Nota: Girls Und Panzer y sus personajes son propiedad de ACTAS.
Prólogo.
Día 1, 11:30 am.
Sobre un sendero ubicado en las inmediaciones de un rio congelado, una columna de la Escuela Lincoln se esforzaba por abrirse paso en medio de la densa capa de nieve que cubría el camino. A la cabeza de aquella columna, un Sherman Crab y dos escuadras de zapadores a ambos lados del vehículo, revolcaban la nieve con el fin de desactivar minas, ya fueran antipersonales o antitanque. Mientras que el Crab simplemente detonaba las minas al contacto, los zapadores, equipados con una pala, se tomaban un poco más de tiempo para encontrar y desactivar los explosivos que pudieran quedar de lado. Detrás de ellos, avanzaba un pelotón blindado conformado por cinco tanques M4A1 y M4A3 Sherman, y junto a este, una compañía de infantería. Cada vez que el equipo antiminas al frente encontraba una, el resto de la columna se detenía y esperaba a que los zapadores hicieran su labor. Esta rutina, junto con la densidad de la nieve, provocaba que el avance fuera lento y tedioso, lo cual, sin embargo, no afectaba en lo más mínimo el ánimo de los soldados, los cuales se sentían tranquilos, lo suficiente como para no sospechar que, entre los árboles, varios ojos los observaban atentamente.
Desde una pequeña y estrecha trinchera excavada en medio del sendero, un joven oficial asomaba cuidadosamente la cabeza, visualizando el espacio que separaba a la columna de su posición. A pesar de que trataba de mantener su mente en orden, el leutnant Shusaku Kagawa no podía parar de divagar ante la inminencia del combate. Se preguntaba si tanto su pelotón, como el resto de la compañía de infantería de la Escuela Bismarck a la que pertenecía, tendrían éxito en esta emboscada; después de todo, a duras penas tenían el poder de fuego aceptable para cumplir la misión. Sumado a esto, no tenían a su disposición el adecuado apoyo de fuego debido a que la aviación alemana no había logrado aún obtener el control de los cielos, lo cual restringía el fuego artillero y aéreo a unas cuantas zonas; la única artillería con la que podían contar consistía de dos morteros de ocho centímetros, Granatwerfer 34, complementados por un solo mortero de doce centímetros, Granatwerfer 42. En lo concerniente al armamento antitanque, si bien era decente, también era insuficiente, en opinión de Kagawa; teniendo en cuenta que se enfrentaban a un enemigo con la capacidad de desplegar grandes cantidades de tanques con mucha facilidad, deberían de haberle otorgado a la compañía algo más que solo un pelotón de tres cañones antitanque. Se supone que para paliar esto, se les había otorgado una modesta cantidad de granadas antitanque, pero, por experiencia, Kagawa sabía que la mejor forma de lidiar con los blindados era a una distancia prudencial, especialmente cuando estos vehículos actuaban en estrecha cercanía con la infantería. El oficial volvió a meter la cabeza dentro de la trinchera y, con resignación, se sentó dentro de esta.
Mientras se ponía su Stahlhelm, Kagawa trató de encontrar algo bueno dentro del sombrío panorama que se cernía sobre él y sus tropas, pero antes de que pudiera ocurrírsele algo, unos toquecitos en su hombro derecho lo sacaron de su meditación. Un joven soldado que actuaba como enlace de la compañía, con la parte frontal de su cuerpo llena de nieve, como consecuencia de haberse desplazado a rastras hasta aquel lugar desde el cuartel de la compañía, saludó al oficial y de inmediato se dispuso a dar su mensaje, sin embargo, no pudo hacerlo, ya que el cansancio provocado por su extenuante carrera se lo impedía, por lo que Kagawa lo convidó a que tomara aliento antes de proseguir, cosa que el soldado obedeció. Alrededor de un minuto después, el enlace estaba listo para hablar, y lo hizo de manera breve, preguntando sobre el estado del primer pelotón. Kagawa quedó un tanto desconcertado al ver que todo ese esfuerzo invertido fue con el fin de hacer una pregunta que él consideraba trivial:
- Dígame la verdad – Le dijo el oficial a muchacho - ¿Qué fue lo que usted hizo para fastidiar al capitán Miyazaki?
- Nada señor – Respondió el chico, confundido ante la pregunta de su superior – se lo aseguro, no fue algo que el hauptmann Miyazaki ordenó con motivos personales, es solo… solo es una verificación, o al menos así lo dijo el.
Kagawa se quedó mirando seriamente al muchacho a la cara por un instante, y cuando el enlace comenzó a ponerse nervioso ante lo que el creyó era una señal de desaprobación, Kagawa mostró comprensión y tranquilizó al soldado:
- Tranquilo niño. Puede decirle a Miyazaki que todo en el primer pelotón está en orden ¿Le ha quedado claro?
- Si-sí señor.
- Perfecto, tiene permiso para retirarse – Dijo Kagawa al soldado.
El enlace respondió con un simple saludo e inmediatamente volvió por donde había llegado.
- Miyazaki, amigo mío, siempre procurando que todo salga a la perfección – dijo mentalmente Kagawa.
A pesar de que podía llegar a parecer fastidioso, sabía que el oficial al mando de la compañía actuaba siempre movido por las mejores intenciones, después de todo, su mayor deseo era que su unidad tuviera éxito en todas las labores que se les asignaran, y para lograr aquella meta, era necesario exigirles a todos los miembros de esta, no el mejor ni el mayor esfuerzo posible, sino el máximo esfuerzo; y a su vez, el líder de la unidad debía cerciorarse de manera meticulosa que así fuera. Y tal vez ese era el punto, pensaba sonriente el oficial; puede que no tuvieran los números, ni los recursos, y ni siquiera la suerte, de su lado, pero si tenían a los oficiales más dedicados y competentes, y tal vez eso fuera lo más determinante en la guerra. Le constaba además que el hauptmann Miyazaki no era el único oficial exigente dentro del ejército, y eso le dio mucho más aliento.
- Lo bueno es que todos estamos en igualdad de condiciones – se dijo a sí mismo.
La intensidad del ruido producido por la columna americana, le advirtió sobre la corta distancia a la que se encontraba el enemigo. Kagawa alzó con cuidado su cabeza, procurando que su casco, cubierto con una funda blanca, se mantuviera imperceptible en medio de la nieve, y comprobó que, en efecto, a una distancia de por lo menos cincuenta metros separaba a los americanos de ellos. Había llegado el momento.
Kagawa bajó rápidamente la cabeza e inmediatamente salió de su trinchera, construida en medio del sendero, y, arrastrándose rápidamente por una estrecha trinchera de comunicación, se dirigió hacia otra estructura ubicada unos escasos metros al sur, adyacente a la línea del bosque. En poco tiempo llegó a un hueco mucho más espacioso que el anterior, un nido de ametralladora ocupado por cuatro muchachos; tres de ellos conformaban el equipo de ametralladoras del primer escuadrón, y el cuarto era el líder de aquella unidad, el unteroffizier Gotoku Wada. Los tres primeros bromeaban sobre la situación, para molestia del cuarto, el cual reprimía a los chicos por su aparente falta de seriedad. Kagawa se incorporó rápidamente en cuanto su cuerpo estuvo completamente adentro de la trinchera y seguidamente llamó la atención de los jóvenes, los cuales le saludaron son seriedad:
- Muy bien niños, hora de dejarse de tonterías – Dijo el oficial con seriedad y firmeza – la refriega está por comenzar, y los quiero a todos completamente dispuestos para ello, no quiero que cometan errores estúpidos. Wada ya sabe, encárguese de supervisarlos ¿Ha quedado claro?
- Si señor – Respondieron los cuatro al unísono.
- Kagawa ya estaba preparándose para salir de aquel lugar, cuando fue detenido por Wada:
- Creo que este es el momento ideal para citar aquella frase ¿Cómo es que era? ¿Ala icta…?
- Alea iacta est – respondió el oficial con maestría.
- Esa misma. Solo espero que esta vez la suerte no nos escupa en la cara – dijo Wada con amargura.
Kagawa sonrió, y luego, se internó en otra trinchera de comunicaciones, la cual conectaba con el ala derecha de su pelotón, el cual había sido desplegado a modo de herradura en las inmediaciones, de manera que pudiera enfrentar a cualquier elemento enemigo sobre el sendero desde prácticamente todas direcciones. Cada vez que pasaba por alguna posición, Kagawa aprovechaba para darle apoyo a sus soldados, aunque sin perder el tono de autoridad, después de todo, tal vez era lo que más necesitaran en aquel momento, y en sus adentros estaba convencido de que aquello es lo que un buen oficial haría.
Varios minutos antes de despachar a sus enlaces con destino al lugar en donde estuvieran los líderes de los tres pelotones, el hauptmann Eiji Miyazaki ya se encontraba tomando nota del progreso del enemigo. Con ayuda de un observador adelantado supo muy bien que la vanguardia de la columna Escuela Lincoln, conformada por dos Sherman incluido el Crab, las dos escuadras de zapadores y un pelotón de fusileros, se había adelantado al grueso de la formación, justo como estaba previsto. Era obvio que los americanos no invertirían la totalidad de sus tropas en un riesgoso avance a través de un estrecho sendero en donde no tendrían la capacidad de responder con efectividad ante una emboscada; lo más prudente en cambio, era enviar un relativamente pequeño contingente de avanzada que, además, limpiara el camino en previsión de un futuro avance, mientras que al mismo tiempo, el grueso de las tropas se preparaba para avanzar a través del bosque. Y con el fin de garantizar un avance seguro, así como también para consolidar una cabeza de puente, los demás tanques y las armas pesadas se quedarían atrás, listos para suministrar apoyo en cuanto la situación lo requiriera.
