballero -no la farsa que Lady Irene intentaba hacer de él- se acercó y saludó; a su madre, un beso un centímetro por encima del dorso de su delicada mano; a la extraña señora, una sentida inclinación de la cabeza.
"Siéntate. Me gustaría presentarse a Madame Bouchard"
Tobias intercambió palabras con la mujer, aprovechando el momento para examinarla con mayor detenimiento. Tenía la piel apergaminada, como si se tratase de papel de arroz. Sus ojos, almendrados pero pequeños, brillaban oscuros en sus cuencas, dándole un aspecto inquietante. Sus manos se hallaban cubiertas por guantes de encaje blanco -y que la hacían parecer muerta- y asomaban tímidamente por debajo de mangas púrpuras. El vestido debía ser tan horrible como ella, pero se hallaba semitapado por un chal de punto irlandés. ¿De dónde sacaba las amistades Lady Irene?
Parecía una bruja salida de alguna novela gótica y Tobias suprimió la risa al recordar un pasaje de las brujas de Macbeth. Si él hiciera lo mismo -y ya lo veía, echándola a patadas de allí- ¿esta lo maldeciría? Pero al mirarla no imaginaba que fuera a irse con sus hermanas y dudaba seriamente que alguien la estuviera esperado en su casa.
Tobias se quedó porque no tenía más opción. Se tragó todas las preguntas que le hicieron, acerca de sus estudios y sus gustos literarios. Faltó que preguntara por su opinión sobre el último Derby. Era bastante desubicada para ser una anciana y, encima, cada vez que la mujer cerraba la boca, los labios se fruncían en un mohín, como si hubiese pasado demasiado tiempo chupando una guindilla.
La guindilla debía ser él mismo, porque para cuando logró escapar del comedor se sentía tan succionado como una.
Esa noche, Tobias volvió a soñar.
Al principio no comprendió que se trata de un sueño. Estaba en los jardines, los que miraban hacia el bosque. El aire era frío, de principios de otoño. Debía ser media tarde, porque la sombra del castillo se proyectaba sobre los setos. Debía haber un grupo de piquituertos cerca de allí, porque sus cantitos le llenaban los oídos. A lo lejos, se oía el ulular de un búho.
A pocos pasos suyos estaba el jardinero, pero no lo reconoció. Tenía el cabello mucho más encrespado y castaño, las arrugas menos pronunciadas. Sus manos agarraban las retorcidas ramas de los rosales con firmeza y el temblequeo de sus dedos le semejó a Tobias una memoria distante.
Tras las ventanas de la planta baja observó el ir y venir de las criadas. Transportaban objetos de aquí para allá y sus chillidos de sorpresa y susurros apresurados le dieron la pauta que el ama de llaves estaba furiosa.
Justo cuando unas nubes taparon momentáneamente el sol, advirtió que su madre venía hacia él. Claro que no era su madre, si no algo distinto. Llevaba el cabello rubio pajizo peinado en una intrincada trenza dispuesta en forma de corona, y contrario a lo que desea, sólo la hacía ver más frígida. Vestía una cosa de seda y muselina verde manzana, con listones en los puños y moños en el ruedo de la falda y le quedaba horrible, como si le hubiesen tirado encima una bandeja de masas finas.
Sorprendido, Tobias estaba pensando qué decir -más bien estaba paralizado de miedo, ¿por qué como le explicaba lo que hacía allí cuando ni él mismo lo sabía?- cuando su madre lo atravesó y siguió de largo.
Súbitamente aterrado, se llevó las manos al pecho. Pero él estaba entero, completo. No era humo, no estaba conformado por aire. ¿Entonces porque...?
Los gritos de su madre interrumpieron sus violentas cavilaciones.
"¡Sarah, Sarah!"
Tobias sintió que los ojos se le abrían desmesuradamente. Al final de los jardines, casi contra la pared del castillo, se erguía un inmenso fresno. Y debajo de este, completamente ensimismada, se hallaba una joven que, al oír la voz, alzó rápidamente la cabeza.
"¿Lady Irene?"
Su voz era dulce y melodiosa. Nostálgica. Agriada.
"Hace rato te estoy buscando" espetó su madre. "¿Por qué no viniste a recibir a Lord Vollmar?"
"No me dí cuenta de la hora, disculpadme"
Lady Irene realmente debía estar apurada, porque solamente frunció el ceño. Pero Tobias sabía que la muchacha solo había pospuesto lo inevitable.
"Tu padre se encuentra muy ocupado y no puede entretenerlo todo el día. Preséntate en el salón y haz lo que te ordenen"
Si no la hubiera conocido, aquel ofensivo discurso lo habría tomado por sorpresa, pero no era este el caso. Tuvo ganas de aplaudir cuando Sarah inclinó la cabeza y se fue sin decir palabra. Estaba demostrando tener más agallas que toda la servidumbre junta...
Tobias siguió a Sarah a través de los corredores de la planta baja -y los sirvientes tampoco lo reconocieron-, aprovechando el momento para observarla. Su rostro era níveo, como porcelana. Tenía el largo cabello azabache en una sencilla trenza que se mecía tras la espalda y llevaba un vestido mucho más simple que el de su madre, pero su postura elegante y orgullosa la hacían parecer una reina. Al cruzarse con un espejo se detuvo para pellizcarse las mejillas, que adquirieron un tono similar al coral.
"Cualquier hombre será mejor que alguno de los primos o conocidos de Irene" musitó y los ojos verdes brillaron iracundos.
Se mordió los labios hasta el punto en que Tobias pensó que derramaría sangre.