Todo esto ya había sido considerado por los chicos de la Escuela Bismarck, y en base a este cálculo, Miyazaki había organizado a su compañía, de manera que pudiera hacer frente tanto a los efectivos enemigos sobre el sendero, labor encargada al primer pelotón, al mando del teniente Kagawa, como también a los efectivos que avanzarían por el bosque, de quienes se encargarían los otros dos pelotones, apostados unos metros al noreste y sureste del de Kagawa, entre la vegetación. De todas maneras, Miyazaki era consciente de que, en combate, las cosas no siempre salían según lo planeado, sin importar si se desarrollaban de manera favorable o desfavorable para el bando propio. Como quiera que fuese, no era el momento de anticiparse al futuro, sino de actuar, rápida y eficazmente, y lo que viniera después se trataría en su momento… y el momento de actuar era ahora.
Sin sospechar que a solo metros se encontraba su enemigo, los soldados de la Escuela Lincoln proseguían con su avance de manera confiada, y a pesar de que se sentían ansiosos por combatir, no tenían prisa en hacerlo, y de todas maneras aún no era el momento, ya que se les había informado de que los "ottos" los esperaban varios kilómetros más adelante, o eso fue lo que creyeron los encargados del reconocimiento del área. Por el contrario, entre los chicos de la Escuela Bismarck la tensión era altísima, pues desde sus posiciones podían ver claramente a sus contrincantes: infantes, tanquistas, zapadores; todos tan desprevenidos; disparar de una vez por todas era tentador, pero era preciso esperar un poco más.
De repente, las detonaciones cesaron, más sin embargo la columna siguió avanzando, después de todo, se les había ordenado detenerse unos metros más adelante, y entonces Miyazaki supo que era ahora o nunca. Soltó sus binoculares con brusquedad y se abalanzó con rapidez hacia un pequeño radio, y sin perder el tiempo, se puso en sintonía con las dotaciones de dos cañones antitanque, uno de los cuales se hallaba situado en el bosque, sobre el flanco izquierdo de la compañía, detrás del segundo pelotón, y el otro oculto en medio del camino, detrás del primer pelotón, y los puso en alerta. Era imperativo atacar primero la cabeza de la formación, por lo que, dirigiéndose a las tripulaciones de ambas armas, ordenó cargar y apuntar rápidamente sus armas, orden que fue cumplida a cabalidad, y seguidamente se dirigió solamente al cañón central, un PaK 40 de 7,5 centímetros, al cual dio la instrucción de que esperaran su señal; esperó a que el Crab se posicionara a por lo menos veinte metros del ápice de la disposición defensiva del primer pelotón, y entonces dio la orden.
El estruendo provocado por el disparo, seguido de aquel provocado a causa del impacto del proyectil en el mantelete del primer vehículo, tomó por sorpresa a muchos jóvenes, tanto de la Escuela Lincoln, como de la Escuela Bismarck. En el preciso instante en el que el primer tanque era impactado, Miyazaki contó mentalmente dos segundos, al cabo de los cuales les ordenó a los operarios del otro cañón, un PaK 38 de cinco centímetros, abrir fuego. Esta vez no se escuchó primero el disparo, sino el característico silbido producido por el proyectil del cañón, el cual impactó en el costado derecho del casco del segundo tanque, un M4A1, reforzado en vano con tablones de madera por los lados.
La acción de los cañones, que dejó como resultado dos tanques inmovilizados, con humo saliendo de los lugares donde fueron impactados y banderines purpura indicando que estaban fuera de combate, bastó para romper la tensión que hasta hacía poco reinaba dentro de las posiciones de la Escuela Bismarck, y al mismo tiempo, para quebrar la moral de los atacantes. Miyazaki entonces tomó su pistola de bengalas y, apuntando hacia un pequeño espacio entre las copas de los árboles, disparó una bengala roja, cuyo fulgor pudo ser observado por todos los presentes. Kagawa salía del nido en donde estaba ubicada la ametralladora de la segunda escuadra cuando el primer tanque fue impactado. Ahora si podía decirse que la batalla había empezado, y antes de seguir su recorrido, debía hacer algo. Se dispuso a llegar a la próxima trinchera, pero el segundo impacto lo hizo detenerse, ya no había tiempo, miró hacia arriba y pudo ver como todo era irradiado por una brillante luz roja.
De repente, el bosque dio la impresión de haber cobrado vida. Un torrente de balas proveniente de todas las direcciones y decenas de granadas de mano y de mortero, eran dirigidos sobre el sendero, eliminando por docenas a los soldados de la columna enemiga. Kagawa, ya sin necesidad de mantener el sigilo, pasó a desplazarse a gatas a través de la zanja de comunicaciones. Pese que le apremiaba el revisar cada una de las posiciones, no pudo evitar detenerse por un corto tiempo en un par de ellas, solo para ver como sus ocupantes luchaban, y en ellas pudo observar como aquellos muchachos combatían, si bien con algo de nerviosismo, también hacían con disciplina y exaltación. Satisfecho con lo que había visto, siguió adelante; ahora se encontraba a unos metros del borde del bosque, a solo una trinchera de la ametralladora de la primera escuadra, y se preguntaba en lo que se encontraría al llegar allá, después de todo, de toda su unidad, ellos eran de los que más le causaban problemas, pero lo alentaba el hecho de que contaba con el suboficial más competente que conocía para mantenerlos en su lugar. Pensaba en aquel asunto cuando, de repente, algo cayó bruscamente sobre su espalda, mandándolo de bruces al suelo. Kagawa se incorporó rápidamente y, con cierto fastidio, giró para revisar aquello que había causado su tropiezo, encontrándose con el cuerpo inerte de uno de sus soldados. Se acercó a este para verlo mejor, y pudo ver un impacto sobre la máscara protectora de este, a la altura de la frente, indicando que estaba fuera de combate, posiblemente la primera baja del pelotón.
El oficial tomó el cuerpo, y con cierta dificultad, trató de ponerlo a un lado, dentro de una abertura cavada dentro de la trinchera, de manera que no obstruyera el camino, y mientras hacía esto, se percató de que a su lado se encontraba otro soldado, el segundo ocupante de la trinchera, el cual, acuclillado, estaba hiperventilando al tiempo que se agarraba del casco con ambas manos. Kagawa rápidamente terminó de acomodar el cuerpo de soldado caído, y se dirigió hacia el otro soldado, con la intención de tranquilizarlo y de volverlo a poner en combate:
- ¡Niño, escúcheme! – Le dijo mientras le ponía las manos sobre los hombros - ¡Escúcheme! Respire lentamente y cálmese, debe volver a luchar de inmediato – Sin embargo, el joven no paraba de hiperventilar, y al mismo tiempo, trataba de articular una respuesta.
Kagawa volvió a insistir:
- ¡Oiga! Cálmese de una vez y vuelva a luchar. – Pero no lograba sacar al joven de su desesperación, por lo que el oficial decidió ejercer un poco más de presión.
Tomando al soldado por las solapas del uniforme, lo empujo contra la pared de la trinchera y con tono airado le dijo:
- ¡Escúcheme bien mocoso, o se calma de inmediato y vuelve al combate, o enterraré su cabeza entre la nieve para que así sepa lo que es realmente la desesperación! ¡¿Entendido?!
El joven esta vez obedeció, intimidado por la amenaza del oficial. Respiró profundamente y con voz temblorosa, logró por fin articular una respuesta:
- P-pe-pero señor, se han cargado a Schonefeld ¿Q-qué más puedo hacer ahora?
- ¿Acaso no me hice entender con claridad? ¡Vuelva al combate maldita sea! No se preocupe por su compañero, él está bien, solo que está inconsciente. En todo caso, los Cascos Naranjas vendrán por el en cualquier momento y se harán cargo de él, descuide.
- E-e-está bien señor – Respondió el soldado con más tranquilidad.
- Mire, si le sirve de consuelo, me quedaré un rato con usted para apoyarlo, pero después de eso ¡Más le vale que pueda continuar por su cuenta! ¿Entendido?
- Si señor – contestó el soldado.
Kagawa tomó su arma, un subfusil MP 40, y al tiempo que halaba del cerrojo, le ordenó al soldado que hiciera lo mismo con su arma, un subfusil de idéntico modelo. Luego, le dio la instrucción de asomarse y disparar a la cuenta de tres; ambos se prepararon, y en cuanto el oficial llegó a tres, se asomaron rápidamente y empezaron a disparar contra cualquier cosa entre la pila de cuerpos que pudiera ser un blanco útil. Al ver que casi no había objetivos, cesaron de disparar, pero en ese preciso instante fueron sorprendidos por el inconfundible silbido producido por varios proyectiles dirigidos hacia ellos, los cuales forzaron al par de jóvenes a bajar la cabeza. Kagawa tenía una idea del lugar de origen de aquellos disparos, pero aún no estaba del todo seguro, por lo que se internó un momento en la trinchera, tomó su pala y su casco y puso este último en la punta de la pala; luego, al tiempo que se asomaba con cuidado, fue levantando el improvisado señuelo que acababa de armar, y lo posicionó a más o menos treinta centímetros sobre su cabeza, y su estratagema no tardó en dar fruto, pues a pocos metros detrás del Crab, junto a unos cuantos cuerpos, logró observar los destellos producidos por un rifle abriendo fuego. El señuelo no fue impactado, pero el oficial lo tiró dentro de la trinchera, tomó su arma y empezó a disparar, iniciando con un par de ráfagas cortas, y luego con otro par de ráfagas más largas, hasta que agotó la munición del cargador. Al mismo tiempo, el soldado a su lado, junto con otros soldados ubicados en lugares diferentes, abrieron fuego, aunque no necesariamente hacia la misma dirección que Kagawa; de cualquier forma, la amenaza había sido neutralizada.
El joven oficial volvió a internarse en la trinchera, y retomó su recorrido por las posiciones del primer pelotón. En la posición de la ametralladora fue recibido por el comentario del unteroffizier Wada:
- Casi le dan a usted también eh – bromeó.
- Por fortuna el bastardo no supo apuntar bien – dijo – Pero debo informarle que si le dieron a uno de los suyos.
- Pude darme cuenta, pero ¿A cuál de los dos?
- Al alemán, el de intercambio.
- Oh, a ese idiota.
- Quedó desmayado, pero ya me encargué de él.
- Te lo agradezco mucho, Shuzaku.
- No hay de que, amigo.
Kagawa salió sonriente de la trinchera. Le agradaba aquel muchacho, no solo por su responsabilidad, sino también porque lo conocía desde hace un buen tiempo; era junto con Miyazaki un hermano de armas.
Pasó por aquella trinchera individual que se había construido en medio del camino, y en aquel lugar pudo percatarse de que, por lo menos en los alrededores inmediatos, el fuego se había detenido, y ahora solo se escuchaban disparos y explosiones provenientes de más atrás. Sintió alivio al saber que, por ahora, el combate había cesado, pero esto no se había terminado aún. A falta de nuevas instrucciones, decidió seguir con su recorrido; pasó por un par de trincheras ocupadas por hombres de la primera escuadra, pero antes de llegar a una tercera, escuchó como uno de los enlaces de la compañía se detenía en seco a su lado, al tiempo que lo llamaba por su rango y su apellido:
- ¿Cuál es la situación soldado?
- El hauptmann ordena que el primer pelotón haga el cebo de inmediato. Que avancen por el sendero hasta que hagan contacto con el enemigo, y luego retrocedan a sus posiciones iniciales.
- ¿Tan pronto quiere que hagamos el cebo? – Pregunto Kagawa extrañado. Tenía reservas sobre la prudencia de ejecutar esta fase del plan en aquel momento.
Lo pensó por un instante, y la única conclusión a la que pudo llegar fue que, a pesar de lo que el creyera apropiado o no, era una orden que debía obedecer.
- Entiendo. Infórmele a Miyazaki que así se hará.
- Como usted diga, señor – Respondió el soldado, que inmediatamente salió corriendo de vuelta al puesto de mando de la compañía.
- Más vale que estés tomando la decisión correcta amigo mío, o sino esta maniobra podría salirnos cara – Dijo Kagawa para sus adentros, al tiempo que salía de la trinchera de comunicaciones.
El joven oficial aprovechó para estirar las piernas, y al tiempo, pudo ver como sus hombres también emergían de sus posiciones, observando con curiosidad y asombro el escenario provocado por ellos mismos. Kagawa decidió que lo mejor era no perder el tiempo, así que llamó la atención de sus hombres para dictarles instrucciones:
- ¡Primer pelotón, atención! Aún quedan tareas por realizar – Dijo, siendo recibido por la atención de unos y la desaprobación expresada en forma de murmullos de otros. – ¡A ver ustedes perezosos, silencio, no hay lugar para quejas! – Dijo el leutnant en forma de reproche, logrando esta vez la atención de la totalidad de sus hombres – jefes de escuadra, hagan conteo de bajas y reporten. Después, quiero que la segunda y tercera escuadra avancen, hasta quedar alineadas con los demás pelotones. Simultáneamente, quiero que la primera escuadra cubra el centro, y que de paso vayan verificando que estos "yankees" estén bien tiesos, no quiero sorpresas amargas. Manténganse en espera de nuevas órdenes. ¿A todo mundo le ha quedado claro lo que…? – Kagawa se detuvo súbitamente en cuanto escuchó un enervante y muy familiar estruendo en el aire, provocado por algo que se aproximaba hacia ellos a gran velocidad.
No había tiempo para confirmar lo que era, y de todas formas tampoco era necesario hacerlo, lo único que el oficial podía era dar la advertencia, cosa que hizo con todas sus fuerzas:
- ¡Aviación enemiga, todos a cubierta!
Ni bien había terminado de decir aquello cuando un par de aviones P-47 Thunderbolt pasaron sobre sus cabezas, arrojando cada uno dos bombas sobre la posición del primer pelotón; estos dos aviones fueron seguidos por otro idéntico par, que hizo lo mismo sobre los sorprendidos infantes de la Escuela Bismarck. La mayoría logró regresar a sus trincheras, mientras que otros no tuvieron más alternativa que aferrarse a lo que tuvieran más cerca, ya fuera un tanque o algún árbol, pero, de cualquier manera, varios alcanzaron a caer víctimas de las bombas, sumándose al montón de cuerpos tendidos sobre el camino. Kagawa por su parte, corrió hacia la primera trinchera que pudo; hubiera podido correr hacia la suya, pero no había tiempo para escoger. Saltó dentro de aquel hueco, ocupado por el soldado que había ayudado hace unos minutos, y por el cuerpo de su compañero caído, y como pudo, se cubrió. En un momento quiso ver a su acompañante, y cuando lo hizo, notó que este temblaba incontrolablemente, al tiempo que empezaba a llorar desconsoladamente. No podía culparlo, después de todo esta era la primera vez de aquel chico en enfrentar una situación así, y esperaba que con el paso del tiempo se fuera acostumbrando, sin embargo, tampoco podía dejar que se derrumbara tan rápido, por lo que se acercó para tranquilizarlo. Pero en el momento en el que se dispuso a ello, un golpe seco en el borde superior de la trinchera los tomó por sorpresa. Cuando miraron aquello que había causado el impacto, se quedaron pálidos al ver una ancha pieza de metal, sobresaliendo entre la nieve, una bomba sin detonar, alojada a solo centímetros de aquellos muchachos.
11:31 am, un kilómetro al sur del vado.
Proyectiles de artillería, bombas y cohetes, estremecían el campo ubicado entre un pequeño pueblo de viejas casas rústicas y dispersas, y un puente Bailey que atravesaba el río congelado. Una batería de artillería americana, compuesta por obuses autopropulsados M7 Priest y M12, disparaba casi sin descanso hacia la rivera opuesta del rio, contra una pequeña posición fortificada en aquel campo. De vez en cuando, cesaban el fuego, con el fin de permitir que cazabombarderos P-47 o bombarderos ligeros A-26, soltaran su carga sobre lugares designados. El daño causado por este despliegue era enorme, sobre todo por el hecho de que el fuego estaba concentrado en puntos específicos de la primera línea de defensa de la Escuela Bismarck, un punto fuerte en donde se encontraba apostada una sencilla compañía de infantería mecanizada, apenas reforzada por un StuG III Ausf. F y un Marder II, que ya estaban fuera combate, al igual que los cañones autopropulsados de la unidad, un par de . 251/9. Para colmo de la desgracia de aquellos jóvenes, un grupo de ataque compuesto por tanques e infantería mecanizada se dirigía a toda velocidad hacia aquella posición.
Las tropas de la Escuela Lincoln acordaron asaltar aquella posición de frente, asumiendo que toda posibilidad de que el enemigo presentara una fuerte resistencia había terminado, que sus cañones, obuses y aviones habían amilanado a los orgullosos panzergrenadiere de la Escuela Bismarck. El grupo de ataque se dividió en tres subgrupos, cada uno compuesto de un pelotón de tanques medios M4A1 o M4A3 Sherman, con suspensión HVSS y cañones de 76 milímetros, y de un pelotón de su propia infantería mecanizada, a bordo de semiorugas M3A1, todos con una dirección que más o menos correspondía con la ubicación de tres escuadras enemigas en la primera línea; detrás de ellos, sus respectivas escuadras de morteros M2 de sesenta milímetros y todo el pelotón de cañones antitanque M1 de cincuenta y siete milímetros, proporcionaría más poder de fuego que ya de por si poseía cada subgrupo; más atrás quedaría como reserva una escuadra de cazacarros autopropulsados M18 Hellcat, un pelotón de caballería mecanizada, reforzado con dos tanques ligeros M5 Stuart, que fungía como observador de artillería y control aéreo avanzado, y un menguado pelotón de tanques ligeros M24 Chaffee, sin el cual la caballería no hubiera podido cumplir su labor. Sin embargo, aquellos jóvenes cometían un gran error, al pensar que su enemigo se rendiría con facilidad.