Cuando llegó al salón, Lord Williams y su invitado se hallaban enfrascados en una acalorada discusión sobre caballos. Su padre lucía menos cansado que de costumbre y sin ese aire melancólico que siempre lo rodeaba. Al ver a la muchacha, su rostro adquirió un matiz sombrío, pero si el visitante lo noto, no lo dió a entender.
"Lord Vollmar, os presento a mi hija, Lady Sarah" tanto la muchacha como el hombre hicieron una reverencia. Tobias advirtió el imperceptible rictus en la boca de su padre al continuar: "Sarah, os presento a Lord Vollmar, un antiguo amigo de la familia"
Tobias notó que su padre estaba particularmente interesado en que Sarah estableciera conversación con Lord Vollmar, pues permitió que ella se sentase cerca de ellos. No le prestó atención a lo que decían, pues eran las típicas frivolidades que se compartían entre extraños. Lord Vollmar la observaba con educado interés, Sarah se aseguraba de sonreir con amabilidad y timidez y Lord Williams los estudiaba sin mucho disimulo.
Por eso no le extrañó cuando le ofreció un paseo por los jardines del castillo y, naturalmente, a quedarse a cenar. No obstante, sí que resultó escandaloso la manera en que incentivó a su hija y al extraño a ir por delante suyo, alegando que los años no venían solos.
Lord Williams apenas si aparentaba cuarenta años.
Efectivamente, Sarah y Lord Vollmar se adelantaron, al punto tal que pronto dejaron atrás a su padre. Cuando esto ocurrió, el cambio en ella fue notable: el sonrojo en sus mejillas fue más genuino, el brillo en su mirada más real. Él no dejó de observarla, como si hubiese encontrado un tesoro de incalculable valor. Ella los guió por el laberinto de setos, recogiendo flores aquí y allí, depositándolas en un cesto de mimbre recogido de un pequeño pilar dórico a la entrada del jardín.
"Lord Vollmar... parece germano" dijo ella, trenzando dos margaritas blancas.
"Mi padre fue el príncipe Vollmar" respondió él, asiendo el cesto de flores. Sarah lo contempló curiosa, casi aprobatoriamente. "Cuando viajo prefiero usar su nombre. Es más seguro"
Sarah agarró otra flor, una colombina.
"Entonces, ¿no sois de aquí?"
Calladas permanecieron otras preguntas. Sarah estiró el brazo para alcanzar un pensamiento y él cambió la cesta de brazo, para que ella pudiera acceder fácilmente.
"Sí. Y no. Al ser el único hijo varón, heredé las tierras de mi madre en Gwynedd. El aire de Llŷn me sienta mejor que la abrumadora calidez de Renania del Norte"
Tobias observó que aquel dato captó la atención de la joven, que simuló entretenerse con las flores.
"¿Os gusta viajar, Lord Vollmar?"
El sol de las cinco de la tarde les daba de lleno en las coronillas, pero a ninguno de ellos pareció molestarles.
"Mis compromisos me obligan a pasar gran parte del tiempo en casa" dijo Lord Vollmar, con su voz agradable, grave y un tanto ronca. "Aún así, como siempre encontré placer en descubrir el mundo que nos rodea, de tanto en tanto viajo"
Aquella respuesta debió haberla satisfecho, porque, al tiempo que entretejía una rosa amarilla, Sarah esbozó una débil pero auténtica sonrisa. Sus dedos tejían diligentemente y una corona comenzaba a tomar forma.
"¿Y sois conciente, mi señor, de las intenciones de mi padre?"
Él sonrió, dejando al descubierto una hilera de dientes perlados y ligeramente en punta. Una serie de escalofríos se apoderaron de Tobias, que tuvo la impresión que había visto esa sonrisa con anterioridad, en algún sueño que su mente parecía preferir olvidar. ¿Por qué sus rasgos le eran familiares? Lord Vollmar tomó la última flor que quedaba, un crisantemo rojo, se la ofreció y ella lo observó durante unos instantes.
Sus ojos esmeraldas refulgieron al aceptar el ofrecimiento.
Pero en cuanto los delicados dedos entraron en contacto con la mano enguantada de él, algo en la expresión de Sarah cambió. La sonrisa de él se pronunció y ella vibró ante la energía que repentinamente emanó de él.
Todo atisbo de color abandonó el rostro de su hermana.
"¿Qué...?"
Mudo de espanto, Tobias contempló como las facciones de Lord Vollmar se transformaron. Las mejillas, la barbilla y la nariz se volvieron más angulosas, más goblinescas, y el cabello adquirió un tono ceniza, creciendo en longitud y rebeldía. La fuerza de su presencia lo hizo parecer más alto. El aire se tornó gélido y pareció danzar alrededor de ambos, envolviéndolos en un sólido abrazo.
"Sa-rah..." canturreó Lord Vollmar. Su voz había tomado un matiz etéreo, más lúgubre y pesadillesco. Sarah continuó temblando. Sarah continuó observándolo. "¿Sois conciente de mis intenciones?"
Tobias nunca pudo saber la respuesta, pues en lo alto de la Torre Oeste se oyó el llanto desconsolado de un niño y Sarah cayó, cual títere al que acaban de cortar los hilos, en los brazos expectantes de aquel hombre. Las manos enguantadas se cerraron como garras en torno a su cuerpo delgado, clavándose en sus carnes con la misma intensidad con que los hombres honestos se aferran a la vida.
Pero aquel no era un hombre honesto.
De hecho, a Tobias ni siquiera le parecía que fuese del todo humano.
N\A: El pasaje de Macbeth en el que Tobias piensa es el siguiente: "castañas le pedí; mas echome de allí llamándome hechicera y momia y bruja" (Acto I, escena IV).