Aquellos jóvenes de la Escuela Bismarck, aún en inferioridad, estaban listos para luchar ferozmente hasta el final, dispuestos a impedir que los jóvenes de la Escuela Lincoln cumplieran con su cometido. La ira llenaba sus mentes, al ver como un enemigo que consideraban indigno de la victoria, llevaba la delantera nada más con todos sus medios materiales; un despliegue de fuerza impresionante para el ojo común, pero vergonzoso para aquellos fieros guerreros, que aún a pesar de su juventud, tenían ya una noción clara de la verdadera esencia de la victoria, del valor, dolor y sacrificio necesarios para ser merecedores de la mayor de las glorias. Estos bravos soldados no permitirían que la tradición guerrera de su amada Escuela, y aún más, de su amada Patria, fuera deshonrada por aquellos niños y sus grandes armas. Este estado de ánimo, combinado con el estrés del constante bombardeo, tenían a toda aquella tropa en un gran furor, listo para ser desatado contra el primero que osara a cruzar aquella fortificación. Ninguno era ajeno a este ambiente, ni siquiera un joven de la tercera escuadra del tercer pelotón, apostada en el baluarte sureste, que sin embargo luchaba por evitar que aquel sentimiento se apoderara completamente de su ser.
Aquel chico más bien daba la impresión estar asustado, cosa que no se hubiera notado a simple vista, a menos que se lo observara con detalle: la forma como sujetaba con fuerza, como un niño aterrado, un oso Boko de al menos quince centímetros de altura, vestido con una improvisada pieza de camuflaje, hecha a partir de un viejo uniforme de la Jieitai. A cualquiera podría parecerle patético, pero el schütze Tsutomu Nishikawa tenía buenas razones para estar asustado, y es que entrar en combate no le aterraba, sino lo que pasaría en cuanto lo hiciera. Sabía que lo que se iba a desatar, sería algo terrible, algo que el preferiría mantener enterrado en lo más profundo de su ser, más por alguna razón, nunca podía hacerlo; algo que siempre era regresado de las tinieblas, y difícilmente podía ser detenido. Se preguntaba constantemente el por qué aquello era liberado, por qué el destino siempre acomodaba las cosas para que aquello ocurriera, pero no lograba encontrar una respuesta, y aquello lo frustraba en sobremanera, más aquel no era momento de acongojarse.
En aquel momento llegó su superior, el unteroffizier Keigo Tanaka, el cual se agachó para hablar con Nishikawa:
- Tsutomu, amigo ¿Te encuentras bien? – preguntó, con gentileza, pues sabía tratar con el chico.
Nishikawa tardó un instante en responder, tratando de dejar a un lado su gran dilema mental:
- Si, si, Keigo, estoy bien – respondió, lo más calmado que podía.
- Más vale, esos putos "yankees" ya están aquí ¿Notaste que no nos están bombardeando? – le dijo, en referencia a un hecho que Nishikawa, en medio de su tormento, no había notado.
El bombardeo, tanto de la artillería como de la aviación, había cesado casi por completo; no se escuchaba nada más que el rumor de la ventisca invernal, las voces entre los defensores, y el conjunto, cada vez más cercano, de muchos blindados.
- ¿Listo para luchar? – preguntó Tanaka, esta vez con un tono más firme.
El joven lo miró a los ojos, como suplicando piedad, porque sabía lo que aquellas palabras implicaban:
- Espero que no – respondió, con sinceridad.
- Vamos, sabes que no te estoy pidiendo eso – replicó el suboficial, entendiendo lo mismo que el soldado frente a él – Solo con que puedas disparar me basta – dijo, aunque mentalmente sabía que era una mentira.
En aquel momento, el suboficial necesitaba que lo que hubiera adentro de Nishikawa saliera, que el "otro" entrara en acción. Pero por el momento, se limitó a ordenarle que lo siguiera hasta el extremo izquierdo de la trinchera, desde allí harían su parte contra la Escuela Lincoln.
El recorrido fue callado, ambos muchachos iban pensando en lo que pasaría (o quería que pasara) a continuación. Nishikawa pensaba en la forma de mantener el control, sin importar si las balas pasaban silbando a unos centímetros de él, y Tanaka iba pensando en cómo desatar la furia de Nishikawa, teniendo cuidado de que estuviera dirigida contra el enemigo y no contra él. Normalmente no tomaba mucho tiempo, pero el suboficial empezaba a desesperarse, el enemigo estaba a menos de cien metros, debía encontrar la forma de hacerlo de inmediato, aunque no tuvo que esperar más tiempo. El sonido de un proyectil de artillería de 105 milímetros los puso en alerta, aunque no la suficiente para poder ponerse inmediatamente a cubierto de la detonación, que ocurrió, de manera inusual contra el suelo, y aquello no hubiera sido gran cosa, de no ser por la cadena de explosiones que se sucedieron, en solo una fracción de segundos. La caballería enemiga, por medio de una rigurosa observación, descubrió varios lugares en donde los alemanes habían sembrado minas, campos de treinta metros cuadrados, diseminados de manera aparentemente irregular por todos los espacios entre las trincheras, y uno de ellos, situado a por lo menos unos ocho metros al norte de la trinchera del bastión sureste.
Tanto Tanaka como Nishikawa, por simple instinto se pusieron a cubierto, el suboficial arrojándose de pecho al suelo, y el soldado, sin pensarlo, se acuclilló en donde estaba parado. Fueron solo unos diez segundos, durante los cuales la tierra fue sacudida por las explosiones, un instante suficiente para que Nishikawa terminara de perder el control sobre sí mismo. Por un instante, su lucidez se desvaneció, y cuando esta volvió, aunque todo se veía igual que antes, algo cambió, sentía como si todo fuera más caótico, algo que provocaba en el joven la necesidad de actuar agresivamente; de inmediato se levantó, y se dispuso a salir de la trinchera, correr hacia el enemigo y acabarlo el mismo, pero una mano en su hombro y una voz cantando el estribillo de la canción del oso Boko, lo detuvieron.
- Soldado Nishikawa ¿Listo para combatir? – dijo Tanaka con firmeza.
- Afirmativo señor – respondió secamente; su mirada reflejaba algo más allá de la ira, no era más que violencia salvaje.
- Lamento decirle que no podrá salir de inmediato, tenemos ordenes de emboscar y luchar a corta distancia. Ya tendrá su oportunidad de destrozar al enemigo, pero por el momento, tendrá que conformarse con dispararle ¿Está claro? – dijo el suboficial, a la vez que hacía señas hacia otro joven detrás de Tsutomu.
- Si señor – respondió, con el mismo tono de antes.
Al mismo tiempo que el soldado daba su respuesta, el otro aludido llegaba, portando un rifle semiautomático Gewehr 43 en bandolera y un Panzerfaust en cada mano, el schütze Seung Hui Moon, que llegó apurado:
- ¿Dónde demonios te habías metido, infeliz revoltoso? Te necesito de este lado con Tsutomu, van a darle una sorpresa a los putos "yankees" con esos cohetes – ordenó.
- Tanaka – increpó el coreano al suboficial, al tiempo que se acercaba para hablarle al oído - ¿Por qué me toca quedarme con el animal? – preguntó, tratando de mantener un tono bajo.
Nishikawa no dijo nada, solo emitió un ligero gruñido de ira mientras se abalanzaba contra el soldado coreano.
- Bueno, bueno, ya fue suficiente – intervino el suboficial, poniéndose entre ambos – guárdense la agresividad para el enemigo y resuelvan esto después ¿Entendido? – ambos soldados asintieron. – iré a la posición central, junto con Makino, desde allá estaré atento a cualquier novedad – concluyó.
- Eso no responde a mi pregunta – exclamó Moon, en cuanto Tanaka se dio la espalda - ¿Por qué me tengo que quedar aquí?
- Tres razones – le contestó el suboficial – uno, tu estas encargado de los Panzerfaust y yo del radio; dos, yo soy el que manda; y tres, me caes mal ¿Alguna pregunta?
- ¿Sabe las ganas que tengo de dispararle por detrás? – preguntó con altanería el coreano.
- ¿Y usted sabe las ganas de tengo de romperle esa cara de maricón salido Gangnam? – replicó, con igual altivez Tanaka – Tsutomu, vigila bien a esta escoria ¡Y manténganse alerta! El enemigo ya está aquí.
Ambos soldados asomaron levemente la cabeza por encima del borde de la trinchera, y en aquella posición pudieron apreciar como los tres subgrupos iniciaban su ataque, desplegando los tanques al frente, seguidos de cerca por la infantería, ahora desmontada. Ambos bajaron de inmediato, y acto seguido, Nishikawa tomó repentinamente uno de los Panzerfaust que llevaba Moon, sin mediar palabra, y se posicionó para disparar; el coreano se levantó, listo para posicionarse un poco más atrás, no sin antes cerciorarse de una cosa:
- Aún recuerdas como usar esa cosa ¿verdad? – preguntó, sin recibir contestación alguna.
- Lo tomaré como un sí. Estaré del otro lado del nido de ametralladora, no quiero que me quemes con eso – dijo, sin esperar respuesta esta vez, y se retiró trotando.
Aunque no lo pareciera, Nishikawa había escuchado todo con atención, más no se molestó en responder, no era importante hacerlo, pues lo que realmente importaba estaba a solo unos metros, avanzando confiado. Con lo poco que había podido ver anteriormente, pudo escoger un blanco, el tanque líder del pelotón, que iba en la punta de aquella unidad, encabezando una pequeña formación en cuña, y en cuanto este apareció en su rango visual, no vaciló ni un instante, se puso de pie y, con el cohete antitanque al hombro, apuntó rápidamente y disparó, impactando al vehículo en su lateral, suficiente para dejarlo fuera de combate, como lo indicaba la bandera morada que surgió de este.
Por una diferencia de unos pocos segundos, su disparo fue el primero de varios, la señal que desató en infierno sobre los blindados de la Escuela Lincoln, que fueron uno a uno cayendo, de igual manera, y es que todos los disparos fueron precisos. La corta distancia y el factor sorpresa de su lado, permitieron que los panzergrenadiere de la Escuela Bismarck lograran causar un gran daño a su enemigo. Sin embargo, la infantería de la Escuela Lincoln no tardó en reponerse de su sorpresa inicial, dirigiendo sus primeros disparos de manera algo errática contra todos aquellos lugares desde donde vieron surgir los proyectiles antitanque, disparos que a su vez fueron respondidos por los chicos de la Escuela Bismarck. Una de las escuadras de infantería que marchaba en dirección al baluarte sureste, cubriendo el flanco izquierdo del avance de Lincoln, se apresuró a tomar la posición, marchando con cuidado de no caer ante el fuego enemigo, más no fue suficiente, pues los disparos de una ametralladora MG 42, a la vez que de un MP 40, los recibieron, causando las primeras bajas, cinco soldados, que suponían casi la mitad de la pequeña unidad de once jóvenes. Nishikawa era el que operaba el subfusil, disparando ráfagas cortas pero precisas, que, sin embargo, solo alcanzaron a dar de baja a un solo combatiente, la ametralladora había hecho el resto, pero aún quedaba oportunidad para más.
El fuego rápido de la ametralladora mantenía a los sobrevivientes con la cabeza abajo, pero el agresivo soldado hizo su mejor esfuerzo, ajustó su puntería y con otra ráfaga, logró acabar con otros tres combatientes. Aquella unidad enemiga había quedado prácticamente despojada de toda capacidad de combate, pero eso no bastó para detenerlos, pues lograron lanzar un par de granadas, de las cuales una no logró llegar hasta la trinchera, pero la otra, sin embargo, por poco y alcanza su objetivo, de no ser porque Nishikawa, atento siempre a su entorno aunque no lo pareciera, logró hacerla rebotar, como si de un balón de voleibol se tratase, mandándola de vuelta hacia su punto de origen, aunque el explosivo detonó en el aire. Fue en aquel momento, cuando la explosión a tres metros de altura de una granada de mortero, lo puso en alerta. Trató de ubicar el punto de origen, y con algo de dificultad, logró divisar el arma responsable a no menos de doscientos metros al este de su posición. Su pequeña labor de observación fue interrumpida por la repentina llegada de Tanaka, que se detuvo al lado del nido de ametralladora de la izquierda, ordenándole que lo siguiera, al tiempo que Moon y el otro ametrallador de la escuadra, el schütze Genzo Morishige, el cual iba envuelto en un cinturón de balas, llegaba a dicho lugar. Los tres se internaron en el nido, ocupado por los schütze Yigal Weinberg y Tomohiro Nagatomo, ametrallador y asistente respectivamente, que en aquel momento estaban llevando a cabo una faena de destrucción con su propia arma.
El suboficial no perdió tiempo dando las instrucciones:
- Escuchen bien, estas son órdenes directas desde el mando de la compañía. Ya se habrán dado cuenta de que hay unos morteros jodiéndonos; podríamos haberlos acabado con nuestros propios morteros, pero esos cerdos "yankees" se nos adelantaron con la idea. No queda otra opción más que acabarlos nosotros mismos. Se le ordenó a nuestra escuadra formar un pequeño equipo de ataque voluntario que salga de la trinchera y acabe con esos morteros, y de ser posible, con los cañones antitanque que el enemigo tiene emplazados cerca. Sin embargo, yo sé que ninguno de ustedes, infelices, se ofrecería voluntario, por lo que la decisión está en mis manos: Nishikawa, Morishige y Moon, son los afortunados para integrar el equipo. Se les proporcionará cobertura desde las líneas amigas con lo que haya disponible, pero tendrán que arreglárselas solos para llegar, inutilizar la artillería y regresar ¿Todo claro?
- De ser así, también podríamos acabar con toda la Escuela Lincoln, aviones y barcos incluidos – replicó Morishige, evidentemente molesto ante la orden.
- No me gusta lo que voy a decir, pero este idiota tiene razón – agregó Moon.
- ¡Cierra la boca! – le dijo Tanaka al coreano – y en cuanto a ti, Morishige, más vale que obedezcas. De todas formas, no somos los únicos, al baluarte noreste le toca hacer lo mismo, así que deja de quejarte como una puta y obedece.
- ¡Jódete, y jódanse todos ustedes! – dijo enfadado Morishige – no estoy dispuesto a cubrirle el culo a este enfermo y a un coreano, mientras dos impuros y un judío me "cubren" la espalda.
- ¡Obedece, pedazo de mierda! – dijo Tanaka, enfrascándose en una acalorada discusión con su subordinado.
Nishikawa, que no tenía paciencia para este tipo de cosas, pero que al mismo tiempo era consciente de su misión, lanzó una mirada hacia su objetivo, y de inmediato escaló la pared de la trinchera, para emprender la carrera hacia la pieza de artillería, no sin antes encomendarle a Weinberg que lo cubriera. Al verlo, todos sus compañeros no se sorprendieron, sino que, por el contrario, se dispusieron de inmediato a darle apoyo, empezando por Moon que, de inmediato, salió refunfuñando detrás del agresivo soldado, seguido de Morishige, al que evidentemente no le gustó para nada aquel giro de la situación:
- ¡Maldita sea mi suerte! – gritó aquel ametrallador, al tiempo que salía de la trinchera.
- Eso es ¡A luchar y morir, goyim! – exclamó exaltado Weinberg, mientras dirigía una nueva tanda de disparos hacía el enemigo.
Tanaka, por su parte, lanzó la única granada de humo que tenía consigo, acción imitada por los demás miembros de la escuadra que contaban con una, y seguidamente, informó sobre la situación por la radio, al tiempo que solicitaba soldados de otra escuadra para que cubrieran a los tres ausentes.
Y así, tres jóvenes emprendían una extenuante carrera hacia un objetivo lejano, en medio de los disparos y las explosiones, del enemigo y del frío inclemente. No eran los únicos, eso era cierto, pero probablemente eran los más valientes, pues no parecían detenerse con nada, a diferencia de sus homólogos varios metros al norte, que avanzaban con más precaución. El responsable era, por supuesto, Nishikawa, que no parecía tener intención de detener o de ralentizar su marcha, pues estaba sumido en un frenesí de ira, y de todas formas, era lo más conveniente en aquella situación. Sin embargo, el hecho de que no estuviera dispuesto a detenerse, no quería decir que hubiera dejado de combatir, pues fue en ese momento cuando el aguerrido joven sacó a relucir su verdadero rostro. En cuanto salió de la trinchera, obligatoriamente tuvo que pasar por la posición de aquella debilitada escuadra que hubiera intentado asaltar la posición; aquellos soldados, por supuesto, vieron como este se aproximaba velozmente hacia ellos, pero no pudieron hacer nada para neutralizarlo. Nishikawa, que nunca dejó de tenerlos en cuenta, fue el primero en disparar una ráfaga que acabó con tres de ellos, mientras que el cuarto, inmovilizado por el pavor, tardó en reaccionar, y aquello lo pagó caro, pues el iracundo soldado desenfundó ágilmente de su cintura un cuchillo de combate, y en cuanto estuvo a solo unos centímetros de él, con la misma agilidad, le asestó un limpio corte en el costado izquierdo del cuello, sin detenerse en ningún momento.
A pesar de que esta acción había pasado desapercibida para los camaradas de la escuadra destruida, estos de todas formas, disparaban hacia la posición donde suponían estaban o iban a estar aquellos tres "ottos", después de todo, ellos también habían alcanzado a ver la salida de aquellos soldados, antes de que el humo lograra cubrir por completo su avance. Que estuvieran momentáneamente ciegos, no fue impedimento para que dirigieran el fuego de sus rifles y lanzaran sus granadas contra lo que hubiera del otro lado del humo, una de las cuales cayó a relativamente poca distancia de Nishikawa, causando, en parte por la onda expansiva y también por la reacción, que Nishikawa tropezara, más este se levantó rápidamente, y siguió su carrera. No trató de disparar de vuelta, incluso en aquel estado era consciente de que debía ahorrar munición. Moon lo imitó, más Morishige no se cohibió al momento de disparar tres ráfagas cortas hacia el otro lado de la cortina de humo, aunque claro, no lo hizo de manera consecutiva, pues el mejor que nadie, sabía que debía tener cuidado al momento de disparar su ametralladora.
Las balas aún pasaban a pocos centímetros de aquellos tres chicos para el momento en el que lograron acercarse, al fin, al lugar en donde estaba emplazado el mortero que tenían por objetivo. Había sido cuestión de suerte que las balas enemigas no impactaran a los valientes soldados, pero, mientras que el pelotón que habían dejado atrás pasó a darle mayor prioridad a lo que tenían en frente, los integrantes de la escuadra del mortero, que vieron como el enemigo se acercaba hacia ellos, no dudaron en abrir fuego con sus armas de infantería y la ametralladora de su semioruga, forzando a los atacantes a cubrirse como pudieran, en medio del campo abierto. Al verse detenidos, los chicos de la Escuela Bismarck se preguntaban qué hacer, pero Nishikawa fue de nuevo, el primero en tener la iniciativa:
- Granadas – dijo, dirigiéndose hacia sus dos compañeros.
- Yo tengo un par – dijo Moon, sacando, en efecto, dos Stielhandgranaten de su cinturón.
- Yo solo tengo una, pero no la quiero compartir – dijo Morishige, señalando hacia la parte trasera de su cinturón.
Nishikawa no se complicó, le arrebató una de las granadas a Moon, y se dispuso a lanzarla, pero sus compañeros lo detuvieron:
- Mejor espera a que terminen de disparar – dijo Morishige, más con la intención de evadir su responsabilidad, que de dar un consejo.
Sin embargo, al momento las armas enemigas cesaron su fuego, y Nishikawa tomó la oportunidad, no sin antes encomendarle un favor al ametrallador:
- Cúbreme – le dijo, con su característico tono seco.
Morishige accedió, y se asomó para disparar unas cuantas ráfagas de su arma, y después volvió a ponerse a cubierto. Su pequeño sacrifico había dado fruto, pues Nishikawa, en ese diminuto instante de tiempo, logró lanzar la granada, la cual cayó en la sección de pasajeros del vehículo, dando de baja al conductor, a uno de los soldados que fungía en ese momento como artillero del vehículo, y a uno de los operadores del mortero; Moon también aprovechó para lanzar su granada, la cual cayó en frente del resto de la escuadra, prácticamente acabando con esta al instante. Los jóvenes no perdieron el tiempo, y reemprendieron su recorrido, pues aún faltaba inutilizar la pequeña pieza de artillería. El primero en llegar fue Nishikawa, y justo en aquel momento, se topó frente a frente con uno de los miembros de la escuadra del mortero, uno de los operadores del arma que, a pesar de encontrarse cerca del punto donde detonó de la granada, solamente resultó levemente herido. Este se levantó con cierta dificultad y apuntó su carabina M1 contra el recién llegado, más no pudo ni apretar el gatillo, pues Nishikawa se le adelantó, disparando su arma, de la cual, sin embargo, solo salieron dos balas que impactaron la pierna derecha del infortunado soldado de la Escuela Lincoln, lo cual por supuesto no fue problema para el aguerrido atacante, que cambio ágilmente el subfusil por su cuchillo de combate, y en una sucesión de rápidos movimientos, llegó hasta el infortunado sobreviviente, y le propinó cinco puñaladas en la parte superior del pecho, y lo remató con una corte de lado a lado del cuello.
Rápidamente se dispuso, en compañía de sus camaradas, a buscar una forma de inutilizar el mortero, pero un rápido vistazo a lo que había varios metros al norte de su posición, hizo que Nishikawa en cambio, se internara en el vehículo enemigo, y apartando bruscamente el cuerpo que ocupaba aquella posición, tomó control de la ametralladora M2. No era un simple impulso, no del todo, pues de un vistazo, había distinguido el movimiento de uno de los cañones antitanque del enemigo moverse, lo cual asumió como una amenaza que debía ser neutralizada. Y su impulso resultó acertado, pues aquella unidad había sido alertada de la cercanía del enemigo, y se disponían a darle apoyo a sus compañeros, sin saber que aquellos yacían inmóviles y adoloridos sobre la nieve. Los dos soldados que acompañaban a Nishikawa le reprocharon por dejarles la carga de la primera misión a ellos dos, más Nishikawa los despachó rápidamente:
- ¡Encárguense! – dijo, con un gruñido airado, al tiempo que empezaba a disparar la ametralladora.
Aquellos no pusieron objeción, en aquel momento era inútil, y además, sabían que no era prudente oponerse a Nishikawa, por lo que rápidamente revisaron los cuerpos del enemigo, y en uno de ellos hallaron la forma de cumplir su misión, un "bote de pegamento", el cual era una especie de explosivo hecho para inutilizar piezas de artillería, con un aspecto exterior idéntico al de una granada de termita.
No dudaron en usarlo, retiraron los seguros y la soltaron dentro del tubo del mortero, misión cumplida. Nishikawa, mientras tanto, se anotaba más bajas a su haber con la .50; esta vez, los infortunados eran las dotaciones de los cañones antitanque, no solo de aquel que apuntaba contra su posición, sino también de los otros dos, pues aquel aguerrido soldado, movido por una extraña mezcla de salvajismo y sentido del deber, no estaba dispuesto a cesar el fuego hasta que no distinguiera un solo movimiento del otro lado, o hasta que el cañón del arma sucumbiera por el esfuerzo, le daba igual. Pero ninguna de esas dos cosas fue la que lo obligó a detenerse, sino que fueron las advertencias desesperadas de sus compañeros las que lo forzaron a parar, y dirigir su atención al este de su posición, en donde pudo distinguir como los refuerzos de la Escuela Lincoln se acercaban a toda velocidad. Se bajó de inmediato del vehículo, y sin esperar a sus acompañantes, emprendió el camino de regreso, justo por donde había llegado, seguido por los otros dos jóvenes, que de nuevo tendrían que esforzarse para por lo menos estar cerca de Nishikawa. Estos dos, por su parte, les preocupaba tener que enfrentarse a la infantería enemiga, prácticamente de frente, y esta vez sin la cobertura de una cortina de humo, pero experimentaron una grata sorpresa al ver como lo que quedaba de aquel grupo de ataque, corría de vuelta hacía sus propias líneas. Ninguno de ellos se molestó en disparar, ni siquiera al verlos a escasos metros de ellos, y los panzergrenadiere, más por cansancio que por honor, también se abstuvieron de disparar; fue un regreso relativamente tranquilo.
Por fin, los tres soldados llegaron a su trinchera, pero allí no fueron recibidos con vítores o felicitaciones de sus camaradas, sino con una escena un tanto frustrante: aquella posición estaba siendo desocupada. Tanaka, sin embargo, se tranquilizó al ver a como los jóvenes entraban en la estructura:
- ¿Qué demonios pasa? ¿Nos largamos así de repente? – preguntó confundido Morishige, adelantándose a las palabras su superior.
- No seas idiota, tú también viste lo que se viene encima – le dijo Moon, recordándole lo que habían visto antes de regresar.
- Pasa que nos replegamos a la segunda línea, tal vez sea la única forma de repeler los refuerzos "yankees". Y la orden no es mía, también es de arriba, así que, si quieren seguir peleando, obedezcan de inmediato.
Morishige y Moon, entendiendo la situación, no pusieron objeciones, pero antes de que partieran, Nishikawa se les adelantó, emprendiendo el camino hacia la segunda línea a través de una estrecha trinchera de comunicación que salía de la sección central, y en cuanto llegó a una de las trincheras, que conformaba la segunda línea de defensa, se acomodó y esperó la siguiente orden o el siguiente enemigo que apareciera a su alcance. En cuanto Tanaka llegó, ordenó a todos sus hombres hacer una revisión de municiones y equipo, orden que acató Nishikawa de inmediato. Todo parecía en orden, excepto una cosa, algo fundamental para él.
Salió de la trinchera, esta vez dejando sorprendidos a sus compañeros, no tanto por lo inusual que pudiera parecer aquella acción, sino por la cercanía de las unidades enemigas al perímetro de la primera línea de defensa, y a pesar de que trataron de disuadirlo, sus gritos y advertencias no sirvieron de nada. Nishikawa entró rápidamente en la trinchera, y haciendo una inspección rápida por los lugares en donde había estado, encontró, debajo de un poco de nieve, su preciado oso Boko, justo en el lugar en donde se había acuclillado hacía varios minutos. Lo tomó y lo aseguró, y se dispuso a partir cuando, un movimiento dentro de la trinchera y varias voces lo detuvieron; media escuadra enemiga se había introducido en la estructura, impidiéndole escapar. El soldado Nishikawa se quedó completamente estático.
11:46 am, 300 metros al sur de la fortificación.
En cuanto el alto mando de la Escuela Lincoln fue informado de que su primer grupo de ataque fue detenido en seco, con un exceso de confianza para nada infundado, emitieron la orden para que los otros dos avanzaran en apoyo de sus camaradas. No se detuvieron a pensar ni un segundo en que tal vez, necesitarían conservar fuerzas para una posterior ofensiva; aquello no les preocupaba, después de todo, las bajas que habían sufrido hasta aquel momento eran mínimas, calculaban aquellos oficiales que aún tenían los suficientes efectivos como para derrotar sobradamente al su enemigo. La misión del segundo grupo de ataque, el primero en avanzar, sería en principio, aumentar el poder de fuego de la unidad comprometida, y el hecho de quedar por un tiempo estáticos en medio del campo levantó un poco de suspicacia entre los mandos, pero la garantía de que la defensa alemana estaba por caer acalló las dudas, y rápidamente, los vehículos americanos emprendieron la marcha, a paso moderado sin embargo, con los tanques M4A1 y M4A3 76(W) HVSS, al frente, y la infantería en semiorugas y los cazacarros M18 detrás, y su flanco vigilado por un pelotón de tanques ligeros M24.
Simultáneamente, y sin que los muchachos de las columnas blindadas lo supieran, por entre el bosque hacia el norte y el sur, dos pequeñas unidades alemanas tomaban posición, encarando a su enemigo de la manera más discreta que les resultara posible. Ni siquiera el alto mando americano había considerado aquella posibilidad, o al menos, no la había tomado muy en cuenta; pensaban que los alemanes no se tomarían la molestia de mandar sus valiosos y roñosos vehículos por entre un flora tan densa como la de aquella región en donde se llevaba a cabo el combate, más no contaron con la astucia y la capacidad de improvisación de los tanquistas. Encabezando la marcha de ambas unidades, iba un Kübelwagen, tripulado por tres hombres que atentamente identificaban posibles caminos, para los seis tanques medios Panzer V Panther que venían detrás de ellos, y que, a pesar de la dificultad, le seguían los pasos al pequeño vehículo; cerrando la columna, iba un Krupp Protze con una escuadra de infantería a bordo, la cual estaba encargada de brindar protección a los blindados. La marcha era lenta, pero ágil, hasta que finalmente, siguiendo indicaciones del equipo de reconocimiento, los tanques dieron un giro de 90 grados y avanzaron unos metros más, para tomar posiciones de combate. Hábilmente separados entre sí por un espacio de veinte metros, los tanques quedaron a una distancia prudente del borde del bosque, lo suficientemente ocultos por los árboles, pero a la vez, procurando que estos no fueran un obstáculo al momento de disparar, cosa que no se logró a la perfección, pero algo era mejor que nada.
Enhorabuena se habían posicionado, pues para ese momento, el enemigo ya había empezado su despliegue sobre la posición aliada. Desde allí se podía ver el gran aprieto en el que se encontraban los muchachos de la infantería mecanizada de la Escuela Bismarck, pero también se vislumbraba un rayo de esperanza, pues los atacantes aún no tenían idea del peligro que corrían. Estos habían puesto a tres pelotones de su propia infantería mecanizada al frente del asalto de las posiciones enemigas, a la vez que cada pelotón era apoyado de cerca por una escuadra de tanques Sherman o bien, por la escuadra de Hellcats asignada al grupo de ataque, y en su retaguardia, dos escuadras restantes de tanques como reserva, y dos pelotones de tanques (uno de Shermans y otro de Chaffees) y el pelotón reforzado de caballería, que aún rondaba por aquel lugar, cuidaban las espaldas de sus camaradas, a la vez que protegían el cuartel del grupo de ataque, ubicado en una posición más o menos céntrica, desde donde dirigían el proceder de las demás unidades.
Los objetivos estaban claros, y la moral de los tanquistas alemanes estaba dispuesta, más dentro del Panther Ausf. G que fungía como tanque líder, el temor y la duda aún dominaban a uno de sus tripulantes, el schütze Saigo Chiba, cargador del tanque líder, que se encontraba ansioso por cumplir las expectativas de sus nuevos compañeros. Y es que, si bien esta no era su primera experiencia en la línea del frente, en esta ocasión lo hacía junto con los mejores, la élite de la Escuela, por lo que tenía que demostrar que estaba a la altura de ellos, y aquella idea le atormentaba. Desde que el vehículo se enfiló a la acción, Chiba no había parado de mover sus piernas de manera ansiosa, pensando en todo momento en la forma en que debería de hacer su labor en cuanto llegara el momento, pero también, en las diferentes posibilidades de fallar y hasta de salir lesionado; pensaba en lo que dirían o pensarían los demás tanquistas, los oficiales, compañeros y conocidos, sus padres y familiares, un torrente de pensamientos que inundaba su mente y le impedía tener la tranquilidad necesaria para llevar a cabo su labor.
El abrazador frío tampoco ayudaba mucho, pues Chiba, que debía obligatoriamente estar de pie durante el combate, tenía también que evitar quedarse quieto por mucho tiempo, si es que no quería coger un calambre que le impidiera realizar su función. Sus miedos se cruzaban con una realidad latente, y el joven cargador, consciente en todo momento de ello, hacía lo posible para que no se materializaran, aunque lo único que hacía era mover erráticamente sus piernas, cosa que al fin, después de todo este rato, terminó con la poca paciencia del artillero del tanque, el unteroffizier Takahashi Onoda:
- ¡Maldita sea, novato! ¡Quédate quieto de una vez por todas! – lo reprimió furiosamente.
- L-lo siento señor, es que, es que necesito mantener el cuerpo en movimiento, ya sabe, para evitar calambres – respondió Chiba, con tono sumiso, pasmado ante el súbito llamado de atención.
- Para eso no necesitas hacer resonar el piso con tus condenados pies ¡Sonso! Haz algo de utilidad más bien – concluyó secamente el suboficial.
- ¡Si señor! – respondió Chiba, que de inmediato se aprestó para hacer algo.
Sin embargo, rápidamente cayó en cuenta de que aquella orden era muy escueta, más no se atrevió a comentarlo, no tenía el valor suficiente para encarar de esa manera a un superior, menos en su condición de novato, pero eso no evito que de su boca saliera una expresión de duda:
- Este ¿Señor? – dijo con cierto titubeo.
Aquello volvió a dañar la paciencia del artillero, que al tiempo que propinaba un puño contra el costado de la recamara del cañón, se erguía en su asiento como una serpiente bajo ataque:
- ¡¿Qué mierda quieres ahora?! – dijo iracundo.
Antes de que Chiba pudiera si quiera articular una respuesta, el repentino movimiento de una tercera figura dentro de la torreta los puso en alerta, y no era para menos. El comandante del tanque y oficial superior de toda la unidad, el hauptman Yukio Tsuji, se había dejado caer desde la cúpula, y retirándose la máscara protectora, dejó ver tanto a los dos muchachos en la torreta, como también a los otros dos tripulantes del tanque que se habían asomado, una mirada de malicia astuta; no necesitó palabras para explicar sus intenciones, todos, incluso Chiba, sabían lo que quería decir, el momento de atacar había llegado.
Volviéndose a erguir sobre su asiento, el oficial dictó las órdenes a cada tripulante de manera concisa y ágil:
- Onoda, fije objetivos a 65 grados a la derecha, distancia de no menos de 300 metros; Chiba, cargue munición APCBC y tenga un segundo proyectil a mano, necesitamos hacer disparos rápidos; Gamo, póngame en la frecuencia del pelotón; Kishimoto, quiero el tanque listo para moverse en todo momento, es muy probable que nos toque largarnos rápidamente en cualquier momento.
- ¿Hora del rock 'n roll, señor? – replicó sonriendo el radioperador, unteroffizier Makoto Gamo.
- Así es, Makoto, a rockear – le respondió el oficial.
Todos se ocuparon ágilmente de su labor, o en el caso de Chiba, con relativa agilidad, pues aún le costaba cargar la munición, y cuando todos dieron la señal de estar listos, Tsuji, que por la radio instruía a las demás tripulaciones, hizo silencio por un instante, un corto momento de calma durante el cual hizo ágilmente un último cálculo. La indecisión invadió en aquel momento a Chiba, se preguntaba que debía hacer ahora, seguir con lo ordenado, u observar los efectos de los primeros disparos a través del periscopio. Por fortuna no tuvo que pensar mucho, pues, de la boca de Tsuji salió la orden, con una voz calmada y firme:
- ¡Fuego!
Y al instante, el estruendo y el retroceso del cañón al abrir fuego, acabaron con la infantil indecisión del cargador.
En todos los tanques de la Escuela Lincoln que no se encontraban en combate, reinaba la tranquilidad entre sus tripulantes. Uno de los comandantes del grupo de ataque, contemplaba desde sus prismáticos, con cierta despreocupación, como las posiciones germanas iban deshaciéndose frente al embate de sus tropas, pero una repentina detonación en el tanque de reemplazo, ubicado al lado izquierdo del suyo, interrumpió su labor; giró rápidamente para ver como de dicho vehículo emanaba una columna de humo desde la unión de la torreta con el casco, y una bandera morada, signo de que se encontraba fuera de combate; aquello, junto con las voces de alarma por la radio general, lo conminaron a reaccionar, pero solo pudo dar media vuelta sobe su eje antes de que un violento estallido en la parte trasera de la torreta, a solo centímetros de él, provocara que cayera dentro de la torreta, herido e inconsciente dentro de su traje protector. El shock y pavor, experimentados por los tripulantes del tanque de comando al sentir el impacto del proyectil y ver a su comandante caer como si estuviera muerto, fue experimentado también en todos los demás tanques que quedaban fuera de combate, de a dos o tres al mismo tiempo.
Por el contrario, en los tanques de la Escuela Bismarck reinaba la alegría, aunque acompañada de una tensión persistente, pues se mantenía latente la idea de que, en cualquier momento, la respuesta enemiga se haría sentir con toda su fuerza; por tanto, todos los tripulantes hacían su mejor esfuerzo por cumplir con su respectiva labor, incluso Chiba, que, no sin recibir reprimendas de Onoda por su relativa lentitud, cargaba el arma principal. Y, a pesar de que tan solo se habían disparado dos rondas, el joven hacía su labor de manera mecánica, proyectil por proyectil, mientras que sus pensamientos, todas sus dudas y temores, y por poco hasta su voluntad misma, se esfumaban; ahora no era más que una parte del engranaje, de la maquina militar de la Escuela Bismarck. Cargó una tercera ronda, la cual impactó en esta ocasión contra un vehículo de recuperación M32; tomó otra y, en cuanto el cañón hubo expulsado el casquillo de la anterior, la introdujo y seguidamente se cerró la recamara, mientras que tanto la torreta como el cañón eran ajustados para un nuevo disparo, esta vez contra la escuadra de cazacarros que apoyaba al primer pelotón. Bastaron tres disparos para acabar con toda la unidad, dos para los M18 que fútilmente giraron sus torretas, y uno más para un M4A3(105) HVSS que los acompañaba.
Solo habían pasado un minuto y treinta segundos, pero en ese corto espacio de tiempo, veintiún tanques, entre Shermans y Chaffees, dos Hellcats y un vehículo de recuperación, habían sido eliminados. Pero el combate aún no terminaba, pues al fuerte azote de los Panther, habían logrado escapar un Sherman situado en el ala derecha del grupo de ataque, tres Chaffees y los vehículos restantes del pelotón de caballería, amenazas que, aunque dispersas, ya empezaban a devolver el fuego, mientras trataban de reagruparse. Chiba se había detenido un instante para descansar sus brazos, le dolían después del gran esfuerzo que acababa de hacer, pero un chirrido ensordecedor en la torreta, un proyectil de setenta y cinco milímetros disparado por un M24, que pasó rozando el tanque, y el llamado de atención de sus superiores, lo devolvieron a la acción.
Ante la orden de neutralizar los Chaffees restantes, los cuales trataban de escabullirse rápidamente por entre los tanques fuera de combate, Onoda giró la torreta varios grados sin detenerse, mientras que Chiba, afanado por cumplir su labor, perdía toda conciencia situacional, pero no tardó en recuperarla, pues, en cuanto se irguió para cargar el arma, se golpeó la cabeza contra la recamara del cañón, lo cual, si bien no le causó heridas de consideración, lo detuvo un instante, aunque el regaño de Onoda lo apremió a que siguiera:
- ¡Maldición, no te quedes ahí parado! – le dijo.
- Lo siento, señor, es que me golpeé la cabeza – exclamó el cargador.
- ¿Y qué quieres que haga? ¡Carga el maldito cañón de inmediato! – gritó Onoda, sin despegar ni un instante los ojos de la mira.
- Apresúrate Saigo, estos desgraciados están escapando – intervino Tsuji, siempre viendo la situación por ente los periscopios de la cúpula – Aunque a estas alturas ya deben de saber en dónde estamos – agregó entre dientes, sabiendo que los tripulantes de aquellos vehículos no vacilarían en informar su situación a través de sus propias radios.
Chiba, por fin, introdujo el proyectil, el cual salió unos segundos después en dirección hacia uno de aquellos tanques ligeros, alcanzándolo en el costado inferior del casco, y frenándolo en seco sobre la nieve. Onoda se preparó para apuntar a los demás, y ya tenía lista una reprimenda a Chiba por su retraso, pero no fue necesaria, pues los demás tanques del pelotón se encargaron de ellos, tan efectivamente como el tanque líder. Al confirmar que no quedaban ya amenazas inmediatas, Tsuji lo comunicó a los demás tripulantes, con los cuales compartió un suspiro de alivio; más era consciente de que aquel no era momento para relajarse, esto apenas era el comienzo:
- Gamo, comunícame con el segundo grupo, quiero saber de su progreso – ordenó el oficial.
El radioperador, sin embargo, vaciló por un momento:
- Yukio, puede que tengamos un problema; tengo al equipo de reconocimiento del segundo grupo en la radio – dijo con preocupación.
- ¿Pues que estas esperando? Pásamelos de inmediato – respondió el oficial, sin perder la calma – Aquí Shogun Loco ¿Me copia? – dijo.
Al principio, su semblante permaneció serio, pero poco a poco se fue tornando en pura preocupación, para concluir en amarga resignación. Cortó la comunicación, y de inmediato ordenó conectarse a la red de su grupo de ataque:
- Aquí Shogun Loco, retirada inmediata, repito, retirada inmediata; dos pelotones de tanques Pershing se acercan hacia nuestra posición.
El anuncio dejó a todos perplejos, tanto a tanquistas como a infantes por igual, después de todo, no se suponía que el enemigo tuviera aquel tanque en esas cantidades, no según la inteligencia militar. Aquello ya no importaba, ya el daño estaba hecho, y en aquel instante, lo único que podían hacer aquellos muchachos era buscar la forma de irse rápidamente de allí. Lo primero que se le ocurrió a Tsuji, fue enviar a la infantería y al equipo de reconocimiento a través del bosque, de vuelta a las líneas amigas, mientras que los tanques atravesarían campo abierto hasta llegar al centro-sur de la fortificación ocupada por los panzergrenadiere, y desde allí, hasta una posición relativamente segura, desde donde pudieran acosar los flancos de aquellos Pershing o bien, recibieran nuevas órdenes. Sabía que no era el mejor plan, y estaba a punto de pensar en otro plan cuando una voz por la radio interrumpió sus cálculos:
- Sea como sea, no nos iremos sin usted señor – dijo el suboficial a cargo de la escuadra de infantería mecanizada.
- De igual manera nosotros – dijo otra voz, esta vez, el suboficial a cargo del equipo de reconocimiento.
- Ya lo seguimos por la vía difícil, Conde, ahora lo seguiremos por la fácil – dijo el comandante del primer pelotón de tanques medios, el oberleutnant Koizumi.
Tsuji se sintió halagado ante el respeto que le mostraban sus subordinados, pero, sobre todo, tenía la completa seguridad de lo que debía hacer a continuación:
- Muy bien, entonces que así sea – dijo animadamente por la radio – la prioridad es que la infantería regrese a salvo, entonces irán por el medio; reconocimiento irá al frente de nuevo, seguido inmediatamente por nosotros y los tanques cinco y seis; el tanque de Koizumi irá por detrás de la infantería, seguido de los tanques dos y tres ¿Todo claro?
Una unánime respuesta afirmativa no se hizo esperar, y seguidamente, el pequeño grupo de vehículos empezó a emerger del bosque, asumiendo a la vez la formación previamente ordenada. Chiba mientras tanto, observaba con admiración a su comandante; aún no podía creer que estuviera a las órdenes de tan buen líder, y podía entender mejor el origen de su popularidad en la Escuela. El oficial se percató de que el chico lo miraba, y aprovechó para conversar un rato con él:
- ¿Qué opinas, Saigo? – dijo, con simpatía.
- Bueno e-este, pienso que… que no está de más destruir algunos semiorugas de la Escuela Lincoln – respondió tímidamente el cargador.
- Nah, mejor no perdamos tiempo y municiones con esas porquerías – replicó Tsuji con confianza.
- No son cualquier cosa señor, son buenos vehículos y acabar con ellos tal vez afecte la capacidad de combate del enemigo – dijo Chiba, con un poco más de seguridad.
Tsuji sonrió ante aquella afirmación, pero antes de responder, por la radio llegó un aviso urgente, lo cual evitó que pudiera responder.
Alarmado, se asomó por los periscopios de la cúpula, y comprobó con horror, como desde detrás de la infantería enemiga, surgían aquellos dos pelotones de tanques M26 Pershing, pertenecientes al tercer grupo de ataque de la Escuela Lincoln; los cuales, aún a pesar de su escasa velocidad, y con la información suministrada por el pelotón de caballería que los antecedía, no tardaron en enfilarse hacia la columna alemana, formando a su vez una sólida hilera entre ambas unidades. El oficial tampoco perdió tiempo, y ordenó a todos los tanques girar sus torretas hacia el enemigo. Chiba, que había estado atento a este inesperado giro de sucesos, también se dirigió de inmediato hacia el periscopio ubicado delante de él, por medio del cual pudo apreciar el aterrador panorama de once tanques pesados apuntando hacia su dirección, así como el disparo casi simultáneo de sus once cañones de noventa milímetros, y sus respectivos proyectiles viajando a rápida velocidad hacia su tanque. Una mezcla de asombro y terror, aunque también de resignación pesimista, lo dejaron paralizado en aquella posición, esperando sentir el ensordecedor y violento impacto de los proyectiles sobre el casco del tanque.
Por las mentes de aquellos tres jóvenes, sin estar conectadas entre sí, sin importar su rango y función, surgió un sencillo pensamiento, una pregunta que, aún en medio de la gravedad de su respectiva situación, a pesar del caos y la tensión reinantes a su alrededor, y a su propio modo, trataron de responder:
"¿Cómo fue que llegué hasta acá?"
